jueves, noviembre 15, 2007

EL ADIOS A CARTAGO.- (XIII).- La reina Dido burla por última vez a Yarbas.



Atravesando como una daga la negrura y la quietud de la noche, los aullidos de Mook, el perro de la reina, se extienden por todas las estancias del palacio y penetran hasta sus rincones más ocultos. Muchos pies saltan al suelo helado, muchas manos despabilan las lámparas de aceite; se oye pasos apresurados y voces preguntando qué ocurre. La cocinera y sus ayudantes, que duermen en la cocina, son los primeros en levantarse. Uno de los pinches enciende en las brasas una tea y es enorme el sobresalto de todos al ver a la vieja Barce delante de un fogón, con las manos temblorosas y la cara lívida.

Sofonisba coge la tea y sale al patio. En la esquina contraria, Mook agita la cabeza, da pequeños saltos adelante y atrás, y sus aullidos se tornan más lastimeros. Apunta con el hocico al centro, donde se alza el bulto informe y oscuro de la pira. A ella se acerca Sofonisba y la alumbra con la antorcha. Gruesos troncos se entremezclan con túnicas y mantos, escabeles, ramas, copas, el trono del templo de Juno… Y, de pronto, una mano.

- ¡Aquí, aquí! – grita –. Es la reina.

La noche se ilumina con hachones procedentes de todas partes y una marea de gritos sofoca los quejidos del perro. Barce se cubre los ojos mientras ceden sus piernas, incapaces de sostenerla. Los ruidos han despertado también a Anna, quien llega corriendo y, con el corazón sobrecogido de espanto, se abre paso entre las criadas, alcanza la pira y trepa por ella. En la parte más alta, tendida sobre el tálamo, yace Dido con el pecho desnudo y atravesado por la espada de Eneas. Aún respira.

- Ay hermana ¿qué has hecho? – dice cogiéndola entre sus brazos –. ¿Cómo te has atrevido a dañarte así? ¿No era bastante para colmar tu vida el amor de tu hermana y el de los cartagineses? ¡Maldito sea Eneas, ese monstruo a quien tomé por un amigo…! Y también sea maldita yo. Si, yo tengo toda la culpa, porque te mostré su amor como algo inocente y deseable. ¡Qué ciega fui! ¡Qué mal tan inmenso he causado! Ay, Dido, mi hermana querida, mi amiga, mi madre. No me abandones. Vuelve en ti, vamos. Sánate.


Las lágrimas de Anna se mezclan con la sangre de Dido y así unidas gotean y empapan las ropas del lecho, se deslizan por la pira y tiñen de rojo la túnica del troyano. La reina entreabre los párpados y los vuelve a cerrar. Quizá a sus oídos llegan los lamentos de todos los suyos, las quejas y el llanto de quienes le amaban y la habrían seguido a donde ella hubiera decidido ir. Su pecho herido se alza con dificultad, el rostro empalidece. No hay en él gesto de dolor, ni una mueca afea su belleza. Anna se inclina sobre su boca y le insufla su propio aliento tratando de prolongarle vida.

Amarillas y rojizas por el reflejo de las antorchas, sobre las hermanas se ciernen las alas de la mensajera Iris. Viene a cumplir el mandato de la diosa Juno quien, compadecida de Dido, no desea alargar su agonía. Y así Iris, apartando dulcemente a Anna, toma con delicadeza un mechón del cabello de la reina. Y en el mismo instante en que lo corta para entregarlo como tributo a la diosa del Hades, el espíritu de la reina de Cartago se libera de la carne y sus miserias y alza libre el vuelo.

Acaba de expirar la reina y ya están llegando al palacio fenicios de todas clases. ¡Ay, cómo lloran los humildes al verla, qué gritos dan! De cuantas penas y aflicciones ha sufrido el pueblo de Dido, ésta es la mayor: perder a su guía, su faro y su protectora en plena juventud y potencia, justo recién conseguido para ellos el bienestar tanto tiempo buscado. Los cartagineses se han quedado huérfanos de repente. ¿Dónde hallar, entonces, las palabras precisas para describir un dolor semejante? ¿Qué pecho no quedó desgarrado por la tragedia aquella noche, qué corazón no se rompió?

- Debí sospechar que tramaba algún plan – se lamentaba la noble Diana, cuyas lágrimas fluían como un río sin fin –. ¡Ojala hubiera adivinado sus designios!.

- ¿Y yo? – sollozaba Barce – Me he dejado engañar por su tranquilidad cuando hace un momento me ha ordenado traerle el caldo. ¡Ha sabido disimular muy bien conmigo...!

Qué deprisa, qué inesperadamente ha ocurrido todo. Hace apenas unas horas la reina recorría el palacio dando órdenes aquí y allá. Esta misma mañana ha enviado al noble Acus con una embajada para aplacar al rey de Libia. ¡Yarbas estará celebrando la respuesta de Dido, sin saber que ya no tiene con quien desposarse…! Cuanto más piensan en ello, con más claridad comprenden que ella lo tenía todo planeado. Eso explica la calculada ambigüedad de su recado para Yarbas: decirle que sabría aceptar su destino dejándole entender que se refería a su matrimonio. ¡Qué diferente de sus verdaderas intenciones! La reina se ha rebelado, no ha asumido pasivamente un destino impuesto por la fuerza de las armas o por el capricho los dioses, sino el que ella misma ha elegido. Esa es la reina de Cartago.

Anna decide cumplir, hasta el final, la voluntad de su hermana. Y puesto que ella quiso morir sobre la pira donde debían arder todos los recuerdos de Eneas, así se hará. No permite mover el cadáver. Ella misma, con la ayuda de Ula y Morgana, se encarga de lavar y perfumar el cuerpo de Dido y de adornar su lecho con plantas aromáticas e innumerables lágrimas.

La noche transcurre más deprisa que nunca y pronto la oscuridad del patio se atenúa con las primeras luces del amanecer. Entonces Anna sube a la terraza del palacio para vigilar la partida de las naves de Eneas. Sólo cuando hayan abandonado el suelo cartaginés entregará al fuego cuanto queda de su hermana y del troyano. Ya que no fue capaz de quedarse en Cartago para auxiliarlas, ya que abandonó a la reina a su suerte, que sepa al menos Eneas que ningún rastro quedará de él. Ni siquiera el inmenso amor de Dido.

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Entre la bruma del mar comienzan a perfilarse las proas de las naves troyanas. Avanzan con rapidez, enérgicas paletadas impulsan sus cascos. No hay signos de vacilación, ninguna señal de reconocimiento o respeto al pasar por delante del puerto de la ciudad que los acogió como una madre durante tantos meses. Erguida en la terraza, quieta, Anna los contempla marchar. También los troyanos la ven, de eso está segura. Pero ni una sola mano se alza para decirle adiós. También ella mantiene las suyas inmóviles.

- Ha llegado la hora – declara en voz alta cuando regresa al patio.

Por tres veces la vestal Crisea llama a reina por su nombre y las tres veces le responde el silencio. Entrega una antorcha a Anna y ésta da la vuelta a la pira prendiendo los troncos de la parte baja. Pronto arden las ropas, la madera de los muebles cruje y se incendia, lametazos de fuego alcanzan el cadáver de Dido. Su rostro está sereno y el resplandor de las llamas parece, por un instante, devolverle el color de la vida. La espada de Eneas, que Anna se ha negado a retirar del pecho traspasado, se pone al rojo vivo como si estuviera en el yunque del herrero, a punto de ser forjada. Así era el corazón de la reina que ha destrozado, fuerte y dúctil como el más noble metal.


La humareda crece igual que un ciprés en busca del cielo. Anna invoca a los dioses y les pide justicia. Llama a Eolo y le pide que extienda el humo negro por el mar y envuelva en su oscuridad a los troyanos; implora a Juno que los hostigue en todas partes sin darles tregua, y a Neptuno que con su autoridad los aleje de las costas del Lacio; apela a los poderes infernales para que los arrastren al abismo y a las Furias para que no les permitan descansar. Mas la venganza es un pobre consuelo. Y nada ni nadie puede arrancar a la Muerte su presa cuando ya la ha cobrado. Así, aquella noche, los cartagineses perdieron para siempre a su reina.



*Flores en la terraza de Isabel Romana. Valencia.
**Detalle de escultura funeraria. Cementerio General de Valencia.
***Detalle de relieve de terracota. Colección Academia Clementina. Bolonia.
****Escultura de personaje doliente. Jardines de Monforte. Valencia.
*****Detalle de escultura de mujer. Jardines de Monforte. Valencia.
******Detalle de escultura de mujer. Fuente de las Cuatro Estaciones. Valencia.
*******Detalle de escultura de mujer. Jardines de Monforte. Valencia.
********Detalle de relieve funerario. Cementerio protestante. Roma.

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jueves, noviembre 08, 2007

EL ADIOS A CARTAGO.- (XII).- La reina Dido experimenta una gran desazón.



- Estás en un error si, como dices en tu texto, crees que Eneas vio a la reina la mañana de su partida – le digo al poeta Trailo. Ha venido muy temprano a mi casa, seguramente para que le regale los oídos alabando su escritura y su gusto exquisito –. Eso, por no hablar de la cantidad de dioses que estaban atentos al menor estornudo del troyano. ¡Y disculpa que hable de algo tan vulgar como un estornudo!

- No vengo a pelear contigo, señora Imilce – responde Trailo, tomando asiento –. Te admiro mucho, ya lo sabes. Y me enorgullezco de tu amistad. ¿Sabes que me emociona imaginarme a mi madre aquí, en Cartago, recorriendo las mismas calles por las que yo ando, entrando en los mismos templos, viviendo en el palacio de Dido? Aunque no te lo creas, a ella también le dolió marcharse, pese a que lo consideraba necesario.

Si, supongo que debió dolerle. Cirene era una mujer muy afectuosa. Y con ella me vuelve siempre el recuerdo de Ascanio, un niño taciturno que deseaba ser rey y era un ladrón de corazones, como su padre. También se marchó sin despedirse.

- Quiero proponerte algo – insiste Trailo, ante mi mutismo –. Celebremos una fiesta cuando concluyas tu historia. Lo pasado, pasado está, y es mejor no guardar resentimiento.

- Creo que Trailo tiene razón – interviene mi ayudante.

- ¡No te pases al enemigo, Karo! – le reprocho –. ¿No te señalé yo, desde el primer momento, la importancia de conocer la historia precisamente para no fomentar un rencor innecesario y desproporcionado? Estoy harta de que me robes las ideas, Trailo ¡Ya era hora de que tuvieses una propia! Sí, celebrar una fiesta nos vendrá muy bien.

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Al anochecer del día previo a la partida de Eneas, la reina Dido se asoma por enésima vez y escruta el cúmulo de objetos apilados cuidadosamente en el centro del patio. Después de su primer impulso de amontonar de cualquier modo las pertenencias de Eneas, por la tarde le ha asaltado el temor de que todos esos recuerdos lacerantes no ardieran bien y ha mandado añadir a la pira troncos y ramas. Debía asegurarse que los pasados meses, los más dichosos de su existencia, quedaban reducidos a cenizas. No merecían terminar de otro modo las ropas que él había dejado tras de sí, los muebles, todo cuando había tocado su mano y evocaba un amor no correspondido.

Eneas jamás la había amado, ahora lo comprendía. Nunca se le entregó en cuerpo y alma como se había entregado ella. El troyano abrigaba desde el principio la intención de marcharse, y ella fue como una fuente en el desierto a cuya orilla el viajero se detiene a beber antes de proseguir su ruta. Eso ha sido para él la reina de Cartago: un alto en el camino y nada más. Y quizá a Eneas ni siquiera le hubiera importado que el agua de la fuente fuera dulce o amarga, transparente o sucia. Barce lo intuyó desde el primer momento y la avisó. Pero de nada sirve lamentarse ahora. Eneas ha muerto para ella, y esa pira lo transformará en olvido.

- ¡Barce! – llama a la vieja nodriza, quien la sigue a todos lados desde esta mañana. – Prepárame un baño.

- Te has bañado ya tres veces, mi reina. Tu piel no lo resistirá.

- No me discutas. Necesito borrar de mí todas las huellas suyas. Y enciende también unas lucernas en el altar de Siqueo. ¡Qué estúpida fui al no mantenerme fiel a su memoria! Me engañé creyendo que Eneas me amaría más. ¿Donde está Morgana? Dile que venga y sane el aire con sus artes mágicas.

- Ya lo ha hecho, señora.

- Pues que lo vuelva a hacer. Aquí no se puede respirar. ¿No sientes el olor de Eneas, esa mezcla de salitre y romero? Es olor a cadáver. Te lo he dicho varias veces, el troyano está muerto para mí. ¡Muerto, muerto!

- No debes pensar en él. Mañana se irá y no volveremos a verlo, gracias a los dioses – dice Barce cogiéndole la mano –. Vamos, tranquilízate, mi reina. Sofonisba te ha preparado un caldo que te confortará y te ayudará a dormir.

- Guárdalo para otro momento. Ahora no me apetece.

El día ha transcurrido en un errático ir y venir por las estancias del palacio. Ni la vestal Crisea, ni la noble Diana, ni su propia hermana habían conseguido sacar a Dido de un estado que tan pronto caía en la indiferencia como en la excitación. No parecía oír sus palabras ni ver sus rostros, y toda su atención se centraba en la pira y en su afán por asegurarse que nada de Eneas se libraría del fuego. Varias veces ha subido a la terraza a contemplar Cartago. Una de ellas, Barce la ha oído murmurar entre dientes:

- Yarbas no será rey de esta ciudad.

Estas palabras, dichas con los puños prietos, han levantado el ánimo de la vieja nodriza. Reconoce en ellas la determinación propia de Dido, su voluntad de no dejarse vencer. También las demás mujeres, al saberlo, han recuperado la confianza. La reina ha sido siempre ejemplo de fortaleza y, puesta una vez más a prueba, demostrará su capacidad de resistir y su inventiva para sortear los peligros.

Es ya noche cerrada cuando Barce consigue convencer a la reina para que se retire a descansar. Apenas Dido entra en su cuarto, se le apodera un violento temblor. A gritos llama a los criados para que quiten de su vista el lecho que había compartido con Eneas y ordena que lo coloquen en la cúspide de la pira, como evidencia visible del amor traicionado. A este trastorno le sigue otro: debajo del tálamo aparece, envuelta en un lienzo, la espada que la reina había regalado a Eneas en señal de amistad entre sus pueblos. Un nuevo golpe, pues Dido siente en el abandono de su regalo un desprecio más.

Barce le cede su yacija para acostarse y, como en los tiempos de penuria, se tumba a sus pies, en el suelo. Cerca de ellas Mook, el perro de la reina, entorna sus ojos tristes. Ninguna de las dos duerme.

¿Qué corazón puede sostenerse a flote cuando lo anega la pena? Si hasta un escudo de bronce se hiende y se deforma por los golpes en medio de una batalla, ¿qué no ocurrirá cuando se penetra en ella a pecho descubierto? Y si al final del combate, con el cuerpo desgarrado de heridas, en vez de un refugio en el que descansar, al combatiente le aguardan nuevas violencias, ¿de qué modo se protegerá? ¿Cómo soportará dolor sobre dolor, herida sobre herida?

- Tráeme ahora el caldo que me ofreciste antes – dice de pronto Dido, sabiendo que Barce también está despierta.

Se levanta la anciana y se dirige a la cocina. Podemos seguir la luz de la lucerna oscilando en su mano temblorosa y atravesar con ella el patio. Salvo dos diminutas llamas en el altar de Siqueo, todo está oscuro y silencioso. Aún quedan brasas en los fogones y Barce pretende calentar el caldo sin molestar a nadie. Casi a tientas busca el puchero de barro. Y cuando lo tiene cogido por las asas, un repentino aullido, lastimero y agudo, pavoroso, la sobresalta. El puchero se estrella contra el suelo y el mundo se fragmenta en mil pedazos.

* Esparraguera, en mi terraza de Valencia.
**Detalle de escultura del emperador Marco Aurelio. Museos Capitolinos. Roma.
*** y ****Detalles de figura femenina en la Fuente de las Cuatro Estaciones. Valencia.
*****Detalle de figura femenina en lápida funeraria. Iglesia de San Eustaquio. Roma.
******Detalle de la espada que envaina el ángel en Castel Sant'Angelo. Roma.
*******Detalle de capitel y columna en San Giorgio in Velabro. Roma.
********Detalle de la decoración de la cúpula de San Carlo alle 4 Fontane. Roma.

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NOTA: Nuestro amigo Manuel "El glob de Manuel" con enlace en esta página, ha tenido la gentileza de hacerme una entrevista para la revista electrónica "Anika entre libros", también con enlace aquí.
http://libros2.ciberanika.com/desktopdefault.aspx?pagina=~/paginas/entrevistas/entre206.ascx

domingo, noviembre 04, 2007

EL ADIOS A CARTAGO.- (XI).- Eneas abandona Cartago.

Dejo caer las manos sobre mi propio regazo y me las contemplo. Todos los dedos se han torcido como si se hubieran peleado entre sí y se resistieran a volver a juntarse en armonía. Cientos de arrugas y manchas se acumulan en los dorsos, surcados por gruesas venas de color azul amoratado. Es una paradoja que parezcan ríos caudalosos a punto de reventar.

Karo llega sin hacer ruido, se agacha delante de mí y me coge ambas manos. No tengo más remedio que mirar sus ojos, especialmente escrutadores esta tarde. Todo asomo de burla o picardía está ausente y en su lugar hay una mirada intensa.

- ¿Sabes una cosa, señora Imilce? – pregunta como si alguna vez hubiera necesitado de mi permiso para hablar –. Eres la persona más lista que he conocido nunca y, si tuviera unos cuantos años más, me casaría contigo. ¡Fíjate cuánto te quiero…!

Suelto una carcajada ante esta estrafalaria manifestación de amor.

- ¡Menuda pieza serías tú como marido! Anda, déjate de zalamerías y suéltame.

- No te suelto. Hemos de ir a la plazuela del granado. El poeta Trailo ya está allí, rodeado de gente, dispuesto a darnos su versión sobre la marcha de Eneas y sus hombres.

- Vamos allá. Y quieran los dioses concederme paciencia y contención, porque ¡buena sarta de mentiras nos espera…!

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Eneas, el insigne hijo de la diosa Venus, se disponía a pasar el invierno en las playas de Cartago. Después de las penalidades sufridas, los troyanos creían merecer un descanso prolongado y placentero, sin los riesgos de enfrentarse al frío y la incertidumbre en tierras hostiles. Así pues, una mañana el príncipe y sus hombres se internaron en los bosques para cazar, a fin de abastecerse de carne.


En su ausencia, las trompetas de Fama resonaron por los desiertos, las montañas y las ciudades de la extensa Libia, llegaron hasta el palacio del rey Yarbas, hijo del dios Júpiter, y con sus voces agudas proclamaron los amores del príncipe troyano y la reina Dido. Yarbas, quien desde hacía tiempo planeaba unirse en matrimonio con la reina de Cartago, tan pronto escuchó esa noticia desfavorable para él, se dirigió al altar de su padre, sacrificó ante él siete bueyes y le imploró que alejase a su rival troyano para poder celebrar sus propias bodas con la reina.

Cuando Júpiter, rey de todos los dioses, olió el humo del altar y escuchó los ruegos de su hijo Yarbas, dirigió su divina mirada hacia Cartago y se asombró de ver aún las naves troyanas varadas en la arena.

- ¿No le había prometido yo a tu hijo Eneas un reino en las costas de Italia? – le preguntó airado a su propia hija, la diosa Venus –. ¿Cómo es que permanece ocioso en Cartago y no ha partido ya en su busca? ¿Acaso mi palabra no es suficiente para él?

Venus se arrojó llorosa a los pies de Júpiter y excusó a su hijo. Alegó que la diosa Juno, tratando de retenerlo, había enredado su corazón en amores con la reina Dido. Con rabia respondió la propia Juno: no era ella precisamente quien tenía autoridad sobre Cupido, cuyas venenosas flechas habían emponzoñado de amor a su protegida, la reina de Cartago. Se cruzaron palabras hirientes entre las diosas, hasta que las interrumpió, colérico, Júpiter.

- ¡Ya basta de disputas! – ordenó. Y mandando llamar a su presencia al mensajero Mercurio, lo envió con un recado para Eneas.

Regresaba el príncipe troyano alegre a su campamento con los zurrones llenos de caza, cuando el dios Mercurio se le acercó sin dejarse ver, se arrimó a su oído y le susurró las órdenes de Júpiter: debía abandonar Cartago sin dilación y dirigirse hacia Italia, donde tenía reservado un territorio en el cual fundar la nueva Troya. Eneas, aturdido por lo inesperado de la orden y lo avanzado del otoño, quedó en suspenso. Luego, sofocando en su propio pecho el dolor que le causaba abandonar Cartago y a su reina, llamó enseguida a los suyos y les transmitió los nuevos planes.

Mientras pensaba en el mejor modo de comunicárselo a la reina, a quien la separación resultaría difícil, dio orden de actuar con rapidez y mantener en secreto sus propósitos. Así, los preparativos para permanecer en Cartago se transformaron en preparativos para marcharse, y los corazones de los troyanos se alegraron, aún temiendo que los dioses hubieran dispuesto para ellos nuevas pruebas de fortaleza y audacia.

Enloquecida por el dolor al enterarse, Dido se presentó en el campamento de Eneas para disuadirlo de partir. Con dulces palabras y razones, el príncipe troyano le explicó que debía obedecer el mandato de Júpiter y hallar por fin una tierra donde instalar su ciudad y sus dioses penates. Ella, con los ojos de la razón cegados por el amor, se resistía a dejarle marchar y de su boca tan pronto salían ruegos como amenazas. Pero Eneas no cedió. Antes bien ordenó a los suyos acelerar los trabajos para abreviar una despedida tan cruel para él mismo como para la propia reina.

Sin cejar en su empeño, la reina envió a su hermana Anna para hablar con Eneas, sabiendo que él sentía por la joven mucho afecto y ambos solían conversar con la sinceridad de los amigos. Repitió Anna los argumentos de su hermana acerca de los peligros del mar, de la conveniencia de retrasar su partida hasta que el invierno hubiera pasado. Y aún añadió otro: el rey Yarbas de Libia exigía casarse con la reina y pretendía conseguirlo incluso atacando Cartago con un ejército. A esto respondió Eneas que la reina Dido había dado abundantes muestras de ingenio en el pasado y encontraría el modo de aplacar a Yarbas. Despidió a Anna con afecto pero pidiéndole que se abstuviera de volver y de enviarle otros mensajeros, para no hacer su partida más desgarradora.

Otra jornada transcurrió hasta que los troyanos estuvieron listos. Habían retirado sus naves de la playa de Cartago y las habían trasladado a la playa de su campamento para pertrecharlas. Al amanecer del día fijado, Eneas ofreció un sacrificio a los dioses penates y otro a Neptuno y con gran alborozo los troyanos arrastraron las embarcaciones hasta el agua y empezaron a remar. El mar revolvía las arenas del fondo y escupía a la superficie montañas de espuma sucia. Altas olas se encrespaban para azotar las rocas que separaban esa playa de la de Cartago, y era tan grande su furor que temieron estrellarse contra ellas. Pese al peligro, los ánimos troyanos se exaltaron al surcar de nuevo las aguas y saberse en rumbo hacia su nueva patria.



Cuando pasaron por delante de Cartago, Eneas vio a la reina en la lejanía, subida a la terraza de su palacio, y sintió un gran dolor. Le pesaba alejarse de aquel modo de una mujer admirable y de generosidad ilimitada. No quiso volver la cabeza para evitar apenarse más. Y así, dejando a su izquierda Cartago, navegaron durante largo tiempo sin hablar. De pronto, el piloto de la nave de Eneas, Palinuro, señaló con su dedo hacia la costa: una gran columna de humo, negro como la noche, surgía de Cartago y ascendía hasta las nubes. Se levantó entonces un viento poderoso que arrastró el humo hacia ellos, les heló el aliento y los sumió en la oscuridad.

Así se despidieron los troyanos de Cartago y dieron comienzo a su última aventura.

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El público de la plazuela del granado calla también. Como siempre, Trailo ha compuesto con habilidad una fábula y algunas personas se le acercan y lo felicitan, pero nadie aplaude. La única verdad esencial que ha salido de su boca es esa humareda con la que concluye su relato y nos destroza corazón.


*Detalle de escultura femenina. Museos Capitolinos. Roma.
**Hojas y *********Cactus. Jardín Botánico. Valencia.
***Detalle de relieve con escena de caza. Palazzo Mattei. Roma.
****Detalle de figura masculina en la Fuente de las Cuatro Estaciones. Valencia.
*****Dios Mercurio. Fuente en Villa Médici. Roma.
******Detalle de figura masculina en la Fuente de las Cuatro Estaciones. Valencia.
*******Detalle de relieve con una muralla. Museo Centrale Montemartino. Roma.
********Detalle de la fuente de Santa María in Dominica. Roma.


jueves, octubre 25, 2007

EL ADIÓS A CARTAGO (X).- Imilce para los pies al poeta Trailo.



- Hace días que no lees la continuación de tu historia en la plazuela del granado, señora Imilce – dice la tejedora Amneris mientras toma asiento debajo de la higuera –. Tus seguidores están impacientes.

- ¡Pues que se aguanten! – replica mi nuera saltando como si le hubieran pinchado en el trasero con la punta de un clavo.

Todo el mundo se ríe al escucharla. No por burla, sino por la pasión de su respuesta. ¡Quién me iba a decir que se convertiría en mi defensora más acérrima…! Está muy pendiente de mí y me colma de pequeñas atenciones. Incluso por las tardes me trae una copa de vino sin pedírsela e insiste mucho en que descanse. Me parece haber conquistado su respeto y ese empieza a ser un sentimiento mutuo.

- Hay mucha expectación, es cierto – interviene el poeta Trailo cuando terminan las risas –. Y algunas habladurías…

- Ah ¿si? – respondo enarcando las cejas – ¿Y de qué tratan, si puede saberse?

- De ti y de mi – concreta Trailo –. Dicen que no quieres darme la oportunidad de incluir en tu historia mi versión sobre el conflicto entre Dido y Eneas. Es decir, que no te interesa conocer la opinión de los troyanos.

- ¡En la vida he oído una falsedad tan grande! ¿A quién, sino a esta vieja, se le ocurrió incorporar a esta historia textos tuyos sobre los troyanos? – le respondo muy enfadada –. ¿No he tolerado esa fábula de que Eneas llegó a Cartago envuelto en una nube de niebla? ¿No he callado cuando dijiste que era hijo de la diosa Venus y hermano de Cupido? ¡Eneas era nieto de Júpiter, según tú! Y a todo ello, yo he opuesto la humanidad de Dido. No he dicho que la reina fuera perfecta, ni le he inventado ascendientes divinos. Era una mujer. Y Eneas un hombre. Y ese es un hecho que no te permitiré manipular. Además, de lo ocurrido entre ellos ya he hablado yo.

Mi explosión ha dejado mudos a todos en el patio. Nadie se mueve ni articula una palabra. Quizá algunos de mis amigos han pensado en algún momento como Trailo: Parepidemos tal vez, o el comerciante Caius Pertinax, tan interesado en publicar la historia. Sin embargo, ahora todos están de mi parte, incluso el propio poeta troyano, aunque le hayan escocido mis palabras.

- Tendrás la oportunidad de lucirte enseguida – le digo a Trailo, con mayor contención –. Me gustará saber qué pensaban los troyanos al abandonar Cartago. ¡Estarían muy orgullosos de zarpar estando a la puertas del invierno y dejándonos a nosotros a merced del rey Yarbas! Por lo demás, puedes meter en la nave de Eneas a todos los dioses del Olimpo, si es tu gusto. ¡Y que tengan buen viaje!

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El reencuentro de la reina con la vieja nodriza Barce se sella con un abrazo y muchas lágrimas. La anciana siente estremecerse el cuerpo de Dido y su alma se llena de piedad. ¡Pobre niña...! Cuánto sufrimiento se habría ahorrado si hubiera puesto riendas a su corazón, si hubiese frenado la pasión en lugar de dejarla correr como un caballo desbocado. Ahora el daño está hecho y sólo cabe restañar las heridas, dejar que las adormezca la mano sanadora del tiempo.

Cuando, agotada por tantas emociones y dolores, Dido se tiende por fin en el lecho, cae en un estado de excitación. No deja de revolverse a un lado y a otro, su piel arde. De vez en cuando, en un arrebato se arranca los paños húmedos que Barce le coloca en la frente y pronuncia palabras inconexas. En otros momentos, su mano se extiende sobre el lecho y lo palpa en busca de su amante y, al no hallarlo, gime de desesperación. Sólo se aquieta con las primeras luces del alba.


- Psssss... – sopla Barce poniéndose el índice sobre los labios y acercándose a la puerta del cuarto al oír aproximarse voces.

- ¿Es Acus? – pregunta con voz clara y sosegada la reina, sorprendiéndola –. Dile que pase.

Acus la encuentra incorporada, con el cabello revuelto y la tez macilenta. Sus ojos, sin embargo, están secos y lo miran con la determinación de antaño.

- Envía una embajada al rey Yarbas – le ordena –. Es urgente aplacar su ira y tranquilizarlo. O mejor, ve tú en persona. Convéncele de que no necesita un ejército: dile que la reina de Cartago comprende perfectamente la situación y se somete gustosa a su destino.

- ¿Es esa tu voluntad, mi reina? – duda Acus. Un cambio tan radical le extraña.

- Repítele mis palabras, tal cual te las he dicho. No pierdas tiempo. Y tú, Barce querida, ayúdame a levantarme. Tengo mucho que hacer.

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Anna va al encuentro de su hermana, la reina, con el corazón hecho jirones. No ha conseguido dormir en toda la noche, angustiada por su doble fracaso: el primero, haberla alentado a entregar su corazón a Eneas; el segundo, no haber sido capaz de convencer al príncipe troyano del peligro real que significa el rey Yarbas para los cartagineses. Eneas fue ayer inflexible, cerró los oídos a sus súplicas y menospreció la amenaza libia. Incluso respondió, y eso fue para ella lo más doloroso, que ya era hora de que la reina de Cartago tomase un marido.

- Se bienvenida, hermana – son las palabras de saludo que le dirige la reina apenas la ve traspasar el umbral de su cuarto –. Necesito tu ayuda.

No esperaba encontrarla así, tan llena de energía. ¡Qué contraste con la Dido de anoche, abatida por el desamor y la humillación! Anna se alegra y corre a darle un beso. ¿Ha hablado con Acus? ¿Sabe ya qué hará para afrontar la amenaza de Yarbas?

- Déjate de preguntas y confía en mí – responde Dido permitiéndole apenas rozarle la mejilla y soltándose enseguida de su abrazo –. Tengo prisa por deshacerme de todo lo que haya tocado él. No quiero nada suyo.

Se inclina sobre uno de los baúles abiertos, saca una túnica corta de lino y la suelta en los brazos de Anna, como si le quemase. Era una de las que solía ponerse Eneas para ir a cazar. Así, recoge de todas partes ropa, sandalias, fíbulas, cinturones, peines, el escabel sobre el que se sentaba, su espejo de bronce, el saco de tela que protegía sus armas y conservaba dentro un peto de piel de vacuno.


- Sacaremos estos bártulos al patio y haremos un montón para prenderles fuego – afirma Dido muy excitada –. Añadiremos el triclinio. Y la mesa de los banquetes, incluidos su copa y sus escudillas. Vete ahora mismo con Ula al templo de Juno y pide a la vestal Crisea que unos esclavos traigan mi trono. El traidor se ha sentado muchas veces en él. ¡Vamos, vamos, no te quedes embobada mirándome! Lo entregaré todo a las llamas.

Anna abandona el patio para cumplir la orden de la reina. Entonces Dido, exhausta, se deja caer en el banco de obra. Y reflexiona que no debe quedar nada, absolutamente nada, de Eneas.


* Detalle de columnas. Pompeya.
**Cabeza masculina. Villa Albani. Roma.
***y*****Naranjos en invierno. Jardines secretos del príncipe. Villa Borghese.
**** Detale de cabeza de amazona. Museo Centrale Montemartino. Roma.
******Detalle de figura femenina. Museo Centrale Montermartino. Roma.
*******Detalle de una coraza. Museos Capitolinos. Roma.
********Hojas otoñales. Pompeya.

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jueves, octubre 18, 2007

EL ADIOS A CARTAGO (IX).- Última tentativa.

La noticia cae en el palacio de Cartago con la violencia de una tromba de agua: el rey Yarbas de Libia se ha enfurecido por la última negativa de la reina a casarse con él y está reclutando hombres para presentarse en Cartago con un ejército e imponerle el matrimonio por la fuerza. Su actitud indigna y causa temor y contrariedad en la cocina. Todo el mundo habla a la vez, se lamentan de la indefensión de las mujeres, siempre expuestas a abusos y brutalidades. Ese Yarbas puso todos los inconveniente posibles para impedir que los fenicios se asentasen aquí y ahora quiere enseñorearse de su ciudad. Porque, lo quiera o no, Dido habrá de casarse con ese sujeto tan desagradable, una desgracia de hombre por muy rey que sea.

- No hay que alarmarse tanto – comenta Sofonisba en voz baja a la nodriza Barce quien, desde su ruptura con la reina, pasa los días junto a los fogones –. Los troyanos nos defenderán.

La anciana mueve dubitativamente la cabeza y calla. Ha visto cómo la vestal Crisea y la noble Diana ayudaban a la reina a atravesar el patio para ir a sus aposentos. Nunca la había visto tan descompuesta, con el rostro demudado y sin fuerzas para caminar. Algo muy grave ha ocurrido. Si fuese únicamente la amenaza de Yarbas, no estaría así. Dido se crece ante las dificultades, jamás se ha rendido ante ellas. Esta mañana, en cambio, parecía una mujer vencida.

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Anna ha acudido al aposento de su hermana en cuanto ha tenido noticia de su regreso. La encuentra en un estado de estupor, como si las palabras no acabaran de llegar a sus oídos o llegaran a través de un cojín. La noble Diana y Crisea la han obligado a recostarse sobre el lecho y le frotan las manos. Acus pasea arriba y abajo mientras va desgranando en voz alta las dificultades y la gravedad de la situación.

Si el rey Yarbas llega a Cartago con un ejército, será muy difícil salvarse. Hay áreas muy desprotegidas porque no está terminada la muralla. La mayor parte de los hombres en edad de combatir están mercadeando en diversas ciudades de la costa y no regresarán hasta la primavera. No más de doce soldados componen la guarnición que protege Cartago, insuficiente para defenderla en estas condiciones. Si no logran contener el conflicto, la situación será desesperada. Nadie lo dice, pero todos piensan que la reina se habrá de doblegar.


Sin embargo, la verdadera dimensión de la amenaza sólo puede calibrarse en el corazón de Dido. Aunque está profundamente perturbada, ve las afiladas aristas de esa roca que le está cayendo encima y va a aplastarla. No sólo ha perdido al hombre de su corazón y con él todo deseo de luchar, sino que la salvación de su pueblo depende ahora de un matrimonio indeseado cuya sola idea le repugna. ¿Cómo salir con bien de un laberinto semejante? ¿Cómo conciliar su ser mujer con su deber de reina?

Y cuando pensaba que nada podía ser peor, su hermana la golpea con otro argumento: la necesidad de pedir ayuda a los troyanos. Dido extrae de su interior toda la energía que aún le queda para oponerse rotundamente. Se sienta en el lecho y levanta la voz: No. Toda relación con esos hombres ha quedado rota y sin posibilidad de recomponerse. Jamás se rebajará a pedir favores que sabe negados de antemano. Es una propuesta descabellada y no quiere ni oírla

- Comprendo tu negativa a ver a Eneas. Pero deja, al menos, que me entreviste yo con él – insiste una y otra vez Anna –. Dido, tú sabes cuánto me estima y con cuánta libertad solemos hablar. Lo pondré al corriente de la amenaza de los libios, necesitamos su ayuda.

- No harás tal cosa – responde Dido con la misma perseverancia –. Eneas ha muerto para mí. Y por designio de los hados, tampoco a él podré rendirle honores fúnebres. ¡Ay, si nunca lo hubiera conocido! ¡Si me hubiera mantenido fiel a la memoria de Siqueo, como era mi propósito…!


Se alzan muchas voces, muchas razones y ruegos. No quedará dañada su dignidad porque el socorro que pide es para su pueblo, no para ella misma. El sufrimiento personal y las ofensas deben dejarse a un lado cuando está en peligro un bien muy superior, como es la seguridad de Cartago o, incluso, su supervivencia. El propio Acus apoya a Anna. Está fuera de lugar que él mismo o el Príncipe del Senado vayan a hablar con Eneas para no dar señales de debilidad, menos todavía después de los malestares de los últimos tiempos. Pero la propuesta de Anna es justa y oportuna, deben intentarlo todo.

Al fin, contrariando a su propio instinto, la reina cede y autoriza a su hermana a ir a buscar a los troyanos en su campamento. No hay tiempo que perder, pues hasta el niño Ascanio y su acompañante Cirene han abandonado ya el palacio. Para no darle un carácter oficial, Anna irá acompañada por sus amigas, bajo la discreta protección de Iskias y Nismacil, las dos amazonas fieles a la reina.

Tras la partida de Anna, el ánimo de Dido lucha y se enfanga en un lodazal. Todos sus esfuerzos por taponar las heridas que le ha inflingido Eneas han fracasado. A ese dolor, que nace en el fondo de su pecho y le estalla en las sienes, su suman ahora la angustia por la amenaza de Yarbas y la incertidumbre, aún mayor, por la reacción del príncipe troyano ante la petición de ayuda. Toda ella está en efervescencia, enredados en una misma madeja los sentimientos más opuestos. A pesar de la aflicción y la rabia, de su amor propio pisoteado, de la respuesta desdeñosa que ha recibido a su entrega y devoción, aún desea que Eneas se quede en Cartago. Y su corazón hecho pedazos se rompe más todavía y se disgrega en minúsculos segmentos: unos rechazan y otros desean, éstos temen, unos pocos sienten esperanza y, aquellos, desesperación.

El mediodía transcurre sin noticias. La reina no prueba bocado, pese a la insistencia de Crisea y Diana, quienes se esfuerzan en hablar para atraer su atención. Pasan las horas y, siguiendo su curso implacable, la tarde empieza a declinar. Dido no sabe cómo interpretar esta tardanza. Aguarda a su hermana con la zozobra y agitación de quien espera escuchar una sentencia, de quien sabe que, de un momento a otro, un solo juez va a decidir sobre su vida o su muerte.

Cuando la noble Diana da orden de prender las luces, Anna entra en el aposento y se arroja a los pies de la reina. Oculta el rostro entre las manos, pero las sacudidas de sus hombros son mil veces más elocuentes que mil palabras.

Después de unos instantes eternos, durante los cuales pueden tocarse con las manos la humillación y el suplicio de la reina, ésta habla sin levantar la vista.

- Anna, tranquilízate. Ve en busca de Barce y dile que la necesito. Marchaos vosotras ahora, queridas amigas, y descansad. No os preocupéis por mí. Acus, retírate también y al despuntar el día, ven y te daré la respuesta para Yarbas.

*Detalle de escultura de mujer. Jardines de Viveros. Valencia.
**Detalle de una fuente en la Avda. Blasco Ibañez. Valencia.
***Reflejo en la taza de la fuente de las Cuatro Estaciones. Valencia.
****Escultura de mujer. Jardines de Viveros. Valencia.
*****Detalle de figura femenina en la fuente de las Cuatro Estaciones. Valencia.
******Seto. Jardines de la Alameda. Valencia.

domingo, octubre 14, 2007

EL BLOG ACTION DAY dedicado al medio ambiente y LA RUINA MONTIUM



Ruina Montium, así denominó Plinio el viejo (siglo.I d.C.) la técnica mediante la cual los romanos explotaron algunas minas de oro en Hispania: la destrucción de los montes. La técnica consistía en cavar túneles verticales y horizontales en una porción de monte, llenar luego esos túneles con agua (de manera violenta o no), de modo que la presión y la fuerza del agua disgregaba los materiales y provocaba el derrumbamiento total de la zona tratada.

La aplicación de esa técnica en la explotación de las minas llamadas de Las Médulas, en la provincia de León (España) transformó por completo no sólo el territorio, sino también las vidas de sus habitantes, quienes se vieron obligados a trabajar en esas minas en condiciones inhumanas. La explotación duró 200 años y después la mina fue abandonada. Hoy, Las Médulas son Patrimonio de la Humanidad, lo que en nada debe ocultar el hecho de la masiva destrucción del paisaje y los daños irreparables e irreversibles que produjo.

En la actualidad, las agresiones al medio ambiente se han multiplicado y extendido por todos los países y siguen teniendo el mismo objetivo: el enriquecimiento de unos pocos a costa de una destrucción que afecta ya a todo el planeta. Esas prácticas destructivas no sólo ponen en peligro la vida de la población mundial actual, sino que comprometen gravemente el futuro.

Ojala entre todos seamos capaces de transformar positivamente esta situación y dejar a nuestros descendientes un mundo apto para la vida y habitado por seres a quienes se pueda llamar humanos.

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Una de las maneras de suscitar el respeto hacia el medio ambiente, el patrimonio paisajístico y el patrimonio histórico y cultural, que constituyen el todo en el cual estamos insertos, es conocerlo. Por mi parte, he contribuido a darlo a conocer junto con mi hijo, mediante la publicación de la guía turística Valencia y su provincia. Este libro se presentará en Valencia (España) el miércoles día 17 de octubre, a las 19:00 horas en Ámbito Cultural de El Corte Inglés, c/ Colón nº 27. Me encantaría contar con la presencia de bloggeros valencianos. Ahí va la invitación.




*Las Médulas. Vista desde el mirador de Orellán.

**Vista lateral, donde se ve la boca de la cueva de Orellán.

***Portada de la guía Valencia y su provincia.

lunes, octubre 08, 2007

EL ADIOS A CARTAGO (VIII).- La situación se agrava entre Dido y Eneas.

La inesperada irrupción de la reina Dido en su campamento, en plenos preparativos para abandonar Cartago, causa sobresalto y recelo en los troyanos. La reina se ha plantado delante de una cabaña, frente a Eneas, en actitud desafiante. Su pecho sube y baja aceleradamente, el color se ha retirado de su rostro y los nudillos de sus manos tienen la blancura del hielo.


La reina busca los ojos de Eneas. Necesita examinarlos, hurgar en sus descontentos, indagar en sus profundidades cuál es su propósito al mentirle. Le es preciso transmitirle su furia y su amor inmenso, su miedo y su esperanza. Quiere rastrear en ellos la alegría de tantas horas de amor y reclamar para este momento su dulzura. Vano intento. Como una piedra arrojada contra una peña, su mirada se estrella en las impenetrables pupilas del príncipe troyano y, en el mismo instante del choque, Dido intuye su fracaso: no hay en los ojos ni en el rostro de Eneas sorpresa, ni vergüenza, ni asomo de piedad. Sólo un rastro de condescendencia asomando en el pliegue de su boca, en un esbozo de sonrisa que quiere ser cortés y a ella le resulta hiriente. Dido hace un esfuerzo sobrehumano para contener su deseo de gritar y llorar, de abrazarse a ese malnacido y borrarle la sonrisa a besos, de desgarrarle la carne con las uñas y estrecharlo contra su corazón.

- ¿No te ibas de cacería? – dice al fin, sin poder ocultar su furia –. Si es así, ya pueden correr a esconderse las alimañas, porque ninguna es tan traicionera como tú. ¿Qué significa todo esto, Eneas? ¿Qué otras falsedades urdes?

- No me juzgues antes de tiempo, reina Dido. No es propio de ti.

- ¡Claro que no! Lo propio de mí es ser generosa sin límites, dar cuanto tengo a quienes no tienen nada, acoger al vagabundo y hacerle un hueco en mi hogar. Eso es lo propio de la reina Dido, todo el mundo lo sabe. Y ¿qué crees tú que es propio de una persona de bien? ¿Huir a escondidas como los ladrones?

Eneas le sostiene la mirada sin inmutarse. No ha perdido la compostura ni se siente violento por estas acusaciones. Se acerca a ella, la toma del brazo e insiste en entrar en la cabaña. Hace frío fuera. Dido se deja conducir, porque la desazón y el dolor le producen debilidad en las piernas, se siente insegura.

- Tienes fama de ser muy generosa – dice Eneas una vez se han sentado y le ha ofrecido un poco de agua –. Nosotros los troyanos somos un ejemplo de ello. Pero dime: ¿es generoso pretender coartar la libertad de los demás? Si un día me acogiste, ¿habré de ser siervo tuyo toda la vida? Algunas cualidades se vuelven vicios cuando no se emplean bien. Te estaré eternamente agradecido, puedes estar segura. Pero ahora, debo partir.

La reina rebate con indignación sus palabras: le ha ofrecido compartir su trono y esa propuesta no contiene ninguna servidumbre, sino reconocimiento y respeto hacia su ascendencia de sangre real. Responde Eneas hablando de la necesidad de los troyanos de fundar su propia ciudad, dedicarla a sus dioses ancestrales, hacer de ella la heredera y continuadora de la destruida Troya. A esta explicación opone Dido la oferta de consagrar Cartago a los dioses troyanos, incluso de cambiar el nombre a la ciudad. Y además, a ellos dos los une un profundo afecto y la felicidad experimentada juntos. Frente a ese amor, que asegura considerar deseable y hermoso, Eneas apela a su deber para con su sangre y con su pueblo.

Igual que una noria gira y gira arrastrada por un asno con los ojos vendados, la reina y el príncipe troyano repiten una y otra vez los mismos argumentos, el uno para marcharse y la otra para hacerle desistir. Dido se encoleriza, ruega, acaricia la mano al príncipe, le habla con rudeza, busca sus ojos, se levanta encolerizada y le vuelve la espalda, tan pronto llama en su auxilio a la razón como al corazón. Pero Eneas se ha revestido de una coraza capaz de resisitir todos los asaltos y no cede ni un ápice.

La emoción de la reina ha convertido sus facciones en una carta naútica donde están dibujadas todas las corrientes, los escollos, los abismos. Se siente desarmada y desesperada por los razonamientos del troyano. Un cúmulo de turbación y angustia le impide pensar con claridad. Al final, una sola idea se enseñorea de su cabeza: retrasar la partida de su amado, retenerlo siquiera durante unos meses. Quizá en ese tiempo pueda concebir un hijo, así no se quedaría sola ni lo perdería del todo. Ojala sus palabras fueran fuego, lanzas o espadas capaces de atravesar el muro de frialdad que ha levantado Eneas.

- Me duele esta disputa – le dice por fin con la mayor docilidad, tendiendo sus manos hacia las de él –. Ven, volvamos al palacio y hablemos con sosiego. Todo quedará acordado entre nosotros y olvidaremos este desencuentro.

- No puedo acompañarte, Dido – responde el troyano – Estamos concluyendo los preparativos para zarpar y soy necesario aquí.

- ¿Insistes en tu desvarío? – se altera de nuevo Dido –. Nadie en su sano juicio se arriesgaría a navegar en esta estación. ¡Mira cómo están de turbias y revueltas las aguas! ¿Has visto un cielo más amenazador? Espera al menos a la primavera, cuando el océano vuelva a ser navegable.

- No insistas tú, reina Dido. Yo voy a seguir mi propio rumbo.

- ¿Tu rumbo? Ofrecí mi ciudad a los tuyos antes incluso de conocerte, cuando ellos te daban por perdido y muerto en un naufragio. ¿No lo recuerdas? Me contaste luego qué gran enemigo había sido para vosotros el mar, cuánto sufrimiento os había producido. ¿Y ahora te confías a él, desdeñando la seguridad de Cartago? ¿Qué rumbo es ese del que hablas? ¿Uno que te lleve directamente al fondo del océano? ¿Es allí, en sus abismos, donde piensas construir el templo a tus dioses penates?

- También me has oído hablar de las costas del Lacio – responde Eneas .

- Eso fue antes de convertirte en mi esposo, cuando no tenías patria ni hogar. Ahora es distinto: tú y yo hemos compartido el tálamo con la bendición de los dioses, somos ya una familia. No puedes marcharte de tu propia casa.

- Yo no soy tu marido ni te he hecho promesa de matrimonio – dice el troyano clavando el aguijón de su despecho en el alma de Dido – . Te entregaste a mí por tu propia voluntad, sin que yo te lo pidiera.

Si en ese instante le hubieran cruzado la cara con un látigo, no se habría dado cuenta Dido. No habría oído derrumbarse una montaña, ni notado temblar el suelo bajo sus pies. Una ola gigante podría haberla arrastrado a las profundidades sin encontrar en ella resistencia. Es tan aguda y punzante su herida, que el mundo entero lo ocupa su corazón escarnecido. Al fin, en medio de un silencio de muerte, recupera la voz.

- Jamás pensé oír de tu boca semejantes palabras. Todo ha quedado dicho entre nosotros.

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Como en un sueño enfrebrecido regresa la reina Dido a su palacio. Le llevan las riendas del caballo, pues ella misma no es capaz de sujetarlo. El aire se resiste a penetrar en su pecho, los árboles y las montañas se burlan de ella cambiándose de sitio a cada momento. Todo se mueve y, a la vez, está inmóvil en su mente. Lo que ocurre a su alrededor no le concierne, es completamente ajeno a ella. Sólo es una sombra, un espíritu carente de materia a la que agarrarse, un ser sin entidad suspendido en el tiempo.

- Palemón acaba de llegar de la ciudad del rey Yarbas, mi reina – anuncia el noble Acus saliendo al encuentro de Dido sin ocultar su preocupación –. Trae noticias muy alarmantes.

- Estoy muerta, Acus. Nada en el mundo me puede afectar.

*Detalle de relieve en un sarcófago. Museo Massimo alle Terme. Roma.
**Detalle de figura femenina con una máscara, relieve en un sarcófago. Museo Massimo alle Terme. Roma.
***Detalle de la columna de Marco Aurelio en la plaza Colonna. Roma.
****Detalle de relieve en el Ara Pacis. Roma.
*****Detalle de escultura masculina. Museo Massimo alle Terme. Roma.
******Detalle de decoración de una urna cineraria. Museo Aula Octógona. Roma.
*******Enredadera en la plaza de Santa Trinità dei Monti. Roma.