
A los oidos de las matronas, las últimas palabras del Cónsul han sonado como un desafío. Las risas de los hombres las hubieran herido en otras circunstancias, pero no en ésta. Son conscientes de estar jugándose mucho, y no les importa tanto el ridículo, que juzgan pasajero, como el riesgo de ver modificada su posición en la sociedad. Esa es la razón que las ha llevado al foro, de modo que resistirán sin agachar la cabeza.
El Cónsul está tan satisfecho como un gato que acaba de comerse a un ratón, así que cede de nuevo la palabra a Faustina, que la ha solicitado con un gesto y no ha borrado de su rostro una sonrisa humilde.
- No estoy segura de que nos hayas comprendido, Cónsul – dice – Nosotras no pretendemos casarnos con dos maridos. Nos hemos limitado a señalar que esa eventualidad sería más favorable para Roma que la contraria, esto es, que un hombre se casara con dos mujeres.
- Te he comprendido perfectamente – le responde – Y mantengo mi determinación de proponer al Senado que tengáis dos maridos.
- Tu solicitud y diligencia nos honran, Cónsul. Sin embargo, hace un momento tú mismo, mientras glosabas con tanta agudeza las ventajas de nuestra propuesta, has dejado al descubierto su punto débil. Las mujeres, poco versadas en los asuntos públicos, no habíamos reparado en él y ahora, al presentárnoslo de manera tan nítida, nos haces vacilar.
Desde que Faustina ha empezado a hablar, la multitud que llena el foro guarda de nuevo silencio. Las mujeres tienen el corazón pendiente de un hilo y los hombres, una vez desahogada la hilaridad, están interesados en saber qué propondrá. Ciertamente, a ellos no se les ocurre qué podrían decir de estar en su lugar.

- Hasta el momento, las armas romanas han triunfado muchas veces. Han ganado el respeto y la admiración de nuestros enemigos y de nuestros amigos. La sola mención de Roma ha sido capaz de detener a un ejército que se aprestaba a atacar a un pueblo aliado nuestro. Somos, al mismo tiempo, apreciados y temidos. Ese es un mérito de muchas generaciones de romanos, y también vuestro, ya que seguís acrecentando la gloria de vuestros antepasados. Y es, en este punto, donde vacilo. ¿No correríamos el riesgo de que vuestra dignidad quedara en entredicho? Dos hombres para mantener a raya a una matrona no habla en favor de las mujeres, pero tampoco en el vuestro. Puede dar lugar a que en los campamentos de los enemigos se produzca la misma jocosidad que se ha desatado aquí mismo, entre vosotros – el silencio del foro es tan grande, que se puede oír el aleteo de los pájaros que surcan el cielo – Un ejército risible corre el riesgo innegable de ser derrotado. Y unos embajadores que susciten risas a sus espaldas mal pueden realizar su cometido.
- Nadie se reirá si lo establecemos a través de las leyes – responde el Cónsul con semblante serio.
- No hay ley que restablezca una dignidad dañada, como bien sabes. Si perdemos el respeto del mundo ¿quién lo recuperará? Estamos, pues, ante una difícil disyuntiva. El matrimonio de un hombre con dos mujeres, además de encontrar una rotunda oposición por parte de las matronas, duplicará los problemas que aseguráis tener para controlarlas. El de una mujer con dos hombres, nos coloca en una posición de debilidad.
- ¡Cuánto mejor sería para todos que no mostráramos nuestras debilidades a los enemigos! – dice el Cónsul.
- Eso mismo pensamos las matronas. Si hasta ahora el contrato de matrimonio ha funcionado bastante bien ¿qué necesidad habría de cambiarlo?
- Ninguna, os lo aseguro – dice el Cónsul. Pasea su mirada sobre los cientos de cabezas que cubren el foro y ve que todo el mundo está pendiente de sus palabras.

- Ciudadanos, matronas de Roma: dejemos el asunto del matrimonio como está. Cada cual que se conforme con lo que tiene en casa… - y concluyendo con estas palabras, las puertas de la curia se abren y el Cónsul, seguido de los senadores, penetra en el edificio.
Las matronas estallan en gritos de alegría. Están encantadas. Han pasado un mal rato, desde luego, pero merecía la pena arriesgarse. Entre ellas se cruzan abrazos, risas y sonrisas, suspiros de alivio. Faustina es agasajada por quienes la rodean y recibe toda clase de felicitaciones por su ingenio y su temple. Ha demostrado, una vez más, que las matronas romanas son dignas del mayor respeto y consideración.
En el interior de la curia el Cónsul, apenas han traspasado el umbral la mayor parte de los senadores, se gira hacia ellos y suelta una sonora carcajada.
-¿Alguien puede decirme qué pasa? Cayo Papirio, debes tener alguna explicación – dice acercándose al aludido y poniéndole una mano sobre el hombro - ¿Acaso no cumples con tus deberes conyugales? ¿Se ha vuelto loca tu mujer? En toda mi vida no había escuchado un despropósito semejante. Y lo que es más divertido: ¡hablaban completamente en serio! De haber vivido el pobre Catón, se habría muerto aquí mismo.
La hilaridad y el buen humor del Cónsul se contagia a los demás senadores. La tensión que han soportado ha sido tremenda: ver a sus propias esposas entre la multitud de mujeres no ha sido un plato de gusto. Ninguno tenía idea de lo que preparaban y, por otra parte, no logran comprender su extravagancia.¿De dónde se habrán sacado esa historia de cambiar la ley de los matrimonios?

El color de la cara de Tito Papirio, que no se ha separado del lado de su padre, varía del blanco absoluto al rojo como la grana. Tiene el estómago revuelto y las piernas flojas. Al fin, saca un hilo de voz.
- La culpa es mía – dice. Y ha de volverlo a repetir, porque no le habían escuchado.
- ¿Has revolucionado tú solo a todas las mujeres? – pregunta el Cónsul cuando por fin lo oye. Y siguiendo con su tono de broma, exclama – Senadores, prestad atención, porque aquí tenemos a un futuro agitador de masas. Explícate, joven Papirio.
- Mi madre me preguntó sobre lo que se había tratado en la última reunión del Senado. Y como insistía en saberlo y no me dejaba en paz, para salir del paso se me ocurrió decirle que discutíais una ley para que los hombres se casaran con dos mujeres. No podía imaginarme…
Lo que dice a continuación ya no puede oírse. Muchos senadores estaban disgustados por la actitud de las mujeres pero, ahora, lo encuentran sumamente gracioso. Han asumido que la participación de sus esposas queda diluida entre tantas matronas y no tendrá mayores consecuencias. Además, había que reconocerles mucho valor…

- Senadores – dice el Cónsul – esto es lo más interesante que ha pasado durante mi consulado. Hemos de agradecer a Tito Papirio dos cosas: que tuviera el ingenio suficiente para eludir las preguntas de su madre y con ello guardar el silencio exigido en el Senado, y que nos haya dado la oportunidad de comprobar que las matronas siguen estando en plena forma combativa. Más vale saberlo ahora, que no tenemos problemas…
- Quiero hacer una propuesta: que, vistos los riesgos, desde esta fecha no se permita asistir a nuestras sesiones a los jóvenes. Es una lástima que no puedan aprender junto a sus padres, pero todos comprenderéis la necesidad de esta medida. Y propongo, también, que de ella se excluya a Tito Papirio, pues ha demostrado con creces su capacidad para cumplir con su deber como un adulto. En cuanto a lo ocurrido esta mañana… Ya veis que corremos más peligros con las mujeres que con los galos y los cartagineses juntos. Senadores, os exhorto a que lo olvidemos. Es lo que dicta la prudencia. Dejemos que nuestras matronas disfruten una temporada de su triunfo… quizá así consigamos mantenerlas alejadas del foro unos cuantos años. También en esto propongo una excepción: Tito Papirio, debes confesarle el engaño a tu madre.
Cuando Faustina, en la tranquilidad de su casa del Esquilino, recibió de su hijo una completa confesión, se lo quedó mirando largo rato.
- De modo que no has dudado en engañar a tu madre por preservar un secreto del Senado. Eso te convierte, a los ojos de los romanos, en un ciudadano ejemplar. No está mal. Te conviene para tu carrera política. Y lo que es mejor todavía: has tenido ocasión de comprobar que algunas cosas no pueden hacerse sin el apoyo de las matronas. Es bueno para tu futuro que, de esto, hayas tomado buena nota…
NOTA: Con este comportamiento, Papirio ganó el sobrenombre de Pretextato, por razón de que aún vestía la toga pretexta, propia de los menores.
* Busto de Octavia. Museo Massimo alle Terme
** y ****** Fragmentos de mosaico. Museo Massimo alle Terma
***Cabeza de anciano. Museos Capiolinos.
**** Interior de la Curia. Al fondo, estrado para los Cónsules. En laterales, pequeñas plataformas para las sillas de los senadores.
*****Joven. Museo Centrale Montemartino


















