- Creo, señora Imilce, que te va a dar un síncope. Estás muy congestionada.
- No seas agorera, Jacinta. Y hazme aire con el pámpano – le contesto. Menos mal que he tenido la idea de cortar varias hojas de la higuera antes de salir. A mi nuera no le ha hecho gracia pero, al fin y al cabo, la higuera es mía.
- ¡Aquí estaaá…! – grita mi ayudante. Agita los brazos para hacerse ver encaramado a una ladera rocosa y bastante empinada, no lejos del grupo de pinos a cuya sombra nos acogemos.
- ¿Qué os había dicho? – exclamo sin disimular mi satisfacción. De pronto, parece que a todo el mundo se le ha pasado el cansancio. Jacinta y mi nuera echan a correr como si se hubiera declarado un incendio; el poeta Trailo se pone de pie y lo mismo hacen Caius Pertinax y Parepidemos. Los tres me miran y, con un gesto, les indico que vayan ellos también. Kostas es el único que se queda sentado como yo. Estamos demasiado viejos para trepar.
- No seas agorera, Jacinta. Y hazme aire con el pámpano – le contesto. Menos mal que he tenido la idea de cortar varias hojas de la higuera antes de salir. A mi nuera no le ha hecho gracia pero, al fin y al cabo, la higuera es mía.
- ¡Aquí estaaá…! – grita mi ayudante. Agita los brazos para hacerse ver encaramado a una ladera rocosa y bastante empinada, no lejos del grupo de pinos a cuya sombra nos acogemos.
- ¿Qué os había dicho? – exclamo sin disimular mi satisfacción. De pronto, parece que a todo el mundo se le ha pasado el cansancio. Jacinta y mi nuera echan a correr como si se hubiera declarado un incendio; el poeta Trailo se pone de pie y lo mismo hacen Caius Pertinax y Parepidemos. Los tres me miran y, con un gesto, les indico que vayan ellos también. Kostas es el único que se queda sentado como yo. Estamos demasiado viejos para trepar.
No esperaba esta salida del cordelero y no atino a responder. Agito con fuerza el pámpano hasta que me salva del apuro la llegada de Karo, muy excitado.
- ¡La cueva es exactamente como la ha descrito el poeta!
- ¡No me digas…! ¿Incluye también el dosel de sonidos de besos? – le respondo. Me arrepiento de mis palabras antes de terminar la frase. Mi ironía es muchas veces hiriente y gratuita. Kostas no se merece escuchar esto, menos todavía después de una confesión que yo hubiera recibido con gusto hace cuarenta años. Es extemporánea y tardía, pero me conforta. El cordelero ha sido muy lento siempre.
- Hablaba en broma, Karo – añado al ver la cara de fastidio de mi ayudante – ¡Si supieras la cantidad de parejas que venían aquí por entonces…! Hacían ofrendas en la entrada de la cueva y solicitaban el beneplácito de Venus para sus amores. ¿No es así, Kostas? Y luego, la mayor parte de las veces, entraban…
- ¿Entraste tú?
- Muchísimas veces, acompañando a Anna – respondo para fastidiar la curiosidad de Karo, siempre con ganas de meterse en mis asuntos. Menos mal que regresan ya los restantes miembros de la partida.
- Tenías toda la razón, señora Imilce – confiesa el poeta Trailo – es imposible llegar a caballo hasta la cueva.
- ¿Entonces…?
- Entonces es un misterio cómo llegaron allí – afirma encogiéndose de hombros. Yo tengo mis propias ideas al respecto, pero me las callo. Sólo faltaría que el troyano se me adelantara y escribiera este episodio antes que yo.
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A pesar de haber llegado tan tarde la invitación de Eneas para salir de caza, la puerta del palacio de Dido está llena de gente al amanecer. Ella ha convocado a sus amigos y cortesanos más importantes, porque una reina no va a ninguna parte, ni siquiera al campo, sin un cortejo acorde con su categoría. Además de los invitados, los monteros y sus perros, varios criados cargan carros con provisiones, así que cuando llegan Eneas y los suyos, no cabe un alma más. También él se ha hecho acompañar de su hijo Ascanio y sus más allegados, los mismos que acudieron al banquete.
La reina no se hace esperar. Sale a pie, magnífica, vestida al estilo griego con una túnica corta anudada en los hombros y ceñida por una cinta debajo de los senos y en la cintura. Calza sandalias cuyas tiras ascienden entrecruzándose hasta casi la rodilla y evidencian el exquisito torneado de sus piernas, la esbeltez y consistencia de su silueta. El cuero de la aljaba le cruza el pecho y aún resalta más la plenitud de sus formas femeninas. Cuando Eneas se le acerca, le sonríe y ladea con gracia la cabeza a modo de saludo. El troyano resplandece también.
Marchan a pie hasta una de las puertas de la muralla y, ya en el exterior, montan a caballo. Es una partida muy numerosa, compuesta por casi un centenar de personas. La mañana es fresca y despejada, ni una sola nube mancha el azul del cielo, pálido aún en lo alto y rosáceo en los lugares donde el horizonte se resiste a despedir la noche. Dejando Cartago a sus espaldas, se adentran en un paraje llano y boscoso, jalonado de elevaciones rocosas. Dido y Eneas cabalgan juntos y Mook, el perro de la reina, no se despega de ellos ni siquiera cuando entran en un prado y ponen las monturas al galope.
De pronto, sin que nadie pudiera esperarlo, estalla un trueno. El cielo se torna gris y avisa de la tormenta con gruesas gotas. Los jinetes detienen las cabalgaduras, sorprendidos. El viento se levanta furioso y, en un instante, amontona las nubes y las hace chocar, abriendo el cielo en una catarata. El grupo se dispersa: cada cual huye en una dirección buscando protegerse del temporal, unos entre los árboles, otros en espacios abiertos. Los caballos de la reina y Eneas galopan juntos, ceñidos al pie de un farallón rocoso. Un relámpago zigzaguea delante de ellos y espanta a los animales. Mook, el perro de la reina, ladra con furia y asciende en diagonal por la ladera empinada. Lo ve Eneas y, sujetando al caballo de Dido, le grita que descabalgue mientras él hace lo mismo. Coge a la reina de la mano, y corre detrás del perro. Mook desaparece un instante y vuelve a aparecer, llamando la atención con sus ladridos.
Cuando le dan alcance, está en la entrada de una cueva, tapada en parte por las hojas y las espigas en flor de un matorral de lavanda. La lluvia intensifica su tonalidad violeta y su aroma se expande por el interior del refugio, pequeño pero confortable y seco. Mook se tumba en el umbral mientras Dido y Eneas se dejan caer al suelo de rodillas, agotados por la carrera y empapados. La reina deja escapar una carcajada. Al príncipe troyano le gotea el cabello sobre la frente y los rizos casi le cubren los párpados, cegándolo. Alarga un dedo y, con cuidado, le aparta los mechones. Se encuentra entonces con los ojos de Eneas.
Y en ellos se queda, atrapada por su mirada hipnótica, en silencio, sintiendo cómo los dedos de él se aproximan lentamente, acarician su hombro y, con tacto de fuego, empujan el tirante y lo desanudan. La tela se le ha pegado a la carne, pero él tira con suavidad hasta dejar al descubierto su seno altivo, blanco e indefenso, anhelante de recibir las heridas del amor.
- ¿Tienes frío? – pregunta en voz baja Eneas, como si no la estuviera viendo arder, como si la respiración de Dido no exhalara fuego ni su piel quemara. No la toca. Mira cada parte de su cuerpo con deseo, planeando en qué punto exacto la incendiará con sus labios, qué trozo de carne será el primero que apresarán sus dientes. Dido cierra los ojos, se quita la aljaba, que aún cuelga de su espalda, y la aparta a un lado. Luego se yergue sobre sus rodillas y se acerca al pecho de Eneas para soltarle las correas que sujetan la suya. Cuando cae al suelo el estuche de las flechas, él cierra sus brazos en torno a ella y hunde la cabeza entre sus senos.
¿Puede gritar la carne? ¿Puede exigir, regalar, deshacerse, ser devorada y salir victoriosa en cada asalto, más plena de vida que cuando se entregó sumisa a las caricias del otro? Ay, qué torbellino de manos y de bocas, de miembros enredados, de alientos que arrojan fuego y absorben, queman, se retuercen de dicha y reclaman ser derribados y construidos de nuevo. De sus propias cenizas renace el ave fénix y del rescoldo del deseo saciado se alzan triunfantes el corazón y el cuerpo enardecidos.
Al caer la tarde, cuando aún las hojas de los árboles lloran gotas de lluvia, Dido y Eneas abandonan la cueva cogidos de la mano. El amor quema. Crea y destruye. Da vida y también la quita.
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A pesar de haber llegado tan tarde la invitación de Eneas para salir de caza, la puerta del palacio de Dido está llena de gente al amanecer. Ella ha convocado a sus amigos y cortesanos más importantes, porque una reina no va a ninguna parte, ni siquiera al campo, sin un cortejo acorde con su categoría. Además de los invitados, los monteros y sus perros, varios criados cargan carros con provisiones, así que cuando llegan Eneas y los suyos, no cabe un alma más. También él se ha hecho acompañar de su hijo Ascanio y sus más allegados, los mismos que acudieron al banquete.
Marchan a pie hasta una de las puertas de la muralla y, ya en el exterior, montan a caballo. Es una partida muy numerosa, compuesta por casi un centenar de personas. La mañana es fresca y despejada, ni una sola nube mancha el azul del cielo, pálido aún en lo alto y rosáceo en los lugares donde el horizonte se resiste a despedir la noche. Dejando Cartago a sus espaldas, se adentran en un paraje llano y boscoso, jalonado de elevaciones rocosas. Dido y Eneas cabalgan juntos y Mook, el perro de la reina, no se despega de ellos ni siquiera cuando entran en un prado y ponen las monturas al galope.
De pronto, sin que nadie pudiera esperarlo, estalla un trueno. El cielo se torna gris y avisa de la tormenta con gruesas gotas. Los jinetes detienen las cabalgaduras, sorprendidos. El viento se levanta furioso y, en un instante, amontona las nubes y las hace chocar, abriendo el cielo en una catarata. El grupo se dispersa: cada cual huye en una dirección buscando protegerse del temporal, unos entre los árboles, otros en espacios abiertos. Los caballos de la reina y Eneas galopan juntos, ceñidos al pie de un farallón rocoso. Un relámpago zigzaguea delante de ellos y espanta a los animales. Mook, el perro de la reina, ladra con furia y asciende en diagonal por la ladera empinada. Lo ve Eneas y, sujetando al caballo de Dido, le grita que descabalgue mientras él hace lo mismo. Coge a la reina de la mano, y corre detrás del perro. Mook desaparece un instante y vuelve a aparecer, llamando la atención con sus ladridos.
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Y en ellos se queda, atrapada por su mirada hipnótica, en silencio, sintiendo cómo los dedos de él se aproximan lentamente, acarician su hombro y, con tacto de fuego, empujan el tirante y lo desanudan. La tela se le ha pegado a la carne, pero él tira con suavidad hasta dejar al descubierto su seno altivo, blanco e indefenso, anhelante de recibir las heridas del amor.
- ¿Tienes frío? – pregunta en voz baja Eneas, como si no la estuviera viendo arder, como si la respiración de Dido no exhalara fuego ni su piel quemara. No la toca. Mira cada parte de su cuerpo con deseo, planeando en qué punto exacto la incendiará con sus labios, qué trozo de carne será el primero que apresarán sus dientes. Dido cierra los ojos, se quita la aljaba, que aún cuelga de su espalda, y la aparta a un lado. Luego se yergue sobre sus rodillas y se acerca al pecho de Eneas para soltarle las correas que sujetan la suya. Cuando cae al suelo el estuche de las flechas, él cierra sus brazos en torno a ella y hunde la cabeza entre sus senos.
Al caer la tarde, cuando aún las hojas de los árboles lloran gotas de lluvia, Dido y Eneas abandonan la cueva cogidos de la mano. El amor quema. Crea y destruye. Da vida y también la quita.
*Detalle de escultura femenina. Museo Massimo alle Terme. Roma.
**Detalle de relieve en un sarcófago. Museo Massimo alle Terme. Roma.
***Jardines Aldobrandini. Roma.
****Detalle de caballos en el claustro del Museo Termas de Diocleciano. Roma.
*****Detalle de escultura femenina. Museo Massimo alle Terme. Roma.
******¿Mook? Fotografía tomada por Antonio Portela (Karo) en Pompeya.
*******Detalle de escultura femenina. Museo Massimo alle Terme. Roma.
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