viernes, julio 20, 2007

19.- La reina Dido y Eneas consuman su amor.


- Creo, señora Imilce, que te va a dar un síncope. Estás muy congestionada.

- No seas agorera, Jacinta. Y hazme aire con el pámpano – le contesto. Menos mal que he tenido la idea de cortar varias hojas de la higuera antes de salir. A mi nuera no le ha hecho gracia pero, al fin y al cabo, la higuera es mía.

- ¡Aquí estaaá…! – grita mi ayudante. Agita los brazos para hacerse ver encaramado a una ladera rocosa y bastante empinada, no lejos del grupo de pinos a cuya sombra nos acogemos.

- ¿Qué os había dicho? – exclamo sin disimular mi satisfacción. De pronto, parece que a todo el mundo se le ha pasado el cansancio. Jacinta y mi nuera echan a correr como si se hubiera declarado un incendio; el poeta Trailo se pone de pie y lo mismo hacen Caius Pertinax y Parepidemos. Los tres me miran y, con un gesto, les indico que vayan ellos también. Kostas es el único que se queda sentado como yo. Estamos demasiado viejos para trepar.

- ¿Sabes una cosa, Imilce? – dice Kostas de pronto, sin levantar la vista de sus manos. Por primera vez desde que somos adultos no antepone a mi nombre el tratamiento de señora – Con gusto te hubiera traído a esta cueva cuando éramos jóvenes.

No esperaba esta salida del cordelero y no atino a responder. Agito con fuerza el pámpano hasta que me salva del apuro la llegada de Karo, muy excitado.

- ¡La cueva es exactamente como la ha descrito el poeta!

- ¡No me digas…! ¿Incluye también el dosel de sonidos de besos? – le respondo. Me arrepiento de mis palabras antes de terminar la frase. Mi ironía es muchas veces hiriente y gratuita. Kostas no se merece escuchar esto, menos todavía después de una confesión que yo hubiera recibido con gusto hace cuarenta años. Es extemporánea y tardía, pero me conforta. El cordelero ha sido muy lento siempre.

- Hablaba en broma, Karo – añado al ver la cara de fastidio de mi ayudante – ¡Si supieras la cantidad de parejas que venían aquí por entonces…! Hacían ofrendas en la entrada de la cueva y solicitaban el beneplácito de Venus para sus amores. ¿No es así, Kostas? Y luego, la mayor parte de las veces, entraban…

- ¿Entraste tú?

- Muchísimas veces, acompañando a Anna – respondo para fastidiar la curiosidad de Karo, siempre con ganas de meterse en mis asuntos. Menos mal que regresan ya los restantes miembros de la partida.

- Tenías toda la razón, señora Imilce – confiesa el poeta Trailo – es imposible llegar a caballo hasta la cueva.

- ¿Entonces…?

- Entonces es un misterio cómo llegaron allí – afirma encogiéndose de hombros. Yo tengo mis propias ideas al respecto, pero me las callo. Sólo faltaría que el troyano se me adelantara y escribiera este episodio antes que yo.


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A pesar de haber llegado tan tarde la invitación de Eneas para salir de caza, la puerta del palacio de Dido está llena de gente al amanecer. Ella ha convocado a sus amigos y cortesanos más importantes, porque una reina no va a ninguna parte, ni siquiera al campo, sin un cortejo acorde con su categoría. Además de los invitados, los monteros y sus perros, varios criados cargan carros con provisiones, así que cuando llegan Eneas y los suyos, no cabe un alma más. También él se ha hecho acompañar de su hijo Ascanio y sus más allegados, los mismos que acudieron al banquete.

La reina no se hace esperar. Sale a pie, magnífica, vestida al estilo griego con una túnica corta anudada en los hombros y ceñida por una cinta debajo de los senos y en la cintura. Calza sandalias cuyas tiras ascienden entrecruzándose hasta casi la rodilla y evidencian el exquisito torneado de sus piernas, la esbeltez y consistencia de su silueta. El cuero de la aljaba le cruza el pecho y aún resalta más la plenitud de sus formas femeninas. Cuando Eneas se le acerca, le sonríe y ladea con gracia la cabeza a modo de saludo. El troyano resplandece también.

Marchan a pie hasta una de las puertas de la muralla y, ya en el exterior, montan a caballo. Es una partida muy numerosa, compuesta por casi un centenar de personas. La mañana es fresca y despejada, ni una sola nube mancha el azul del cielo, pálido aún en lo alto y rosáceo en los lugares donde el horizonte se resiste a despedir la noche. Dejando Cartago a sus espaldas, se adentran en un paraje llano y boscoso, jalonado de elevaciones rocosas. Dido y Eneas cabalgan juntos y Mook, el perro de la reina, no se despega de ellos ni siquiera cuando entran en un prado y ponen las monturas al galope.

De pronto, sin que nadie pudiera esperarlo, estalla un trueno. El cielo se torna gris y avisa de la tormenta con gruesas gotas. Los jinetes detienen las cabalgaduras, sorprendidos. El viento se levanta furioso y, en un instante, amontona las nubes y las hace chocar, abriendo el cielo en una catarata. El grupo se dispersa: cada cual huye en una dirección buscando protegerse del temporal, unos entre los árboles, otros en espacios abiertos. Los caballos de la reina y Eneas galopan juntos, ceñidos al pie de un farallón rocoso. Un relámpago zigzaguea delante de ellos y espanta a los animales. Mook, el perro de la reina, ladra con furia y asciende en diagonal por la ladera empinada. Lo ve Eneas y, sujetando al caballo de Dido, le grita que descabalgue mientras él hace lo mismo. Coge a la reina de la mano, y corre detrás del perro. Mook desaparece un instante y vuelve a aparecer, llamando la atención con sus ladridos.

Cuando le dan alcance, está en la entrada de una cueva, tapada en parte por las hojas y las espigas en flor de un matorral de lavanda. La lluvia intensifica su tonalidad violeta y su aroma se expande por el interior del refugio, pequeño pero confortable y seco. Mook se tumba en el umbral mientras Dido y Eneas se dejan caer al suelo de rodillas, agotados por la carrera y empapados. La reina deja escapar una carcajada. Al príncipe troyano le gotea el cabello sobre la frente y los rizos casi le cubren los párpados, cegándolo. Alarga un dedo y, con cuidado, le aparta los mechones. Se encuentra entonces con los ojos de Eneas.

Y en ellos se queda, atrapada por su mirada hipnótica, en silencio, sintiendo cómo los dedos de él se aproximan lentamente, acarician su hombro y, con tacto de fuego, empujan el tirante y lo desanudan. La tela se le ha pegado a la carne, pero él tira con suavidad hasta dejar al descubierto su seno altivo, blanco e indefenso, anhelante de recibir las heridas del amor.

- ¿Tienes frío? – pregunta en voz baja Eneas, como si no la estuviera viendo arder, como si la respiración de Dido no exhalara fuego ni su piel quemara. No la toca. Mira cada parte de su cuerpo con deseo, planeando en qué punto exacto la incendiará con sus labios, qué trozo de carne será el primero que apresarán sus dientes. Dido cierra los ojos, se quita la aljaba, que aún cuelga de su espalda, y la aparta a un lado. Luego se yergue sobre sus rodillas y se acerca al pecho de Eneas para soltarle las correas que sujetan la suya. Cuando cae al suelo el estuche de las flechas, él cierra sus brazos en torno a ella y hunde la cabeza entre sus senos.

¿Puede gritar la carne? ¿Puede exigir, regalar, deshacerse, ser devorada y salir victoriosa en cada asalto, más plena de vida que cuando se entregó sumisa a las caricias del otro? Ay, qué torbellino de manos y de bocas, de miembros enredados, de alientos que arrojan fuego y absorben, queman, se retuercen de dicha y reclaman ser derribados y construidos de nuevo. De sus propias cenizas renace el ave fénix y del rescoldo del deseo saciado se alzan triunfantes el corazón y el cuerpo enardecidos.

Al caer la tarde, cuando aún las hojas de los árboles lloran gotas de lluvia, Dido y Eneas abandonan la cueva cogidos de la mano. El amor quema. Crea y destruye. Da vida y también la quita.



*Detalle de escultura femenina. Museo Massimo alle Terme. Roma.
**Detalle de relieve en un sarcófago. Museo Massimo alle Terme. Roma.
***Jardines Aldobrandini. Roma.
****Detalle de caballos en el claustro del Museo Termas de Diocleciano. Roma.
*****Detalle de escultura femenina. Museo Massimo alle Terme. Roma.
******¿Mook? Fotografía tomada por Antonio Portela (Karo) en Pompeya.
*******Detalle de escultura femenina. Museo Massimo alle Terme. Roma.

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martes, julio 17, 2007

18.- Venus y Juno trazan planes juntas.

Una y otra vez observa la reina la sombra que proyectan los árboles del patio y luego mira impaciente al cielo. Diría que el sol no se ha movido. Por enésima vez, Dido se levanta y camina unos pasos. Se acomoda en un banco de obra y al momento vuelve a levantarse para ir a la cocina. Pregunta a Sofonisba si ha hecho llegar un cesto de dátiles al campamento de Eneas como le ordenó esta mañana. La cocinera le responde que sí y le ofrece un poco de vino, pero la reina prefiere beber agua. Apura la copa y sale al patio.

- ¡Por fin te encuentro! – dice Anna asomando la cabeza por una ventana – Me apetece dar un paseo por la playa y todo el mundo finge estar muy ocupado. Debe ser el calor. ¿Vienes conmigo?

La reina duda unos instantes. Desde que Eneas se marchó a su campamento a la mañana siguiente del banquete, no tiene noticias suyas. Las horas se le antojan eternas y la espera interminable. Le distraerá acompañar a Anna.

Por una de las puertas de la muralla, saludando a todo el mundo, salen de Cartago y se dirigen hacia la playa y el puerto. Anna parlotea sin cesar, pero no deja de observar a su hermana. Propone sentarse a la sombra de unos pinos y, entre risas, recuerda que en ese mismo lugar, apenas habían desembarcado, recibieron la visita del rey Yarbas. Dido hace una mueca. Anna le coge entonces la mano y pregunta qué le ocurre.

- Estoy muy trastornada – dice la reina – Hace dos días que no duermo y, a ratos, me falta la respiración. ¡Ay, hermana, temo haber contraído la peor de las enfermedades!

- ¿Cómo no lo has dicho antes? ¡Déjame avisar a Barce para que te prepare algo!

- Quédate quieta y escúchame. Mi mal no se cura con tisanas. Sabes cuánto amaba a Siqueo y cuántas veces me he negado a un nuevo matrimonio. Lo he discutido varias veces con Acus y con el noble Aemilius. Incluso el Príncipe del Senado me ha llamado la atención, recordándome que debo tener un hijo. Les he dado largas para no irritarlos, pero me tengo por mujer de un solo marido – la reina hace una breve pausa y, de pronto, sus ojos se llenan de lágrimas – Así lo prometí al espíritu de Siqueo cuando huimos de Tiro sin darle siquiera sepultura.

- Una promesa insensata, Dido. Pero no entiendo a qué vienen esas lágrimas ni tanto disgusto precisamente cuando mejor estamos. Has fundado tu ciudad, Cartago crece y prospera, no depende de otros. Tu grandeza ha impresionado incluso a los troyanos, y eso que su ciudad era más rica que Tiro y mucho más famosa.

- Esa es la fuente de mis males. Me avergüenza decirlo, pero me turba la presencia de Eneas. Y, lo que es peor, sólo deseo verlo otra vez. ¿Cómo podía reír antes de su llegada? ¿Qué esperanzas tenía? ¿Qué motivos para respirar? Mi existencia era un sucederse de días sin objeto ni sentido. Me doy cuenta, ahora, que había dejado de vivir. Y aún he averiguado algo más: con la muerte de Siqueo me hundí en el engaño, porque creía haber matado mis instintos y adormecido para siempre el corazón. ¡Ay, hermana, cuando menos lo esperaba me ha declarado la guerra mi cuerpo entero! Contra mi voluntad tiembla, palpita, se estremece, se manifiesta sediento de caricias, no quiere saber nada de las viejas promesas, desoye mis llamadas a la castidad y se niega a aceptar razones de ninguna clase.

- ¿Esas son todas tus penas? ¡Me habías asustado! – responde Anna con una gran sonrisa – Mírate, Dido. Eres joven y muy hermosa. Has padecido más penalidades de las que sufrirán muchas personas en una vida entera. Mereces disfrutar un poco. Siqueo está muerto y eso nadie lo puede remediar. Le amaste mientras vivió. Has honrado su memoria durante varios años. Es hora de pensar en ti. No te niegues a la dulzura del matrimonio y los placeres de Venus, porque nos han sido otorgados por los dioses.

- Es sencillo decir eso. Sin embargo… – responde Dido.

- ¿No son suficientes esos argumentos? Te daré alguno más: varios reyes pretenden maridarse contigo, entre ellos el libio Yarbas, y no aceptarán que permanezcas viuda. Si te casas, te dejarán en paz. Me gusta Eneas. Y los troyanos son excelentes guerreros, nadie se atreverá a atacarnos. ¡Quién sabe si, uniendo los dos pueblos, no ampliaremos nuestro territorio y seremos poderosos…! Déjate de promesas y aprensiones y alegra esa cara. Ven, vayamos a buscar a la vestal Crisea. Debemos ofrecer un sacrificio a la madre Juno, pues ella sabe anudar y proteger los lazos del matrimonio.

Están ya en el umbral del templo, cuando un mensajero las alcanza: el príncipe Eneas las invita a una cacería a la mañana siguiente. Él y los suyos irán a buscarlas a palacio al amanecer.

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Montada en su carro tirado por palomas, la diosa Venus regresó a su mansión tras asistir a un banquete celebrado en honor suyo en la ciudad de Cnido. Se sentía muy halagada, porque la habían ensalzado mucho y consagrado un templo nuevo. Su sonrisa se trocó en un mohín de disgusto al ver a la excelsa esposa de Júpiter, la poderosa Juno, esperándola en la puerta.

- No creo que te extrañe mi visita – le espetó ésta nada más puso pie en tierra – ya que tengo una queja importante. Hoy mismo he dado un paseo por Cartago y con mis propios ojos he visto el daño que tú y tu hijo Cupido habéis hecho a una protegida mía. No come, ni duerme, ni atiende sus asuntos. Dime una cosa: ¿No has sentido vergüenza al herir a traición y con tanta crueldad un corazón honesto?

- ¿Me reprochas, reina de las diosas, el haber provocado un mal de amores, cuando tú misma has tratado de destruir por todos los medios a mi hijo Eneas? – respondió Venus con amargura - ¿No recuerdas haber desatado la furia de los vientos para hundirlo en el mar? ¿Cuántos obstáculos has puesto para impedir su llegada al Lacio?

- Sin duda las dos hemos cometido errores – replicó Juno – y quizá haya llegado el momento de repararlos. Ya que la reina Dido es joven y poderosa, goza de mucha autoridad y tiene una buena dote para ofrecerle a tu hijo, te propongo que celebremos bodas.

Venus temía las maniobras de Juno. Sospechaba que con ese matrimonio pretendía retener a Eneas e imposibilitarle conseguir en el Lacio el reino prometido por Júpiter como compensación por la pérdida de Troya. Sin embargo, para no desairar a una diosa tan encumbrada, le respondió con prudencia.

- No creo que el rey de los dioses vea con buenos ojos que se mezclen cartagineses y troyanos. Mas tú, siendo su esposa, eres la más indicada para convencerlo ¿Por qué no lo intentas?

- Desde luego, lo haré. Sin embargo, conviene ir adelantando trámites. Mañana Eneas y Dido tienen planeado salir de cacería. Si tú estás de acuerdo, me las arreglaré para que se queden a solas y entregaré la reina a tu hijo en matrimonio.

Venus consintió de inmediato y su corazón se regocijó por su querido Eneas. Merecía descanso y solaz, deleitarse con los placeres que la guerra, la derrota y la huída le habían arrebatado. Ya le llegaría el momento de disfrutar de un reino propio, como Júpiter le había prometido.
Marchóse entonces la diosa Juno a su propia mansión y mandó llamar a las ninfas de Libia. Ellas le hablaron de una cueva apartada, cerca de la selva donde Eneas había previsto ir a cazar. Juno les pidió que la preparasen y embellecieran todo lo posible: quería el suelo tapizado de suave musgo, seco y mullido; diminutas flores olorosas distribuidas por las paredes, de modo que su fragancia alcanzara todos los rincones; la luz entraría en finos chorros a través de cuatro o cinco orificios, midiendo la cantidad exacta: no tanta que les produjera vergüenza, pero la suficiente para incitar a los amantes a desearse y gozar contemplando su mutua hermosura. Por esas mismas aberturas debía llegar al interior el arrullo de algunos pajarillos y en algún lugar al fondo de la cueva, un hilillo de agua caería produciendo un rumor tan tenue que evocara un suspiro. Nada más debía oírse. Una ninfa propuso buscar un sonido similar al de los besos y suspenderlo sobre el tálamo de musgo a modo de dosel, y Juno aprobó la sugerencia.

Cuando la vestal Crisea de Cartago, acompañada de la reina Dido, vertió sobre el ara sagrada de su templo una ofrenda de leche, vino y miel, la madre Juno estaba plenamente satisfecha.

*Detalle de relieve. Villa Doria Pamphili. Roma.
**Detalle de escultura femenina. Museos Capitolinos. Roma.
***Detalle de escultura masculina representando a Hércules. Museo Massimo alle Terme. Roma.
****Hojas de acanto en el Palatino. Roma.
*****Detalle de relieve en terracota perteneciente al friso de un templo. Museos Capitolinos. Roma.
******Detalle de cueva artificial o ninfeo. Villa Doria Pamphili. Roma.
*******Detalle de fresco techal. Iglesia de San Silvestro al Quirinale. Roma.


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domingo, julio 15, 2007

17.- La Reina Dido experimenta los efectos de la flecha de Cupido.

Parepidemos Samosatense ha concluido la lectura y el silencio cae sobre la plazuela del granado. He cerrado los ojos mientras escuchaba algunos pasajes y he creído oír al propio Eneas, las inflexiones de su voz, el tono apesadumbrado que solía emplear cuando hablaba de Troya. El público está sobrecogido y, quizá, confuso. Aceptar y compartir el drama de otros no es fácil cuando media una ofensa. Y los cartagineses no han olvidado el dolor ocasionado por los troyanos.

He reelaborado este pasaje de la crónica de Xilón, aún a riesgo de disgustarlos o suscitar rechazo. Quiero que comprendan a la reina y para ello es preciso que veamos a Eneas como Dido lo vio: un hombre que destacaba entre mil, forjado en la austeridad y el sufrimiento, luchador heroico, legendario y, al mismo tiempo, necesitado de un amor que lo volviese humano. Dido se hizo humana también. Se quitó la coraza de reina, se despojó de los deberes en los que se escudaba y expuso su corazón al amor y a las heridas. Esa es la verdad que yo conozco, la que quiero transmitir.

Suenan unos aplausos débiles y, de repente, la plaza entera me aclama. Todo son felicitaciones y palabras de ánimo para que continúe mi trabajo. Karo se arrima más a mí y estira el cuello para que lo vean. Está radiante, mucho más que el niño Ascanio la famosa noche del banquete de Dido.


- La última frase te la has inventado – me dice casi gritándome, para que lo oiga entre el ruido del gentío.

- Y eso a ti ¿qué te importa? – le contesto – Quién sabe si Xilón pudo advertir el peligro como hizo la troyana Casandra. Hay cierto paralelismo, si te fijas. También nosotros teníamos dentro un caballo de Troya. ¡Y nunca mejor dicho!

Poco a poco se despeja la plaza y se abre paso hacia mí el poeta Trailo.

- Has puesto en boca de Eneas la versión más conmovedora que he escuchado nunca, señora Imilce. Así debió ser el fin de Troya – dice cogiéndome la mano y mirándome de un modo que parece sincero - ¿Me permitirías copiarla para integrarla en mi propio poema?

- Parepidemos ha hecho una lectura maravillosa. El mérito es todo suyo – respondo para no decirle ni sí ni no. La capacidad de este hombre para apropiarse de mi historia no deja de sorprenderme. Trato de soltar mi mano, pero él la sostiene con firmeza y la besa. Es la primera vez que lo hace y no me disgusta este signo de reconocimiento y humildad.

- Mi poema se difundirá ampliamente en el Lacio y eso te beneficiará más que la propia historia que estás escribiendo – insiste – Medítalo cuidadosamente antes de contestarme, te lo ruego.

- ¡Como si no tuviera otra cosa en que pensar…! – digo olvidando mis buenos modales y retirando la mano de un tirón. ¿Qué se habrá creído este troyano?
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- Estoy agotada, Barce querida – dice la reina Dido sentándose sobre su lecho y quitándose la cinta dorada y las agujas de marfil que le sujetan el cabello. Hunde sus dedos entre el pelo, sacude la cabeza para que se deshaga el peinado y una cascada de rizos cae sobre sus hombros. En sus ojos brillantes se reflejan las llamas de las lucernas.

- ¿Pudiste ver al niño Ascanio, Barce? Es un tesoro. Y tan tierno… Varias veces vino a mi triclinio a reclinarse conmigo – añade mientras Barce, a sus pies, le desata las cintas que anudan las sandalias – Me ha conmovido mucho. Me recordaba a Imilce cuando huimos de Tiro y ponía carita de desamparo. Y eso que te tenía a ti.

- No lo he visto, mi reina. Pero me han dicho que es tan guapo como su padre.

- Sí, sí lo es. Y espero que llegue a ser tan elocuente. ¡Cómo lamento que no oyeras al príncipe Eneas contar la destrucción de Troya! Mírame la piel: se me eriza sólo de recordarlo. Hubiera pasado la noche entera oyéndole contar esa historia horrible. Es un hombre tan especial…

- Inclina la cabeza, niña, para que pueda desatarte el hilo de perlas.

- ¡No me lo quites! Era de una prima de Eneas.

-¡Aunque fuera de la mismísima Venus, si te acuestas con él lo más fácil es que se rompa! – dice Barce apartando el cabello de la reina para encontrar el nudo – Está muy apretado el lazo.

- Eneas ha sufrido mucho.

- También nosotras – responde la nodriza – Acuéstate ya, mi reina. Y mañana me lo cuentas todo.

Dido se tumba en el lecho y deja que la nodriza apague las lucernas excepto la que está junto a la puerta. La oscuridad la reconforta. Desde hace horas tiene un hormiguero instalado en su vientre y, de vez en cuando, cientos de hormigas recorren su cuerpo y le producen una agitación hace tiempo olvidada. Sin poder evitarlo, ve entre las sombras al príncipe Eneas. Sus manos anchas, acostumbradas a esgrimir la espada y manejar el remo, deben ser tiernas también. Ha visto con cuánta delicadeza sujetaban la copa de oro que ella le ha pasado en el brindis y con cuánta intensidad la ha mirado antes de beber en el mismo borde donde ella había posado sus labios. Dido se ha fijado en su boca. La frunce un poco cuando se concentra o se detiene a escoger una palabra. Los labios carnosos están poco habituados a reír, pero se estiran encantadores cuando alguien logra arrancarle una sonrisa. Es todo seducción ¿Qué se sentirá al ser amada por un hombre como él? De un salto, Dido se sienta en la cama.

- ¿Te pasa algo, mi reina? – pregunta Barce, incorporándose de la yacija en la que duerme al pie del lecho de la reina – ¿Te apetece beber un poco de agua?

- No es nada, Barce. Duérmete.


Vuelve a tumbarse y da vueltas y más vueltas. Le invade la desazón. Trata de recordar la cara de su difunto esposo Siqueo y fracasa. Aunque piensa en él, su imagen desapareció de su memoria hace mucho tiempo. Se esfuerza por evocar sus abrazos, y descubre que es Eneas quien la abraza, quien busca su boca con labios de fuego. Dido tiembla, siente ardor en el pecho. No quiere seguir viendo a Eneas en la oscuridad. Sin embargo, se imagina que él la mira y le hace un gesto para que se acerque y no puede dejar de responder a su llamada. Implora al dios del sueño que venga a librarla de esta pesadilla, pero el dios no la escucha.

Se incorpora de nuevo y se acerca a la ventana. Barce trata de levantarse también, pero la reina le ordena quedarse quieta. Se apoya en el alféizar y recibe la brisa en pleno rostro. A lo lejos, sobre el mar, los cuernos de la luna aparecen velados por un jirón de nubes. El viento las arrastra de golpe y, en medio de la negrura, la luna queda desnuda con sus puntas afiladas.
Hasta lo más hermoso, reina Dido, tiene capacidad de herir.
*Detalle de escultura femenina sedente. Museo Termas de Diocleciano. Roma.
**Detalle de escultura masculina. Museo Termas de Diocleciano. Roma.
***Detalle de cabeza femenina. Museo Termas de Diocleciano. Roma.
****Detalle de relieve. Museo Altemps. Roma.
*****Escultura femenina. Museo Termas de Diocleciano. Roma.
******Luna sobre el Panteón de Roma.

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miércoles, julio 11, 2007

16.- Eneas concluye el relato del fin de Troya.



Después de beber de su copa y mantener los ojos fijos en ella durante unos instantes, como si buscara en el vino las fuerzas para continuar, el príncipe Eneas levantó de nuevo el rostro.

- Te decía, reina Dido, que me interné en la ciudad flameante para buscar la muerte. Ese era mi propósito: matar a cuantos griegos pudiera y morir, porque ya nada en el mundo justificaba mi vida ni la hacía deseable. ¿Quién soportaría ver a Troya sojuzgada y destruida, masacrados los troyanos, las mujeres violentadas y asesinadas o reducidas a la esclavitud, los sacros altares profanados?

Aún no se han inventado las palabras capaces de describir el espanto y la crueldad. No, no hay palabras. La barbarie es muda, ciego el dolor. El mismo grito espantoso que brotaba de la garganta de un griego ebrio de sangre al cercenar el cuello a un niño, nacía del pecho de la madre desesperada, incapaz de evitar el golpe mortal. De nada le servía proteger a su hijo con su cuerpo, porque la espada los ensartaba a los dos y salía roja al instante a buscar a la siguiente víctima. Manantiales de sangre desbordaban las calles, perseguidores y perseguidos resbalaban en ella, pero los griegos mantenían firmes las espadas y el furor, entraban en las casas y arrastraban al exterior a sus ocupantes. Indiferentes a los alaridos y las súplicas llevaban a cabo su siniestro trabajo con metódica eficiencia: atravesar, cortar, degollar, mutilar sin descanso sembrando el sagrado suelo de Troya de cadáveres palpitantes y miembros cercenados. ¿Qué ser humano, teniendo corazón y entrañas, querría seguir respirando a la vista de todo esto?

Encontré a otros troyanos, nos unimos y juntos nos enfrentamos a un grupo de griegos. Tras fiero combate, algunos escaparon, pero a otros les dimos muerte y pensamos que, colocándonos sus armas, podríamos entremezclarnos entre los enemigos y atacarlos mejor. Pertrechados pues con armamento griego, nos dirigíamos hacia el santuario de la diosa Minerva donde se oía gran estruendo, cuando vimos que de él era sacada a rastras, agarrada por los cabellos, la hija del rey Príamo, Casandra, quien había advertido que era una trampa el caballo de los griegos. Rugió de ira y de dolor su prometido, que estaba a mi lado, y arremetimos con furia contra los captores. Y aquí se vio cómo nos habían abandonado los dioses, pues desde el tejado del templo cayó sobre nosotros una lluvia de flechas: los troyanos apostados allí, engañados por nuestras armas griegas, nos atacaron y causaron entre nosotros una gran mortandad.

Un gran clamor nos llegó entonces desde el palacio de Príamo. Los griegos lo estaban asaltando y los nuestros trataban de defenderlo a toda costa. Allí nos dirigimos, entramos por caminos secretos y, subiendo hasta las altas terrazas, lanzamos contra las escuadras griegas tejas, vigas, piedras, todo cuanto podía frenar su acoso. Un esfuerzo vano. Al frente de ellos iba Neoptólemo, hijo del difunto Aquiles, y sólo su presencia, su pecho henchido de orgullo, su cólera encendida, prendía los ánimos de los suyos y les insuflaba aliento. Así, con arietes derribaron las puertas del palacio y entraron en él como un río desbordado, o un huracán que arranca árboles y rocas y no deja tras de sí rastro de vida.

Había en el palacio un patio al aire libre, donde estaban los altares sagrados de los dioses. Allí la esposa del rey Príamo, rodeada de sus nueras, aguardaba su destino. Desde la terraza vi llegar hasta ellas al anciano rey, vestido con su vieja armadura. Lo llamó con suavidad su esposa y le pidió que se sentara a su lado, haciéndole comprender que era inútil toda resistencia. Hablaban entre ellos cuando, malherido y huyendo de la espada de Neoptólemo que le perseguía, cayó muerto a sus pies uno de sus hijos. El anciano rey, conmocionado, se puso en pie y se encaró a Neoptólemo. No era digno retoño de Aquiles, le dijo, porque él no habría matado a un hijo delante de su padre. Y Neoptólemo, furioso, agarró a Príamo de los cabellos, lo arrastró sin esfuerzo hasta uno de los altares, y lo degolló diciéndole que fuera él mismo a contárselo a su padre en los infiernos. Salpicó la sangre sobre los altares y sobre las mujeres, alzadas en un grito unánime, y arrojó con desprecio el cadáver al suelo. Lo último que debió ver Príamo fue Troya ardiendo por los cuatro costados y los griegos arrasando su reino.

Presenciar el asesinato de Príamo fue un golpe para mí. Hasta ese momento, yo mismo había acallado en mi corazón todo asomo de piedad: ni el llanto, ni los clamores, ni los aullidos de miedo y dolor de quienes estaban siendo asesinados me desviaban de mi objetivo. No buscaba salvar a nadie, sino matar. Matar cuanto pudiera antes de caer muerto. La vista de aquel pobre anciano maltratado, despojado de su dignidad, despreciado por su enemigo y sacrificado como un cordero en un altar, despertó en mi corazón el recuerdo de mi padre. También él estaba indefenso y expuesto a la crueldad. Pensé en mi hijo pequeño y en mi esposa y por un instante cruzaron por mi mente las escenas de horror que había presenciado inconmovible. Entonces comprendí que, con Troya perdida, me debía a ellos.

Por calles que ya habían sido asoladas me dirigí a mi casa. Aún no habían llegado los soldados griegos, pero cuando propuse a mi padre la huida, se negó. Quería morir como los demás troyanos, en su tierra, y me instaba a ponerme a salvo con mi familia y marcharme sin él. Ninguno de mis ruegos fue bastante para cambiar su voluntad. Y ¿cómo iba un hijo a abandonar a su padre? Volví a empuñar mis armas y me dispuse a volver a la lucha. Entonces mi esposa Creúsa se arrojó a mis pies y abrazó mis rodillas. Quería que me llevara conmigo a ella y a nuestro hijo para morir todos juntos. No sabes, reina Dido, cuán terrible es mirar el rostro de un niño y saber que está condenado a muerte. Él tendió su manita confiada hacia mí, como si el fuego, los gritos y el estruendo de los combates no significaran ningún peligro. Y alargó su otra mano hacia su abuelo, trazando con sus brazos un puente entre los dos. Creo que en ese momento comprendió mi padre que Ascanio, pese a su corta edad, representaba el futuro de Troya o la Troya futura. Algo cambió en él. Recogió los objetos de culto, los dioses Penates y una brasa del fuego sagrado de Vesta y aceptó que huyéramos juntos.

No quiero cansarte con más detalles – dijo Eneas tras guardar unos instantes de silencio – Sólo añadiré que cargué a mi padre sobre los hombros y cogí a mi hijo de la mano, mientras Creúsa caminaba detrás. Nuestros criados, por diversos caminos, debían reunirse con nosotros en un templo de Ceres que se alzaba en el campo, sobre una loma. Cuando estábamos alcanzando la salida por una de las puertas de la muralla, hubo un tumulto a nuestras espaldas. Aceleramos el paso y nos deslizamos a través de la oscuridad. Entonces se perdió mi esposa, aunque no me di cuenta hasta llegar al templo. Quizá se equivocó en el camino, o cayó herida. Volví a buscarla al interior de Troya, entré en nuestra casa ya humeante y saqueada, la llamé a gritos, revolví cadáveres, pero todo fue inútil. Rayaba ya el alba cuando llegué de nuevo al templo. Se había congregado mucha gente con la intención de huir y, por suerte, pudimos disponer de naves y emprendimos la fuga.

Siete años han pasado desde que fuera destruida Troya – concluyó diciendo Eneas – El dolor que sentimos por perder aquella ciudad magnífica, a nuestros familiares y a nuestros amigos, no ha disminuido con el tiempo. A veces pienso con amargura que el guerrero que fui, fiero en el combate, ya no necesita armas de bronce, ni el peto labrado con escenas de lucha, ni un casco rematado con plumas para hacerse reconocible en la contienda. Ni siquiera una espada. El combate que libro para llegar a la tierra donde fundaré la nueva Troya, requiere otra clase de armas: una voluntad firme y un corazón de hierro.


Es una responsabilidad inmensa y abrumadora. Con frecuencia tengo la sensación de hallarme ante un abismo. Otras veces soy como un buey uncido al arado: acepto la sujeción al yugo y camino ciegamente hacia delante, obedeciendo a una voz que me guía y ordena a dónde debo ir. Tú puedes comprenderme mejor que nadie, reina Dido, porque has vivido una experiencia semejante.

Dido asintió con la cabeza. Al empezar esta parte del relato, Ascanio se había refugiado en brazos de la reina. Ella lo estrechaba contra su pecho, tratando de compensar con afecto un sufrimiento demasiado intenso para tan tierna edad. Tenía los ojos empañados. Empezó a sonar una música suave que, poco a poco, fue aumentando en intensidad y viveza. Teníamos todos el corazón encogido, y era importante recobrar la alegría antes de retirarnos a dormir. Se sirvió más vino y se hicieron nuevos brindis. Troyanos y cartagineses se juraron amistad eterna.

Nadie, aquella noche, intuyó la cercanía de una nueva tragedia.



*Detalle de relieve en un sarcófago. Museos Capitolinos. Roma.
** y ***Detalles de un relieve encastrado en la pared. Palacio Mattei. Roma.
****Detalle de relieve de la columna de Marco Aurelio. Plaza Colonna. Roma.
*****Detalle de un relieve encastrado en la pared. Palacio Mattei. Roma.
******Detalle de pintura mural representando la destrucción de Troya. Estancias de Rafael. Museos Vaticanos. Roma.
*******Detalle de relieve de la columna de Marco Aurelio. Plaza Colonna. Roma.
********Detalle de relieve de la tapa de un sarcófago. Museo Termas de Diocleciano. Roma.

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domingo, julio 08, 2007

15.- Eneas relata a la reina Dido la destrucción de Troya



- Hay, frente a las playas de Troya, una isla que se llama Ténedos – empezó a explicar el príncipe Eneas – Muchas veces, de niño, había jugado allí. Acudíamos con frecuencia en verano a pescar y a buscar caza, que solía ser abundante, porque estaba deshabitada. Una isla cuyos contornos emergían del agua al amanecer y desaparecían al caer la oscuridad de la noche. Detrás de esa isla, fuera del alcance de nuestra mirada, se escondieron las naves griegas tras hacernos creer que se habían marchado.

Estaban cansados, igual que nosotros, después de diez años de sitiar Troya. Era demasiado tiempo para estar fuera de sus ciudades y alejados de sus familias, sin ver crecer a sus hijos ni morir a sus padres, descuidando sus propios asuntos. Y en todo ese tiempo, a pesar de Aquiles, de los dos Ayax, de Agamenón, su jefe supremo, de Neoptolemo y de tantos guerreros famosos, no habían conseguido doblegar nuestra ciudad. ¿Fue extraño, pues, que cuando una mañana los vigías de la muralla gritaron que los griegos habían levantado su campamento y desaparecido con sus embarcaciones, lo creyéramos así?

Corrimos a las murallas, confusos. Nos habíamos acostumbrado tanto a ver las panzas de sus naves sobre la arena de nuestra playa, sus tiendas de cuero y una extensa empalizada para proteger su campamento que, de pronto, la desaparición de todo esto nos dejó un paisaje desconocido. Entre Troya y el mar ya no se interponía un ejército. Las ondas llegaban a la orilla y su rumor, libre de obstáculos, se extendía por la llanura como una música y llegaba hasta las mismas puertas de la ciudad. Sólo una cosa habían dejado atrás los griegos: un gigantesco caballo de madera que no habíamos visto nunca. Estaba de cara a la ciudad, a los pies de la muralla.

Un griego llamado Sinón, primo de Ulises, fue descubierto por nuestros soldados cuando salieron a explorar el terreno. Conducido ante el rey Príamo, declaró que el caballo era una ofrenda a la diosa Minerva, cuya estatua los griegos habían profanado. Y al preguntarle el rey porqué era tan grande, aseguró que para impedir que pudieran entrarlo en la ciudad. Según había profetizado uno de sus sacerdotes, si los troyanos conseguían meterlo dentro de su ciudadela, Troya dominaría toda el Asia y podría, incluso, atacar luego Micenas y otras ciudades griegas y destruirlas en venganza por esta guerra. Extrañado el rey de que Sinón se hubiera quedado en la playa en lugar de marcharse con los suyos, éste aseguró temer que su primo Ulises le quitara la vida ofreciéndolo como víctima propiciatoria para obtener del dios Eolo vientos favorables. Por ello, había preferido quedar a merced de los troyanos antes que en manos de su propio pariente.

Cuando recuerdo todo esto, reina Dido, siento desfallecer mi ánimo. Me arden en el corazón las palabras que pronunció Laocoonte, el sacerdote de Neptuno, cuando vio aquel caballo y le dijeron que era una ofrenda a la diosa Minerva: “Yo temo al griego aunque presente dones”, respondió, arrojando su lanza contra él. También Casandra, mi prima, advirtió a su padre el rey Príamo y a todos cuantos hallaba por las calles que se trataba de una trampa, que el vientre del caballo estaba repleto de soldados griegos. Nadie la creyó. Troya estaba exultante de gozo, enloquecida, y ni yo mismo, con toda clase de ruegos y razones, apelando a la cautela necesaria a un buen gobernante, pude persuadir al rey Príamo: ordenó desmontar los portones, piedras y almenas de la muralla para que pudiera ser arrastrado al interior de la ciudad aquel caballo, esa máquina de muerte que traía en sus entrañas nuestra ruina.

Laocoonte se había dirigido al templo de Neptuno a ofrecerle un sacrificio, cuando una gran serpiente de doble cabeza salió del mar, echando espuma por sus fauces. Arrastró su piel asquerosa por la arena y se dirigió hacia el santuario de Neptuno mientras los troyanos huían espantados. Allí, tomándolos por sorpresa, con sus letales anillos apresó a los dos hijos de Laocoonte y al propio sacerdote. Se oyó el crujir de los huesos de aquellos infelices, sus aullidos de pánico y dolor, la desesperación de Laocoonte al comprender que no podría librar a sus hijos de una muerte tan terrible mientras él mismo se debatía para deshacerse del abrazo del monstruo, la boca abierta como una oscura cueva, los ojos desorbitados de horror. Los troyanos creyeron que era un castigo por haber arrojado su lanza contra el caballo de los griegos, y redoblaron los esfuerzos para meterlo cuanto antes en Troya.

Ya veis con cuánta facilidad confundimos los signos enviados por los dioses, cuán crédulos somos cuando después de un esfuerzo agotador, creemos haber llegado al final del camino y nos descuidamos. Príamo mandó colocar las piedras retiradas de la muralla y reponer en su sitio los portones, cerrando de nuevo la ciudad, pero el mal, la plaga horrible, ya estaba dentro.

Después de un día agotador, tanto por el esfuerzo de haber arrastrado hasta lo alto de la ciudadela aquel coloso equino, como por la felicidad de haber salido de la ciudad y recorrido la llanura y los campos libres de preocupación, cuando cayó la noche los troyanos se retiraron a sus casas. Por primera vez en diez años dormirían tranquilos, sin sobresaltos ni temores, sin necesidad de vestirse la coraza al amanecer y despedirse otra vez de sus esposas para afrontar la muerte. No sabían que a esa misma hora los griegos aprestaban de nuevo sus naves, abandonaban su escondrijo de Ténedos y hendían sigilosamente los remos en el agua negra, dispuestos a navegar por un río de sangre.

Porque, entre tanto, el mendaz Sinón se había deslizado hasta el lugar donde estaba el caballo de madera y, sin hacer ruido, abría la trampilla instalada en el vientre y por ella, ayudados de cuerdas, se deslizaban hasta el suelo los guerreros griegos. Sin perder tiempo, degollaron a los vigilantes de la muralla, abrieron los portones, e hicieron señales con una antorcha encendida para que, desde la playa donde aguardaban en las naves, supieran sus compatriotas que la ciudad estaba franca y lista para ser destruida. Y así, al amparo de la oscuridad, el ejército griego invadió la playa como una gigantesca ola, penetró en la ciudad dormida y dio comienzo la destrucción de Troya.

Tú, reina Dido, diste muestra de mucha sabiduría y fortaleza al huir de Tiro para evitar confrontarte en una guerra con tu hermano. También nosotros, de haber sido posible, habríamos evitado el conflicto con los griegos. No fue factible, porque ellos querían nuestra riqueza y, sobre todo, ambicionaban arrebatarnos el control del estrecho de los Dardanelos, por donde se producía el comercio con oriente. El peaje que pagaban los barcos al pasar por nuestras posiciones era una fuente inagotable de dinero. La fuga de Helena con el troyano Paris, hijo del rey Príamo, les dio un buen pretexto para venir a atacarnos.

La casa de mi padre, el príncipe Anquises, estaba un poco apartada, así que cuando llegó hasta allí el ruido de las armas y el espantoso griterío, la tragedia había estallado ya. Me desperté sobresaltado, y al instante me pareció ver ante mí a Héctor, el más valiente de los guerreros troyanos, quien había sucumbido bajo las armas del temible Aquiles tiempo atrás, dejándonos a nosotros y a su padre, el rey Príamo, huérfanos del mejor comandante y estratega. Aún no sé si su aparición fue un sueño, o efecto de la inhalación del humo que ya entraba por las ventanas y las puertas, o si mi propia mente lo convocó en busca de auxilio y lo representó ante mí. Sólo recuerdo que él me transmitía, sin palabras, una sola idea: debía marcharme porque ya nada quedaba de Troya, nada se podía salvar. La única posibilidad de pervivencia de esta ciudad amada era tomar sus símbolos sagrados y, llevándolos conmigo, ponerlos a salvo en otro lugar, donde de nuevo floreciera. Me señalaba a nuestros dioses penates, a la diosa Vesta y su fuego sagrado.

Yo, sin embargo, salté del lecho y, sin escuchar ni un instante su mensaje, busqué mis armas y salí a la calle. Roja estaba la noche, rojo el cielo, roja la mar a lo lejos, como incendiada ella también. Las llamas habían prendido en los campos y los bosques de los alrededores. La muralla se desmoronaba en algunas partes, devorada por el fuego. Altos edificios, brillantes como ascuas, se derrumbaban arrastrando tras de sí una estela de chispas que ascendía de nuevo hacia lo alto y prendía, si no ardían ya, las construcciones vecinas. ¿Y el espanto de los gritos? ¿Y el fragor de un combate desigual, crecidos los griegos, desorientados y luchando con ardor, pero sin esperanza, los troyanos? Ansioso por morir combatiendo, me adentré en la ciudad en busca de compañeros para acudir en defensa de la ciudadela.

Y he de decirte, reina Dido, que nunca me he arrepentido de esa decisión, porque es la que corresponde a un hombre. Pero hubiera dado mi vida por no haber visto los horrores que presencié.

- Toma unos sorbos de vino, noble Eneas, y descansa un poco – dijo la reina, a cuyo rostro asomaban signos de hallarse muy conmovida. En el salón el silencio era absoluto, sobrecogidos como estábamos al escuchar el relato. Y los cartagineses celebramos, en lo más profundo de nuestro espíritu, el habernos librado de un dolor semejante por el corazón generoso de Dido.

*Detalle de pintura mural representando Castel Sant’Angelo en el siglo XVI. Iglesia de San Gregorio al Celio. Capilla interior. Roma.
**Detalle de relieve de un combate en un sarcófago. Museo Massimo alle Terme. Roma.
***Figura de la diosa Minerva. Tabularium. Museos Capitolinos. Roma.
****Detalle de la escultura Laocoonte. Museos Vaticanos. Roma.
*****Detalle de relieve de un combate en un sarcófago. Museos Capitolinos. Roma.
******Detalle de pintura mural representando Castel Sant’Angelo. Claustro. Iglesia de San Gregorio al Celio. Roma.
*******Detalle de la escultura del emperador Marco Aurelio. Museos Capitolinos. Roma.
********Detalle de un relieve, representando una serpiente. Museos Capitolinos. Roma.
*********Detalle de decoración techal. Museos Vatiacanos. Roma.
NOTA: La frase entrecomillada de Laocoonte está tomada literalmente de La Eneida, libro II, 65, en traducción de Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit.Tomado de la edición bilingue de Virgilio, Obras completas de editorial Cátedra.

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jueves, julio 05, 2007

14.- Sigue el banquete en honor de los troyanos





Nos hemos reunido en el patio, a la sombra fresca de la higuera, para hablar del banquete ofrecido a los troyanos. Quiero saber qué impresión han sacado mis amigos, charlar un poco sobre la continuación. Como homenaje a Sofonisba, de quien es sobrina-nieta, mi nuera ha confeccionado unos pastelillos de hojaldre con nueces y pasas siguiendo su receta y los saca en uno de los platos que me regaló Jacinta.

- Si la reina hubiera llevado un buen collar, el dichoso Cupido no habría tenido excusa para acercarse a ella en el banquete y clavarle la flecha – dice de pronto mi nuera, irguiéndose ufana como si acabara de descubrir que el sol sale por el este. En los últimos tiempos se habrá vuelto más amable, pero sigue siendo igual de tonta.

- Un dios puede hacer lo que quiera. Habría disparado su arco contra ella en cualquier momento, nadie lo hubiera podido impedir – responde Karo. Otro que tal.

- ¿Y qué me decís de los demás comensales? – interviene Jacinta – Cupido no se acercó a ellos y sin embargo…

Miro a mi alrededor, y no acabo de creerme lo que oigo. El cordelero Kostas está sentado a la sombra mirándose las manos, como siempre, y la tejedora Amneris contempla embobada a Karo, cuya viveza la estimula, según dice. Parepidemos Samosatense calla como un zorro.

- ¡Si seré boba! – los interrumpo con brusquedad – Pensaba que estabais en el suelo conmigo y resulta que estáis en la higuera.

Todos me miran extrañados, como si no fueran capaces de entender lo que les digo o les hablara en otro idioma. Incluso Amneris, la más sensata por su edad, enarca las cejas.

- ¿Os habéis creído a pies juntillas lo que ha contado Trailo? ¿Qué apareció el mismísimo Cupido y bla, bla, bla? Pues si es así, ¡ya podéis ir desalojando el patio!

- No sé por qué te ofendes, señora Imilce – dice mi ayudante – Es sólo una licencia poética. Tú, que eres tan hábil en la escritura, deberías ser la primera en comprenderlo. ¿Y no resulta mucho más interesante Cupido que Ascanio? ¡Siempre te has quejado de lo soso que era el niño …!

Me quedo sin palabras por este golpe bajo. No sé hacia dónde mirar, avergonzada a la vista de todos. Me sube el ardor a la cara y con gusto desaparecería. Sin proponérselo, mi ayudante ha desvelado la bajeza de mis sentimientos: me escuece Trailo, me molesta su capacidad para atraer la atención, la seducción de sus imágenes.

- En cualquier caso, para el resto del banquete utilizaré la crónica de Xilón. Prefiero hablar de cosas y personas reales – digo subrayando la última palabra, en un intento de salvar mi reputación.

- Quizá Cupido no exista, señora Imilce – dice inesperadamente Kostas – pero sus flechas duelen.

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Con hermosas palabras agradeció la reina Dido al troyano Eneas los regalos que tan generosamente le había ofrecido. Se mostró especialmente complacida con el hilo de perlas que había pertenecido a la princesa Ilíone y el propio Ascanio había anudado a su cuello. El niño, con un pequeño tirón, comprobó que estaba bien sujeto y aseguró a la reina que las perlas daban brillo a su rostro. Quedó ella tan encantada con ese cumplido que hizo hueco al jovencito para compartir con él su triclinio mientras empezaban a servir las mesas.

Los criados llenaron los cálices con vino de dátiles. Las muchachas desfilaron por el centro llevando en las manos grandes bandejas con pescados en salmuera, cuencos rebosantes de lentejas con castañas, coles con piñones y pasas y otras exquisiteces. A los troyanos les sorprendió el refinamiento de nuestra cocina y fue muy alabada la
"puls púnica", quizá porque no habían tenido muchas ocasiones en los últimos años de probar el queso fresco.

La reina agasajaba al príncipe Eneas y a su hijo Ascanio, quien no cesaba de sonreír y preguntarle a Dido por los detalles de su huída de Tiro, su búsqueda de una nueva tierra y la fundación de Cartago, a todo lo cual respondía ella con placer. En ese clima distendido, pronto se produjeron animadas conversaciones en los demás triclinios, y cuando se sirvió el vino de membrillos y empezaron a llegar las bandejas de cabrito asado, se hubiera dicho que troyanos y cartagineses se habían criado juntos. La viajera Cirene, con quien tuve el placer de compartir triclinio, se interesó vivamente por algunas recetas, en particular la de la salsa del pollo, y ello dio lugar a un extenso discurso del noble Aemilius, cuyos conocimientos culinarios este humilde cronista desconocía por completo.

El timonel troyano Palinuro resultó ser un pensador muy lúcido, según pude advertir por su coloquio con el filósofo Filón quien, interesado por la conducta de los animales, quería conocer lo ocurrido al sacerdote de Neptuno inmediatamente antes de la caída de Troya. Cárminis, que estaba con ellos, lo había pintado en la pared del templo de Juno horriblemente retorcido: una gran serpiente rodeaba su cuerpo y lo asfixiaba, mientras con sus repugnantes anillos apresaba a los hijos del sacerdote que habían acudido a socorrer a su padre. Filón – que se había negado a tumbarse en el triclinio y permanecía a ratos en pie y a ratos sentado en el suelo – quería saber cómo se había interpretado ese insólito hecho. Palinuro le ofreció una versión muy personal.


Aún se animó más el salón con los pescados y el vino de peras. El escultor Demetrius Péder había oído decir que Dincer poseía el arte de la danza en grado sumo, y pidió ayuda al troyano Ícarus para convencerla de bailar esa noche, algo a lo que éste se prestó ruidosamente y contó con la aprobación de los triclinios vecinos: Acus, que había presenciado su célebre danza en el banquete del rey Yarbas, aseguró no haber visto nunca un espectáculo tan hermoso y se sumó a la petición. Lo mismo hizo Teano, para quien la música y la danza eran hijas de las matemáticas.

No pude escuchar la conversación de los dos triclinios del fondo, donde las amazonas Iskias, en uno de ellos y, enfrente, Nismacil, acaparaban toda la atención. Según pude informarme más tarde por Anarkasis, Igres se pasó la noche comiéndose con los ojos a Nismacil mientras rechazaba, incomprensiblemente, el atún asado con una salsa exquisita. El actor no comprendía una actitud tan absurda porque, a su juicio, no existe incompatibilidad alguna entre el amor a la carne y el amor al pescado. Palemón continuamente ofrecía bocados exquisitos a Iskias quien, abrumada por tantas atenciones, no dejaba de hacer señas desesperadas a su compañero de infortunio Cloanto para que le diera conversación al comerciante y éste la dejara en paz.

Con los postres se sirvió vino de piñones para regar los hojaldres, el pastel de higos con almendras y el célebre pudín cartaginés, además de abundantes frutas frescas. Éstas iban cortadas en trozos y formaban montañas de colores sobre las bandejas decoradas con hojas de acanto. Anna aplaudió su aparición, palmoteó también Ascanio y con ello se animó la cabecera del banquete. La reina estaba radiante: le brillaban las mejillas y los ojos, la sonrisa no se borró ni un instante de su boca y su belleza parecía intensificarse a medida que transcurría la noche. Sonó la música, se apagaron muchas lucernas y Dincer volvió a hechizarnos con la sensualidad y armonía de su danza, tan fascinante que paralizaba el tiempo, tan radicalmente hermosa que provocaba deseos de vivir. A su término, el salón del banquete volvió a arder de luces y de entusiasmo, los corazones vibraban de emoción. Ordenó entonces la reina servir el vino de almendras y su copero Sérvulo le trajo la copa de oro heredada de su padre. Dido se puso en pie y, alzando la copa, pronunció estas palabras:

- Quiera el padre Júpiter ser testigo de este encuentro. A él lo invoco. Y a su esposa, la diosa Juno, a cuya protección encomendamos esta ciudad. Sé bienvenido, príncipe Eneas, y todos vosotros, troyanos. Hoy, ante los dioses y los hombres, os digo que ésta será vuestra casa, si así lo decidís. Nuestros nietos y los nietos de nuestros nietos han de recordar el pacto de amistad que hoy os brindamos y nuestro deseo de que perdure a lo largo de los siglos.

Y diciendo esto, vertió vino sobre la mesa como ofrenda a los dioses, bebió de la copa y la entregó a Eneas. Éste bebió a su vez, y así fue pasando de uno a otro por todos los comensales, incluído el joven Ascanio, quien llevó de nuevo la copa a la reina y ella volvió a beber. Entonces Dido, con extraño fulgor en los ojos, le pidió al príncipe Eneas que narrase el fin de Troya y su huída de la ciudad incendiada.
* Relieve de una mujer debajo de un árbol. Museos Capitolinos. Roma.
**Detalle de busto de mujer. Museos Capitolinos. Roma.
***Detalle de cabeza masculina. Exposición “Los colores del blanco”. Museos Capitolinos. Roma.
****Detalle de una pareja. Sarcófago etrusco. Museos Capitolinos. Roma.
*****Detalle de la escultura de Laocoonte. Museos Vaticanos. Roma.
******Detalle de la pintura mural “La escuela de Atenas” de Rafael. Museos Vaticanos. Roma.
*******Detalle de relieve con danzarina. Museos Capitolinos. Roma.
********Detalle de relieve de figura femenina en el pedestal de una escultura. Museos Capitolinos. Roma.

NOTA: Detalle de cómo estaban distribuidos los personajes en el banquete ofrecido por la reina Dido a los troyanos. Debemos imaginar que estamos de frente a la reina Dido, que preside el salón del banquete situada en el centro de la pared del fondo. Los triclinios se numeran desde donde está la reina hacia donde estamos nosotros:

En el centro:

REINA DIDO

Primer triclinio de la izquierda:

ANNA
PRÍNCIPE ENEAS
VESTAL CRISEA

Primer triclinio de la derecha (frente al anterior):

PRÍNCIPE DEL SENADO
NIÑO ASCANIO
NOBLE DIANA

Segundo triclinio de la izquierda:

MATEMÁTICA TEANO
TROYANO ACATES
NOBLE ACUS

Segundo triclinio de la derecha (frente al anterior):

NOBLE AEMILIUS
VIAJERA TROYANA CIRENE
CRONISTA XILÓN

Tercer triclinio de la izquierda:

BAILARINA DINCER
TROYANO ÍCARUS
ESCULTOR DEMETRIUS PÉDER

Tercer triclinio de la derecha (frente al anterior):

FILÓSOFO FILÓN
TROYANO PALINURO
PINTORA CÁRMINIS

Cuarto triclinio de la izquierda:

CARTÓGRAFO IGRES
AMAZONA ISKIAS
COMERCIANTE PALEMÓN

Cuarto triclinio de la derecha (frente al anterior):

AMAZONA NISMACIL
TROYANO CLOANTO
ACTOR ANAKARSIS


NOTA: Aquí puede verse el menú que SOFONISBA, JEFA DE COCINA ha elaborado para el banquete que está ofreciendo la reina Dido al troyano Eneas.

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domingo, julio 01, 2007

13.- El dios Cupido obedece las instrucciones de su madre Venus.


La reina Dido se está engalanando para recibir a los troyanos. De una pieza de púrpura se ha hecho confeccionar una túnica cuyos pliegues caen hasta el suelo después de remarcarle los senos y definir, sutilmente, el contorno de sus caderas. Con agujas de marfil, Barce termina de sujetarle el cabello en la parte alta de la cabeza, dejando a la vista la finura y esbeltez de su cuello, libre de otros adornos. Sobre la frente, una cinta de oro le ciñe las sienes y transforma en dorada la luz de su rostro. La perfección de los ojos queda subrayada por una fina línea de khol y pétalos de flores frotados con delicadeza enrojecen sus labios.



- ¿Cuál me pongo? – pregunta Dido extendiendo ante ella ambos brazos y observándose las muñecas. Duda entre un brazalete de oro con espirales grabadas a punzón y otro de bronce totalmente cubierto con franjas de esmalte blancas, azules y rojas. Los dos son bellos y favorecen el color de su piel.

- Estás preciosa, hermana. En mi opinión, te conviene más el brazalete de oro. Es hermoso y regio. ¿No te parece, Barce?

- A mí me gusta. Y no añadiría más joyas que las fíbulas a juego en los hombros. Exhibir demasiada opulencia no es de buen gusto. Y menos delante de personas que han perdido hasta su propia ciudad.

- No creo que a Eneas le deslumbren las riquezas. Es bastante serio – dice Anna, como si la seriedad fuera incompatible con la ambición – Y tiene fuego en los ojos… ¿Te has dado cuenta, Dido?

La reina se vuelve de espaldas y deja la pregunta sin responder. ¿Puede llamarse fuego a una mirada profunda y a la vez distante que traspasa el alma con la misma facilidad que un cuchillo atraviesa un queso tierno? El comentario de su hermana despierta el aleteo de un enjambre de abejas en su pecho. Hay emoción e impaciencia en la espera. No ha vuelto a ver al troyano desde que se presentó en el templo de Juno, hace ya una eternidad.


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El príncipe Eneas y sus invitados al banquete alcanzaron Cartago al atardecer, cuando los últimos rayos solares caían oblicuos sobre la ciudad y la herían como una lanza. Las recias murallas, la majestuosidad y prestancia de los templos, el foro y otros edificios públicos, admiraron a Iskias y Cirene, quienes pisaban sus calles por vez primera. El dios Cupido, bajo la apariencia del joven Ascanio, fingió no haberla visto nunca, y de ese modo mantuvo oculto su ardid y los planes secretos de su madre Venus. Alegremente cogido de la mano de Cirene, llamando la atención de ésta hacia tal o cual detalle, recorrió las vías principales hasta llegar al palacio donde, radiante y confiada, le aguardaba su presa.


La reina, ignorante del peligro que se cernía sobre ella con la llegada de los troyanos, les esperaba de pie en el atrio. Irradiaba vitalidad y dulzura, dos cualidades que, cuando se presentan unidas, producen una flor hermosa y rara. Con gracia exquisita saludó a los recién llegados, fue presentada a quienes aún no la conocían y, por su parte, presentó a los demás comensales. Fue un momento de gratitud y gozo para los cartagineses, porque con esta invitación, la reina había distinguido no sólo a quienes la habían acompañado y compartido con ella el dolor de la fuga y el exilio de Tiro, sino también a aquellos que se le habían unido durante su largo peregrinaje sin tierra. Los primeros estaban representados por el Príncipe del Senado, el noble Aemilius, el noble Acus y su esposa Diana y el actor Anarkasis, además de Anna, hermana de la reina. Los segundos, por los hermanos Filón y Xilón de Atenas, la vestal Crisea, la amazona Nismacil, Dincer la bailarina y la matemática Teano (estas tres últimas raptadas en la isla de Rodas), el comerciante Palemón, el cartógrafo Igres y los autores de la decoración del templo de Juno: Cárminis y Demetrius Péder. Con esto mostró a los troyanos el carácter abierto de los suyos y la generosidad de su propia alma.

- Sed bienvenidos todos a mi casa y consideradla vuestra – dijo la reina – porque es mucho lo que nos une.


Tomó del brazo al príncipe Eneas y juntos entraron al salón del banquete. Si la belleza de los objetos de los que nos rodeamos reflejan de algún modo nuestra propia belleza, allí los troyanos pudieron ver cuán hermosa era la reina. El salón brillaba como una ascua encendida. En las paredes, a distintas alturas, se abrían numerosos nichos para alojar lámparas de aceite, revestidos por completo de láminas de plata y de bronce. Las llamas de las lucernas rebotaban y se multiplicaban en los metales, creando una iluminación brillante y, a la vez, misteriosa y cálida.

Los triclinios estaban colocados en los lados más largos de la sala, cuatro a cada parte, dejando suficiente espacio en el centro para las mesas y la circulación de los criados. Y al fondo, presidiéndolo todo, un lecho de una sola plaza para la reina. Todos los cojines y las telas eran de color púrpura y oro. Guirnaldas de hojas, flores y frutos decoraban el borde de las mesas vistiéndolas con los colores de la primavera. Delante de cada puesto, al alcance de la mano, se distinguían bellos cálices de vidrio. Ceñidos a las paredes aguardaban órdenes los servidores: eran muchachos y muchachas, en número igual al de comensales, vestidos con faldas cortas de lino, sandalias de cuero y brazaletes de bronce. Ni siquiera en la fastuosa Troya habían visto los invitados tanto esplendor ni un equilibrio tan perfecto entre la opulencia y la elegancia.

La reina había dispuesto los lugares de modo que cada troyano estuviese acompañado por dos cartagineses, reservando el primer triclinio de su derecha para el príncipe Eneas, flanqueado por Anna y la vestal Crisea, y el primer lecho de su izquierda para el joven Ascanio, cuya sonrisa brillaba tanto como el salón entero y sería agasajado por el Príncipe del Senado y la noble Diana.


- Antes de comenzar el banquete, ilustre reina – dijo el príncipe Eneas – permíteme ofrecerte unos regalos. No somos más que fugitivos sin tierra, como sabes, pero a lo largo de estos años hemos conservado bienes que nos eran muy queridos. Algunos, que ahora te mostraré, pertenecieron a Helena de Esparta, quien los había heredado de su madre y traído consigo cuando se enamoró de Paris y huyó con él a Troya.

Al tiempo que Eneas decía esto, Cirene se había puesto en pie. Sobre su brazo extendido mostró un velo finísimo, casi transparente, con los bordes festoneados de hojas de acanto bordadas en hilos de oro. Unos sirvientes lo tomaron con mucho cuidado y lo acercaron a la reina. A continuación, mostró la troyana un maravilloso manto de vuelo amplio, recamado en oro y plata sobre tisú color grana. Estas dos piezas eran las de Helena. Quedó la reina Dido fascinada, no sólo por su hermosura, sino también por la importancia de sus insignes dueñas. Las aceptó con palabras de alegría y agradecimiento, y mandó que las dejaran a un lado.

- Las joyas que ahora te ofrezco me son todavía más queridas, porque solía usarlas mi prima Ilíone, hija mayor del rey Príamo: con ellas quiero demostrarte cuánto es mi aprecio por ti y cuánto me enorgullezco de haber sido recibido como un amigo.


Las joyas anunciadas eran un cetro de oro fundido, una soberbia diadema que se alzaba en pico por el frente y estaba cuajada de piedras preciosas y un hilo de perlas. Apenas había tenido la reina tiempo de admirarlas de lejos, cuando se alzó una joven voz.

- Permíteme, señora, que yo mismo te coloque el hilo de perlas – dijo Ascanio levantándose al mismo tiempo de su triclinio.

La reina Dido lo miró con ojos favorables: era un niño tan bello y encantador, se parecía tanto a su padre… Asintió sonriente y en un instante tenía junto a ella a Cupido. Como quien alarga el cuello a un verdugo sin saberlo, con la misma inocencia tendió ella el suyo a ese dios despiadado. Y él, sin asomo de compasión, aprovechó el momento de anudarle el hilo para clavarle en el corazón, por la espalda, una flecha envenenada de amor.






*Detalle de escultura femenina. Venus Esquilina. Museos Capitolinos. Roma.
**Asís moderno al atardecer.
***Detalle de fresco de la loggia de Cupido y Psique. Venus señala a Cupido su presa. Villa Farnesina. Roma.
****Detalle de escultura clásica. Real Academia de España en Roma.
*****Escultura de una Vestal. Exposición en el Coliseo, 2004. Roma.
******Detalle de un fresco con Cupido. Pompeya.
*******Detalle de una planta de begonias. Real Academia de España en Roma.

NOTA: Aquí puede verse el menú que
  • SOFONISBA, JEFA DE COCINA ha elaborado para el banquete que ofrecerá la reina Dido al troyano Eneas.

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