Atravesando como una daga la negrura y la quietud de la noche, los aullidos de Mook, el perro de la reina, se extienden por todas las estancias del palacio y penetran hasta sus rincones más ocultos. Muchos pies saltan al suelo helado, muchas manos despabilan las lámparas de aceite; se oye pasos apresurados y voces preguntando qué ocurre. La cocinera y sus ayudantes, que duermen en la cocina, son los primeros en levantarse. Uno de los pinches enciende en las brasas una tea y es enorme el sobresalto de todos al ver a la vieja Barce delante de un fogón, con las manos temblorosas y la cara lívida.
- ¡Aquí, aquí! – grita –. Es la reina.
La noche se ilumina con hachones procedentes de todas partes y una marea de gritos sofoca los quejidos del perro. Barce se cubre los ojos mientras ceden sus piernas, incapaces de sostenerla. Los ruidos han despertado también a Anna, quien llega corriendo y, con el corazón sobrecogido de espanto, se abre paso entre las criadas, alcanza la pira y trepa por ella. En la parte más alta, tendida sobre el tálamo, yace Dido con el pecho desnudo y atravesado por la espada de Eneas. Aún respira.
- Ay hermana ¿qué has hecho? – dice cogiéndola entre sus brazos –. ¿Cómo te has atrevido a dañarte así? ¿No era bastante para colmar tu vida el amor de tu hermana y el de los cartagineses? ¡Maldito sea Eneas, ese monstruo a quien tomé por un amigo…! Y también sea maldita yo. Si, yo tengo toda la culpa, porque te mostré su amor como algo inocente y deseable. ¡Qué ciega fui! ¡Qué mal tan inmenso he causado! Ay, Dido, mi hermana querida, mi amiga, mi madre. No me abandones. Vuelve en ti, vamos. Sánate.
Las lágrimas de Anna se mezclan con la sangre de Dido y así unidas gotean y empapan las ropas del lecho, se deslizan por la pira y tiñen de rojo la túnica del troyano. La reina entreabre los párpados y los vuelve a cerrar. Quizá a sus oídos llegan los lamentos de todos los suyos, las quejas y el llanto de quienes le amaban y la habrían seguido a donde ella hubiera decidido ir. Su pecho herido se alza con dificultad, el rostro empalidece. No hay en él gesto de dolor, ni una mueca afea su belleza. Anna se inclina sobre su boca y le insufla su propio aliento tratando de prolongarle vida.
Amarillas y rojizas por el reflejo de las antorchas, sobre las hermanas se ciernen las alas de la mensajera Iris. Viene a cumplir el mandato de la diosa Juno quien, compadecida de Dido, no desea alargar su agonía. Y así Iris, apartando dulcemente a Anna, toma con delicadeza un mechón del cabello de la reina. Y en el mismo instante en que lo corta para entregarlo como tributo a la diosa del Hades, el espíritu de la reina de Cartago se libera de la carne y sus miserias y alza libre el vuelo.
- Debí sospechar que tramaba algún plan – se lamentaba la noble Diana, cuyas lágrimas fluían como un río sin fin –. ¡Ojala hubiera adivinado sus designios!.
- ¿Y yo? – sollozaba Barce – Me he dejado engañar por su tranquilidad cuando hace un momento me ha ordenado traerle el caldo. ¡Ha sabido disimular muy bien conmigo...!
Qué deprisa, qué inesperadamente ha ocurrido todo. Hace apenas unas horas la reina recorría el palacio dando órdenes aquí y allá. Esta misma mañana ha enviado al noble Acus con una embajada para aplacar al rey de Libia. ¡Yarbas estará celebrando la respuesta de Dido, sin saber que ya no tiene con quien desposarse…! Cuanto más piensan en ello, con más claridad comprenden que ella lo tenía todo planeado. Eso explica la calculada ambigüedad de su recado para Yarbas: decirle que sabría aceptar su destino dejándole entender que se refería a su matrimonio. ¡Qué diferente de sus verdaderas intenciones! La reina se ha rebelado, no ha asumido pasivamente un destino impuesto por la fuerza de las armas o por el capricho los dioses, sino el que ella misma ha elegido. Esa es la reina de Cartago.
Anna decide cumplir, hasta el final, la voluntad de su hermana. Y puesto que ella quiso morir sobre la pira donde debían arder todos los recuerdos de Eneas, así se hará. No permite mover el cadáver. Ella misma, con la ayuda de Ula y Morgana, se encarga de lavar y perfumar el cuerpo de Dido y de adornar su lecho con plantas aromáticas e innumerables lágrimas.
La noche transcurre más deprisa que nunca y pronto la oscuridad del patio se atenúa con las primeras luces del amanecer. Entonces Anna sube a la terraza del palacio para vigilar la partida de las naves de Eneas. Sólo cuando hayan abandonado el suelo cartaginés entregará al fuego cuanto queda de su hermana y del troyano. Ya que no fue capaz de quedarse en Cartago para auxiliarlas, ya que abandonó a la reina a su suerte, que sepa al menos Eneas que ningún rastro quedará de él. Ni siquiera el inmenso amor de Dido.
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La noche transcurre más deprisa que nunca y pronto la oscuridad del patio se atenúa con las primeras luces del amanecer. Entonces Anna sube a la terraza del palacio para vigilar la partida de las naves de Eneas. Sólo cuando hayan abandonado el suelo cartaginés entregará al fuego cuanto queda de su hermana y del troyano. Ya que no fue capaz de quedarse en Cartago para auxiliarlas, ya que abandonó a la reina a su suerte, que sepa al menos Eneas que ningún rastro quedará de él. Ni siquiera el inmenso amor de Dido.
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Entre la bruma del mar comienzan a perfilarse las proas de las naves troyanas. Avanzan con rapidez, enérgicas paletadas impulsan sus cascos. No hay signos de vacilación, ninguna señal de reconocimiento o respeto al pasar por delante del puerto de la ciudad que los acogió como una madre durante tantos meses. Erguida en la terraza, quieta, Anna los contempla marchar. También los troyanos la ven, de eso está segura. Pero ni una sola mano se alza para decirle adiós. También ella mantiene las suyas inmóviles.
- Ha llegado la hora – declara en voz alta cuando regresa al patio.
Por tres veces la vestal Crisea llama a reina por su nombre y las tres veces le responde el silencio. Entrega una antorcha a Anna y ésta da la vuelta a la pira prendiendo los troncos de la parte baja. Pronto arden las ropas, la madera de los muebles cruje y se incendia, lametazos de fuego alcanzan el cadáver de Dido. Su rostro está sereno y el resplandor de las llamas parece, por un instante, devolverle el color de la vida. La espada de Eneas, que Anna se ha negado a retirar del pecho traspasado, se pone al rojo vivo como si estuviera en el yunque del herrero, a punto de ser forjada. Así era el corazón de la reina que ha destrozado, fuerte y dúctil como el más noble metal.
La humareda crece igual que un ciprés en busca del cielo. Anna invoca a los dioses y les pide justicia. Llama a Eolo y le pide que extienda el humo negro por el mar y envuelva en su oscuridad a los troyanos; implora a Juno que los hostigue en todas partes sin darles tregua, y a Neptuno que con su autoridad los aleje de las costas del Lacio; apela a los poderes infernales para que los arrastren al abismo y a las Furias para que no les permitan descansar. Mas la venganza es un pobre consuelo. Y nada ni nadie puede arrancar a la Muerte su presa cuando ya la ha cobrado. Así, aquella noche, los cartagineses perdieron para siempre a su reina.
*Flores en la terraza de Isabel Romana. Valencia.
**Detalle de escultura funeraria. Cementerio General de Valencia.
***Detalle de relieve de terracota. Colección Academia Clementina. Bolonia.
****Escultura de personaje doliente. Jardines de Monforte. Valencia.
*****Detalle de escultura de mujer. Jardines de Monforte. Valencia.
******Detalle de escultura de mujer. Fuente de las Cuatro Estaciones. Valencia.
*******Detalle de escultura de mujer. Jardines de Monforte. Valencia.