viernes, enero 26, 2007

DIDO Y ENEAS (VI).- Empiezan los preparativos.

- Rápido Barce – dice la reina Dido, apenas se marcha el príncipe del Senado a cumplir sus encargos – debo estar arreglada cuanto antes. Espero que hayas oído la conversación. Vendrás conmigo ¿verdad?

La anciana ya tiene en las manos una túnica limpia para la reina y se acerca a ella. La mira un instante antes de responder.

- ¿Y qué será de mi nieta? – pregunta despacio – Es muy pequeña aún y no conozco a nadie a quien pueda confiarle su cuidado mientras mi hijo está ausente. No le queda familia por parte de su madre, como ya sabes. De otro modo, no la tendría aquí conmigo.

- Escúchame, Barce. Lo que vamos a hacer es peligroso para todos. Corremos muchos riesgos, no sólo de fracasar en la huida, sino también de no poder sortear los peligros del mar o no encontrar esa nueva tierra para asentarnos en ella. Sé que a tu edad no es fácil cambiar de vida, sustituir la seguridad por el azar. Te pido, sin embargo que lo hagas. Tu nieta vendrá con nosotras, como vendrá también mi hermana Anna. ¿Crees que estarían más seguras quedándose aquí? ¿Te librarías tú de la inquina de mi hermano, después de haber pasado toda tu vida cuidando a Siqueo y luego también a mí? No juzgo para vosotras más peligroso entregaros al capricho de la fortuna que quedaros en Tiro.

El curso de esta conversación no ha interrumpido el arreglo de la reina. Ahora está sentada y Barce le cepilla el cabello antes de trenzarlo y sujetarlo alrededor de la cabeza. Dido le detiene la mano y se gira hacia ella para mirarla de frente.

- Te daré otra razón: te necesito – y al decir esto las lágrimas están a punto de desbordarle – Desde que perdí a mi propia nodriza, tu has sido para mí como una madre. Sabes cuán importantes son para mí los afectos. Sin mis padres, sin mi esposo, con la traición de mi hermano y debiendo hacer frente a la responsabilidad de conducir a parte de mi pueblo hacia un futuro incierto ¿qué me queda? O, mejor dicho ¿quién me queda?

Barce levanta su mano, sujeta por la mano de la reina, y se la besa.

- No te abandonaré – le dice.

- Gracias. Te diré lo que has de hacer: prepara discretamente mi baúl. Guarda en él mis joyas y el manto de lana que heredé de mi madre. Elige sólo la ropa precisa, hazlo pensando que pasará mucho tiempo antes de que podamos conseguir otra. Deja fuera la copa de oro de mi padre, quiero utilizarla en el banquete de esta noche, ya la guardaremos luego. Pon en otro baúl las cosas tuyas y de tu nieta, y haz hueco en él para las de mi hermana Anna. Es importante que nadie sepa nada, ni siquiera Anna, de modo que hazlo con el mayor disimulo. Tengo previsto que vengan más personas de palacio, pero hemos de impedir conversaciones sobre el tema, porque mi hermano tendrá espías aquí.


Una vez concluido su arreglo, la reina se marcha dejando a Barce con los preparativos. Se dirige al salón donde habitualmente despacha los asuntos cotidianos y le aguardan sus secretarios. Les anuncia una buena noticia: ha tenido conocimiento de la llegada de un mercader procedente del extremo más oriental del mar. Al parecer, se ha abierto una nueva ruta al comercio y está dispuesto a informarles. Esta misma noche, celebrarán un banquete en palacio para recibirlo. Hay que cursar de inmediato invitaciones a todos los mercaderes y armadores de Tiro, porque puede ser una reunión muy importante. También deben venir algunos senadores en representación del Senado. Y su hermano Pigmalión, desde luego: ella personalmente le escribirá la invitación. Dada la premura de tiempo, han de distribuirse el trabajo y ponerse a ello de inmediato.

Durante toda la mañana, el salón es un continuo ir y venir de gente. Desde el cocinero mayor, los proveedores, el mercader decano del puerto de Tiro, el jefe de mantenimiento de las obras públicas, el príncipe del Senado, con quien toma un pequeño refrigerio en el comedor privado.

- Tengo ya los datos que necesitas, mi reina – dice el anciano cuando se quedan a solas – En este momento hay fondeadas veintinueve naves mercantes. Nueve de ellas tienen mucha vigilancia y hay que descartarlas. Contamos, por tanto con veinte naves, doce de ellas son de mi hijo, y las otras ocho están listas para zarpar y pertenecen a personas dispuestas a seguirnos. Además de la tripulación, cada una puede llevar a unas cuarenta personas. Serían ochocientas en total.

-¿Todas de confianza? De palacio vendrán conmigo aproximadamente veinte.

- Sí, son de fiar – responde el Senador –. Cada nave tendrá, además del capitán, a un jefe de expedición al frente. Puedes estar tranquila. Hay caballeros, mercaderes y un buen número de artesanos con sus familias, empleados y sirvientes. Gente de paz, fieles a la memoria de tu padre y a ti. Hemos de llevar también algunos soldados en cada nave. Es conveniente precaverse ante cualquier peligro.

- Repecto a las naves de guerra que hay en el puerto, he pensado lo siguiente – dice la reina –. A nosotros no nos sirven, pero no quiero que Tiro quede indefensa ni tampoco dejarlas intactas para que puedan seguirnos. Son mucho más veloces que las mercantes y nos darían alcance, además del gran peligro que suponen sus espolones. Debemos perforarles el casco. No tanto para que se hundan de inmediato, pero lo suficiente para entorpecerles la navegación.

- Será imposible hacer lo mismo con las nueve mercantes…- le hace observar el anciano.

- No creas que eso me desazona. Al contrario, lo mejor es que esas naves nos persigan cuando mi hermano se de cuenta de nuestra fuga. Quiero tener testigos de lo que me propongo hacer…

Dido se queda pensativa durante unos instantes, pero no aclara nada más y cambia de tema.

- He ordenado al jefe de las obras públicas que realice algunos arreglos en la tapia del patio del templo de Melqart. He pensado que debemos profundizar sus cimientos para reforzarla, así que prepararán una zanja por la parte interior, en el pedazo de tierra que hay entre la propia tapia y el pozo. No te extrañes, por tanto, de ver a un grupo de hombres trabajando allí…

El viejo senador comprende lo que eso significa: si el tesoro del templo está enterrado en el patio, la reina tratará de excavar a plena luz del día, de modo que las obras no levanten sospechas. Si lo deja bien preparado, por la noche sólo hará falta cavar un poco más y coger el tesoro.

- A media noche empezará la operación de embarque – explica el anciano – y las naves irán zarpando poco a poco. La tuya será la última, tal como me ordenaste. Calcula bien el tiempo, mi reina, porque habrás de salir de puerto una hora antes del alba.
Ambos se miran con intensidad. Son muy conscientes del peligro. Dido sonríe con afecto y le da un par de golpecitos en la mano al senador.

- Dí a tus criados que llenen diez o doce sacos de tierra de tu huerto. Que les pongan una señal bien visible y los carguen en mi nave, en la cubierta. Y ahora, querido amigo márchate y continúa los preparativos. He de hablar con un actor que ha de representar el papel más importante de su vida y la nuestra. Nos veremos más tarde, en el banquete. Te sentarás al lado de Pigmalión y le animarás a beber vino…insinuándole que no beba. Sabes cuánto le gusta llevarte la contraria.

Y sin añadir una palabra más, con una sonrisa de ánimo, la reina Dido se levanta y vuelve a su trabajo.
* Claustro de Santa Maria degli Angeli. Roma
**Detalle de relieve en Santa Mª in Trastevere. Roma
***Plaza del Popolo. Detalle de columnas con espolones de naves de guerra. Roma
****Detalle de urna cineraria. Museo de las Termas de Diocleciano.
*****Detalle de suelo cosmatesco. Santa Mª in Trastevere. Roma

martes, enero 23, 2007

DIDO Y ENEAS (V).- La reina Dido toma una decisión.


Ahora Karo empieza a comprender mis palabras acerca del respeto que merece el silencio. Lo he leído en sus ojos. Aunque trata de simular entereza, no ha dejado de impresionarle el momento terrible en el cual la reina Dido y Barce se enfrentaron a la barbarie. Un par de veces se le ha caído de las manos el cálamo y ha cometido algunos errores. Tiene una imaginacion muy viva, lo percibo, y creo que ha visto en su mente el cadáver de Siqueo colgando de la pared, convertido en un surtidor de sangre, peor que un animal en manos del carnicero. No hay palabras que puedan describir esto y mucho menos el dolor que produjo en aquellas mujeres.

Barce no lo olvidaría nunca. Si en un primer momento no había alcanzado a comprender aquella escena, la conversación de Dido con el príncipe del Senado le permitió vislumbrar la extensión de la maldad de Pigmalión y, en el extremo opuesto, la grandeza de Siqueo. Éste, al guardar silencio hasta la muerte, había demostrando un gran amor y respeto por Dido y una extraordinaria superioridad moral sobre su verdugo. La nodriza se sintió orgullosa de haber amamantado a un hombre de tanta nobleza y, de algún modo, esa relación la ennoblecía a ella también.

- Toma nota de esto, Karo, y ya veremos más tarde cómo lo incorporamos al texto principal. Quiero dejar constancia de ese descubrimiento de Barce: que la tortura no deshonra al torturado (como todo el mundo pensaba entonces y muchos continúan pensando), sino al torturador.

- ¿No podemos continuar donde nos habíamos quedado, señora Imilce? – me suplica también con la mirada. Tiene el rostro descompuesto.

- Claro que sí – le respondo después de un rato – Ya descubrirás, con el tiempo, que el mal existe aunque queramos ignorarlo.

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La madrugada ha moderado el calor de la noche y por la ventana entra un airecillo fresco. Barce, sentada en el suelo, con la espalda y la cabeza apoyadas en la pared, dormita y llora alternativamente sumida en la oscuridad del fondo de la estancia. La reina Dido pasea arriba y abajo sin dejar de pensar en voz alta. Habla para sí misma y para el príncipe del Senado, como si pronunciar cada palabra tuviera el poder de romper un conjuro o transformar a su favor la realidad. Sin embargo, cuanto más avanza en sus razonamientos, más consciente es de hallarse ante una decisión crucial.

Así pues – dice sentándose de nuevo – tengo dos alternativas y ninguna de las dos es buena. Mandar encarcelar y procesar a mi hermano por el asesinato de Siqueo tendría como efecto provocar el levantamiento en armas de sus partidarios. Y no hacerlo significa permitir su fortalecimiento, aplazar durante unas semanas, o acaso solo unos días, su rebelión.

-Tienes razón, Dido – responde desalentado el anciano – Tu hermano ha ido demasiado lejos. Con tesoro o sin él, ha de actuar. No tiene otra salida. Y no veo cuál puede ser la nuestra.

Algunos carros comienzan a rodar por las calles de Tiro y su traqueteo rompe el silencio nocturno. Ladran los perros y empieza a elevarse en el aire el piar de los pájaros. La aurora arrastra su velo rosa por el cielo y su belleza no oculta la inexorabilidad del trascurso del tiempo. Dido contempla el espectáculo del amanecer sobre su ciudad y piensa que no hay otra más bella en el mundo. O, al menos, no más amada para ella. Los tejados de las casas se extienden hasta el puerto. Brilla el mar.

Piensa en todas las personas que ahora mismo se sienten seguras al abrigo de sus hogares. Muchas madres se habrán levantado ya para encender el fuego y preparar un caldo con el que confortar el estómago a sus hijos; muchos hombres irán de camino a los campos, saldrán a la mar a pescar o emprenderán un viaje con las bodegas de las naves llenas de mercancías. En poco tiempo la ciudad entera estará en pie e iniciará la rutina diaria. Sin desconfianza. Sin temores.

La reina Dido se aparta de la ventana y se queda en pie delante del príncipe del Senado, quien en el transcurso de la noche parece haber envejecido. De pronto, le toma las dos manos y se arrodilla ante él, mirándolo a los ojos.

- Te diré lo que mi padre me repitió muchas veces, desde que decidió que yo, como primogénita, heredase su trono: “Sé siempre justa, Dido. La justicia es una condición necesaria para que haya paz. Y busca siempre la paz, porque es el único clima en el que puede florecer la justicia”.

- Tu padre era un hombre cabal y un buen rey.

-No entregaré esta ciudad a un baño de sangre – afirma la reina –. No lo haré. Y puesto que es imposible contener la ambición de mi hermano, me marcharé de aquí. Es la única solución que encuentro para salvaguardar a mi pueblo. Huiré con cuantas personas quieran acompañarme. Algún lugar encontraré en la tierra donde fundar una nueva ciudad.

- ¿Cómo lo harás, querida niña? – pregunta emocionado el senador - ¿Cómo podrías huir? Tu hermano no lo consentirá. ¿Cómo prepararás a la gente?

-Ten en mí la misma confianza que yo te tengo. Necesito tu ayuda, si te quieres arriesgar – el anciano aprieta la cabeza de Dido contra su pecho. Es digna hija de su padre y una gran reina.

- Hemos de prepararlo todo para esta misma la noche. Avisa tú, con la mayor discreción, a las personas de tu estricta confianza, deben estar atentos e ir pensando a su vez en quiénes más podrían acompañarnos – Dido se ha levantado y se mueve con agitación por el cuarto, como si el primer rayo de sol que acaba de penetrar por la ventana le infundiera energía.


- Quiero saber cuántas naves mercantes hay en el puerto y, de ellas, cuántas están a punto de zarpar. Hemos de impedir que salgan. Avísame enseguida para que pueda hablar con sus propietarios. Esta noche daremos en palacio una gran banquete y deseo invitarlos a todos. Ya veremos qué pretexto invento. ¿Hay alguien a quien podamos encargarle provisiones para la travesía? Hemos de actuar con el mayor secreto.

- Mi hijo mayor puede hacerlo – responde el príncipe del Senado – y también pondrá a tu disposición sus naves.

- Es preciso, por otra parte, hacernos con el tesoro del templo. Sin dinero, es difícil fundar otra ciudad.

- Mi reina, amo y admiro tu valor – dice el anciano – ¿Sabes qué grande es el peligro que estás corriendo?

- Amigo mío, casi podría decirte: padre mío. Si no intento salvarme y salvar a mi pueblo ¿Habrá muerto para nada Siqueo? Haz esas gestiones y vuelve enseguida aquí. Aún habremos de forjar muchos planes.

* Detalle de pintura mural en la Villa de los Misterios. Pompeya.
** Detalle de fuente. Villa Doria Pamphili. Roma
***Vista parcial de Ostia.
****Detalle de pintura mural. Museos Capitolinos. Roma
*****Buganvilla en el Trastévere.

viernes, enero 19, 2007

DIDO Y ENEAS (IV).- Peligro inminente


Barce se retira discretamente al fondo de la habitación cuando el soldado anuncia la llegada del príncipe del Senado. Se apresura a arreglar las ropas del lecho de Dido y a retirar del suelo su propia yacija. Con las prisas por salir, todo había quedado revuelto. Esta pequeña tarea, la preocupación por no ofrecer al visitante la impresión de desorden y descuido, tiene el efecto de ocupar su mente durante unos instantes y apartarla de la pena.

La reina Dido recibe con deferencia a su invitado y con un gesto le ofrece sentarse en una de las banquetas que hay frente a la ventana. Es un hombre de edad y sus escasos cabellos blancos aureolan un rostro enjuto que debió ser bello. A su lado, la reina parece casi una niña. No ha tenido tiempo de peinarse y su cabellera rubia le cae sobre los hombros. El manto oscuro la hacer parecer aún más menuda y, por contraste, destaca y acentúa la palidez de su piel.

- Me conoces sobradamente – dice la reina, mirándolo a los ojos – y sabes que no te habría llamado a esta horas sin motivo. Necesito tu sabiduría y tu consejo. Fuiste el mejor amigo de mi padre y espero de ti lo que habría esperado de él, si viviese.

- No te defraudaré. Y no hace falta que gastes tantas cortesías conmigo, tienes todo mi afecto y fidelidad, puedes hablar sin miedo. No negaré que me ha sorprendido tu llamada…hasta cierto punto. Últimamente tu hermano Pigmalión anda más alborotado que de costumbre.

- Sobre él quería hablarte. ¿Han aumentado sus seguidores?

- Mucho. Sobre todo entre los jóvenes de la nobleza. Tiro es una ciudad muy tranquila y ellos se aburren. Desprecian la paz y el comercio, los dos pilares sobre los que se asienta nuestro gobierno. Pigmalión les habla de la guerra. De conquistar nuevos territorios y, con ellos, riquezas sin fin. Sabe alimentar sus ambiciones y sus sueños. Les promete alcanzar fama y gloria en el campo de batalla, botines inmensos. Lo de siempre.Todo aquello que no obtendrían contigo en el trono.

- ¿Ese grupo está maduro para tratar de destronarme? Y dime, en caso afirmativo, ¿Quién me apoyaría?

El viejo senador junta sus dos manos y con ellas se golpea ligeramente los labios. Dido observa su concentración, no quiere interrumpirle pese a sentirse ansiosa. Al fondo de la estancia, entre las sombras, Barce escucha esta conversación sin apartar de su mente a Siqueo. Al cabo de unos minutos, el anciano rompe el silencio.

- Esto es lo que pienso: muchos jóvenes lo seguirían y arrastrarían a otros. Hace ya mucho tiempo que Pigmalión trabaja para ello. Pero no lo tiene todo bien calculado. Le falta una cosa muy importante: el dinero.

Esta respuesta pone en alerta a Dido, y a la vez le extraña.

- ¿Significa eso que no encuentra entre sus amigos ni entre los banqueros a nadie que se atreva a sostener económicamente un levantamiento contra mí?

- Me gustaría responderte que sí, pero te mentiría. Las guerras crean grandes fortunas, y siempre hay personas dispuestas a invertir su dinero. Más todavía si está en juego un trono. Sin embargo, Pigmalión no está buscando inversionistas. De otro modo, yo lo sabría.

- ¿Entonces? – pregunta la reina.

- O no se decide a dar el paso, o no quiere depender de nadie para evitar verse luego obligado a devolver favores. Tratará de demostrar a los suyos que es el primero y más fuerte, que tiene voluntad y capacidad para imponerse a todos los demás, incluidos sus propios aliados. Tratará de conseguir el dinero por sí mismo. No me preguntes cómo.

- Esa es la única pregunta que no necesito hacerte en este momento – responde Dido con la mayor agitación. – Respóndeme ahora a la pregunta anterior: si mi hermano, en este mismo instante, estuviera en condiciones de atacar mi trono ¿Qué ocurriría? ¿Quién estaría de mi lado?

- Mucha gente, mi reina. Bastantes senadores y caballeros. Los mercaderes y navegantes. Campesinos, pescadores y personas sencillas. Pero ninguno de ellos sabe manejar las armas. Tu hermano trataría de ganarse al pueblo ofreciéndoles dinero (para eso lo quiere, entre otras cosas) y tendría un buen equipamiento bélico. Temo que estallaría un conflicto que ni siquiera podría llamarse una guerra civil, sino una masacre. Pero no creo que debamos ir tan lejos en esta conversación, basta con que tratemos de prevenirnos. No hay un peligro inminente

- Te equivocas. Ha matado a Siqueo – Y al decir estas palabras Dido no puede reprimir las lágrimas. Se lleva un puño a la boca, intentando sofocar los sollozos. De las sombras sale Barce y, sin decir nada, le ofrece un lienzo para secarse los ojos.

-Creí que Siqueo se había marchado de cacería... – dice el senador, tratando de reponerse de la sorpresa. Dido afirma con la cabeza.


-Mi hermano insistió tanto y tanto en que se fuera con él y un grupo de los suyos, que no pudo negarse. Luego mi hermano volvió y dijo que Siqueo y sus amigos habían decidido continuar la caza. De esto hace siete días. Todo era mentira. Barce y yo lo hemos visto esta noche, en el templo de Melqart. Sí, querido amigo, el peligro es tan inminente que ha llegado ya.

-No comprendo qué quieres decir, Dido.

-Sé de dónde piensa sacar Pigmalión el dinero: ha torturado hasta la muerte a Siqueo, el único sacerdote del dios Melqart y custodio de sus bienes sagrados, para que le confesase dónde está escondido el tesoro del templo.

-¿Por qué no has empezado por decirme esto? – dice el senador, levantándose del asiento con lentitud – Estamos perdidos.

- No te lo he dicho antes para que ni tus respuestas y ni mis decisiones estuvieran influidas por semejante crimen. Nada frenará ya a Pigmalión. Pero aún no estamos perdidos – afirma Dido – Siqueo le ha mentido.

Y como Dido ve la perplejidad reflejada en el rostro del anciano, continúa:

- Yo sí sé dónde está escondido el tesoro. Siqueo me lo dijo. Siéntate otra vez, te lo ruego. He de tomar una decisión y, sobre ella, hemos de hacer planes juntos. El amanecer no ha de encontrarnos inactivos.

* Detalle de escultura de un ciudadano romano. Museo Termas de Diocleciano.
**Detalle de las ruinas del Palatino, al atardecer. Roma
***Relieve en un muro del Palacio Mattei. Roma
****Losas de una vía pública en Pompeya.
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martes, enero 16, 2007

DIDO Y ENEAS (III).- En el templo de Melqart

Karo ha dejado a su lado, en el suelo del patio, su colección de tablillas y reposa las manos sobre el regazo. De vez en cuando me mira a la cara y me observa fijamente, como si cada una de mis arrugas fuera un mapa secreto. Trata de descifrarlo e, incluso, de averiguar a través suyo lo que estoy sintiendo. Uno de los rasgos que más me agradan de él es, precisamente, su deseo de conocer y comprender. No se limita a copiar al dictado, como cualquier escriba.

- ¿Por qué al hablar de tu abuela la llamas Barce?¿Por qué no, simplemente, abuela? – pregunta al cabo de un rato.

- Porque no estamos escribiendo una fábula inventada por una anciana para entretener a los niños. Estoy contando una verdad o, al menos, una parte de la verdad. Pretendo que mi trabajo se tome en serio. Y, ahora, ¡Vamos! – le digo dando un par de palmadas – ¡Coge de nuevo el cálamo y acabemos! Esta tarde bajaremos pronto a la playa. Nos hará mucha falta contemplar el mar.
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Apoyadas contra la pared trasera del templo, Dido y Barce se sujetan una a la otra, buscan apoyo muto para no caer y para no gritar. Una nube ha cubierto la luna y ennegrece la noche. Dido tiene la sensación de estar cayendo por un abismo. El corazón le estalla en las sienes y le embota la capacidad de comprensión. La sangre de las venas se le ha transformado en hielo. Barce se esfuerza en contener las arcadas que le contraen las entrañas y en manetenerse firme sobre las piernas. No puede ser cierto. Deberían volver a mirar a través del ventanuco, cerciorarse de no haber sido engañadas por el miedo o la penumbra. Sin embargo, ninguna de las dos se siente capaz de hacerlo. ¿Cómo podrían soportar de nuevo la vista de tanto horror? La expresión del soldado que las acompaña y está mirando por la otra ventana les confirma que no se han equivocado.

Dos hachones en el interior del templo arrojan luces y sombras que subrayan el espanto de la escena. Junto al ara de los sacrificios del dios Melquart, sujetos a un clavo por las muñecas, penden los despojos de un hombre. Un colgajo de músculos rojizos rezumantes de sangre, perfectamente marcados, como si fuesen obra de un artista. Aún cuelgan tiras de piel opacas y flácidas en las rodillas, en los costados. Las mujeres han reconocido a Siqueo por los cabellos y la barba, por la nobleza que aún queda en su rostro estragado por la tortura e inclinado, ya sin vida, sobre el pecho sanguinolento. Lo han desollado vivo.

Entre las sombras hay muchos soldados. Delante del altar, dando la espalda al muerto, está Pigmalión, el hermano de Dido. Las mandíbulas y los dientes contraídos por la furia, los rasgos de la cara ensombrecidos. Un destello relampaguea en sus ojos mientras observa a unos hombres agachados en el suelo.

- ¡Daos prisa! – los apremia a media voz – Apartad cuanto antes esas losas. No tenemos mucho tiempo. Veremos si este cerdo ha dicho la verdad…

Estas palabras, apenas audibles pero cargadas de odio, arrancan a las mujeres de su estado de estupor. Sienten la urgencia de huir, de ponerse a salvo. Ahogando los gemidos de su corazón, abandonan con rapidez el patio del templo y recorren en sentido inverso las mismas calles desiertas hasta llegar al palacio. Dido apenas puede hablar, su mente es un torbellino que gira y gira incapaz de detenerse en nada. Sin embargo, ha comprendido ya. Y tiene plena conciencia del peligro. Antes de llegar al umbral de su dormitorio, se vuelve para hablarle al soldado.

- ¿Eres leal a tu reina? – le pregunta mirándolo de frente.

- Daré la vida por ti, señora.

- Entonces, busca un compañero que te releve de la guardia – le dice – y tú, sin perder tiempo, ve inmediatamente a casa del príncipe del Senado. Sácalo del lecho y tráelo enseguida a mi presencia. No le reveles nada, díle únicamente que lo llamo por un asunto urgente y secreto.

Cuando el soldado se marcha, las dos mujeres entran en la habitación.

- ¿Es prudente confiar en él?

- Sin duda. De otro modo nos habría delatado en el templo – responde Dido – Pero, ¿Cómo nos atrevemos aún a hablar así? No hay en esta ciudad una confianza más vapuleada que la mía. ¿Has visto, Barce? ¿Viste a Siqueo …? Y ha sido mi propio hermano quien lo ha hecho...

Las dos mujeres se abrazan y Dido acaricia el cabello de la vieja sirvienta. Barce tiene el corazón destrozado. Recibió a Siqueo cuando era un recién nacido, lo amamantó de sus pechos al mismo tiempo que a su hijo, ha crecido bajo sus cuidados. Si hubiera nacido de su vientre no lo habría amado más.

- Escúchame bien, Barce – dice la reina deshaciendo el abrazo – No podemos llorar ni lamentarnos. No ahora. Bien sabes cuánto significaba Siqueo para mí. Si me hubieran dicho ayer que hoy estaría muerto, me habría ofrecido a morir en lugar suyo. Pero no hay elección posible. Nuestas vidas están en juego y mi pueblo y mi corona también. Es preciso pensar, y hacerlo rápido si queremos salvarnos. – Y como la anciana continúa sollozando, con la cabeza gacha, le toma con ambas manos el rostro y se lo levanta – Mírame, Barce. Ayúdame a ser fuerte. No pienses que el aplazar el duelo atenta contra la dignidad de Siqueo o apartará de nosotras la amargura. Cuando todo esto haya pasado el dolor nos estará esperando.

- Mi reina – interrumpe el soldado de guardia – El príncipe del Senado está aquí.

- Quieran los dioses iluminarnos para afrontar con acierto las próximas horas. Dile que pase.




*Museos Capitolinos. Detalle de mosaico
**Museos Capitolinos. Detalle de escultura representando a Marsias
***Museos Capitolino. Busto femenino
****Museo Massimo alle Terme. Detalle de mosaico

viernes, enero 12, 2007

DIDO Y ENEAS (II).- Un sobresalto en la noche





- ¡Barce! ¡Barce! ¡Despierta!

- ¿Qué ocurre? ¿Estás enferma? – pregunta la mujer. Acostumbrada a levantarse a cualquier hora, salta de su yacija y espabila la mecha de una lámpara de aceite colgada en la pared – ¿Qué te pasa?

- He tenido un sueño – reponde Dido –. Un sueño horrible.

Dido se ha sentado en el borde del lecho. Tiembla y tiene la frente sudorosa. Parece que le falte el aire, a juzgar por su respiración agitada. Barce se acerca a ella enseguida y le aparta el pelo de la cara. Está pálida.

- Con tanto calor es imposible dormir bien. Pero ya estás despierta, así que tranquilízate, mi reina.

- No ha sido un sueño cualquiera. Peor que una pesadilla. Y con una apariencia tan real... Lo he visto.

- ¿A quién, querida mía? Oigo mejor que los perros y puedo asegurarte que no ha entrado nadie. Toma, bebe un poco de agua. Y vamos a la ventana, el fresco de la noche te sentará bien.

- He visto a Siqueo – Dido no se ha movido del lecho ni parece atender las palabras de Barce, aunque ha bebido agua de la copa que le ha ofrecido. Sus ojos parecen mirar más allá de la oscuridad del cuarto, apenas atenuada por la luz de la lucerna y la escasa claridad que penetra por la ventana.

- No me parece tan raro que sueñes con tu marido. ¡Y más después de una semana sin verlo…!

- Algo le ha pasado. Vistámonos – Y como Barce quiere hacerla desistir atendiendo a lo intempestivo de la hora, ataja sus objeciones con sequedad – ¡No me discutas!

Como activada por un resorte, Dido se ha levantado y, a toda prisa, se despoja de la túnica de noche y se viste con la que llevaba ayer. Revuelve en un baúl y se echa sobre los hombros un manto oscuro, a pesar del calor. Barce ha de recordarle que va descalza y aún se entretienen un momento las dos mujeres buscando las sandalias.

- Coge una antorcha y sígueme – dice al soldado que vigilaba ante su puerta y se ha sorprendido al verla a estas horas de la noche. – Vamos al templo de Melqart, pero no quiero que nos vea nadie.

En la puerta del palacio, Dido y sus dos acompañantes esperan un momento. La noche está clara. Apenas sus ojos se acostumbran a la luz de la luna y comprueban que permite ver lo suficiente, la reina ordena al soldado apagar la tea. Amparándose en las sombras de las construcciones se deslizan por las calles de Tiro, a estas horas desiertas. Sólo se oye el roce de sus propios pasos y el maullido lejano de un gato. Dido va detrás del soldado y lo apremia a caminar más deprisa. Algo arde dentro de ella, como si tuviera un carbón encendido en el pecho. Ni siquiera se vuelve a mirar si Barce la sigue, algo que ésta consigue con esfuerzo, porque ya no es joven .


El soldado se detiene con brusquedad cuando alcanza el final de la calle que desemboca en la plaza del templo y extiende horizontalmente su brazo derecho para frenar también a las mujeres. Hay alguien en el templo. La luz oscilante de una o varias antorchas proyecta su resplandor rojizo a través de sus portones de bronce, una de cuyas hojas está entreabierta. Dido cruza por delante del pecho los brazos y con ellos sujeta con más fuerza aún su manto oscuro.

- Vamos – dice en su susurro – Hemos de averiguar qué pasa.

- Señora – responde el soldado – no sé quién puede ser, pero temo que resulte peligroso. Y habrá alguien vigilando la puerta.

- He dado una orden: no te he preguntado por el peligro. Hay un par de ventanas estrechas que dan al patio del templo. Trataremos de llegar hasta ellas.

Y sin añadir nada más, retroceden por la misma callejuela y se meten por otras para salir a la parte posterior del templo, donde una tapia de piedra rodea el patio sagrado. Es un muro no más alto que un niño de ocho años, cuya única función es delimitar el espacio. Antes de saltarlo, ya ven a través de los dos ventanucos la luz del interior, más intensa que la filtrada a través de la puerta.

Dido mira por una de ellas y se aparta, llevándose una mano al corazón.

- Ahí están mi marido y mi hermano – dice con un hilo de voz a Barce. Y ésta mira también.



.................................................

- ¿Y qué más, señora Imilce?

- Nada más, Karo. Cuando llegaba a este punto, Barce siempre se callaba. Hay que aprender a respetar los silencios. También a mí me costaba contener la curiosidad, pero ella me enseñó a hacerlo. Decía que eran necesarios para el corazón. Y con frecuencia tienen más significado que las palabras, esto lo he comprendido con los años. Hay dolores tan hondos que no se pueden pronunciar.

* Detalle de urna cineraria. Museo delle Terme

**Figura femenina. Museo delle Terme

***Fragmento de relive. Museos Capitolinos

****Hilada de bloques de piedra de la Muralla Serviana en el Aventino. Roma

*****Detalle de urna cineraria. Museo Aula Octógona.

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martes, enero 09, 2007

DIDO Y ENEAS (I).- Imilce y Karo


Me gusta bajar a la playa al atardecer, cuando los pájaros regresan al nido y sus alas se recortan oscuras contra el cielo rojizo. Hundo los pies descalzos en el agua y dejo a las ondas acariciarme los tobillos. Me hace bien sentir su mansedumbre, oir el griterío de las aves y ver difuminarse en el horizonte la línea que separa mar y cielo. Pocas cosas desasosiegan tanto a una anciana como contemplar el mundo suspendido entre dos luces. A mí, sin embargo, no me atemoriza. Quizá porque es el momento del día más propicio a los recuerdos y, apenas se los convoca, acuden con rapidez.

- Vinieron por allí – le digo a Karo extendiendo el brazo hacia la derecha, en un gesto carente de precisión.

- Me lo has dicho mil veces, señora Imilce – me responde con cierto descaro – Sal ya del agua, se te van a arrugar los pies.

- ¿Más de lo que ya los tengo? Anda, tráeme el lienzo para secarme. Y acuérdate bien de lo que te he dicho. ¿Lo has anotado en la tablilla?

No es mal chico y, según afirma su maestro, tiene buena letra. No pido mucho más: eso, y que sea diligente a la hora de pasar los apuntes a un rollo de papiro para corregirlos después. Algunas personas opinan que pierdo el tiempo. Mi nuera, por ejemplo. Pero yo le respondo: ¿Para qué querría ahorrar tiempo una vieja como yo?¿Se detendría acaso si me sentase ociosa junto al fuego o pasara las horas quejándome de los mil dolores que me afligen? Ella se calla, claro, aunque me dirige comentarios sarcásticos cuando regreso a casa después de mi paseo por la playa. No lo entiende.

Si los dioses me hubieran concedido una hija o una nieta, no me tomaría tantas molestias: desde niñas les habría repetido una y otra vez la historia de nuestra reina Dido y el príncipe troyano Eneas, como mi abuela hizo conmigo. Con mis hijos ha sido imposible. Son capaces de reproducir, uno por uno, todos los movimientos que hicieron en un combate de lucha griega hace diez años. No se les olvida la lista de los enemigos de Cartago, pero ¡ay! no les interesa conocer a fondo el origen de esas enemistades. Un error que pagaremos caro, porque cuando la bruma del tiempo borre el recuerdo de aquella primera ofensa, no se podrá medir su importancia ni ponderarse si es razonable o no continuar con las querellas. El olvido, en estos asuntos, sólo consigue hacer interminable el reguero de agravios.

- ¿Me has oído? Anota bien las últimas frases. ¡Creo que he dicho algo importante!

- No puedo hacer dos cosas a la vez, señora Imilce. Y si no se queda quieta, no tendré manera de abrocharle las sandalias.

Mis nueras son jóvenes, desde luego, y aún pueden tener hijas. Sin embargo, ¿Quién me garantiza que viviré para verlo? ¿Y si soy tan vieja que pierdo la memoria o soy incapaz de relatar lo ocurrido con coherencia? Prefiero prevenirme. Por eso llevo a todas partes conmigo a Karo y le voy dictando mis recuerdos según vienen. Además, me hace compañía y su desenfado juvenil me alegra. Ya tendremos tiempo luego de ordenarlos mejor. Y si me muero antes, él podrá hacerlo.

- ¿Es cierto que tu misma viste llegar las naves de los troyanos? – me pregunta mientras me ayuda a colocarme el manto.

- Tan cierto como que te veo a ti ahora mismo. La nave de Eneas arribó a una bahía un poco más al este, no puede verse porque está detrás de ese promontorio. Una tormenta había dispersado su flota y algunas de las naves que él creía perdidas llegaron justo aquí. Y en mala hora.

- Yo los odio – dice de pronto, cuando ya hemos tomado la cuesta de camino a casa.

- Pues haces mal. Odiar, odiar… Y seguro que no sabes por qué. ¿Comprendes lo que decía antes? – le respondo airada. Él se queda callado.

Me pregunto si habrá algún palmo de tierra en el mundo que no haya sido hollado por algún ser sufriente. Cartago y esta misma playa no son una excepción. La reina Dido y todos nosotros llegamos aquí huyendo de otros dolores y traiciones. ¡Qué mujer! No sé de ninguna otra que haya experimentado el goce del amor como ella ni haya padecido tanto por su pérdida.


Habíamos navegado durante meses y meses y más meses y al desembarcar aquí nos arrojamos al suelo y besamos la arena. Yo creo que más bien me caí, porque después de tanto tiempo en la nave me sentia mareada y torpe como un pato al pisar tierra. Ese es uno de mis primeros recuerdos de entonces, tenía poco más de siete años. Estábamos desfallecidos pero muy alegres. Nos parecía haber llegado al final de nuestro sufrimiento. Y así fue. Hasta que se interpuso Eneas. Y los dioses, es preciso decirlo.

- El maestro asegura que es necesario consultar los augurios para no equivocarnos y actuar siempre según los dictados de la divinidad.

- Nadie conoce la voluntad de los dioses, hijo mío, hasta que se ha cumplido. Y para entonces no hay remedio que valga: suele ser demasiado tarde. Dido era todo corazón. En cuanto a Eneas… No quiero ser injusta con él. Vayamos poco a poco y con prudencia, porque no se ha inventado una balanza para pesar las culpas en los conflictos humanos. Y, ahora, entra en casa delante de mí y, si te pregunta mi nuera, dile que nos ha retrasado un vecino. Nos ahorraremos una disputa.

NOTA: Para esta historia me inspiro en La Eneida de Virgilio. Imilce (sin hache) y Karo son los únicos personajes que incorporo a esta historia y no figuran en el texto virgiliano.
* y *** Esculturas en el Museo Massimo alle Terme
** Escultura de inspiración medieval fuera de exposición en los Museos Capitolinos
****Vista del Tíber, aquí simulando la playa de Cartago.
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miércoles, enero 03, 2007

CLAUDIA Y LA DIOSA CIBELES




El carro que transporta a las vírgenes vestales desde Roma al puerto de Ostia avanza traqueteando sobre las grandes losas de la calzada. Atrás ha quedado la puerta de la muralla y las multitudes que han contemplado su paso con miradas hostiles. Los viandantes se detienen y se arriman a las orillas de la vía a medida que el carro los alcanza y, cuando los adelanta, se quedan observando en silencio cómo se aleja, con las vestales moviéndose a derecha e izquierda. No hay voces ni alegría, nadie canturrea para aliviar el cansancio del camino o sostener el ritmo de la caminata. En pocas horas Roma ha pasado de la alegría al estupor. Y el estupor se ha convertido en miedo.

La vestal Claudia, sentada en el carro entre sus compañeras, guarda silencio. Ha sentido sobre sí los ojos de cientos de romanos buscando en su rostro indicios de culpabilidad. Ella lleva la mirada baja, pero le arden las mejillas de vergüenza mientras su cuerpo permanece helado. A su mente asustada acude una y otra vez el recuerdo de la última vestal condenada a muerte por faltar a su castidad. Sus lamentos inarticulados y agudos, desesperados, horadaron entonces su cerebro y ahora recobran intensidad y crudeza. Vuelve a ver sus ojos desorbitados y turbios, la boca abierta y desencajada luchando por tomar una última bocanada de aire antes de entrar en la cámara en la que sería sepultada viva. Ese será el destino de Claudia, la muerte espantosa que le espera si las acusaciones contra ella prosperan. Su castidad ha sido puesta en tela de juicio y desde hace varios días por toda Roma se murmura que tiene un amante.
En los dieciséis años que dura ya la guerra contra Cartago, los romanos han sufrido mucho. Han muerto miles de hombres, se han destruido ciudades, campos y cosechas, la ciudad está exhausta y el suelo itálico destrozado. Un oráculo había dictaminado que, para vencer a los cartagineses, la imagen de la diosa Cibeles debía ser trasladada desde Frigia a Roma. Esa esperanza había sostenido el ánimo de sus habitantes en los últimos meses. El barco que transportaba la imagen debía llegar al puerto de Ostia y, desde allí, remontando el río, arribaría al puerto fluvial de Roma donde sería recibida con todos los honores. Y he aquí que ayer a mediodía, mientras se celebraba la noticia de la llegada de Cibeles a Ostia, otra noticia golpeó a los habitantes de la urbe como un mazazo: la nave había encallado a la entrada del río y corría riesgo de naufragar. La preocupación se transformó en pánico cuando se supo que todos los esfuerzos para liberarla habían fracasado. Los ojos de los romanos se volvieron furiosos hacia Claudia. Era culpa suya que, a las puertas de Roma, la diosa Cibeles se negara a entrar.

Claudia ha pasado la noche en vela ante el altar de Vesta, con un sufrimiento tan intenso que varias veces ha estado a punto de desfallecer. Durante la vigilia en su corazón se ha abierto paso la idea de presentarse en Ostia, allí donde estaba detenida la imagen de Cibeles. No sabe qué va a hacer allí ni si acertará a librarse de las acusaciones, pero debe ir. Cuando, al amanecer, la Vestal Máxima se ha dirigido al templo para las ceremonias matutinas, Claudia ha salido a la puerta y se ha arrojado a sus pies. Se ha declarado inocente y le ha pedido su apoyo y compañía para salir al encuentro de la diosa.

El público abarrota el puerto de Ostia y contempla en silencio las maniobras para liberar la nave. Las señales no pueden ser más alarmantes cuando las vestales llegan a la orilla y descienden del carro. El barco está escorado en medio de la corriente, con el agua a punto de asaltar la cubierta. Varias chalupas dan vueltas a su alrededor, sin osar acercarse. Está a punto de zozobrar. La arena del fondo cede de repente y el flanco se hunde un palmo más. Claudia da un grito. Cae al suelo y toca la tierra con la frente. Permanece así durante unos minutos y al fin se levanta muy despacio y pide en voz alta que se acerque una de las chalupas. Se desciñe lentamente el cinturón y, cuando el patrón de la barquita se acerca a ella, le entrega uno de los extremos y le ordena atarlo a una de las cuerdas de remolcar.

El puerto queda en silencio. Sólo se oye el chapoteo del agua y el ruido de los remos alejándose de la orilla. Claudia mantiene en su mano derecha el extremo del largo cinturón y observa cómo anudan el otro a una gruesa maroma. Cuando el patrón ha verificado la fortaleza del nudo y aleja la barca, la vestal pasa el cinturón por encima de su hombro y, sujetándolo con ambas manos, comienza a andar. El cinturón y la maroma se tensan. Claudia ni siquiera siente el momento en que la nave empieza a moverse al compás de su paso. En el puerto el gentío contiene la respiración. Tras algunas leves sacudidas, la nave queda por completo libre, se endereza y recupera la línea de flotación. Surca las aguas del Tíber rumbo a Roma y la multitud estalla en gritos de admiración y de júbilo. La vestal sigue caminando y caminando, sin más esfuerzo que tirar suavemente de su cinturón.

Las lágrimas corren por el rostro de Claudia. Da gracias en su corazón a la madre Cibeles: quizá la diosa ha querido que encallara su nave para que ella pudiera proclamar su inocencia ante toda Roma.
NOTA: Este hecho acaeció el 14 de abril del año 204 a.C. Esta historia es reelaboración de una de las primeras historias contenidas en este blog, colgada bajo el título "Cibeles y Roma".
He de señalar que tanto esta historia como las de Aufilena, Sofonisba y Galla, han sido publicadas en "El Laberinto", suplemento cultural del diario Milenio Portal de México.
* Vía de entrada a la antigua ciudad de Ostia.
**Jardín en el interior de una mansión de Ostia.
***Altar que representa en el relieve a la vestal Claudia tirando del barco de Cibeles. Museo Centrale Montemartino. Roma
****Inscripción a la entrada de Ostia, en la que el Senado y el Pueblo de Roma reconoce esta colonia.
NOTA:La próxima semana comenzará la historia de la reina Dido y Eneas, éste último considerado antecesor de Rómulo y Remo y padre de los romanos.

NOTA: Quienes quieran saber cómo se celebraba el año nuevo en Roma, pueden visitar este enlace:

http://hortushesperidum.blogspot.com/2006/12/kalendas-ianuarias.html

miércoles, diciembre 20, 2006

GALLA, LA ESCLAVA


- ¡Cerrad las puertas! ¡Cerrad las puertas! – gritan los oficiales mientras sus caballos se abren paso entre el gentío cerca de las puertas de las murallas de Roma. Los soldados de guardia se apresuran a cumplir la orden, cierran uno de los portones para impedir la salida y apremian a acelerar el paso a los carreteros y a los viandantes que esperaban para entrar. Las callejuelas se atascan: los animales y los carros que circulaban en ambas direcciones ocupan toda la vía, la gente de a pie se empuja y pugna por hacerse un hueco en la estrechez. Crecen las imprecaciones, el griterío y la alarma ante una medida inesperada. Los oficiales vigilan que se cumpla lo dispuesto sin atender a las quejas y los gritos a su alrededor.

- Orden del Senado – vociferan.

Galla está blanqueando la ropa con orín en la lavandería de su ama cuando oye las voces de varias personas que corren por la calle dando aviso del cierre de las puertas. Los vecinos dejan sus labores y se congregan en el pequeño ensanche que hay delante de la lavandería. ¿Qué ocurre? ¿A qué se debe todo este alboroto? Un muchacho llega jadeante.

- ¡Es Aníbal! ¡Aníbal está aquí! A tres millas de la Porta Capena. – dice apenas recupera el resuello – El Senado ha prohibido abandonar la ciudad, han cerrado las puertas.

- ¿Y qué pasa con los que están fuera? – grita Galla.

El muchacho se encoge de hombros. Él sólo repite lo que le han dicho en el foro. No ha preguntado.

Hace ya ocho años que Roma está en guerra contra Cartago. Los romanos han sufrido graves reveses mientras Aníbal se pasea con sus ejércitos por toda Italia. Sus elefantes siembran el pánico en el campo de batalla y aterrorizan a todo el mundo allí por donde aquellas bestias pasan. Pero, hasta ahora, el ejército cartaginés no se había acercado a Roma. Los vecinos enmudecen y se llevan la mano al pecho con pavor. Sus casas están casi al lado de la Porta Capena, son muy vulnerables.

Galla toca en el hombro a su ama y le dice temblando que debe ir a buscar a su hijo. Aunque el ama está turbada, le aconseja esperar un poco. El chico volverá tarde o temprano y no se puede hacer nada si han cerrado las puertas. Sin embargo, no hace ningún gesto para detenerla porque ella misma siente la urgencia de ir a buscar a su madre. Ambas se abren paso entre el gentío en direcciones opuestas.

La esclava llega a duras penas a la Porta Capena. Sortea los animales y las carretas, va de un grupo a otro preguntando con ansiedad si alguien ha visto a su hijo, un niño de ocho años que cargaba un capazo. Es menudo para su edad. Con el pelo rizado y los ojos grandes. Salió de la ciudad al amanecer y ya tendría que haber vuelto. Nadie lo ha visto. ¿Quién iba a prestar atención a un chiquillo? Los soldados de la puerta le ordenan que se aparte cuando se acerca a ellos. Nadie puede salir. Y no, no pueden abrir la puerta.

- Aléjate de una vez – le dicen – No molestes.

Ella sigue buscando por las calles adyacentes, respondiendo a quienes le preguntan por algún pariente extraviado. Pasan las horas. En su aturdimiento, interroga una y otra vez a las mismas personas. Ese hijo es todo lo que tiene, lo que más le importa. Si lo perdiera, querría morirse también. Entra en algunos figones, donde muchas familias que venían de fuera se han refugiado, cansadas de vagar por las calles. En uno de ellos encuentra al campesino a cuyas tierras ha ido su hijo a comprar verduras. Apenas lo ve, Galla se arroja a sus pies llorando.

- ¿Dónde está mi hijo, señor? ¿Ha venido contigo?

El hombre la mira, sorprendido hasta que reconoce en ella a la madre del esclavo que suele ir a su casa. Le ordena ponerse en pie y le pide calma. Cuando le ha llegado el aviso de que se iba a cerrar la ciudad, él y toda su familia han cogido lo más necesario y han venido a refugiarse tras los muros. Su hijo venía con ellos, pero cuando estaban llegando a la puerta, ha dicho que, con las prisas, se había dejado el capazo junto al pozo y debía volver a por él. Insistió en que su ama lo castigaría si perdía el capazo y, además, ya había pagado. No llevaba ni el dinero, ni las verduras, ni el capazo ¿Cómo podía presentarse en su casa así?

La esclava se derrumba. La energía que ha desplegado durante todo el día la abandona de pronto. Su hijo ha quedado fuera de la ciudad, a merced de un ejército. Es aún muy chiquito, no comprende lo que es una guerra ni su brutalidad, no sabe lo que significa ser apresado o muerto. Por las calles que el atardecer y el miedo han dejado desiertas, caminando sin ver, ni oír, ni sentir, vuelve a su casa.

Apenas entra en la lavandería, alguien salta a su cuello con un grito.
- ¡Madre! Estaba preocupado por ti. ¿Dónde te habías metido?

La esclava abraza a su hijo, se sienta con él sobre el suelo y rompe a llorar y a reírse, le da pequeños cachetes que antes son caricia que castigo, besos, más besos.

- ¿Cómo se te ha ocurrido volver atrás? ¿Qué importaba un castigo por perder el capazo? ¿Te das cuenta del peligro?

- Quería ver a los elefantes, madre – le contesta el niño. Y añade con orgullo – ¡Soy el único del barrio que los ha visto!



NOTA: El asedio de Aníbal a la ciudad de Roma se produjo en el año 211 a.C. Los elefantes eran desconocidos para los romanos y causaban pánico.

* Detalle de pintura mural sobre el asedio de Aníbal a Roma. Museos Capitolinos
** Detalle de relieve. Museos Capitolinos
***Detalle de un elefante que soporta un obelisco. Plaza Santa María Sopra Minerva. Roma.

viernes, diciembre 15, 2006

LA DECISIÓN DE LA REINA






- ¿Es ésta la copa de la que habla mi marido? – pregunta Sofonisba al esclavo. El muchacho, un joven de ojos asustados y tez oscura, responde con una afirmación. Sujeta con las dos manos la bandeja sobre la que brilla una copa de plata. Sus manos tiemblan ligeramente, como si estuvieran soportado un peso superior a sus fuerzas. La luz del sol penetra a través de la abertura de la puerta y oscurece aún más la penumbra en el interior de la tienda de cuero. Fuera se oye conversar y discutir a los soldados mientras aplican aceite a sus armas para que no se oxiden. De vez en cuando estallan risotadas y maldiciones, un vozarrón que exige a gritos algo de beber y más risas. La reina Sofonisba permanece en pie, sujetando en la mano el mensaje que le ha enviado su marido.

- Déjala ahí – dice señalando una mesita – y márchate. Di a mi doncella que venga enseguida.

Se sienta en el borde del lecho y se cubre la cara con las manos. Su cabellera negra cae sobre los hombros formando ondas que se mueven, como un mar nocturno, a impulso de sus sollozos. ¡Qué terrible es la guerra! ¡Cómo transforma la existencia en el curso de unas jornadas o unas horas!

Desde que su primer marido declaró la guerra a Roma, el suelo de África está sembrado de muertos. Hace apenas ocho días, los soldados asaltaron y saquearon su palacio. Irrumpieron en sus aposentos, mataron a sus esclavos y violaron a sus criadas antes de degollarlas en una orgía de furor y sangre. A ella y a su vieja nodriza las arrastraron fuera del cuarto y las maniataron. No las salvaron de la muerte por piedad o respeto, sino para exhibirlas como si fueran alimañas en un gran desfile por las calles de Roma.

Cuando le anunciaron que era prisionera del rey Masinisa de Numidia, la reina creyó ver una luz dentro de su desgracia. Cierto que Masinisa era aliado de Roma pero, a la postre, su reino estaba en suelo africano. Al ser conducida ante él, sin atreverse a mirarlo, se arrojó a sus pies.
- Rey Masinisa – le dijo – Sólo soy una mujer y, como ves, no empuño armas ni visto armadura. No he declarado la guerra a nadie; no soy enemiga tuya ni de Roma. Mi único delito es ser la esposa del hombre contra el que estás luchando, y me casé con él porque así lo dispuso mi padre. ¿Ha de pagar una mujer por las acciones de los hombres de su familia? No te pediré clemencia, pero sí te suplico que no me entregues a los romanos ni a sus ritos deshonrosos. Si crees que merezco un castigo, decídelo y aplícalo tú mismo. Y si es la muerte, que sea digna y de acuerdo con nuestras costumbres.
Después de unos instantes eternos, una mano sujetó con suavidad su barbilla y le hizo levantar el rostro. El rey Masinisa la contempló con detenimiento. Se detuvo en sus lágrimas y las siguió mientras se deslizaban por sus mejillas. Le miró la boca, el cabello que la envolvía como una aureola. Se fijó en su cuello y sus pechos, en sus caderas redondas y tiernas. Sus ojos brillaban cuando se encontraron con los de la prisionera.

- Te protegeré, reina Sofonisba – respondió – Soy aliado de Roma, así que sólo convirtiéndote en mi esposa podré salvarte.

¿Qué otra solución se le ofrecía? La reina decidió aceptar. Aún está caliente el lecho sobre el que se consumó su matrimonio y fue escenario de noches ardientes, combates amorosos sazonados con palabras de amor y de pasión, promesas de devoción eterna. Sin embargo, los dos últimos días Masinisa ha estado esquivo. El general romano ha llamado varias veces al rey a su campamento y Sofonisba ha leído preocupación en sus ojos al volver de esas reuniones. Sus caricias no han sido acogidas con la satisfacción de costumbre. A oidos de la reina han llegado rumores preocupantes: los romanos insistían en que ella y su familia eran enemigos encarnizados de Roma y debía ser conducida como prisionera a esa ciudad para que el pueblo romano la juzgase y decidiera su suerte.

El mensaje que acaba de recibir de su marido confirma sus temores. Al oir los pasos de la nodriza, Sofonisba se descubre la cara. Las lágrimas han dejado un rastro enrojecido en sus párpados y sus mejillas.

- ¿Qué tienes, mi reina? – le pregunta la anciana – No me gusta verte triste. ¿Qué pensará tu marido, si lo recibes llorosa?

- Tienes razón, querida mía. No es nada. Prepárame las joyas y la túnica púrpura. Esta tarde quiero estar especialmente bella.
La nodriza no deja de charlar mientras le cepilla el cabello. Le ayuda a colocarse el vestido, ajusta el cinturón a su talle y le calza las sandalias bordadas en oro. Completa el ornato con brazaletes, anillos y un collar de lapislázuli que le cubre todo el pecho. La anciana da un paso atrás para contemplarla. Adora esos ojos almendrados y negros, la suavidad y firmeza de su carne joven, el porte regio de su querida niña. Se acerca de nuevo para arreglarle un piegue de la túnica y se despide con una sonrisa.

Sofonisba se acerca a la mesita y con ambas manos toma de la bandeja la copa de plata. Su marido ha sido claro en su mensaje: muy a su pesar, debe entregarla a Roma. Y ha tenido la gentileza de enviarle una copa de veneno para que se la beba si quiere escapar a esa humillación: la decisión es suya.

- A ti me entrego, muerte – murmura la reina cerrando los ojos – Tu beso es mil veces más leal que las promesas de los hombres.

Mira el brebaje durante unos instantes antes de llevarse la copa a los labios y apurarla. Luego se tiende en el lecho y cubre su hermoso rostro con un velo. Desea que la muerte la despose con la mayor dignidad, como a una novia.


NOTA: La reina Sofonisba murió el año 203 a.C
* y ** Detalle de sarcófago. Museos Capitolinos
*** Detalle de pintura mural. Museos Capitolinos
**** Fragmento de estatua femenina. Museos Capitolinos

martes, diciembre 12, 2006

AUFILENA Y EL EMPERADOR


Aufilena apoya las manos en las paredes que encajonan la escalera y comienza a bajar. Debe tener mucho cuidado, porque sus piernas están ya muy torpes y no la sostienen bien. Tantea con cada pie el escalón siguiente y sólo desplaza sobre él todo su peso cuando lo nota firme. Son muchos escalones y está oscuro. Cuando se despierten sus vecinos ella ya estará abajo, así que no correrá el peligro de que algún muchacho la empuje al bajar dando saltos o las matronas la apremien. Hoy no.

Se ha ataviado con su mejor túnica y cuida de no mancharla con el roce. Hace una semana le pidió a la lavandera que la tiñera de negro y, aunque la mujer ha hecho todo lo posible, el tinte no logra disimular sus defectos. Plauta ha insistido en prestarle un manto para que vaya mejor vestida. No se merece menos el emperador.

La noche está oscura cuando Aufilena llega a la puerta. Habrá de aguardar a que amanezca para internarse en las calles. Apoya la espalda en los tablones que cierran el taller de Aulo, que no tardará en llegar. Es un buen hombre. Al enviudar ella, Aulo se ofreció a enseñarle a su hijo el oficio de fabricante de yugos y lo tomó de aprendiz. Aquí lo trajeron, pobrecito, con las piernas destrozadas y una herida en el vientre. A ella la llamaron a gritos y bajó la escalera a trompicones, con el corazón saliéndosele por la garganta. Su hijo, su alegría, su razón de vivir, el que concibió cuando ya no tenía esperanzas. Allí estaba, tendido en el suelo de paja con los ojos cerrados y la boca contraída por el dolor.

- Volvíamos de entregar dos yugos a un campesino, cuando lo ha arrollado una cuadriga – le explicaron otros aprendices – La conducía el hijo del emperador.

Aufilena atendía a su hijo, que se le moría. Le apartaba el cabello de la frente, le daba besos, lloraba sobre sus mejillas, pero ninguno de esos gestos que rompían el corazón a quienes la acompañaban tenía el poder de desarmar a la muerte. Desde ese día Aufilena no vive, ni duerme, ni descansa. Su dolor es tan grande que la ocupa toda. No estará tranquila hasta que se haga justicia.

- La justicia es para los ricos – le recordaba una y otra vez su hermano – no existe para nosotros. ¿Cómo podrías pedir cuentas al hijo del emperador?

La luz del alba tiñe el cielo de color rosa cuando Aufilena desciende la cuesta que comunica el barrio de los yugarios con el Campo de Marte. Se mueve con dificultad entre la multitud. La aglomeración es superior a la de otros días, porque el emperador Trajano se marcha a la guerra y desfilará con su ejército por la vía Flaminia. Toda Roma ama al emperador y sale a despedirlo. Tras arduos esfuerzos, Aufilena logra colocarse en la primera fila.

La música y los vítores anuncian la proximidad de la comitiva imperial y los romanos enloquecen aclamando a Trajano. La multitud presiona por todas partes, muchos adelantan las cabezas para verlo llegar. Aufilena contiene su inquietud respirando despacio. Ya llega.

Con tres o cuatro pasos, Aufilena se coloca delante del emperador. Trajano frena el caballo, que se levanta de manos, y lo obliga a recular para no arrollar a esa figura vestida de negro. Un grito ha brotado unánime de todas las gargantas. Ella se yergue en medio del camino, firme pese al pavor que le ha provocado ver ante sí el vientre del caballo y sus patas agitándose al aire. No se mueve. Su mirada está fija en el rostro del emperador.

- Señor – dice elevado la voz – se presenta ante ti la viuda Aufilena y pide justicia.

- ¿No ves que voy a la guerra? – responde el emperador, haciendo con la mano un gesto para detener a los soldados que pretenden apartarla a la fuerza - Te escucharé a mi regreso.

- No perderás la guerra por retrasar tu salida unos momentos. En cambio, si no me oyes ahora yo perderé mi única oportunidad. ¿Quién me asegura que no morirás en el combate?

- Si muero, otro atenderá tu petición.

- Tampoco nadie garantiza mi vida. La muerte, sea tuya o mía, hará imposible la justicia. Si decides aplazarla, ¿quedará también aplazada mi pérdida? ¿Volverá a la vida mi único hijo a la espera de que regreses? ¿Crecerá dichoso quien lo ha matado? No es justa una justicia que debe esperar.
- Tus palabras son ciertas – responde el emperador – ¿Quién mató a tu hijo?

- Un hijo tuyo, señor: el más pequeño.

El silencio que guardaba la multitud desde que Aufilena comenzó a hablar, se vuelve aterrador. Hay sorpresa y dolor en el rostro de Trajano. Su caballo se inquieta y cabecea.

- Te doy a mi hijo en sustitución del que has perdido – dice el emperador – Desde este momento decreto que eres su madre y él deberá honrarte y obedecerte como tal.

- No hay nadie en el mundo capaz de ocupar el lugar de mi hijo – responde Aufilena –, pero lo acepto. Y en este mismo acto os lo devuelvo a ti y a tu esposa. Ni por justicia quiero privaros de vuestro hijo como yo me he visto privada del mío. Vete tranquilo, señor. He obtenido lo que quería.

Las lágrimas corren por las mejillas de Aufilena mientras se aparta. La multitud se abre para acogerla con orgullo e integrarla de nuevo en su seno: una humilde matrona romana ha demostrado estar a la altura de un emperador.
*Figura femenina. Museos Capitolinos
** Detalle de relieve. Emperador Marco Aurelio. Museos Capitolinos
***Detalle de un mosaico. Museo Massimo alle Terme

jueves, diciembre 07, 2006

CUPIDO Y PSIQUE ( y XVI).- Un banquete celestial.



Reina el silencio en la mansión de Venus. La diosa ha salido a dar un paseo por la tierra en su carro tirado por palomas y sus criadas están ocupadas en preparar las ropas y las joyas que ha de vestir su señora para ir al teatro. En el cuarto en el que se halla recluido, Cupido se remueve inquieto. La herida del hombro se ha curado dejando apenas una huella, una sombra oscura en su piel delicada que le recuerda a su esposa. ¡Qué hermosa es! ¡Y cuánto la ama! En los últimos tiempos Psique ha sufrido mucho, demasiado, para someterse a los mandatos de su madre, aún enojada.

- Ninguna diosa, ninguna ninfa tiene el poder de seducción de Psique – piensa Cupido recordando cuando la vio por vez primera – Es inocente y cándida como un pajarillo, y tan amorosa… no conoce la doblez. Se ha hecho fuerte sin hacerse malvada, ha superado las pruebas de mi madre sin causar daño a nadie. ¿Quién me respetará, si no atiendo a los requerimientos de mi propio corazón? Seré el peor de los maridos, el más estúpido de los dioses si no lucho por ella.

Esos pensamientos lo sacan de su estado de atonía y le insuflan nuevo vigor. Se alza del lecho, despliega varias veces las alas y las sacude con energía. Toma luego el carcaj y las flechas arrumbadas en una esquina y, tomando impulso, se lanza hacia lo alto a través del tragaluz de su cuarto para salir al espacio infinito. Traza un círculo en el aire con el fin de orientarse y decidir en qué dirección irá a buscar a su amada. Un rayo de sol vespertino, casi agonizante, le envía una señal arrancando en el horizonte un destello. Y hacia ese lado, llamado por el corazón, vuela raudo.

Psique está tendida en el suelo, abatida por el sopor, con la cajita de Venus caída a su lado. Cupido recoge con prontitud el sueño letal que se había escapado de la caja y lo vuelve a poner dentro. Saca del carcaj una de sus flechas y con mucha dulzura le pincha a Psique en el pecho antes de despertarla con un beso.

- Psique querida – le dice mientras levanta entre sus brazos su cuerpo desmayado - ¿No aprenderás nunca a contenerte?

Cuando ella abre los ojos y le ofrece sus labios, sin poder resistirse la besa y la anima a levantarse. Le devuelve la caja pidiéndole que se apresure. Debe ir sin demora a casa de su madre para cumplir el encargo dentro del plazo convenido. No debe preocuparse, porque él volverá cuanto antes.

Mientras ella se pone en camino, su marido, sin detenerse un instante más, bate sus alas poderosas y se dirige al palacio de Júpiter, el padre de los dioses. Se presenta ante él, le expone sus quejas y le dirige una súplica: ama a Psique y no quiere de ningún modo separarse de ella.

- Niño querido – le responde el padre Júpiter acariciándole el cabello – has crecido conmigo y te conozco bien. Tus flechas me han hecho mucho daño a veces: me has arrastrado a experimentar pasiones humanas; por su causa, me he visto obligado a tomar formas poco nobles para mi dignidad divina: he sido toro, serpiente, lluvia o cisne. He de reconocer, no obstante, que me has prestado también otros servicios… Soy bondadoso de natural, ya sabes, y te amo mucho. Accederé a tus deseos. Sólo espero a cambio dos cosas: que no proliferen los cupidos, que no permitas crecer a tu alrededor falsos imitadores, porque entonces el mundo entero enloquecería… – le da un pellizquito en la mejilla y acercándose a su oreja, añade – y que recompenses mi apoyo con los amores de alguna joven hermosa.

De inmediato, el rey de los cielos convoca a las divinidades a una asamblea y, apenas se reúnen, les habla así:

- Todos sabeis, respetables dioses, cuánto es mi amor por Cupido y cuánto nos ha transtornado a todos con sus juegos. Ya no es un niño, como veis. Y va siendo hora de ponerle freno, más cuando está en plena juventud y sus ímpetus son tan intensos como peligrosos. No quiero más escándalos ni que él se involucre en amoríos estériles. Ha de contraer matrimonio y lo hará con una muchacha elegida por él mismo, una joven a la que ama con intenso ardor – Y dirigiéndose a Venus, su hija, añade – No te disgustes tú, hija mía, porque tu propio hijo ame con tanta pasión a una mortal. Yo haré que se igualen en dignidad e importancia sus linajes, que ambos contrayentes sean iguales; me propongo declarar su matrimonio legítimo.

Ordena entonces a Mercurio que traiga a Psique a su presencia, y cuando el dios mensajero la trae con él, Júpiter la acoge con una sonrisa y le ofrece una copa de ambrosía, la bebida de los dioses.

- Bebe, Psique, y sé inmortal, porque el amor te ha vinculado para siempre a Cupido y es indisoluble el lazo que os une.

Se celebra a continuación el banquete nupcial. Venus, cuya furia ha quedado por completo aplacada, sonrie sin cesar. Organiza una orquesta con voces y coros y, acompañándose de ellos y de los caramillos que tañen los sátiros, deleita a los presentes con una deliciosa danza. Canta Apolo con su cítara y arranca aplausos y vítores entre los comensales. Recorren la mesa las Gracias derramando perfumes y pétalos de rosas y Ganimedes escancia dulce vino en la copa de Júpiter. Pisque, en brazos de Cupido, no cesa de mirarlo y de admirarse por estar a su lado y en paz.

- No sabes cuánto te amo, esposo mío – le dice en un momento en que sus labios rozan su oído – muchas veces creí haberte perdido. No hubiera soportado la vida sin ti.

- Ni yo hubiera consentido que la perdieras, querida esposa – responde él embelesado – antes me hubiera arrancado las alas y hasta el corazón. ¿Has pensado ya en un nombre para nuestra hija? – pregunta acariciándole el vientre.

- ¿Qué te parece si la llamamos Voluptuosidad?

- Me gusta. Y mañana mismo retornaré a mis obligaciones. Se acabó el desamor, la tristeza y el abandono en el que está sumida la tierra. El mundo entero recobrará la alegría: surgirán nuevos amores, se reencontrarán los antiguos y tomarán nuevas fuerzas, los esposos se amarán como nunca y tú y yo seremos los inmortales más dichosos que hayan existido jamás.

El banquete continúa durante toda la noche. Las Horas coronan a los invitados con flores, danzan las náyades y refrescan el ambiente con espuma marina, se esparcen por el aire los olores más sutiles. Psique, la pequeña Psique, ha superado todas las pruebas y es inmortal. Charlan en una esquina las Musas e intercambian noticias: una de ellas confiesa estar visitando a Virgilio y se dispone a contarle la historia de la reina Dido y Eneas, el padre de la raza romana. Una historia en verdad emocionante y terrible. Mas como en ella estuvieron enfrentadas Venus y la diosa Juno, es mejor ser discretas ahora y esperar a que se hayan retirado para hablar…





* y ** Cupido y Psique. Cánova. Museo del Louve. París (Foto Krisihs)

*** Detalle de la Logia de Psique. Venus, Juno y Ceres. Discípulos de Rafael. Villa Farnesina

****Cupido y Psique. Museos Capitolinos.

*****Detalle de la ornamentación de la Logia de Psique.

sábado, diciembre 02, 2006

CUPIDO Y PSIQUE (XV).- En el reino de los muertos.



Psique se detiene a pocos pasos de la gruta por cuyo vientre oscuro descenderá al reino de Plutón, dios de los Infiernos. Los rayos de sol iluminan los bordes de la boca y centellean sobre su superficie de granito, mas el interior se pierde en una bruma lóbrega y espesa. Antes de traspasar la entrada, la joven quiere cobrar fuerzas y prepararse para la afrontar la prueba más peligrosa: nadie ha regresado jamás del mundo de los muertos.

Se sienta en el suelo y, mientras deshace el hatillo en el que trae todo lo necesario, repasa una vez más lo que va a hacer. No tiene dudas: la existencia que deja atrás carece de valor y sentido sin su esposo. En cambio, si supera esta prueba, si logra salir de ese lugar de espanto y cumplir el encargo de Venus, podría recuperar el amor de Cupido. Poco habrá perdido si fracasa. Si vence, su alma se elevará de gozo hasta tocar el cielo.

Sujeta a su cinturón, con mucho cuidado, la cajita que le ha entregado Venus para guardar el ungüento de belleza que debe prestarle Proserpina. Esa es la razón de su bajada al Infierno y conviene prestarle la mayor atención.

- Bajo ningún concepto, por ningún motivo – le ha dicho la torre consejera – debes abrir esa caja cuando te la entregue Proserpina. Debes apresurarte y llevársela a Venus antes de la hora del teatro, pues tu suegra quiere presentarse ante el resto de los dioses radiante de hermosura. Si cumples con ello, la tendrás a tu favor.

Psique se asegura de la firmeza de la sujeción, cuestión sumamente importante porque durante el viaje no podrá coger la caja con las manos, ya que tendrá las dos ocupadas. En cada una debe llevar un pastel muy especial que ha elaborado amasando harina de cebada con vino dulce y miel de abeja. Antes de extraerlos de su envoltorio, se introduce en la boca dos monedas, tal como le han indicado. Así preparada, con las monedas, un pastel en cada mano y los latidos desenfrenados de su corazón, penetra hasta el fondo de la cueva.


Pronto las paredes se estrechan oprimiendo el sendero. Están húmedas y su viscosidad absorbe el ruido del exterior hasta el punto de crear un absoluto silencio. Preámbulo del mundo de las sombras, donde todo está muerto. De pronto, de la oscuridad surge un viejo que se acerca hacia ella renqueando y conduciendo un asno cargado de ramas. Algunas se han salido de las albardas y cuelgan por los costados. El hombre, con voz lastimera, le pide a Psique que las recoja, pero ella finge no haber oído y, ciñéndose a la pared, pasa de largo sin detenerse ni mirarlo.

El sendero desemboca en una gran caverna, tan alta que la oscuridad se traga el techo. En la penumbra silenciosa y helada, a ras de suelo, se extienden las aguas pesadas y negras de la laguna Estigia, surcadas por la barca de Caronte. Sus ojillos rijosos han visto en la orilla a Psique, y esbozando una sonrisa que deja al descubierto sus dientes podridos, hunde su pértiga en el fondo para impulsar la embarcación y se dirige a su encuentro. Ni siquiera de este lugar sombrío está desterrado el dinero, así que las almas, si quieren descansar en paz, deben pagar el transporte a la otra orilla para ingresar en el mundo de los muertos. Psique está preparada. Ha escondido una de las monedas debajo de la lengua, así que cuando el barquero levanta su mano de uñas sucias y le abre la boca para cobrarse el pasaje, encuentra únicamente sobre la lengua la moneda que establece la tarifa.

Están en el lago a mitad de trayecto cuando unos brazos descompuestos por la corrupción, con jirones de piel y carne colgando y huesos a la vista, surgen del agua y se alzan con muda súplica. Emerge después la cabeza horripilante de un anciano y con voz cavernosa suplica a Psique.

- No me dejes aquí – implora mirándola con un ojo fuera de la órbita y el otro hundido en el cerebro –. Súbeme a la barca y ayúdame a alcanzar la orilla. Estas aguas me pudren y me agotan. Soy viejo, no tengo dinero para pagar el pasaje y necesito descansar.

El corazón de la joven se conmueve, pero no cede. La compasión está desterrada de este mundo – le han advertido. Como Venus conoce las debilidades de Psique, las trampas que le ha preparado están dirigidas a aprovecharse de la dulzura de su corazón. Hará todo lo posible para que su piedad la induzca a soltar uno de sus pasteles sin percatarse de ello. Debe resistir.

Una vez desembarca en la otra orilla, oye los alaridos de unas ancianas tejedoras que le piden ayuda para acabar su trabajo. Gritan, lloran e imploran, le ruegan que se acuerde de su madre, quien alguna vez podría encontrarse en la misma situación. A la muchacha le saltan las lágrimas, pero agarra con más fuerza sus pasteles y se dirige hacia la masión del dios de los Infiernos.

En aquel silencio que sólo han roto, de vez en cuando, algunos gritos de ultratumba demandando su auxilio, resuenan de pronto, con la potencia de una trompeta, los ladridos de un perro. Delante del atrio del palacio de Plutón y su esposa Proserpina, Cerbero agita sus tres cabezas y las hace rotar con los ojos en blanco. Sus ladridos suenan más terroríficos aún al ser repetidos por el eco en el espacio espectral y vacío que es el Infierno. A pesar de tan horrible presencia, Psique no vacila: arroja a los pies del can uno de sus pasteles, y mientras las cabezas pelean entre sí y se disputan cada bocado, ella entra sin estorbos en la morada de Proserpina.

La bella esposa de Plutón la acoge con alegría y la invita a sentarse a su mesa para dar cuenta de un magnífico banquete. Hace tiempo que no recibe visitas y arde en deseos de conversar y ser informada de las últimas novedades de cielo y tierra. Psique, esbozando una sonrisa, rechaza cuanto le ofrece y le da cuenta del recado que trae. Entrega la cajita a Proserpina. Mientras ésta encarga a una doncella que la llene de su ungüento, Psique se sienta a sus pies y devora un mendrugo de pan, único manjar que ha pedido. Y así, en cuanto le devuelven llena la cajita, se despide de su anfitriona no sin agradecer la gentileza que ha tenido hacia ella y hacia su suegra Venus.

De nuevo en el atrio, el enorme perro la recibe ladrando: su misión no es asustar a los muertos – a quienes ningún daño puede hacer – sino impedir a los vivos entrar o salir del Infierno. Le arroja entre las patas el segundo pastel y pasa a toda velocidad por su lado. Caronte está en la orilla, con su barca. Psique le ofrece de nuevo su boca, para que el astuto y avaricioso barquero pueda cobrarle el viaje de regreso. Una vez atravesada en sentido contrario la laguna Estigia, retoma la senda por la que penetró y sale de nuevo a la luz del día.

¡Con qué avidez respira Psique el aire puro! Tiene el corazón henchido de emoción. ¡Ha conseguido salir del mundo del que no regresa nadie…! Ahora sí que podrá reunise con su marido. Mira al cielo y comprueba que el sol ya ha superado su cenit y está próximo a declinar. Ha de apresurar el paso para llegar cuanto antes a la morada de Venus, que la estará esperando o quizá espera que no vuelva jamás. Ahora ya no le importa tanto que su suegra la odie. ¡Podrá ver a Cupido! Él comprenderá la magnitud de su amor cuando sepa cuantos sacrificios le ha costado volver a encontrarlo.

Todo esto va pensando mientras camina apresurada campo a través, saltando piedras y matojos y vadeando arroyuelos.

- Debo estar horrible – se dice de pronto –. ¿Cómo podría ser de otro modo volviendo del reino de los muertos? No puedo presentarse así ante mi esposo. ¡Me encontrará tan horrorosa que no querrá verme nunca más…!

Va aflojando el paso poco a poco.

- Demostraré ser bastante tonta si tengo al alcance de mi mano un ungüento de belleza tan extraordinario y no me aplico un poco. No creo que Proserpina haya escatimado en la cantidad ni tampoco que Venus se de cuenta si me pongo en la cara una pizquita…

Sin detenerse del todo para no llegar tarde, Psique abre la caja. ¡Está vacía! Pero no tiene tiempo de intentar comprenderlo: un gran sopor se apodera de sus miembros, les arrebata la fuerza y la hunde en un sueño de muerte tan intenso, que cae al suelo allí mismo. El sol continúa su marcha hacia el ocaso y la ve, desde su altura, tendida como un cadáver en medio del sendero...
* y ****Esculturas femeninas. Museos Capitolinos
** y *** Detalles de esculturas. Museo Altemps
*****Detalle de escultura. Museos Capitolinos