viernes, mayo 23, 2008

SE INTERCAMBIAN ALGUNOS CONSEJOS (26)



De la noble Lolia en su villa de Tusculum a la noble Terencia en su mansión del Palatino en Roma. Salud.

Tu hermana Fabia me ha pedido insistentemente que te escriba y te aconseje, pues cree que necesitas orientación y considera que mi ayuda te puede ser útil. Habría ido con gusto a visitarte, pero anteayer me vi en la necesidad de partir para Tusculum y tardaré unos días en regresar a Roma. Así pues, en esta carta trataré de satisfacer su petición.

Antes de hacerte una indicación precisa, lo mejor que te puedo decir es: ten paciencia. Sé que es muy difícil para ti, pues eres toda energía y actividad, pero debes esforzarte. Todo requiere tiempo. Y además los dioses, tarde o temprano, ponen a cada cual en su sitio. ¡Cuánto más la Bona Dea, que ha sido tan groseramente agraviada! Cuando nos vimos hace apenas una semana ¿no nos lamentábamos al pensar que Pompeya quedaría impune? Y ya ves, al día siguiente abandonó la domus publica tan embozada que apenas se le veían los ojos. Como si la vergüenza, o la desvergüenza, se pudieran ocultar. Siendo una mujer honesta y, me atrevo a decir, ejemplar, debes confiar en que los dioses también castigarán a los demás culpables. Basta con que les ayudemos un poquito.

Y así, es preferible que abordes a Cicerón con habilidad y dulzura antes que con gritos o escenas dramáticas. Aunque muchas veces haya cedido ante un llanto desesperado, no es seguro que vaya a hacerlo ahora. Mejor es que te oiga suspirar con tristeza mientras contemplas a tu hijo como si estuviera a punto de quedarse huérfano, o que vea una lágrima silenciosa deslizarse por tus mejillas. Eso le violentará menos y le ablandará más. Si te pregunta, le dices que no es nada. Y si insiste, que es sólo una pena muy honda que te invade al pensar en los días felices de vuestro matrimonio. Si protesta y alega que no hay razón para esas lágrimas, no le respondas: rompe a llorar y apártate de él apresuradamente, como si quisieras ocultarle tu dolor. Míralo con adoración cuando él no te mire, pero asegurándote bien de que te vea. No nombres a Clodia. Si la atacas, la defenderá, mientras que si te muestras dócil, le será más difícil negarte nada. Hazme caso, querida amiga, pues no en vano he estado casada cuatro veces y sé muy bien cómo razona un marido. Aplica esa táctica todos los días tantas veces como puedas.

Cuando comprendas que ya está suficientemente macerado con tus lágrimas, será el momento de dar el siguiente paso. Busca el modo de sacar el tema del sacrilegio, algo que no debe resultar difícil, y ruégale, como si hubieras adivinado su pensamiento, que se abstenga de realizar ninguna acción contra Clodio, pues temes que ese mal hombre le cause daño. Debes hacerle creer que consideras a Clodio mucho más fuerte y poderoso que él, capaz de aplastarlo como se aplasta a una mosca de una manotada, un peligro que pretendes a toda costa evitar. De ningún modo vas a consentir que nadie dañe a tu querido esposo. Esto, si lo haces bien, encenderá sus deseos de demostrarte lo contrario.

Para llevar este plan adelante con éxito se necesita mucha sutileza, Terencia. Pero sé que la tienes cuando te lo propones. Haz lo que te digo y verás cómo declara contra Clodio. Puedes estar segura.


Del noble Marco Licinio Craso en su mansión del Esquilino, al pontífice máximo, Cayo Julio César en su tienda de campaña en el Campo de Marte. Salud.

Por fin ha concluido el sorteo y la selección de los jueces para el proceso contra Clodio. La suerte no nos ha sido muy propicia, aunque Clodio, con gran habilidad, ha conseguido recusar y excluir del jurado a bastantes de los hombres más proclives a condenarle. La plebe le ha apoyado con entusiasmo. Con todo, en la composición del tribunal han quedado muchos jueces que le son adversos. Considero la situación bastante crítica.


Del noble Príncipe del Senado en la Curia provisional, al noble Quinto Cecilio Metelo Céler en la Galia Cisalpina. Salud.

Los negocios públicos en Roma no funcionan como deberían. El feo asunto de tu cuñado Clodio sigue causando mucho revuelo y la plebe está día a día más alterada. Déjame insistirte fraternalmente en que pongas coto a las acciones de tu esposa, pues no cesa de molestar a caballeros y senadores para volverlos a favor de su hermano. Conozco muy bien la dificultad de manejar a las mujeres y lo embarazoso que resulta muchas veces enfrentarse a ellas. Sin embargo, es necesario hacerlo por el bien de la república. Te aconsejo que la llames a tu lado ordenándole partir inmediatamente hacia la Galia a fin de evitar males más graves, pues si, como es previsible, Clodio resultase condenado, mucho me temo que la noble Clodia sería muy capaz, y lamento decirlo, de actuar del modo más escandaloso y comprometedor para tí. Házlo antes de que sea demasiado tarde.
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Mansión de la noble Clodia, en el Palatino.

La noble Clodia se asoma una y otra vez al atrio. Es muy consciente de la hostilidad de una parte importante de los senadores contra su hermano, una situación que la tiene en ascuas. Las últimas cartas enviadas a Cicerón no han obtenido respuesta, y esto le desagrada y preocupa. ¡Si al menos pudiera asegurarse de que no actuará contra Clodio…! De momento, no hay indicios firmes de que vaya a hacerlo, pero tanto su hermano como Marco Antonio desconfían de él. Y ella misma debe reconocer que Cicerón es voluble.

Su desasosiego es interrumpido por el anuncio de la llegada de su hermano. Una multitud lo ha acompañado hasta el umbral de la casa y Clodio se vuelve para despedirse y emplazar al público a regresar al día siguiente. Necesita contar con el mayor apoyo posible. Apenas traspasa la puerta, la sonrisa se borra de su rostro y en su lugar afloran los signos de cansancio. Ha sido una jornada muy dura. Clodia lo abraza.

- ¿Estás preparado? – le pregunta.

- ¿Quién puede estarlo, Clodia? – responde él, mientras toma asiento –. Deberías ver a los jueces que me han tocado en suerte. Muchos están deseando condenarme y, a poco que puedan, lo harán. ¡Menos mal que te tengo a ti, mi valiosísima y querida hermana, la persona que con más ardor está luchando por mí!

- Tienes a mucha gente a tu lado, Clodio. ¡Si hasta yo misma me asombro de lo querido que eres…!

- Sin duda. Pero a nadie se le hubiera ocurrido impedirme salir a la calle después de aquella fiesta tan desgraciada – replica Clodio –. Y en este momento, aquella feliz decisión tuya parece ser lo único que me puede salvar. Si no falla nuestra estrategia…

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NOTA .- Queridos amigos, la editorial Kala (México), ha tenido a bien incluirme entre sus escritores seriales. Su proyecto “De lo virtual a lo real” es lograr publicar un libro con los textos de los escritores seleccionados en internet. Así, de ser una “sospechosa” he pasado a formar parte de su elenco de escritores. Se ha incluido mi relato “Claudia y la diosa Cibeles”.

Dejo
aquí el enlace para quien tenga deseos de visitar la página, leer el texto y, en su caso, votarlo en el botón que aparece en la parte superior de la pantalla, arriba del comienzo del texto. Gracias a quienes ya lo hayan hecho.
*Detalle de una figura femenina. Jardines de Monforte. Valencia.
**Detalle de figura femenina. Jardines de Monforte. Valencia.
***Detalle de figura de niño. Jardines de Monforte. Valencia.
****Detalle de cabeza femenina. Jardines de Monforte. Valencia.
*****Detalle de urna cineraria. Museo Termas de Diocleciano. Roma.
******Detalle de una fuente de Neptuno. Jardines de Monforte. Valencia.
*******Detalle de escultura de una pareja. Jardines de Monforte. Valencia.
********Cactus. Jardín Botánico. Valencia

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domingo, mayo 18, 2008

CON LA TARDE LLEGAN LOS DISGUSTOS (25)


Mansión de la noble Clodia, en el Palatino.

Un esclavo ha subido corriendo las cuestas del Palatino para informar a su ama de lo ocurrido en el templo de Belona. Desde ese momento, el estado de ánimo de la noble Clodia se balancea en un movimiento pendular. Pasa del alivio a la angustia y de la desazón a la esperanza. Los términos del acuerdo alcanzado por los senadores no le agradan: le hubiera gustado mucho más que no se celebrara un juicio.

El ritmo de su corazón se altera cada vez que piensa que su hermano va a ser procesado. Adora a Clodio. Tenía ya tres años cuando él nació y desde entonces lo ha protegido, lo ha mimado prodigándole mil cuidados. Era un niño alegre y juguetón como un gatito, zalamero, siempre dispuesto a hacer reír. Crecieron siendo amigos y cómplices, camaradas de travesuras, expertos en seducir a todo el mundo. Ambos están acostumbrados a actuar al dictado de su propia voluntad. Son alegres transgresores de cualquier convencionalismo, ninguna norma ni prohibición ha sido hecha para ellos. Clodio es el espejo de Clodia, su otro yo.

- ¡Bien! – exclama Marco Antonio invadiendo la sala de estar de Clodia y dejándose caer sobre una banqueta – ¡Lo hemos conseguido! Espero que me obsequies con una sonrisa.

- No encuentro ningún motivo para estar alegre – responde Clodia.

- Pues sí lo hay. Un juicio era inevitable, Clodia. Piénsalo. Nos hemos asegurado de que, al menos, los jueces sean elegidos por el azar y no al gusto y la medida de quienes querrían ver a tu hermano muerto. Nuestra capacidad de maniobra será mayor.

Clodia asiente ante estas razones. Y trata de ser optimista. Piensa en todos sus amigos, en sus aliados, en cuántas personas los pueden ayudar en el trance que aún les espera. No es una lista corta. Y no es de menor importancia el hecho de que Cicerón no se haya pronunciado contra Clodio. Sabía, en el fondo de su corazón, que el gran orador no podía fallarle. Su alma se llena de gratitud al pensar en él.
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Mansión de la noble Terencia y el noble Cicerón en el Palatino.

- ¿Que no has podido pronunciar tu discurso? Y eso, ¿qué significa? ¿Alguien te ha puesto una mordaza? ¿Tenías un puñal en las costillas? ¡No me lo puedo creer …!

- Sencillamente era inoportuno – responde molesto Cicerón.

- ¡Ah! Siendo así…– responde su esposa con sarcasmo –. Corrías el riesgo de ofender a César ¿no es eso? Pues es difícil ofender más a un hombre del que puede carcajearse toda Roma. ¡Un cornudo, si me permites decirlo con claridad! Se lo tenía bien merecido, desde luego.

- No ha tenido nada que ver con César.

- ¡Claro que no! Tiene que ver con esa indeseable, con esa Clodia que tanto te gusta. Crees que podrás acostarte con ella si dejas a su hermano en paz. Pero estás en un error. Por si no lo sabes, esa meretriz prefiere en el lecho a su hermanito…

- ¡Ya basta, Terencia! ¡No pienso escuchar más barbaridades! – responde Cicerón muy alterado. Y por primera vez desde su matrimonio, sale de la habitación dejando a su mujer con la palabra en la boca.

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En la domus publica del Foro.

La noble Pompeya ha elegido una de sus mejores túnicas y se ha vestido con esmero, prestando mucha atención al peinado. A Cayo Julio le gusta la nuca despejada y que caigan sobre ella finos mechones. ¡Cuántas veces los enrolla alrededor de sus dedos mientras le da mordisquitos en el lóbulo de la oreja! Sentir su aliento y el calor de sus labios en el cuello la trastorna mucho. Le produce deliciosos escalofríos y un deseo absoluto de abandonarse al placer.

Hace demasiados días que su marido no viene a casa. Tiene mucho trabajo y se ha hecho instalar un catre en su despacho de la Regia para no perder tiempo. Una decisión poco comprensible, porque la Regia está aquí al lado, a pocos pasos. Pompeya siente un hormigueo en la boca del estómago. Desde que recibió aquel mensaje de Clodia, está inquieta. ¿Qué querría decir? Clodia es muy lista, y no parecía darle importancia al hecho de que César la hubiera defendido ante los senadores. No logra entender por qué. ¡Le hubiera gustado tanto hablar con su amiga…! Pero Clodia está intratable, sólo se ocupa de los asuntos de su hermano, como si ella no le importara ya.

Cuando su esclava la avisa de la llegada de su marido y su petición de que acuda al despacho, se encuentra peor que el día después de aquella espantosa fiesta. Cayo Julio está de pie, en medio de la estancia y la recibe con gesto serio. Le señala dos banquetas colocadas junto a una de las puertas que recae al peristilo y la invita a sentarse. Él se sienta también, a su lado.

- No voy a dar rodeos, Pompeya – dice –. Sabes que te estimo y que con gusto hubiera compartido contigo toda mi vida. Sin embargo, lo ocurrido en los ritos de la Bona Dea me coloca en una situación inaceptable.

- ¿Qué quieres decir?

- Que nada, ni mi afecto, ni mi estimación por ti y tu familia, siendo grandes, están por encima de mi propia dignidad. No seguiré casado contigo. Lo lamento.



Pompeya se queda rígida e inmóvil. Las palabras que sigue pronunciando Cayo Julio llegan a sus oídos como amortiguadas por la distancia. Una ola de calor le sube a las mejillas. Así que, finalmente, él no cree en su inocencia. Se mira las manos y le parecen ajenas, como si alguien las hubiera puesto ahí sin su permiso. Y con la misma extrañeza ve las manos de Cayo Julio cogerlas entre las suyas. No le apetece mirarlo, aunque siente los ojos de él clavados en su rostro. No se esperaba esto. Se siente humillada. Y le entran ganas de gritar, de tirar al suelo la bandeja con las copas de agua, la mesita, los rollos apilados en los estantes, esa esfinge de bronce tan horrible que hay sobre la mesa de trabajo y odió desde el primer momento.

Sin embargo, no mueve ni un músculo. En algún remoto lugar de su corazón o su conciencia hay un resorte, desconocido hasta ahora, que la contiene. Entre un torbellino de sentimientos contrarios, crece y se impone un estallido de orgullo. El orgullo de ser una matrona romana de la mejor estirpe. Su dignidad no es menos importante que la de su marido. Su ex - marido. No comprende demasiado bien lo que ha pasado, pero está decidida a no llorar ni suplicar. No va a rebajarse pidiendo más explicaciones ni razones. Él no ha creído en ella y quiere apartarla de su vida. Eso basta. En este instante le gustaría ser Clodia, tener su inteligencia para decir algo hiriente a Cayo Julio, algo que le doliese de verdad.

Se desliga de las manos de él, se levanta y, haciendo un esfuerzo para controlar el temblor de sus piernas, se dirige a la salida. Ya en la puerta, se vuelve y se encuentra con los ojos conmovidos de Cayo Julio César, el hombre a quien llamaba esposo hasta hace un instante.

- Me marcharé mañana – dice con un hilo de voz. Y sale sin hacer ruido.

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NOTA 1.- En Roma los celos eran prácticamente desconocidos. Puesto que el matrimonio era un contrato entre las partes, realizado – teóricamente – en igualdad de condiciones entre los cónyuges, ninguno creía tener derechos “de propiedad” sobre el otro. Cuando el matrimonio dejaba de convenir, bien fuera porque se llevaran mal los cónyuges, o por otros motivos, se recurría al divorcio. Había un tipo de matrimonio que no admitía divorcio, pero ese no era el caso ni de Cicerón y Terencia, ni de César y Pompeya. Parece que Terencia sí era celosa, según recogen algunos biógrafos e historiadores.

NOTA 2.- Al casarse, las mujeres se trasladaban a vivir a casa del marido. Cuando se producía el divorcio, retornaban a su casa familiar. Quiero recordar a los lectores que el divorcio, en Roma, se realizaba de manera muy rápida y no precisaba papeleo. Si una mujer quería divorciarse, bastaba con que se ausentase tres noches seguidas del domicilio conyugal. Los hombres utilizaban una fórmula verbal, diciendo a la esposa algo así como: “Coge tus cosas y márchate”. Muy expeditivo.

NOTA 3 .- Queridos amigos, la editorial Kala (México), ha tenido a bien incluirme entre sus escritores seriales. Su proyecto “De lo virtual a lo real” es lograr publicar un libro con los textos de los escritores seleccionados en internet. Así, de ser una “sospechosa” he pasado a formar parte de su elenco de escritores. Se ha incluido mi relato “Claudia y la diosa Cibeles”.

Dejo aquí el enlace para quien tenga deseos de visitar la página, leer el texto y, en su caso, votarlo en el botón que aparece en la parte superior de la pantalla, arriba del comienzo del texto. Gracias a quienes ya lo hayan hecho.

* El Palatino (Jardines Farnesio) visto desde el foro romano. Roma.
**Detalle de escultura de cabeza femenina. Museos Capitolinos. Roma.
***Flores en los jardines del Capitolio. Roma.
****Detalle de escultura de cabeza femenina. Museos Capitolinos. Roma.
*****Frutos morados. Jardines de la Alameda. Valencia.
******Detalle de un cuadro de L. Alma-Tadema.
*******Vista del área de la domus publica desde el Palatino. Estaría aproximadamente donde está el grupo de árboles, a la derecha de la imágen. Roma.
********Escultura femenina. Museos Capitolinos. Roma.
*********Detalle de cactus. Jardín botánico. Valencia.

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martes, mayo 13, 2008

PARA TODOS LA SITUACIÓN EMPEORA (24)



Del noble Marco Antonio en su mansión del Esquilino al noble Clodio en la mansión de su hermana Clodia en el Palatino. Salud.

Si asomas la nariz a la calle, verás la cantidad de ciudadanos enviados por Craso para acompañarte esta mañana al foro. Retarda tu salida cuanto puedas. Conviene que, cuando tu vecino Cicerón salga de su casa con su clientela camino de la reunión del Senado, se encuentre la calle bloqueada. Corre la voz de que piensa hacer un discurso contra ti, así que trataremos de que sus divinas orejas escuchen cuánto quiere el pueblo a Clodio y cuánto lo aborrece a él. Ya sabes cómo le acobardan esas situaciones,

Y ahora una mala noticia. Prepárate, porque tu ex - cuñado Lúculo empinó el codo anoche durante la cena en casa del príncipe del Senado y lloriqueó diciendo que te metías en la cama de tu hermana Claudia, mientras aún era esposa suya. Estaba muy borracho, pero aún así, muchas personas lo tomaron en serio y se armó un buen escándalo.


Templo de Belona, en el campo de Marte

A duras penas los senadores seguidos de sus clientes se abren paso entre la multitud que ocupa desde el alba el foro boario y sus inmediaciones, pese a no ser día de mercado. Una corriente humana, burbujeante como el Tíber en tiempo de deshielo, acude desde todas partes de la ciudad, converge bajo los arcos de la Porta Carmentalis y, esponjándose de nuevo al salir al Campo de Marte, se mueve con la fuerza de una marea hacia el templo de Belona, donde va tener lugar la sesión del Senado. La muchedumbre gruñe y se agita. Acoge con hosco silencio la llegada de los dos Cónsules, y con vítores y gritos de ánimo la del Tribuno de la Plebe Fufio Caleno. Hay mucha espectación entre la plebe.

En el interior, la tensión no es menor. Los esclavos se apresuran a colocar las banquetas de sus amos en el lugar indicado y retirarse. Los senadores intercambian frases de inquietud. A nadie se le escapa la enorme presión que está ejerciendo la plebe a favor de Clodio y la habilidad con que, hasta el momento, ha conducido el asunto Fufio Caleno. Muchas cabezas se mueven dubitativas, no ven cuál puede ser la solución al problema.

Por lo pronto, el grupo de los optimates ha decidido quitarse de en medio a Cayo Julio César, visto que la ofensa sufrida en su propia persona no ha derivado en un ataque visceral contra Clodio, como en principio esperaban. ¿No había sido designado César como procónsul en Hispania? ¡Pues que se marche ya! En esta misma sesión le concederán el imperium, con lo que no podrá poner los pies dentro de los muros de Roma. Y ya se encargarán ellos de que las sesiones del Senado se celebren en el interior del recinto amurallado. Así no podrá abrir su piquito de oro para convencer o confundir a los senadores indecisos.


De la noble Clodia, en su mansión del Palatino, al noble Cicerón en la sesión del Senado en el templo de Belona. Salud.

Nobilísimo amigo, sé que los ánimos están alterados y, en circunstancias como ésta, tu experiencia y serenidad ejercen una influencia beneficiosa hasta en los senadores de mayor prestigio. Confío plenamente en tu amistad y en tu sentido de la justicia para que no permitas que se trastoquen las leyes con el único objetivo de condenar a mi hermano. Si una vez fuiste aclamado padre de la patria, sé ahora igual de enérgico en la defensa de la legalidad y yo te proclamaré padre de Clodio.


De la noble Terencia en su mansión del Palatino, a su hermana la vestal Fabia en la Casa de las Vestales. Salud.

Querida, te ruego que vengas cuanto antes. Necesito tu compañía mientras espero el regreso de mi querido Cicerón. No sabes lo nerviosa que estoy. Así me ayudarás a elegir el atuendo para el banquete de esta noche, pues vamos a casa del príncipe del Senado. Después del discurso que va a pronunciar, mi marido volverá envuelto en una nube de gloria y yo quiero estar en consonancia con él. Ven, y juntas nos reiremos por anticipado de esa infame Clodia.


Templo de Belona, en el campo de Marte.

El Cónsul M. Pupio Pisón había comenzado la sesión resumiendo brevemente lo debatido hasta el momento y el objetivo de esta reunión: decidir si el Senado aprobaba una ley específica para juzgar a Clodio por su acusación de sacrilegio, con una particularidad: que los jueces, en vez de ser elegidos por sorteo, como es costumbre hacer en todos los demás juicios, fueran elegidos directamente por los pretores, vinculados al Senado.

Los debates estaban siendo duros. Fufio Caleno y otro colega Tribuno de la Plebe se oponían tenazmente a esta propuesta. No lo consentirían jamás, pues era evidente que elegirían a jueces dispuestos de antemano a condenar a Clodio. El noble Cicerón, tras haber expresado en un primer turno de palabra su opinión contraria a un juicio con jueces elegidos por sorteo, callaba. El recorrido desde su casa a través de una muchedumbre vociferante lo había turbado, y no menos la lectura de la nota de Clodia. Ha preparado un buen discurso. Un discurso para lucirse. Sin embargo, duda. Durante un breve descanso, se acerca a Cayo Julio César.

- Eres afortunado, César. Te librarás de todo este conflicto dentro de un rato. ¡Y hasta podrás descansar de tu mujer durante una temporada!

César responde con una sonrisa a tal impertinencia, tan propia de Cicerón. Y con habilidad averigua la causa de esas palabras: le van a otorgar el imperium de inmediato. Discretamente se retira a su asiento.

Del pontífice máximo, Cayo Julio César en la sesión del Senado a su noble esposa Pompeya en la domus publica del Foro. Salud.

Pompeya querida, hemos de hablar hoy sin falta de un asunto que nos atañe a ambos. Iré en cuanto termine la sesión del Senado, de modo que te ruego que me esperes en casa. Es muy importante. Lamento no haber podido avisarte con más tiempo, pero los senadores han adelantado la concesión de mi imperium para mi cargo de procónsul en Hispania y esta misma tarde deberé salir del pomerium e instalarme en el Campo de Marte. No te preocupes por mi equipaje, mi secretario se encargará de preparar lo imprescindible.


Del pontífice máximo, Cayo Julio César en la sesión del Senado a su madre la noble Aurelia en la domus publica del Foro. Salud.

En cuanto acabe la sesión del Senado, iré a la domus publica a comunicarle a Pompeya nuestro divorcio. Por favor, avisa a su madre.

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Templo de Belona, en el campo de Marte.

El debate continúa, pasan las horas y no se alcanza ningún acuerdo. Cicerón sigue sin pronunciar su discurso. Fufio Caleno asegura que aconsejará a la plebe votar en contra de la propuesta de ley del Senado. Al fin, el noble Hortensio hace una reflexión: si la plebe no refrenda la propuesta del Senado, la ley no saldrá adelante y, además, la autoridad senatorial quedará en entredicho. ¿En qué puede beneficiar esto a la república? ¿Algún padre conscripto cree que un tribunal, cualquier tribunal, aún el compuesto por las personas más viles, a la vista de las pruebas, absolvería a Clodio?

Apela, pues, a la cordura de todos y propone una solución aceptable: que se apruebe una ley especial para juzgar al sacrílego, pero que el jurado se elija, como es costumbre, por sorteo. Aceptan los Tribunos de la Plebe, aceptan los senadores y Cicerón respira aliviado. De momento.

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NOTA IMPORTANTÍSIMA.- ¡Que no me maten quienes esperaban ya un discurso de Cicerón! Lo vais a tener, pero un poco más adelante.

NOTA 1.- La hermana de Clodio que estuvo casada con Lúculo se llamaba Clodilla. Le he puesto aquí el nombre de Claudia para evitar que los lectores pudieran confundirla con Clodia, por la similitud de los nombres. Su exmarido la acusaba de acostarse con Clodio, es decir, de cometer incesto.

NOTA 2.- Para evitar ataques y revueltas, en Roma estaba prohibido llevar armas dentro de un perímetro sagrado, llamado pomerium, que en esta época debía coincidir con la muralla. Por otra parte, el imperium es el poder que se otorgaba a los generales que debían dirigir un ejército o ejercer un mando militar en las provincias. Ese poder era tan extenso, que la persona a quien se le otorgaba le estaba prohibido entrar dentro del pomerium. De ahí que debieran permanecer en el Campo de Marte (situado fuera de la muralla) a la espera de partir para su destino, o de recibir una recompensa a su regreso. Cualquier que infringiera esa ley, perdía automáticamente su imperium.

NOTA 3 .- Queridos amigos, la editorial Kala (México), ha tenido a bien incluirme entre sus escritores seriales. Su proyecto “De lo virtual a lo real” es lograr publicar un libro con los textos de los escritores seleccionados en internet. Así, de ser una “sospechosa” he pasado a formar parte de su elenco de escritores. Se ha incluido mi relato “Claudia y la diosa Cibeles”.

Dejo
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    * Escultura de caballo atacado por un león en el Capitolio. Roma.
    **Detalle de un relieve del emperador Marco Aurelio. Museos Capitolinos. Roma.
    ***Restos de la via triunfalis. No muy lejos de aquí debía estar la Porta Carmentalis. Roma.
    **** y *****Detalles de dos cuadros de L. Alma-Tadema.
    ******Detalle de escultura femenina. Museos Capitolinos. Roma.
    *******Arbol en flor en la colina del Capitolio. Roma.
    ********Detalle de cabeza masculina. Museo Massimo alle Terme. Roma.
    *********Parte del Campo de Marte, tal como se ve hoy desde la colina del Capitolio. El templo de Belona estaba delante de las tres columnas del templo de Apolo Sosiano. Roma.

    lunes, mayo 05, 2008

    POMPEYA SE COMUNICA CON CLODIA. (23)


    De la noble Pompeya en la domus publica del foro a la noble Clodia en su mansión del Palatino. Salud.

    Estoy muy dolida contigo, Clodia. Desde esa horrible fiesta, ni Ojos de Sapo ni mi madre me permiten salir. ¡Más de diez días llevo metida entre estas cuatro paredes! Estoy desesperada. Y tú, mi amiga más querida, ni siquiera me has mandado una nota. César se enfadó al principio conmigo, pero creo que se le ha pasado, porque me defendió con mucho ímpetu delante de los senadores.
    ¡El único capaz de hacerme reir en esta familia, tiene tanto trabajo que ni siquiera viene a dormir a casa por las noches! Estoy a punto de morirme, te lo advierto. Y cuando lo haya hecho lamentarás el resto de tu vida el haber sido tan desconsiderada con tu amiga Pompeya, porque no te perdonaré aunque me lo pidas a gritos. Ya lo sabes.

    P.D. Mi madre ha regresado a su casa, por eso puedo escribirte. Dame noticias tuyas.


    Mansión de la noble Clodia en el Palatino.

    - ¡Así que esto es lo que puedo esperar de mi marido! – exclama la noble Clodia apretando los dientes y dejando sobre la mesa con un gesto rápido, como si le quemase, la carta que acaba de leer. Respira hondo. Cuando escribió a su esposo solicitando su ayuda para que intercediera ante sus amigos del Senado a favor de Clodio, no confiaba excesivamente en él pero, desde luego, tampoco esperaba esta contestación.


    Su respuesta viene a decirle, en pocas palabras, que debe mantenerse al margen de los movimientos políticos en torno a su hermano Clodio. Que deje de protegerlo y de llamar la atención entrevistándose con Tribunos, con senadores e incluso con gente de baja estofa, como le han asegurado, para su vergüenza, que hace. El Senado es muy capaz de impartir justicia y gobernar Roma perfectamente sin la ayuda suya.

    Clodia no va a tolerar esta ofensa sin una réplica. Y quiere hacerlo ahora mismo, en caliente. Abandona su sala de estar y se dirige al despacho. Le avisan, entonces, de la llegada de la esclava de Pompeya con una nota. La lee de pie y, al concluirla, le responde verbalmente a la esclava para que le trasmita a su señora lo siguiente:

    "Que la señora Clodia la recuerda constantemente y le envía su afecto; que se prepare, porque no piensa en absoluto que Cayo Julio César deje este asunto así; que por lo demás, está muy ocupada tratando de ayudar a su hermano y no puede perder tiempo; que si se muere, algo que desea ardientemente que no ocurra, promete no martirizar su cadáver con ninguna clase de gritos; y, por último, que la quiere mucho, mucho."

    La esclava la mira desconcertada. No está segura de poder dar un recado tan largo si no se lo repiten varias veces, pero la señora Clodia ya se ha metido en el despacho.


    Primer borrador de la carta de la noble Clodia a su esposo el noble Quinto Cecilio Metelo Céler, gobernador de la Galia Cisalpina.

    ¡Cuántas veces os he oído hablar, a ti y a tus colegas, de las excelsas virtudes que han hecho grande a Roma! Entre las instituciones más importantes citáis, siempre, a la familia. Os gusta entonces apelar a los ejemplos de las grandes matronas del pasado y se os olvida, en aquellas materias que os conviene, que los tiempos cambian. Y así como nadie espera que cuando un Cónsul termine su mandato vuelva a labrar sus campos con sus propias manos como hacía el famoso Cincinato hace casi cuatrocientos años, tampoco podéis esperar que las mujeres se sometan en todo a vuestra voluntad, como si ellas


    Segundo borrador de la carta de la noble Clodia a su esposo el noble Quinto Cecilio Metelo Céler, gobernador de la Galia Cisalpina.

    He leído con mucha atención tu carta, querido esposo, y temo que la hayas escrito influido por los consejos de personas que nos estiman poco. Se está acusando a mi hermano Clodio de un crimen que no ha cometido y por el que quieren, algunos, condenarlo a muerte. Estás lejos y cualquiera te puede engañar, haciéndote creer
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    Tercer y definitivo borrador de la carta de la noble Clodia a su esposo el noble Quinto Cecilio Metelo Céler, gobernador de la Galia Cisalpina.

    No pensarás, querido esposo, que voy a obedecer tus órdenes. Cualesquiera sean tus informantes en Roma, te dirán que hago oídos sordos. Es más, pienso incrementar mi presencia en los lugares públicos y hacerme grata a todos cuantos puedan ayudar a Clodio. ¿Dónde se ha oído que un hombre mande a su mujer traicionar a su propio hermano o confiar su destino al azar? Si por un solo instante has creído que te haría caso, es que no estás bien de la cabeza. Espero que el resto de tu persona goce de mejor salud.


    Anuncio colocado en la pared del templo de Cástor y Pólux, templo de Júpiter Stator, altar de Venus Cloacina, templo de Spes, templo de Apolo Sosiano, templo de Hércules en el foro Boario y otros edificios públicos.

    Mañana, en el templo de Belona, se reúne el Senado. ¡Ciudadanos! No permitáis que jueces comprados por el Senado juzguen a Clodio. ¡Viva la plebe! Acudid todos.



    Mansión del noble Cicerón y la noble Terencia en el Palatino.

    - Estoy segura de que te gustaría escuchar el discurso que ha preparado Cicerón para la sesión de mañana en el Senado – dice Terencia a modo de saludo cuando su hermana, la vestal Fabia, es conducida por una esclava hasta el salón donde está descansando el matrimonio.

    - ¡Todavía me quedan muchos retoques por hacer! – protesta Cicerón, de mal humor.

    - ¡Es divino…! – insiste Terencia –. Puede que sea el mejor hasta ahora. Ya veo a los senadores aplaudiéndote puestos en pie. Y a ese gusano de Clodio retorciéndose del berrinche…

    - Se precisa más que nunca de tu brillante oratoria, cuñado – sentencia Fabia – porque el ambiente es adverso. Ahora mismo el foro está lleno de gentuza, y no hay templo, fuente, ni esquina donde no haya un alborotador lanzando soflamas. Hace falta un salvador de la patria como tú…
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    NOTA .- Queridos amigos, la editorial Kala (México), ha tenido a bien incluirme entre sus escritores seriales. Su proyecto “De lo virtual a lo real” es lograr publicar un libro con los textos de los escritores seleccionados en internet. Así, de ser una “sospechosa” he pasado a formar parte de su elenco de escritores. Se ha incluido mi relato “Claudia y la diosa Cibeles”.

    Dejo
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    Gracias.

    * y ** Detalles de sendos cuadros de L. Alma-Tadema.
    ***Escultura de un ciudadano romano. Museo Massimo alle Terme. Roma.
    ****Detalle de relieve en un monumento funerario dedicado a una matrona. Museo Massimo alle Terme. Roma.
    *****Detalle de relieve en un sarcófago. Museo Massimo alle Terme. Roma.
    ******Ruinas del Templo de Apolo Sosiano (las tres columnas), en el plano justo delante de él, las ruinas del Templo de Belona, donde se reunía el Senado, sobre todo para recibir a los extranjeros. A la izquierda de la foto, los arcos del Teatro Marcelo, que en el momento de esta historia aún no estaba construído.
    *******Detalle del relieve de un sarcófago. Museo Massimo alle Terme. Roma.