La reina Dido se está engalanando para recibir a los troyanos. De una pieza de púrpura se ha hecho confeccionar una túnica cuyos pliegues caen hasta el suelo después de remarcarle los senos y definir, sutilmente, el contorno de sus caderas. Con agujas de marfil, Barce termina de sujetarle el cabello en la parte alta de la cabeza, dejando a la vista la finura y esbeltez de su cuello, libre de otros adornos. Sobre la frente, una cinta de oro le ciñe las sienes y transforma en dorada la luz de su rostro. La perfección de los ojos queda subrayada por una fina línea de khol y pétalos de flores frotados con delicadeza enrojecen sus labios.
- ¿Cuál me pongo? – pregunta Dido extendiendo ante ella ambos brazos y observándose las muñecas. Duda entre un brazalete de oro con espirales grabadas a punzón y otro de bronce totalmente cubierto con franjas de esmalte blancas, azules y rojas. Los dos son bellos y favorecen el color de su piel.
- Estás preciosa, hermana. En mi opinión, te conviene más el brazalete de oro. Es hermoso y regio. ¿No te parece, Barce?
- A mí me gusta. Y no añadiría más joyas que las fíbulas a juego en los hombros. Exhibir demasiada opulencia no es de buen gusto. Y menos delante de personas que han perdido hasta su propia ciudad.
- No creo que a Eneas le deslumbren las riquezas. Es bastante serio – dice Anna, como si la seriedad fuera incompatible con la ambición – Y tiene fuego en los ojos… ¿Te has dado cuenta, Dido?
La reina se vuelve de espaldas y deja la pregunta sin responder. ¿Puede llamarse fuego a una mirada profunda y a la vez distante que traspasa el alma con la misma facilidad que un cuchillo atraviesa un queso tierno? El comentario de su hermana despierta el aleteo de un enjambre de abejas en su pecho. Hay emoción e impaciencia en la espera. No ha vuelto a ver al troyano desde que se presentó en el templo de Juno, hace ya una eternidad.
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El príncipe Eneas y sus invitados al banquete alcanzaron Cartago al atardecer, cuando los últimos rayos solares caían oblicuos sobre la ciudad y la herían como una lanza. Las recias murallas, la majestuosidad y prestancia de los templos, el foro y otros edificios públicos, admiraron a Iskias y Cirene, quienes pisaban sus calles por vez primera. El dios Cupido, bajo la apariencia del joven Ascanio, fingió no haberla visto nunca, y de ese modo mantuvo oculto su ardid y los planes secretos de su madre Venus. Alegremente cogido de la mano de Cirene, llamando la atención de ésta hacia tal o cual detalle, recorrió las vías principales hasta llegar al palacio donde, radiante y confiada, le aguardaba su presa.
- Sed bienvenidos todos a mi casa y consideradla vuestra – dijo la reina – porque es mucho lo que nos une.
Los triclinios estaban colocados en los lados más largos de la sala, cuatro a cada parte, dejando suficiente espacio en el centro para las mesas y la circulación de los criados. Y al fondo, presidiéndolo todo, un lecho de una sola plaza para la reina. Todos los cojines y las telas eran de color púrpura y oro. Guirnaldas de hojas, flores y frutos decoraban el borde de las mesas vistiéndolas con los colores de la primavera. Delante de cada puesto, al alcance de la mano, se distinguían bellos cálices de vidrio. Ceñidos a las paredes aguardaban órdenes los servidores: eran muchachos y muchachas, en número igual al de comensales, vestidos con faldas cortas de lino, sandalias de cuero y brazaletes de bronce. Ni siquiera en la fastuosa Troya habían visto los invitados tanto esplendor ni un equilibrio tan perfecto entre la opulencia y la elegancia.
La reina había dispuesto los lugares de modo que cada troyano estuviese acompañado por dos cartagineses, reservando el primer triclinio de su derecha para el príncipe Eneas, flanqueado por Anna y la vestal Crisea, y el primer lecho de su izquierda para el joven Ascanio, cuya sonrisa brillaba tanto como el salón entero y sería agasajado por el Príncipe del Senado y la noble Diana.
Al tiempo que Eneas decía esto, Cirene se había puesto en pie. Sobre su brazo extendido mostró un velo finísimo, casi transparente, con los bordes festoneados de hojas de acanto bordadas en hilos de oro. Unos sirvientes lo tomaron con mucho cuidado y lo acercaron a la reina. A continuación, mostró la troyana un maravilloso manto de vuelo amplio, recamado en oro y plata sobre tisú color grana. Estas dos piezas eran las de Helena. Quedó la reina Dido fascinada, no sólo por su hermosura, sino también por la importancia de sus insignes dueñas. Las aceptó con palabras de alegría y agradecimiento, y mandó que las dejaran a un lado.
- Las joyas que ahora te ofrezco me son todavía más queridas, porque solía usarlas mi prima Ilíone, hija mayor del rey Príamo: con ellas quiero demostrarte cuánto es mi aprecio por ti y cuánto me enorgullezco de haber sido recibido como un amigo.
- Permíteme, señora, que yo mismo te coloque el hilo de perlas – dijo Ascanio levantándose al mismo tiempo de su triclinio.
La reina Dido lo miró con ojos favorables: era un niño tan bello y encantador, se parecía tanto a su padre… Asintió sonriente y en un instante tenía junto a ella a Cupido. Como quien alarga el cuello a un verdugo sin saberlo, con la misma inocencia tendió ella el suyo a ese dios despiadado. Y él, sin asomo de compasión, aprovechó el momento de anudarle el hilo para clavarle en el corazón, por la espalda, una flecha envenenada de amor.
*Detalle de escultura femenina. Venus Esquilina. Museos Capitolinos. Roma.
**Asís moderno al atardecer.
***Detalle de fresco de la loggia de Cupido y Psique. Venus señala a Cupido su presa. Villa Farnesina. Roma.
****Detalle de escultura clásica. Real Academia de España en Roma.
*****Escultura de una Vestal. Exposición en el Coliseo, 2004. Roma.
******Detalle de un fresco con Cupido. Pompeya.
*******Detalle de una planta de begonias. Real Academia de España en Roma.
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