domingo, febrero 12, 2012

ADIVINANZA SENCILLA

A Claudio Tiberio Germánico, llamado Británico, muerto un día como hoy.





Creciste huérfano de madre
con sólo medio padre como amparo y, en heredad,
un extenso imperio cuyo gobierno deseaban los ambiciosos.
¿Quién, desde siempre, tiene más poder: la tierna oveja o el lobo?
La respuesta es sencilla, pues te clavaron sus colmillos espumeantes
la víspera de tu decimocuarto cumpleaños.



*Foto de una escultura de Mesalina y Británico, tomada de internet.

NOTA: Británico murió el 11 de febrero del año 55 d.C. Califico al emperador Claudio como "medio padre" porque, siendo su padre biológico, no lo supo apreciar ni defender. Os dejo un enlace a Wikipedia para quien tenga curiosidad por saber quien fue este
joven asesinado por Nerón.

viernes, febrero 10, 2012

SOBRE EL VIENTO


(XXVI)
Las amigas de Rea Silvia la habían localizado ya. La reina Criseida había convencido a su marido Amulio para enviar a Cora con Rea Silvia para vigilar el parto. El Tíber se había desbordado.
Si los dioses nos hubiesen concedido la gracia de ensillar una ráfaga de viento como se ensilla un caballo y embridarla para dirigirla a nuestro antojo; si sobre esa cabalgadura hubiéramos recorrido el cielo al amanecer, la víspera del día del nacimiento de los gemelos Remo y Rómulo, habríamos visto al padre Tíber arrastrar una gran masa líquida y fangosa.
Aquietada ya en la superficie, sin crestas espumeantes ni remolinos, el agua se extendía como dedos entre las colinas, se remansaba en los valles y formaba lagos en las planicies vecinas a su cauce. En la cumbre del aislado Palatino, Acca Larentia depositaba el cadáver de su recién nacido en una diminuta fosa al lado del umbral de su puerta y le añadía, como humilde ajuar, una tacita de barro y una fíbula infantil. Fáustulo le apoyó una mano en el hombro hasta que ella se levantó y se apartó a un lado para observar cómo las paletadas de tierra sepultaban a su hijo postrero.

Al otro lado del valle de Murcia, en la ladera del Aventino más próxima a los montes Albanos, Númitor miraba correr las nubes oscuras, empujadas por el viento hacia Alba Longa. Sus ojos inquietos escrutaban las alturas, quizá buscando una señal, un mensaje divino en el vuelo de las aves, en la silueta de un nimbo o en un sonido imprevisto. Una honda preocupación ensombrecía su rostro, envejecido y estragado por el dolor. Su corazón iba de una muerte a otra, ambas inminentes: la de su esposa, la de su hija.
A su encuentro iba la Vestal Máxima Camilia cuyo vehículo, avanzando trabajosamente por el barro, descendía por el camino que comunicaba los montes Albanos con el Tíber. Acudía a la cabecera del lecho de su amiga Aurelia para acompañarla en el trance de la muerte. Su soledad se palpaba, se apreciaba en los campos desiertos y grises, extendidos como un rústico manto al que unas cuantas piedras, distribuidas aquí y allá, sujetaran para evitar que el viento se lo llevase.

Dirigiéndonos hacia el sureste, nos habría deslumbrado la luz púrpura que aquella mañana aureolaba el bosque sagrado de Marte y la cima del monte Cavo, confiriéndoles un aspecto irreal. Un cielo color de plomo parecía a punto de derrumbarse sobre el lago Albano, en el que se reflejaba la ciudad de Alba Longa, soberbia corona engarzada sobre uno de sus bordes.

Por el camino que unía esta ciudad con el santuario de Júpiter Latiaris transitaba un grupo de mujeres, cada una cargada con un bulto, dos cerdos delante y un muchacho cerrando la comitiva detrás. Se detuvieron un momento y miraron en todas direcciones antes de entrar en una selva colindante con el bosque de Silana y desaparecer. La vegetación crecía allí tan apretada y espesa que ni siquiera desde el aire eran visibles sus trochas.

Enseguida se incorporaron a ese camino dos figuras más. Avanzaban discretamente, ciñéndose a la orilla diestra, donde la vegetación les procuraría un escondite en caso necesario. Había faltado poco para que descubrieran a las amigas de Rea Silvia meterse en la selva cercana. Por fortuna no las habían visto. La manera engreída de caminar delataba a
Prátex, quien iba delante y a paso ligero. Le seguía Cora con un hatillo en la mano. Pasaron junto al hueco por donde había desaparecido el grupo y, unos pasos más adelante, penetraron en el bosque de Silana.

A esa marcha, el secuaz de Amulio y la falsa partera enviada por Criseida llegarían a la cabaña de la vestal antes que sus amigas. O, peor aún, cuando éstas ya estuvieran allí entregándole las provisiones. De ser sorprendidas en ese momento, se desencadenaría una tragedia. No sólo Rea Silvia y Tuccia quedarían sin socorro, sino que sus auxiliadoras serían ejecutadas con ellas: tal es el castigo reservado a quienes ayudan a un condenado a muerte.

Prátex y Cora se acercaban peligrosamente al camino de la hondonada mientras, ignorantes del peligro, Rea Silvia y Tuccia seguían recibiendo los fardos que les traían sus compañeras y se comunicaban algunas noticias. Si no mediaba un prodigio o una intervención divina, Urbano Lacio y aquellas mujeres estaban perdidos.


A Cora no le gustaba caminar al trote detrás de Prátex. Era muy desconsiderado. Desde que, al alba, habían salido de la cabaña real, ni una sola vez se había dignado girar la cabeza para comprobar si ella lo seguía. Como si no existiese. Mejor. Así se ahorraba el darle explicaciones o disimular, porque el muy estúpido ignoraba la misión que le había encomendado la reina. Si la cumplía con éxito, como esperaba, Criseida la recompensaría dándole algún puesto importante y ese Prátex la tendría que tratar con más respeto.

Hacía rato que habían abandonado el camino del santuario de Júpiter Latiaris, desierto a esas horas, para adentrarse en el bosque sagrado de Silana. Acababan de dejar a su izquierda el desvío que conducía a la fuente sagrada y seguían penetrando en la espesura aunque la senda, invadida por hierbas y matojos, se había desdibujado hasta perderse. Era desagradable andar por allí, deberían haberla advertido. De pronto, el olor fétido de las abubillas le golpeó el olfato. Frunció la nariz y se la tapó a toda prisa con la manga. ¡Vaya una ninfa pestilente! pensó.
Prátex, que la oyó bufar a sus espaldas, decidió detenerse allí mismo.

- ¿Por qué te paras aquí?

- Eres muy delicada tú – respondió Prátex con la burla en la boca –. Si te molesta el mal olor de unos simples pájaros, no sé cómo resistirás estar al lado de una sacrílega y ayudarla a parir un hijo infame.

- No es asunto tuyo, y además… – Cora se contuvo a tiempo. Había estado a punto de decirle que Rea Silvia no pariría, pero un destello en los ojos del hombre le había advertido que quizá pretendía hacerla hablar –. Además, he ayudado a parir a algunas cerdas en apuros, no creo que ésta sea peor.

- Tú sabrás – respondió Prátex encogiéndose de hombros y retomando la marcha.
Cuando el rey Amulio le había ordenado llevar a esta mujer a la cabaña de Rea Silvia, no le había parecido buena idea. El lugar donde la ocultaban sólo era accesible por un camino que él y sus hombres vigilaban constantemente. La presencia de la partera sólo complicaría las cosas. Querría dar órdenes a los guardianes o los molestaría con exigencias absurdas. ¿Y qué necesidad había de prestar ayuda a la sacrílega? Si por él fuera, le habría rebanado el pescuezo cuando quedó preñada, no sin antes haberle demostrado varias veces que él violaba más y mejor que el mismísimo Marte.

Apresuró el paso. A juzgar por la negrura de las nubes no tardaría en llover y lo que menos deseaba era calarse hasta los huesos por culpa de esa mujer. Menos mal que el puesto de guardia estaba cerca. Y desde allí a la hondonada habría cincuenta o sesenta pasos. Cora era torpe andando por el bosque, pero la haría recorrer esa distancia en menos tiempo del que tarda un zorro en cazar a una liebre.


¿Es preciso describir el júbilo de Rea Silvia mientras veía descender desde lo alto de las rocas, suspendida de una cuerda que la bajaba poco a poco, la cuna de esparto que Amnesis había confeccionado para sus hijos? No encontraríamos las palabras adecuadas, pues produce una emoción especial el ver y tocar aquellas cosas – ropa, sonajero, cuna – que no siendo aún de nadie, aguardan impacientes la llegada de su futuro dueño. Igual que el sonido del agua, al avisarnos de la proximidad de una fuente la hace real aunque no la veamos, así el rozar con las manos o las mejillas esos objetos anticipa la presencia del no nacido y, a través de ellos, existe y lo amamos ya.

Con los brazos alzados para recibir la cesta estaban Rea Silvia y Tuccia, cuando Urbano Lacio, a quien sus correrías en busca de presagios habían convertido en experto trepador, se colocó en bandolera uno de los fardos y comenzó a bajar agarrándose a las hendiduras de la roca. Las jóvenes profirieron más de un grito, temiendo que cayera. Sin embargo él mantuvo su pulso firme y llegó al suelo sano y salvo. Abrazó a Tuccia en un impulso y no se atrevió a hacer lo mismo con Rea Silvia, aunque le tomó las dos manos y se las besó.

“Redondo de luna llena era aquel vientre;/ los ojos vivos como dos ascuas/ emitían un intenso calor./ ¿Dónde estás, padre de mi prole, poderoso Marte?,/ decía sin palabras su boca./ ¡Ay, cuán triste ha de ser que una estirpe nueva/ haya de nacer de la muerte de otra!”. Pese a la melancolía de estos versos, aquel encuentro fue alegre.
Mientras Urbano acarreaba los bultos al interior de la cabaña, las amigas hablaban por señas y palabras sueltas. Lo hacían con gritos sofocados para no ser oídas por el vigilante de Amulio. Tuccia les hizo saber que ya tenían preparadas las tiras de lana para envolver a los gemelos. Rea Silvia sonreía y no soltaba la cesta. Ya veía a sus hijos dentro, envueltos en la calidez de las pieles que la forraban por el interior, protegidos de la humedad y de las desgracias: sujetos al trenzado de la cesta mediante unas cuerdas finas, Valeria y Aiara habían colocado sendos amuletos.

Se habían esforzado mucho para confeccionarlos. Tal como habían acordado tiempo atrás, cuando aún no había sido descubierto el embarazo de Rea, el trabajo debía combinar adorno y amuleto en una única pieza. Ahí estaba el resultado: dos discos de bronce, ahuecados, en cuyo interior habían colocado los objetos mágicos: piedrecillas de diversas clases, polvo de huesos y vegetales que habrían de protegerlos del mal de ojo, los venenos, la envidia y tantos peligros que acechan al ser humano y procurarles salud y una larga vida. Una vez depositados dentro, habían soldado los dos discos por el borde: era imposible, así, que se perdieran los talismanes. Un cordoncillo de hilo, pasado a través de un orificio, permitía colgarlo al cuello.
En alabanzas, intercambios y trasiegos estaban, cuando Kritubis se llevó repetidamente el dedo índice a los labios, indicando que debían callar y luego, rápidamente, hizo un gesto con las manos para que nadie se moviese. Algo había captado, quizá un ruido, o un movimiento entre las encinas. Presentía un peligro. Muy grave. Muy cercano. Cerró los ojos y alzó las manos al cielo. En voz baja invocó a las diosas protectoras de Rea Silvia para que acudieran en su ayuda: “Dulce Silana, madre Vesta, Diviana misteriosa, poderosa Luna: ¡No hagáis más duro el trance por el que ha de pasar Rea Silvia!” repitió tres veces. Se separó del borde de las rocas. Afianzó ambos pies, un poco separados, sobre un trozo de tierra limpio de hojas y empezó a dar vueltas sobre sí misma. Su garganta emitió un sonido sordo, fluido, que iba creciendo en intensidad mientras giraba cada vez más deprisa, más deprisa, con los brazos abiertos, rotando como una peonza.




*Las fotos de los frescos están tomadas de internet. El resto, son mías.

jueves, febrero 09, 2012

PRODIGIOSOS GEMELOS


“En las sociedades primitivas y en las civilizaciones superiores, el nacimiento de gemelos ha representado siempre un prodigio. De ahí la idea de que fueran detentores de poderes mágicos especiales, a veces positivos (portadores de abundancia) y otras veces negativos y, por tanto, se debían marginar y aislar. (…) También en el mito de Remo y Rómulo el hecho de ser gemelos los caracteriza como héroes antes incluso de que cumplan la empresa para la cual están predestinados”.

CARANDINI.- “La leggenda di Roma”, vol. I.
Traducción de Isabel Barceló



Nota: Mañana viernes colgaré un nuevo capítulo de la Fundación de Roma.


*Sarcófago romano. Museos Capitolinos. Roma. La foto es mía.

lunes, febrero 06, 2012

INEVITABLE DOLOR


(XXV)
Anto y Nipace habían concebido un plan para ayudar a Rea Silvia. En el Aventino, Acca Larentia estaba sola y a punto de dar a luz. Rea Silvia y Tuccia se habían reencontrado con sus amigas y éstas les habían prometido llevarles ayuda.
Por fin, tras una última contracción, la criatura de Acca Larentia cayó en el hueco que ella misma había cavado en el suelo de la cabaña y forrado con telas. Sin abandonar su posición en cuclillas, Acca retrocedió un poco y lo acomodó bien. Era un niño. Tendió la mano y, casi a tientas,
cogió dos hilos de lana que tenía preparados y los anudó al cordón umbilical, separados por una distancia de dos dedos. Un trozo afilado de cerámica, resto de una taza rota, sirvió para cortar el cordón entre los dos nudos. Cogió luego al niño y con mano diestra lo puso boca abajo y le palmeó en las nalgas suplicando al dios Vaticanus que lo hiciera gemir. De su garganta salió apenas un quejido, una protesta tan débil como el piar de un pajarillo al romper el cascarón. Lo depositó de nuevo en el hueco e hizo un esfuerzo más para expulsar la placenta.

El pequeñuelo se movía muy poco, tenía la piel de color violáceo y los labios casi morados. Se tendió a su lado Acca y lo abrazó contra su pecho para darle calor. Con sumo cuidado le frotaba la espalda con una mano, le acariciaba la tierna cabecita. Se sentó luego y poniendo al niño envuelto en un paño de lana sobre su regazo, lo limpió poco a poco con agua caliente. Invocaba a Carna mientras le daba suaves fricciones en las piernas, en los pies, en los brazos y manos, sin descanso. Le hablaba, como si su voz pudiera insuflarle las fuerzas que no tenía. En un rincón, Bona y su cachorro Seius los miraban.
Acca Larentia no quería pensar. Frotaba y frotaba con los dedos el cuerpo de su hijo y trataba de apartar de su cabeza la violación y la paliza que le habían dado Prátex y Catión unos meses antes, cuando lo estaba gestando. Pero olvidarlo era un empeño imposible ante aquel recién nacido débil y falto de energía. Aquellos miserables se la habían robado a golpes. Contemplando su rostro diminuto de rasgos perfectos, su pecho se encendía de afecto por él y de rabia contra sus agresores. Recordó haber suplicado venganza al padre Tíber cuando se purificó en sus aguas para limpiar de su piel el rastro del oprobio. Ahora el río gorgoteaba allá abajo, hinchado de furia, rugiente. Un Tíber indignado por semejante crimen.

Se estaba quedando fría y su criatura también. Añadió unos troncos al fuego y alcanzó su túnica para ponérsela, pues se había quitado la ropa para que no le estorbara durante el parto. Su vista tropezó entonces con la fíbula que había intercambiado con Palantea, una bellísima serpiente con los ojos entreabiertos. Según le había dicho la pastorcilla, la serpiente protegía a las madres y a sus criaturas. Se la puso enseguida esperando que obrara un prodigio y apretó al pequeño contra su corazón.

Declinaba la tarde y de Fáustulo no había noticia.


El rey Amulio hizo esperar a su yerno. Estaba de pésimo humor. El que Rea Silvia se hubiera burlado de él una vez más, como afirmaba Criseida, había sido un mazazo a su orgullo. Su aborrecimiento hacia la vestal seguía creciendo y en su mente buscaba qué formas más terribles de venganza hallaría para hacerle pagar. Casi era noche cerrada cuando un criado le recordó que el noble Nipace aún esperaba ser recibido. Decidió atenderlo, bien para distraerse un poco de sus pensamientos, bien para descargar su rabia.

- ¿Qué quieres? – preguntó secamente cuando Nipace estuvo ante él.

- Soy un yerno afligido, señor – respondió con humildad el joven –, y un marido irritado, a decir verdad.

Amulio no respondió.

- La terquedad de tu hija me exaspera. No ha aprendido todavía cuál es su lugar y, quizá porque la habéis educado en Lavinio, lejos de ti y de su madre, no comprende bien cuáles son los deberes del trono.

La velada acusación que contenían estas palabras no pasó desapercibida a Amulio. Se removió en su asiento, acentuando más, si cabía, su actitud altiva.
- Algo intolerable, lamento decirlo, en la hija de un rey. Ayer, cuando supe que te habías visto obligado a prohibirle presentarse de nuevo ante ti…– Nipace respiró hondo, como si se esforzara en contener su furia –. La reprendí severamente y le advertí que no consentiré comportamientos de ese género en mi casa. Para que aprenda, le he anunciado que no volveré a compartir el lecho con ella hasta que obtenga tu perdón. Y voy a ser inflexible.

El rey Amulio, que hasta entonces había escuchado a Nipace con desinterés, se irguió en el sitial. ¡Sólo le faltaba verse privado de herederos al trono por la insensatez de su hija y su marido!

- No me parece buena idea – dijo, para tantear el terreno –. La carne tiene sus exigencias y la juventud también. Si fallas, perderás toda autoridad sobre ella. Castígala de otra forma.

- No fallaré, puedes estar tranquilo. Tener un hijo es lo que más desea Anto, así que no hay castigo más eficaz. Por lo pronto, ha prestado atención a mis reconvenciones y ha comprendido mis argumentos.

- Y esos argumentos son… - dijo Amulio enarcando las cejas.

- Que tus motivos para castigar a tu sobrina son justos y están de acuerdo con los usos ancestrales albanos. Es intolerable que ella, a fuerza de llorar, pretenda que un rey incumpla sus obligaciones.
- Muy cierto, yerno – respondió Amulio, complacido.

- Si alguien se lo hubiera explicado antes, no te habría ofendido tan gravemente… – añadió Nipace y el rey volvió a sentirse aludido y algo incómodo –. Apenas le he hecho ver su aberración, se ha sentido espantada. La he dejado en casa deshecha en lágrimas pues cree que, habiendo sido tan injusta y desconsiderada contigo, no la perdonarás jamás. Está muy arrepentida. Con todo, su castigo sigue en pie: hasta que no recupere tu afecto y tu favor, seguiré sin yacer con ella – concluyó Nipace.

Amulio, a quien le urgía tener nietos para afianzarse en el trono y evitar que la falta de herederos de su propia sangre alentara las aspiraciones y las conspiraciones de la nobleza albana, concluyó que debía zanjar este asunto.

- Si es como dices – respondió – y ella me demuestra el arrepentimiento y el respeto debidos, la perdonaré. Dile que venga mañana por la mañana y hablaremos. Acompáñala tú, para que seas testigo del encuentro y actúes después conforme al resultado.

Nipace dio las gracias al rey por su benevolencia y se despidió.


Bona irguió de pronto las orejas y se sentó sobre los cuartos traseros. Sus ojos brillaban en la oscuridad como tizones. Se acercó lentamente a la puerta de la cabaña. Empezó a rascar la puerta con la pata y a gemir.

- ¿Qué ocurre, Bona?

Acca Larentia se había quedado dormida con su hijito en brazos. Debía ser muy tarde. Alguien, desde el exterior, tocaba a su puerta. Miró un largo instante a la criatura, la dejó en un cesto que le tenía preparado, y se acercó al umbral. Pese al bramar del viento sobre el tejado de paja, reconoció la voz de Fáustulo. Quitó la estaca que atrancaba la puerta y abrió. El mayoral de Amulio se cubría la cabeza y el cuerpo con pieles curtidas y era casi irreconocible a la luz de la antorcha de resina que llevaba en la mano.

Entraron con él un frío intenso y un pedazo de noche tan negra que daba miedo. Acca añadió leña al hogar e hizo aire a las brasas para que prendiese el fuego. Del caldero que colgaba sobre él, llenó una escudilla con caldo caliente y se lo dio a beber. Ella misma bebió otro poco. Fáustulo vio el cesto con el niño y se inclinó a mirarlo. Luego fijó la mirada en su esposa.
- Ha muerto hace un rato – dijo ésta.

- Tú ¿estás bien?

Afirmó con la cabeza. No quería que le saltaran las lágrimas ni que le traicionara la voz. Era una madre curtida, había enterrado ya a varios hijos. Sin embargo, éste había sido especial. Pensaba que sería el último y, con él, la última vez que amamantaría a una criatura, la vería medrar en sus brazos, robustecerse y alejarse de ella. Las mujeres dan la vida y se quedan solas. Sus senos se estaban colmando, para nadie, de leche nutricia.

- ¿Cómo vienes tan tarde? Con tanta oscuridad y el mal tiempo podías haber extraviado el camino.

- Llevo toda la vida pastoreando aquí, no me perdería ni aun queriéndolo – respondió Fáustulo –. Ayer el rey Amulio me llamó a Alba Longa y tuve que ir. Cuando he vuelto esta tarde a la cabaña de la vía Salaria, Urco me ha dicho que el parto se presentaba mal. He dejado a nuestros hijos al cuidado de Arpando para venirme.

- Eres un buen marido, Fáustulo, y un buen padre.

- Al menos, quiero a los míos y trato de darles lo mejor – respondió con tono melancólico, sin apartar la mirada del fuego, hacia el cual tendía unas manos grandes y curtidas. Profundas arrugas en la fre
nte y las mejillas delataban que tenía ya cierta edad y que había pasado la mayor parte del tiempo a la intemperie. Sus rasgos nobles y firmes reflejaban bien su carácter, discreto y justo, cumplidor de la palabra dada. Reflexivo, jamás actuaba con precipitación y gustaba de escuchar todas las opiniones. Era un hombre sabio, respetado y obedecido no sólo por los criados de Amulio, sino por todos los pastores de las colinas del Tíber.

Acca llevaba tantos años con él, que podía interpretar cada gesto de su cara, cada matiz de su voz.

- ¿Ha ocurrido algo con Amulio? – preguntó.

- Nada en concreto, rumores y habladurías entre los criados. Quiere mal a su sobrina, la hija de Númitor y algo prepara contra ella. Es una vestal.

- Sé quién es. La vi de lejos en la fiesta de Júpiter Latiaris.

Permanecieron un rato callados. Acca Larentia pensaba en su hijito muerto y la congoja le oprimía el pecho. Se sentó al lado de la cesta a contemplarlo, inmóvil y pálido, pero ya no lo cogió.

- Mañana le daré sepultura fuera, junto al umbral – dijo. Agotada, se tendió y cerró los ojos. Acudió a su llamada Somnus, ese dios compasivo, y tomando un velo temporal de olvido, lo extendió sobre sus párpados.





* Excepto las pinturas murales, que están tomadas de internet, el resto de fotografías son mías.

domingo, febrero 05, 2012

VER ROMA



"No puede decirse que se haya visto Roma cuando no se han recorrido las calles de sus barrios con espacios vacíos, jardines llenos de ruinas, recintos con árboles y viñas en su interior, claustros donde se levantan palmeras y cipreses, los unos se asemejan a mujeres orientales, los otros a religiosas de luto."

CHATEAUBRIAND.- Tomado del libro “A Journey to Rome”, con textos seleccionados de Dickens, Shelley, etc. por Danièle Ohnheiser. Traducción del italiano de Isabel Barceló.

*La fotografía es de la antigua Viña Barberini, en las pendientes del Palatino, donde se halla la iglesia de San Sebastiano al Palatino (fachada de la izda). Es lo más semejante que he visto en Roma a un jardín mediterráneo, con palmeras y naranjos. He elegido el ciprés... Sobre este terreno estuvo parte de la Domus Aurea de Nerón.


NOTA: Queridos amigos, sigo inmersa en las aventuras de Rea Silvia y sus amigas. Mañana nuevo capítulo.

jueves, febrero 02, 2012

ALGUNA LUZ



(XXIV)
La Vestal Máxima Camilia había enviado a Urbano Lacio al Aventino a entrevistarse con Númitor. El río Tíber se había desbordado y Acca Larentia, sola en su cabaña, estaba a punto de parir. Criseida había convencido a Amulio de enviar a su partera con Rea Silvia para controlarla.
Anto se secó una lágrima y recibió con aparente aplomo a un criado que traía un mensaje de la reina: la criada Cora debía presentarse inmediatamente en la cabaña real, pues la reina Criseida necesitaba contar con sus servicios durante unos cuantos días. Asintió Anto sin hacer preguntas. Ordenó a Cora preparar lo que necesitara y marcharse para no hacer esperar a la reina.
- ¡Al fin podremos hablar con tranquilidad en nuestra propia casa! – exclamó cuando la criada se hubo marchado. Esa mujer no le gustaba –. ¿Para qué la querrá mi madre?

- Qué más da – respondió Nipace, sentándose a su lado junto al fuego –. Quien importa ahora es tu padre. ¿Te sientes con fuerzas para llevar a cabo nuestro plan?

- Tenga o no tenga fuerzas, he de hacerlo. De lo contrario jamás viviré tranquila. Y no lo llames así: desde ayer no tengo padre…

Las lágrimas asomaron de nuevo a sus ojos y Nipace le pas
ó un brazo por la cintura y la abrazó. Tras la conversación que había mantenido con la Vestal Máxima Camilia, Anto estaba destrozada. Al principio se había resistido a aceptar que el rey Amulio abrigara un odio tan monstruoso hacia su propio hermano y su sobrina Rea Silvia. Sin embargo, a medida que discurrían las horas y las lágrimas, el repaso de los acontecimientos de los dos últimos años ponía en evidencia que Camilia no había errado en su juicio. Su padre era un hombre despiadado, carecía de escrúpulos, y sus actos estaban guiados por su voluntad de hacer mal.
- Tendrás que ser muy convincente – dijo Nipace –. No será fácil hacer creer al rey Amulio que has cambiado de parecer.

- Puedo hacerlo, no lo dudes. ¿Sería hija suya si no supiera fingir? – respondió con amargura. Y hubo de interrumpirse de nuevo por el llanto.

- No eres como él, ni te pareces a él, Anto querida. Al contrario, eres la persona más bondadosa y dulce que he conocido jamás. Soy muy afortunado.

- En realidad, habré de mentir poco…– prosiguió Anto pensativa. Pero de nuevo la angustia se apoderó de ella –. ¿Y si fracasa nuestro intento? ¡Sería espantoso que saliera mal!

- Hemos examinado este asunto muchas veces: para tu prima todo está perdido. Nada puede empeorar su situación. Si Camilia ha juzgado el carácter de Amulio con acierto y yo, por mi parte, no me equivoco en mis previsiones, creo que nuestro plan saldrá bien. Ten confianza en ti misma y en las divinidades que protegen a Rea.

Volvió a abrazarla y le murmuró al oído palabras de ánimo. Luego le cogió el rostro entre las manos para que lo mirase y añadió:

- Deséame suerte, esposa. ¡También yo he de hacer bien mi papel! Voy a pedir audiencia al rey.

Anto asintió y lo ayudó a colocarse un manto para salir. Una ráfaga de aire helado se coló por la puerta abierta y agitó violentamente las llamas del hogar. Se encogió con un estremecimiento. Desde que su marido y ella habían decidido actuar a la desesperada, una fiera salvaje le desgarraba el vientre; su pecho era un mar revuelto por el temor y las dudas; la idea de reencontrarse con el rey le producía nauseas y un gran desasosiego. La repugnancia de Anto era comprensible: iba a pedirle a su padre que matase a Rea Silvia.



“Lágrimas de dolor derramaban los cielos/ noche, muerte, furia, fango,/ el Tíber era una espada de agua/ y el corazón de Aurelia un muñón sangrante.” Con estos oscuros versos resumió Urbano Lacio su viaje a la cabaña de Númitor en el Aventino. Poco más dijo, aunque sabemos por otras fuentes que el encuentro con Númitor y Aurelia le causó una honda impresión. Agotado, empapado de agua y sucio, temblando de frío, arribó el futuro cronista oral a la cabaña de Númitor pasado el mediodía, tras un penosísimo viaje por caminos embarrados y azotados en el último tramo por una lluvia torrencial.
Más helado aún habría de quedarse: Aurelia se hallaba a las puertas de la muerte. Aquella mujer enérgica, ejemplo de entereza y modelo de reina, había claudicado. Eso le dijo Énule en voz baja, mientras le daba una taza de caldo muy caliente y lo obligaba a quitarse la ropa empapada delante del fuego.

- Se está dejando morir – dijo con dolor en la voz.

- ¡No puede hacerlo! ¡No puede abandonar a Rea Silvia! – respondió Urbano Lacio con pasión.

- Aurelia cree que por culpa suya Rea fue descubierta y va a ser ejecutada. Carece de fuerzas para enfrentarse a la muerte de su hija y sus nietos. No quiere sobrevivirlos.

- Pero debe hacerlo. Precisamente traigo un recado de la Vestal Máxima Camilia: creemos saber dónde ha escondido el rey Amulio a Rea Silvia y su doncella Tuccia. Es preciso que vengas, Énule, hallaremos el modo de que la puedas asistir en el parto. Y después, ya veremos…

Énule se lo quedó mirando un instante y luego lo estrechó en un abrazo. Aún estaban comentando detalles de la noticia, cuando llegó Númitor y el joven se apresuró a repetir el recado.
- Traes la esperanza a un hogar habitado por sombras y donde todo futuro se reduce a la muerte – dijo Númitor. Énule asintió y dirigió la mirada hacia el rincón de la cabaña donde estaba el lecho de Aurelia. Tenía los ojos cerrados y la respiración lenta. Con voz quebrada, Númitor añadió:

- Ya ves cómo está mi esposa. No podemos dejarla sola en este estado. Ve y dile de mi parte a la Vestal Máxima Camilia que venga mañana. Es la mejor amiga de Aurelia, la mejor compañía en estos momentos de zozobra y dolor. Cuando ella llegue y se haga cargo de atenderla, Énule y yo partiremos hacia Alba Longa para estar lo más cerca posible de mi hija. Si lo hacemos como digo, mañana por la noche estaremos allí.

No añadió nada más. Sus ojos reflejaban una profunda tristeza. ¿Quería también el destino que este hombre, tan maltratado por su propio hermano, hubiera de perder al mismo tiempo a su mujer y a su hija?

Cuando Urbano Lacio salió de la cabaña, la lluvia había cesado y el aire límpido permitía ver un panorama extenso. Decidió subir rápidamente a la cumbre del Aventino para contemplar el espectáculo del río desbordado. Bajo el precipicio que caía en vertical sobre el camino de Ostia y el cauce, el Tíber bramaba. Los espumarajos que salían de sus fauces, turbios de fango, rompían contra la escarpadura a la colina. Sobrecogido y fascinado por la potencia del río, Urbano Lacio se dirigió a la vertiente que daba al valle de Murcia.
No quedaba rastro de los depósitos de sal, ni de la llanura donde se celebraba el mercado, ni señal alguna del Ara Máxima de Hércules. Todo lo invadía el agua. Miró hacia la colina del Palatino, aislada como un peñasco en medio del mar, y buscó en la cima la cabaña de su amigo Urco. Allí estaba, solitaria y fantasmal, con una fina voluta de humo ascendiendo desde el tejado. La escalera de Caco sufría las horrísonas acometidas del agua: la espuma trepaba con violencia por ella y se hundía luego en un caldo fangoso. Al lado, la gruta donde los pastores veneraban al dios Fauno abría su boca negra.

Urbano sacudió la cabeza para sustraerse al hechizo del río. Echó una última ojeada al paisaje desolado y regresó a la cabaña de Númitor donde se despidió. Iría cuanto antes a Alba Longa a comunicar la respuesta a Camilia.


La doncella Tuccia hilaba la lana de oveja que habían recibido el día anterior mientras Rea Silvia, sentada ante un telar rudimentario construido por ellas mismas meses atrás, tejía a buen ritmo. Trabajaban a la luz de la lumbre, pues reservaban el aceite de las lucernas por si les hacía falta más adelante, cuando nacieran los gemelos. Las llamas y su calor reconfortante les enrojecían las mejillas. De vez en cuando cantaban una canción como hacen las campesinas para marcar el ritmo del trabajo, hablaban de personas conocidas o recordaban una tarea pendiente. Era ya media tarde cuando Rea Silvia se puso en pie, se colocó las palmas de las manos en los riñones y se irguió arqueando hacia atrás los hombros y la espalda.
- ¿Cambiamos? – propuso a Tuccia, pues solían turnarse en la rueca y el telar. Mientras la doncella terminaba un cabo, Rea dio unos cuantos pasos por la cabaña para estirar las piernas. Salvo para coger los madroños, no habían salido de la cabaña en todo el día, pues el frío era intenso. Se arrimó al ventanuco para mirar al exterior. Le pareció oír algo y acercó más la cabeza a la abertura con expresión desconcertada. Tuccia le habló, pero ella le hizo un gesto con la mano para que callara y la doncella se apresuró a acercarse. En su aislamiento, cada ruido tenía su significado.

Lo que parecía al principio el canto de un ave, se transformó en una melodía dulcísima. Otra vez el ave. Y de nuevo un sonido que recordaba el repiqueteo de la lluvia sobre los charcos y, después, el zureo de una paloma. Siguió un son alegre y sofocado como la risa de una adolescente que acaba de conocer el amor y, tras él, la voz de un cuco derivaba en lamento.

- ¡Es Palantea! – gritó Rea Silvia. Y salió a la puerta sin detenerse un instante a coger el manto. Tuccia la siguió, le echó sobre los hombros la piel de oveja y volvió a entrar a toda prisa para ponerse el suyo.
La explanada de la cabaña estaba desierta, nada se movía tampoco en el cinturón de árboles a su alrededor, ni en el camino. Giraron sobre sí mismas, mirando hacia todas partes, desconcertadas. Sonó la música con mayor claridad, muy suave. Parecía llegar desde algún punto alto y cercano. Levantaron entonces la vista y las vieron: sobre uno de los farallones de roca a cuyos pies crecían los madroños, Palantea tocaba la siringa mientras las demás movían los brazos a modo de saludo.

Corrió Tuccia al pie de la roca con los ojos llenos de lágrimas, y Rea Silvia la siguió con dificultad. Lloraban y reían al mismo tiempo, felices de reencontrarse con sus amigas. Desde lo alto del muro rocoso las lágrimas caían también como la lluvia y se mandaban besos por el aire y sonrisas y gestos de alegría y aprobación.

- Hay un hombre vigilando – dijo Tuccia, haciendo bocina con las manos y tratando de no alzar mucho la voz, aunque la pared tenía tres o cuatro veces la altura de Rea Silvia.

- Sí, si – respondió de igual modo Kritubis –. Por eso hemos dado la vuelta.
- Mañana os traeremos comida, ropa y la cuna para los gemelos – dijo Palantea.

- ¡Y los amuletos! – susurró Valeria.

Durante un rato intercambiaron palabras sueltas y gestos. Rea Silvia señaló repetidamente con el dedo hacia su derecha, para indicar a sus amigas la existencia de unas rocas de menor altura. Y ellas por señas le contestaron que sí, que las habían visto y tratarían acercarse por ese lado. Al fin se despidieron porque la tarde avanzaba deprisa y era peligroso que la oscuridad les sorprendiera en aquella selva.

Pese a la excitación y la alegría, hacía mucho tiempo que las amigas no dormían tan profundamente como lo hicieron esa noche, unas en Alba Longa, otras al amparo del bosque de Silana.

miércoles, febrero 01, 2012

EL SILENCIO DEL BOSQUE


Esto dice Pedro García Barreno en su texto “Mitología de los bosques”:

““Estos bosques sagrados – escribía Séneca a Lucilo – poblados de árboles añosos y gigantescos, cuyas ramas se entrelazan ocultando el cielo; la impresión que produce en nosotros esta sombra profunda que se extiende en lontananza, ¿no nos sugiere la idea de que allí reside un dios?” Plinio manifestaba que “no menos que en las estatuas divinas en donde resplandece el oro y el marfil, adoramos los bosques sagrados y en ellos el silencio mismo”. Pero en ninguna parte del mundo antiguo se conservó quizá mejor esta forma de religión ancestral que en Roma. (…) El culto a los bosques iba generalmente unido al del agua; con frecuencia, una fuente de origen prodigioso tenía su origen en un bosque y, como él, estaba consagrada”.

¡Ay, Silana, dulce ninfa a quién ha sido consagrada la fuente y el bosque que llevan tu nombre! Sé propicia a Rea Silvia. Y ya que no puedes alterar su destino, haz, al menos, que
nazcan sus hijos.

*La foto está tomada en Palazuolo, donde estaba el extremo de Alba Longa más próximo al monte Cavo. Allí encontré esta cueva, desgraciadamente inaccesible, donde podemos imaginar que brotaría la fuente sagrada de Silana.

NOTA: Queridos amigos, dejaré programado un nuevo capítulo de la fundación de Roma para mañana jueves 2 de febrero, pues desaparezco unos días: son las fiestas de moros y cristianos de Sax, y ya sabéis que no puedo faltar. Besos.

lunes, enero 30, 2012

UN AUGURIO INQUIETANTE



(XXIII)
Rea Silvia y Tuccia siguen preparándose para el parto de la primera. La reina Criseida había recordado el truco de Hera para impedir el nacimiento de Hércules y pretendía aplicarlo a Rea Silvia. Las vestales habían decidido enviar al cronista oral Urbano Lacio al Aventino a avisar a los padres de Rea Silvia de que estaban a punto de encontrarla.

Apenas un leve resplandor asomó por detrás del monte Cavo para anunciar el día, Urbano Lacio y el carretero de las vestales salieron de Alba Longa en dirección a la
cabaña de Númitor en el monte Aventino. El camino de tierra discurría entre los bosques, flanqueados por árboles indistinguibles aún, rumorosos con el primer piar de los gorriones. Había humedad en el aire y el cielo se adivinaba nublado. Iban solos. De pronto, una comadreja asomó el hocico por la orilla izquierda del camino y, tras un instante de vacilación, cruzó corriendo al otro lado de la vía, pocos pasos por delante del carro. Urbano Lacio se estremeció: de todos los animales de mal agüero que conocía, la comadreja era el más desfavorable y nefasto para los nacimientos. Pronunció en voz baja algunos conjuros para ahuyentar la mala suerte, pero quedó intranquilo. ¡Ojalá todo fuera bien! El traqueteo del carro lo sumió poco a poco en el dulce sueño.



Al mismo tiempo que a Urbano Lacio se le cruzaba la comadreja, en la cumbre de la colina del Palatino Acca Larentia, envuelta en una piel de lobo, salía a la puerta de su cabaña por tercera vez. Oteaba el camino delante de su casa, esperando ver a su marido abrirse paso entre tan escasa claridad. Tendía hacia delante una oreja poniéndose tras ella una mano para orientar el oído, mas no conseguía su propósito de escuchar algo, un silbido, una señal que indicara la proximidad de Fáustulo, pues cualquier sonido resultaba sofocado por un estruendo enorme.
El Tíber rugía a los pies del Palatino con una fuerza nunca vista. El día anterior, una gran avenida de agua, violenta como un toro enloquecido, había desbordado el río cabeceando con furor en todas direcciones. De la isla del centro del cauce sólo asomaba el esqueleto de un bosque desmochado en el que se enredaban troncos y ramas rotas, cadáveres de animales en descomposición. Enormes remolinos hacían girar como peonzas árboles enteros: a unos los estrellaba como proyectiles contra las laderas del Palatino; a otros los empujaba hacia el valle del Velabro, donde la corriente desbocada se amansaba y formaba un dique de desperdicios. Al trazar la curva a la derecha, el Tíber furibundo acometía con una lengua el valle de Murcia y, con los labios salados, volvía sobre sus pasos para proseguir su ruta hacia el mar. Invadía entonces el camino de Ostia y arañaba la abrupta ladera del Aventino entre un fragor de piedras y rocas arrastradas. Alimañas y animalillos de la ribera se agazapaban asustados, sin hogar ni refugio.
Regresó Acca a la cabaña y la perra Bona, que había asomado la cabeza tras ella, retrocedió también al interior. La mujer se sentó con dificultad en el suelo, torpe por el embarazo. Le temblaban las manos y ni siquiera el fuego que ardía con viveza la calmaba. No era frío, sino temor lo que sentía. El alumbramiento debía haberse producido ya, llevaba varios días de retraso, algo inusual en ella que había parido doce veces. Como si la criatura no tuviera fuerzas suficientes para nacer. Así, cuando el día anterior, por la tarde, había notado los primeros síntomas del parto, supo que no se desarrollaría bien.

Decidió, entonces, mandar a Urco y sus hijos pequeños con su padre, que había ido a inspeccionar algunos rebaños del rey Amulio más allá de las colinas al sur de la vía Salaria. Quería evitar que, si moría en el parto, sus hijos se quedaran allí con su cadáver, desamparados, durante quién sabe cuántos días y noches, mientras durase el temporal. Y secretamente su corazón esperaba que Fáustulo los hubiera dejado bajo la custodia de alguno de los pastores y viniera a acompañarla, que no la dejase morir sola.
- Yo te invoco, Diviana, asísteme. Ninfa Carmenta, ven pronto a mi lado y trae contigo a todas las diosas necesarias: la que favorece el parto rápido, la que vela por el nacimiento de mi criatura, aquella que la trae a la luz, la que cuidará de ella si nace por la cabeza, y la que debe cuidarla si viene de pies; que venga el dios que hará comenzar la vida en mi hijo, el que pone en funcionamiento los sentidos, el que le hará emitir su primer llanto. Venid, dioses y diosas encargados del comienzo de la vida. Estadme cerca. Ayudadme.

Así suplicaba Acca Larentia el auxilio de las divinidades, invocadas en todos sus partos y ese día más necesarias que nunca. De pronto, un líquido caliente le bajó por las piernas y un olor fétido inundó la cabaña.
Mala señal.



En Alba Longa el amanecer también había encontrado activas a las amigas de Rea Silvia. Se habían reunido en la cabaña de Kritubis y organizado dos grupos: uno, con la propia Kritubis, Palantea y los cerdos; el otro lo componían las artesanas Valeria y Aiara bajo la guía de Amnesis, que conocía mejor el terreno. Entraron juntas en el bosque de Silana hasta el sendero que se desviaba a la cueva y la fuente sagrada.
Para prevenir problemas, Palantea y la piara irían delante, seguida a poca distancia por su ama. Las demás, cubriendo la anchura del bosque y separadas entre sí lo suficiente para comunicarse entre ellas y auxiliarse si fuera necesario, rastrearían toda el área.



A causa de la abundancia de maleza y la pérdida de las trazas del camino, necesitaron mucho tiempo para abrirse paso hasta el fondo del bosque. Una vez allí, tras varias tentativas, Palantea encontró a la derecha un caminito con la anchura justa para que pasasen unos pies. Avisó del hallazgo a las demás y se adentró sin los gorrinos para no hacer ruido. No llevaba mucho andado, cuando vio a lo lejos a un hombre. Se ocultó y dio un pequeño rodeo para aproximársele sin ser vista. Reconoció al borrachín Catión. Estaba de pie, delante de un refugio hecho con ramas y paja, como los que construyen con frecuencia los pastores para mantener el caldero de la comida a cubierto y calentarse de vez en cuando.
- No podemos pasar por ahí – declaró la pastorcilla a sus compañeras, una vez hubieron retrocedido todas hasta la cueva de Silana, donde se ocultaron –. Debemos salir del bosque ahora mismo, pues alguien vendrá a sustituir a Catión y puede vernos. Se impone la prudencia.

- ¿Pretendes abandonar la búsqueda? – preguntó atónita Aiara.

- Al contrario. Hemos de llegar hasta ella por otro sitio. A través de una selva que linda con el bosque de Silana. Es difícil atravesarla, pues no hay sendas y la vegetación crece apretada y frondosa. Precisamente por su dificultad no habrá nadie vigilando, no nos descubrirán. Vayamos ahora mismo. Conozco un hueco por el que penetrar en esa espesura.

- Confiemos en que tengas razón – dijo Kritubis mientras se ponían de nuevo en marcha –. El tiempo apremia.


Esa misma sensación de apremio la tenía la reina Criseida. Acababa de tener una larga conversación con Cora, la criada que había asignado al servicio de su hija Anto y la informaba continuamente de cuanto hacían la joven esposa y su marido. Según ella, Anto estaba muy abatida desde que el día anterior su padre la había expulsado de la cabaña real prohibiéndole volver. No quería salir a la calle ni hablar con nadie. Tampoco probaba bocado pese a los ruegos de su marido. Se limitaba a beber agua y a llorar.

- Bien, yo me ocuparé de mi hija – le había dicho la reina –. Y tú te vas a ocupar de Rea Silvia. Prepárate, porque haré que te lleven con ella hoy o mañana. Recuerda mis instrucciones: debes decirles que vas de parte de Anto y hacerles creer, a la sacrílega y a su criada, que estás allí para ayudarlas. Tienes que llevar todo el tiempo una cinta escondida y bien atada a una pierna, o a la cintura, o donde creas que ellas no la pueden ver. Es imprescindible que no se deshaga el nudo. Así Rea no podrá parir.
- No te preocupes, mi reina – había respondido Cora, orgullosa por un encargo tan importante –.Pronto enterrarás a tu sobrina con el hijo bien agarrado dentro de su vientre.

- ¡Eso espero! – concluyó Criseida – Enviaré a alguien a buscarte a casa de mi hija esta misma tarde, pues prefiero que para este servicio tan delicado salgas de aquí sin llamar la atención.

Resuelto este asunto, Criseida meditaba de qué manera convencer a su esposo para enviar enseguida a Cora a vigilar a Rea Silvia. Y no tardó mucho en encontrar el modo de hacerlo. Esperó a la comida del mediodía y, cuando Amulio hubo satisfecho el apetito, abordó la cuestión.

- Ha llegado el momento de enviar a la partera, marido. Hoy mismo debería estar con la sacrílega.

- Te dije que no, Criseida. No quiero que esté con ella mucho tiempo. No me fío. Tú misma me advertiste contra las artimañas de mi sobrina y su habilidad para retorcer las cosas y volver a su favor la situación.
- Por eso precisamente necesitamos ya a la partera, Amulio – dijo Criseida –. Rea es una mentirosa, lo hemos comprobado muchas veces. Y consiguió convencernos del embuste mayor de todos. ¡A veces creo que tú y yo somos tan inocentes como los corderos…!

- Habla claro, mujer – respondió Amulio, molesto por la insinuación de haber sido engañado.

- Para ocultar que se revolcaba como una cerda con un amante se inventó esa historia de Marte y su supuesta violación…

- Eso ya lo sabemos, Criseida. ¡Acaba ya!

- ¿No nos mentiría también al decirnos la fecha en que quedó preñada? Ella aseguró que había sido el día de la fiesta de Júpiter Latiaris, y que había ocurrido en el bosque sagrado de Marte, pero yo no la creo. Lo hizo para confundirnos y hacernos caer en su trampa… ¡Somos más crédulos que un niño sin dientes!
- ¡Maldita sacrílega! – gritó Amulio, poniéndose en pie casi de un salto.

- Sí, marido, maldita sea. Desde el principio su plan era engañarnos sobre la fecha en que alumbraría a su criatura. Sabía que nos confiaríamos, que contaríamos, uno a uno, los doscientos setenta y cuatro días desde la fiesta de Júpiter hasta el parto, cuando, en realidad la cuenta debía empezar unos días antes, no sabemos cuántos. Esa era su estratagema: parir antes de lo que esperábamos y así, tener tiempo de cambiar a su hijo por otro recién nacido. O añadirlo al suyo, para fingir que había tenido gemelos.

- ¡Ya basta, Criseida! – dijo el rey, ciego de rabia –. No soporto oír nada más. Mandaré llamar a Prátex y mañana mismo llevará a esa mujer, la partera, a donde está Rea Silvia. ¡Y juro por todos los dioses que esa infame me las pagará!


*En la primera fotografía se ve el Monte Cavo y, a la derecha, un caserío alargado y rojizo próximo al tronco del árbol. ¡Ahí estaba la parte más oriental de Alba Longa! La vista está tomada por mí desde Castelgandolfo al atardecer.


**Las fotos del río desbordado y la comadreja están tomadas de internet. Las restantes son mías. Pertenecen al Museo Barraco de Roma.

domingo, enero 29, 2012

EN RECUERDO DE UNA MATRONA



¡Cuántas veces miraste el lago desde aquí, noble Rutilia Polla! Muchas mañanas, al amanecer, antes de que se despertara el resto de la casa. Y en las tardes de otoño te gustaba contemplar el oro de los árboles duplicándose en el agua. Fuiste sabia. Escogiste la belleza por encima de la fama o el poder. Elegiste el silencio. Y este lugar te eligió a ti - no en vano fuiste su más fiel amante – y se ha declarado tuyo para siempre.


NOTA: Dicen algunos estudiosos que la ciudad de Anguillara, asomada al lago Bracciano, debe su nombre a la villa de matrona romana Rutilia Polla, de la segunda mitad del siglo I a.C. Al parecer, surgía allí donde el promontorio formaba un ángulo, ocupando mucho del espacio donde luego surgiría el centro histórico. Así, a aquella villa se la definió como “angularia” y la tradición dice que de ahí derivase el nombre “Anguillara”. Otros estudiosos creen que la villa sólo ocuparía el área de la actual colegiata y terrenos adyacentes. En cuanto al origen del nombre de esta ciudad, hay otras hipótesis, pero mi corazón prefiere ésta.

* Vista del lago Bracciano desde la colegiata de Anguillara.
** Anguillara, con la colegiata en la parte más alta, vista desde un espigón del lago Bracciano.
Las dos fotos son mías.

jueves, enero 26, 2012

LAS DIOSAS SIRVEN DE INSPIRACIÓN




(XXII)
Rea Silvia y su doncella Tuccia están aisladas en una hondonada del bosque de Silana por orden del rey Amulio. Están realizando ya los preparativos para el nacimiento de los hijos de Rea Silvia y el dios Marte.

Al salir de la cabaña recibieron en pleno rostro un azote de viento acompañado de finas gotas. El sol había desaparecido tras las nubes y en su lugar se veía un halo blanquecino. Rea Silvia y Tuccia se agarraron del brazo y se arrebujaron aún más para protegerse. Se habían echado sobre los hombros, sujetando un extremo cada una, la piel de oveja que utilizaban para dormir, pues tenían poca ropa de abrigo, insuficiente para aquel frío.

- ¡Tendríamos que haber esperado a mañana o pasado! – dijo Tuccia, al comprobar cómo había empeorado el tiempo.

- No protestes y tratemos de hacerlo deprisa. Es
por allí – respondió, adelantando el mentón en dirección a una de las paredes rocosas, la más baja de cuantas las rodeaban. Crecían a sus pies varios arbustos de madroño repletos de frutos en sazón. Rea seleccionó un par de ramas del más próximo y, mientras Tuccia las cortaba con un cuchillo, ella pedía permiso a Silana y le ofrecía unas gotas de miel. Terminada la tarea, regresaron con la piel tendida sobre las cabezas, pues la lluvia empezaba a arreciar.

- Cuéntame lo que le pasó a tu abuelo Procas – pidió Tuccia, una vez se hubieron acomodado junto al fuego, con el cuerpo aún tembloroso y las ramas de madroño, con sus frutos redondos y rojos, apoyadas en la pared.
- Ocurrió que cuando tenía cinco días de vida, una noche su nodriza lo oyó llorar desgarradamente. Fue corriendo a su cuarto y lo encontró pálido, con arañazos en las mejillas y casi sin respiración por el violento llanto. Se dio cuenta enseguida de que Procas era víctima de las Estriges. Aquellos seres horrendos, que vuelan de noche por todas partes, habían conseguido entrar. Habían apresado al niño entre sus garras, lo contemplaban con ojos desorbitados, y con sus lenguas asquerosas le chupaban la sangre, como hacen siempre con sus presas. El niño habría muerto en poquísimo tiempo, si la nodriza no hubiera reaccionado enseguida invocando en su socorro a la diosa Carna – dijo Rea Silvia, de un tirón, casi sin respirar ella misma.

Tuccia se estremeció por lo desesperado de la situación.

- Carna, que suele acudir presta cuando se la llama, respondió enseguida
– prosiguió narrando Rea –. Pidió tranquilidad a la nodriza y con una rama de madroño golpeó tres veces la puerta y otras tantas las jambas y el dintel. Repitió tres veces el rito para completar la protección de la estancia y vertió en el suelo un filtro mágico con propiedades curativas para sanar al niño. Luego salió del cuarto, pidió un lechón y lo sacrificó enseguida, exponiendo sus carnes al aire libre para que las Estriges bebieran su sangre y se olvidaran de Procas. Por último, colgó de la ventana la rama de madroño, de manera que esas maléficas criaturas no pudieran entrar otra vez.

- Por eso quieres el madroño… – dijo Tuccia.

- En cuanto podamos, haremos el rito y colgaremos las ramas en el exterior de la ventana y sobre la puerta. Estamos solas, no podemos improvisar.



El mal tiempo se prolongó durante todo el día, con rachas de viento y lluvia seguidas de instantes de bonanza. La pastorcilla Palantea regresó pronto a la cabaña de su ama Kritubis, pues no tenía mucho sentido andar por los bosques con los cerdos en una tarde tan desapacible y oscura.
Cuando llegó, Alec estaba sentado cerca del hogar, con la espalda apoyada en la pared y la vara en la mano. Miraba el fuego. Kritubis, por su parte, doblada de espaldas, rebuscaba entre un montón de enseres y ropas apiladas a un lado.

- ¡Aquí está! – exclamó de pronto –. Acércate, Palantea. ¿Es ésta la túnica que le prestaste a Rea Silvia cuando se disfrazó de pastora? – dijo, mostrando al mismo tiempo a la joven una túnica vieja y desgastada, de color pardo. La pastora la reconoció enseguida: hacía poco que la había sustituido, porque se le había quedado estrecha.

Kritubis la apartó de su vista, la lió formando una bola y se retiró a un rincón, pidiendo no ser molestada porque iba a realizar un ritual.
“Diosa Diviana, arcana, poderosa, salvaje y doméstica, a ti te invoco y te convoco. He aquí a Alec: nada recuerda, ni de lo malo ni de lo bueno que haya hecho hasta ahora y así, pese a su edad, se ha convertido en un ser sin malicia, un inocente de los que tú eres patrona. Escucha mi súplica, Diviana: si este hombre supo, antes de ser herido, dónde ocultaban a tu protegida Rea Silvia, haz, con tu poder divino, que lo recuerde.”

Seis veces repitió la petición, haciendo libaciones, promesas y gestos rituales para propiciarse el favor de la diosa. Finalmente, tomó en sus manos la túnica enrollada como una bola, la salpicó con agua lustral y, acercándose al convaleciente Alec, recitó una fórmula mágica:

“Tocaste la piel de Rea Silvia, lana burda, y desde entonces le perteneces a ella y ella te pertenece a ti pues, cubierta contigo, salvó la vida. ¡Por orden de Diviana, ve con ella! ¡Lana burda, llévanos hasta Rea Silvia!”

Mientras pronunciaba estas últimas palabras, lanzó la bola al regazo de Alec. Éste se sobresaltó y pareció despertar de un sueño, pues sus ojos adquirieron el brillo de la comprensión y su mano empezó a mover la vara. Daba golpes varias veces sobre el mismo punto, empujaba la vara en línea recta hacia adelante y la torcía luego a la derecha. Y volvía a empezar.
- ¿Es ese el sitio donde te hirieron Alec? – preguntó Kritubis viendo la insistencia de los golpes. El anciano mantuvo la vara fija en ese punto.

- Eso fue en el bosque de Silana, pero lo hemos registrado sin encontrar a Rea…– intervino la pastorcilla.

Alec comenzó a golpear de nuevo, y a empujar la punta de la vara como había hecho antes, sin apartarse de la línea que había quedado marcada en el suelo la primera vez.

- ¿Hay que llegar hasta el fondo del bosque? – le preguntó la sacerdotisa– ¿Y torcer luego a la derecha? ¿Es eso lo que quieres decirnos?

Alec repitió tres o cuatro veces más el mismo recorrido antes de retornar a la inmovilidad.

- ¿Has visto alguna vez ese camino a la derecha? – preguntó Kritubis a la pastorcilla.
- Nunca. Debe estar escondido. El bosque termina en un talud muy empinado y los alrededores tienen tantos matorrales que es difícil pasar.

- Mañana iremos allí – dijo Kritubis con cierta perentoriedad en el tono –. Algo me dice que el parto de Rea Silvia está maduro.

- Entonces, voy ahora mismo a Alba Longa a avisar a Amnesis y a las vestales – dijo Palantea mientras cogía a toda prisa el manto que había puesto a secar cerca del fuego y aún estaba húmedo –. Énule debe regresar enseguida del Aventino. Ella es la única que puede asistir a Rea en ese trance.


Bajo una lluvia torrencial, casi a tientas porque la oscuridad avanzaba con la tarde, Palantea y Amnesis llegaron a la casa de las vestales. Las criadas las obligaron a quitarse enseguida la ropa empapada y ponerse otra seca mientras avisaban a la Vestal Máxima Camilia y a la vestal Adriana. Esperaron nerviosas y de pie junto al hogar, donde ardía un fuego reconfortante.

- Es preciso mandar a alguien a buscar a Énule, desde luego – convino Camilia al saber que casi estaban a punto de dar con el paradero de Rea –, pero ¿a quién enviamos? No parece que vaya a mejorar el tiempo y ese recado no puede confiarse a cualquiera…

- Puede ir nuestro carretero ¿no? – preguntó Adriana.
- Sí, pero no podemos ocultar esto a Númitor ni Aurelia. Y el carretero no es el más indicado para darles esa información.

- ¿Puedo proponerte a alguien? – dijo Palantea. Y ante un gesto afirmativo de la Vestal Máxima, continuó –: Urbano Lacio iría de buen grado. Conoce lo ocurrido y es de toda confianza. Nadie lo echaría en falta, porque no se ocupa de nada en concreto y siempre anda curioseando por ahí.

- Me parece una idea acertada – respondió Camilia. Y girándose hacia Adriana, ordenó –: Que vaya ahora mismo nuestro criado a buscarlo a su casa y lo haga venir. Quiero darle personalmente las instrucciones. En cuanto a vosotras, os quedaréis a dormir aquí esta noche: no voy a arriesgarme a que enferméis con esta lluvia.



Entretanto, la reina Criseida escuchaba caer el agua sobre el tejado de paja de la cabaña real y pensaba. También ella había hecho sus cuentas: los 274 días que duraba la gestación humana no se cumplirían para Rea Silvia hasta nueve días más tarde. Eso lo sabía también su marido, quien se negaba a enviar una partera hasta que la fecha del alumbramiento estuviera más próxima. Un inconveniente para su plan, pues era necesario que la mujer llegara con tiempo suficiente para impedir el parto, y eso sólo podía garantizarse si estaba con Rea desde unos días antes.
La suya había sido una buena idea. Y había surgido de manera casual, mientras observaba a un criado levantar una gran barrica llena de vino con la misma facilidad con que un niño se carga al hombro un haz de paja. La fuerza descomunal de ese hombre le hizo pensar en Hércules. Y en lo fuerte que era ya desde la cuna, donde fue capaz de matar a dos serpientes que lo atacaban. Y de ahí a recordar los avatares de su nacimiento, solo había un paso.

La diosa Hera estaba muy enfadada por la infidelidad de su marido, el dios Zeus, y se propuso impedir a su última amante, la mortal Alcmene, que alumbrara al fruto de su traición. Mandó, pues, a una criada suya a casa de la parturienta, con órdenes de quedarse sentada a la puerta con los brazos y las piernas cruzadas. Eso contravenía la norma más elemental en los nacimientos: no podía haber ningún nudo en la casa, porque mientras lo hubiera, la criatura no se desanudaría del vientre de su madre y le sería imposible nacer. El truco de mantener anudadas las extremidades de su criada, le dio a Hera buenos resultados, porque pasaban las horas y Alcmene no lograba parir.
Fue una anciana que asistía al parto la que, comprendiendo la situación, descubrió por qué motivo no nacía la criatura. Y, para resolverlo, aplicó su propia sabiduría: salió a la puerta de la casa anunciando, a grandes voces, que su señora había parido un niño hermosísimo y muy saludable. Esto hizo que la criada de Hera se levantara, deshaciendo involuntariamente los nudos de su cuerpo. En ese momento Alcmene parió.

No iba a repetir la estratagema exactamente así, pero era un buen punto de partida. La partera debería llevar en secreto algo atado. Surtiría efecto, eso seguro. Sobre todo porque a Rea Silvia no la acompañaría ninguna vieja sabia, sino su cómplice y criada de siempre. ¡Y qué sabría ella!

*Las fotografías de esculturas son mías. La foto de Miss Lizzie Crabb en su papel de diosa Diviana es de Alyx Faderland. El resto de imágenes están tomadas de internet.

NOTA: Os dejo un enlace para que comprobéis lo equivocada que está la reina Criseida respecto a los conocimientos de nuestra querida
Tuccia