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martes, mayo 16, 2006

GALATEA ( y V ).- El tiempo detenido.

Margherita Luti, la hija del panadero, contempla el fresco ya terminado. Rafael le ha contado la historia de Galatea y ella se ha manifestado de acuerdo con la elección que ha hecho él. El mar está repleto de extrañas criaturas. Centauros y caballos marinos anuncian la presencia de la ninfa haciendo sonar las caracolas y dos tritones uncidos a una concha se dejan conducir por ella. Hay ruido y agitación en el agua. Sin embargo, Galatea, con los cabellos agitados por el viento, se mantiene ajena al mundo y a cuanto sucede a su alrededor. Galatea es agua, viento, cielo azul. No es de nadie. Y porque no es de nadie, puede ser de quien la mire. Pero resulta, al mismo tiempo, inasible, intocable. Su esencia divina veda la entrada a los mortales, que sólo la pueden admirar. Es mucho mejor recordarla así, en toda su plenitud y belleza, que evocarla en el trágico instante en que pierde a su amante.
Para la fornarina, la última pincelada que ha dado sobre el fresco el maestro Rafael significa el fin de una etapa dorada. El éxito que le reportará a su amante esta obra, no la consuela. Adiós a las tardes de alegres retozos junto al Tíber, a las cenas con bujías al amparo de la rosaleda, a los amaneceres entre divinidades. Se acabó la estancia en la villa y, con ella, la ficción de vivir en el Olimpo o en el Paraíso, donde no existen las preocupaciones. En cierto modo, le apena también dejar de ver a la ninfa. Se ha acostumbrado a ella y los celos que en algún momento ha sentido por su belleza se han desvanecido. Ninguna mujer mortal puede competir con una diosa.
Eso mismo opina Rafael. Por ese motivo, el retrato de Margherita es tan diferente de Galatea. Lleva el cabello recogido y oculto bajo un turbante. Sus ojos oscuros sonríen directamente, hablan. Su piel es suave y cálida como el terciopelo e invita a ser acariciada. La manera en que mira al pintor crea la ilusión de que es a tí a quien ama, que te espera con tranquila paciencia. Alrededor del brazo izquierdo lleva una cinta con el nombre de él: “Raphael Urbinus”, pero no es sólo de él. Es mortal y está al alcance de los mortales: ríe, llora, siente, ama. Margherita está viva y en el mundo. Es el mundo.
A ella se entrega el maestro Rafael como no hubiera podido entregarse a una ninfa. Para ella son sus besos, su pasión, su arte, su espíritu, todo él. Y al igual que le ocurrió a Atis, la muerte vendrá a buscarlo sin aviso, cuando más descuidado esté, entregado a los goces del amor en brazos de Margherita. Faltan para ello poco más de dos años. Poco tiempo. Y si es cierto que los mitos representan lo que ocurre en el mundo, quizá el maestro Rafael intuyó lo que iba a pasarle o quiso conjurar el peligro suspendiendo el avance del tiempo en torno a Galatea, deteniéndolo antes de que la muerte viniera a arrebatarle la felicidad. Lo mismo podría decirse del retrato de su amada.
Hoy podemos contemplar a la ninfa y a Margherita en todo su esplendor, sin rastro del sufrimiento que padecerán en el trágico instante en el que cada una de ellas perderá a su amante. Así es como él quiso retratarlas, como él las vio.
* Fesco "El triunfo de Galatea" de Rafael. Villa Farnesina
* Retrato de Margherita Luti de Rafael. Palacio Barberini

viernes, mayo 12, 2006

GALATEA ( IV ).- Polifemo, Galatea, Acis

Cuando caen las sombras sobre el jardín de la villa de Agostino Chigi y la oscuridad diluye todos los límites; cuando la noche toma posesión de su reino sin distinguir dentro y fuera, antes y después, realidad y quimera, se escucha el rugido de aflicción de Polifemo. Un grito bronco, profundo y largo, tan dolorido como amenazante. El gigante se ha transformado en una fiera que brama y lanza zarpazos al aire. Incapaz de contener su furor, golpea los peñascos con los puños cerrados, arranca árboles y los arroja por los precipicios. Las alimañas se esconden en lo más recóndito de sus guaridas. La tierra se estremece.
Ajena a la violencia que se avecina, la ninfa Galatea emerge del mar. Se regocija unos instantes en la espuma con que las olas la obsequian y ordena a sus tritones que la conduzcan hasta la orilla donde la espera Acis. Hace unos días que las flechas de Eros la han alcanzado en pleno corazón y lo ha perdido. Ahora es de Acis, un hombre hermoso y deslumbrante como el nácar de las conchas marinas. Sus ojos de color miel la atraen como a una abeja, sus brazos prometen vigor y dulzura y la ninfa arde en deseos de probar su boca. Él sale a su encuentro y la toma de la mano. Se miran y miran a su alrededor. La playa está solitaria bajo el sol del mediodía y, a corta distancia, unas rocas se agrupan en forma de media luna y ofrecen sombra a un lecho arenoso. Ese va a ser su tálamo nupcial.
El único ojo de Polifemo gira y gira enloquecido. Saltando de peña en peña, el gigante recorre la costa en busca de los amantes. Calas, rocas, bahías, cuevas, nada escapa a su escrutinio. Su furor es creciente. Él mismo lo alimenta con ideas feroces cuando siente que el cansancio lo aplaca. Por fin, cerca del atardecer, los descubre. En su delirio piensa que Acis le está robando los besos que eran para él, las caricias que le pertenecían. Galatea es suya y solo suya, nadie se la arrebatará. Coge entonces una de las rocas que les daba cobijo y la levanta por encima de su cabeza antes de proferir un espantoso grito. Galatea y Acis se ponen en pie de un salto. Apenas tienen tiempo de reaccionar al peligro. Corren hacia el agua, pero ya Polifemo ha lanzado la roca contra Acis y éste sucumbe aplastado por ella.
De noche, en la logia de la villa Farnesina en la que están pintados, aúlla como las fieras acorraladas Polifemo. Galatea finge no oírlo. No siente compasión por él y ésta es la única manera que tiene de castigarlo. Cuando el gigante mató a Acis, ella, deshecha en llanto, le preguntó a gritos por qué. Y cuando le contestó que estaba enamorado de ella, la ninfa se abrazó al cadáver de su amante y respondió a su asesino: tu nunca me has amado.

* Jardín de la Villa Farnesina.

** Detalle del fresco "El triunfo de Galatea" en la Villa Farnesina


martes, mayo 09, 2006

GALATEA ( III ).- Margherita envidia la belleza de la ninfa.


El maestro Rafael conoce bien el amor, sus placeres y sus contratiempos, por más que él mismo haya padecido pocos. Adora a Margherita y ella le ama también. Nada más puede pedirse. Eros lo ha favorecido siempre, pero el maestro sabe que el amor tiene a veces un sabor amargo. También para los dioses. Como testimonio de esa verdad, en la pared de enfrente está pintado, semisalvaje y huraño, el gigante Polifemo, mientras él, por su parte, se dispone a pintar a la ninfa Galatea, la fascinante criatura de la que aquel está enamorado. Un drama terrible. Aunque Rafael no es más que un simple mortal, siente piedad por los dioses. No está en sus manos cambiar la fábula, pero sus pinceles pueden detenerla, congelar la acción en el instante preciso que él elija. Y ha decidido plasmar a Galatea en todo su esplendor, antes de que se le derrumbe el mundo.
Margherita ya puede ver el rostro de la mujer contra la que van a dispararse las flechas. Son tres los amorcillos que vuelan sobre ella y afinan la puntería. Aunque alza la cabeza y la vuelve ligeramente hacia atrás, Galatea no advierte el peligro. Es como si hubiera escuchando algo y tratara de descifrarlo. ¿Acaso ha sentido un batir de alas, o el leve siseo de las flechas al rozar contra el arco? Sea lo que fuere lo que ha llamado su atención, no le ha causado miedo. Su rostro es sereno. Y tan bello, que por un momento la fornarina siente celos de su hermosura y le disgusta que su amante la haya imaginado tan diferente de ella.
- Galatea no es rival para ti – le dice riéndose Rafael, cuando baja del andamio y advierte que está malhumorada. La besa en el cuello, le mordisquea la oreja y la abraza con fuerza hasta que Margherita se rinde a sus caricias y vuelve a sonreír.
Rafael no miente. Cuando trabaja puede imaginar ninfas, diosas, madonnas y santas, seres perfectos, exquisitos, porque ama la belleza y desea que otros la amen también. Pero su carne y su piel exigen el contacto con otra piel humana, unos ojos que no miren al cielo, sino a él. Quiere sentir calor, una voz, un cuerpo estremecido. Pintar y vivir, aun estando entremezcladas, son cosas diferentes. La pintura es un espejismo. O un espejo.
El maestro ha escogido para Galatea un momento glorioso. Sin embargo, no podrá impedir la desdicha de la ninfa, ni la de Margherita.

* Autorretrato de Rafael en el fresco "La escuela de Atenas". Vaticano

*Detalle del fresco "El triunfo de Galatea". Villa Farnesina

domingo, mayo 07, 2006

GALATEA ( II ).- Amorcillo en el aire



El verano del año del Señor de 1517 quedaría grabado para siempre en la memoria de Margherita. Desesperado porque las semanas pasaban sin que Rafael adelantara con las pinturas que debían decorar su villa, Agostino Chigi había tomado una drástica medida. Puesto que el pintor no se concentraba en su tarea y continuamente la abandonaba para ir a ver a Margherita, ordenó que la joven se instalase en la mansión y permaneciera cerca del maestro. Así se había iniciado aquel placentero estío, el más feliz de su vida. Caminar por aquellos salones como si fueran suyos; sentarse a la orilla del Tíber y ver las barcas cargadas de mercancías deslizarse por el río sin tener ella misma nada que hacer; oír al mediodía la voz urgente de su amante que la llamaba desde la refrescante sombra de un pino; responder a sus risas y sus besos y discutir sobre quién amaba más a quién, mientras se quitaban mutuamente la ropa.
Muchas veces ella se sentaba en la logia a observarlo. Acostumbrada a ser su modelo, siempre lo había visto trabajar de frente y era curioso contemplarlo ahora de espaldas, su cuerpo menudo moviéndose febrilmente sobre el andamio y dando órdenes a sus ayudantes aquí y allá. Margherita fue testigo del nacimiento de la Galatea. Lo primero que vio fue un cielo azul surcado por nubes tan livianas que parecían moverse y otra, más blanca y espesa, tras la que se ocultaba un amorcillo con un haz de flechas. ¿Para qué serán? Su padre le ha enseñado el truco para ligar la masa y sacar un pan crujiente y perfecto, pero la fornarina no está muy versada en asuntos mitológicos. ¿Y quién lo está? Los eruditos y literatos, los artistas – desde luego – y los grandes señores que les hacen encargos. Ellos comprenden lo que quieren decir esas fábulas antiguas y, a través de ellas, se transmiten mensajes cifrados. Dicen que son hermosas, que lo que ocurre en ellas sirve para explicar lo que pasa en el mundo. Puede ser. A Margherita no le importa demasiado. Pero siente curiosidad al ver en pleno vuelo a otro amorcillo, mucho más peligroso que el que se oculta entre las nubes: está claro que las flechas son para surtirle a él. De hecho, va armado con un arco y lo tensa tanto, que la aguda saeta está a punto de salir disparada. Estremece pensar en qué cuerpo, en qué corazón irá a clavarse ese dardo.
* Retrato de "La Fornarina", de Rafael. Galería Nazionale d'Arte Antica. Palacio Barberini
** Detalle del fresco "El triunfo de Galatea", de Rafael. Villa Farnesina

viernes, mayo 05, 2006

GALATEA ( I ).- Un lugar para la Galatea


Es casi mediodía. El agua del Tíber baja brillante y espesa, rumorosa bajo un cielo sin nubes. Una mujer de paso apresurado atraviesa la Porta Setimiana y se adentra en la vía della Lungara. La adelantan algunas carretas que traquetean bajo el peso de la madera, las piedras, la arena y otros materiales de construcción con destino a las obras del Vaticano. La mujer llega a una larga tapia de ladrillo, se detiene ante una puerta, la golpea con el puño cerrado y espera a que le abran.
- Buenos días, señora Lutti – la saluda el portero. Y le indica que el maestro la espera en la logia del jardín.
La luz radiante inunda los altos arcos a través de los cuales la mansión se asoma al jardín o quizá es el jardín el que, con sus aromas y sus sombras frescas, penetra en el edificio y lo hace suyo. El olor de las rosas y de los cipreses se entremezcla en la logia con otro indefinible: huele a nuevo, a obra reciente en la que no se han acabado de secar los materiales. El suelo es un revoltijo de herramientas y útiles de pintor. Sobre una mesa de caballete se amontonan los dibujos, cartones, tarros con pigmentos en polvo, morteros y pocillos para mezclar los colores. Varios muchachos los preparan y, sentado en lo alto de un andamio de madera, sin hacer nada, está el maestro Rafael. Baja a toda prisa, con una exclamación de alegría, cuando ve llegar a Margherita. Se le acerca corriendo, le toma las dos manos y se las besa.
Los aprendices intercambian miradas de entendimiento y risitas bobas. Uno de ellos imita el gesto del maestro y los demás se tapan la boca para sofocar las carcajadas. Desde esta mañana el pintor está ocioso y no hace otra cosa que enviar a uno u otro a asomarse a la calle para ver si viene la señora Lutti, popularmente conocida como la hija del panadero, la fornarina. ¡Pues aquí está! Habrá que ver si ahora el maestro retoma la faena. Hace una semana que decidió modificar el plan inicial de las pinturas de esta estancia. Va a pintar a la ninfa Galatea en un hermoso paño de pared. Con esta decisión Rafael rompe la secuencia decorativa de la logia. ¿Y qué más da? Es el maestro por excelencia y al dueño de la casa, el acaudalado banquero Agostino Chigi, le parece una buena decisión. Sí, es un lugar perfecto para la Galatea.
* Puerta Setimiana y via della Lungara