miércoles, octubre 18, 2017

LA DIOSA ATENEA Y MERCEDES MADRID





“Atenea es una antigua diosa minoica del hogar, que se convirtió en la figura femenina más importante del panteón olímpico. El lugar preeminente que en él ocupa y su grandeza le viene, como ella misma reconoce, de las condiciones especiales de su nacimiento, porque ella es únicamente hija de Zeus, salida no de un útero femenino, sino de la cabeza del soberano de los dioses. Ya se ha visto cómo el nacimiento de esta diosa supuso el golpe de gracia que zanjó para siempre la rivalidad de Zeus con Gea. Con este nacimiento, Zeus se apoderó de la facultad de dar a luz y proclamó el dominio absoluto de los varones sobre la procreación, como corresponde a la ideología patriarcal.”

MERCEDES MADRID. “La dinámica en la oposición masculino/femenino en la Mitología griega”. Premio Emilia Pardo Bazán 1990.

El próximo sábado 21 de octubre, se celebra la XV Jornada de Cultura Clásica de Sagunto, en la que se rendirá homenaje a esta gran maestra. Allí estaremos muchas personas para acompañarla.




jueves, septiembre 28, 2017

DIDO, REINA DE CARTAGO NAVEGA DE NUEVO


Así comienza mi novela: Dido reina de Cartago.



I.–Imilce y Karo





























Me gusta bajar a la playa al atardecer, cuando los pájaros regresan al nido y sus alas se recortan oscuras contra el cielo rosáceo. Hundo los pies descalzos en el agua y dejo a las ondas acariciarme los tobillos. Me hace bien sentir su mansedumbre, oír el griterío de las aves y ver difuminarse en el horizonte la línea que separa mar y cielo. Pocas cosas desasosiegan tanto a una anciana como contemplar el mundo suspendido entre dos luces. A mí, sin embargo, no me atemoriza. Quizá porque es el momento del día más propicio a los recuerdos y, apenas se los convoca, acuden con rapidez.
–Vinieron por allí –le digo a Karo extendiendo el brazo hacia la derecha, en un gesto carente de precisión.
–Me lo has dicho mil veces, señora Imilce –me responde con cierto descaro–. Sal ya del agua, se te van a arrugar los pies.
–¿Más aún? Anda, tráeme el lienzo para secarme. Y recuerda lo que te he dicho. ¿Lo has anotado en la tablilla?
No es mal chico y, según afirma su mentor, tiene buena letra. No pido mucho más: eso, y que sea diligente a la hora de pasar los apuntes a un rollo de papiro para después corregirlos. Algunas personas opinan que pierdo el tiempo. Por ejemplo, mi nuera. Yo le respondo: ¿para qué querría ahorrar tiempo una vieja como yo? ¿Se detendría acaso si me sentase ociosa junto al fuego o pasara las horas quejándome de los mil dolores que me afligen? Ella no me contesta, claro, aunque me dirige comentarios sarcásticos cuando regreso a casa después de mi paseo vespertino. No lo entiende.
Si los dioses me hubieran concedido una hija o una nieta, no me tomaría tanto trabajo: desde niñas les habría repetido una y otra vez la historia de nuestra reina Dido y su fatal encuentro con el príncipe troyano Eneas, como hizo conmigo mi abuela. Con mis hijos ha sido imposible. Son capaces de reproducir, uno por uno, todos los movimientos que han visto en un combate de lucha griega; no se les olvida la lista de los enemigos de Cartago, pero ¡ay! no les interesa conocer a fondo el origen de esas enemistades. Un error que pagaremos en el futuro, porque cuando la bruma del tiempo borre el recuerdo de aquella primera ofensa, no se podrá medir su importancia ni ponderarse si es razonable o no mantener la discordia. El olvido, en estos asuntos, sólo consigue hacer interminable el reguero de agravios.
–¿Me has oído? Anota bien las últimas frases. ¡Creo que he dicho algo importante!
–No puedo hacer dos cosas a la vez, señora Imilce. Y si no te quedas quieta, no tendré manera de atarte las sandalias.
Mis nueras son jóvenes, desde luego, y aún pueden concebir hijas. Sin embargo, ¿quién me garantiza que viviré para verlo? ¿Y si pierdo la memoria o se me embrolla y soy incapaz de relatar lo ocurrido? Prefiero prevenirme. Por eso me llevo a Karo a todas partes y le voy dictando mis recuerdos según vienen. Además, me hace compañía y me alegra su desenfado juvenil. Ya tendremos tiempo luego de ordenarlos mejor. Y si me muero antes, él podrá hacerlo.
–¿Es cierto que tú misma presenciaste la llegada de los troyanos? –me pregunta mientras coge el manto tendido en la arena y me lo coloca sobre los hombros.
–Tan cierto como que te veo a ti ahora mismo. Una gran tormenta había desbaratado su flota, dispersándola por el mar. La nave de Eneas arribó a una bahía un poco más al este, no puedes verla porque está detrás de ese promontorio. El otro grupo de naves, que él creía perdidas, llegó justo aquí. Y en mala hora.
–Yo los odio –dice de pronto, cuando ya hemos tomado la cuesta de camino a casa.
–Pues haces mal. Odiar, odiar… Y seguro que no sabes por qué. ¿Comprendes lo que te decía antes? –le respondo airada.
Me pregunto si existirá un palmo de tierra conocida que no haya sido hollado por algún ser sufriente. Cartago y su playa no son una excepción. La propia reina Dido de Tiro y todos nosotros habíamos alcanzado esta costa huyendo de muchos dolores y traiciones. ¡Qué mujer! No sé de ninguna otra que haya experimentado el amor como ella ni haya padecido tanto por su pérdida.
Durante meses y meses y más meses habíamos navegado por los mares y al desembarcar aquí nos arrojamos al suelo y lo besamos. Yo más bien me caí, porque después de tanto tiempo en el mar me sentía mareada y torpe como un pato al pisar tierra. Ese es uno de mis primeros recuerdos de entonces, tenía poco más de nueve años. Estábamos desfallecidos pero muy alegres. Nos parecía haber llegado al final de nuestro sufrimiento. Y así fue. Hasta que se interpuso Eneas. Y los dioses, es preciso decirlo.
–Según mi maestro, es necesario consultar los augurios para no equivocarnos y actuar siempre según los dictados de la divinidad.
–Nadie conoce la voluntad de los dioses, hijo mío, hasta que se ha cumplido. Y para entonces no hay remedio que valga: suele ser demasiado tarde. La reina Dido era todo corazón. En cuanto a Eneas… No quiero ser injusta con él. Vayamos poco a poco y con prudencia, porque no se ha inventado una balanza para pesar las culpas en los conflictos humanos. Y, ahora, entra en casa delante de mí y, si te pregunta mi nuera, dile que nos ha retrasado un vecino. Nos ahorraremos una disputa.

NOTA: Queridos amigos: esta novela acaba de ser publicada en versión digital por  Punto de Vista Editores. Os pongo la portada y, más abajo, el enlace donde podéis echarle un vistazo si es vuestro gusto. En la columna de la derecha tenéis enlaces a reseñas de esta novela realizadas, en su día, en diversos medios.

viernes, junio 16, 2017

LA IRA DE MEDEA: HISTORIA DE UNA VENGANZA MEMORABLE





Así comienza mi nueva novela corta La ira de Medea:

"Sentada en un escabel, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, Medea exponía sus largos cabellos al sol que, cerca ya del estío, calentaba con vigor y alegría un ángulo del patio porticado. De vez en cuando, la nodriza, colocándose a un lado para no hacerle sombra, le separaba con el peine las largas mechas oscuras a fin de que se secaran poco a poco y por igual. Le gustaba peinarla.

La fortaleza y la brillante negrura del pelo de su señora admiraban a todas las mujeres de Corinto, y, desde su llegada a esa ciudad, diez años antes, habían sido el primer reclamo, la llamada de atención hacia los muchos conocimientos que Medea poseía. La piel de su cara era lustrosa y tersa, tanto que, a pesar de las finas arrugas que brotaban como rayos del borde de sus ojos y unos pliegues diminutos en la comisura de la boca, nadie hubiera dicho que estaba cerca de cumplir treinta años. Era una mujer espléndida, carnal, tan bella e instruida como temible cuando se enfadaba y sus ojos dorados echaban chispas, algo que últimamente ocurría con harta frecuencia a causa de su marido. 

Para desdicha de toda la casa, desde que Jasón se había convertido en consejero del rey Creonte y frecuentaba el palacio real, se había vuelto muy exigente respecto a las comodidades y atenciones que recibía en su propio hogar. Nada era de su gusto, a todo le encontraba defectos. Medea, que ansiaba su aprobación más que el agua y los alimentos, se revolvía entonces contra la servidumbre y les auguraba los más terribles castigos y penas. Que su marido se sintiera cómodo, que recibiera toda clase de consideraciones y agasajos era lo más importante para ella y debía serlo para todos los moradores de la casa. No admitía réplica. 

          —Péiname ya, nodriza. Iremos al mercado. Necesito grano de eneldo y anís. Y ahora miraré cuánta mirra me queda. ¡No hay dama de Corinto que no quiera blanquearse los dientes y tener tan buen aliento como el de la reina Meta! —Le tendió a la nodriza un peinecillo de hueso para sujetarle el moño—. Fue un acierto mencionar que le confeccioné ese preparado a petición de su marido, el rey Egeo de Atenas, y sus relaciones maritales mejoraron mucho. 



Con los cabellos ya trenzados y recogidos en la nuca, Medea se levantó y atravesó el patio para entrar en la pequeña estancia, separada del resto de la casa, donde almacenaba las materias primas y elaboraba las pócimas, bebedizos, fármacos y panaceas que tanta y tan buena fama le habían dado en Corinto. La nodriza la observó, preocupada. Había entrado al servicio de la casa de Jasón para amamantar a Mérmero y después a Feres, los dos hijos del matrimonio, y había llegado a conocer a Medea tanto como si la hubiese amamantado a ella en vez de ser el ama de cría de sus hijos. Le bastaba verle la cara por la mañana para saber si la noche con Jasón había sido o no satisfactoria, si estaba recelosa o inquieta. Su ceño, la vivacidad o pesadez de sus gestos y el grado de oscuridad de sus ojos hablaban por Medea más que las palabras. Y hablaban también por Jasón, pues el humor de la esposa dependía del talante de su marido. No era el mejor día.

 —Niños, despedíos de vuestra madre –el pedagogo salió al patio con ellos. El pequeño, de seis años, se dirigió dando saltos hacia el cuarto de Medea, mientras Mérmero, cuyos nueve recién cumplidos lo obligaban a un comportamiento menos infantil, lo seguía andando con dignidad. Ambos tenían los cabellos rubios de su padre y la elegancia algo felina de su madre. Medea salió a su encuentro y se agachó para besarlos en la frente.

—Dame el peine que le arregle estos rizos a Feres, nodriza —y mientras se los peinaba hacia un lado, añadió—: Nosotras también hemos de marcharnos ya. Tráeme el manto ligero. Y vosotros, queridos míos, portaos bien."
NOTA: Aquí teneís la portada y contraportada de mi nueva novela corta, de la colección mitología Gredos. 

Fotografías tomadas de internet.