lunes, febrero 18, 2013

A LAS PUERTAS DEL DÍA



Remo se incorporó para sentarse, reavivó el fuego añadiendo un leño al hogar y permaneció sentado con la mirada fija en el fuego mientras sus amigos Fabios seguían durmiendo tendidos sobre las esteras y tapados con pieles. Recostado junto a él, con el hocico apoyado en sus piernas y los ojos cerrados, Seius también parecía dormir. De vez en cuando Remo lo miraba y le acariciaba el pelo entre los ojos. Era su mejor compañero. Siempre a su lado, obedecía todas sus órdenes, no se arredraba ante ningún peligro y estaba dispuesto a defenderlo con su vida. Era digno hijo de su padre, el viejo Seius protector de su infancia.
Cuando él y su hermano eran pequeños, su madre les contaba con frecuencia que, cuando nacieron, sólo Bona y su cachorro Seius estaban con ella. Apenas lo limpió a él y, envuelto en las fajas, lo depositó en el suelo, Seius se sentó a su lado y ya no se movió. Acca Larentia se reía al recordarlo pues, siendo tan iguales como dos gotas de leche, Fáustulo y ella sabían quién era cada uno precisamente por los perros: el custodiado por Bona era Rómulo, mientras él siempre tenía a su lado a Seius. Al hacerse viejos los perros, su hermano y él eligieron a dos cachorros de la última camada, les pusieron los mismos nombres, y los incorporaron a sus juegos convirtiéndolos en compañeros inseparables. Así, cuando la muerte se llevó a sus primeros y fieles guardianes, sus descendientes siguieron protegiéndolos y compartiendo sus vicisitudes.
Con la mano izquierda, Remo se cogió la bulla que le colgaba del cuello con un cordón de lana. Se la habían puesto al nacer, como a todas las criaturas, para defenderlo del mal de ojo, las enfermedades, las mordeduras de serpiente, los espíritus malignos y cuantos peligros amenazan la vida de un niño. Para hacerla más resistente, en lugar de una bolsita de cuero sus padres habían utilizado un pequeño recipiente de bronce, donde los amuletos no corrían el peligro de extraviarse y dejarlo desprotegido. Tenía ya muchas ganas de quitársela. Dentro de pocas jornadas, cuando terminara su iniciación, se despojaría de ella y la depositaría como ofrenda al dios Quirino. Esa sería la señal de haber alcanzado la edad adulta y podría casarse. Últimamente sólo pensaba en Flora. En tenerla cerca, hacerse amar por ella, convertirse a sus ojos en el hombre más bravo y animoso del mundo.
- A ti también te gusta Flora ¿verdad? – dijo en voz baja, acariciando al perro. Y Seius, sin abrir los ojos, respondió con un hondo suspiro, como si hubiera entendido la pregunta.
¿Por qué no habría ido Flora a la fuente el día anterior? Ni siquiera cuando el frío formaba una capa de hielo sobre la superficie del estanque dejaba ella de acudir a llenar su vasija. En esta época del año, con noches interminables y días tan cortos, todo el mundo, salvo los ancianos, aprovechaba cualquier pretexto para salir de las cabañas. ¿Estaría enferma? Se casaría con ella enseguida y entonces no le importaría nada pasarse el día entero dentro de la casa. Era preciosa. Y la abrazaría tan fuerte y tanto rato que no la dejaría ni echar las coles al puchero. ¿Qué importaba no comer sopa, si el amor y la alegría son el mejor alimento? Debía pensar en dónde construirse una cabaña. Hablaría con su hermano Urco, quizá le convendría levantarla al lado de la suya.
O mejor, podrían instalarse en la colina Velia, a un paso del Palatino. En la Velia vivía la familia de sus amigos Fabios y estaría cerca de ellos. Se encontraba más a gusto con Bruto y Sexto Fabio que con otros jóvenes pues, además de ser infatigables como bueyes, eran valientes y no se plegaban a las normas ni a los mandatos de nadie. Salvo a los impuestos por él.
En cambio, su hermano Rómulo siempre encontraba algún motivo para no seguirlo y actuar a su manera. No le obedecía pese a que todo el mundo lo consideraba a él, Remo, el mayor de ambos. Delante de los Fabios le producía vergüenza que su propio gemelo encontrara mil excusas para no traspasar la linde con el Aventino, como cuando eran chicos y sus padres, en especial su madre, se ponía como una furia si los veía acercarse solo un poco. Tener a un cobarde en la familia era un deshonor. Ya podía espabilarse Rómulo, porque él no volvería a defenderlo de las burlas de los Fabios. Menos aun después de lo ocurrido la noche pasada. Recordar a Gordio Quintili imitando sus gestos y haciendo mofa de él, lo encendía de cólera. ¡Se creería muy valiente ese, que además seguía a Rómulo como un tonto! Tal humillación no se la iba a perdonar ni a Rómulo ni a los Quintili. Se resarciría a la menor oportunidad. Lo juraba por Fauno. Que el dios le castigase con las más espantosas pesadillas si de su venganza no se enteraba hasta el último habitante de las riberas del Tíber.
  


El carro del sol asomó por el horizonte e iluminó con un aura rosada la mansión del dios Jano, al otro lado del Tíber. Desde sus altas moradas el dios de dioses, rodeado de árboles y espesos matorrales, contemplaba el mundo, el tiempo pasado y el que habría de venir y gozaba viendo a su numerosa prole. De la hermosísima ninfa de los bosques Camasena, había concebido a dos ninfas, Camese y Clístene, y a Tiberino, dios del río cuyo curso discurría a sus pies; de sus amores con Venilia eran fruto la diosa Carna, quien velaba por los recién nacidos, y la enamorada Canente, cuyo canto estremecía de dolor el corazón y agitaba las cañas en las riberas del Tíber; de Juturna, ninfa y señora de la fuente más salutífera y pura, le había nacido su hijo Fons, quien gobernaba con mano benévola los frescos manantiales y las corrientes de agua. Y así, toda la progenie de Jano era benéfica, generaba vida como su propio padre había generado a todos los dioses y todas las cosas.
Con su doble rostro, Jano veía cuanto tenía delante y cuanto se hallaba detrás; protegía los movimientos de quienes andaban de un lado a otro, de adentro a afuera y de fuera a adentro y así custodiaba las puertas de las murallas y las de las casas; ningún viajero se pondría en camino sin encomendarse a él pidiéndole protección tanto para su salida como para su retorno; no se emprendía un negocio ni público ni privado sin invocarlo antes. También sobre el tiempo gobernaba, pues él decidía abrir las puertas al día y cerrarlas al anochecer; veía pasar las estaciones y decidía cuándo terminaba un año y empezaba el siguiente. Todos los pasajes eran de su incumbencia, tanto los arcos y los pasadizos cubiertos como el tránsito de unas etapas a otras de la vida humana, de la incultura a la civilización.
A este dios poderoso se disponían a invocar Fáustulo, el mayoral de los rebaños del rey Amulio, y su esposa Acca Larentia aquella mañana, al despuntar el alba. Tras dos noches de profunda inquietud, Acca había contado a Fáustulo lo sucedido: el presagio pronunciado por su hija Fausta y la predicción de la anciana Elia, advirtiéndola de un grave peligro para Remo y Rómulo. Alguien podía descubrir su secreto, tantos años y con tanto celo guardado. Pronto concluirían su periodo de iniciación. Estaban a punto de completar su pasaje a la edad adulta, un momento sumamente difícil pues todo cuanto les protegía durante la infancia habría de desaparecer: la bulla con sus amuletos, el refugio materno, la tutela de su padre. A partir de entonces afrontarían todas las dificultades por sí mismos, con sus propios medios y fuerzas, se convertirían en unos hombres más con los cuales podría contar su amo, el rey Amulio, para cualquier propósito. Era una etapa crucial.
Se dirigieron ambos esposos a la explanada trasera de su casa, llegaron al farallón rocoso y dirigieron su mirada hacia el Janículo, la colina del dios, cuyo perfil apenas iluminado se alzaba al otro lado del Tíber. A sus pies la corriente del río batía sonora contra las rocas del Palatino antes de cambiar su rumbo. Acca Larentia depositó sobre una piedra cóncava un par de brasas y las rodeó con cinco hojas de laurel. Fáustulo se cubrió la cabeza, se recogió un instante y luego, alzando ambos brazos en dirección a la mansión divina, pronunció su invocación:
“Oh inmortal Jano, dios creador, padre de los dioses y de los hombres, guardián de las puertas del día, yo te invoco. Tú separaste la luz de las tinieblas, tú diste la forma al mundo, tú vigilas ante ti y detrás de ti todo el acontecer humano. Tú das comienzo y fin al tiempo y a cuantas cosas transcurren en el tiempo. Ante ti me inclino y reclamo tu protección para mis hijos Remo y Rómulo. Tu propio hijo, el rubio Tíber, me los dio. Son por tanto, secretos hijos suyos, secretos nietos tuyos y nadie sino tú conoce su pasado. Sella tus labios, padre Jano. No concedas respuestas proféticas a quienes te pregunten, no reveles a nadie cuanto sabes de ellos. Mantén el secreto de sus orígenes. Acepta a cambio esta ofrenda de leche y miel”.
Diciendo esto, Fáustulo vertió miel y leche sobre las brasas. Un humo dulzón se alzó al punto mientras las ascuas crepitaban y parecían brillar más en lugar de apagarse. El fulgor rojizo y el olor de la miel quemada alcanzaron a Jano. El dios escuchó compasivamente las palabras del viejo pastor, mas no movió ni un ápice su doble cabeza. Lo que había de suceder, lo conocía él desde el inicio de los tiempos. Por tal motivo, para disfrutar de un mirador privilegiado desde el cual contemplar el nacimiento y el devenir de una nueva era, había elegido la cumbre esa colina para instalar su morada.
Jano protegería a los gemelos, sí. Debían cumplir aquello decidido por el hado. 

NOTA: Éste ha sido el capítulo 6 de la novela de Remo y Rómulo. El resto pueden leerse en la etiqueta "Remo y Rómulo".
*Las fotos son de Isabel Barceló y de Rafa Lillo.

miércoles, febrero 13, 2013

PREGUNTA A CUPIDO





Si es cierto que, como dicen, lanzas tus flechas al azar y hieres de amor a las personas más dispares, sean jóvenes o viejos, feos o hermosos, romanos o de más allá de las fronteras del norte, dime, niño Cupido: ¿cómo te explicas haber unido por el amor a una pareja de ladrones? Ellos reniegan de sus amores delante de quienes les preguntan en el foro, desde luego; pero tú, dime ¿verdaderamente ha sido una casualidad?



*Foto de Isabel Barceló

NOTA 1: Os dejo el book trailer del libro de relatos "Una maleta llena de historias" en el que participo también con uno.
 

NOTA: Queridos amigos, la presentación del libro de relatos de Isabel Martínez Barquero el día de San Valentín, en el Bibliocafé de Valencia, fue un éxito.


¡Y no es es casualidad! Isabel es una excelente escritora y una persona deliciosa, así que encantó al auditorio con su sinceridad y honestidad. Gracias, Isabel.

lunes, febrero 11, 2013

ENCUENTROS Y DESENCUENTROS



Apostados tras un grupo de robles en la vertiente del Palatino opuesta al valle de Murcia, los Quintili y Rómulo habían pasado casi toda la mañana esperando a Orison. Algunas columnas de humo delataban la ubicación de las cabañas dispersas por las colinas circundantes, a veces reunidas en grupos de dos o tres. No se veía gente en los huertecillos ni sus alrededores. En cuanto al valle del foro, a excepción de un rebaño de toros que, tendidos perezosamente en los prados a los pies del Capitolio, se levantaban y caminaban de vez en cuando, nada más se movía.
Estaban a punto de marcharse cuando, al rayar el sol su cenit, el bandido apareció en lo alto del camino que penetraba entre el Palatino y la Velia acompañado por un grupo de hombres y cinco caballos. La cabeza de Orison sobrepasaba las de sus compinches y su cuerpo fornido daba una falsa impresión de pesadez, pues llegado el caso se movía con gran agilidad. Usaba poca violencia, prefiriendo la astucia y la rapidez para obtener el botín. Mas feroz resultaba en el momento de defenderlo, pues tanto él como sus hombres eran muy hábiles con los bastones y los cuchillos y así, muchos de los perjudicados por su rapiña desistían de recuperar sus bienes, se resignaban a la pérdida y hasta se alegraban por no haber caído en peores manos.
Los bandidos descendieron sin prisas por la senda hasta penetrar en el valle del foro. Justo donde hoy se levanta la basílica Emilia había un gran pastizal atravesado por el riachuelo que recorría el valle en toda su longitud. Hasta allí se acercaron, abrevaron los caballos y los dejaron sin atar, con las patas trabadas, para que pastasen a su antojo. Luego se dieron la vuelta y desaparecieron por donde habían venido.
Quedaron muy contrariados los muchachos. Manteniéndose ocultos en el bosque, habían avanzado a la par que los ladrones con la esperanza de verlos ejercitarse, bien con juegos, bien con luchas o lanzamiento de cuchillos. Sin embargo, superada la primera decepción cuando los vieron marcharse tan pronto, Rómulo animó a sus compañeros. Les propuso cruzar al otro lado del valle para ir a donde estaban los caballos y contemplarlos de cerca. Prohibió a Bona seguirlos por temor a que sus ladridos asustaran a las caballerías.
Salieron pues de su escondrijo y con grandes saltos y zancadas llegaron enseguida a donde pastaban los animales. Éstos recularon un poco, pero se mantuvieron tranquilos y los muchachos se acercaron cada vez más. Había una yegua joven espléndida, un poco nerviosa, cuya estampa había llamado la atención de Rómulo. Tenía el pelaje rojizo, la frente ennoblecida por una mancha blanca y una crin de color rojo claro le caía entre los ojos inmensos. Cabeceó al notar cerca al muchacho, pero él le pasó la mano por el lomo y el animal se calmó. Estaban los tres amigos con la atención puesta en los caballos cuando, de pronto, Rómulo sintió una fuerte presión en la espalda y al mismo tiempo el filo cortante de una voz.
- ¡Aléjate de la yegua! Vamos. ¡Apartaos todos de los caballos!
Quien así había hablado era Orison, mientras apretaba la punta de su bastón contra la espalda de Rómulo a la altura de la cintura obligándole a andar hacia adelante. Otros dos hombres hacían lo mismo con los hermanos Quintili. Caminaron durante un tramo hasta que les ordenaron darse la vuelta para verles las caras. Los bandidos soltaron grandes risotadas al verles los rostros descompuestos. Rómulo, sin embargo, se mantuvo firme y muy erguido, con gesto de orgullo y la mirada fija en la de Orison.
- No hemos hecho nada malo - dijo.
- Así que os habéis pasado el día vigilando desde el bosque, para no hacer nada malo… ¡Pues sois bastante estúpidos! – respondió Orison repasando con la mirada a los tres muchachos. Se volvió hacia sus compañeros y, señalando con la barbilla a Rómulo, añadió en tono de burla - ¡Y este es el más tonto de todos, pues ni siquiera tiene miedo…!
Rómulo dejó de prestarle atención. Al haberse desplazado hacia el centro del valle, los bandoleros daban la espalda al rebaño de toros, pero Rómulo y los Quintili los tenían a la vista y percibieron de inmediato el peligro. Quizá por la mordedura de una serpiente u otra causa semejante, uno de los toros se había puesto violentamente en pie y, con un mugido espantoso, empezó a correr y dar saltos sin rumbo ni sentido, acercándose peligrosamente a los caballos. Éstos se espantaron, pero no podían huir al tener trabadas las patas. En un instante, bufidos y relinchos retumbaban en el valle como los truenos de una tormenta.
- ¡Hacia allá! – gritó Rómulo, extendiendo el brazo derecho para indicar a Publio y a Gordio que debían desplazarse hacia esa parte. Antes siquiera que los bandidos pudieran reaccionar, los muchachos habían sacado piedras de sus zurrones y las lanzaban contra el toro al tiempo que corrían a interponerse entre éste y las caballerías. Cuando ya la res enloquecida se precipitaba contra ellos, Rómulo le acertó de lleno entre los ojos y el animal, ciego de pánico, alzó la cabeza, se giró levemente y tras recibir una lluvia de pedradas en el costado, cambió de dirección, alejándose hacia el fondo del valle.
Sin dejar de vigilar al toro ni al resto de la torada, pues muchas reses se habían levantado y se agitaban con nerviosismo, Rómulo, Publio y Gordio Quintili ayudaron a los ladrones a sujetar a los caballos, pues en su terror relinchaban, daban coces y saltos y trastabillaban al tratar de alzarse de manos. Rómulo invocó en su corazón al dios Quirino, protector de aquellos parajes con sus colinas y sus moradores y solicitó su ayuda en esos momentos de peligro gravísimo. Finalmente, con una destreza inaudita logró calmar a la yegua y poco a poco los machos se aquietaron también.
- Con razón no tenías miedo, muchacho – dijo Orison, cogiéndolo del brazo –, pues hay algo poderoso en ti. ¿Quién es tu padre?
- Fáustulo, mayoral de los rebaños del rey Amulio y jefe de los poblados del Palatino. Mi madre es Acca Larentia – respondió Rómulo levantando la mirada para observar su reacción.
En las cabañas de los pastores se decía, no sin cierto respeto, que había sido una desgracia familiar, cuya causa atribuían al rey Amulio, la que había empujado a Orison al bandidaje, pues con anterioridad había vivido con los suyos en Alba Longa. Cuál hubiera sido ese infortunio, no se sabía con seguridad: algunos apuntaban a la muerte de su esposa, otros a que la pérdida de sus rebaños lo había empobrecido y costado la vida a su mujer; unos cuantos, por último, recordaban una vieja rencilla con Amulio anterior a su ascensión al trono.
Si el saber que eran criados del rey Amulio incomodaba a Orison, no tuvo modo de saberlo Rómulo, pues el jefe de los bandidos asintió con la cabeza sin alterar la expresión ni dejar traslucir su pensamiento. Los otros bandidos palmeaban en las espaldas a Publio y a Gordio, los felicitaban por su rapidez y coraje y entre todos ellos se estableció una corriente de simpatía. Finalmente los hombres de Orison agruparon a los caballos para llevárselos y se despidieron de los muchachos con palabras amistosas.
Los jóvenes, henchidos de orgullo, se contaron atropelladamente, unos a otros, sus impresiones, cual había sido su particular hazaña, el momento más peligroso. Recordaron lo cerca que habían estado de ser corneados por aquella bestia, la manera acorde y rápida con la cual habían atacado a su vez. Reían de felicidad al recordar las caras de asombro de los bandidos. Esta aventura les confirmaba que su periodo de iniciación tocaba a su fin y habían sabido aprovecharlo bien. Ninguno de los pastores de las cercanías lo habría hecho mejor. Con esa agitación regresaron al bosque donde Bona estaba exhausta de ladrar y saltar y, aún así, recibió a su amo como si no lo hubiera visto en muchos meses.
- Hemos de conseguir vino en alguna parte – dijo Rómulo cuando ya habían descansado y recobrado la calma –. He prometido una ofrenda al dios Quirino por ayudarnos y urge desagraviar también al dios Fauno por apedrear al toro. Es preciso hacerlo antes de acabar la tarde.
- Vayamos a la cabaña de Córito – dijo Publio –. Es la más cercana y ahora no está. Siempre tiene un pellejo de vino al lado del ventanuco y con una caña podremos sacarlo.
Y sin más dilación, se dispusieron a cortar una caña y a robar.



Había oscurecido ya cuando Rómulo y los Quintili alcanzaron su refugio, pero en lugar de entrar, pasaron de largo para acercarse al de sus compañeros. Éste estaba mejor provisto y era más amplio, cabían todos en él incluidos los perros. Ardían en deseos de contarles lo sucedido con el bandido Orison, revivir con palabras la aventura del toro y los caballos y empezaron a hablar apenas se sentaron en torno al fuego frotándose las manos y los brazos, pues llegaban ateridos. Pero su entusiasmo no fue recibido como esperaban. Cuando Gordio Quintili comenzó a explicar cómo habían ahuyentado al toro, lo interrumpió Remo .
- ¡Nosotros sí que cumpliremos una hazaña mañana! - dijo sacudiendo hacia delante la cabeza. Era un movimiento muy peculiar suyo que provocaba la agitación de su cabello rizado.
- Sí, sí. Y no podréis venir, porque es un asunto para hombres, no para muchachos que aún juegan con las vaquitas… – añadió Bruto Fabio
- ¿Ahora es de hombres mover así los ricitos? – preguntó Gordio Quintili con voz de falsete y remedando el gesto de Remo. Éste se levantó de un salto y lanzó hacia delante el puño, pero no logró darle. Los demás reaccionaron enseguida para impedir la pelea y, aunque se cruzaron muchas palabras hirientes, consiguieron calmarlos. Volvieron a sentarse y durante mucho rato guardaron un silencio hosco.
- ¿Y cuál es esa hazaña? – preguntó Rómulo al fin.
- Robaremos sal de los depósitos del Aventino – respondió su hermano, no sin lanzar una mirada de desagrado a Gordio.
- No parece tan difícil. Iremos – dijo con firmeza Rómulo.
- ¡Ni hablar! – respondieron a la vez los hermanos Fabios.
- Entonces, actuaremos por nuestra cuenta.
Siguieron algunas burlas. Los Fabios insistieron en que robar la sal no era tarea para gente que se moría de miedo solo con oír hablar del Aventino. Rómulo salió de la cabaña enfadado y con el ánimo pesaroso. Otras veces Remo lo había defendido ante los Fabios, pero en esa ocasión no había abierto la boca. Su amigo Publio Quintili le echó el brazo por los hombros y restó importancia a lo acontecido. Pero las palabras ofensivas habían sido dichas y el silencio de su hermano le pesaba.

 Todas las fotos son de Isabel Barceló. El esquema de la colina y sus cabañas está fotografiado en los Museos Capitolinos.

 NOTA 1: Este es el capítulo 5º de la historia de Remo y Rómulo. Recordaros que los depósitos de sal (donde la dejaban acumulada los mercaderes para transportarla después al interior) estaban en la ladera del Aventino, cerca del área donde se celebraba el mercado de animales. Por el mismo camino que se accedía a estos depósitos se subía a la cumbre de aquella colina. 
NOTA 2:  El próximo 14 de febrero tendremos en Valencia este grato acontecimiento. Se da además la circunstancia de que la autora de este magnífico libro de relatos, Isabel Martínez Barquero, ha sido nuestra queridísima Rea Silvia, con quien tanto hemos compartido en la historia de La Vestal de Alba Longa. Arropémosla también en esta ocasión.
: ¡Os esperamos!











jueves, febrero 07, 2013

CONTRARIEDADES




Con cuidado para no despertar a sus compañeros, Rómulo quitó la tranca que aseguraba la entrada a su refugio, abrió puerta lo indispensable para dejar paso a Bona y salir él mismo y la cerró. El alba clareaba el cielo sobre su cabeza, pero la oscuridad persistía entre las encinas cuyo ramaje sombreaba toda la franja inferior de la ladera hasta su unión con el valle, lóbrego a esas horas. Lo sobresaltó la voz de una lechuza. Durante un instante quedó paralizado: por su mente cruzó de manera confusa la imagen del pico y las garras de un ave de presa y experimentó una sacudida de pánico. Buscó apoyo en la pared de la choza y poco a poco recuperó la normalidad.
Sacudió la cabeza y, seguido de Bona, emprendió la marcha. Cruzó la escalera de Caco y, sin descender ni salir del área boscosa, siguió la curva de la ladera del Palatino adentrándose en el valle del Velabro. La oscuridad era allí más intensa, pues la propia mole palatina proyectaba su sombra sobre esa vertiente. Allá abajo, invisible aún por la negrura, el agua estancada por la crecida del río emanaba un hedor de putrefacción insoportable. Las aves carroñeras no tardarían mucho en emprender su diaria búsqueda de comida entre los despojos arrastrados por el río. Rómulo se sentó al pie de una encina y reclinó la cabeza sobre el tronco. La perra se tendió a sus pies.

Si al menos consiguiera ser tan fuerte como Remo, tan rápido al tomar sus decisiones. Admiraba la valentía de su hermano, pues afrontaba sin dudar cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino y lo vencía con facilidad, con voluntad arrolladora. No le importaba fallar en algo, porque enseguida encontraba otro reto y se olvidaba del anterior. A él, en cambio, cada fracaso le pesaba, perdía tiempo y energías en superarse, no cejaba hasta conseguirlo. Mientras tanto, los demás ya habían triunfado en otros juegos o buscaban nuevas aventuras. No había límites para ellos, el Tíber, las colinas, el mundo entero era suyo. Aunque le doliera, sus amigos tenían razón al preferir la compañía de Remo.

- ¡Por fin te encontramos! ¿Cómo se te ocurre venir a este lugar apestoso?

Publio y Gordio Quintili estaban a pocos pasos de él, equipados con sus lanzas. Rómulo levantó la vista.

- ¿Vais de caza? - preguntó a su vez.

- Vamos de caza - dijo Gordio moviendo la mano para darle a entender que él estaba incluido en el plan. En efecto, Publio llevaba dos lanzas, la suya y la de Rómulo y en ese momento se la tendió a su amigo. Pero como éste no hizo intención de moverse, los hermanos Quintili se sentaron a su lado.

- Aún estás enfadado con nosotros - afirmó Gordio -. No tienes razón, Rómulo. Somos tus amigos, estamos juntos siempre, te seguimos. Pero antes de ayer quedamos como unos cobardes delante de los demás. Y encima cenamos coles mientras tu hermano y los otros se zampaban el cordero. ¡No sé qué tiene para ti el Aventino!

- Pues no es tan difícil de comprender - respondió airado Rómulo -. Mi padre trazó esa linde para que nosotros y los pastores del Aventino nos mantuviéramos alejados y en paz. Pregúntale al tuyo si se acuerda de cuando unos y otros se descalabraban a bastonazos.

Su afirmación no recibió respuesta. Durante un rato permanecieron callados los tres.

- Hagamos la paz también nosotros - dijo finalmente Publio -. Dentro de unos días nos romperemos las cabezas con otros pastores y no será por unos sucios corderos, sino por atraer la atención de las muchachas. ¿Dónde podemos ir ahora? ¡Necesito ejercitar mis piernas!

- Yo pensaba seguir por aquí hasta el riachuelo.- dijo Rómulo -. Quizá Orison lleve hoy a abrevar sus caballos. Incluso a veces lleva a una mujer con él.

- ¿Y eso no lo tenemos prohibido? - respondió Gordio.

Pero hubo de echar a correr sin esperar respuesta, pues Rómulo y su hermano ya le llevaban ventaja.





La maza batía el mortero con golpecitos breves y rápidos. A veces sonaban más fuertes, cada vez que Flora recordaba las palabras de su padre y se le reavivaba el disgusto. Entonces algún grano de espelta volaba por el aire e iba a caer sobre la tierra apisonada de la choza. Era una desventura ser la única hija de Caius. ¡Y aún juzgaba su madre necesario darle gracias, pues muchos padres dejaban morir a sus hijas nada más nacer! Rectificó enseguida ese mal pensamiento: sí, debía estar agradecida. Aunque severo, su padre era un hombre justo y no muy difícil de tratar. Sin embargo, no entendía el motivo de un enfado tan exagerado. ¿Tan malo era hablar con un muchacho en la fuente? Ella no tenía la culpa de vivir en un lugar casi desierto. ¿Estaba condenada a no hablar con nadie de su edad o a casarse con un viejo sin dientes? Golpeó furiosamente el mazo.

- Tu padre tiene razón - dijo su madre, desde el fondo de la cabaña, donde arreglaba unas pieles a la luz de un lucerna.

- ¿Cómo sabes lo que estoy pensando?

- He sido joven también. Y me gustaba participar en las fiestas de los pastores, cantar y danzar alrededor de las hogueras, asistir a las bodas. Pero nunca pensé en elegir yo misma a mi marido. Tú no debes pensarlo tampoco, hija. Tu padre elegirá al mejor hombre para ti.

- ¿Y si es un viejo?

- No será un viejo - respondió presta la madre -. ¿Qué viejos conoces tú por aquí, aparte de Quinto?

- Pues los demás no me gustan. Y no entiendo por qué padre se ha enfadado tanto. ¿Qué tienen de malo los muchachos del Palatino?

- Escúchame, Flora - dijo la madre dejando su tarea y sentándose junto a ella -. Olvídate del hijo de Fáustulo. Es un criado del rey Amulio y esa gente sólo puede traernos desgracias. Lo sé bien, porque yo misma vi morir a la antigua reina Aurelia, en ese rincón de ahí. No hay palabras para describir cuánto sufrió esa mujer. Y por culpa de Amulio. Todo lo relacionado con el rey está maldito para nosotros. Mírame.

Su madre le levantó la barbilla y la obligó a mirarla a los ojos. La mujer sonreía.

- Cuando este año vayamos a la fiesta de Júpiter Latiaris, me señalarás a los pastores de tu agrado y yo hablaré con tu padre - dijo -. ¿Estás de acuerdo?

Flora asintió, le dio las gracias y ambas retornaron a sus tareas. Sin embargo, la muchacha no estaba conforme con las explicaciones de su madre. Le parecían absurdas. ¿Que tenía que ver Remo, su adorado Remo, con la muerte penosa de Aurelia? Se la habían contado muchas veces, pues era un honor para su familia habitar en una cabaña que había pertenecido a un rey, pero Númitor había sido destronado hacía ya muchos años. ¡Ella aún no había nacido! Esas viejas historias no le atañían.

Con un suspiro evocó a su amado. Él y su hermano gemelo sobresalían entre los demás pastores por su apostura. Se movían con una gracia animal, firme y ligera al mismo tiempo. Los reconocería desde el otro lado del valle al verlos correr aunque llevaran ocultas sus cabelleras doradas. En cuanto a Remo, en toda la ribera del Tíber no había quien tuviese una figura tan atlética, unos ojos tan vivaces y atrevidos. ¡Y qué boca…! Irradiaba confianza en sus propias fuerzas y en su porvenir.

Siguió moliendo el grano y su cabeza pensaba en el modo de hacerle saber a Remo que si no acudía a la fuente no era por su voluntad, sino por  la  prohibición tajante de su padre. Dentro de un par de días se celebraría el mercado junto al Ara Máxima de Hércules. Hallaría la manera de encontrarse con él.





- Eres muy bueno lanzando piedras - dijo Hortensio mientras se acercaba a Remo, quien desde uno de los extremos del Palatino tiraba piedras al valle con evidente furia. Había esperado inútilmente junto a la fuente de Fauno y Pico durante toda la mañana.

El muchacho cesó sus lanzamientos y lo miró un instante. El prometido de su hermana Fausta no le gustaba. Conseguía ser el centro de atención allí donde iba porque hablaba mucho y gastaba bromas sin parar. Era un presuntuoso que, por ir con frecuencia a Alba Longa, donde tenía parientes, se creía el hombre más importante de las colinas del Tíber.

- En realidad, eres muy bueno en todo - insistió Hortensio, sentándose al pie de una encina -. Te he visto arrojar la lanza, cazar y correr y no conozco a nadie que se te iguale. ¡Si yo tuviera tu habilidad, ya habría conseguido un buen regalo para tu hermana Fausta!

Esa declaración dejó perplejo a Remo. No solo el reconocimiento a su propia superioridad, sino porque Hortensio era un hombre acomodado.

- ¿No puedes hacer un regalo a mi hermana? 
 - Puedo hacerle muchos, pero no le satisfacen. Las muchachas son muy caprichosas - dijo Hortensio -. Les gusta lo difícil o imposible de conseguir. ¡Por extravagante que parezca, basta con hacer una tontería para convertirte en un héroe a sus ojos!
 - Y ¿qué clase de tontería querría de ti mi hermana? – preguntó Remo, a quien Fausta le había parecido siempre una joven poco exigente.
- Se volvería loca si robase para ella un buen puñado de sal – dijo Hortensio con un suspiro -. La sal es la riqueza de una casa, dice, y es de buen augurio recibirla de un futuro esposo. Sobre todo si el pretendiente se arriesga a hurtarla de los almacenes del Aventino sin que le rompan la cabeza los vigilantes. O aunque se la rompan…
Remo quedó pensativo durante unos momentos. Luego, no sin orgullo, reanudó el lanzamiento de piedras esforzándose por hacerlas llegar más lejos. Pero ya las tiraba sin furia.



NOTA: Este es el capítulo 4º de Remo y Rómulo. Todas las fotos son de Rafa Lillo.

miércoles, febrero 06, 2013

UNA PREGUNTA ADECUADA





[Es preciso] tener presente el dicho de aquel lacedemonio que, al ser alabado el rey Carilo, dijo: “¿Cómo puede ser un hombre bueno, el que ni siquiera es severo con los malos?”


PLUTARCO.- Moralia.
Traducción de Concepción Morales Otal y José García López.

NOTA: Se puede sustituir la palabra "bueno" por "honrado". Foto de Rafa Lillo.

lunes, febrero 04, 2013

ALGUNOS CONSEJOS





 La gruta de Orison era profunda y oscura. Pellejos de oveja y de otros animales tapizaban la pared del fondo, donde se amontonaban bancos, cestos, ropas y muchos enseres y donde, seguramente, sus habitantes tendían sus esteras para dormir. Orison era más rico que los pastores gracias a sus rapiñas, por eso, aunque su alojamiento fuera propio de animales, resultaba mucho más seguro que una choza: allí nadie podría sorprenderlo por la espalda, ni prender fuego al tejado.
El hogar ubicado en el centro de la caverna era el territorio sobre el cual imperaba la madre del bandido, a cuyo encuentro había acudido Acca Larentia en busca de ayuda.  Mientras servía un poco de caldo en dos recipientes, la anciana Elia escuchó los temores y preocupaciones de Acca. No eran nuevos. Sin embargo, cuando el día anterior la voz inesperada de su hija Fausta había pronunciado un presagio nefasto, el miedo la había asaltado con mayor violencia que otras veces. Elia la dejó hablar. Luego sorbieron trago a trago la sopa, calentándose al mismo tiempo las manos en las escudillas.
Al terminar, Elia pidió ayuda a Acca Larentia para apartar el caldero del fuego. Con un gancho especial ensartaron una de las anillas de la cadena que lo sostenía colgado del techo, tiraron de él y sujetaron el extremo opuesto a una argolla fija en la pared. El caldero siguió colgando, pero no sobre el rodal de piedras que rodeaba el hogar. Éste quedó libre, con un par de leños casi consumidos en el centro. La anciana se retiró al fondo de la cueva y volvió enseguida con un saquito en las manos y un bastón de madera de arce.
En cuclillas, Elia atrajo hacia sí unas cuantas brasas con el bastón y las removió mientras recitaba una salmodia. Las observó fijamente antes de repetir la operación. Tres veces lo hizo y las tres veces su rostro se mantuvo impasible.
-          Hay mucha oscuridad alrededor de tus hijos.
Acca acusó el golpe. Apretó más las manos contra el pecho y esperó.
- ¿No dices nada? – preguntó Elia, mirándola a los ojos –. Bien, es cosa tuya si no quieres hablar. 
Abrió entonces el saquito que tenía sobre el halda, sacó un puñado de semillas de adormidera y lo arrojó sobre los tizones encendidos. Enseguida empezaron a quemarse. De dos ascuas muy unidas y rojas ascendía una doble columna de humo fina y recta que, al alcanzar la altura de un palmo, se volvía sinuosa y trazaba amplias volutas. Una humareda densa y oscura procedente de otras brasas se mezcló con el humo claro de las volutas y las tornaba negras y asfixiantes conforme subían hacía el techo. Tras haber contemplado el movimiento del humo y sus cambios, Elia cerró los ojos y lo respiró.
- Fuerzas muy poderosas amenazan a tus hijos, Acca – dijo –. De dónde proceden quizá lo sepas tú, pues el humo no lo revela como tampoco permite saber quién vencerá. Algo oculto, quizá un viejo secreto, lucha por salir a la luz. Es algo resplandeciente y peligroso a la vez. Eso es todo cuanto puedo decirte.
Acca Larentia ocultó un momento la cara entre las manos.
- Me voy con mayor pesar del que he traído, amiga Elia. Con todo, dime a qué dios o diosa debería propiciar en favor de mis gemelos – suplicó con voz trémula.
- Al viejo Jano. Tiene mucho poder y custodia todos los pasajes – respondió la anciana sin dudar –. Los comienzos y los finales son asunto suyo.


Como todos los días, el pastor Quinto contemplaba el horizonte desde la cumbre del Aventino cuando vio a lo lejos al mayoral de los rebaños de Númitor. Caius, por expreso deseo de su amo, se había instalado con su familia en la antigua cabaña del rey destronado, situada en la parte baja de la colina, junto a un bosquecillo de robles. Le llamó la atención la manera de caminar apresurada de Caius, la fuerza con que apoyaba en el suelo el cayado, símbolo de su autoridad. Desapareció un momento de su vista, oculto por la propia cabaña, para reaparecer enseguida, mirar a su alrededor y tomar la senda en dirección a la cima de la colina, donde él mismo estaba.
Al llegar a su altura, el mayoral lo saludó haciendo el gesto de levantar rápidamente la barbilla. La expresión del rostro era seria y sombría.
- ¿Has visto a mi hija Flora?
El anciano negó con la cabeza. Hombre curtido y de pocas palabras, era dueño de una sabiduría conquistada a lo largo de los años y de su capacidad para observar y escuchar. Númitor lo tenía en gran estima, había sido para él un compañero silencioso y casi imprescindible durante su dura etapa de destierro en el Aventino, tras haber sufrido el destronamiento y la expulsión de Alba Longa por orden de su hermano Amulio.
También Caius sentía respeto por el viejo pastor y apreciaba mucho su saber. Su encuentro no era casual. Se sentó al lado de Quinto, sobre una piedra, y deslizó la mirada por el declive de hierba a lo largo del cual perdía altura la colina antes de remontarla de nuevo en el monte Murcus. Los dos hombres permanecieron en silencio mientras la tarde avanzaba hacia el ocaso.
- Ayer nos mataron una oveja - dijo al fin Caius -. Fueron los criados del rey Amulio.
- Di mejor los muchachos del Palatino que están realizando su iniciación - respondió Quinto tras una pausa -. ¿Quién de nosotros no hizo otro tanto en su momento?
- ¿Los viste tú?
- Yo veo muchas cosas y no todas me gustan. Sin embargo, conviene distinguir.
- Uno de ellos, hijo de Fáustulo, ronda a mi hija y le habla cuando va a la fuente de Fauno - dijo con enfado no disimulado Caius -. Hasta hace dos días esos muchachuelos se limitaban a cruzar la linde cuando y como querían, molestando a nuestros pastores y al ganado. Ahora nos han matado una oveja y, para mayor escarnio, ese gañán la exhibe como un trofeo delante de mi hija.
- ¿Te lo ha dicho Flora? - preguntó con cautela Quinto. Y ante el silencio de Caius, continuó -. Yerra quien se deja llevar por las murmuraciones de otros.
- Es fácil para ti hablar así. No has sido padre y ello te ha librado de muchas preocupaciones, aunque ahora pagues esa comodidad viviendo solo como un perro - contestó Caius -. No permitirías a un indeseable acercarse a una hija tuya. Menos aún cuando es casi un enemigo.
- Mantengamos la paz entre las dos colinas, Caius. Númitor ya ha sufrido mucho y no necesita atraer aún más la hostilidad de su hermano el rey Amulio. Haz un sacrificio a Fauno y pídele protección para nuestros rebaños.
- No busco problemas ni deseo ofender a los dioses enemistándonos más con nuestros vecinos. – respondió Caius tras unos instantes de reflexión –. Sin embargo estoy obligado tanto a proteger los rebaños de Númitor como a velar por mi propia hija. Flora no volverá a la fuente de Fauno. En cuanto a esos muchachos, ordenaré a los pastores que les tiren piedras para ahuyentarlos si entran en territorio del Aventino o se acercan a nuestros animales. Eso los detendrá.
Quinto movió la cabeza con un gesto de duda.
-Puede surtir efecto para proteger al ganado. En cuanto a tu hija y ese muchacho… La naturaleza misma excita el deseo carnal, pues es necesario para renovar el mundo. No es sabio usar piedras contra una fuerza que hasta a los propios dioses enloquece.
Con un gesto brusco, Caius se puso en pie para marcharse. Quinto no se levantó, pues era demasiado esfuerzo para su edad. Ya no pastoreaba, sino que se ocupaba en verano de las colmenas de Númitor y sólo le rendía cuentas a éste. Observó al mayoral descender por el declive y luego levantó la vista hasta los contornos azules, ya desvaídos, de los montes Albanos. Parecían hallarse muy lejos.


- ¡Eh, Rómulo! - llamó Urco poniendo ambas manos a los lados de la boca para dirigir su voz sin gritar demasiado, pues no era conveniente hablar ni relacionarse con los muchachos durante su iniciación - ¡Eh! ¡Estoy aquí!
Llamaba desde uno de los embarcaderos de invierno, al pie y a la izquierda de la escalera de Caco. Pese a la escasez de luz, Rómulo se entrenaba lanzando cuchillos contra un saco atado al tronco de una encina. Al oír a su hermano, dejó los cuchillos y bajó a todo correr.
- ¿Tienes buenas noticias? - le preguntó, aun resoplando.
- Muy buenas, si - respondió Urco exhibiendo una sonrisa -. El rey Amulio ha aceptado la petición de padre para que yo lo sustituya como mayoral de sus rebaños la próxima primavera, en la fiesta de Júpiter Latiaris.
- ¿Se lo has dicho a madre? - dijo Rómulo con la misma alegría.
- Darle esa satisfacción le corresponde al viejo Fáustulo, ¿no crees? Estoy muy orgulloso, hermano - afirmó Urco pasándole un brazo sobre los hombros -. Remo y tú vendréis conmigo, os llevaré a conocer todos los pastos y a todos los pastores del rey, quizá en el futuro uno de vosotros me sustituya a mí. ¡Y verás qué muchachas hay en Alba Longa!
- No creo que madre nos deje ir.
- Pero ¿qué dices? - exclamó Urco echando hacia atrás la cabeza y lanzando una risa sonora -. ¿Vais a estar toda la vida agarrados a su túnica? ¡Vamos, muchacho, nuestra vieja Acca Larentia tendrá que dejar libres a sus niñitos! Os tiene tan atados porque sois los pequeños. Los demás íbamos a todas partes desde que aprendimos a andar. Mira, cuando estabais a punto de nacer, en medio de una tormenta espantosa y con el río desbordado, me hizo llevarme al difunto Cepio y a Fausta a la cabaña del viejo Cornelio y desde allí mandarle aviso a padre. ¡Y no tendría yo más de nueve años!
Hablaron de los nuevos planes durante un rato. Urco pensaba contar también con la ayuda de Hortensio, el prometido de su hermana Fausta. Era bien recibido en todas partes por su carácter alegre y conversador, siempre dispuesto a la broma y además, según acababa de descubrir con sorpresa, estaba bien relacionado en Alba Longa, lo conocía mucha gente. Estas cualidades les serían muy útiles.
Felicitándose por tan buenas expectativas, los dos hermanos se despidieron con ánimo alegre. Urco subió por la escalera de Caco hacia la cumbre del Palatino. Tras los primeros escalones avanzó sin prisas. Había enviudado hacia casi un año y su cabaña se le antojaba un lugar triste, así que retardaba el momento de llegar incluso en un día dichoso como aquel. Desde la escalera oyó hablar a los muchachos.
- Yo no pienso decírselo a Rómulo - dijo una voz
- Pues es tan valiente como cualquiera de nosotros, - respondió Gordio Quintili -, sólo que no le gusta el Aventino.
- ¡Callad! - dijo otro - Aquí viene.
Urco se quedó disgustado. Le sorprendió desagradablemente esa conversación. Algo no iba bien para Rómulo. Y el muchacho debía haberla oído.

*A excepción de la foto de la cueva, sacada de internet, las demás fotos son mías.

miércoles, enero 30, 2013

LOS AMIGOS CORRUPTOS DE MARIO



 

Se queja el noble Mario de los muchos mangantes que hay en el foro
y asegura que a ninguno conoce. Eso jura por todos los dioses.
Mas no temáis que se quede sin amigos por esa causa:
no ofende quien disimula si, al mismo tiempo, protege. 


*Dios Mercurio enseñando bien su bolsa... Foto: Isabel Barceló