No, no abráis la boca de asombro, ni os señaléis distintas
partes del cuerpo para poner en evidencia los signos de vuestra mala salud. A
vosotros os digo, ciudadanos que suplicáis al Cónsul que los esclavos públicos os
ayuden a trasladaros al templo de Esculapio donde la ciencia del dios puede
combatir vuestros males. Tratáis de convencerlo de que la enfermedad no es
culpa vuestra, que no la habéis llamado ni provocado llevando una vida de
disipación. “Mi tos viene del polvo que he aspirado esculpiendo estatuas para
la mayor gloria de tu persona”, dice uno; “Yo me he deslomado cargando piedras
para construir las vías por donde pasa tu carro”, alega otro; “¿No recuerdas
cómo se me ulceró esta herida en la pierna cuando luchaba para defender Roma?”
trata de conmoverlo un tercero.
Inútiles intentos, ciudadanos. La culpa es vuestra, no
vengáis ahora con excusas. Y os diré por qué: porque cuando se celebraron las
elecciones consulares lo elegisteis a él para regir vuestras vidas. Así que,
¡chitón! Cada cual que se arregle como pueda y quien no pueda, busque el consuelo
de la filosofía. Al fin, todos hemos de morir, y durar unos años más o menos no
tiene tanta importancia. ¿Por qué habría de hacer el erario público un gasto
inútil, si no os vais a curar? ¿Que es una cuestión de humanidad, dices tú,
pobre tullido...? Pero ¿a quién te diriges? ¿Al Cónsul? Entonces estás peor de
lo que creía y, permíteme decirte, eres, además, un ignorante: tu vida no vale
nada. Le imploras al Cónsul como si lo pudieras conmover. ¿De dónde has salido?
Y dime, ¿en qué escuela te han enseñado que las piedras tienen corazón?
*Foto tomada de internet