Como cada mañana, antes de que la ciudad de Roma se levante, una batahola de quejidos y maldiciones la despierta. El cuerpo entumecido, las piernas y las manos heladas, un hueco en el estómago. Tendido a su lado sobre las losas frías, su padre se estremece sacudido por la tos. Otros mendigos ya rebullen. Los más madrugadores se levantan de entre la masa informe de cuerpos encogidos y saltan por encima de ellos pisando una pierna, o un brazo, sordos a las protestas y los gritos. También ella se apresura a ponerse en pie.
- Padre – dice sacudiéndolo en el hombro – me voy ya. No se entretenga, que hoy es día de mercado y vendrá mucha gente. Luego lo busco en el templo de Apolo.
Se aleja deprisa del Circo Máximo, cuyos arcos dan cobijo durante la noche a muchos miserables. Debe apresurarse, pues ya está amaneciendo y pronto la multitud ocupará las calles y le será más difícil avanzar. A esta hora tan temprana casi nadie se atreve a salir, porque apenas hay luz. Pero ella conoce el camino mejor que la palma de su mano diminuta. Y quiere llegar al basurero del Esquilino antes que los carros empiecen a arrojar los desperdicios de los banquetes de anoche. Con suerte, podrá hurgar en las carretas y evitarse el tener que andar luego revolviendo la inmundicia entre cadáveres de animales y de esclavos.
Hoy le sonríe la fortuna. A un carro se le ha roto una rueda y ha caído mucha basura al suelo: hay hojas de col en abundancia, nabos cocidos, huesos que aún tienen mucha carne. Se ve que en esa mansión no tienen perros. Y el conductor está tan enfurecido que no le presta atención. Extiende en el suelo un trozo de tela vieja y acumula en él todo su botín. Baja hacia el mercado comiendo a dos carrillos y saltando.
- ¡Compadeceos de mí, ciudadanos! – está diciendo su padre a un grupo de caballeros, apartándose los harapos del pecho –. Mirad esta cicatriz, aquí. ¿La veis? Esta herida me la hicieron mientras luchaba contra el rey Mitrídates. Tuvieron que quitarme dos costillas.
Los caballeros continúan andando, sin escucharlo. Pero él se levanta del suelo y agarra a uno por la toga.
- ¡Mira esta señal en el hombro! Fue una flecha. Y tres años más tarde me tuvieron que amputar la pierna. ¡He gastado lo mejor de mi vida luchando por Roma y ahora no puedo ni alimentar a mi hija…!
El caballero lo rechaza con un gesto y uno de sus esclavos lo tira al suelo de un empujón. La niña corre a su lado y lo ayuda a incorporarse.
- Padre – le dice acariciándole la cara –. Traigo comida.
A la sombra de las columnas del templo de Apolo, sobre las losas de mármol que pavimentan el suelo, la niña abre su hatillo. Y, con una sonrisa de triunfo, extiende ante su padre los deshechos de los ricos con los que hoy se darán un festín.
- Padre – dice sacudiéndolo en el hombro – me voy ya. No se entretenga, que hoy es día de mercado y vendrá mucha gente. Luego lo busco en el templo de Apolo.
Hoy le sonríe la fortuna. A un carro se le ha roto una rueda y ha caído mucha basura al suelo: hay hojas de col en abundancia, nabos cocidos, huesos que aún tienen mucha carne. Se ve que en esa mansión no tienen perros. Y el conductor está tan enfurecido que no le presta atención. Extiende en el suelo un trozo de tela vieja y acumula en él todo su botín. Baja hacia el mercado comiendo a dos carrillos y saltando.
- ¡Compadeceos de mí, ciudadanos! – está diciendo su padre a un grupo de caballeros, apartándose los harapos del pecho –. Mirad esta cicatriz, aquí. ¿La veis? Esta herida me la hicieron mientras luchaba contra el rey Mitrídates. Tuvieron que quitarme dos costillas.
- ¡Mira esta señal en el hombro! Fue una flecha. Y tres años más tarde me tuvieron que amputar la pierna. ¡He gastado lo mejor de mi vida luchando por Roma y ahora no puedo ni alimentar a mi hija…!
El caballero lo rechaza con un gesto y uno de sus esclavos lo tira al suelo de un empujón. La niña corre a su lado y lo ayuda a incorporarse.
- Padre – le dice acariciándole la cara –. Traigo comida.
A la sombra de las columnas del templo de Apolo, sobre las losas de mármol que pavimentan el suelo, la niña abre su hatillo. Y, con una sonrisa de triunfo, extiende ante su padre los deshechos de los ricos con los que hoy se darán un festín.
*Relieve. Palacio Mattei. Roma.
**Restos del Circo Máximo. Roma.
***Columnas del templo de Apolo Sosiano. Roma.
pobreza, indiferencia, hambre
pobreza, indiferencia, hambre
