De pronto, ante ellos surgió una silueta femenina vestida con túnica corta y armada con arco y aljaba. Parecía una diosa, tan hermosa y gallarda era su figura, tan segura de sí. Sin mostrar signos de miedo o recelo, la desconocida se acercó a ellos y les preguntó quienes eran. Respondió Eneas por los dos, le resumió sus penas y pidió información acerca del lugar donde se hallaban. Supieron entonces que pisaban la tierra de Libia, aunque a corta distancia se levantaba una ciudad fundada y gobernada por la reina Dido.
Como nunca habían oido hablar de esa reina, la cazadora los puso al corriente: Dido había sido reina de Tiro pero su propio hermano, ambicionando su trono, trató de despojarla de su poder y asesinó cruelmente a su marido. Ella huyó entonces con un grupo de fieles y, tras varios años de búsqueda durante los cuales sorteó muchos peligros, llegó a esta costa y fundó Cartago. Debían ir a su ciudad y acogerse a la hospitalidad de la reina, una persona de naturaleza bondadosa.
En cuanto a ellos, cuyas quejas acababa de escuchar, no debían caer en el abatimiento. Su olfato de cazadora le indicaba que había doce cisnes volando, buscando un lugar donde posarse. Era una buena señal. Y sin entretenerse más, les indicó el camino hacia Cartago. Apenas anduvieron unos pasos, Eneas volvió la cabeza. La joven había desaparecido dejando tras de sí un aroma de flores, suave y penetrante al mismo tiempo, turbador: el perfume inconfundible de los dioses.
Con tales lamentos continuaron Eneas y Acates su camino y, llegados a la cumbre, vieron al otro lado la ciudad de la reina Dido: se estaban alzando las murallas; por todas partes se levantaban edificios, unos en construcción y otros acabados; varias carretas y muchas personas a pie circulaban por vías bien aplanadas y a lo lejos se intuían las obras del puerto y se distinguían muchas naves.
- ¡Y todo esto es obra de una mujer…! – dijo admirado Eneas.
Y allí, en ese momento, el príncipe Eneas pudo contemplar su pasado y vislumbrar el presente y el futuro.
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- Cuenta conmigo, señora Imilce. ¿De qué se trata?
- Tu estilo gusta a los cartagineses.
- Puede ser. Sin embargo, si esta historia de la reina Dido se copia y se difunde, como nos ha propuesto Caius Pertinax, no sería raro que en otras ciudades, al conocerla, se inclinasen por prestar más atención a los pasajes del poeta troyano y éste acabe convirtiendo a Eneas en el protagonista. Las palabras bellas saben ser muy engañosas.
- ¿Y qué piensas hacer?
- Desde luego que sí. Me pondré enseguida a la tarea. De todos modos, déjame decirte, señora Imilce, que tus textos suenan como si los estuvieses contando de viva voz. Y eso tiene su mérito.
- Estamos muy expuestos al olvido y tengo buenas razones para temer que solo perduren las mieles de la poesía.
- ¡No seas tan pesimista, señora Imilce! – me recrimina Karo. Pero yo sé muy bien de lo que hablo. En cualquier caso, pienso emplearme a fondo. Está por nacer el troyano que me pise el terreno.

