La anciana ya tiene en las manos una túnica limpia para la reina y se acerca a ella. La mira un instante antes de responder.- ¿Y qué será de mi nieta? – pregunta despacio – Es muy pequeña aún y no conozco a nadie a quien pueda confiarle su cuidado mientras mi hijo está ausente. No le queda familia por parte de su madre, como ya sabes. De otro modo, no la tendría aquí conmigo.
- Escúchame, Barce. Lo que vamos a hacer es peligroso para todos. Corremos muchos riesgos, no sólo de fracasar en la huida, sino también de no poder sortear los peligros del mar o no encontrar esa nueva tierra para asentarnos en ella. Sé que a tu edad no es fácil cambiar de vida, sustituir la seguridad por el azar. Te pido, sin embargo que lo hagas. Tu nieta vendrá con nosotras, como vendrá también mi hermana Anna. ¿Crees que estarían más seguras quedándose aquí? ¿Te librarías tú de la inquina de mi hermano, después de haber pasado toda tu vida cuidando a Siqueo y luego también a mí? No juzgo para vosotras más peligroso entregaros al capricho de la fortuna que quedaros en Tiro.
El curso de esta conversación no ha interrumpido el arreglo de la reina. Ahora está sentada y Barce le cepilla el cabello antes de trenzarlo y sujetarlo alrededor de la cabeza. Dido le detiene la mano y se gira hacia ella para mirarla de frente.
- Te daré otra razón: te necesito – y al decir esto las lágrimas están a punto de desbordarle – Desde que perdí a mi propia nodriza, tu has sido para mí como una madre. Sabes cuán importantes son para mí los afectos. Sin mis padres, sin mi esposo, con la traición de mi hermano y debiendo hacer frente a la responsabilidad de conducir a parte de mi pueblo hacia un futuro incierto ¿qué me queda? O, mejor dicho ¿quién me queda?
Barce levanta su mano, sujeta por la mano de la reina, y se la besa.
- No te abandonaré – le dice.
- Gracias. Te diré lo que has de hacer: prepara discretamente mi baúl. Guarda en él mis joyas y el manto de lana que heredé de mi madre. Elige sólo la ropa precisa, hazlo pensando que pasará mucho tiempo antes de que podamos conseguir otra. Deja fuera la copa de oro de mi padre, quiero utilizarla en el banquete de esta noche, ya la guardaremos luego. Pon en otro baúl las cosas tuyas y de tu nieta, y haz hueco en él para las de mi hermana Anna. Es importante que nadie sepa nada, ni siquiera Anna, de modo que hazlo con el mayor disimulo. Tengo previsto que vengan más personas de palacio, pero hemos de impedir conversaciones sobre el tema, porque mi hermano tendrá espías aquí.
Una vez concluido su arreglo, la reina se marcha dejando a Barce con los preparativos. Se dirige al salón donde habitualmente despacha los asuntos cotidianos y le aguardan sus secretarios. Les anuncia una buena noticia: ha tenido conocimiento de la llegada de un mercader procedente del extremo más oriental del mar. Al parecer, se ha abierto una nueva ruta al comercio y está dispuesto a informarles. Esta misma noche, celebrarán un banquete en palacio para recibirlo. Hay que cursar de inmediato invitaciones a todos los mercaderes y armadores de Tiro, porque puede ser una reunión muy importante. También deben venir algunos senadores en representación del Senado. Y su hermano Pigmalión, desde luego: ella personalmente le escribirá la invitación. Dada la premura de tiempo, han de distribuirse el trabajo y ponerse a ello de inmediato.
Durante toda la mañana, el salón es un continuo ir y venir de gente. Desde el cocinero mayor, los proveedores, el mercader decano del puerto de Tiro, el jefe de mantenimiento de las obras públicas, el príncipe del Senado, con quien toma un pequeño refrigerio en el comedor privado.
- Tengo ya los datos que necesitas, mi reina – dice el anciano cuando se quedan a solas – En este momento hay fondeadas veintinueve naves mercantes. Nueve de ellas tienen mucha vigilancia y hay que descartarlas. Contamos, por tanto con veinte naves, doce de ellas son de mi hijo, y las otras ocho están listas para zarpar y pertenecen a personas dispuestas a seguirnos. Además de la tripulación, cada una puede llevar a unas cuarenta personas. Serían ochocientas en total.
-¿Todas de confianza? De palacio vendrán conmigo aproximadamente veinte.- Sí, son de fiar – responde el Senador –. Cada nave tendrá, además del capitán, a un jefe de expedición al frente. Puedes estar tranquila. Hay caballeros, mercaderes y un buen número de artesanos con sus familias, empleados y sirvientes. Gente de paz, fieles a la memoria de tu padre y a ti. Hemos de llevar también algunos soldados en cada nave. Es conveniente precaverse ante cualquier peligro.
- Repecto a las naves de guerra que hay en el puerto, he pensado lo siguiente – dice la reina –. A nosotros no nos sirven, pero no quiero que Tiro quede indefensa ni tampoco dejarlas intactas para que puedan seguirnos. Son mucho más veloces que las mercantes y nos darían alcance, además del gran peligro que suponen sus espolones. Debemos perforarles el casco. No tanto para que se hundan de inmediato, pero lo suficiente para entorpecerles la navegación.
- Será imposible hacer lo mismo con las nueve mercantes…- le hace observar el anciano.
- No creas que eso me desazona. Al contrario, lo mejor es que esas naves nos persigan cuando mi hermano se de cuenta de nuestra fuga. Quiero tener testigos de lo que me propongo hacer…
Dido se queda pensativa durante unos instantes, pero no aclara nada más y cambia de tema.
- He ordenado al jefe de las obras públicas que realice algunos arreglos en la tapia del patio del templo de Melqart. He pensado que debemos profundizar sus cimientos para reforzarla, así que prepararán una zanja por la parte interior, en el pedazo de tierra que hay entre la propia tapia y el pozo. No te extrañes, por tanto, de ver a un grupo de hombres trabajando allí…
El viejo senador comprende lo que eso significa: si el tesoro del templo está enterrado en el patio, la reina tratará de excavar a plena luz del día, de modo que las obras no levanten sospechas. Si lo deja bien preparado, por la noche sólo hará falta cavar un poco más y coger el tesoro.
- A media noche empezará la operación de embarque – explica el anciano – y las naves irán zarpando poco a poco. La tuya será la última, tal como me ordenaste. Calcula bien el tiempo, mi reina, porque habrás de salir de puerto una hora antes del alba.
Ambos se miran con intensidad. Son muy conscientes del peligro. Dido sonríe con afecto y le da un par de golpecitos en la mano al senador.- Dí a tus criados que llenen diez o doce sacos de tierra de tu huerto. Que les pongan una señal bien visible y los carguen en mi nave, en la cubierta. Y ahora, querido amigo márchate y continúa los preparativos. He de hablar con un actor que ha de representar el papel más importante de su vida y la nuestra. Nos veremos más tarde, en el banquete. Te sentarás al lado de Pigmalión y le animarás a beber vino…insinuándole que no beba. Sabes cuánto le gusta llevarte la contraria.
Y sin añadir una palabra más, con una sonrisa de ánimo, la reina Dido se levanta y vuelve a su trabajo.














































