(XXXII)
Rea Silvia había parido a sus gemelos y descansaba cuando, aprovechando que Tuccia había salido un momento de la cabaña, Prátex, Catión y Cora habían entrado y le habían arrancado a sus hijos, tal como había ordenado el rey Amulio.
La reina Criseida montó en cólera apenas supo por una criada que su cuñado Númitor se había presentado en la cabaña real y en ese momento estaba siendo escuchado por el rey. ¿Con qué permiso había vuelto a Alba Longa ese insolente? Y ¿qué pretendería? Ordenó a la doncella que trajera de inmediato su manto púrpura, pues quería recordarle a su cuñado quienes mandaban ahora. Apenas lo tuvo en las manos, se lo echó por los hombros y se dirigió al salón principal.
- … no es mucho lo que te pido – estaba diciendo Númitor, en pie delante de Amulio –. Al Consejo le parecería una petición justa y, si lo piensas con detenimiento, también tú la juzgarás conveniente.
Criseida cruzó el salón y, sin saludar ni decir una sola palabra, se sentó al lado de su marido y se arregló los pliegues del manto. Luego, ignorando la presencia de la vestal Adriana, dirigió una hosca mirada a Númitor, que había callado al verla, y le habló sin miramientos.
- Tenía entendido que no volverías aquí hasta el día de la ejecución de tu hija...
Esa frase fue un latigazo en el rostro de Númitor, que palideció. Con todo, inclinó la cabeza en dirección a la reina a modo de saludo y dijo:
- Le exponía al rey, mi hermano, una petición que tú misma aprobarás, reina Criseida, pues eres mujer y madre.
- Jamás he estado de acuerdo contigo en nada, Númitor. Y no creas que mi condición femenil me ha hecho inconsistente o mansa como otras mujeres.
El rey Amulio se removió inquieto en su sitial. Le molestaba la irrupción de su esposa y, sobre todo, que hubiera intervenido como si él mismo no fuera capaz de afrontar a su hermano.
- Ya basta, Criseida – dijo con sequedad.
- Esto os pido – reiteró Númitor –: que enviéis a algunas mujeres con experiencia en partos para asistir a mi hija y dar testimonio del alumbramiento. Si da a luz a dos varones, habremos de aceptar su palabra de que fue el propio Marte quien los engendró, pues no hay parto doble sin que medie la voluntad divina. En tal caso, ni ella ni sus hijos merecen morir, ya que no se habría cometido un sacrilegio.
- ¿No te cansas, Númitor, de socavar mi autoridad? – respondió Amulio –. Hay pruebas más que suficientes del sacrilegio de Rea y de sus mentiras. ¿O es que ya no recuerdas que ocultó el embarazo? ¿De cuántas maneras trató de engañarme a mí, al Consejo, a las vestales, a toda la ciudad?
- Tu autoridad no puede resentirse por acceder a mi solicitud. Al contrario, el Consejo estimará tu prudencia y sabiduría, pues tan peligroso es para Alba Longa dejar impune un agravio a la diosa Vesta, como ofender al dios Marte matando a su prole.
El rostro del rey se ensombreció al escuchar estas últimas palabras. Debía impedir que Númitor hablase con los miembros del Consejo, pues esa demanda les parecería razonable a algunos. Sobre todo a los más ancianos, hombres medrosos que, antes de tomar cualquier decisión, por insignificante que fuese, invocaban la ponderación y la cautela. Su hermano podría convencerlos con facilidad.
- Te conozco, Númitor – respondió, haciendo esfuerzos para contener la rabia –. Eres falso y tramposo. Pretendes enredarnos con palabras, asustar mediante embustes al Consejo, cuando lo que
buscas es ganar tiempo para tejer tus planes. ¡Crees que podrás corromper a las parteras, persuadirlas para que, mintiendo sobre el parto, se conviertan en cómplices del crimen de una vestal! Y te presentas ante mí, sin ni siquiera haber solicitado permiso para pisar Alba Longa, con semejantes pretensiones. ¿Por quién me has tomado?
- Permíteme, mi rey, expresar la opinión de las vestales – intervino Adriana –. Nos sentimos atañidas y, como sacerdotisas de Vesta, autorizadas a interpretar la voluntad de la diosa.
Le lanzó Amulio una mirada furibunda y ya se disponía a responderle cuando entró un criado corriendo y anunció al rey que Prátex acababa de llegar y pedía ser recibido con urgencia.
Al salir de su casa al amanecer, Urbano Lacio había observado con preocupación la nube encarnada que cubría el rostro de Luna. Y más inquietud aún sintió al verla reflejada, nítida y roja como una mancha de sangre, en las aguas del lago Albano. Los colores y los contornos solían
difuminarse sobre sus ondas para resultar más gratos a los dioses y lo encendido de ese color, cuando aún era casi de noche, lo sorprendió. Tuvo un mal presentimiento. Aceleró el paso sin dejar de atender a cuanto le rodeaba: ruidos, movimientos, sombras. A un asno se le había caído la carga y estaba atravesado en medio de la calle cerrando el paso. Hubo de retroceder y dar un rodeo para llegar a la cabaña de Énule y Amnesis.
Halló Urbano a sus amigas preparadas para el salir. Énule llevaba una gran bolsa de cuero con sus remedios y Amnesis había cargado con una olla, escudillas y vasos de cerámica hechos por ella misma para surtir el ajuar de la cabaña de la hondonada. Se dirigieron a la casa de Kritubis. Apenas hubiera luz suficiente para adentrarse en la selva sin extraviar el camino, partirían desde allí hacia la cabaña de Rea Silvia. Deseaban ardientemente que Énule la viese, que los tranquilizase diciendo que la encontraba con buena salud.
El pordiosero Alec los esperaba en la puerta, pese al frío. No había vuelto a dormirse desde que la sacerdotisa de Diviana se había levantado en mitad de la noche para invocar la ayuda de la diosa. Desazonado, golpeaba el suelo con la vara, la mano temblorosa y la mirada perdida. Apenas llegó Énule, la cogió de la túnica y tiraba de ella
hacia el camino, como si quisiera que se pusiera en marcha de inmediato. Idéntico desasosiego alteraba a Kritubis, en cuyo rostro se reflejaba la preocupación cuando salió a recibirlos. Los invitó a pasar al interior y, mientras esperaban que se dieran las condiciones favorables para partir, les ofreció un caldo caliente y permaneció a su lado, silenciosa.
Cuando, al cabo de un rato, la pastorcilla Palantea consideró factible atravesar la fronda de la selva sin perderse, el grupo estaba ya tan intranquilo y atribulado, que ni siquiera la música de su siringa infundió alegría a sus ánimos. Sólo Énule, siempre serena, conservaba la calma.
Informado de que el rey Amulio lo recibiría de inmediato, Prátex había entrado en el salón del trono llevando en las manos la canasta con los gemelos. Al darse cuenta de la presencia de Númitor se había detenido. El rey, no obstante, le hizo una seña para que se adelantara, mientras le decía:
- ¿Qué es eso tan urgente que te trae aquí?
Prátex se acercó hasta el sitial y depositó a sus pies la cesta. La luz de las antorchas no permitía ver con claridad su contenido: parecía un montón de ropa plegada. En cestos semejantes sacaban las mujeres las túnicas y pieles para orearlas extendiéndolas sobre los arbustos cuando llegaba el buen tiempo. Amulio miró a Prátex sin comprender.
- Te traigo a los hijos de la sacrílega, como me ordenaste.
- ¿Qué dices? – rugió Criseida poniéndose en pie.
Númitor, con una exclamación de dolor y sorpresa, se adelantó unos pasos para mirar el contenido del cesto, pero el mismo Prátex le impidió avanzar más interponiéndole un brazo.
- ¿Ves como tenía yo razón? – gritaba Criseida, recuperada de la primera sorpresa, dirigiéndose a su marido –. Esa cerda nos había engañado, se quedó preñada mucho antes de lo que había dicho. ¡Sacrílega inmunda…!
- ¿Has dicho “hijos”? – preguntó rauda la vestal Adriana aproximándose a Prátex –. ¡Respóndeme!
- ¡Silencio! – gritó Amulio, imponiendo su voz colérica sobre el griterío que se había producido en un instante.
Su rostro estaba rojo de confusión e ira, pues tampoco a él le había pasado desapercibida la palabra usada por su secuaz. Contemplaba el bulto con odio y desconfianza a la vez mientras, a su alrededor, los asistentes escrutaban a distancia la cesta de colores y nutrían los sentimientos más diversos: amor, miedo, esperanza, cólera, desprecio, según el corazón de cada uno. Y, de pronto, aquel silencio cargado de emociones se rasgó: se agitaron las ropas, uno de los gemelos rompió a llorar con fuerza y, al instante siguiente, se le unió el llanto del otro.
- ¡Son gemelos! – exclamó Númitor, mirando a su hermano –. No puedes negar la paternidad de Marte. ¡Mi hija es inocente y estas criaturas también!
Todos hablaban al mismo tiempo. La vestal Adriana se apoyaba en la evidencia de los recién nacidos para pedir la anulación del castigo contra una vestal; Criseida bramaba proclamando que se trataba de otro engaño; insistía Númitor en la paternidad de Marte, pues así lo había predicho a su hija.
Sin escuchar a nadie, el rey Amulio apretaba los puños y los dientes. No esperaba semejante desenlace, era un golpe tremendo. Y aún creció más, si es que tal cosa era posible, su odio por Rea Silvia. La noticia del alumbramiento llegaba, desafortunadamente para él, en presencia de dos testigos incómodos: su propio hermano Númitor y la vestal Adriana. Debía actuar de manera rápida, pero también calculada, tener la habilidad de presentar su decisión como la única posible, la más justa. Levantó las dos manos para imponer silencio y volvió los ojos a Prátex.
- ¿Alguien ha presenciado el parto?
Como éste respondiera afirmativamente y declarase que la partera Cora esperaba en la puerta por si necesitaban de ella alguna información, la hicieron pasar. Con la cabeza inclinada, para no cruzar la vista con la reina Criseida, cuyo furor intuía, Cora respondió a la pregunta de si Rea Silvia había parido gemelos.
- Yo sólo he visto nacer uno – dijo –. Enseguida me hicieron salir de la cabaña con la excusa de traer agua. Del otro, nada sé. Debían tenerlo escondido en alguna parte.
- Todos habéis oído, alto y claro, el testimonio de esta mujer – dijo el rey Amulio aprovechando una declaración tan favorable a sus intenciones –. Ordeno que el hijo de Rea Silvia sea llevado al límite del territorio habitado de Alba Longa y arrojado a la corriente del río. El otro, que han pretendido hacer pasar falsamente por su gemelo, sufrirá la misma suerte. Llévatelos, Prátex, y cumple mi mandato sin dilación.
- Te suplico, rey Amulio, hermano mío, que me escuches. Aunque tengas dudas, perdónalos. Perdona a mi hija – exclamaba Númitor.
Amulio lo miró con desprecio y le preguntó a Prátex si la sacrílega había manifestado arrepentimiento cuando le había quitado a su hijo.
- Me ha ofrecido riquezas en nombre de su padre. Y al comprender que no me doblegaría, ha implorado que le diera muerte – respondió Prátex. Alzó el cesto silencioso del suelo, pues los gemelos habían callado, agotados de llorar, y, sin prestar atención al griterío que de nuevo se formaba a sus espaldas, salió.
“Como un ladrón en la noche/ abandonó la cabaña real el cruel Prátex,/ en sus manos el colorido cesto/ y, tras sus pasos, Catión tambaleante./ Fueron testigos Alba Longa y los primeros albores/ del crimen que iban a cometer/ infames ejecutores de niños/ asesinos de dioses.”
*Imágenes de diversos museos e iglesias de Italia. Fotos: Isabel Barceló
NOTA: Os propongo la asistencia a esta conferencia, que tendrá lugar en la Intersindical Cultura de Valencia:
"Biotecnologia aplicada a la restauració del patrimoni històric
i artístic: la bioneteja."
A càrrec de
PILAR ROIG, catedràtica de Restauració de la Universitat
Politècnica de València.
MARIA DEL PILAR BOSCH, llicenciada en Biologia i doctora en
Restauració del Patrimoni per la UPV.
Dimecres 28 de març de 2012, a les 19:15 h
Carrer Juan de Mena, 18 de València.