jueves, julio 05, 2007

14.- Sigue el banquete en honor de los troyanos





Nos hemos reunido en el patio, a la sombra fresca de la higuera, para hablar del banquete ofrecido a los troyanos. Quiero saber qué impresión han sacado mis amigos, charlar un poco sobre la continuación. Como homenaje a Sofonisba, de quien es sobrina-nieta, mi nuera ha confeccionado unos pastelillos de hojaldre con nueces y pasas siguiendo su receta y los saca en uno de los platos que me regaló Jacinta.

- Si la reina hubiera llevado un buen collar, el dichoso Cupido no habría tenido excusa para acercarse a ella en el banquete y clavarle la flecha – dice de pronto mi nuera, irguiéndose ufana como si acabara de descubrir que el sol sale por el este. En los últimos tiempos se habrá vuelto más amable, pero sigue siendo igual de tonta.

- Un dios puede hacer lo que quiera. Habría disparado su arco contra ella en cualquier momento, nadie lo hubiera podido impedir – responde Karo. Otro que tal.

- ¿Y qué me decís de los demás comensales? – interviene Jacinta – Cupido no se acercó a ellos y sin embargo…

Miro a mi alrededor, y no acabo de creerme lo que oigo. El cordelero Kostas está sentado a la sombra mirándose las manos, como siempre, y la tejedora Amneris contempla embobada a Karo, cuya viveza la estimula, según dice. Parepidemos Samosatense calla como un zorro.

- ¡Si seré boba! – los interrumpo con brusquedad – Pensaba que estabais en el suelo conmigo y resulta que estáis en la higuera.

Todos me miran extrañados, como si no fueran capaces de entender lo que les digo o les hablara en otro idioma. Incluso Amneris, la más sensata por su edad, enarca las cejas.

- ¿Os habéis creído a pies juntillas lo que ha contado Trailo? ¿Qué apareció el mismísimo Cupido y bla, bla, bla? Pues si es así, ¡ya podéis ir desalojando el patio!

- No sé por qué te ofendes, señora Imilce – dice mi ayudante – Es sólo una licencia poética. Tú, que eres tan hábil en la escritura, deberías ser la primera en comprenderlo. ¿Y no resulta mucho más interesante Cupido que Ascanio? ¡Siempre te has quejado de lo soso que era el niño …!

Me quedo sin palabras por este golpe bajo. No sé hacia dónde mirar, avergonzada a la vista de todos. Me sube el ardor a la cara y con gusto desaparecería. Sin proponérselo, mi ayudante ha desvelado la bajeza de mis sentimientos: me escuece Trailo, me molesta su capacidad para atraer la atención, la seducción de sus imágenes.

- En cualquier caso, para el resto del banquete utilizaré la crónica de Xilón. Prefiero hablar de cosas y personas reales – digo subrayando la última palabra, en un intento de salvar mi reputación.

- Quizá Cupido no exista, señora Imilce – dice inesperadamente Kostas – pero sus flechas duelen.

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Con hermosas palabras agradeció la reina Dido al troyano Eneas los regalos que tan generosamente le había ofrecido. Se mostró especialmente complacida con el hilo de perlas que había pertenecido a la princesa Ilíone y el propio Ascanio había anudado a su cuello. El niño, con un pequeño tirón, comprobó que estaba bien sujeto y aseguró a la reina que las perlas daban brillo a su rostro. Quedó ella tan encantada con ese cumplido que hizo hueco al jovencito para compartir con él su triclinio mientras empezaban a servir las mesas.

Los criados llenaron los cálices con vino de dátiles. Las muchachas desfilaron por el centro llevando en las manos grandes bandejas con pescados en salmuera, cuencos rebosantes de lentejas con castañas, coles con piñones y pasas y otras exquisiteces. A los troyanos les sorprendió el refinamiento de nuestra cocina y fue muy alabada la
"puls púnica", quizá porque no habían tenido muchas ocasiones en los últimos años de probar el queso fresco.

La reina agasajaba al príncipe Eneas y a su hijo Ascanio, quien no cesaba de sonreír y preguntarle a Dido por los detalles de su huída de Tiro, su búsqueda de una nueva tierra y la fundación de Cartago, a todo lo cual respondía ella con placer. En ese clima distendido, pronto se produjeron animadas conversaciones en los demás triclinios, y cuando se sirvió el vino de membrillos y empezaron a llegar las bandejas de cabrito asado, se hubiera dicho que troyanos y cartagineses se habían criado juntos. La viajera Cirene, con quien tuve el placer de compartir triclinio, se interesó vivamente por algunas recetas, en particular la de la salsa del pollo, y ello dio lugar a un extenso discurso del noble Aemilius, cuyos conocimientos culinarios este humilde cronista desconocía por completo.

El timonel troyano Palinuro resultó ser un pensador muy lúcido, según pude advertir por su coloquio con el filósofo Filón quien, interesado por la conducta de los animales, quería conocer lo ocurrido al sacerdote de Neptuno inmediatamente antes de la caída de Troya. Cárminis, que estaba con ellos, lo había pintado en la pared del templo de Juno horriblemente retorcido: una gran serpiente rodeaba su cuerpo y lo asfixiaba, mientras con sus repugnantes anillos apresaba a los hijos del sacerdote que habían acudido a socorrer a su padre. Filón – que se había negado a tumbarse en el triclinio y permanecía a ratos en pie y a ratos sentado en el suelo – quería saber cómo se había interpretado ese insólito hecho. Palinuro le ofreció una versión muy personal.


Aún se animó más el salón con los pescados y el vino de peras. El escultor Demetrius Péder había oído decir que Dincer poseía el arte de la danza en grado sumo, y pidió ayuda al troyano Ícarus para convencerla de bailar esa noche, algo a lo que éste se prestó ruidosamente y contó con la aprobación de los triclinios vecinos: Acus, que había presenciado su célebre danza en el banquete del rey Yarbas, aseguró no haber visto nunca un espectáculo tan hermoso y se sumó a la petición. Lo mismo hizo Teano, para quien la música y la danza eran hijas de las matemáticas.

No pude escuchar la conversación de los dos triclinios del fondo, donde las amazonas Iskias, en uno de ellos y, enfrente, Nismacil, acaparaban toda la atención. Según pude informarme más tarde por Anarkasis, Igres se pasó la noche comiéndose con los ojos a Nismacil mientras rechazaba, incomprensiblemente, el atún asado con una salsa exquisita. El actor no comprendía una actitud tan absurda porque, a su juicio, no existe incompatibilidad alguna entre el amor a la carne y el amor al pescado. Palemón continuamente ofrecía bocados exquisitos a Iskias quien, abrumada por tantas atenciones, no dejaba de hacer señas desesperadas a su compañero de infortunio Cloanto para que le diera conversación al comerciante y éste la dejara en paz.

Con los postres se sirvió vino de piñones para regar los hojaldres, el pastel de higos con almendras y el célebre pudín cartaginés, además de abundantes frutas frescas. Éstas iban cortadas en trozos y formaban montañas de colores sobre las bandejas decoradas con hojas de acanto. Anna aplaudió su aparición, palmoteó también Ascanio y con ello se animó la cabecera del banquete. La reina estaba radiante: le brillaban las mejillas y los ojos, la sonrisa no se borró ni un instante de su boca y su belleza parecía intensificarse a medida que transcurría la noche. Sonó la música, se apagaron muchas lucernas y Dincer volvió a hechizarnos con la sensualidad y armonía de su danza, tan fascinante que paralizaba el tiempo, tan radicalmente hermosa que provocaba deseos de vivir. A su término, el salón del banquete volvió a arder de luces y de entusiasmo, los corazones vibraban de emoción. Ordenó entonces la reina servir el vino de almendras y su copero Sérvulo le trajo la copa de oro heredada de su padre. Dido se puso en pie y, alzando la copa, pronunció estas palabras:

- Quiera el padre Júpiter ser testigo de este encuentro. A él lo invoco. Y a su esposa, la diosa Juno, a cuya protección encomendamos esta ciudad. Sé bienvenido, príncipe Eneas, y todos vosotros, troyanos. Hoy, ante los dioses y los hombres, os digo que ésta será vuestra casa, si así lo decidís. Nuestros nietos y los nietos de nuestros nietos han de recordar el pacto de amistad que hoy os brindamos y nuestro deseo de que perdure a lo largo de los siglos.

Y diciendo esto, vertió vino sobre la mesa como ofrenda a los dioses, bebió de la copa y la entregó a Eneas. Éste bebió a su vez, y así fue pasando de uno a otro por todos los comensales, incluído el joven Ascanio, quien llevó de nuevo la copa a la reina y ella volvió a beber. Entonces Dido, con extraño fulgor en los ojos, le pidió al príncipe Eneas que narrase el fin de Troya y su huída de la ciudad incendiada.
* Relieve de una mujer debajo de un árbol. Museos Capitolinos. Roma.
**Detalle de busto de mujer. Museos Capitolinos. Roma.
***Detalle de cabeza masculina. Exposición “Los colores del blanco”. Museos Capitolinos. Roma.
****Detalle de una pareja. Sarcófago etrusco. Museos Capitolinos. Roma.
*****Detalle de la escultura de Laocoonte. Museos Vaticanos. Roma.
******Detalle de la pintura mural “La escuela de Atenas” de Rafael. Museos Vaticanos. Roma.
*******Detalle de relieve con danzarina. Museos Capitolinos. Roma.
********Detalle de relieve de figura femenina en el pedestal de una escultura. Museos Capitolinos. Roma.

NOTA: Detalle de cómo estaban distribuidos los personajes en el banquete ofrecido por la reina Dido a los troyanos. Debemos imaginar que estamos de frente a la reina Dido, que preside el salón del banquete situada en el centro de la pared del fondo. Los triclinios se numeran desde donde está la reina hacia donde estamos nosotros:

En el centro:

REINA DIDO

Primer triclinio de la izquierda:

ANNA
PRÍNCIPE ENEAS
VESTAL CRISEA

Primer triclinio de la derecha (frente al anterior):

PRÍNCIPE DEL SENADO
NIÑO ASCANIO
NOBLE DIANA

Segundo triclinio de la izquierda:

MATEMÁTICA TEANO
TROYANO ACATES
NOBLE ACUS

Segundo triclinio de la derecha (frente al anterior):

NOBLE AEMILIUS
VIAJERA TROYANA CIRENE
CRONISTA XILÓN

Tercer triclinio de la izquierda:

BAILARINA DINCER
TROYANO ÍCARUS
ESCULTOR DEMETRIUS PÉDER

Tercer triclinio de la derecha (frente al anterior):

FILÓSOFO FILÓN
TROYANO PALINURO
PINTORA CÁRMINIS

Cuarto triclinio de la izquierda:

CARTÓGRAFO IGRES
AMAZONA ISKIAS
COMERCIANTE PALEMÓN

Cuarto triclinio de la derecha (frente al anterior):

AMAZONA NISMACIL
TROYANO CLOANTO
ACTOR ANAKARSIS


NOTA: Aquí puede verse el menú que SOFONISBA, JEFA DE COCINA ha elaborado para el banquete que está ofreciendo la reina Dido al troyano Eneas.

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domingo, julio 01, 2007

13.- El dios Cupido obedece las instrucciones de su madre Venus.


La reina Dido se está engalanando para recibir a los troyanos. De una pieza de púrpura se ha hecho confeccionar una túnica cuyos pliegues caen hasta el suelo después de remarcarle los senos y definir, sutilmente, el contorno de sus caderas. Con agujas de marfil, Barce termina de sujetarle el cabello en la parte alta de la cabeza, dejando a la vista la finura y esbeltez de su cuello, libre de otros adornos. Sobre la frente, una cinta de oro le ciñe las sienes y transforma en dorada la luz de su rostro. La perfección de los ojos queda subrayada por una fina línea de khol y pétalos de flores frotados con delicadeza enrojecen sus labios.



- ¿Cuál me pongo? – pregunta Dido extendiendo ante ella ambos brazos y observándose las muñecas. Duda entre un brazalete de oro con espirales grabadas a punzón y otro de bronce totalmente cubierto con franjas de esmalte blancas, azules y rojas. Los dos son bellos y favorecen el color de su piel.

- Estás preciosa, hermana. En mi opinión, te conviene más el brazalete de oro. Es hermoso y regio. ¿No te parece, Barce?

- A mí me gusta. Y no añadiría más joyas que las fíbulas a juego en los hombros. Exhibir demasiada opulencia no es de buen gusto. Y menos delante de personas que han perdido hasta su propia ciudad.

- No creo que a Eneas le deslumbren las riquezas. Es bastante serio – dice Anna, como si la seriedad fuera incompatible con la ambición – Y tiene fuego en los ojos… ¿Te has dado cuenta, Dido?

La reina se vuelve de espaldas y deja la pregunta sin responder. ¿Puede llamarse fuego a una mirada profunda y a la vez distante que traspasa el alma con la misma facilidad que un cuchillo atraviesa un queso tierno? El comentario de su hermana despierta el aleteo de un enjambre de abejas en su pecho. Hay emoción e impaciencia en la espera. No ha vuelto a ver al troyano desde que se presentó en el templo de Juno, hace ya una eternidad.


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El príncipe Eneas y sus invitados al banquete alcanzaron Cartago al atardecer, cuando los últimos rayos solares caían oblicuos sobre la ciudad y la herían como una lanza. Las recias murallas, la majestuosidad y prestancia de los templos, el foro y otros edificios públicos, admiraron a Iskias y Cirene, quienes pisaban sus calles por vez primera. El dios Cupido, bajo la apariencia del joven Ascanio, fingió no haberla visto nunca, y de ese modo mantuvo oculto su ardid y los planes secretos de su madre Venus. Alegremente cogido de la mano de Cirene, llamando la atención de ésta hacia tal o cual detalle, recorrió las vías principales hasta llegar al palacio donde, radiante y confiada, le aguardaba su presa.


La reina, ignorante del peligro que se cernía sobre ella con la llegada de los troyanos, les esperaba de pie en el atrio. Irradiaba vitalidad y dulzura, dos cualidades que, cuando se presentan unidas, producen una flor hermosa y rara. Con gracia exquisita saludó a los recién llegados, fue presentada a quienes aún no la conocían y, por su parte, presentó a los demás comensales. Fue un momento de gratitud y gozo para los cartagineses, porque con esta invitación, la reina había distinguido no sólo a quienes la habían acompañado y compartido con ella el dolor de la fuga y el exilio de Tiro, sino también a aquellos que se le habían unido durante su largo peregrinaje sin tierra. Los primeros estaban representados por el Príncipe del Senado, el noble Aemilius, el noble Acus y su esposa Diana y el actor Anarkasis, además de Anna, hermana de la reina. Los segundos, por los hermanos Filón y Xilón de Atenas, la vestal Crisea, la amazona Nismacil, Dincer la bailarina y la matemática Teano (estas tres últimas raptadas en la isla de Rodas), el comerciante Palemón, el cartógrafo Igres y los autores de la decoración del templo de Juno: Cárminis y Demetrius Péder. Con esto mostró a los troyanos el carácter abierto de los suyos y la generosidad de su propia alma.

- Sed bienvenidos todos a mi casa y consideradla vuestra – dijo la reina – porque es mucho lo que nos une.


Tomó del brazo al príncipe Eneas y juntos entraron al salón del banquete. Si la belleza de los objetos de los que nos rodeamos reflejan de algún modo nuestra propia belleza, allí los troyanos pudieron ver cuán hermosa era la reina. El salón brillaba como una ascua encendida. En las paredes, a distintas alturas, se abrían numerosos nichos para alojar lámparas de aceite, revestidos por completo de láminas de plata y de bronce. Las llamas de las lucernas rebotaban y se multiplicaban en los metales, creando una iluminación brillante y, a la vez, misteriosa y cálida.

Los triclinios estaban colocados en los lados más largos de la sala, cuatro a cada parte, dejando suficiente espacio en el centro para las mesas y la circulación de los criados. Y al fondo, presidiéndolo todo, un lecho de una sola plaza para la reina. Todos los cojines y las telas eran de color púrpura y oro. Guirnaldas de hojas, flores y frutos decoraban el borde de las mesas vistiéndolas con los colores de la primavera. Delante de cada puesto, al alcance de la mano, se distinguían bellos cálices de vidrio. Ceñidos a las paredes aguardaban órdenes los servidores: eran muchachos y muchachas, en número igual al de comensales, vestidos con faldas cortas de lino, sandalias de cuero y brazaletes de bronce. Ni siquiera en la fastuosa Troya habían visto los invitados tanto esplendor ni un equilibrio tan perfecto entre la opulencia y la elegancia.

La reina había dispuesto los lugares de modo que cada troyano estuviese acompañado por dos cartagineses, reservando el primer triclinio de su derecha para el príncipe Eneas, flanqueado por Anna y la vestal Crisea, y el primer lecho de su izquierda para el joven Ascanio, cuya sonrisa brillaba tanto como el salón entero y sería agasajado por el Príncipe del Senado y la noble Diana.


- Antes de comenzar el banquete, ilustre reina – dijo el príncipe Eneas – permíteme ofrecerte unos regalos. No somos más que fugitivos sin tierra, como sabes, pero a lo largo de estos años hemos conservado bienes que nos eran muy queridos. Algunos, que ahora te mostraré, pertenecieron a Helena de Esparta, quien los había heredado de su madre y traído consigo cuando se enamoró de Paris y huyó con él a Troya.

Al tiempo que Eneas decía esto, Cirene se había puesto en pie. Sobre su brazo extendido mostró un velo finísimo, casi transparente, con los bordes festoneados de hojas de acanto bordadas en hilos de oro. Unos sirvientes lo tomaron con mucho cuidado y lo acercaron a la reina. A continuación, mostró la troyana un maravilloso manto de vuelo amplio, recamado en oro y plata sobre tisú color grana. Estas dos piezas eran las de Helena. Quedó la reina Dido fascinada, no sólo por su hermosura, sino también por la importancia de sus insignes dueñas. Las aceptó con palabras de alegría y agradecimiento, y mandó que las dejaran a un lado.

- Las joyas que ahora te ofrezco me son todavía más queridas, porque solía usarlas mi prima Ilíone, hija mayor del rey Príamo: con ellas quiero demostrarte cuánto es mi aprecio por ti y cuánto me enorgullezco de haber sido recibido como un amigo.


Las joyas anunciadas eran un cetro de oro fundido, una soberbia diadema que se alzaba en pico por el frente y estaba cuajada de piedras preciosas y un hilo de perlas. Apenas había tenido la reina tiempo de admirarlas de lejos, cuando se alzó una joven voz.

- Permíteme, señora, que yo mismo te coloque el hilo de perlas – dijo Ascanio levantándose al mismo tiempo de su triclinio.

La reina Dido lo miró con ojos favorables: era un niño tan bello y encantador, se parecía tanto a su padre… Asintió sonriente y en un instante tenía junto a ella a Cupido. Como quien alarga el cuello a un verdugo sin saberlo, con la misma inocencia tendió ella el suyo a ese dios despiadado. Y él, sin asomo de compasión, aprovechó el momento de anudarle el hilo para clavarle en el corazón, por la espalda, una flecha envenenada de amor.






*Detalle de escultura femenina. Venus Esquilina. Museos Capitolinos. Roma.
**Asís moderno al atardecer.
***Detalle de fresco de la loggia de Cupido y Psique. Venus señala a Cupido su presa. Villa Farnesina. Roma.
****Detalle de escultura clásica. Real Academia de España en Roma.
*****Escultura de una Vestal. Exposición en el Coliseo, 2004. Roma.
******Detalle de un fresco con Cupido. Pompeya.
*******Detalle de una planta de begonias. Real Academia de España en Roma.

NOTA: Aquí puede verse el menú que
  • SOFONISBA, JEFA DE COCINA ha elaborado para el banquete que ofrecerá la reina Dido al troyano Eneas.

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    martes, junio 26, 2007

    12.- La diosa Venus comienza a ejecutar sus planes.


    - Perdona que te lo diga, señora Imilce, pero has estado bastante grosera con tu nuera – dice Karo mientras me saca al patio una copita de vino con agua y le ofrece otra al cordelero Kostas, que acaba de llegar – Está llorando.

    - ¡Cualquier persona en Cartago pretende saber de esta historia más que yo! – le respondo.

    - No es cierto. Además, querías construir tu historia con la memoria de todos, ¿no? Y ahora te enfadas porque ella dice que se les había acabado el vino de higos secos y no lo pudieron servir en la cena. ¿Tiene ese asunto tanta importancia como para que le hayas dado semejante disgusto? Estás dando crédito a todo el mundo, menos a ella.

    Karo tiene razón. No sé qué me pasa. En los últimos tiempos la mujer de mi hijo pequeño ha cambiado mucho, se desvive por atenderme y, en cambio, yo le llevo la contraria con cualquier pretexto. Por ejemplo, lo del vino. En la relación que hizo Xilón sobre el menu del banquete se cita un vino de dátiles o de higos secos. A él debió decírselo directamente Sofonisba sin saber aún si serviría uno u otro y luego el cronista no lo comprobó. Y por una cuestión tan banal he humillado a mi nuera llamándola cretina. Me he vuelto una vieja intransigente y estúpida. ¡Un modelo de suegra!

    - ¿Habláis del banquete? – pregunta Kostas acomodándose en la sombra – Yo estuve en la cocina ese día.

    - ¡La primera noticia que tengo! – le contesto, más picada aún.


    - Me llamó Sofonisba – aclara, a la defensiva – Hicimos amistad cuando cortó la piel de toro y yo trencé la cuerda de prueba. ¡Mira que era alegre…! En cambio esa mañana, si alguien echaba más humo que los fogones, esa era la cocinera de la reina. Te diré una cosa, señora Imilce: no he estado nunca en un campo de batalla, pero esa cocina debía asemejársele bastante. Había un jaleo enorme en el patio, donde estaban matando y desplumando pollos y entre los cacareos y los berridos de los cabritos era para volverse loco… A mí me impresionó. Y dentro, los pinches gritaban y se empujaban yendo de un lado a otro. ¿Te imaginas decenas de cuchillos moviéndose en el aire para desollar, trocear, picar, mondar…? Era un prodigio que no se hirieran unos a otros con tantas apreturas, o que no se escaldaran con el agua hirviendo o se les prendieran las ropas con las chispas que saltaban al avivar la lumbre. Cada cual pedía a gritos más leña, más harina o un mortero, y no parecía que hubiera forma de entenderse. Sin embargo allí en medio, dando órdenes como un general, estaba Sofonisba. Cuando entré, me agarró del brazo y me arrastró a un rincón de la despensa, como si fuéramos a buscar algo. Y entonces se echó a llorar.

    - “Es el primer banquete que preparo” – me dijo – “y no pienso dejar en mal lugar a la reina ni voy a permitir que nadie ponga en cuestión mi oficio. ¡Pero hacerlo con estas prisas y en estas condiciones…!”

    - Figúrate, yo era un mocoso y no sabía qué decirle, así que la abracé muy fuerte. Ella me estrujó contra su pecho y enseguida se calmó. Se limpió la cara y me dijo en voz alta que le faltaban piñones para la salsa del pollo y que fuera a pedírselos a la noble Diana. Y entonces, al volverse, empujó con el codo una cazuela de barro que había sobre un estante y fue a caer justo encima de una gran ánfora de vino. El golpe la reventó y el vino salpicó por todas partes. ¡Menudo sobresalto! A mí me parecía un desastre, pero Sofonisba se puso a reir y se extendió por los brazos y la cara las gotas de vino diciendo que le traería buena suerte. No ví el fondo del ánfora, pero muy bien pudo ser la del vino de higos.

    Kostas me ha dejado boquiabierta. De repente, me hago cargo de cuántas cosas ignoro, cuántos pensamientos, sentimientos y actos se entrecruzan continuamente en la vida de los seres humanos y los vinculan entre sí, tejiendo lazos secretos. Y ¿qué otra cosa es nuestra ciudad sino el conjunto de personas que decidieron arraigarse juntas, construir entre todas un edificio invisible de palabras, gestos, lugares, miradas que nos unen y nos identifican, que nos permiten reconocernos y ser reconocidas como parte de esta sociedad?

    La sombra de la higuera llega ya al otro extremo del patio.

    - Es hora de acudir a la plazuela del granado – digo, tratando de disimular el esfuerzo que me supone levantarme – Karo, avisa a mi nuera para que venga con nosotros. Dile que he dicho que la cretina soy yo y que la necesito. Tenemos hoy otra lectura del poeta Trailo y temo no poder soportarla sin su ayuda.


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    La madre Venus contemplaba al grupo de troyanos que ascendía por un empinado sendero, de camino hacia Cartago, para asistir al banquete ofrecido por la reina Dido. Abría la comitiva su hijo Eneas platicando con su amigo Acates. Ícarus, su lugarteniente, caminaba al lado del timonel Palinuro, el hombre a cuya sabiduría habían encomendado sus vidas los troyanos tantas veces. Cloanto les seguía inmediatamente detrás y, a mayor distancia, vestido como un príncipe, iba el joven Ascanio. Por primera vez en su vida asistiría a un banquete y no podía ocultar su inseguridad y nerviosismo. Cirene, a su derecha, llevaba un pequeño fardo con los regalos que ella misma había ayudado a Eneas a escoger para obsequiar a Dido y daba conversación al muchacho tratando de distraerlo e infundirle confianza. Cerraba la comitiva la amazona Iskias, quien jamás se despojaba de su aljaba ni soltaba el arco.

    A punto estaban de llegar a la cima del montecillo y divisar Cartago cuando, de pronto, un jabalí salió de la espesura y, enseñando sus colmillos afilados como dagas, se paró en medio del sendero, en el tramo despejado que había entre Cloanto y el joven Ascanio. Miró a éste con fiereza, pareció disponerse a embestir y finalmente, con un trotecillo nervioso, abandonó el camino y se internó en el bosque. El niño había quedado paralizado de miedo y Cirene soltó el fardo por si debía hacer algún movimiento rápido. Iskias, de manera instintiva, puso una flecha en el arco y corrió tras él. Quienes iban delante no se habían dado cuenta del incidente y seguían caminando.

    Ese fue el instante escogido por la diosa Venus, madre de Eneas, para llevar a cabo sus planes: provocó un repentino y profundo sueño en su nieto Ascanio, lo tomó entre sus brazos y, así dormido, lo transportó con ella a su mansión. Al mismo tiempo, el dios Cupido adoptaba la figura y las facciones de Ascanio y ocupaba su lugar. Cuando Cirene levantó la vista tras recoger el fardo del suelo, le pareció más hermoso. Una deliciosa sonrisa curvaba sus labios, los ojos brillaban alegres y todo asomo de retraimiento había desaparecido. Atribuyó este cambio a la emoción del encuentro con el cerdo salvaje sin padecer daño alguno. Al momento regresó Iskias con las manos vacías, y los tres reanudaron la marcha.

    ¿Qué somos los mortales sino instrumentos en manos de los dioses? Dichoso aquel que es ignorado por las divinidades porque, no importándoles, y aunque sufra mil desventuras, está libre de sus caprichos y puede decir que sus fracasos y sus éxitos son sólo suyos. Pero no existe en toda la tierra un ser humano semejante. ¡Ah, reina de los cartagineses, poderosa Dido! A tu palacio se acerca, como dulce amigo, quien va a asaetear tu corazón.




    *Cabeza masculina. Museos Capitolinos. Roma.

    **Detalle de pintura mural. Casa del Celio. Roma.

    ***Detalle de la fuente de las ánforas en Vía Marmorata. Roma.

    ****Detalle de escultura de una diosa. Museos Vaticanos. Roma.

    *****Vía Roca Savella. Colina del Aventino. Roma.

    ******Detalle de escultura femenina en bronce. Pompeya.

    *******Detalle de la decoración de la portada principal de la iglesia Santiago de los Españoles. Roma.


    NOTA: Aquí puede verse el menú que SOFONISBA, JEFA DE COCINA ha elaborado para el banquete que ofrecerá la reina Dido al troyano Eneas.

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    viernes, junio 22, 2007

    11.- La reina Dido inicia los preparativos del banquete en honor de Eneas


    Todavía no está alto el sol cuando Anna y sus acompañantes alcanzan la cima de la colina a cuyos pies se extiende, sobre la arena, el campamento de Eneas. A sus espaldas quedan la ciudad y la playa de Cartago, a donde ayer llegaron inesperadamente doce de las naves troyanas. Ha sido una casualidad que unas y otras arribaran a estas costas sin verse, tras haberse dispersado por una tormenta.

    - ¡Ahí abajo están! – grita Anna muy excitada. Y se lanza a la carrera por una senda boscosa sin atender a las voces de sus amigas que le recomiendan bajar más despacio y se ven obligadas a correr también para seguirla. La tranquilidad y la calma no casan con la hermana de la reina Dido. El mundo existe para ser devorado por ella. Es preciso ver y conocer todo, cuanto antes. Nada escapa a su curiosidad. Y menos todavía Eneas.

    - Te saludo, príncipe Eneas. ¿Has dormido bien? – le espeta apenas encuentra al troyano junto a una de las hogueras en las que se calienta un caldo para la colación matutina – Tienes mejor cara. Tengo entendido que eres muy bueno arrojando venablos. ¿Es cierto?

    - Eso creo. ¿Me harás el honor de desayunar conmigo? Hace tiempo que no tengo una invitada – responde Eneas dejándose conquistar por la espontaneidad de Anna – Aunque, de haberla tenido, me habría visto en un apuro, porque no tenía nada para ofrecer.

    - Estas son mis amigas Ula y Morgana. Y esta niña es Imilce. ¡No me la puedo quitar de encima ni con agua hirviendo…! – dice riéndose y empujando a la niña hacia Eneas. Ella se resiste, avergonzada, pero acepta el tazón con caldo que le ofrece un hombre que vigila el caldero.

    Mientras beben el caldo, Anna no deja de preguntar a Eneas. A él le divierte su desenvoltura y la forma en que salta de un tema a otro sin orden aparente. Le hace sonreír. Es como un soplo de aire fresco en medio de la calima: acaricia y alivia al mismo tiempo que permite respirar. En respuesta a su petición, el príncipe hace llamar a su hijo Ascanio.

    - Así que tú eres el heredero de Troya – le dice muy seria Anna – O mejor dicho, el heredero del heredero. Yo no voy a heredar nada, pero me gustaría que fuéramos amigos. Puedes venir con nosotras a nadar y a pescar, si te apetece. Tengo un gato que se llama Sirio y tiene los ojos del mismo color que tú. Y un carácter horrible. El gato, quiero decir.

    El muchacho no sabe qué contestar. Mira a su padre y sacude la cabeza con un mohín cuyo significado no está claro. Tiene once o doce años y poca costumbre de relacionarse con desconocidos. Es bastante alto para su edad y no puede negar que es hijo de Eneas: tiene el cabello rubio y ondulado como él y en sus facciones regulares campean dos ojos sagaces. Cuando tenga la edad de su padre, serán más agudos y afilados que una espada y quizá tan hirientes. Ahora, sin embargo, rehuyen los de Anna.

    - ¿Es cierto que no tiene madre? – pregunta la joven a Eneas – ¿No has vuelto a casarte?

    - No, no me he casado. Fue muy duro para mí perderla – responde Eneas – Y no puedo creer que tales asuntos le importen a una jovencita como tú.

    - Pues sí me importan. Me gusta ver alegría a mi alrededor – Anna coloca su mano sobre la mano del príncipe, en un gesto de apoyo. Él le corresponde con la mirada repentinamente triste y cambia de tema: los troyanos se sienten muy agradecidos por una acogida tan generosa. Están organizando las provisiones recibidas y piensan dedicar la jornada a construir albergues. Fijarán su campamento en esta área para no molestar a los cartagineses, aunque van a reparar las naves en la playa de Cartago.

    - Se me olvidaba decirte que he venido a traerte un recado de parte de la reina – dice Anna recuperando el tono de alegría – Esta noche dará un banquete para celebrar vuestra llegada. Os esperamos a ti, a tu familia y tus amigos. Venid antes de la puesta del sol. Y no te preocupes por el regreso, os alojaréis en el palacio de Dido. ¡Todo el mundo en Cartago está loco por oír vuestras aventuras!
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    Un poco antes, cuando las primeras luces del alba habían comenzado a iluminar los tejados de Cartago, la cocinera Sofonisba había acudido al aposento de la reina. Barce le había dicho que era para hablar de un banquete de bienvenida a los troyanos, pero no se imaginaba que Dido pretendía celebrarlo esa misma noche.

    - No creo que estemos suficientemente abastecidos, mi reina. ¿No podríamos organizarlo para mañana?

    - ¿Mañana? ¡Quién sabe lo que podría ocurrir de aquí a mañana…! – había respondido la reina con una carcajada – No quiero retrasar mi agasajo a Eneas. Eres persona de recursos, Sofonisba, y dominas tu oficio. Seguro que encuentras el modo de complacerme. Calcula que seremos veinticinco en total.

    - Las lentejas que puse en remojo para cenar hoy puedo aprovecharlas para el aperitivo. Tenemos bastante pescado en salmuera y puedo conseguir queso fresco. No hay tiempo para preparar carne de caza, así que nos arreglaremos con cabritos y pollos. Enviaré a alguien a buscar salmonetes o cualquier otro pescado del día. Si me concedes un poco de tiempo, revisaré bien la despensa y en cuanto lo haya hecho te presentaré el mejor menú posible.

    - Seguro que resultará perfecto. ¿Quieres decirle a Sérvulo que venga? Tengo mucho interés en preparar bien el salón del banquete y él tiene un gusto exquisito. Quiero empezar los preparativos cuanto antes.
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    La reina Dido manda llamar a la vestal Crisea y, acompañada por la cítara que suele tañer Dada en las ceremonias religiosas, ofrece un toro blanco a la diosa Juno. El banquete de esta noche es importante para sellar tratos de amistad entre los cartagineses y los troyanos y desea que la esposa de Júpiter le sea propicia. Juno escucha la armoniosa melodía, cuya finura y belleza hace callar el susurro del viento, y su corazón destila miel y benevolencia hacia la reina.

    La música llega también a otros oidos, éstos recelosos. La diosa Venus, madre de Eneas, desconfía. Es cierto que ella misma preparó el ánimo de Dido para que recibiera con afecto a su querido hijo. Sin embargo, no se fía de Juno, cuyo odio por Eneas no tiene fin. Teme que esta diosa le tienda una trampa valiéndose de Dido y trate de torcer su destino glorioso. Y viendo cómo en el campamento troyano Cirene escoge el atuendo que ha de vestir el joven Ascanio para asistir al banquete, se le ocurre una idea. Manda a sus criadas a buscar a su hijo Cupido y, apenas éste se presenta, le confía sus planes:

    - Tengo una misión delicada para ti, querido hijo. Es preciso que hoy mismo ayudes a tu hermano Eneas.





    NOTA: Aquí puede verse el menú que SOFONISBA, JEFA DE COCINA de la reina Dido ha elaborado para el banquete que ofrecerá la reina al troyano Eneas.

    *Detalle de busto de mujer joven. Museos Capitolinos. Roma.
    **Gato en el escaparate de una tienda en el Trastévere. Roma.
    ***Detalle de relieve en exposición en el Ara Pacis. Roma.
    ****Detalle de decoración del llamado Templo del Dio Redicolo. Via Appia. Roma.

    *****Recipientes para almacenar alimentos. Pompeya.
    ******Detalle de hojas en relieve. Casa medieval en el Trastévere. Roma.
    *******Detalle de relieve de un toro sacrifical en el Ara Pacis. Roma.
    ********Detalle de pintura techal en la capilla del Museo Altemps. Roma.

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    lunes, junio 18, 2007

    10.- Dido da la bienvenida a Eneas



    Incluso en una tempestad, cuando el viento arrecia con más furia y arranca a su paso ramas de árboles y lanza al aire columnas pavorosas de polvo, hojas y guijarros, hay un instante de calma durante el cual el mundo se detiene para tomar aliento. Esa misma calma se percibió en Cartago, en el templo de la diosa Juno, cuando Cloanto se arrojó a los pies de la reina, agradecido, y en el mismo instante se disipó la nube que ocultaba al príncipe Eneas, quedando expuesto a la vista de la reina Dido. Los ojos de ambos se encontraron en silencio y, aun sin saber la identidad del troyano, los presentes contuvieron la respiración. Apenas el príncipe pronunció su nombre y la reina tendió hacia él ambas manos para darle la bienvenida, estalló una tormenta de emociones.

    Se abrazaron los troyanos y agradecieron a los dioses el haberles permitido reunirse de nuevo, pues ya se daban por desaparecidos unos a otros y se lloraban mutuamente. Supo entonces Eneas que habían llegado a la playa cartaginesa doce naves, el mismo número de cisnes que, según la predicción de su madre, buscaban refugio. Y, viendo el rostro afable de la reina, la generosidad demostrada a sus hombres desde el primer momento y la bondad de su acogida, comprendió que su madre también en esto le había dicho la verdad. Conteniendo a duras penas su emoción, se dirigió de nuevo a Dido.
    - Noble reina, desearía ser poderoso y rico en tesoros tan sólo para recompensar tu magnanimidad y tu benevolencia, aunque no bastaría todo el oro de Troya para pagar lo que haces por mi pueblo. Soy pobre. Ni siquiera dispongo de un palmo de tierra que pueda llamar mío. No tengo patria ni hogar, destruidos hace años por el fuego, ni más familia que un hijo y las personas que me acompañan. A ellas estoy unido por lazos muy firmes, porque el sufrimiento y las dificultades hermanan las almas. Ellos son cuanto tengo, además de mi propia estima y honor. Y por mi honor proclamo que, hasta el fin de mis días, bendeciré a tus padres por haberte traído al mundo y a ti, mi reina, por habitar en él. Tu gloria perdurará mientras perdure el mundo, pues yo la difundiré a donde vaya y los dioses premiarán tu bondad.

    - Príncipe Eneas – respondió la reina – no me atribuyas más bondades de las que poseo ni pienses en mí como persona excepcional. El sufrimiento es un viejo conocido mío. Nos ha acompañado a mí y a mi pueblo día y noche durante cuatro años y aún no se ha alejado del todo. Puedo reconocer su rostro. Y quienquiera que alguna vez haya huido se reconocerá en vosotros, fugitivos troyanos. Sabemos cuán amarga es la incertidumbre, la angustia de vivir atrapados entre el cielo y el mar y cuántas veces el corazón se desespera. Descansad, pues, en Cartago y no penséis en mañana. Los hados os han conducido aquí y sólo cabe alegrarse. Vamos, sentíos como en vuestra propia tierra. Enseguida ordenaré ofrecer sacrificios a los dioses como agradecimiento por vuestra feliz llegada.

    Mientras esto decía, la reina lo contempló con afecto. La diosa Venus había iluminado el rostro de su hijo con una luz favorable, de tal modo que su hermosura brillaba por encima de las huellas que suele dejar a su paso el odioso sufrimiento. A la belleza y nobleza de sus rasgos, se añadió entonces la dulzura de la emoción. Brillaron los ojos de Eneas y sus labios esbozaron una sonrisa.


    Acompañado por la reina Dido, el príncipe bajó a la playa, donde las naves que consideraba perdidas estaban siendo varadas en la arena. Allí, entre la multitud congregada para recibir y ayudar a los troyanos, se produjo un hecho inesperado: la amazona Nismacil, cuya figura había visto pintada en las paredes del templo y de quien no pensaba que hubiera sobrevivido al último ataque, se acercó a él y ambos lloraron de alegría. Causó estupor entre los fenicios, quienes desconocían que esa mujer a quien admiraban por su devoción a la reina y su destreza en el uso de las armas, hubiera tomado parte en la guerra de Troya. Cuando el príncipe le dijo que con él viajaba la amazona Iskias, no pudo contenerse y pidió permiso a la reina para ir enseguida a darle un abrazo.

    Así transcurrió el día, acarreando ropa, víveres y agua para los troyanos de la playa y organizando partidas para aprovisionar también al grupo de Eneas, que había arribado a una playa distinta. Corderos, cerdos y vacas fueron sacrificados en varios altares, y su carne consumida con avidez por los recién llegados.


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    - Estoy rendida, Barce – dice la reina Dido a la vieja nodriza, cuando regresa a palacio poco antes del crepúsculo. Se deja caer sobre su lecho y la nodriza le quita las sandalias y le da masajes en los pies. Ha sido un día muy largo. Desde el mismo momento en que el príncipe troyano Eneas se ha dado a conocer, no han cesado las emociones. ¿Quién podía imaginar siquiera un encuentro semejante?

    Hasta ese momento, los troyanos sólo eran palabras en la mente de los fenicios. Habían oído contar historias de su terrible guerra contra los griegos y el propio actor Anarkasis había utilizado una de esas historias para distraer al príncipe Pigmalión la noche en que la reina huyó de Tiro. Durante su periplo marítimo, muchas veces habían hablado de aquellos héroes en torno a las hogueras encendidas en la costa para distraerse y olvidar su propia condición de exiliados sin patria. Las pinturas de Cárminis en las paredes del templo de Juno les había otorgado rostros, cuerpos, movimiento. Y, sin embargo, eran personajes imaginarios, desprovistos de carne y sangre. Hasta hoy.

    - Debías haber visto el abrazo entre Cloanto y el príncipe Eneas… – dice la reina – Me ha hecho recordar cuántas naves nuestras se perdieron durante el viaje y cuánto hubiéramos dado por reencontrarnos con nuestros compañeros. Y no he sido la única en pensar esto. El Príncipe del Senado estaba muy conmovido. Dentro de nuestra desgracia, creo que hemos tenido mucha suerte.


    - También yo lo creo – responde Barce – Y por eso insisto tanto en que tomes un marido. Estás en tu mejor momento, niña mía y va siendo hora de que disfrutes. ¡No seas perezosa ni retardes más esa decisión! Dentro de poco deberás casar a Anna, y sería vergonzoso que para entonces siguieras viuda.

    - ¿No te cansas, Barce querida, de repetirme lo mismo?

    Barce toma la cara a la reina con ambas manos para verla mejor, y la contempla con una sonrisa.

    - ¡Si vieras qué pinta horrible tenías cuando llegamos aquí…! Y aún así, te llovieron los pretendientes, incluido el antipático Yarbas. ¡Ahora estás preciosa, mi reina! ¿Dejarías marchitar una flor sin ni siquiera olerla?

    - ¡Qué boba eres…! – responde la reina riendo y soltándose con cuidado de las manos de Barce. En otras ocasiones, las palabras de la nodriza la han incomodado, pero esta tarde está alegre y nada la perturba. La llegada de los troyanos ha roto la monotonía y le sienta bien, constituye un aliciente. Además, está viviendo una situación nueva: ya no es una menesterosa que depende del socorro de otros. Ahora, es ella quien está en condiciones de ayudar. Y siente un intenso deseo de auxiliar a Eneas y aliviarlo de sus pesares.

    - Dile a Sofonisba que venga a verme mañana en cuanto se levante. Pienso preparar un banquete para agasajar a Eneas y hemos de hablar. Cuando en el futuro rememoren su paso por Cartago, quiero que los troyanos recuerden este banquete.




    * Detalle de escultura masculina. Museo Massimo alle Terme. Roma.
    **Retrato de la emperatriz Santa Elena sentada. Museos Capitolinos. Roma.
    ***Detalle de relieve. Museo Massimo alle Terme. Roma.
    ****Detalle de la decoración de la Plaza de los Caballeros de Malta. Roma.
    *****Detalle de un sarcófago. Museo Massimo alle Terme. Roma.
    ******Detalle de busto femenino. Museo Massimo alle Terme. Roma.
    *******Detalle de un seto en el Museo Termas de Diocleciano. Roma.


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    jueves, junio 14, 2007

    9.- Eneas y la reina Dido se encuentran por primera vez.

    No ha terminado de amanecer cuando entramos en el templo de Juno. ¡Han pasado tantos años desde la última vez que traspasé sus puertas…! Un edificio magnífico, digno de la mejor ciudad. Sus muros se alzan con firmeza, recios, imbuidos de una gravedad solemne y sacra. Aún está oscuro y vacío, pero dentro de poco empezará a venir gente.

    - Aquí, señora Imilce – dice Amneris con su bastón en el aire, señalando la pared pintada y haciendo gestos a Karo para que acerque la tea – Mírala: esta es Nismacil. Eneas la reconoció por las cicatrices del muslo izquierdo. Son estas tres rayas paralelas. ¿Las ves? Un león le dio un zarpazo cuando era pequeña y le dejó la garra marcada.

    - No debe ser fácil encontrar para cada personaje un rasgo que lo distinga de los demás – respondo con admiración ante la cantidad ingente de figuras y escenas – Cárminis trabajó muy bien.

    - ¡Y tanto! Incluso podría haberla retratado. Pero ya sabes cómo era de reservada mi madre: hasta la llegada de los troyanos nadie supo que era una amazona. Excepto la reina, claro. Y porque no tuvo más remedio.

    - ¡No creo yo que la reina obligara a tu madre a contarle nada…! – interviene mi nuera, sin poder evitar que se noten los celos en su tono.

    - Desde luego que no. Pero te diré una cosa: antes matan a una amazona, que la casan. Ellas viven sin hombres, se aparean una vez al año, y nada más. Así que mi madre hubo de decírselo a la reina para librarse del matrimonio.
    Mientras mi nuera y Amneris se enzarzan en un debate sobre las amazonas y los casamientos, Karo y yo recorremos el templo y lo estudiamos desde distintos ángulos. De niña solía venir muy a menudo. Entonces pensaba que era tan grande y espacioso como el cielo.

    - Me parece bastante más pequeño que hace unos años – digo en voz alta.

    - Será que tú has engordado mucho – contesta Karo. De buena gana lo estamparía contra la pared. Continuamente me martiriza: “no comas esto, señora Imilce”, “no pruebes esto otro, que luego te cuesta mucho moverte”.

    - Eres un gusano, Karo. Y estoy calculando cuántos gusanos como tú cabrían aquí adentro. Eneas, desde luego. Y, según parece, su amigo Acates. Y los dos troyanos recién llegados a la playa. Los restantes asistentes eran gente nuestra, así que ocuparían la cantidad de sitio correspondiente a las personas normales.

    Se calla y se aleja de mí. Lo veo de reojo marcharse hacia el fondo y simular que mira a los lados de la hornacina donde está la imagen de la diosa Juno. ¡Lástima que no se le caiga encima!

    Me planto donde estaba el sitial de la reina Dido, dando la espalda a la diosa, y trato de imaginarme lo que ella vio. Estaría rodeada de bastante gente. Eneas habría logrado deslizarse dentro antes de su llegada y pasar desapercibido entre el público. Nada de brumas, ni nubes, ni fenómenos parecidos: él y su amigo debieron comprar a un campesino ropas fenicias y entrar en la ciudad disfrazados.

    - Pudieron apostarse aquí, señora Imilce, y observarlo todo disimuladamente – dice Karo con mucha humildad. Señala con la mano un pequeño entrante entre la pared lateral y el muro del fondo del templo, donde una serie de ventanucos dispuestos en vertical desde el techo hasta media altura ventilan la nave y dan luz a la diosa. Hay espacio para dos o tres personas.

    No me digno a contestarle. Pero podría ser.
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    La reina Dido está orgullosa del trabajo de Cárminis. Enriquecer el templo con estas pinturas ha sido un acierto. Dejan constancia de la inserción de Cartago en el mundo conocido, convierten esta ciudad en cronista de hazañas épicas y la vinculan a hechos gloriosos en los cuales no participó, pero de algún modo le afectan. No en vano fenicios, troyanos y griegos comparten el mismo mar y sus azares.

    Hasta el propio Aemilius, quien hubiera preferido gastar el dinero en material para acabar la muralla, reconoce que la majestad, el prestigio y la prestancia de la reina quedan enaltecidos en este lugar. Acaba de despachar un asunto con ella, cuando un soldado anuncia la presencia de unos extranjeros y los conduce ante el trono. Son dos hombres de edad mediana, con los rostros ásperos como una piel de serpiente, oscuros y cuarteados por el sol. El cansancio se refleja en los hombros caídos y sus ropas revelan pobreza. La reina ordena que les ofrezcan agua y algún alimento.

    - Noble señora – dice uno de ellos – no sería honesto aceptar tu hospitalidad mientras nuestros compañeros desfallecen en las naves. Tus soldados nos impiden desembarcar y descansar en tierra.

    - Hemos fundado esta ciudad recientemente y debemos precavernos. Pero dime quienes sois, y cuántos, y cómo habéis llegado aquí.

    - Puedes considerarte dichosa, reina, porque nosotros carecemos de una ciudad a la que llamar nuestra. Mi nombre es Cloanto. Fui guerrero en otros tiempos, antes de que el infortunio me convirtiera en timonel de una nave de fugitivos troyanos. Una tormenta nos ha apartado de nuestra ruta y arrojado a tu playa. Y nos ha destrozado el corazón, porque hemos perdido a nuestro príncipe Eneas con varias naves. Y es a él a quien seguimos para fundar una Troya nueva, él es nuestro jefe y nuestra esperanza. En cuanto a ti, sólo te pedimos permiso para sacar nuestras naves del agua y repararlas antes de decidir qué hacemos.

    - ¿Sois troyanos, dices? – pregunta Dido asombrada – ¡Sed bienvenidos! Desde hace años conocemos y admiramos vuestras gestas. Mirad estas paredes: aquí está escrita vuestra historia. ¡Cuántos padecimientos habréis sufrido…! Comprendemos muy bien vuestra amargura, porque también nosotros hemos probado el dolor del destierro. Pero no perdamos tiempo.

    Y volviéndose hacia quienes estaban a su lado, comienza a dar órdenes.

    - ¡Acus!, encárgate del desembarco. Que nuestros soldados les ayuden a sacar y proteger las naves. Aemilius, dejemos por un día las obras de la muralla y que tus hombres vayan en busca de agua y comida. Igres, a ti te corresponde dirigir una escuadra de socorro y registrar las costas de alrededor en busca de las naves de Eneas. Dile a Amílcar que te acompañe. Y tú, noble Príncipe del Senado, ocúpate de formar varios grupos para explorar la costa por tierra. Podría ocurrir que hubieran naufragado y hallado refugio en alguna de las playas cercanas.

    Los ojos de Cloanto y su acompañante se llenan de lágrimas. Incapaces de hablar, se arrojan a los pies de la reina para manifestarle su agradecimiento. Dido les pide que se levanten, y aún añade más:

    - Eneas se ha salvado, estoy segura. Pero en caso contrario, sabed que podéis quedaros con nosotros. Ésta será vuestra tierra, vuestra ciudad. Mezclaremos nuestra sangre y tirios y troyanos quedaremos fundidos en un único pueblo.

    Termina de decir estas palabras, cuando un individuo se abre paso entre los demás y se detiene ante Dido. Clava sus ojos en los de ella con extraña intensidad. Hay tristeza, y gratitud, y admiración, y fortaleza, y dulzura en esos ojos. Y pese a todo ello parecen proceder de un abismo o haberse contagiado de la hondura marina. Son insondables. Ningún hombre se ha atrevido jamás a escudriñarla de tal modo, pero la reina se mantiene firme y sostiene largo tiempo esa mirada.

    - Reina Dido – dice el extraño al fin – ante ti se inclina el troyano Eneas.

    *Templo de Minerva. Asís.
    **Detalle de pintura mural. Museo Nacional Altemps. Roma.
    ***Detalle del interior del panteón de Agripa. Roma.
    ****León de terracota. Asís.
    *****Detalle de escultura de la diosa Minerva. Museo Nacional Altemps.Roma.
    ******Detalle de escultura masculina. Piazza del Popolo. Roma.
    *******Detalle del busto del emperador Adriano. Museo Nacional Altemps. Roma.
    ********Detalle de relieve en un sarcófago. Foro romano de Asís.

    domingo, junio 10, 2007

    8.- Eneas decide espiar a la reina Dido.

    - ¿Dónde está la reina? – pregunta Anna entrando como un torbellino en la habitación de Dido. La anciana Barce levanta la cabeza por detrás de la tapa del arcón sobre el que está inclinada ordenando la ropa.

    - ¿Dónde va a estar? ¡Como todos los días, trabajando! Hoy debía despachar varios asuntos en el templo de Juno.

    - ¡Están llegando naves extranjeras a la playa! ¡Voy allá!– anuncia muy excitada la muchacha. Barce ve asomar por detrás de la túnica de Anna la cabeza de Imilce. La niña suele pegarse a las espaldas de la hermana de la reina en cuanto puede.

    - ¡Imilce, te prohíbo que vayas! – grita la anciana levantándose con mucho trabajo. Sin embargo, ya nadie la oye.
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    El sol matutino arranca al mar un color azul intenso. Las crestas blancas de las olas brillan y deslumbran, impidiendo ver bien cuántas naves se acercan. Son muchas y oscuras. No llevan palos ni velamen, sino que parecen impulsadas por la fuerza del agua y algunos golpes de remo. Las palas se hunden en las ondas sin seguir un ritmo, con lasitud y pesadez. Se diría que los tripulantes cuyas espaldas inclinadas asoman por encima de las bordas, estuvieran al límite de la extenuación, incapaces ya de dirigir el rumbo. Una de ellas tiene problemas con el timón, porque sigue un curso errático y da golpes a babor y estribor en un zigzagueo peligroso.

    Cuando las primeras naves se encuentran cerca de la arena, un grupo de soldados fenicios, armados con lanzas, se separa del resto y penetra en el agua hasta la cintura. Su jefe hace señales en dirección a las proas: tienen prohibido avanzar.

    - Han debido sobrevivir a una tormenta – dice Anna a Ula y Morgana, y sus palabras expresan entusiasmo. Nada produce tanto placer a la hermana de la reina como escuchar historias. Con ella todo es vida y aventura, movimiento y acción. Sólo el relato de las andanzas ajenas la retiene sentada y con los cinco sentidos asomando a los ojos. Observa admirada esas naves que parecen tripuladas por espíritus desolados y no por hombres, e intuye en ellas un caudal de emociones. Nismacil está de pie a su lado, horadando el espacio con la mirada. De pronto, echa a correr hacia los soldados.

    - ¡Son troyanos! – grita – Ayudadlos a salir.

    Su petición es rechazada por el jefe de los soldados. Sus órdenes son estrictas: ninguna nave puede arribar a la playa sin el conocimiento y consentimiento de la reina. Han llegado doce, un número muy elevado y nadie puede asegurar, pese a las apariencias, que no abriguen intenciones hostiles. Permitirán el desembarco de un par de hombres, ni uno más. Los restantes, si quieren permanecer al amparo de las aguas tranquilas, deben echar el ancla y esperar una autorización.

    Sin poder contenerse, Nismacil se mete dando saltos dentro del agua y se funde en un abrazo con el primer hombre que ha desembarcado.
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    El templo de la diosa Juno estaba desierto cuando, envueltos en un espeso manto de bruma, el príncipe troyano Eneas y su amigo del alma, el fiel Acates, cruzaron el umbral. Ignoraban a qué divinidad habría sido dedicado, pues la hornacina del altar estaba vacía. Era un lugar amplio y espacioso, precedido de una suntuosa escalinata y construido con sillares de piedra caliza. Cerca de la techumbre de madera, algunos ventanales arrojaban luz al interior. Apenas sus ojos se adaptaron al contraste entre el brillo solar de las calles y la penumbra fresca de la nave, se vieron atraídos por un color vibrante en la pared derecha.

    Con los corazones en difícil equilibrio entre la emoción y la sorpresa, el dolor y la dicha, vieron la amarga historia de Troya relatada en escenas. Junto a la puerta, la nave del príncipe Paris se alejaba de Esparta llevándose consigo a la reina Helena. Luego, las panzudas naves griegas llenaban el horizonte marino como aves rapaces y se posaban amenazantes sobre la arena de las playas troyanas.

    En el muro de la derecha comenzaban ya los combates entre griegos y troyanos al pie de las murallas. Se esforzaban los guerreros en luchar con todo su ímpetu, no sólo para defender su patria sino también para ganar fama y gloria. Muchos pagaban con la vida su arrojo. En las pinturas aparecían rostros conocidos: aquí estaba Héctor, el corazón más valeroso de la nación troyana, llegando con sus carros hasta el campamento de los griegos. Sobre la puerta de la muralla, Príamo, el anciano rey de Troya, observaba a sus hijos combatir. Allí estaba Patroclo, vestido con la armadura de Aquiles, dirigiendo al ejército griego. Más adelante las amazonas formaban en orden de combate, empuñando su escudo lunar: Pentesilea, su reina, iba en cabeza; a su lado tensaba el arco Iskias y, unos pasos atrás, Nismacil volvía su rostro hacia otras compañeras instándolas al combate.



    Las lágrimas asomaron a los ojos de Eneas y Acates. Ellos mismos estaban representados en plena lucha, los escudos y las espadas en alto, la mirada fiera y los pechos rebosantes de furia y vigor. ¿Qué lugar era éste? ¿Quién los enfrentaba a su propia imagen, haciendo honor a su valentía y ensalzándolos a pesar de su derrota?

    De pronto, su emoción fue turbada al entrar en el templo un numeroso grupo de personas. Se ciñeron a la pared, aun sabiendo que estaban protegidos y ocultos de la vista de todos. Sobre un trono situado en el centro y elevado sobre un podio, vieron sentarse a una mujer. Era joven y de rasgos finos, con el cabello rubio cayéndole en cascada sobre los hombros y una sonrisa acogedora. Era fácil identificarla, no ya por ocupar el sitial, sino porque tal aire de autoridad y benevolencia sólo podía pertenecer a la reina Dido.

    El príncipe troyano, recordando la recomendación de su madre, la diosa Venus, estaba a punto de acercarse a la reina y darse a conocer, cuando vio entre la multitud un rostro conocido: era Cloanto, timonel de una de las naves que había dispersado el temporal y él daba por perdidas. Entonces, aconsejado por su instinto, decidio permanecer oculto y observar la reacción de la reina.



    * Detalle de escultura de una niña. Museos Capitolinos. Roma.
    **Arboleda junto al Tíber. Roma
    ***Detalle de conjunto escultórico de un hombre y una mujer. Museos Capitolinos. Roma.
    ****Detalle de pintura mural con escena de lucha. Museo Massimo alle Terme. Roma.
    *****Detalle de las columnas del pórtico del Panteón de Agripa. Roma.
    ******Detalle de estanque que reproduce en el centro el escudo de las amazonas. Ruinas del palacio de Domiciano en el Palatino. Roma.
    *******Detalle de un mosaico de pared. Museo Massimo alle Terme. Roma.