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lunes, junio 05, 2006

LAS MUJERES DE ESCIPION ( y IV ).- Antistia frente a Emilia

Antistia se arrojó a los pies de Emilia. El corazón le latía tan fuerte que se sentía mareada y, de camino al jardín, había temido que no le sujetaran las piernas. Postrada en el suelo, veía la hierba borrosa y trataba de no pensar en nada mientras los latidos le retumbaban en la cabeza como un tambor. Incluso la voz de Emilia le llegaba amortiguada.
- ¿No me has oído, Antistia? Levántate – le repitió Emilia removiéndose en la silla – Y límpiate las lágrimas.

A la noble Emilia le incomodaban las escenas. Su carácter afable soportaba mal ser testigo de emociones sin echarse ella misma a llorar, y ahora no quería hacerlo. Era evidente que su marido había dejado sin resolver algunos asuntos domésticos y tendría que solucionarlos ella. Escipión fue un hombre admirable, desde luego, aunque de escasa sensibilidad respecto a las mujeres.

- Domina – dijo Antistia con un hilo de voz, puesta ya en pie, pero con la cabeza gacha – me gustaría trabajar en la cocina, si no te opones. Soy buena con los dulces...

- No lo dudo, aunque no he tenido ocasión de probarlos – le respondió Emilia sin dejar de mirar los cabellos de la concubina, largos y ondulados, que caían a ambos lados de la cara y la dejaban en sombra. Se dio cuenta, de pronto, que la muchacha estaba temblando – Ni creo que llegue a disfrutarlos, porque no te quedarás en la cocina. He pensado en algo más adecuado para ti.

A Antistia estas palabras le provocaron un ataque de pánico. Como movida por un resorte y con la sensación de que le faltaba el aire, se arrojó al suelo de nuevo.

- Te lo suplico, domina, te lo ruego. Ten compasión de mí. No me mates ni me vendas, por favor. Te suplico que me dejes trabajar en la cocina, no notarás que estoy aquí. Puedo ser útil muchos años – gemía la concubina entre sollozos, alzando el rostro implorante hacia Emilia.

- ¡Ya basta, Antistia! – respondió Emilia echando hacia atrás los pies que pretendía cogerle la concubina. Se volvió hacia su hija Cornelia como pidiendo ayuda – ¡Por todos los dioses! ¿Cómo pudo amar tu padre a una criatura tan estúpida?

Cornelia respondió a su madre tomándole la mano y arqueando las cejas. Hizo un gesto para llamar a un esclavo y le pidió que trajera un asiento para Antistia y una copa de agua.

- No se te ocurra moverte de ahí, ni me interrumpas – dijo Emilia a la concubina señalándola con el índice. Le habían puesto la silla frente a ella y a su lado una pequeña mesita con el servicio. Beber agua parecía haber tranquilizado a Antistia, aunque su rostro permanecía contraído de angustia. Se sentía desorientada, no lograba comprender qué estaba pasando. El miedo instalado en su espíritu desde que enfermó Escipión, se había agarrado a su estómago y a su pecho y ocupaba todo su pensamiento. Había apoyado la copa sobre su regazo y la contemplaba fijamente, sin atreverse a levantar la vista para mirar a su ama.

- Ahora quiero que me escuches con atención, Antistia – dijo Emilia – Creo que aún no te has dado cuenta de quiénes somos. Yo soy la viuda de Escipión el Africano, el general más grande que ha dado Roma. Y tu has sido su concubina. No sería digno de un hombre semejante que a su muerte fueran vejadas las personas a las que él estimó. Ni sería tampoco digno de mi persona el consentirlo.

Cuando las palabras de la noble Emilia llegaron a este punto, Antistia se atrevió a mirarla. Tenía frente a ella a su ama, aquella mujer madura a la que hacía años había ayudado con el aseo y el vestido, cuidado de sus joyas y guardarropa; la persona que nunca se enfadaba si no estaba todo listo o tenía que esperar a que se calentaran las tenacillas; la mujer a la que había cepillado cada noche el cabello y quizá alimentaba la esperanza de recibir la visita de su esposo; la mujer a la que un día dejó de servir para dedicarse por completo a servir al marido. Antistia sentía un nudo a la altura del pecho.

- De modo que he decidido dos cosas respecto a ti – siguió diciendo Emilia –: la primera, concederte la libertad, como creo que habría deseado Escipión que hiciera. Y lo segundo, darte en matrimonio a mi liberto Paulo, porque no estaría bien que anduvieras sin marido. Es un buen hombre y espero que te acomode.

Antistia lloraba de nuevo, esta vez sin moverse de su asiento y en silencio. Sus lágrimas eran tanto de alivio por la desaparición del peligro temido, como de alegría y agradecimiento por el gran beneficio que acababa de recibir. Al fin pudo contenerse y lentamente se levantó. Miró un momento a Emilia antes de arrodillarse ante ella, con serenidad, y besarle la mano.

- Aunque sea libre, domina, siempre seré tu esclava – dijo. Y con paso digno se encaminó hacia la cocina.

Cornelia apretó la mano de Emilia. Sabía que, pese a la naturaleza generosa de su madre, este gesto tenía un especial valor. No es fácil compartir el lecho de un marido con otra mujer y menos todavía hacerlo sin perder la propia estima ni el respeto debido a sí misma. Se sintió henchida de orgullo: nadie podría decir en Roma que existían unos padres mejores que los suyos.

Desde la cocina llegó a sus oídos la algarabía de gritos y aplausos con que los esclavos recibieron a Antistia. Había declinado la tarde y hacía fresco en el jardín. Cornelia se puso en pie, ayudó a levantarse a su madre y le dio un abrazo.

- No tienes ya excusa, madre: dentro de una semana, volveremos juntas a Roma.

* Hierba entre las losas en un lateral del foro romano.

** Remate de un templo arcaico, como pudieron verlo las protagonistas de esta historia . Museo Centrale Montemartino

***Foro romano. En primer término, el lugar donde se levantaba la casa de P.Cornelio Escipión


jueves, junio 01, 2006

LAS MUJERES DE ESCIPIÓN ( III ).- Emilia tiene dudas.


- ¿Has pensado en regresar a Roma, madre? – le preguntó Cornelia mientras tomaban un refrigerio en el jardín.

- Aún no lo sé, hija mía – respondió Emilia – No logro decidirme. Después de enterrar a tu padre, no me queda nada que hacer aquí. Y sin embargo...

La muerte había alcanzado a Publio Cornelio Escipión el Africano apenas doce meses después de que se hubiese apartado de la vida pública y retirado a vivir en un pueblecito de Campania. A Emilia, su noble esposa, le dolía la forma en que habían abandonado Roma. Ella no se hubiera marchado de la urbe jamás, pero Escipión se encontraba cansado, hastiado del acoso político al que estaba sometido por parte de algunos rivales sin escrúpulos. Había dado por Roma lo mejor de sí mismo, y se sintió mal pagado. Así que había decidido emprender un exilio voluntario.

- Emilia, quiero morir aquí – le había dicho muchas veces a su esposa durante su enfermedad – y ni se te ocurra llevarme a enterrar a Roma.

- Eres muy tozudo, Publio Cornelio – le contestaba ella –. Vas a ponerte bien. Pero el día que te mueras, ¿qué sentido tendría que no ocupases el lugar que te corresponde en la tumba de los Escipiones? Y ¿qué pasará conmigo? Sabes que pretendo que mis restos reposen con los tuyos y, por tu cabezonería, ¿tendré que quedarme aquí?

Pero no pudo persuadirlo para que cambiara de opinión. Emilia había sentido en su pecho, como una espina, lo injusto que había sido que ese hombre noble muriera fuera de su hogar. Pero así lo había querido él y ella jamás lo hubiera contrariado. Ahora la situación era distinta: se había quedado sola y no había razón para permanecer fuera de la urbe. La memoria de su marido, no obstante, le pesaba.

- Vamos, madre – le dijo Cornelia mientras se levantaba para colocar sobre los hombros de su madre el chal que se le había resbalado y caído al suelo. Aprovechó ese gesto para abrazarla por la espalda y apoyar su mejilla en la de ella. – En Roma estarás más distraída. Te echo mucho de menos y bien sabes que tus nietos no hacen otra cosa que preguntar por ti.

- Ay, mis nietos. ¡Tengo tantas ganas de verlos...! – A Emilia se le dibujó una sonrisa – He de pensarlo, Cornelia. Me desagrada volver a nuestra casa del foro y ver las caras de Catón y de tantos otros que le hicieron la vida imposible a tu padre y ahora tendrán la desvergüenza de fingir que lamentan su muerte. Tengo la impresión de que volver allí sería como faltarle al respeto.

- No digas eso – le respondió Cornelia – Has cumplido su voluntad en todo y no puedes impedir que el mundo continúe su curso y que Roma siga con los conflictos de siempre. La dignidad de mi padre está muy por encima de lo que hagan o digan esos personajes. ¡Ven conmigo, madre! – le insistió Cornelia.

- Te prometo pensarlo. Y tengo también que zanjar el asunto de Antistia, tanto si vuelvo a Roma como si no. ¿Sabes que abandonó su cuarto y se fue a compartir dormitorio con las demás esclavas? Me ha solicitado a través del cocinero que le asigne trabajo en la cocina.

- ¿Se lo piensas conceder? – preguntó Cornelia mirando el rostro a su madre, pálido y apagado por la pena y los días de tensión.

- Cornelia, hija mía, ¿por quién me has tomado? ¡Claro que no! Tengo otros planes para ella – contestó con vivacidad Emilia, como si la pregunta le hubiera arrancado de su estado de atonía. – Y ya que estamos en ello, debería comunicárselos de inmediato. Quédate conmigo, por favor.

Emilia dio unas palmadas para llamar a un esclavo y le ordenó que fuera a decirle a Antistia que se presentara ante ella.

Todos los esclavos domésticos supieron de esta llamada en el breve tiempo que le llevó a su compañero ir del jardín a la cocina. La actividad de la casa quedó en suspenso. La cocina se llenó de caras serias y silenciosas que querían presenciar el momento en que el esclavo, dirigiéndose a la concubina, le dijo:

- Antistia, el ama te quiere ver.


* Vía Latina. En un caminito entre la vía Latina y la vía Appia estaba la tumba de los Escipiones. El Escipión del que hablamos murió en año 183 a.C.
** Decoración en el interior de un sepulcro en la vía Latina. Representación del alma.
*** Exterior de la Tumba de los Escipiones. En la antiguedad había un busto de Escipión el Africano en una hornacina en una parte de la fachada ya desaparecida.

lunes, mayo 29, 2006

LAS MUJERES DE ESCIPIÓN ( II ).- Emilia

La casa estalló en un clamor. Al llanto de la esposa, los familiares y los esclavos más antiguos, se sumaron las palabras de condolencia y las conversaciones de los muchos vecinos que deseaban presentar sus respetos a la viuda y pronto ocuparon el atrio y el pequeño jardín. La noble Emilia, aunque muy afectada, mantenía el control sobre sí misma y apretaba con cariño las manos que le tendían a modo de saludo. Algunas matronas la obligaron a sentarse en una silla y se colocaron cerca de ella, lloraban con ella y controlaban con gesto severo a quienes entraban o salían, un flujo que fue aumentando a medida que se difundía la noticia.

El fallecimiento de su marido Publio Cornelio Escipión se le antojaba a Emilia prematuro. Cierto que su vida de soldado había sido muy dura, que superaba largamente los cincuenta y no había estado bien de salud en las últimas semanas. Pero con todo, le pareció que la muerte se había presentado demasiado deprisa. Sintió de pronto un vacío en el pecho, una sensación que la llenó de miedo. Toda su vida había transcurrido a la sombra de él y le era difícil imaginarse cómo sería el futuro en su ausencia.

- ¡Madre! – dijo con voz ronca Cornelia al entrar. Emilia alzó los ojos y, al ver a su hija, se levantó para ir a su encuentro. Se unieron en un abrazo que parecía hacer más diminuta a Emilia, más frágil y endeble. Se aferró con fuerza al cuello de su hija y lloró sin consuelo.

- La buena de Emilia – murmuró una de las matronas tocando con el codo a la que tenía a su lado, mientras madre e hija continuaban abrazadas –. ¿No te parece que se excede un poco?

- ¿Qué pretendes decir? – le contestó la otra.

- Bueno, todo el mundo sabe que Escipión tenía una concubina... No creo que un marido así se merezca tantas lágrimas.

- No conoces a Emilia. Lo estimaba mucho.

- Bueno, bueno, no sería tanto. Y en cualquier caso, ¡razón de más para llorarlo un poco menos! Supongo que se deshará cuanto antes de esa mujer. ¡Sé muy bien lo que yo le haría si se hubiera encamado con mi marido! Un castigo ejemplar, eso es lo que se merece. Que vayan aprendiendo otras...

Emilia volvió a sentarse entre las matronas, con su hija a su lado. Se sentía más confortada al tenerla a ella allí. Era como estar junto a su marido. Cornelia había heredado los rasgos de su padre, la misma nobleza en el mentón y la mirada, el carácter decidido y enérgico e idéntica tranquilidad. Sí, Publio Cornelio había sido bondadoso y tranquilo. Quién lo diría de un hombre que a los veinticuatro años ya dirigía el ejército de Hispania contra Aníbal. Pero así era. Emilia sentía por él mucho afecto, una mezcla de admiración y cariño fraguados a lo largo de un matrimonio sin querellas.

Le había dolido que él tomara una concubina, eso era cierto. No era algo extraño a las costumbres romanas, pero parecía contener un reproche hacia la esposa legítima, como si a ella le faltara algo o fuera incapaz de satisfacer a su marido. Se sintió entonces muy humillada, y más todavía al saber que quien ocuparía su lugar en el lecho era su propia doncella, Antistia. Una niña cuando él la compró y la trajo a casa para que la sirviera.

- ¿Era esto preciso? – le preguntó llorando, cuando Escipión le comunicó que Antistia iba a ser su concubina. – ¿No te basta acostarte con ella discretamente? A veces creo, Publio Cornelio, que mi padre se equivocó al casarme contigo.

Pese a los reproches y las lágrimas de Emilia, Escipión mantuvo su decisión. Trató de hacerle comprender que el amor y el respeto que sentía por ella eran compatibles con el afecto que sentía por Antistia, cuya juventud le alegraba el espíritu.

Fue un trago muy amargo de beber. Mucho. Sin embargo, Emilia fue capaz de digerirlo y retomar con él una relación amable y afectuosa. Pese a sus defectos, Publio Cornelio sabía hacerse querer.

Todos esos recuerdos, surgidos al mirar a su hija, habían pasado por la mente de Emilia como un relámpago. Pensó de pronto en cuántas vueltas da la vida, cuántos reveses y zigzagueos. De la noche a la mañana todo había cambiado: la muerte devolvía a cada cual a su sitio. Cuando dentro de siete días hubieran concluido las ceremonias por el funeral de su marido, decidiría qué hacer con Antistia.
* Soldado romano. Museo de las Murallas. Porta di San Sebastiano
** Matrona romana. Museo de las Termas de Diocleciano

jueves, mayo 25, 2006

LAS MUJERES DE ESCIPIÓN ( I ).- Antistia

En el mismo momento en que Publio Cornelio Escipión el Africano Mayor, el ilustre vencedor de Aníbal, dejó de respirar para siempre, una mujer contuvo la respiración. Esperaba el desenlace de pie, junto a la puerta del cuarto donde yacía el moribundo. Y supo que había muerto al oír el grito desgarrador de la noble Emilia, la esposa de el Africano. Quedó en suspenso un momento y luego, antes de que empezaran a llegar corriendo los demás esclavos, se retiró discretamente hacia la cocina.

- ¿Ya? – le preguntó la esclava que se encargaba del ajuar de mesa al verla entrar con el rostro alterado. Antistia afirmó con la cabeza y, aunque estaba preparada desde hacía tiempo, no pudo evitar el llanto. Se sentó en un escabel al lado del fogón y se tapó la cara con las manos.

- Vamos, Antistia, debes tranquilizarte – le decía su compañera.

- Lo sé, lo sé – respondía aquella entre sollozos – pero no puedo. Lo he perdido todo. ¿Lo entiendes? ¡Todo!

Los diez años transcurridos desde que Escipión la había comprado en un mercado de esclavos de Campania habían pasado como un soplo. Buscaba una esclava joven que sirviera de doncella a su esposa y, por alguna razón, se fijó en ella. Nunca agradecería bastante a los dioses que hubiera sido él, y no otro, su comprador. Antistia fue bien acogida en la casa y aprendió pronto a adaptarse a los gustos de la domina Emilia, que no era muy exigente.

Escipión la llamó un día a su lecho y Antistia, como cualquier otra esclava de la familia, estaba obligada a complacerlo. Fue considerado con ella al darse cuenta de que aún era virgen. La consoló cuando el dolor le provocó lágrimas y la despidió después dándole una palmadita en la mejilla. No dio autorización a ningún esclavo para que yaciera con ella y la llamó más veces. Era ya un hombre mayor y no tenía la fogosidad de los jóvenes, pero sabía ser apasionado y tierno. Poco a poco Escipión comenzó a amarla.

Antistia se sentía cada vez más feliz con Escipión y más incómoda delante de su ama. Nada de lo que ocurría en una casa era secreto para sus habitantes y no tardaba mucho en conocerse en el resto de la ciudad. Así que el día que Escipión comunicó a su mujer que había decidido hacer de Antistia su concubina, la noticia voló por los mercados y las termas públicas y fue la comidilla de las matronas durante varias semanas. Escipión dispuso que se le asignara un cuarto en la parte noble de la casa, se la dispensara de servir a Emilia, claro está, y se le asignara dinero, ropas y personal para su servicio. Para Antistia esta decisión fue buena y mala.

Nunca logró superar la vergüenza y cortedad delante de la domina Emilia. Gozó, en cambio, de la consideración de Escipión, quien no dudó en colmarla de obsequios y dinero. Eran muy ricos. Pero la muerte de él la dejaba por completo desasistida y esto era algo que sabía todo el mundo.

- ¡Se te acabó la buena vida! – le espetó a Antistia la esclava que la había sustituido en el servicio del ama. Había entrado en la cocina a buscar agua para llevarle de beber a la domina Emilia y no había podido reprimir su desdén. No le gustaba la concubina. Odiaba sus comodidades y sus privilegios y estaba deseando verla caer.

- ¡Métete en tus asuntos! – le respondió la esclava del ajuar de mesa. Ella sí estimaba a Antistia y compartía su pesadumbre. Ambas tenían una preocupación fundada, porque ahora que Escipión no podía proteger a su concubina, no era difícil adivinar lo que iba a pasar.
* Figura femenina
** Vista del foro romano desde donde tuvo su casa Escipión ( siglos III - II a.C.)