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No escribiré ni una palabra más – anuncia Karo tumbándose cuan largo es en el suelo del patio. Cruza los brazos sobre el pecho y cierra los ojos – ¡Me duele tanto la mano que no sé si podré usarla mañana! Abusas de mí, señora Imilce porque soy joven. 
- ¡Qué poco entiendes de abusos! – le respondo. Pero no le falta razón. Él tiene la mano exhausta y yo la boca. Con gusto tomaría un traguito de vino con agua, pero cualquiera se lo pide a mi nuera. Según ella, mi empeño por contar esta historia me está trastornando. Decididamente, es tonta.
- ¿Qué te ha parecido la escena del perro? - digo por cambiar de tema.
- Si llega a durar un poco más, te aseguro que yo mismo lo habría tirado al agua. ¡Ya no podía sujetar el cálamo y el maldito bicho no dejaba de ladrar, sin decidirse…!
- Hasta él se dio cuenta de lo difícil que resulta dejar la propia tierra. La tensión del momento y el peligro eran muy grandes y ninguno de los fugitivos podía detenerse a pensar ni a sentir otra cosa distinta del miedo. Menos el perro. Eso decía Barce. Pero cuando el amanecer iluminó Tiro y, desde las naves, la gente vio su patria más y más lejos, hasta desaparecer en el horizonte, hubo muchas lágrimas. No en el rostro de Dido, desde luego. Fue la última en zarpar y aún tenía un asunto pendiente.
- ¡No puedo creerlo!
- Pues no lo creas. ¿Por qué piensas que la reina quiso demorar su salida hasta el alba y no hundir las naves que quedaban en el puerto? Su hermano Pigmalión quería ser el rey de Tiro y lo sería. Pero también ambicionaba riquezas. No dejaría de perseguirla ni de remover los mares y la tierra hasta recuperar el tesoro del templo. Pero ella lo conocía bien y era muchísimo más lista…
Karo se incorpora y se apoya de lado sobre un codo para mirarme. Este chico me sirve muy bien para saber cuándo resulta interesante esta historia. He llamado su atención, sin duda. Pero no pienso decirle nada más al respecto hasta que retomemos la escritura.
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El puerto de Tiro arde de furia y de antorchas. Desde la nave de la reina Dido se ven los puños levantados en gesto de amenaza y se oyen los gritos. Algunos han saltado a las naves de carga al ver inutilizadas las de guerra y tratan de aparejarlas a toda prisa para salir en su persecución. Todo va según lo previsto. Almícar, el timonel, está maniobrando con gran pericia y se esfuerza por seguir las instrucciones de la reina. Son difíciles de cumplir y peligrosas. Sin embargo, no teme ni al peligro ni al fracaso. No hay en este mar un timonel de su temple y experiencia.
- Es preciso engañarlos, Almícar – le había dicho la reina unas horas antes de embarcar –. Puesto que hemos de buscar otra tierra para vivir, al menos que podamos hacerlo sin el temor de ser perseguidos.
- Haré lo que ordenes, señora.

- Ésta es la idea: debemos dejar a sus naves acercarse bastante a nuestra popa. Tanto como para hacerles creer que pueden alcanzarnos y que esa proximidad nos atemoriza. Y, cuando yo te diga, nos alejaremos dejándolos atrás.
- Convendrá, entonces, salir despacio del puerto para darles tiempo a reaccionar – había respondido Almícar –. ¿Ha de mantenerse esa situación durante mucho tiempo?
- El menor posible. La única condición es que debe ser de día cuando nos separemos definitivamente de ellos. Confío en ti – le había dicho la reina colocándole una mano sobre el hombro. Almícar ya no era joven, pero había sentido en su cuerpo una corriente de simpatía al contacto de esa mano. Si la reina confiaba en él, ni todos los dioses del universo podrían torcer su voluntad de servirla.
Tres mercantes han partido ya del muelle en persecución de Dido. Almícar mantiene firme el timón y demora la marcha como si hubiera dificultades. La reina, su hermana Anna y la nodriza Barce, el noble Acus y su esposa Diana, se apoyan en la popa y contemplan Tiro al fondo, brillante al ser tocada por los primeros rayos de luz y, acercándose cada vez más a ellos, las naves de los partidarios de Pigmalión.
Todos guardan silencio. Sólo se oye el batir de las olas contra el casco y el ruido de los remos. El sol comienza a trazar una raya amarilla en el agua. Los remeros de los perseguidores hunden las palas en el agua muy deprisa. Se acortan las distancias. De pronto, la reina Dido habla:

- Barce – dice – avísame cuando distingas con claridad las caras de los hombres que están en la proa de la nave más próxima.
- ¡Yo las veo ya! – exclama Anna.
- Quiero que las vea Barce – insiste Dido – . Acus ¿están tus hombres preparados?
- Las veo, las veo – grita Barce mientras señala con el dedo.
- Adelante – dice la reina haciendo gestos de alarma y moviéndose hacia atrás en la cubierta – ¡Arrojad al agua los sacos!
Entre dos marineros, comienzan a tirar por la borda los sacos llenos de tierra que había preparado, por encargo de la reina, el príncipe del Senado. Dido vuelve a acercarse a la popa y se cubre el rostro con las manos y lo mismo hacen las demás mujeres. Acus gesticula y grita fingiendo dar prisa e instrucciones a los hombres. Dido, por fin, se agarra con las dos manos a la borda y mira el mar desconsolada. Del borde de algunos sacos se han escapado, casualmente, unas piezas brillantes como el oro. Caen sobre el agua y el sol las hace destellar unos instantes antes de ser tragadas por las olas.

Los perseguidores se quedan estupefactos contemplando esta escena desde la proa de sus naves con actitud de impotencia. Tras el hundimiento del último saco, sus remeros bajan el ritmo y sus naves pierden velocidad, mientras la de Dido mantiene la suya. Comienzan a separarse y, al cabo de poco tiempo, viran en dirección a Tiro.
Dido y sus compañeros respiran con alivio y alegría al verlas retirarse. La reina se acerca a Almícar y le palmea la espalda.
- Ahora navegaremos al ritmo que tú impongas, señor del mar.
- Pasarás a la historia, mi reina – le responde con admiración –. Eres una mujer grande entre todas las fenicias.
La reina se sienta con la espalda apoyada en un rollo de maromas. Necesita descansar después de tantas horas en vela. Cierra los ojos y se encomienda a los dioses. Quiera la madre Juno protegerla y Neptuno guiarla por rumbos seguros. Respira hondo. Cuando sus enemigos lleguen al puerto de Tiro y consigan despertar a Pigmalión, le dirán que han visto con sus propios ojos cómo su hermana Dido ha tirado al mar el tesoro de Melqart.
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- Necesitamos ayuda.
- Yo desde luego que sí, señora Imilce. ¡No me dejas vivir!
Me moriría de risa si no fuera porque lo dice con tanta seriedad y con el ceño fruncido. No lo quiero ofender. Se estaba abanicando en el patio con una hoja de higuera y pensando en no se sabe qué, cuando lo he interrumpido. Sin embargo, en sus ojos no hay rencor, sino más bien una chispa de burla. Y entonces caigo en la cuenta de que llevo las manos untadas de harina.
- Vamos a hacer unas cuantas visitas
- Tendrás que adecentarte, señora Imilce – dice con sorna.
- Y tú tener la lengua quieta, si es que aún tienes interés por salir en mi historia, cosa que dudo…

*Figura femenina. Exposición en el Coliseo. Roma
**Vista del Palatino desde el Valle de Murcia. Roma
***Cabeza masculina. Exposición en el Coliseo. Roma
****Detalle de pintura mural. Museo Massimo alle Terme. Roma
*****Agua y monedas en la Fontana de Trevi. Roma
******Detalle de pintura mural. Loggia Mattei en el Palatino. Roma
*******Detalle de pintura mural. Villa Farnesina. Roma
NOTA: Algunos amigos participan de esta historia con diversos personajes. De momento, éste es el reparto:
ACUS, Acus, hijo mayor del príncipe del Senado y Jefe de la expedición de Dido.
ADRIÀ URPÍ, Comerciante griego con productos de oriente.
ALMENA, Señora Imilce, narradora de esta historia.
ANARKASIS, Anarkasis, actor.
ANGELUSA, Príncipe del Senado
ANTONIO PORTELA, Karo, escribiente de la señora Imilce
AQUILES, Neoptolemo, hijo de Aquiles
AUREFAIRE, Nismacil, guerrera oriental
BADANITA, Pitonisa de un oráculo
BETHANIA, Anna, hermana de la reina Dido
CARMEN, Carminis, pintora de éxito
CHARLES DE BATZ, Parepidemos Samosatense, peregrino.
CIELOAZZUL, Espíritu invisible, anima la nave de Dido
CLAULLITRICHE, Diana, esposa de Acus y amiga de Dido
CHARO MARCO,Jefe de cocina del palacio de la reina Dido
EDEM, Almícar, timonel de la nave de Dido.
EGGY, Acates, amigo del alma de Eneas
ELISA DE CREMONA, Venus, diosa del amor, madre de Cupido y Eneas.
FELIPE SERVULO, Sérvulo, esclavo joven copero de la reina Dido
FERÍPULA, Asanio o Iulo, hijo de Eneas
FERNANDO SARRIA, Xilón, maestro griego, cronista de la familia de la reina Dido.
GABU, Juno, diosa esposa de Júpiter y protectora de Dido.
GLORIA, Esclava oriental
GOATHEMALA, Un árbol
GONZALO, Calibán, un personaje enigmático
GREGORIO LURI, Un filósofo cínico
IRALOW, Gabriel, vigía de navío.
IRENE, Una ninfa
IXCHEL, un personaje de oriente
JAVIER, Icarus, lugarteniente y consejero de Eneas
JUAN, Anquises, padre de Eneas
JUANMB, Claudio Apollioni, esclavo y pedagogo
HIPPIE VIEJO, Un malo malísimo
KOSTAS H., Kostas, cordelero.
KRISISH, Crisea, una vestal
KURTZ, Yarbas, rey pretendiente de Dido
LADY ICE , Cupido, dios del amor, hijo de la diosa Venus.
LADY READ, Cirene, la viajera troyana
LADY ZURIKAT , Iskias, amazona, guardaespaldas de Dido y Anna.
LEODEGUNDIA, Barce, nodriza de Siqueo, doncella y confidente de Dido
LUIS RIVERA, Palinuro, piloto de la nave de Eneas.
MANUEL, El tiempo, el viento y el agua.
MARELYT, Mercurio, dios mensajero de los dioses
MIRIAM G,Teano, matemática muy reputada
MORGANA, Una hechicera siria
MOVIE,Mook, perro de la reina Dido.
NAUSICAA, Nausicaa, hija del rey de los feacios.
NINA, Utyke, sobrina del sacerdote de Hércules.
ONTOKITA, Jacinta, artesana de vasijas de arcilla
PAULA, Amneris, la tejedora
PRU, Un escultor griego
PEDRO (Glup) , Siqueo, sacerdote de Melqart y esposo de Dido
RAFAEL PQ, Un troyano
ROSA SILVERIO, Un gran matorral aromático a laentrada de una cueva
SERGI BELLVER, Un cartógrafo mestizo.
SIRIO, Sirio, gato de Anna
TINTA DEL CORAZÓN, Náufrago enamoradizo.
TONY, Copa de oro del padre de la reina Dido.
ULA, Ula, amiga de Dido.
UNJUBILADO, Aemilius, director de las obras de la muralla de Cartago
XIMENA, Dincer, una bailarina oriental
ZOE FAVOLE, Zoe, prostituta con vocación de libertad.