(XIX)
Palantea había sido salvada de caer al abismo por Acca Larentia. Mientras ésta le muestra a la perra Bona y su cachorro Seius, la diosa Fauna les profetiza que en el Palatino se fundará una ciudad. Palantea entrega a Acca la fíbula de Rea Silvia. La pastorcilla y Urbano Lacio deben regresar con los criados de Númitor.
El pastor Caius, mayoral de Númitor, se levantó y agitó una mano para indicarles dónde estaban. Los criados del antiguo rey de Alba Longa se habían sentado a comer en el suelo, a la sombra de un bosquecillo de mirto que perfumaba el centro del valle de Murcia. Las mujeres repartían ya las tortas, las olivas y el queso y recibieron de buen humor a Palantea y Urbano Lacio
- Énule ha mandado un recado para vosotros – les dijo Caius, nada más alcanzaron el grupo –. Esta misma tarde regresaréis con ella a Alba Longa. Númitor os deja un carro para hacer más rápido el camino, pues ella debe volver enseguida para seguir cuidándose de Aurelia.
La pastorcilla experimentó alegría y pena a la vez. Era preciso auxiliar al pordiosero Alec y también tratar de averiguar algo sobre el paradero de Rea Silvia pues su amiga la necesitaría más que nunca. Sin embargo, le apenaba abandonar aquellos parajes. Le habían parecido agrestes e inhóspitos al llegar, faltos de leyes y de dioses, pero su percepción había cambiado. Ahora sabía que era el hogar de muchas y poderosas divinidades y que ella misma había quedado vinculada a aquel territorio y a su devenir. Percibía a través de su piel la potencia de la tierra, su lado más salvaje y atávico, primigenio, y la sangre le bullía de emoción e impaciencia al pensar en la fundación de una nueva ciudad. Un hecho que acaecería inexorablemente, porque así lo había pronunciado Fauna.
Comieron deprisa, sin sentarse, y se despidieron de Caius y los demás siervos que continuarían durante toda la tarde en el mercado. De regreso a la cabaña de Númitor, se detuvieron un momento al pie de los depósitos de sal y se giraron para mirar por última vez el Tíber, el Palatino y la cabaña familiar de Urco. Se estremeció Palantea al comprobar la altura de la cumbre, al recordar por un instante el abismo abierto a sus pies. Y aún se conmovió más pensando en la generosidad de Acca Larentia, su naturaleza maternal y el afecto y la fuerza que exhalaba toda ella.
Énule ya los esperaba con los preparativos hechos: un hato con las ropas, su bolsa de hierbas y remedios, y ramas de laurel para uso de las vestales en los ritos de purificación. Sin perder tiempo se pusieron en camino. A lo lejos se perfilaban, azules, los montes Albanos. Iban, traqueteando, hacia la paz y sacralidad de Alba Longa, sus cerros empinados, sus enigmáticas selvas de encinas, arces y tilos, zarzas y robles centenarios, el límpido lago en cuya superficie se miraban los dioses. Y sin embargo, pensó la pastorcilla, en aquel lugar idílico y sacrosanto iban a ser asesinados una vestal y sus hijos.
Después de curar la cabeza malherida del pordiosero Alec, aplicarle varios emplastos y dejar a Kritubis las instrucciones necesarias para continuar el tratamiento, Énule hubo de regresar al Aventino al día siguiente. Abandonó Alba Longa con el ánimo tranquilo: hacía sólo cinco días que el embarazo de Rea Silvia había sido descubierto y que su tío la había conducido a un lugar oculto hasta que diera a luz. Estaban a mitad del verano y Rea no pariría hasta el comienzo del invierno. Tenían tiempo de encontrarla y prestarle todo el auxilio posible. Partió, pues, recomendando a su hermana Amnesis y a todas las demás amigas de Rea Silvia que la buscasen en los alrededores de Alba Longa, porque el rey Amulio no la habría llevado muy lejos.
Fue por esa época, según se deduce de su crónica oral, cuando Urbano Lacio constató que una numerosa colonia de abubillas había anidado en el bosque sagrado de Silana. Le había llamado la atención porque hasta entonces no se había detectado la presencia de esas aves allí y, por otra parte, los nidos aún estaban llenos de polluelos. ¿Cuándo se había visto a los pájaros cambiar de habitación en mitad de la crianza? ¿Y por qué asentarse en una parte profunda del bosque, cuando las abubillas gustan más de la proximidad de los espacios abiertos? Era un fenómeno extraño. Nadie se lo explicaba.
Cualquiera que fuese la causa – y nos atrevemos suponer que no fue azarosa, sino provocada por los secuaces de Amulio – el efecto fue que la presencia humana se redujo en el territorio sacro a la ninfa. El olor nauseabundo de las abubillas molestaba a los leñadores y a los porqueros, a quienes recogían hierbas aromáticas, a los cazadores y a quienquiera que acudiese allí para recolectar leña o frutos silvestres. Corrió el rumor de que Silana había sufrido una decepción amorosa y, necesitando dolerse de ella en soledad, había requerido la ayuda de estas avecillas. Y así, los albanos no penetraban más allá de la senda que conducía a la gruta y a la fuente, de la que continuó extrayéndose el agua sagrada.
Pasaron los días. Cedió el calor y un fresco reconfortante se instaló en las
cumbres y en los bosques. Con frecuencia amanecía nublado, el cielo estaba más bajo y, por fin, con el otoño llegaron las primeras lluvias. Las aguas del lago Albano parecían plomo fundido. Toda la naturaleza se preparaba para el descanso invernal. De Rea Silvia y de Tuccia no se sabía nada.
Si sus amigas habían confiado en que el herido Alec les hubiera dado alguna luz, alguna pista que él hubiera descubierto antes de resultar herido, sus esperanzas habían sido defraudadas. Pese a los cuidados de Kritubis el anciano se recuperaba con mucha lentitud. Cuando pudo levantarse, la mayor parte del tiempo permanecía sentado en la puerta de la cabaña sin hablar, con una vara en la mano y la mirada vacua apuntando hacia el suelo.
¿Cuántas mañanas y tardes pasaría Palantea recorriendo los bosques con sus cerdos, sin dejar de tocar la siringa, con la esperanza de que Rea Silvia la oyera y le diera alguna señal? Amnesis registró las orillas del lago y los parajes donde no podían llegar los gorrinos fingiendo buscar hierbas curativas para su hermana. La Vestal Máxima Camilia hacía discretas indagaciones al nivel más alto; Urbano Lacio logró ganarse la confianza de algunos criados del rey Amulio con la esperanza de obtener información; la vestal
Adriana, cuya madre estaba al corriente de todas las habladurías, y las artesanas Valeria y Aiara que conversaban con mucha gente en el mercado, afinaban el oído para captar una palabra, un comentario que les orientase. De poco servían las dotes de adivinación de Celia ni los saberes misteriosos de Kritubis. Todos los esfuerzos resultaban baldíos. No había rastro de la vestal ni su doncella. Como si la tierra se hubiera abierto bajo sus pies y las hubiera sepultado.
Con el hedor de las abubillas impregnando una parte del bosque de Silana, menos horas de luz diurna y la intensificación del frío a medida que el otoño se aproximaba a su fin, las posibilidades de que Rea Silvia y Tuccia fueran descubiertas y auxiliadas eran cada vez más remotas. Y apenas empezara el invierno, Rea Silvia habría de parir. Faltaban apenas unos días.
- ¡No vuelvas nunca más! ¿Me oyes? – estalló con inaudita cólera el rey Amulio al entrar en el salón principal de la cabaña y encontrar a su hija Anto postrada en el suelo y en silencio.
Desde la reclusión de Rea Silvia, todas las mañanas Anto acudía a la cabaña real a implorar a su padre por la vida de su prima. Al principio el rey se enfurecía y la despachaba de malos modos, pero pronto no le concedió ni siquiera eso: como única respuesta la joven recién casada recibía una mirada de desprecio y un silencio hostil hasta que los guardias la hacían salir del salón principal para que su padre diera inicio a sus audiencias. Esa mañana, sin embargo, el rey gritaba fuera de sí.
- Si vuelves a presentarte ante mí con la misma pretensión, hija terca y maliciosa, ¡juro por todos los dioses que correrás la misma suerte que esa sacrílega! ¡Vete o haré que mis siervos te saquen a bastonazos!
- ¿Qué ocurre? – interrumpió la reina Criseida entrando en el salón. Vio a Anto que se levantaba lentamente, con la mirada baja y más pálida que nunca y, frente a ella, el rostro congestionado de Amulio, tan encendido que parecía a punto de reventar. Criseida cogió del brazo a su hija y la acompañó hacia la puerta –. Anda, sécate esas lágrimas. Ya se le pasará. Pero en lugar de irritar a tu padre, deberías aplicarte en cumplir tu obligación de darle un heredero. ¡Cuánto mejor sería para todos, hija!
Cuando la hubo despachado, volvió al lado de su marido, quien ya se había sentado en el trono frunciendo el ceño. La reina tomó una jarra, llenó una copa de agua y se la ofreció.
- ¿Has pensado ya lo que te dije anoche? – preguntó –. No nos queda mucho tiempo, si queremos evitar que la sacrílega nos engañe otra vez.
Amulio dio un golpe con la palma de la mano sobre el brazo de su sitial.Era remota la posibilidad de que Rea Silvia pudiera parir sin que se enterasen sus vigilantes y salvar a su hijo de la muerte cambiándolo por otro recién nacido. Sin embargo, Criseida tenía razón: su sobrina era muy astuta y capaz de cualquier ardid. No podían quedarse de brazos cruzados. Le incomodaba, s
in embargo, ceder a la pretensión de Criseida de mandar a una mujer de su confianza para asistir a Rea en el parto y entregar el recién nacido a sus verdugos. No se fiaba. Por otra parte, tampoco quería arriesgarse a que, por falta de atenciones, la vestal muriese durante el alumbramiento, privándolo así del placer de matarla con sus propias manos.
- Está bien, mujer – concedió al fin –. La partera ha de ser discreta y de probada lealtad hacia nosotros. No quiero que esté con Rea mucho tiempo: basta con que la mandemos unos pocos días antes, los imprescindibles, no vaya a ocurrir que la sacrílega la ablande y en vez de obedecernos a nosotros, la obedezca a ella. En cuanto al lugar donde está recluida Rea Silvia, seguirá siendo secreto, incluso para ti. Cuando esa mujer deba presentarse allí, ya se encargará Prátex de llevarla.
- Unas disposiciones muy sabias, marido – respondió Criseida para asombro de Amulio, que esperaba sus habituales protestas por negarse a revelarle dónde escondía a Rea Silvia.
A Criseida ese detalle ya no le importaba. La reina no había olvidado la profecía de Celia, según la cual los nietos de Númitor tomarían venganza del daño que Amulio y ella le habían causado. Y no pensaba dejar nada al albur. Así que había concebido un plan muy eficaz y simple para impedir que se cumpliera el hado: sencillamente, el hijo de Rea Silvia no llegaría a nacer.
*Las fotografías de pinturas están tomadas de internet. Las restantes, son mías.