Remo se incorporó para
sentarse, reavivó el fuego añadiendo un leño al hogar y permaneció sentado con
la mirada fija en el fuego mientras sus amigos Fabios seguían durmiendo
tendidos sobre las esteras y tapados con pieles. Recostado junto a él, con el
hocico apoyado en sus piernas y los ojos cerrados, Seius también parecía
dormir. De vez en cuando Remo lo miraba y le acariciaba el pelo entre los ojos.
Era su mejor compañero. Siempre a su lado, obedecía todas sus órdenes, no se
arredraba ante ningún peligro y estaba dispuesto a defenderlo con su vida. Era
digno hijo de su padre, el viejo Seius protector de su infancia.
Con la
mano izquierda, Remo se cogió la bulla que le colgaba del cuello con un cordón
de lana. Se la habían puesto al nacer, como a todas las criaturas, para
defenderlo del mal de ojo, las enfermedades, las mordeduras de serpiente, los
espíritus malignos y cuantos peligros amenazan la vida de un niño. Para hacerla
más resistente, en lugar de una bolsita de cuero sus padres habían utilizado un
pequeño recipiente de bronce, donde los amuletos no corrían el peligro de
extraviarse y dejarlo desprotegido. Tenía ya muchas ganas de quitársela. Dentro
de pocas jornadas, cuando terminara su iniciación, se despojaría de ella y la
depositaría como ofrenda al dios Quirino. Esa sería la señal de haber alcanzado
la edad adulta y podría casarse. Últimamente sólo pensaba en Flora. En tenerla
cerca, hacerse amar por ella, convertirse a sus ojos en el hombre más bravo y
animoso del mundo.
¿Por qué
no habría ido Flora a la fuente el día anterior? Ni siquiera cuando el frío
formaba una capa de hielo sobre la superficie del estanque dejaba ella de
acudir a llenar su vasija. En esta época del año, con noches interminables y días
tan cortos, todo el mundo, salvo los ancianos, aprovechaba cualquier pretexto
para salir de las cabañas. ¿Estaría enferma? Se casaría con ella enseguida y
entonces no le importaría nada pasarse el día entero dentro de la casa. Era
preciosa. Y la abrazaría tan fuerte y tanto rato que no la dejaría ni echar las
coles al puchero. ¿Qué importaba no comer sopa, si el amor y la alegría son el
mejor alimento? Debía pensar en dónde construirse una cabaña. Hablaría con su
hermano Urco, quizá le convendría levantarla al lado de la suya.
En cambio, su hermano
Rómulo siempre encontraba algún motivo para no seguirlo y actuar a su manera. No
le obedecía pese a que todo el mundo lo consideraba a él, Remo, el mayor de
ambos. Delante de los Fabios le producía vergüenza que su propio gemelo
encontrara mil excusas para no traspasar la linde con el Aventino, como cuando
eran chicos y sus padres, en especial su madre, se ponía como una furia si los
veía acercarse solo un poco. Tener a un cobarde en la familia era un deshonor. Ya
podía espabilarse Rómulo, porque él no volvería a defenderlo de las burlas de
los Fabios. Menos aun después de lo ocurrido la noche pasada. Recordar a Gordio
Quintili imitando sus gestos y haciendo mofa de él, lo encendía de cólera. ¡Se
creería muy valiente ese, que además seguía a Rómulo como un tonto! Tal
humillación no se la iba a perdonar ni a Rómulo ni a los Quintili. Se
resarciría a la menor oportunidad. Lo juraba por Fauno. Que el dios le
castigase con las más espantosas pesadillas si de su venganza no se enteraba
hasta el último habitante de las riberas del Tíber.
Con su
doble rostro, Jano veía cuanto tenía delante y cuanto se hallaba detrás;
protegía los movimientos de quienes andaban de un lado a otro, de adentro a
afuera y de fuera a adentro y así custodiaba las puertas de las murallas y las
de las casas; ningún viajero se pondría en camino sin encomendarse a él
pidiéndole protección tanto para su salida como para su retorno; no se
emprendía un negocio ni público ni privado sin invocarlo antes. También sobre
el tiempo gobernaba, pues él decidía abrir las puertas al día y cerrarlas al
anochecer; veía pasar las estaciones y decidía cuándo terminaba un año y
empezaba el siguiente. Todos los pasajes eran de su incumbencia, tanto los
arcos y los pasadizos cubiertos como el tránsito de unas etapas a otras de la
vida humana, de la incultura a la civilización.
Se
dirigieron ambos esposos a la explanada trasera de su casa, llegaron al
farallón rocoso y dirigieron su mirada hacia el Janículo, la colina del dios,
cuyo perfil apenas iluminado se alzaba al otro lado del Tíber. A sus pies la
corriente del río batía sonora contra las rocas del Palatino antes de cambiar
su rumbo. Acca Larentia depositó sobre una piedra cóncava un par de brasas y
las rodeó con cinco hojas de laurel. Fáustulo se cubrió la cabeza, se recogió
un instante y luego, alzando ambos brazos en dirección a la mansión divina,
pronunció su invocación:
Diciendo esto,
Fáustulo vertió miel y leche sobre las brasas. Un humo dulzón se alzó al punto
mientras las ascuas crepitaban y parecían brillar más en lugar de apagarse. El
fulgor rojizo y el olor de la miel quemada alcanzaron a Jano. El dios escuchó
compasivamente las palabras del viejo pastor, mas no movió ni un ápice su doble
cabeza. Lo que había de suceder, lo conocía él desde el inicio de los tiempos.
Por tal motivo, para disfrutar de un mirador privilegiado desde el cual
contemplar el nacimiento y el devenir de una nueva era, había elegido la cumbre
esa colina para instalar su morada.
Jano protegería a los gemelos, sí. Debían
cumplir aquello decidido por el hado.
NOTA: Éste ha sido el capítulo 6 de la novela de Remo y Rómulo. El resto pueden leerse en la etiqueta "Remo y Rómulo".
*Las fotos son de Isabel Barceló y de Rafa Lillo.

