Utyke irradia alegría y no oculta su satisfacción. Están tomando la colación de la noche en el comedor de la casa del sacerdote, con quien vive Utyke desde hace dos años. Se quedó huérfana en la niñez y se crió en el palacio real, pues su madre era pariente lejana de la madre de Yarbas. Sin embargo, al convertirse éste en rey y ella en una joven casadera, el decoro exigió que se trasladase a vivir con su tío. Este cambio fue un duro golpe para ella. No lo esperaba.
También el sacerdote de Hércules había pensado que Yarbas se casaría con su sobrina y en ello fundaba muchas expectativas. El rey era un hombre temible por su genio, pero ese mal carácter ocultaba indecisión y tozudez. Alguien con la habilidad suficiente, podría manejarlo. Y no le cabía la menor duda de que su sobrina sería la persona idónea. De hecho, tío y sobrina se sienten muy unidos y, sin necesidad de darse mutuamente explicaciones, persiguen un objetivo común: apoderarse de la voluntad del rey y disponer del gobierno a su antojo. Sin duda, este éxito de Utyke jugará a favor de ambos.
- Ya te anticipé, tío, que lograría convencerlo. Tiene tendencia a complacer a sus súbditos, así que lo he persuadido de que puede contentarlos donando una porción de tierra a los fenicios y vendiéndoles el resto por un precio alto – Utyke se inclina un poco sobre la mesa para acercarse más a su tío y baja la voz. – Lo que aún no sabe Yarbas es la porción tan pequeñísima de tierra que le va a regalar a esa Dido.
- ¿Pequeñísima? Querida mía, tampoco hace falta exagerar.
- Quiero asegurarme de que la fenicia no podrá comprar las tierras y no tendrá más remedio que irse. Y para eso necesito tu ayuda.
- Cuenta con ella. ¿De qué clase de ayuda se trata?
- ¿Recuerdas la vieja piel de toro que tenía mi padre en su alcoba? La utilizaremos. ¡Sólo necesitamos un poco de imaginación!
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La reina Dido se encuentra ya en la ciudad del rey Yarbas. Hace dos días ha dejado el campamento de la playa bajo la dirección del Príncipe del Senado y emprendido el camino acompañada de un buen número de colaboradores y amigos, invitados todos ellos al banquete de Yarbas. El rey no ha tenido la gentileza de ofrecerle alojamiento en su palacio, así que han ocupado un par de posadas.
Los fenicios esperan que el rey Yarbas les ceda la tierra para fundar su ciudad. Esa ha sido la petición que le han hecho los mercaderes libios, quienes confían en que el rey atenderá su propuesta, pues para el monarca significa muy poco ceder terreno a cambio de contar en las proximidades con un puerto y una ciudad que harán florecer el comercio: es un pacto que beneficia a todas las partes.
Así, con esa confianza, los acompañantes de Dido procuran ofrecer su mejor aspecto. La reina no está en condiciones de obsequiar a Yarbas con bienes materiales, pero estima en mucho el valor de la inteligencia y lleva con ella buenos representantes: los griegos Xilón y Filón, el noble Acus y su esposa Diana, el cartógrafo Igres, un hombre muy viajado. También el actor Anarkasis resulta buen conversador, sobre todo cuando narra las historias de su tierra. La presencia de Palemón garantiza un buen entendimiento con los mercaderes locales y, además, piensa regalar los oídos y los ojos de los asistentes con la música y la danza que van a interpretar las muchachas de la isla de Chipre.

La reina ha traído consigo a la nodriza Barce, pues aunque el camino podía resultar penoso para la anciana, Dido deseaba tenerla a su lado.
- Nadie me peina y me embellece mejor que tú, Barce querida – había argumentado la reina – y conoces tan bien como yo la importancia del aspecto. ¡Mírame! Después de tanto tiempo en el mar, mi piel está demasiado curtida, mi cuerpo flaco…
- Tus ojos no han perdido brillo ni agudeza, niña mía – respondió Barce – y te aseguro que, ahora que has descansado unos días, estás mucho mejor. Sigues siendo hermosa… Pese a todo, ahora mismo le pediré a Morgana que prepare algunos de sus ungüentos para suavizar la piel y dar lustre al cabello.
Estos remedios ha producido buenos efectos y cuando Dido se presenta con sus acompañantes en el palacio del rey Yarbas, ataviada con una túnica plisada de lino, la diadema de oro sobre la frente y su manto púrpura, está esplendorosa. Los años han dotado su rostro de madurez y dignidad, las penurias pasadas le añaden hondura. Hay seguridad y majestad en sus gestos sin que resulten altivos, porque proceden de la autoridad y la experiencia. Ha sufrido. Y ese conocimiento del dolor la humaniza y, al mismo tiempo, la eleva. Cuando entra en el salón donde la esperan el rey y los dignatarios libios, se produce un silencio admirado. Al ser presentada, Dido tiene para todos sonrisas y palabras amables, les da a entender que ha sido informada de sus actividades y las aprecia. Los libios se rinden a sus encantos.
Los fenicios esperan que el rey Yarbas les ceda la tierra para fundar su ciudad. Esa ha sido la petición que le han hecho los mercaderes libios, quienes confían en que el rey atenderá su propuesta, pues para el monarca significa muy poco ceder terreno a cambio de contar en las proximidades con un puerto y una ciudad que harán florecer el comercio: es un pacto que beneficia a todas las partes.
Así, con esa confianza, los acompañantes de Dido procuran ofrecer su mejor aspecto. La reina no está en condiciones de obsequiar a Yarbas con bienes materiales, pero estima en mucho el valor de la inteligencia y lleva con ella buenos representantes: los griegos Xilón y Filón, el noble Acus y su esposa Diana, el cartógrafo Igres, un hombre muy viajado. También el actor Anarkasis resulta buen conversador, sobre todo cuando narra las historias de su tierra. La presencia de Palemón garantiza un buen entendimiento con los mercaderes locales y, además, piensa regalar los oídos y los ojos de los asistentes con la música y la danza que van a interpretar las muchachas de la isla de Chipre.
La reina ha traído consigo a la nodriza Barce, pues aunque el camino podía resultar penoso para la anciana, Dido deseaba tenerla a su lado.
- Nadie me peina y me embellece mejor que tú, Barce querida – había argumentado la reina – y conoces tan bien como yo la importancia del aspecto. ¡Mírame! Después de tanto tiempo en el mar, mi piel está demasiado curtida, mi cuerpo flaco…
- Tus ojos no han perdido brillo ni agudeza, niña mía – respondió Barce – y te aseguro que, ahora que has descansado unos días, estás mucho mejor. Sigues siendo hermosa… Pese a todo, ahora mismo le pediré a Morgana que prepare algunos de sus ungüentos para suavizar la piel y dar lustre al cabello.
Estos remedios ha producido buenos efectos y cuando Dido se presenta con sus acompañantes en el palacio del rey Yarbas, ataviada con una túnica plisada de lino, la diadema de oro sobre la frente y su manto púrpura, está esplendorosa. Los años han dotado su rostro de madurez y dignidad, las penurias pasadas le añaden hondura. Hay seguridad y majestad en sus gestos sin que resulten altivos, porque proceden de la autoridad y la experiencia. Ha sufrido. Y ese conocimiento del dolor la humaniza y, al mismo tiempo, la eleva. Cuando entra en el salón donde la esperan el rey y los dignatarios libios, se produce un silencio admirado. Al ser presentada, Dido tiene para todos sonrisas y palabras amables, les da a entender que ha sido informada de sus actividades y las aprecia. Los libios se rinden a sus encantos.
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Concluido el banquete, cuando comienza el tiempo de las conversaciones, el entretenimiento y la bebida, la reina aborda el tema principal: su deseo de fundar una nueva ciudad en la costa, en las tierras del rey Yarbas, si éste lo autoriza. Toma entonces la palabra el sacerdote de Hércules.
- A nuestro rey le complace mucho tu demanda, reina Dido. Y quiere demostrarte su aprecio. Como seguramente sabrás, en esta tierra veneramos a Hércules, de cuyo culto soy sacerdote supremo.
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Concluido el banquete, cuando comienza el tiempo de las conversaciones, el entretenimiento y la bebida, la reina aborda el tema principal: su deseo de fundar una nueva ciudad en la costa, en las tierras del rey Yarbas, si éste lo autoriza. Toma entonces la palabra el sacerdote de Hércules.
- A nuestro rey le complace mucho tu demanda, reina Dido. Y quiere demostrarte su aprecio. Como seguramente sabrás, en esta tierra veneramos a Hércules, de cuyo culto soy sacerdote supremo.
- Sin duda os es propicio si hemos de juzgar por vuestra riqueza y prosperidad – responde la reina –. Tened por cierto que también nosotros lo veneraremos.
- Nos satisface tu buena disposición, pues Hércules pisó con sus plantas esta tierra. Cuando viajaba hacia Grecia llevando consigo las reses del rey Geríones, los caprichos del viento lo trajeron aquí. Se detuvo durante unos días mientras el rebaño descansaba y, cuando se disponía a reanudar el viaje, uno de sus toros, quizá el más noble de la manada, se resistió a moverse. Hércules, viendo que el animal deseaba permanecer en este lugar y considerando que su actitud obedecía a algún designio divino, decidió sacrificarlo a Júpiter. Así lo hizo sobre uno de los peñascos que emergen del mar junto a la playa donde tú misma y tus hombres estáis acampados. Ofreció su sangre, quemó el hígado y luego lo desolló él mismo y curtió la piel.
Durante este discurso, en el salón del banquete nadie se mueve. Muchas caras muestran asombro, pues ni los propios libios han oído nunca esta historia. Los fenicios no están menos expectantes, sin saber a dónde irá a parar el sacerdote. La reina no abandona su sonrisa.
- En señal de acogimiento y amistad, nuestro rey Yarbas desea regalarte esa piel sagrada, reina Dido –. Y a una señal suya, entran en el salón seis esclavos llevando en sus manos una gran piel de toro, completamente negra, en la que se aprecia la cabeza, las patas y el rabo. Es una piel hermosa, aunque se ve que no es antigua. La reina Dido se declara emocionada y expresa al rey su gratitud por un regalo tan valioso.
- Nos satisface tu buena disposición, pues Hércules pisó con sus plantas esta tierra. Cuando viajaba hacia Grecia llevando consigo las reses del rey Geríones, los caprichos del viento lo trajeron aquí. Se detuvo durante unos días mientras el rebaño descansaba y, cuando se disponía a reanudar el viaje, uno de sus toros, quizá el más noble de la manada, se resistió a moverse. Hércules, viendo que el animal deseaba permanecer en este lugar y considerando que su actitud obedecía a algún designio divino, decidió sacrificarlo a Júpiter. Así lo hizo sobre uno de los peñascos que emergen del mar junto a la playa donde tú misma y tus hombres estáis acampados. Ofreció su sangre, quemó el hígado y luego lo desolló él mismo y curtió la piel.
Durante este discurso, en el salón del banquete nadie se mueve. Muchas caras muestran asombro, pues ni los propios libios han oído nunca esta historia. Los fenicios no están menos expectantes, sin saber a dónde irá a parar el sacerdote. La reina no abandona su sonrisa.
- En señal de acogimiento y amistad, nuestro rey Yarbas desea regalarte esa piel sagrada, reina Dido –. Y a una señal suya, entran en el salón seis esclavos llevando en sus manos una gran piel de toro, completamente negra, en la que se aprecia la cabeza, las patas y el rabo. Es una piel hermosa, aunque se ve que no es antigua. La reina Dido se declara emocionada y expresa al rey su gratitud por un regalo tan valioso.
- Mi obsequio no concluye ahí, honorable y dignísima reina – responde el rey Yarbas – Dado su carácter sacro, he decidido regalarte el trozo de tierra que abarque esa piel de toro, en el lugar que tú quieras. En cuanto al resto de tierra que precises para tu ciudad, ten la completa seguridad de que no me aprovecharé de ti, sino que te la venderé al precio que marca el mercado.
Un silencio opresivo acoge estas palabras. Se tratará de mucho dinero, algo que no poseen los fenicios. Éstos se quedan pálidos mientras los mercaderes libios están desconcertados y el sacerdote de Hércules y su sobrina Utyke a duras penas pueden contener su alborozo. Han dado en el blanco: los fenicios se miran entre sí; han quedado rotos, destrozados y sin capacidad de reacción, con sus ánimos flotando a la deriva como las naves desarboladas por una tormenta. Sólo la reina permanece con el rostro inmutable. Hasta que, de pronto, asombra a los presentes levantando su voz armoniosa :
Un silencio opresivo acoge estas palabras. Se tratará de mucho dinero, algo que no poseen los fenicios. Éstos se quedan pálidos mientras los mercaderes libios están desconcertados y el sacerdote de Hércules y su sobrina Utyke a duras penas pueden contener su alborozo. Han dado en el blanco: los fenicios se miran entre sí; han quedado rotos, destrozados y sin capacidad de reacción, con sus ánimos flotando a la deriva como las naves desarboladas por una tormenta. Sólo la reina permanece con el rostro inmutable. Hasta que, de pronto, asombra a los presentes levantando su voz armoniosa :
- Acepto tu oferta, rey Yarbas – dice –. Y ahora, para celebrar este acuerdo, disfrutemos de la música y la danza.
*Detalle de figura masculina. Museo Termas de Diocleciano. Roma.
**y ****Detalles de ribazo y árboles en la colina del Aventino. Roma
***Detalle de cabeza femenina. Museos Capitolinos. Roma.
*****Detalle de retrato del emperador Cómodo ataviado como Hércules. Museos Capitolinos. Roma.
******Detalle de relieve de un sarcófago. Museo Termas de Diocleciano. Roma.
NOTA 1.- Los lectores que deseen leer la primera parte de la historia, pueden buscar en el archivo del mes de marzo y obtener todos los capítulos seguidos marcando, al final del post “Dido y Eneas (XX), en Etiqueta: Dido y Eneas. Salen en orden inverso.
NOTA 2.- Algunos amigos participan de esta historia con diversos personajes. Para facilitar la comprensión de cada post, se incluye la lista por orden alfabético de personajes al final del último post de la página.
KARO, escribiente de la señora Imilce. (Antonio Portela)
UN CANGREJO en cualquier playa. (Cangrejo sedentario)