domingo, abril 15, 2012

CUANDO LO ANTIGUO SIGUE SIENDO NUEVO

Hay prácticas de ocultación de lo nuevo que son tan viejas...



“Hubo sin embargo un artesano que fabricó una botella de vidrio irrompible. Fue presentado al César con su obsequio, luego hizo que el César le devolviera su botella y la tiró contra el pavimento. El César se llevó el mayor susto de su vida. Pero el artesano recogió del suelo la botella: estaba abollada como si fuera una vasija de bronce. A continuación sacó de su cinturón un martillo y devolvió tranquilamente a la botella su debida forma. Con este invento creía disponer de la varita mágica de Júpiter, y más cuando el César le hubo preguntado: “¿Conoce alguien más este tratamiento del vidrio? Piénsalo bien.” Oída su respuesta negativa, el César mandó cortarle el cuello; pues si su secreto se divulgara, haríamos tan poco caso del oro como ahora del cieno.”

PETRONIO.- “El satiricón”

Traducción de Lisardo Rubio Fernández.

*Botella de vidrio. Museo Nacional de Arqueología. Ferrara. Foto: Isabel Barceló

sábado, abril 14, 2012

TIEMPO DE LOBOS


“No es tiempo de jugar a las damas y a los caballeros. Es tiempo de lobos, de lobos que se comen a los corderos”.

De una carta del Papa Gregorio VII a la condesa Matilde de Canossa, en el año 1075.

EDGARDA FERRI.- “La grancontessa. Vita, avventure e misteri di Matilde di Canossa.”

Traducción: Isabel Barceló

*Detalle de un sarcófago. Museo Massimo alle Terme. Roma. Foto: Isabel Barceló

miércoles, abril 11, 2012

NECESIDAD DE HABLAR


De Claudia Hortensia a su amiga Sempronia Tertia.

Querida, si pudieras venir esta tarde a mi casa, te quedaría muy agradecida. Necesito charlar contigo, disfrutar de tu compañía por unas horas. Tu alegría me hace bien. Mi liberta Lálage y yo llevamos hoy un día espantoso. Estamos ya en ese punto horrendo en que los gemelos son arrojados al Tíber y ¿puedes creer que a ambas nos temblaba el pulso esta mañana? Parece que fuéramos a ser nosotras las asesinas. Repasando los textos en los cuales apoyamos nuestra historia, nos hemos sentido interpeladas por estos versos de Ovidio:

La vestal Silvia dio a luz un fruto celeste, cuando su tío paterno administraba el reino. Éste ordenó llevar a los pequeños y ahogarlos en el río. ¿Qué es lo que estás haciendo? Uno de ellos será Rómulo.(1)

Eso me pregunto yo también: ¿qué es lo que estoy haciendo, cuando pongo a esas tiernas criaturas en manos de los asesinos Prátex y Catión y los dejo marchar con tan preciosa carga hasta las riberas del río? Ay, Sempronia, ponemos tanta pasión y corazón en esta historia que nos parece revivirla en nuestras propias carnes. Y me oigo decir: “Ojalá el padre Tíber atienda la súplica de Acca Larentia y tome venganza en ellos”. Ya ves en qué estado de confusión me encuentro. Ven, por favor.


(1)OVIDIO. Fastos, II.- Traducción Bartolomé Segura Ramos


*Detalle de cuadro de Alma-Tadema.
**Detalle de escultura representando un río. Museos Capitolinos. Roma. Foro mía.

NOTA 1: Querid@s amig@s, una vez más os pido disculpas por mi tardanza en visitaros, en corresponder como me gustaría a vuestra atención y cariño. Estoy deseando con Claudia Hortensia y Lálage terminar de contar esta historia de Rea Silvia, para dedicarme a vosotr@s con todo el tiempo y el cariño que merecéis. Ya falta poco.

NOTA 2: Queridos amigos, mañana jueves 12 de abril, tendré el honor de acompañar a nuestro amigo Javier Pellicer en la presentación de su novela "EL ESPÍRITU DEL LINCE". Será en la Casa del Libro de Valencia, a las 19,30 horas. ¡OS ESPERAMOS!


lunes, abril 09, 2012

UNA ACCIÓN DESESPERADA


(XXIII)

Prátex ha presentado una cesta con los gemelos al rey Amulio, en presencia de su hermano Númitor y la vestal Adriana. El rey, desoyendo las razones y las súplicas de su hermano, había ordenado arrojarlos al Tíber.
Así como en ciertos parajes surgen de las grietas del suelo vapores mefíticos que envenenan el aire, matan todo signo de vida y asfixian a quienes, ignorantes del peligro, se adentran en ese erial, así la ponzoña de la maldad impregnaba la cabaña real de Alba Longa. El odio es palpable muchas veces: se toca, se respira, golpea como un puño en pleno rostro, lacera. Adquiere tanta solidez que nadie deja de percibirlo, por mucho que se esfuerce o lo quiera negar.

Eso le ocurrió a Númitor cuando su hermano, el rey Amulio, sordo a sus súplicas de perdón para Rea Silvia, impuso de nuevo silencio y con una mirada torva lo clavó al suelo. Había en ella aborrecimiento y furor, una fuerza colosal, mortífera como la de los huracanes que arrancan árboles y diezman los rebaños de cabras despeñándolas por las rocas. Hieren más unos ojos que la punta de una lanza. Cuantos se hallaba presentes comprendieron, sobrecogidos, que nadie ni nada podría detener la animosidad de Amulio contra su hermano y su familia. Luego, sin volver a pronunciar una palabra, el rey ordenó con un gesto iracundo que se marcharan todos.

En el salón sólo quedaron él y la reina Criseida, cada cual rumiando sus propios rencores. La reina estaba furiosa y contenta a la vez. El fracaso de su plan para impedir que Rea Silvia pariese le había disgustado, pero el enfado había cedido ante la energía y autoridad con que Amulio había ordenado arrojar al río a esos niños contaminados por el sacrilegio. Sin embargo, persistía una inquietud: a la reina le preocupaba que no se hubiera fijado fecha para ajusticiar a Rea Silvia. Ni siquiera había quedado claro que su ejecución fuera a producirse en breve.

También Amulio pensaba en su sobrina. Hubiera dado cualquier cosa por presenciar el momento en que Prátex había irrumpido en la cabaña para quitarle a Rea Silvia su retoño. Esa farsante debió pensar que, por el hecho de haber conseguido otro niño para hacerlo pasar por gemelo del suyo, libraría a su hijo de la muerte. ¡Debió llevarse una sorpresa al ver que su engaño no servía de nada! Imaginar a esa estúpida arrastrándose por los suelos a los pies de un criado, implorando que la matase, le resultaba sumamente placentero. Debía estar muy desesperada para caer tan bajo. ¡Ella, que presumía de haber sido preñada por el dios Marte…! Sólo por la soberbia que demostraba tal pretensión, Rea se merecía un castigo muy severo. Y quizá la muerte era demasiado leve para tanta arrogancia.

- Ha sido muy acertado de tu parte mandar enseguida a Prátex a tirar la cesta con los mocosos al río – dijo Criseida, interrumpiendo sus pensamientos –. ¡Cuánto antes acabemos con este asunto, mucho mejor!

Como Amulio no contestaba, habló de nuevo:

- En cuanto a Rea, deberíamos ejecutarla ya. Así tu hermano podría regresar enseguida al Aventino, al lado de su esposa. Me han llegado rumores de que Aurelia se está muriendo. Yo, en su lugar, me moriría mucho más tranquila sabiendo que en Alba Longa se ha hecho justicia castigando un sacrilegio. Aunque la sacrílega hubiera sido mi propia hija, como es el caso de Aurelia.

- Nunca pensé que amases tanto a tu cuñada como para desearle una muerte tranquila – respondió con acritud Amulio.

- Me juzgas mal, marido. No soy en absoluto cruel, sino que busco tu bien y el de los nuestros. Conviene que nos deshagamos cuanto antes de tu sobrina. ¡Es tan zorra, que podría quedarse preñada de todos los dioses, uno tras otro!

-¡No digas barbaridades, Criseida! – respondió el rey riéndose por primera vez en muchos meses –. Mi sobrina, cuando sufre sus ataques de lujuria, confunde a los esclavos zarrapastrosos, malolientes y desdentados con auténticos dioses. ¡A saber cuál de ellos la preñó!

Con estas palabras impías y otras aún más odiosas y groseras, los monarcas se burlaban de las divinidades y de sus designios y se regocijaban con el sufrimiento de Rea. Amulio, con su jocosidad, había eludido responder a la propuesta de Criseida de ejecutarla enseguida.



“Un manto de negrura había descendido/ sobre el corazón y el rostro de Rea Silvia./ Desvanecida toda esperanza de salvar a sus hijos/ a gritos llamaba en su auxilio a la Parca:/ la descarnada muerte le parecía/ mil veces más piadosa que la vida”. Con ese patetismo resumió Urbano Lacio el estado en que hallaron a Rea cuando, a punto de alcanzar el sol su cénit, consiguieron llegar a las altas rocas que rodeaban la hondonada donde vivía en reclusión.

Al no recibir respuesta alguna a sus señales, el propio Urbano descendió apoyándose en las grietas, como había hecho el día anterior, y se acercó a la cabaña. No estaba atrancada la puerta, así que la abrió con facilidad. Y encontró dentro tanto dolor, un llanto tan desgarrador e incontenible, que supo que algo muy grave había ocurrido y salió de inmediato para solicitar el auxilio de sus amigas.

Sin tener en cuenta el riesgo de ser sorprendidos, improvisaron una escala con una cuerda y Énule bajó no sin esfuerzo. Las demás amigas, consternadas, esperaron en lo alto. Palantea arrancó de su siringa la música más suave y dulce que conocía, pero sonaba triste en la hondonada y en las selvas; las hojas de las encinas sacras de Silana permanecían inmóviles en señal de duelo; la naturaleza entera había quedado muda. Inesperadamente, el canto de una lechuza, lúgubre como un lamento, desgarró el aire. Se estremecieron las mujeres por lo inusual de escucharla a una hora en que esas rapaces duermen. Quizá Vesta quería, a través de su ave sagrada, manifestar su pesadumbre por Rea Silvia.

Empleando todos sus conocimientos y su capacidad de persuasión, Énule logró que la vestal bebiera un brebaje que la sumió en el sueño. Escuchó entonces de Tuccia el relato de lo sucedido: la llegada de Cora haciéndose pasar por partera, el nudo que ésta había hecho para impedir el parto, el nacimiento de los gemelos, la brutal agresión de Prátex que, ayudado por Catión y la cruel Cora, les había arrebatado a los recién nacidos. Se extrañó la experta sanadora de que Anto hubiera enviado a esa mujer, pero nada dijo. Se informó también del régimen de vida que llevaban allí. Al saber que, hasta aquella misma mañana, nunca los vigilantes de Amulio habían entrado en la cabaña ni se acercaban a ella, decidió quedarse al lado de Rea para cuidarla, al menos, uno o dos días.

- ¡Corres un gran riesgo! – dijo Tuccia –. Si vinieran y te encontrasen aquí, nadie te libraría de la muerte.

- Algún modo hallaremos de averiguar si se acercan – respondió ella –. Sabiéndolo con suficiente antelación, tendré tiempo de esconderme en la espesura.

Cavilando sobre cómo podrían resolver ese problema, se le ocurrió a Urbano Lacio que el mejor modo para avisar de la llegada de alguien era que se produjera un ruido. Como la hondonada sólo era practicable por la vereda que usaban los secuaces de Amulio, decidieron actuar allí. De unas ramas de encina que atravesaban parcialmente la senda, colgarían con una cuerda unos cuantos trozos de caña. Si alguien pasaba, tendría que apartar la rama con la mano y entonces las cañas chocarían entre sí, haciendo un ruido característico.

Enseguida Amnesis y Aiara partieron para buscar las cañas y cortarlas; Palantea se quedó de guardia sobre las rocas: si entretanto alguien se acercaba, haría sonar la siringa; Kritubis y Valeria irían a la casa de las vestales a informar a éstas y a Númitor de lo sucedido.



La desolación en la casa de las vestales era grande. Adriana había hecho pasar al interior a Númitor, lo había acomodado junto al fuego y dado órdenes de que los dejaran a solas. Un hombre menos fuerte que él no habría soportado tanto dolor sin quebrarse. Ver a sus nietos en el momento de ser presentados ante el rey Amulio y no poder impedir su muerte, era muy duro. Y mucho peor comprender que su hermano no perdonaría la vida de Rea Silvia. ¿Dónde hallar consuelo? ¿Cómo afrontar el futuro inmediato?

Estaba sumido en negras cavilaciones cuando llegó su sobrina Anto, avisada por un mensajero de Adriana. Ésta la puso rápidamente al corriente de las últimas noticias antes de permitirle acercarse a su tío. La joven casi cayó desvanecida cuando supo el papel que había jugado su criada Cora en la condena de los gemelos, al asegurar que ella sólo había visto nacer a un niño. ¿Qué hacía Cora al lado de Rea Silvia en el momento del parto? ¿Cómo había llegado allí? No le fue necesario pensar mucho para comprender que su madre había vuelto a tejer una intriga contra Rea. Tanta crueldad en sus progenitores le resultaba insoportable, abría un vacío muy profundo en su corazón. Procuró rehacerse antes de abrazar a su tío Númitor y llorar largamente con él.

Se apartó luego y le hizo una señal a Adriana para hablar con ella.

- Voy a presentarme ante mi padre – dijo, enjugándose las lágrimas –. Si su determinación es no perdonar a Rea Silvia, como Númitor y tú creéis, sólo nos queda insistir en mi plan. Trataré, de nuevo, de insuflarle la idea de que Rea Silvia sufrirá infinitamente más si sigue viva que si muerte. Y si es cierta la intuición de mi marido de que es el odio contra ella y contra Númitor el que guía las decisiones de Amulio, quizá podamos conseguir su salvación. Ruega a Vesta por mí, amiga mía. Pídele que inspire mis palabras.

Se echó el manto sobre los hombros y se dirigió a la cabaña real a través de una ciudad que parecía muerta. Poca gente transitaba por las calles, el cielo gris parecía a punto de caer sobre su cabeza como una piedra, la atmósfera era opresiva. Los criados armados de la puerta la dejaron entrar sin objeciones. Sólo había un mercader hablando con el rey y, mientras esperaba pacientemente a que terminara, Anto decidió que lo mejor para abordar a su padre era no nombrar a su prima ni contrariarlo hablando de gemelos. Apenas se marchó el visitante, se acercó hasta el trono y se arrodilló sus pies.

- En estos momentos hay personas que sufren – dijo sin más preámbulos –. Una de ellas soy yo, como bien sabes. Sin embargo, no he perdido a ningún hijo. Si así fuera, estaría desesperada. Cada vez que entrara aire en mi pecho, un cuchillo se clavaría en mis entrañas, porque respirar creyendo que mi hijo, por culpa mía, ya no respira, es más de lo una madre puede soportar. ¿Y si una fiera le estuviera arrancando a dentelladas una pierna en este mismo momento? ¿Y si, en cambio, estuviera muriendo de hambre y sed, o aterido bajo las garras del frío, como les ocurre a los polluelos privados del calor de su madre? Todos los horrores imaginables pasarían por mi cabeza, se aferrarían a mis pensamientos y a mi pecho y me torturarían de la manera más cruel. ¡Quizá se hayan salvado!, pensaría un instante. Y, al momento siguiente, la imagen de unas fauces atenazando una cabecita me arrancaría el corazón. ¡Cuántos más horrores acudirían a mi mente! Y así una hora, y otra hora, y otra más. ¿Durante cuántos días?

Anto hizo una pausa y levantó la vista. La actitud pensativa de su padre la alentaba. Aunque el día anterior le había prohibido volver a hablar de este asunto, lejos de enojarse, le prestaba atención.

- Si yo estuviera viviendo todo eso y tú tuvieras poder para acabar con mis sufrimientos, te suplicaría que me matases. Y tú, padre mío, si me vieras en tal estado, sabiendo que no hay remedio para mi dolor, pues nada podría devolverme al hijo perdido, tendrías piedad de mí y me enviarías al reino de las sombras a reunirme con él. Pues, de otro modo, cada día mi padecimiento sería mayor, más intolerable, más insufrible: crecería en mi alma un odio atroz contra mí misma y aborrecería hasta mi propio reflejo en el agua. Tú que me amas, padre, como me has demostrado tantas veces, no permitirías esto ni querrías tampoco prolongar tu propio sufrimiento al ver el mío.

Y viendo que su padre la escuchaba sin dar muestras de enfado ni de impaciencia, se enjugó una lágrima y concluyó de manera dramática.

- ¡Mátala ya, padre, mata a Rea Silvia! Te lo suplico: no te demores más.


*Las fotografías son todas sacadas por mi, excepto la pintura, que está tomada de internet. Corresponden a cerámica griega procedente de la ciudad etrusca de Spiga, cerca de Ferrara (Italia) y la pierna de mármol es del Moisés de Miguel Ángel en Roma.



NOTA: Queridos amigos, el próximo jueves 12 de abril, tendré el honor de acompañar a nuestro amigo Javier Pellicer en la presentación de su novela "EL ESPÍRITU DEL LINCE". Será en la Casa del Libro de Valencia, a las 19,30 horas. ¡OS ESPERAMOS!


miércoles, abril 04, 2012

EN TIEMPOS DEL EMPERADOR ADRIANO




“Era tan poderosa la impresión que causaban la plétora de cultura y la majestad del imperio romano en aquel tiempo, considerado como la época más venturosa de la humanidad, que los romanos y los griegos cantan sus excelencias con elocuencia todavía mayor y más encendido entusiasmo que los filósofos de la posteridad. Ya Plinio, en su descripción de Italia, hubo de pronunciar estas palabras exaltadas: “Hablo de un país que es el regazo nutricio y la madre de todos los países, elegido por los dioses para unir a los reinos separados, dulcificar las costumbres, fundir en una lengua común las lenguas de muchos pueblos poco cultivados, enseñar a los hombres la cultura y la sociabilidad y, en suma, para llegar a ser la patria de todos los pueblos de la tierra””

GREGOROVIUS.- “La Roma de Adriano”
Traducción de Wenceslao Roces




* Restos del templo de Venus y Roma, obra del emperador Adriano que se sitúa entre el foro romano y el Coliseo. La torre románica que se ve detrás es de la iglesia de Santa Francesca Romana. Foto: Rafa Lillo.




NOTA: Querid@s amig@s, sigo trabajando en la fundación de Roma, pero me tomo unos días de descanso. ¡Pasadlo muy bien !
Os dejo un enlace para quienes sientan curiosidad por conocer un poco más al EMPERADOR ADRIANO

domingo, abril 01, 2012

HABLAR SIEMPRE AYUDA



De Popilia a su nieta Lucila. Salud.

Hoy he pensado mucho en ti, querida niña, pues los manzanos del huerto han empezado a florecer. Sus rosas me recuerdan lo delicadas y tiernas que eran tus mejillas cuando naciste y cómo me embelesaba contemplándote durante horas y horas. A veces tu madre se molestaba conmigo, pues pensaba que en cuanto tuviéramos tú la edad y yo la ocasión, te mimaría mucho. No ha sido así, aunque sabes que, de todos mis descendientes, tú eres mi nieta preferida, la que llevo más dentro del corazón.


Ese cariño, sin embargo, no me ciega sino, al contrario, me hace más sensible y receptiva a todo aquello que te atañe. Con frecuencia hemos salvado la distancia física con nuestras cartas y siempre he tratado de ayudarte siendo sincera contigo. No puede extrañarte, pues, que te cuente hoy una vieja historia de familia, algo que aconteció a mi abuela paterna.

Ocurrió que, cuando ella ya había traído al mundo a dos hijos, mi abuelo se encaprichó de una de las esclavas de la casa. Era una muchacha egipcia, no muy agraciada, pero sabes que las mujeres orientales saben muy bien atraerse a los hombres y retenerlos con sus artes. Al poco tiempo, la hizo su concubina. Mi abuela se ofendió mucho pues, al trascender ese concubinato, ella se sentía disminuida en su dignidad. Más todavía por el hecho de ser ella todavía joven y estar en un periodo de su vida fértil, y haber sido siempre, en su propia opinión, una esposa amable y complaciente.

Como muestra de disgusto, a partir de aquel momento se negó a yacer con él. Puedes suponer la tensión y el malestar que había en la casa, pues mi abuelo exigía de su esposa que cumpliera sus deberes conyugales y ella no daba su brazo a torcer. Intervinieron los familiares de uno y otro, sin éxito. Tan grave llegó a ser la situación, que mi abuela pensó en el divorcio. Entonces su hermano sugirió que el matrimonio visitara el templo de Venus Verticordia y, aunque mi abuela se resistía, al final aceptó.


Una mañana subieron ambos a la colina del Palatino, donde estaba el pequeño templo de Verticordia. Y allí, en presencia de la diosa, mi abuela le dijo a su marido, una por una, todas las quejas y el disgusto que tenía dentro. También él respondió, exponiendo sus propios descontentos. Discutieron, intercambiaron palabras duras, el uno escuchó del otro reproches y censuras, críticas, reclamaciones que ponían en evidencia que ambos habían cometido errores. Descubrieron que se amaban más de lo que ambos habían confesado nunca. Mi abuela lloró y él la abrazó para consolarla. Y al fin, aligerados sus corazones del peso que habían cargado y les había estropeado la convivencia, alcanzaron una reconciliación.

No eches esta historia en saco roto, pues aunque no todos los matrimonios se arreglan yendo al templo de Venus Verticordia, al menos es una posibilidad a tener muy en cuenta. Los hombres son muy difíciles a veces y tu marido, aunque tenga notables cualidades, no es una excepción. También a nosotras, cuando nos acostumbramos a su ausencia por las largas campañas militares, nos resulta incómodo volver a sujetarnos a sus normas o cambiar las nuestras. Así pues, Lucila, no olvides que las dificultades conyugales se pueden resolver, como tantas otras, hablando con voluntad de entenderse. Sabes cuánto aprecio a Cayo y creo que formáis una buena pareja. Dadle una oportunidad a Venus Verticordia, cuya fiesta se celebra precisamente hoy, y dárosla sobre todo, a vosotros mismos.

*La foto de la flor del manzano está tomada de internet. Las otras dos, son del Ara Pacis, en Roma, tomadas por mí.


NOTA: El 1 de abril se celebraba la fiesta de Venus Verticordia “la que cambia los corazones”. Se desconoce todavía cuál era la ubicación de su templo en el Palatino, pero allí acudían las parejas en conflicto para hablarlos delante de la diosa y, si era posible, resolverlos.

NOTA 2: Os dejo el enlace a un artículo mío titulado
“Un lugar en el mundo”, publicado por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en el contexto del proyecto “Dónde lees tú”.

jueves, marzo 29, 2012

POR ELLOS, AHORA


Ellos nos sostendrán en el futuro. Nosotros hemos de pelear hoy por el futuro de ellos.

29 de marzo, huelga general en España contra la reforma laboral.

lunes, marzo 26, 2012

LOS GEMELOS ANTE AMULIO


(XXXII)
Rea Silvia había parido a sus gemelos y descansaba cuando, aprovechando que Tuccia había salido un momento de la cabaña, Prátex, Catión y Cora habían entrado y le habían arrancado a sus hijos, tal como había ordenado el rey Amulio.
La reina Criseida montó en cólera apenas supo por una criada que su cuñado Númitor se había presentado en la cabaña real y en ese momento estaba siendo escuchado por el rey. ¿Con qué permiso había vuelto a Alba Longa ese insolente? Y ¿qué pretendería? Ordenó a la doncella que trajera de inmediato su manto púrpura, pues quería recordarle a su cuñado quienes mandaban ahora. Apenas lo tuvo en las manos, se lo echó por los hombros y se dirigió al salón principal.

- … no es mucho lo que te pido – estaba diciendo Númitor, en pie delante de Amulio –. Al Consejo le parecería una petición justa y, si lo piensas con detenimiento, también tú la juzgarás conveniente.
Criseida cruzó el salón y, sin saludar ni decir una sola palabra, se sentó al lado de su marido y se arregló los pliegues del manto. Luego, ignorando la presencia de la vestal Adriana, dirigió una hosca mirada a Númitor, que había callado al verla, y le habló sin miramientos.

- Tenía entendido que no volverías aquí hasta el día de la ejecución de tu hija...

Esa frase fue un latigazo en el rostro de Númitor, que palideció. Con todo, inclinó la cabeza en dirección a la reina a modo de saludo y dijo:

- Le exponía al rey, mi hermano, una petición que tú misma aprobarás, reina Criseida, pues eres mujer y madre.

- Jamás he estado de acuerdo contigo en nada, Númitor. Y no creas que mi condición femenil me ha hecho inconsistente o mansa como otras mujeres.

El rey Amulio se removió inquieto en su sitial. Le molestaba la irrupción de su esposa y, sobre todo, que hubiera intervenido como si él mismo no fuera capaz de afrontar a su hermano.

- Ya basta, Criseida – dijo con sequedad.
- Esto os pido – reiteró Númitor –: que enviéis a algunas mujeres con experiencia en partos para asistir a mi hija y dar testimonio del alumbramiento. Si da a luz a dos varones, habremos de aceptar su palabra de que fue el propio Marte quien los engendró, pues no hay parto doble sin que medie la voluntad divina. En tal caso, ni ella ni sus hijos merecen morir, ya que no se habría cometido un sacrilegio.

- ¿No te cansas, Númitor, de socavar mi autoridad? – respondió Amulio –. Hay pruebas más que suficientes del sacrilegio de Rea y de sus mentiras. ¿O es que ya no recuerdas que ocultó el embarazo? ¿De cuántas maneras trató de engañarme a mí, al Consejo, a las vestales, a toda la ciudad?

- Tu autoridad no puede resentirse por acceder a mi solicitud. Al contrario, el Consejo estimará tu prudencia y sabiduría, pues tan peligroso es para Alba Longa dejar impune un agravio a la diosa Vesta, como ofender al dios Marte matando a su prole.

El rostro del rey se ensombreció al escuchar estas últimas palabras. Debía impedir que Númitor hablase con los miembros del Consejo, pues esa demanda les parecería razonable a algunos. Sobre todo a los más ancianos, hombres medrosos que, antes de tomar cualquier decisión, por insignificante que fuese, invocaban la ponderación y la cautela. Su herma
no podría convencerlos con facilidad.

- Te conozco, Númitor – respondió, haciendo esfuerzos para contener la rabia –. Eres falso y tramposo. Pretendes enredarnos con palabras, asustar mediante embustes al Consejo, cuando lo que
buscas es ganar tiempo para tejer tus planes. ¡Crees que podrás corromper a las parteras, persuadirlas para que, mintiendo sobre el parto, se conviertan en cómplices del crimen de una vestal! Y te presentas ante mí, sin ni siquiera haber solicitado permiso para pisar Alba Longa, con semejantes pretensiones. ¿Por quién me has tomado?

- Permíteme, mi rey, expresar la opinión de las vestales – intervino Adriana –. Nos sentimos atañidas y, como sacerdotisas de Vesta, autorizadas a interpretar la voluntad de la diosa.

Le lanzó Amulio una mirada furibunda y ya se disponía a responderle cuando entró un criado corriendo y anunció al rey que Prátex acababa de llegar y pedía ser recibido con urgencia.



Al salir de su casa al amanecer, Urbano Lacio había observado con preocupación la nube encarnada que cubría el rostro de Luna. Y más inquietud aún sintió al verla reflejada, nítida y roja como una mancha de sangre, en las aguas del lago Albano. Los colores y los contornos solían
difuminarse sobre sus ondas para resultar más gratos a los dioses y lo encendido de ese color, cuando aún era casi de noche, lo sorprendió. Tuvo un mal presentimiento. Aceleró el paso sin dejar de atender a cuanto le rodeaba: ruidos, movimientos, sombras. A un asno se le había caído la carga y estaba atravesado en medio de la calle cerrando el paso. Hubo de retroceder y dar un rodeo para llegar a la cabaña de Énule y Amnesis.

Halló Urbano a sus amigas preparadas para el salir. Énule llevaba una gran bolsa de cuero con sus remedios y Amnesis había cargado con una olla, escudillas y vasos de cerámica hechos por ella misma para surtir el ajuar de la cabaña de la hondonada. Se dirigieron a la casa de Kritubis. Apenas hubiera luz suficiente para adentrarse en la selva sin extraviar el camino, partirían desde allí hacia la cabaña de Rea Silvia. Deseaban ardientemente que Énule la viese, que los tranquilizase diciendo que la encontraba con buena salud.

El pordiosero Alec los esperaba en la puerta, pese al frío. No había vuelto a dormirse desde que la sacerdotisa de Diviana se había levantado en mitad de la noche para invocar la ayuda de la diosa. Desazonado, golpeaba el suelo con la vara, la mano temblorosa y la mirada perdida. Apenas llegó Énule, la cogió de la túnica y tiraba de ella
hacia el camino, como si quisiera que se pusiera en marcha de inmediato. Idéntico desasosiego alteraba a Kritubis, en cuyo rostro se reflejaba la preocupación cuando salió a recibirlos. Los invitó a pasar al interior y, mientras esperaban que se dieran las condiciones favorables para partir, les ofreció un caldo caliente y permaneció a su lado, silenciosa.

Cuando, al cabo de un rato, la pastorcilla Palantea consideró factible atravesar la fronda de la selva sin perderse, el grupo estaba ya tan intranquilo y atribulado, que ni siquiera la música de su siringa infundió alegría a sus ánimos. Sólo Énule, siempre serena, conservaba la calma.



Informado de que el rey Amulio lo recibiría de inmediato, Prátex había entrado en el salón del trono llevando en las manos la canasta con los gemelos. Al darse cuenta de la presencia de Númitor se había detenido. El rey, no obstante, le hizo una seña para que se adelantara, mientras le decía:
- ¿Qué es eso tan urgente que te trae aquí?

Prátex se acercó hasta el sitial y depositó a sus pies la cesta. La luz de las antorchas no permitía ver con claridad su contenido: parecía un montón de ropa plegada. En cestos semejantes sacaban las mujeres las túnicas y pieles para orearlas extendiéndolas sobre los arbustos cuando llegaba el buen tiempo. Amulio miró a Prátex sin comprender.

- Te traigo a los hijos de la sacrílega, como me ordenaste.

- ¿Qué dices? – rugió Criseida poniéndose en pie.

Númitor, con una exclamación de dolor y sorpresa, se adelantó unos pasos para mirar el contenido del cesto, pero el mismo Prátex le impidió avanzar más interponiéndole un brazo.

- ¿Ves como tenía yo razón? – gritaba Criseida, recuperada de la primera sorpresa, dirigiéndose a su marido –. Esa cerda nos había engañado, se quedó preñada mucho antes de lo que había dicho. ¡Sacrílega inmunda…!
- ¿Has dicho “hijos”? – preguntó rauda la vestal Adriana aproximándose a Prátex –. ¡Respóndeme!

- ¡Silencio! – gritó Amulio, imponiendo su voz colérica sobre el griterío que se había producido en un instante.

Su rostro estaba rojo de confusión e ira, pues tampoco a él le había pasado desapercibida la palabra usada por su secuaz. Contemplaba el bulto con odio y desconfianza a la vez mientras, a su alrededor, los asistentes escrutaban a distancia la cesta de colores y nutrían los sentimientos más diversos: amor, miedo, esperanza, cólera, desprecio, según el corazón de cada uno. Y, de pronto, aquel silencio cargado de emociones se rasgó: se agitaron las ropas, uno de los gemelos rompió a llorar con fuerza y, al instante siguiente, se le unió el llanto del otro.
- ¡Son gemelos! – exclamó Númitor, mirando a su hermano –. No puedes negar la paternidad de Marte. ¡Mi hija es inocente y estas criaturas también!

Todos hablaban al mismo tiempo. La vestal Adriana se apoyaba en la evidencia de los recién nacidos para pedir la anulación del castigo contra una vestal; Criseida bramaba proclamando que se trataba de otro engaño; insistía Númitor en la paternidad de Marte, pues así lo había predicho a su hija.

Sin escuchar a nadie, el rey Amulio apretaba los puños y los dientes. No esperaba semejante desenlace, era un golpe tremendo. Y aún creció más, si es que tal cosa era posible, su odio por Rea Silvia. La noticia del alumbramiento llegaba, desafortunadamente para él, en presencia de dos testigos incómodos: su propio hermano Númitor y la vestal Adriana. Debía actuar de manera rápida, pero también calculada, tener la habilidad de presentar su decisión como la única posible, la más justa. Levantó las dos manos para imponer silencio y volvió los ojos a Prátex.

- ¿Alguien ha presenciado el parto?
Como éste respondiera afirmativamente y declarase que la partera Cora esperaba en la puerta por si necesitaban de ella alguna información, la hicieron pasar. Con la cabeza inclinada, para no cruzar la vista con la reina Criseida, cuyo furor intuía, Cora respondió a la pregunta de si Rea Silvia había parido gemelos.

- Yo sólo he visto nacer uno – dijo –. Enseguida me hicieron salir de la cabaña con la excusa de traer agua. Del otro, nada sé. Debían tenerlo escondido en alguna parte.

- Todos habéis oído, alto y claro, el testimonio de esta mujer – dijo el rey Amulio aprovechando una declaración tan favorable a sus intenciones –. Ordeno que el hijo de Rea Silvia sea llevado al límite del territorio habitado de Alba Longa y arrojado a la corriente del río. El otro, que han pretendido hacer pasar falsamente por su gemelo, sufrirá la misma suerte. Llévatelos, Prátex, y cumple mi mandato sin dilación.

- Te suplico, rey Amulio, hermano mío, que me escuches. Aunque tengas dudas, perdónalos. Perdona a mi hija – exclamaba Númitor.
Amulio lo miró con desprecio y le preguntó a Prátex si la sacrílega había manifestado arrepentimiento cuando le había quitado a su hijo.

- Me ha ofrecido riquezas en nombre de su padre. Y al comprender que no me doblegaría, ha implorado que le diera muerte – respondió Prátex. Alzó el cesto silencioso del suelo, pues los gemelos habían callado, agotados de llorar, y, sin prestar atención al griterío que de nuevo se formaba a sus espaldas, salió.

“Como un ladrón en la noche/ abandonó la cabaña real el cruel Prátex,/ en sus manos el colorido cesto/ y, tras sus pasos, Catión tambaleante./ Fueron testigos Alba Longa y los primeros albores/ del crimen que iban a cometer/ infames ejecutores de niños/ asesinos de dioses.”

*Imágenes de diversos museos e iglesias de Italia. Fotos: Isabel Barceló

NOTA: Os propongo la asistencia a esta conferencia, que tendrá lugar en la Intersindical Cultura de Valencia:

"Biotecnologia aplicada a la restauració del patrimoni històric
i artístic: la bioneteja."

A càrrec de
PILAR ROIG, catedràtica de Restauració de la Universitat
Politècnica de València.

MARIA DEL PILAR BOSCH, llicenciada en Biologia i doctora en
Restauració del Patrimoni per la UPV.

Dimecres 28 de març de 2012, a les 19:15 h
Carrer Juan de Mena, 18 de València.

domingo, marzo 25, 2012

SOBRE EL VOLCÁN



Esto dijo un ilustre viajero:

“Cambian los tiempos y los destinos humanos siguen teniendo la misma inconstancia. La vida, dice la canción, se escapa como la rueda de un carro.

“Plinio perdió la vida por haber querido contemplar desde lejos el volcán en cuyo cráter estoy tranquilamente sentado. Miro como humea la sima a mi alrededor. Pienso que a unas cuantas toesas de profundidad tengo un abismo de fuego bajo mis pies; pienso que podría abrirse el volcán y lanzarme por los aires con bloques de mármol despedazado.”

CHATEAUBRIAND.-“Viaje a Italia”.

Traducción de Plácido de Prada.

*Fotografía: Puerto de Nápoles y vista del Vesubio. Foto de Isabel Barceló



NOTA: Os propongo la asistencia a esta conferencia, que tendrá lugar en la Intersindical Cultura de Valencia:


"Biotecnologia aplicada a la restauració del patrimoni històric
i artístic: la bioneteja."

A càrrec de
PILAR ROIG, catedràtica de Restauració de la Universitat
Politècnica de València.

MARIA DEL PILAR BOSCH, llicenciada en Biologia i doctora en
Restauració del Patrimoni per la UPV.


Dimecres 28 de març de 2012, a les 19:15 h
Carrer Juan de Mena, 18 de València.

jueves, marzo 22, 2012

BIENVENIDA A LA PRIMAVERA Y AL AMOR



¡Oh diosa Flora! Tú que te regocijas con los colores y presides todo lo que florece, dime: ¿has visto alguna vez una mejilla más sonrosada y encendida que la de Claudilla cuando ayer, mientras paseábamos por las tiendas del foro, se posó sobre ella la mirada de Marco Atilio? Pues vienes acompañando al amor y la alegría, bienvenida seas, diosa de la primavera.

martes, marzo 20, 2012

NADIE PUEDE IMPEDIR LO INEVITABLE


(XXXI)Rea Silvia había parido a sus gemelos y su doncella Tuccia había conseguido hacer salir de la cabaña a Cora, de quien desconfiaba. Por su parte, ésta se había encontrado con Prátex y Catión y los tres se disponían a aprovechar la primera oportunidad para entrar en la cabaña y, cumpliendo el mandato del rey Amulio, quitarle a su hijo. Estaba amaneciendo.- ¡Cora! ¡Cora! – llamaba Tuccia desde el umbral de la cabaña haciendo bocina con las manos y sin levantar la voz. Al no obtener respuesta, salió entornando la puerta. Quizá se habría acurrucado al lado de la tinaja para protegerse del frío, pensó, así que se dirigió hacia allí. Aún se deslizaban por el suelo mansos hilillos de agua, diminutas corrientes nutridas por las gotas que escurrían de la paja del tejado. Ese era el único movimiento, el único sonido que rompía la quietud de la hondonada. Nubes finas como hilachas de lana salpicaban el cielo y aumentaban la sensación de humedad. No había rastro de esa mujer. ¿Dónde se habría metido? Sintió una punzada de arrepentimiento recordando el aullido del lobo. ¿Y si le hubiera ocurrido una desgracia?

Un ruido la hizo girarse y comprender repentinamente cuánto se había equivocado: hacia la puerta abierta de la cabaña se precipitaban Prátex y Catión, seguidos a pocos pasos por Cora. Corrió ella también, aún sabiendo que le llevaban ventaja, que no habría forma humana de detener a esos hombres, muy superiores en fuerzas. Alcanzó a agarrar de la túnica a Catión y lo hizo tambalearse, pero el borrachín se desasió con un fuerte tirón y logró meterse dentro, siguiendo los pasos de Prátex. Cora se le echó entonces encima lanzándole gritos e insultos, pues esa harpía no tenía necesidad ya de fingir
ni de guardar sigilo. La cogía de los brazos por la espalda y tiraba de ella hacia atrás para impedirle socorrer a Rea Silvia, pero la doncella, luchando con todas sus fuerzas, logró avanzar unos pasos y, casi arrastrando consigo a esa mujer infame, consiguió llegar al umbral.

La violenta irrupción de los secuaces del rey Amulio había despertado a Rea Silvia, que se incorporó de un salto. Al resplandor del fuego, las miradas de ella y de Prátex se cruzaron un instante y a la velocidad del rayo la vestal lanzó un grito y se arrojó sobre la cuna de sus hijos para defenderlos. De una zancada se plantó el hombretón a su lado, le propinó un brutal golpe en la cabeza y con la mano la apartó haciéndola rodar sobre la espalda. Quedó desprotegido el cesto y, a la vista, dos rostros sonrosados cuyo plácido sueño no se había interrumpido.

- No me habías dicho que la cerda hubiera parido gemelos – dijo furioso, volviéndose hacia Cora.

- ¡No puede ser! Yo sólo he visto uno…

- Pues compruébalo tú misma, estúpida.
- ¡No os atreváis a tocar a los hijos de Marte! – gritó Tuccia debatiéndose inútilmente entre los brazos del borrachín Catión, que había sustituido a Cora en la tarea de contenerla. Recibió como respuesta un puñetazo en el rostro.

- ¿Y qué, si son dos? – se defendió Cora sin ni siquiera mirar a los recién nacidos, mientras Prátex se apoderaba del cesto –. ¿Acaso te amedrentan? Son bastardos sacrílegos, basura. ¡Mátalos y arrójalos a los buitres para que se alimenten con esa carroña!

Rea Silvia, que a duras penas se recobraba del aturdimiento causado por el golpe en la cabeza, logró abrazarse a una de las piernas de Prátex, para inmovilizarlo.
- ¡Déjalos, déjalos! – gritaba – ¡Mátame a mí pero no hagas daño a mis hijos! Mi padre te dará lo que quieras, riqueza, tierras, rebaños. Te lo suplico, déjalos. Toma mi vida a cambio de la suya.

- ¡Tú estás muerta! – le respondió, despectivo, mientras con el pie libre la pateaba en la espalda y en los brazos hasta que consiguió soltarse.
Gritos y golpes, forcejeos, súplicas, imprecaciones, llenaban de espanto la cabaña. Una violencia tanto más brutal y repugnante al estar dirigida contra mujeres y criaturas inermes, sorprendidas en un momento de debilidad.
Mas ¿qué otra cosa podía esperarse? ¿Acaso no había sido así desde el principio, desde aquel aciago día en que Amulio había ordenado asesinar al hermano de Rea? ¡Ay, Odio, cuán inmenso, extenso y duradero es tu poder! Y que breve, en cambio, había sido la esperanza. El plan de la vestal de salvar a sus hijos entregándolos a sus amigas para que los criasen en secreto había sido un espejismo; las ilusiones de quienes habían luchado esforzadamente por ella estaban condenadas a acabar en decepción.

Y así, en el tiempo que tarda una paloma en cruzar de un extremo al otro el lago Albano, Rea Silvia había dado la vida a sus hijos y los había perdido.


Dolorida, la ninfa Silana vio pasar la comitiva que atravesaba su bosque: Prátex delante con la cesta en la que dormían los gemelos, Catión casi al lado suyo, se adelantaba a veces para apartar las ramas de los matorrales que pudieran obstaculizarle el paso; Cora iba la última, con el rostro ensombrecido, rabiosa. De haber obedecido los dictados de su propio enojo, la ninfa hubiera hecho desaparecer los caminos bajo una niebla impenetrable, habría azotado los rostros de aquellos desalmados con las ramas de las encinas, les habría infundido el terror en el cuerpo. Mas no quería poner en mayor peligro a los gemelos: eran, también, hijos suyos, nacidos en las profundidades de su seno sacro, tierra natal para la estirpe de Marte.
No menos aflicción experimentaban otras diosas: Luna, aunque ya pálida, se veló el rostro con una nube rojiza, según testimonió Urbano Lacio; Diviana manifestó su pesadumbre haciendo brotar un rumor sordo e indefinible que recorrió las cimas y las quebradas de los montes Albanos estremeciendo rocas, espantando a las aves y sacando de sus madrigueras a las alimañas; en el altar de Vesta su fuego sagrado chisporroteó sin motivo, lanzando chispas a tanta altura que a punto estuvieron de provocar una catástrofe. La vestal que lo custodiaba en ese momento corrió a despertar a la vestal Adriana y entre ambas, sujetando con las manos espesas ramas de laurel fresco, formaron un arco sobre el altar y evitaron así que las pavesas llegaran al techo y prendieran la paja.
Estaban aún conmocionadas por lo ocurrido cuando les anunciaron la visita de Númitor. El padre de Rea Silvia había llegado a la ciudad la noche anterior pero era ya tan tarde y tan intensa la tormenta, que hubo de contentarse enviado a sus amistades recado de su llegada. Había pernoctado en la cabaña de Énule y Amnesis, sin lograr descansar ni conciliar el sueño.

- Sólo quería saludarte y decirte que la Vestal Máxima Camilia llegó bien ayer al Aventino y ya está cuidando de Aurelia – dijo a Adriana, que había salido de inmediato a recibirlo.

- ¿Y cómo estás tú? – respondió ésta, impresionada al ver cuánto había empeorado su aspecto.

- Como un hombre a punto de perder a toda su familia. A mi esposa no puedo ayudarla: Aurelia se apaga como una lucerna a la que falta el aceite. En cuanto a Rea Silvia… Seguiré luchando por ella. Ahora mismo voy a presentarme ante mi hermano.

- ¿Me permites acompañarte? Las vestales siempre hemos estado a vuestro lado y en ausencia de Camilia…
- Acepto con gusto.

Apenas había luz cuando salieron de la casa de las vestales. La pasada tormenta, o el frío, o el hecho de que en invierno se hicieran pocas labores en el campo, mantenían desiertas las calles de Alba Longa. Penachos de humo salían de las cumbreras de las cabañas, algún perro ladraba. Lo demás era inmovilidad y silencio, espesas sombras.

- Ojalá Énule encuentre en buen estado de salud a mi hija – dijo Númitor –. Hasta que no avance el día no podrá ir a verla.

- La selva que han de atravesar es casi impracticable, sí. Hay que esperar a que haya luz suficiente – respondió Adriana. Y tras una pausa, añadió:

- ¿Puedo saber qué piensas decirle al rey Amulio? ¿Has encontrado nuevas razones para convencerlo de la inocencia de Rea o del beneficio de perdonarla?
Negó Númitor con la cabeza. No había más argumentos que los ya expuestos. Y ambos sabían que una roca era más blanda que el corazón de Amulio. Nada lo conmovería. Así pues, la última esperanza de Númitor era conseguir que hubiera testigos imparciales del nacimiento de los gemelos, demostrando así que Rea Silvia no había mentido al reclamar la paternidad de Marte. Le pareció a Adriana una buena idea.

Confiados en las posibilidades de éxito de esta nueva petición, llegaron a la cabaña real y solicitaron audiencia con el monarca. Ignoraban ¡ay! que en ese mismo momento los secuaces de Amulio habían salido ya del bosque de Silana con su presa y, tomando el camino de Alba Longa, se disponían a llevar a los recién nacidos a la presencia del rey.


También el amanecer era sombrío en la colina del Palatino. Acca Larentia no podía arrancarse del corazón el dolor por su hijo muerto. Había vivido apenas unas horas, pero lo había llevado en su vientre muchas lunas, era carne suya, lo amaba desde antes de nacer. Un velo de tristeza había descendido sobre ella, siempre animosa. No volvería a ser madre, era ya vieja para arriesgarse otra vez, su cuerpo no resistiría un parto más.

Fáustulo se había marchado a sus quehaceres cuando ella salió de la cabaña, al primer claror, e hizo una ofrenda de leche ante la tumba de su hijo, junto al umbral de la puerta. El valle de Murcia estaba aún sumido en la oscuridad y apenas se distinguían los contornos de la colina del Aventino, allí frente a su casa. Subía con fuerza, en cambio, el fragor del Tíber, mas aquietado que los días precedentes pero todavía fluyendo fuera de su cauce, hinchado de fango y agua, enseñoreado de los valles y los llanos circundantes.

Acca no se sentía con fuerzas para descender por la escalera de Caco hasta el nivel de la inundación, mas no deseaba faltar a su cita cotidiana con el río. El mismo día en que había sido violada por esas bestias llamadas Prátex y Catión, le había prometido al padre Tíber ofrendarle diariamente un poco de vino puro a cambio de que él la ayudara a vengarse.
El parto le había impedido cumplirlo en las dos últimas jornadas. Era momento de reanudar sus ofrendas. Así pues, cogió una medida de vino, se envolvió en su manto de pieles y se encaminó despacio hacia el precipicio que se abría al final de la explanada trasera de su cabaña. Bona y su cachorro Seius la seguían.
- Padre Tíber – dijo en voz alta, asomándose al borde –. A ti, que cuando estás airado no tienes clemencia con humanos ni animales ni plantas ni duras piedras; a ti, dador de muerte y de vida yo, Acca Larentia, te invoco. Acepta el vino que te ofrezco. No olvides que espero de ti venganza por el daño sufrido; una venganza tan furibunda como estás tú ahora mismo, pues a causa de los golpes que Prátex y Catión, aquellos hombres viles, me infligieron, ha muerto mi hijo recién nacido. No haya para ellos compasión ni perdón.

Y con estas palabras derramó el vino desde lo alto del precipicio. Sus gotas rojas salpicaron las piedras y cayeron allá abajo, sobre el agua aún tumultuosa que se adentraba en los valles. Un instante de silencio guardó el río para indicar que había aceptado la ofrenda.

* Las fotografías de cerámica y metal están tomadas en Ferrara, en el palacio Costabili (siglo XV) sede del Museo Arqueológico Nacional, pertenecen a la colección de la ciudad etrusca de Spina, en el territorio ferrarese, que existió entre los siglos IV y I a.C. Las pinturas murales son del siglo XV.
** Las fotos de esculturas están tomadas en el cementerio de La Certosa, Ferrara. Todas están sacadas por mí.

lunes, marzo 19, 2012

POEMA EN HONOR DE LA DIOSA MINERVA



¡Ea, muchachas! Festejemos a la diosa Minerva. Quiero adornar la rueca y el telar, pues ella nos ha enseñado el arte de tejer y de preparar la lana para ser tejida. Y tú, Corina, trae ahora mismo tus tablillas de cera porque, además de ser patrona de todas las artes, la diosa ama la poesía. Escribe, pues, bellos versos en honor suyo. Por ejemplo:

Oh, divina doncella, protectora mía.
No permitas que el hijo de Venus, el temible Cupido,
lance contra mi joven corazón sus flechas.
¡Antes de conocer el amor, necesito florecer en tu sabiduría!

NOTA: EL 19 de marzo se iniciaban las fiestas en honor a la diosa MINERVA que duraban hasta el 23. Era la patrona de los guerreros, los artesanos, los médicos, los maestros, el comercio, inventora de la Música y protectora de todas las artes. A ella se acogen Claudia Hortensia y su liberta Lálage para continuar narrando la historia de Rea Silvia.

*Diosa Minerva, en "El triunfo de la Virtud" de Andrea Mantegna. Foto tomada de internet.