- Parece buena idea, señora – responde el Príncipe del Senado – Sin embargo, ese otro hombre, el filósofo… Lo que me habéis contado me induce a sospechar que puede ser peligroso.
- Ocasionará problemas, ¿no es cierto, Acus?, pero también aportará frescura y libertad de pensamiento – responde Dido –. Si somos tolerantes, se nos unirán más filósofos que se sientan en riesgo en otras ciudades… Los sabios atraen alumnos, y los alumnos llevan tras de sí una legión de criados… Ganar fama es lo que más conviene al crecimiento de una ciudad y a su comercio.
- Y hasta al esclavo, Claudio Apollioni, podríamos sacarle partido – añade Acus –. Por lo visto es pedagogo y bien saben los dioses cuánto necesitamos uno. ¡Toda nuestra chiquillería se pasa el tiempo jugando y sin ningún provecho!
- Proteger a esos hombres puede ser incompatible con la amistad y benevolencia de los rodios – advierte el Príncipe del Senado.
- Por mi parte – dice la reina – creo que debemos defenderlos todo lo posible y ceder únicamente en el caso de que pudiera salir perjudicado nuestro pueblo. Quiero exponeros las ideas generales de un plan que se me ha ocurrido. Debemos asustar a los senadores rodios…
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La nave de la reina está bellamente adornada. Entre el mástil y la proa han tendido un toldo improvisado con telas finas de diversos colores para matizar la luz en unos sitios y encenderla en otros. El lugar que ocupará la reina está respaldado por un dosel de color púrpura y de la misma tela se ha cubierto su escabel y las mesitas en las cuales se servirá un refrigerio. Ula, Morgana y otras jóvenes han bajado a tierra bien escoltadas y recogido ramas de olivo y gran cantidad de plantas olorosas. Con ellas han confeccionado guirnaldas y las han colgado en la borda. Han arrojado al suelo, desmenuzadas, ramitas de tomillo, romero, manzanilla y otras semejantes que no conocían pero huelen deliciosamente, formando así una alfombra fresca y verde. En el puerto han adquirido frutas para exprimir sus jugos, tortas y algunos dulces. Sérvulo, el copero de la reina, se ha encargado de seleccionar el vino y establecer la proporción adecuada de agua para la mezcla.
- Os estaréis preguntando, nobles señores, qué razón nos ha traído a Rodas. En realidad, son dos: una de ellas, buscar al cartógrafo Igres que, según nos han informado, se halla trabajando en estas costas por encargo vuestro. El otro, aprovisionarnos de cereales, carne seca, galletas, vino y algunas herramientas.
- Antes de tratar esos asuntos, noble reina, nos gustaría saber qué ocurre con esos hombres a los que habéis protegido … - dice el Senador más anciano.
- Debemos añadir – señala Acus – que la reina, al darles su amparo, corrió un gran riesgo, pues quedó expuesta a las iras de la multitud.
- Fue una reacción impulsiva por mi parte – añade Dido con expresión contrita mientras recorre con sus hermosos ojos los rostros de los senadores rodios buscando su comprensión – Los fenicios somos gente de orden. Y supuse, quizá erróneamente, que no os gustaría que la ira popular menoscabara vuestra autoridad. Entiendo que sólo vosotros tenéis legitimidad para castigar a esos hombres.
- Habéis hecho bien, señora, y os quedamos agradecidos – dice el anciano senador, francamente aliviado –. Nos habría resultado muy difícil explicar a la ciudad de Atenas la muerte de dos ciudadanos suyos a manos de la población de Rodas.
- ¿Son ciudadanos de Atenas? – pregunta el Príncipe del Senado, con expresión de alarma. Al cabo de un instante se inclina hacia la reina y finge hacerle una confidencia, aunque con voz suficientemente alta como para que le oigan los senadores de Rodas – ¡Entrégaselos enseguida, mi reina! Cierra el negocio de los suministros y vayámonos cuanto antes. Piensa que si el gobierno de Rodas no castiga a esos hombres habrá una revuelta ciudadana, y si los castigan… ¡No querría estar en la piel de estos senadores y tener que vérmelas con Atenas!
- Bien, nobles señores – dice la reina levantando su copa a modo de brindis y sonriendo a sus invitados, cuyos rostros han palidecido –. Antes de acabar esta velada estarán en vuestro poder esos atenienses. Considerad el asunto resuelto. En cuanto al cartógrafo y a las provisiones…
Los invitados rodios se miran con desconcierto. Las confidencias que han oído han hecho mella en su ánimo y les hace removerse inquietos. Inclinan sus cabezas para hablar entre sí e intercambian algunas opiniones. La idea de los conflictos que se les avecinan les aterra. Quizá no les convenga en absoluto que les entreguen a los atenienses. Al menos, hasta que se les ocurra alguna salida. El senador anciano toma de nuevo la palabra.
- Nos gustaría complacer todas tus peticiones, noble reina – dice –. Sin embargo. los recientes tumultos, cuya gravedad has visto con tus propios ojos, lo dificultan. Hablar ahora de cereales en esta ciudad es prender la tea de un incendio. Y mucho me temo que en cuanto pisen de nuevo Rodas esos atenienses, se recrudezca el conflicto…
- Señores – interviene Acus – Habéis reconocido hace un momento que la intervención de la reina al proteger a esos hombres resultó favorable para Rodas. Y esto ¿ha de redundar en nuestro perjuicio? ¿Habremos de zarpar sin provisiones y sin el cartógrafo Igres en cuyo trabajo confiábamos para fundar una nueva ciudad? En tal caso, os ruego que apuréis vuestras copas y regreséis a vuestras casas – y girando su vista hacia la reina Dido, añade: - Señora, antes de que caiga el sol hemos de desembarcar a los atenienses y su esclavo y aprestarnos para partir antes del alba. Apenas contamos con provisiones y, si no queremos morir de hambre antes de alcanzar otro puerto, no debemos perder tiempo.
Los rodios quedan mudos ante este reproche y la perspectiva de tener bajo su responsabilidad a los atenienses. El desasosiego se refleja en sus rostros. Reacciona de nuevo el más anciano.
- Nadie ha podido afirmar nunca, ¡Oh noble reina!, que los rodios seamos desagradecidos. Dadnos un poco de tiempo. Lo necesitamos para traer hasta aquí al cartógrafo por quien estás tan interesada y para preparar con discreción esos suministros. Como garantía de nuestra palabra, retened con vosotros a los atenienses hasta que hayamos cumplido. Ved si es grande nuestra confianza.
- No sé que responderte, noble señor – dice la reina, con gesto dubitativo –. Ni siquiera hemos hablado de precios...
- ¡No debéis preocuparos por un detalle tan insignificante…!
* Detalle de un sarcófago. Museo Termas de Diocleciano.
**Detalle de cabeza femenina. Pompeya
***Guirnalda de laurel. Santa Agnese fuori le mura. Roma.
****Detalle de mosaico. Museo Massimo alle Terme.
*****Detalle de pintura mural. La Farnesina. Roma.
******Figura femenina. Museo Termas de Diocleciano.
*******Detalle de grupo escultórico. Museo Massimo alle Terme.
********Reflejo en un estanque de Villa Doria-Pamphili. Roma.
NOTA:
NOTA: Algunos amigos participan de esta historia con diversos personajes. Para facilitar la comprensión de cada post, se incluye la lista por orden alfabético de personajes. A continuación, entre paréntesis, están los nombres de los amigos bloggeros.
KARO, escribiente de la señora Imilce. (Antonio Portela)
UN CANGREJO en cualquier playa. (Cangrejo sedentario)
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