- Si la reina hubiera llevado un buen collar, el dichoso Cupido no habría tenido excusa para acercarse a ella en el banquete y clavarle la flecha – dice de pronto mi nuera, irguiéndose ufana como si acabara de descubrir que el sol sale por el este. En los últimos tiempos se habrá vuelto más amable, pero sigue siendo igual de tonta.
- ¿Y qué me decís de los demás comensales? – interviene Jacinta – Cupido no se acercó a ellos y sin embargo…
Miro a mi alrededor, y no acabo de creerme lo que oigo. El cordelero Kostas está sentado a la sombra mirándose las manos, como siempre, y la tejedora Amneris contempla embobada a Karo, cuya viveza la estimula, según dice. Parepidemos Samosatense calla como un zorro.
- ¡Si seré boba! – los interrumpo con brusquedad – Pensaba que estabais en el suelo conmigo y resulta que estáis en la higuera.
Todos me miran extrañados, como si no fueran capaces de entender lo que les digo o les hablara en otro idioma. Incluso Amneris, la más sensata por su edad, enarca las cejas.
- ¿Os habéis creído a pies juntillas lo que ha contado Trailo? ¿Qué apareció el mismísimo Cupido y bla, bla, bla? Pues si es así, ¡ya podéis ir desalojando el patio!
- No sé por qué te ofendes, señora Imilce – dice mi ayudante – Es sólo una licencia poética. Tú, que eres tan hábil en la escritura, deberías ser la primera en comprenderlo. ¿Y no resulta mucho más interesante Cupido que Ascanio? ¡Siempre te has quejado de lo soso que era el niño …!
Me quedo sin palabras por este golpe bajo. No sé hacia dónde mirar, avergonzada a la vista de todos. Me sube el ardor a la cara y con gusto desaparecería. Sin proponérselo, mi ayudante ha desvelado la bajeza de mis sentimientos: me escuece Trailo, me molesta su capacidad para atraer la atención, la seducción de sus imágenes.
- En cualquier caso, para el resto del banquete utilizaré la crónica de Xilón. Prefiero hablar de cosas y personas reales – digo subrayando la última palabra, en un intento de salvar mi reputación.
- Quizá Cupido no exista, señora Imilce – dice inesperadamente Kostas – pero sus flechas duelen.
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Con hermosas palabras agradeció la reina Dido al troyano Eneas los regalos que tan generosamente le había ofrecido. Se mostró especialmente complacida con el hilo de perlas que había pertenecido a la princesa Ilíone y el propio Ascanio había anudado a su cuello. El niño, con un pequeño tirón, comprobó que estaba bien sujeto y aseguró a la reina que las perlas daban brillo a su rostro. Quedó ella tan encantada con ese cumplido que hizo hueco al jovencito para compartir con él su triclinio mientras empezaban a servir las mesas.
Los criados llenaron los cálices con vino de dátiles. Las muchachas desfilaron por el centro llevando en las manos grandes bandejas con pescados en salmuera, cuencos rebosantes de lentejas con castañas, coles con piñones y pasas y otras exquisiteces. A los troyanos les sorprendió el refinamiento de nuestra cocina y fue muy alabada la "puls púnica", quizá porque no habían tenido muchas ocasiones en los últimos años de probar el queso fresco.
El timonel troyano Palinuro resultó ser un pensador muy lúcido, según pude advertir por su coloquio con el filósofo Filón quien, interesado por la conducta de los animales, quería conocer lo ocurrido al sacerdote de Neptuno inmediatamente antes de la caída de Troya. Cárminis, que estaba con ellos, lo había pintado en la pared del templo de Juno horriblemente retorcido: una gran serpiente rodeaba su cuerpo y lo asfixiaba, mientras con sus repugnantes anillos apresaba a los hijos del sacerdote que habían acudido a socorrer a su padre. Filón – que se había negado a tumbarse en el triclinio y permanecía a ratos en pie y a ratos sentado en el suelo – quería saber cómo se había interpretado ese insólito hecho. Palinuro le ofreció una versión muy personal.
Aún se animó más el salón con los pescados y el vino de peras. El escultor Demetrius Péder había oído decir que Dincer poseía el arte de la danza en grado sumo, y pidió ayuda al troyano Ícarus para convencerla de bailar esa noche, algo a lo que éste se prestó ruidosamente y contó con la aprobación de los triclinios vecinos: Acus, que había presenciado su célebre danza en el banquete del rey Yarbas, aseguró no haber visto nunca un espectáculo tan hermoso y se sumó a la petición. Lo mismo hizo Teano, para quien la música y la danza eran hijas de las matemáticas.
No pude escuchar la conversación de los dos triclinios del fondo, donde las amazonas Iskias, en uno de ellos y, enfrente, Nismacil, acaparaban toda la atención. Según pude informarme más tarde por Anarkasis, Igres se pasó la noche comiéndose con los ojos a Nismacil mientras rechazaba, incomprensiblemente, el atún asado con una salsa exquisita. El actor no comprendía una actitud tan absurda porque, a su juicio, no existe incompatibilidad alguna entre el amor a la carne y el amor al pescado. Palemón continuamente ofrecía bocados exquisitos a Iskias quien, abrumada por tantas atenciones, no dejaba de hacer señas desesperadas a su compañero de infortunio Cloanto para que le diera conversación al comerciante y éste la dejara en paz.
- Quiera el padre Júpiter ser testigo de este encuentro. A él lo invoco. Y a su esposa, la diosa Juno, a cuya protección encomendamos esta ciudad. Sé bienvenido, príncipe Eneas, y todos vosotros, troyanos. Hoy, ante los dioses y los hombres, os digo que ésta será vuestra casa, si así lo decidís. Nuestros nietos y los nietos de nuestros nietos han de recordar el pacto de amistad que hoy os brindamos y nuestro deseo de que perdure a lo largo de los siglos.
Y diciendo esto, vertió vino sobre la mesa como ofrenda a los dioses, bebió de la copa y la entregó a Eneas. Éste bebió a su vez, y así fue pasando de uno a otro por todos los comensales, incluído el joven Ascanio, quien llevó de nuevo la copa a la reina y ella volvió a beber. Entonces Dido, con extraño fulgor en los ojos, le pidió al príncipe Eneas que narrase el fin de Troya y su huída de la ciudad incendiada.
**Detalle de busto de mujer. Museos Capitolinos. Roma.
***Detalle de cabeza masculina. Exposición “Los colores del blanco”. Museos Capitolinos. Roma.
****Detalle de una pareja. Sarcófago etrusco. Museos Capitolinos. Roma.
*****Detalle de la escultura de Laocoonte. Museos Vaticanos. Roma.
******Detalle de la pintura mural “La escuela de Atenas” de Rafael. Museos Vaticanos. Roma.
*******Detalle de relieve con danzarina. Museos Capitolinos. Roma.
********Detalle de relieve de figura femenina en el pedestal de una escultura. Museos Capitolinos. Roma.
NOTA: Detalle de cómo estaban distribuidos los personajes en el banquete ofrecido por la reina Dido a los troyanos. Debemos imaginar que estamos de frente a la reina Dido, que preside el salón del banquete situada en el centro de la pared del fondo. Los triclinios se numeran desde donde está la reina hacia donde estamos nosotros:
REINA DIDO
Primer triclinio de la izquierda:
ANNA
PRÍNCIPE ENEAS
VESTAL CRISEA
Primer triclinio de la derecha (frente al anterior):
PRÍNCIPE DEL SENADO
NIÑO ASCANIO
NOBLE DIANA
Segundo triclinio de la izquierda:
MATEMÁTICA TEANO
TROYANO ACATES
NOBLE ACUS
Segundo triclinio de la derecha (frente al anterior):
NOBLE AEMILIUS
VIAJERA TROYANA CIRENE
CRONISTA XILÓN
Tercer triclinio de la izquierda:
BAILARINA DINCER
TROYANO ÍCARUS
ESCULTOR DEMETRIUS PÉDER
Tercer triclinio de la derecha (frente al anterior):
FILÓSOFO FILÓN
TROYANO PALINURO
PINTORA CÁRMINIS
Cuarto triclinio de la izquierda:
CARTÓGRAFO IGRES
AMAZONA ISKIAS
COMERCIANTE PALEMÓN
Cuarto triclinio de la derecha (frente al anterior):
AMAZONA NISMACIL
TROYANO CLOANTO
ACTOR ANAKARSIS
NOTA: Aquí puede verse el menú que SOFONISBA, JEFA DE COCINA ha elaborado para el banquete que está ofreciendo la reina Dido al troyano Eneas.
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