A idéntica velocidad la seguía la vestal Adriana. Llegó muy agitada y, aprovechando que se estaban haciendo los preparativos para la lectura de los augurios, hizo un aparte con la Vestal Máxima y le contó lo ocurrido con Criseida en el momento del enterramiento. jueves, marzo 31, 2011
MAZAZO
A idéntica velocidad la seguía la vestal Adriana. Llegó muy agitada y, aprovechando que se estaban haciendo los preparativos para la lectura de los augurios, hizo un aparte con la Vestal Máxima y le contó lo ocurrido con Criseida en el momento del enterramiento. lunes, marzo 28, 2011
MALDICIÓN.
Y los hados, sin duda, favorecían a Amulio. Los guerreros lo habían aclamado con entusiasmo, enardecidos por su llamamiento a defender la patria con sus propias vidas, poniendo como ejemplo de valor a los difuntos. Sus palabras habían sido más parecidas a una arenga que a una despedida fúnebre. No había vacilado en mentirles: debían estar preparados porque el siguiente ataque se produciría en cualquier momento. Esto aún los había inflamado más. Anunciado el peligro, no veían ante ellos el horror de las heridas, las mutilaciones o la muerte, sino la perspectiva de alcanzar honor y gloria, pues no la hay mayor para un hombre que morir en el campo de batalla.
Con cierta solemnidad se había vuelto a formar el cortejo con los músicos, los portadores de las ofrendas y del ajuar, y los siervos llevando los lechos fúnebres, tras los cuales caminaban ellas mismas. Bordeando la explanada, se dirigían hacia la necrópolis, en la parte superior de ladera. Las tumbas estaban ordenadas en estrechas terrazas a las cuales se accedía por una senda zigzagueante. Muchas personas se sumaron a la comitiva mientras otras se dirigían directamente al lugar del enterramiento, partiendo del punto desde el cual habían presenciado los ritos de despedida.
- ¡Eh, tú, Criseida! – se oyó decir. Todas las cabezas, fijas en las sepulturas, se levantaron para mirar en la dirección de donde procedía la voz. En la ladera, justo por encima de donde se hallaban abiertas las tumbas, envuelta en un manto oscuro y con el índice extendido señalando a la esposa de Amulio, se alzaba la figura de la adivina Celia. Mascaba hojas de laurel para estimular su inspiración. Cerró los ojos.
- Hablo en nombre de Divaida, divinidad protectora de las criaturas de los bosques y de las domésticas, de las acuáticas, de las que surcan el aire, de las nocturnas y las diurnas, de las que no conocemos ni hemos visto jamás, de las que han sido y de las que serán; guardiana de los seres sin malicia y de las doncellas. A ti, Criseida, que por ambición persigues a una corza protegida suya, yo, Kritubis, su sacerdotisa, te maldigo. jueves, marzo 24, 2011
RITOS FUNERARIOS EN HONOR DEL HIJO DE NÚMITOR
- No os detengáis por ningún motivo ni perdáis de vista al rey – advirtió–. Id tan rápido como os sea posible pues el trono de Númitor está en peligro. Y su vida también. Quieran los dioses que no sea demasiado tarde.
El lugar de la ceremonia era una explanada próxima a la necrópolis, un ensanchamiento de la ladera situado a mayor altura que Alba Longa, fuera de la muralla. Bajo la guía de Alec, las tres mujeres, Rea Silvia, Espórtula y Palantea, caminaron por entre las cabañas de la zona más alta de la ciudad hasta llegar a las inmediaciones de la puerta occidental, por donde habrían de salir. Tantas personas marchaban en su misma dirección que, formando un enorme grupo, cruzaron sin dificultad la puerta de la muralla.
Allá abajo, sobre las aguas del lago Albano desfilaban las nubes empujadas por el soplo de Favonio. Los bosques de la orilla opuesta se estremecían reflejados en el temblor de las ondas. Como ellos, el corazón de Rea Silvia vivía una silenciosa agitación: la muerte de su hermano enturbiaba la hermosura de la primavera y oscurecía en su alma cualquier atisbo de alegría. Y algo más se movía por dentro, una inquietud sin nombre. Una y otra vez volvían a atenazarle las mismas dudas: ¿había obrado bien al huir? Rodeada de gente y a la luz del día, el miedo de la víspera le parecía carente de sentido. Todo era confusión y tristeza.
Depositaron los lechos fúnebres en el suelo y las autoridades ocuparon su sitio. Con la cimera de crin de caballo de su casco agitada por el viento, Amulio se adelantó unos pasos para dirigirse al público. Su estatura soberbia, su coraza de bronce labrada que destellaba cuando entre las nubes asomaba un rayo de sol, lo asemejaban a un dios. Desde donde estaban no se oían sus palabras, pero debían ser muy elocuentes porque los guerreros lo jaleaban con frecuencia haciendo chocar las lanzas contra los escudos.Terminado el discurso, dejaron aparte a los difuntos que habrían de ser inhumados y colocaron sobre las piras funerarias a los guerreros. Tres veces los llamaron por sus nombres antes de aplicar las antorchas que prendieron el fuego. Viendo arder el cuerpo de su hermano, Rea Silvia se sentía extraña, avergonzada. Él había perdido la vida para defenderla. Y ella, en lugar de honrarlo como debía, ¿qué hacía ahí, entre el público, ocultando su parentesco, negando ser de la misma sangre? ¿Qué le impedía ir a donde estaba su madre y llorar con ella? Empezó a retroceder lentamente para separarse de sus acompañantes sin llamar su atención.
lunes, marzo 21, 2011
DOBLE RESPIRO
- Mira a quién traigo – dijo cruzando el umbral. El interior estaba muy oscuro, la única luz provenía del fuego encendido en el centro de la cabaña, en el hogar sobre el cual humeaba un caldero. Espórtula levantó la cabeza y las llamas se reflejaron en sus ojos un instante, porque enseguida se puso de pie y acudió a la puerta a recibir a Rea.
- Estoy muy asustada. ¿Tan fácil soy de reconocer? – preguntó.
- Sí para alguien que, como yo, te daba puñados de habas secas antes de que tuvieras dientes – respondió la anciana –. Os vi en el mercado. Y Alec se quedó en la puerta de la muralla por si volvíais…
- Pero pueden registrar las cabañas…
- Es mejor que descanses ahora – dijo con firmeza Espórtula –. Mañana será otro día y ya veremos lo que conviene hacer. Vamos, tomad estas tortas de harina por si tenéis hambre luego y esta ropa para taparos y venid conmigo. Alec, tú quédate vigilando la puerta.
Mientras la anciana apartaba de la pared del fondo un banco de madera cubierto con una piel de oveja y unos cestos encima, Rea Silvia se acercó a Alec y le cogió las manos. En sus ojos brillaban las lágrimas y el agradecimiento. Lo abrazó antes de responder a Espórtula, que la llamaba apremiante.
Entre el suelo de la cabaña y la pared rocosa se abría un hueco oscuro. Con una lucerna, Espórtula iluminó unos escalones tallados en piedra viva. Descendieron por la estrecha escalera, y pronto se encontraron en el interior de una cueva espaciosa, aunque el techo no era mucho más alto que ellas. No se veía el final de la gruta pero debía tener algunos respiraderos, pues entraban finos haces de luz. Las paredes y el techo estaban cubiertos de trazos blancos que resaltaban contra la oscuridad de la piedra. La temperatura era cálida y reinaba allí una extraña paz.- Es el retrato de mi amado – dijo de pronto –. El círculo más grande es la cara ¿veis? Y esa curva, la boca. La nariz es la raya recta del centro y las nueces de ambos lados son los ojos. A veces le pongo orejas, a veces no. Ahora nunca le pongo, porque me queda ya poco muy sitio para pintar.
- Nuestros padres eran vecinos, así que crecimos juntos sin separarnos nunca. Cuando tuve vuestra edad, ¡el corazón y el cuerpo entero se me trastornaban sólo con que él me rozara…! No pensaba en nadie más, sólo en estar con él y a él le pasaba igual. Luego se fue a la guerra contra Lavinio y nunca regresó. Lo dibujo cada día para sentirlo cerca. Eso es un amado: alguien a quien se quiere tanto que la vida es imposible sin él.
Palantea, que siempre llevaba la siringa atada a su cinturón, la buscó entre sus ropas, se la llevó a los labios e hizo sonar una música tan tierna y hermosa que los ojos del amado de Espórtula parecían llorar.
- Es voluntad de la reina Aurelia renunciar, en nombre de su marido, al trono de Alba Longa a favor de su cuñado, hijo menor del rey Procas, el noble Amulio. Siempre que esa renuncia cuente con el beneplácito de los dioses.
El augur volvió a saludar, les dio la espalda y ordenó a los criados colocar al lechón sobre el ara. El animal parecía aturdido y se dejó subir sin oponer resistencia. Appius elevó durante un instante los ojos hacia lo alto, recitó en voz baja las fórmulas requeridas, extrajo de una funda de cuero su cuchillo sacrificial y de un solo tajo degolló al cerdo, que se derrumbó sin un quejido. Abrió entonces al lechón en canal y un olor fétido, nauseabundo, inundó la estancia y obligó a todos a taparse la nariz. Appius metió las manos en la herida y separó las dos partes para examinar el interior. El estómago estaba tan hinchado que parecía a punto de reventar.
- Los augurios no son favorables – dijo dirigiéndose al anciano que había realizado la consulta. Y se creó un momento de gran confusión en la cabaña real.
Gracias a Cayetano por regalarnos una tinaja y anunciar esta iniciativa en su blog.
jueves, marzo 17, 2011
PÁNICO
Por dos veces las hermanas Énule y Amnesis pasaron, sin verlas, por delante del tramo de la muralla donde Rea Silvia y Palantea, rodeadas de cerdos, hablaban en voz baja con las cabezas muy juntas. Tampoco las habían visto los secuaces de Amulio, pese a que merodeaban por las proximidades calentando los ánimos de los albanos, al mismo tiempo que buscaban discretamente a Rea. De pie, a corta distancia,
Dos vías importantes y paralelas se abrían de este a oeste recorriendo la entera longitud de Alba Longa, atravesadas de vez en cuando por otras secundarias que unían la parte alta y la parte baja de la ciudad. En las parcelas resultantes las cabañas se levantaban sin orden, dejando entre los cercados de unas y otras apenas el espacio suficiente para pasar.
Avanzaba Rea Silvia por una de esas vías con los ojos fijos en el suelo, conteniendo las lágrimas. Se había serenado en apariencia, pero su pecho ocultaba un tumulto de pesares. La muerte del hermano era el más lacerante y profundo, el más difícil de soportar. Que hubiera muerto en el campo de batalla, o se lo hubiera arrebatado una enfermedad, habría sido más tolerable que perderlo delante casi de sus propios ojos, atacado a traición. Lo imaginaba inmóvil, sin respirar, sin ver, ni oír, inconmovible a sus besos y a su llanto, y esa imagen le resultaba insoportable. Pese a todo, y con ser dolorosa, la muerte de su hermano era su única certeza. Lo demás eran dudas y angustia, incertidumbre: ¿dónde estaría su padre? ¿Le habría ocurrido algo? ¿Sabría ya la noticia? Su madre estaría padeciendo un sufrimiento espantoso.
- ¿Es por aquí? – le preguntó Palantea al llegar a un cruce, sin levantar la voz. Rea Silvia alzó la cabeza para orientarse.
- Si. Ahora debemos seguir esta vía hacia la derecha – respondió. Y sintió un cosquilleo en el cuerpo, porque entraban en una de las vías importantes, abundaban los grupos de hombres y sería difícil pasar desapercibidas. Había tardado demasiado tiempo en tranquilizarse, caía la tarde y de nuevo la asaltaban la angustia y el miedo. Pero debía ser fuerte, se repetía. Surgió ante su vista el grueso tronco teñido de rojo que remataba la cabaña de su tío Amulio. Estaba ya cerca, muy cerca de su salvación.
Entre las pocas mujeres que circulaban por esa vía estaban Énule y Amnesis. La habían recorrido varias veces con la esperanza de encontrar a Rea Silvia antes de que la reina Aurelia renunciara al trono, como se rumoreaba que estaba a punto de hacer. Y debía ser cierto, porque pasando cerca de la cabaña real habían visto al augur Appius muy descompuesto: al parecer, en un momento de descuido le habían robado su lechón. Y como la renuncia no podía llevarse a cabo sin haber consultado la voluntad de los dioses a través de los augurios, habían mandado a un siervo deprisa y corriendo a la casa de las Vestales a buscar otro animal. Y suerte que la vestal Valeria había comprado uno.
Amnesis agarró a su hermana del brazo y la detuvo. Venían hacia ellas dos muchachas con una piara de cerdos. La pastorcilla más alta, con los hombros un poco levantados y el paso elástico, andaba exactamente igual que Rea Silvia. En ese momento la muchacha levantó la cabeza y miró en dirección a la cabaña de Amulio, situada justo detrás de las hermanas. Durante unos instantes se quedó clavada en el suelo, su rostro se transformó en una mueca de espanto y, volviéndose rápidamente, echó a correr en dirección contraria, seguida por su compañera.
- ¿Qué pasa? – gritó Énule, volviéndose para ver qué había provocado el miedo de Rea Silvia. A sus espaldas, Pratex giró la vista hacia las pastoras e hizo seña a algunos hombres para que salieran en su persecución.
Rea Silvia y Palantea corrían con todas sus fuerzas. Se metieron entre las cabañas y las sortearon como podían, tropezándose a veces. Los cerdos se habían quedado atrás, en la vía principal y, gruñendo aterrorizados, se habían enredado entre las piernas de los perseguidores. Instintivamente Rea se dirigía hacia la puerta de la muralla para volver a salir, aun sin saber qué haría después, dónde se refugiaría, cuánto tiempo podría resistir esa fuga desenfrenada sin agotarse. A punto de atravesar la puerta, una mano huesuda la sujetó del brazo, frenó bruscamente su carrera y casi la hizo caer.
lunes, marzo 14, 2011
EN EL MERCADO.

Entró de nuevo en la cabaña y examinó el revoltijo de ropas que había dejado su sierva en un rincón. Era una túnica de calidad excelente: lana clara sin ninguna impureza y un tejido perfecto. Pocas personas en Alba Longa vestirían así. La escondió detrás de las esteras enrolladas que les servían de noche para dormir, avivó el fuego bajo el caldero donde se calentaba el agua para la cena y echó dentro cuatro coles. Con un ligero manto sobre los hombros, su saquito de hierbas colgado del cinturón y la ayuda de su cayado, emprendió el camino a Alba Longa. - A ti apelo, como hombre de probada virtud – dijo apenas estuvo ante el anciano sacerdote –. Mi rey, a quien has acogido enfermo en el santuario, está en grave peligro. Necesito tu ayuda.
- Ve tranquilo – respondió el sacerdote – porque me encargaré de hacer cuanto me pides. Conozco a Númitor desde hace años y siento por él un gran respeto. Quieran los dioses auxiliarlo en este momento crítico y extender la protección a su familia.
Desde el resguardo de la arboleda, Rea Silvia vio a los primeros grupos de gente en un extremo del mercado. Detrás se alzaba la muralla de adobe y, por encima de ella, los tejados de las cabañas, pues la ciudad, aunque extendida a lo largo de la ladera en paralelo al lago Albano, crecía también pendiente arriba. Se detuvo y apoyó la espalda en un tronco. Como traídas por un golpe de viento, las imágenes de esa misma mañana se le presentaron con toda su crudeza: los soldados ensangrentados en el suelo del salón, las armas, su hermano y su madre gritándole que huyese, las siervas empujándola hacia la salida, el aullido de su madre. El corazón le latía con furia, le temblaban las piernas. Cerró los ojos y trató de tranquilizarse. No lo consiguió, pero al fin encontró fuerzas para controlar sus temores. - Muy diferente de esta mañana, creo yo – respondió la pastorcilla –. De todos modos, es mejor que no hables con nadie y mantengas la cabeza gacha. Ven detrás de mí sin separarte. Cuando quieras que me pare agárrame de la túnica y, si has de decirme algo, que sea en voz baja o al oído.
Rea Silvia asintió con la cabeza, pero no se movió.
- No tenemos mucho tiempo, sobre todo si hemos de volver a mi cabaña a dormir – y con estas palabras, Palantea echó a andar.
- Sí, sí, están reunidos allí el Consejo, la Vestal Máxima, todos… – oyeron decir.
- … no podemos seguir así – protestaba airado un hombre en un grupo situado a su izquierda –. ¡Por muy reinas que sean las mujeres no sirven para resolver asuntos de la incumbencia de los hombres!
- Una catástrofe, es cierto. Pero la reina Aurelia no se merece este trato. ¡Pobre mujer, como si no hubiera sufrido bastante! – decía una joven en un grupo de mujeres.
Rea Silvia agarró de la túnica a Palantea. Ésta se volvió y con una sola mirada comprendió lo que le pedía. Se acercaron a las mujeres y la pastorcilla, poniéndose al lado de una de ellas, le preguntó qué pasaba. La mujer las miró.
- ¿No os habéis enterado? Ya veo que llegáis del campo – respondió –. Una desgracia muy grande. Han atacado la cabaña del rey y han matado a su hijo y a toda su familia. De los que estaban allí sólo se ha salvado la reina.
- Y su hija, que dicen que ha conseguido huir – intervino otra.
- Sí, aunque también se rumorea que los asesinos la están buscando…
Rea Silvia sintió la mano de Palantea agarrar la suya y apretarla. La vista se le había oscurecido y la cabeza le daba vueltas. Se dejó arrastrar por la fuerza extraordinaria de la pastora que, sujetándola por la cintura, tiraba de ella y avanzaba con gran determinación entre la gente. Al fin la hizo sentarse y apoyar el hombro contra la muralla mientras ella misma se sentaba de espaldas al público para protegerla de las miradas curiosas. Los cerdos las rodearon.
- He de ir con mi madre, he de ir con mi madre… – repetía en voz baja Rea Silvia –. Estará muy sola.
- No, no puedes ir con ella ahora – respondió con suavidad pero firmemente Palantea –. Es muy peligroso. La cabaña real está muy lejos y ya has oído que te buscan…. - Tienes razón, sí. Ayúdame a encontrar refugio.
- Claro que te voy a ayudar. Iremos a donde quieras. Pero ante todo debes tranquilizarte porque de lo contrario llamarás la atención y alguien puede reconocerte.
- Me tranquilizo, sí, ya estoy más tranquila. Ay ¿adónde iré? – y tras unos instantes durante los cuales las lágrimas le rodaban como un torrente por las mejillas, tuvo una idea –. La casa de mi tío Amulio está aquí cerca. Vamos, rápido, vamos allí. Con él estaré a salvo y podré encontrarme con mi madre.
Gracias a Joanna por anunciar esta iniciativa en su blog.