Le dedico una sonrisa amplia, tanto como le es posible sonreír a una vieja sin que sus mejillas se conviertan en un océano de arrugas. Me he propuesto ser hoy amable con el troyano y no enfadarme con él por mucho que me provoque. Al fin y al cabo, celebrar esta fiesta fue una idea suya.
Desde la cuesta por la cual descendemos se ven los alegres entoldados instalados en la playa. Gran parte de la chiquillería está jugando en la arena o metida hasta el cuello en el agua y algunas madres se desgañitan llamando a sus hijos al orden. No parecen tener mucho éxito, como es natural. No conozco a ningún hijo que obedezca de inmediato a sus progenitores. Salvo Eneas, claro. Pero de eso hace ya tanto tiempo…
- Ven – insiste –. Te acompañaré hasta tu toldo. Hemos elegido para ti un lugar muy fresco, a la sombra de los pinos.
- Estupendo – respondo –. Así no se me calentará la cabeza.
Karo me da un codazo. Lo he hecho partícipe de mi propósito de buena conducta y se lo ha tomado muy en serio. Temo que me someta a vigilancia y en todo el día no se despegue de mí. Lo miro y me doy cuenta de cuánto ha madurado mi ayudante en estos meses. Ha crecido gallardo como un árbol, alto y recio.
Una ovación nos recibe al penetrar bajo el toldo. Me sorprende y me aturde. De pronto, me veo en los brazos de Jacinta y enseguida en los de Amneris, la tejedora, quien a punto ha estado de hincarme su bastón en el pie. También Kostas se aproxima y, más comedido, toma mis manos y me las aprieta. Ayer por la tarde, cuando Parepidemos Samosatente terminó de leer en la plaza del granado el último episodio de mi historia, vi a Kostas llorar. No fue el único en emocionarse, pero me conmovió en un hombre tan curtido. Es comprensible, porque la muerte de la reina nos marcó. Aquel día, junto con ella, se nos fue una parte de la infancia.
- Déjame felicitarte, señora Imilce – dice Caius Pertinax, quien como su propio nombre sugiere, jamás se cansa de insistir en lo suyo –. Ahora que has concluido tu historia, espero tu permiso para difundirla. Tendrá mucho éxito.
Mi nuera me ofrece asiento, refrescos y algunos caprichos para picar. Se ha hecho cargo del almacenaje y distribución de los comestibles y bebidas que cada cual aporta y anda incansable dando órdenes aquí y allá. Mandar es lo suyo. Y su energía me recuerda a la querida Sofonisba.
Todas las conversaciones giran en torno a la muerte de la reina. Hoy podemos hablar con más tranquilidad, sin la emoción desbordada de anoche. La luz de este día radiante vence definitivamente a la tristeza y aquellos acontecimientos, aunque los sintiéramos próximos, vuelven a parecer lejanos. Una y otra vez se alzan voces en contra del amor, un peligro aborrecible del cual debemos precavernos todos. Pero cuanto lo señalan como causante de la muerte de Dido, empiezo a rebullir en mi asiento y, al final, salto.
- ¡ Para qué me habré tomado la molestia de contar esta historia! ¿Es que nadie se acuerda ya de por qué llegamos los fenicios aquí? – todo el mundo se calla. Respiro hondo y trato de contener el genio –. Dido era reina de Tiro, que no se nos olvide. Y huyó de allí dejando hasta su trono para evitar una guerra civil. Amaba a su pueblo y no quería someterlo a un baño de sangre. Y no descansó, ni de día ni de noche, hasta fundar Cartago. Todo lo supeditó al bienestar de su pueblo.
- Sin embargo, señora Imilce, se inmoló sobre un montón de recuerdos de Eneas e incluso utilizó la espada que le había regalado ella misma... – interviene Trailo.
- ¡Y ya me contarás si eso dice mucho en favor del troyano! Un gran guerrero a quien no le importó dejar a una mujer expuesta al peligro, y perdona mi crudeza. Si no se hubiera largado de forma tan vergonzosa, la situación hubiera podido solucionarse de otro modo. Eso es lo que Dido quiso remarcar, que la había abandonado a su suerte. Pero ya basta. Estoy harta de Eneas. La reina dijo que para ella había muerto y, por lo que a mí respecta, así fue.
Se oye un murmullo de aprobación y algunos aplausos. Llegan bandejas con comida, y cada cual se aplica a probar los manjares elaborados por otros. Hace calor. Trailo me trae una copa de vino en un gesto de concordia. Se la acepto, sin poder evitar un comentario.
- Para serte sincera, querido amigo, me hubiera conformado con que Eneas hubiera sido la mitad de leal que Mook, el perro de la reina. O que el gato Sirio, quien jamás abandonaba a Anna.- Ese es un asunto que tenemos pendiente – dice el troyano sin perder su media sonrisa –. Me refiero a Anna. Me comprometí a contarte con cierto detalle lo que le ocurrió tras su huída de Cartago. Pero como estás enojada conmigo…
- ¡Será que sueles tener en cuenta mi humor…! Humor de vieja, por otra parte. Un poco desabrido. ¿Por qué no vienes mañana tarde a mi casa y hablamos? – hace un gesto de asentimiento y se aparta.
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A media tarde, se levanta la brisa y agita los toldos. Hasta nosotros llega el griterío de muchos bañistas, pues también los adultos se han metido en el mar. Sólo los viejos tememos exponernos al sol y no abandonamos ni un momento la sombra. Hablamos y hablamos y hablamos. Amneris propone llevar mañana ofrendas a la tumba de Dido. Es una buena idea a la que se suman todos los presentes. Las cenizas de Barce y de cuantos sirvieron a la reina están a su lado, en un pequeño túmulo junto al camino que se inicia en la puerta sur de la muralla y se dirige hacia las ciudades libias.
Suena otra vez la música y unas cuantas jóvenes bailan. Karo no se ha separado de mí ni un momento, pero ve entre las bailarinas a Salma y le falta tiempo para unirse al grupo. Con la cara embobada de siempre la observa danzar y sus propios ojos se mueven encandilados al ritmo de ella. ¿Quién no ha sentido alguna vez la llamada del deseo y del amor? También en eso la reina fue superior a nosotros, porque se atrevió a entregarse a ellos.
- Señora Imilce – dice Karo cuando, ya noche cerrada, regresamos a casa y yo me entretengo en el patio encendiendo unas lucernas al pie de la higuera –.¿Crees que alguien recordará el enorme trabajo que hemos hecho? ¡Ojala se hable de nosotros como los relatores de la historia de la reina y la fundación de Cartago! Yo como simple ayudante tuyo, desde luego.
No le contesto enseguida. Las manos me tiemblan y debo concentrarme para prender los pabilos.
- He pensado en hacerme poeta – dice al cabo .
- Si no te vuelves un estúpido presuntuoso como ya sabes quién, tendrás mis bendiciones. En cuanto a ser recordados… No siendo reyes ni grandes generales, nuestras vidas y nuestros actos carecen de interés. Desde esa perspectiva, para la posteridad no contamos, Karo. Alégrate de cuanto hemos aprendido y desprecia toda vanidad: nosotros sólo somos carne de olvido...
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Suena otra vez la música y unas cuantas jóvenes bailan. Karo no se ha separado de mí ni un momento, pero ve entre las bailarinas a Salma y le falta tiempo para unirse al grupo. Con la cara embobada de siempre la observa danzar y sus propios ojos se mueven encandilados al ritmo de ella. ¿Quién no ha sentido alguna vez la llamada del deseo y del amor? También en eso la reina fue superior a nosotros, porque se atrevió a entregarse a ellos.
No le contesto enseguida. Las manos me tiemblan y debo concentrarme para prender los pabilos.
- He pensado en hacerme poeta – dice al cabo .
- Si no te vuelves un estúpido presuntuoso como ya sabes quién, tendrás mis bendiciones. En cuanto a ser recordados… No siendo reyes ni grandes generales, nuestras vidas y nuestros actos carecen de interés. Desde esa perspectiva, para la posteridad no contamos, Karo. Alégrate de cuanto hemos aprendido y desprecia toda vanidad: nosotros sólo somos carne de olvido...
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Fin de la historia de la reina Dido
NOTA DE LA TRASCRIPTORA. Eneas y sus troyanos llegaron a las costas del Lacio. Allí pretendieron quedarse y entraron en guerra con sus habitantes, súbditos del rey Latino. Al fin, firmaron la paz y la sellaron celebrando un matrimonio entre Eneas y la hija de Latino. Ambos pueblos se fundieron en uno solo que decidió llamarse a sí mismo pueblo latino. El hijo de Eneas, el niño Ascanio (también llamado Iulo), fundó más tarde la ciudad de Alba Longa. Y de una vestal de Alba Longa nacieron, siglos después, los gemelos Rómulo y Remo, considerados los fundadores de Roma. Con la trágica historia de amor entre Eneas y Dido, los romanos trataron de explicar la rivalidad entre Roma y Cartago, tan intensa, que dio lugar a tres grandes guerras, conocidas con el nombre de guerras púnicas.
NOTA: Gracias a todos los que habéis llegado hasta aquí. Os merecéis un premio, porque ha sido mucho tiempo el que hemos necesitado para contar esta historia, y eso cansa. Habéis sido partícipes y testigos de la creación de una novela que, sin vuestras aportaciones y aliento, no habría llegado a existir. Mi agradecimiento será, como Roma, eterno.
NOTA DE LA TRASCRIPTORA. Eneas y sus troyanos llegaron a las costas del Lacio. Allí pretendieron quedarse y entraron en guerra con sus habitantes, súbditos del rey Latino. Al fin, firmaron la paz y la sellaron celebrando un matrimonio entre Eneas y la hija de Latino. Ambos pueblos se fundieron en uno solo que decidió llamarse a sí mismo pueblo latino. El hijo de Eneas, el niño Ascanio (también llamado Iulo), fundó más tarde la ciudad de Alba Longa. Y de una vestal de Alba Longa nacieron, siglos después, los gemelos Rómulo y Remo, considerados los fundadores de Roma. Con la trágica historia de amor entre Eneas y Dido, los romanos trataron de explicar la rivalidad entre Roma y Cartago, tan intensa, que dio lugar a tres grandes guerras, conocidas con el nombre de guerras púnicas.
NOTA: Gracias a todos los que habéis llegado hasta aquí. Os merecéis un premio, porque ha sido mucho tiempo el que hemos necesitado para contar esta historia, y eso cansa. Habéis sido partícipes y testigos de la creación de una novela que, sin vuestras aportaciones y aliento, no habría llegado a existir. Mi agradecimiento será, como Roma, eterno.
PREMIO PARA LOS LECTORES
*Detalle de cabeza femenina. Museo Massimo alle Terme. Roma.
**Detalle de relieve de una procesión. Ara Pacis. Roma.
***Detalle de relieve en un sarcófago. Museo Massimo alle Terme. Roma.
****Detalle de relieve con figura masculina. Ara Pacis. Roma.
*****El gato Sirio, tal como es en la actualidad. En su casa de Argentina.
******Detalle de pintura mural. Catacumbas de Domitila. Roma.
*******Restos de un mausoleo en la vía Appia. Roma.
********Detalle de relieve con un joven. Museos Capitolinos. Roma.
*********Detalle de decoración exterior en una casa de Vía Coronari. Roma.
**********Premio: detalle de pintura mural de Polidoro y Maturino. Iglesia de San Silvestre al Quirinale. Roma.
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