domingo, marzo 30, 2008

LA FIESTA DE LA BONA DEA HA RESULTADO UN DESASTRE (16)


Domus publica en el Foro.

El fuego del altar ha devorado la túnica y los objetos que habían tocado la piel de ese hombre sacrílego y Terencia no ha podido evitar un escalofrío de desasosiego cuando le ha llegado el turno a la peluca. Ver ennegrecer, retorcerse y crepitar esos cabellos que hasta hace pocos días adornaban su propia cabeza, se le antoja nefasto. Además no ha podido hablar del asunto con su hermana Fabia y seguramente le será imposible hacerlo a lo largo de la noche. La Vestal Máxima ha delegado en ella el repetir, desde el principio, todos los ritos en honor de la Bona Dea en un intento de salvar la ceremonia sacra.

Un esfuerzo condenado al fracaso. Se ha estropeado todo. Al nerviosismo, la rabia y confusión de los primeros momentos, le ha seguido un período de abatimiento generalizado, una sensación de infortunio y tristeza. Ninguna matrona tiene ánimos para danzar y apenas beben de sus cuencos de leche. Las ancianas lloran en silencio y muchas jóvenes se desmoronan sobre divanes o banquetas. No pueden marcharse de la domus publica, porque aún es de noche, pero desearían salir huyendo de este lugar para refugiarse en sus hogares. Es muy grave lo ocurrido: desairar y ofender a las divinidades suele costar muy caro. Y si la Bona Dea les vuelve la espalda, nadie sabe cuántas desgracias pueden abatirse sobre Roma.


Sin embargo, con el transcurso de las horas, el aturdimiento y los efectos perturbadores del vino se desvanecen y en sus mentes comienzan a rebullir las sospechas. ¿Pudo haber entrado ese hombre sin ayuda? ¿Lo ha dejado pasar alguien intencionadamente? ¿Y qué pretendía? ¿Qué hubiera hecho de no haber sido sorprendido por azar? ¿Por qué la noble Aurelia se ha retirado a su cuarto con Pompeya y tardan tanto en salir? La madre de ésta, la noble Cornelia Sila, y la Vestal Máxima han entrado tras ellas y tampoco salen.

Cada interrogante, lejos de obtener respuesta, abre otro nuevo. No es un secreto que Pompeya y Clodio son amigos. Muy amigos. Quien sabe si no lo habrían planeado entre ambos. Tal vez deseaban aprovecharse de la ausencia del esposo. La sola idea escandaliza a unos corazones mientras en otros produce una satisfacción maligna. Las matronas romanas no son ajenas a los conflictos y rivalidades de los hombres y así, más allá del miedo por las consecuencias del sacrilegio, cada cual encuentra motivos para lamentarse o alegrarse: este escándalo afectará inevitablemente a la carrera política de Cayo Julio César y a sus partidarios, y muy especialmente a Clodio, cuya influencia sobre la plebe es temida por muchos. Se forman corrillos y los comentarios se realizan en voz baja para evitar que lleguen a oídos de Clodia.

Al principio, Clodia se ha encarado con su amiga Antonia y ha negado tajantemente que su hermano fuera el intruso. La ha acusado de dañar sin fundamento la reputación de un hombre honorable, de lanzar imputaciones falsas sin el menor indicio. Antonia se ha defendido diciendo que si, que quizá estaba equivocada, pero a ella le había parecido Clodio y no había podido evitar pronunciar su nombre. Y muchas matronas pensaban lo mismo. Ha sido una discusión muy tensa tras la cual Clodia se ha retirado a un rincón y se ha encerrado en un total mutismo.

Cuando las luces del amanecer traspasan la tela del toldo que cubre el peristilo, ella es la primera en salir al atrio y ordenar a la esclava de la puerta que compruebe si ha llegado ya su litera. Y así, sin despedirse de las anfitrionas, las matronas de la nobleza romana abandonan a toda prisa el escenario del sacrilegio.

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De la noble Aurelia en la domus publica del foro a su hijo, el Pontífice Máximo Cayo Julio César, de camino a Roma desde el Pincio..

Ha ocurrido algo muy grave y debes venir a casa sin dilación y sin detenerte en ningún sitio. Se ha cometido un sacrilegio durante la fiesta de la Bona Dea y te concierne como Pontífice Máximo. Temo, incluso, que te afecte como esposo. La Vestal Máxima está conmigo. No tardes.
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De la noble Cornelia Sila en la domus publica del foro, a su esposo el noble Quinto Severo en su villa de la via Appia. Salud.

Ven inmediatamente a Roma, por favor. Mi hija Pompeya está en un aprieto y te necesito. Esta noche la hubiera matado de buena gana y no puedo afirmar que no lo haré en cuanto expida esta nota. Mándame aviso a la domus publica en cuanto llegues y espera en casa mis noticias.
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Nota verbal de la Vestal Máxima a las vírgenes vestales.

La Vestal Máxima ruega a todas que os abstengáis de salir de la Casa de las Vestales y de comentar con otras personas lo ocurrido en la fiesta de la Bona Dea, hasta que ella misma haya hablado con el Pontífice Máximo.
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De la noble Terencia, en su mansión del Palatino, a su hermana, la Vestal Fabia, en la Casa de las Vestales. Salud.

Debes acudir a mi casa enseguida para aconsejarme, querida Fabia. Toda Roma se ha enterado ya del sacrilegio y necesito contarte una cosa en relación con esto que no puede ser puesta por escrito. Sólo te diré que quien robó mi peluca no fue el gato.
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Del senador consular Marco Tulio Cicerón, en su mansión del Palatino, al noble Celio en su casa del Quirinal, junto a la muralla.

Te supongo ya enterado de la trastada que ha hecho Clodio, colándose vestido de mujer en la fiesta de la Bona Dea. Me he llevado un gran disgusto. Si vas a verlo a casa de su hermana, dale ánimos de mi parte. Yo, por razones obvias, no debo ir. Es preferible que me mantenga a distancia para evitar críticas e interpretaciones retorcidas. Ahora todo el mundo estará pendiente de saber quién apoya a quién.


Domus publica en el Foro. Dormitorio de Cayo Julio César y Pompeya.

Pompeya se tumba de nuevo sobre el lecho después de devolverle a la esclava el tazón del caldo que acaba de beber. Tiene los ojos enrojecidos e hinchados de llorar, está despeinada y pálida. Su madre insiste en que debe quitarse la túnica de la pasada noche y sustituirla por ropas harapientas y toscas. Debe mostrar pesar delante de su marido.

- Ahora no querrá regalarme el collar de perlas ¿verdad? ¡Todo por culpa de Clodio!

Cornelia Sila levanta los brazos y lanza un bufido. Le desespera esta hija suya. Nunca ha sido inteligente, pero en las últimas horas parece haberse vuelto rematadamente tonta. Ni siquiera el interrogatorio al que la han sometido Aurelia y la Vestal Máxima le ha ayudado a comprender la situación. Estaba asustada. Ha llorado mucho jurando que no tenía nada que ver con el intruso. Se ha enredado y ha dicho mentiras. Pero ni aún así ha logrado entender que pueden acusarla de ser cómplice del sacrilegio.

- No vuelvas a nombrar a Clodio ¿me oyes? Tú no sabes quién era el intruso. Iba disfrazado. Y además…

- Señora – interrumpe una esclava entrando – tu marido, el Pontífice Máximo, está aquí. Y necesita verte en su despacho en cuanto termine de hablar con la Vestal Máxima. Te ruega que estés lista para acudir.
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NOTA 1. En la revista digital de la editorial Kala, sección "sospechosos", han incluido mi relato "El amor y la vida". Dejo aquí el enlace para quien tenga deseos de visitarla y, en su caso, votarla.
picando en este enlace, sale directamente la sección. En el botón, sale la página principal . http://kalaeditorial.com/site/index.php?option=com_content&task=blogcategory&id=20&Itemid=51


Kala Editorial


NOTA 2: Quiero agradecer a MaLena y a Daniela el haberme concedido un premio al esfuerzo femenino.

Por mi parte, se lo otorgo a:
Gloria, Trenzas, Laura l. caffaratti, Lady read morgan, Lady zurikat, Charo marco, Gabriela zayas y Leodegundia en representación de todas las demás bloggeras, amigas queridas, que también se lo merecen.



En el primer comentario, incluyo también las respuestas a un Meme que me envió Medraina


*Detalle de relieve de una mujer con serpiente. Calle en Ostia Antica.
** y ***Detalles de pinturas de L. Alma-Tadema.
****Detalle de escultura femenina. Museos Capitolinos. Roma.
*****Columnas en el foro de Ostia.
******, ******** y ********* Detalles de un pavimento en Ostia.
*******Detalle de la boca en un retrato de Livia. Exposición en el Ara Pacis. Roma.
********** Detalle de una escultura femenina. Exposición en el Ara Pacis. Roma.
***********Nubes en Roma.

martes, marzo 25, 2008

EL SACRILEGIO HA SIDO DESCUBIERTO (15)

Dormitorio de Aurelia. Peristilo de la domus publica

Ni en los instantes de mayor peligro en el combate, cuando a su alrededor las armas chocaban produciendo un chasquido mortal y el aire se desgarraba con los aullidos de los agonizantes, ni cuando el mar estaba tan furioso que parecía querer engullir la nave en la que viajaba con otros soldados, ni cuando le sorprendió aquel incendio dentro de un almacén en el puerto de Nápoles, ha experimentado Clodio el pánico que siente en este momento. La palabra gritada por Aurelia: “¡Sacrilegio!”, le ha helado el corazón de espanto. Los bramidos de ira y las garras de Antonia aferradas a sus hombros pierden para él importancia y su voluntad se concentra ahora en una sola idea: salir de la domus publica sin ser reconocido.

No tiene ya sentido fingirse una mujer, así que hará uso de toda su fuerza bruta. Agarra las manos de Antonia por las muñecas y tira de ellas con violencia para zafarse. Antonia da un traspiés y pierde el equilibrio, cayendo hacia un lado. Clodio se yergue y con el brazo izquierdo aparta a la anciana Aurelia y sale al peristilo. Las mujeres han acudido hacia allí al oír el escándalo, aunque sólo son figuras vacilantes y turbadas, los ojos empañados por la bebida. Por un instante los ojos de Clodio se cruzan con los de su hermana y los de Pompeya. Lee en ellos el mismo horror que siente dentro de su pecho, idéntico pavor. Y, espoleado aún más por la conciencia del peligro, se arranca de un tirón la túnica.

- ¡Dejadme pasar! – grita. Y su voz, tan conocida por muchas de las damas presentes, lo delata.

- ¡Es Clodio! – dice a sus espaldas Antonia. Y muchas gargantas repiten – ¡Clodio, Clodio! ¡Sacrilegio!

A empujones se abre paso por entre las matronas, inicia una breve carrera atravesando el patio hacia el triclinio y, de un salto, se agarra al alero del tejado. Consigue izarse a pulso sobre las tejas y su cabeza tropieza con el toldo que cubre el peristilo. Se le cae la peluca. Las mujeres no dejan de gritar y gritar. Las esclavas corren de un lado para otro, pero no tienen estatura ni fuerza suficiente para subir al tejado y alcanzarlo. De un fuerte tirón, Clodio arranca una de las cuerdas que sujetan el toldo y con ello consigue el hueco suficiente para sacar el cuerpo. La última imagen que tienen de él las matronas son sus piernas desnudas desapareciendo. Intuyen que saltará al tejado de la Casa de las Vestales y por él tratará de llegar a la Via Nova. Pero no hay hombres en la casa que puedan salir en su persecución y la noche es oscura y peligrosa.

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Peristilo de la domus publica. Parte central, junto al altar de la Bona Dea.

La Vestal Máxima, quien a pesar de los gritos de Aurelia no había interrumpido el ceremonial de purificación del cuenco de vino de la noble Antonia, a fin de no añadir al mal augurio un agravante más, aún ha podido darse cuenta de lo acontecido. Desde el altar, ha presenciado con impotencia la huida de ese hombre y ahora debe decidir qué hacer. Jamás en la historia de Roma se había producido un suceso tan grave en la fiesta de la Bona Dea, no hay antecedentes a los que recurrir. Las matronas se dirigen a ella en busca de amparo y consuelo, es preciso darles una respuesta inmediata. Tras unos instantes de reflexión, con la mayor serenidad alza ambos brazos y pide calma.

- Quien ha profanado nuestros ritos recibirá su castigo, no lo dudéis – afirma con autoridad – porque así lo exigiremos al Senado de Roma.

Las matronas asienten y muchas voces se levantan gritando el nombre de Clodio. A Clodia casi no le sostienen las piernas, siente la cabeza como un torbellino que gira y gira en la oscuridad, pero su voluntad se esfuerza por no quebrantarse: su hermano la va a necesitar más que nunca, y ella está dispuesta a jurar una y otra vez que el hombre disfrazado de mujer no era él. A su lado, Pompeya está pálida y temblorosa.

- Traed acá ahora mismo todo lo que haya dejado tras de sí el sacrílego – ordena la Vestal Máxima.

Las esclavas entran en el dormitorio de Aurelia y retiran del pavimento la bola de tela que le cayó en su forcejeo con Antonia, el cuenco volcado en un rincón, el sistro, cuyos alambres han sido pisoteados y están torcidos. Ya en el perisitilo, recogen la túnica desgarrada en la que aún están prendidas las fíbulas. Las matronas abren un pasillo para dejar pasar a las esclavas, quienes sujetan todo ello como si les quemara en las manos, y lo colocan en el suelo a los pies de la Vestal. Alguien señala entonces hacia el tejado, de cuyo borde cuelga la peluca. Con una de las varas largas usadas para remover y mezclar el vino con la sangre de las serpientes, tratan de rescatarla.

La noble Terencia, en pie a pocos pasos, observa la operación. Sus ojos se sienten atraídos por la peluca. Esos rizos… Ella siempre lleva el cabello recogido en un moño, es mucho más tradicional y elegante, pero juraría que esos bucles sueltos son tan amplios como los de la peluca que le robó el gato hace unos días. Parecen de idéntica longitud. Y del mismo color. Cuando por fin consiguen engancharla con la punta de la vara y la peluca se gira, Terencia sofoca un grito, tapándose la boca: los rizos que caerían sobre la frente son diminutos y muy acaracolados, justo como había ordenado cortarlos a su ornatrix. ¡Ahora sabe con certeza quién le robó su peluca!

Hace gestos con la cara tratando de llamar la atención de su hermana Fabia, pero ésta permanece al lado de la Vestal Máxima y no se da cuenta. Aunque su pecho indignado echa más humo que un caldero en el fuego, la noble Terencia no se atreve a decir que la peluca es suya sin consultar con su hermana. ¡Quién sabe si tal declaración se volvería en su contra! Se pone de puntillas y alarga la cabeza para tratar de ver a Clodia, la odiada Clodia, y recibe una satisfacción: a esa estúpida presumida y coqueta que quiere robarle a su marido, se le ha quedado la cara del color de la ceniza y poco faltará para que se caiga desmayada al suelo.


Mientras tanto, la Vestal Máxima, que había ordenado despedazar la túnica dorada, ha empezado a quemar los trozos en el fuego sagrado de la Bona Dea implorando a la diosa que tome esta ofrenda como un anticipo de la destrucción a la que será sometido el sacrílego.

- ¡Pompeya! –. El tono seco y áspero de Aurelia suena en los oídos de su nuera como el chasquido de un látigo –. Ven ahora mismo a mi cuarto. Hemos de hablar.
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* Detalle de pintura techal. Anibale Carraci. Palacio Farnese. Roma.
**Detalle de pintura de L. Alma-Tadema.
***Detalle de escultura masculina representando a Hércules. Museo Centrale Montemartino. Roma.
****Detalle de pintura mural. Sacrificio de Ifigenia. Museo Arqueológico de Nápoles.
*****Detalle de relieve. Museo Massimo alle Terme. Roma.
******Cabeza femenina. Museo Massimo alle Terme. Roma-
*******Detalle de escultura femenina. Decoración de la fachada del Museo del Prado. Madrid.
********Detalle de pintura mural. Palacio Farnese. Roma.

martes, marzo 18, 2008

LA VESTAL MÁXIMA PRONUNCIA EL NOMBRE SECRETO DE LA BONA DEA (14)


Peristilo de la domus pública, justo al lado de la habitación de la noble Aurelia.

Al oír la voz de Antonia a sus espaldas, Clodio reacciona instantáneamente sin darse tiempo para pensar: desde el pasillo donde se esconde hay cuatro o cinco pasos hasta el persitilo, pero él salva esa distancia en dos zancadas, tan amplias como le permite su fina túnica dorada. Se arrima a la pared de la izquierda ocultando al mismo tiempo el sistro y bajando la cabeza para evitar que las matronas le vean el rostro.

Una precaución innecesaria, porque Antonia irrumpe tras él como una tromba de agua con su túnica verde y atrae sobre sí toda la atención. El vestido que le ha prestado Pompeya le queda muy ceñido, ya que su senos y caderas son mucho más generosos, pero lejos de resultar ridícula, su figura parece realmente seductora. Las matronas jóvenes la examinan con interés y simpatía. Y no sólo porque el cotilleo más fresco de la noche es su sonada pelea con su marido Marco Antonio, sino porque la bronca parece haberle sentado muy bien. Las mejillas arreboladas dan un toque de viveza a su rostro y los rizos del cabello, un poco desordenados, le añaden frescura. Toda ella exhala un hálito de firmeza y determinación.

- ¿Un poco de leche, señora?

Clodio levanta la vista y ve ante él a una esclava con una gran bandeja llena de cuencos. Sin contestar, toma uno de ellos y bebe. Le arde la garganta: es vino sin rebajar con agua y, además, muy fuerte. Quizá lleve añadido algún brebaje. Vuelve a levantar el cuenco y da un largo trago: su corazón late tan deprisa que no necesita ningún estimulante, pero quizá el vino le ayude a calmar los nervios. Además, el cuenco viene a ser como una máscara, pues le oculta gran parte de la cara al mismo tiempo que le permite ver. Allí, en el centro del persitilo, cerca del altar, está el objeto de su deseo, la hermosa Pompeya. Esta noche tiene que ser suya. La sola idea lo excita de tal modo, que ha de cubrirse con el sistro el bajo vientre, aún a riesgo de que el instrumento también lo delate.

Algunas jóvenes matronas bailan en torno al altar. No es un baile armonioso ni parece seguir pautas conocidas. Es, más bien, un movimiento ondulante en el que brazos y cabezas se agitan y alternan fases lentas, cadenciosas, y otras frenéticas. La Vestal Máxima sacrifica una nueva serpiente ofrecida por Clodia y, en ese momento, Clodio se percata de que la sangre que se recoge del altar es inmediatamente volcada al interior de un ánfora de vino, removida mediante una vara larga y servida en los cuencos. Se le revuelven las tripas y una arcada lo hace doblarse en dos. A tientas, busca apoyarse en la pared y su mano tropieza con la cortina que cierra una de las estancias. Es su mejor opción en este momento. Ruega a los dioses que nadie se de cuenta, y entra en el cuarto.

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Peristilo de la domus publica. Parte central, junto al altar de la Bona Dea.

- ¿Y estás segura de que fue Marco Antonio quien te robó toda tu ropa? – pregunta incrédula Clodia – ¿Por qué habría de hacer una cosa semejante?

- Te aseguro que sí – responde Antonia –. En cuanto a sus motivos, sólo se me ocurre uno: es un borracho imbécil y necesita dinero. ¡Podría pedirlo prestado, como todo el mundo, pero debe resultarle mucho más agradable fastidiarme a mí!

- No digas eso, querida Antonia – interviene Pompeya –. No el día que celebramos a la Bona Dea. Además, aunque yo pensaba que el color verde te sentaría fatal, lo cierto es que estás pasable.

- Pompeya, querida, no podéis quedaros ahí hablando todo el tiempo – dice la noble Aurelia, que se ha acercado a ellas sin que se dieran cuenta –. Vamos, bebed y bailad. Las más viejas estamos muy limitadas, así que es responsabilidad vuestra celebrar a la diosa como es debido.






Muchas matronas bailan cogidas de las manos, otras giran sobre sí mismas como peonzas con la cabeza echada hacia atrás y los ojos entornados. Hay gritos agudos cada vez que se sacrifica a una serpiente y se abre una nueva ánfora de vino. Las esclavas no dan abasto a repartir los cuencos. Sobre las ramas de pino y ciprés que arden en el altar, la vestal Fabia arroja de vez en cuando puñados de un polvo oloroso que vuelve el ambiente cada vez más denso. Las músicas elevan el volumen y el ritmo y ellas mismas mueven las caderas adelante y atrás, imitando las sacudidas del coito. Dos o tres danzantes jóvenes se han soltado los cabellos y parecen hallarse en trance.

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Dormitorio de la noble Aurelia.

Apartando ligeramente la cortina que cierra la entrada del dormitorio en el que se ha refugiado, Clodio observa el panorama. Se ha tranquilizado un poco. De seguir así la fiesta, las matronas no tardarán en caer exhaustas. Él mismo se siente un poco mareado. Es ese maldito humo, del que no se libra ni allí dentro. Se sienta en un escabel. Si quisiera, esta noche podría engendrar hijos en todas las damas de la nobleza. Y, de pronto, le entra la risa. ¡Así que esto es lo que hacen las matronas en la fiesta de la Bona Dea! Las virtuosas, formales y encumbradas matronas se contonean como prostitutas y beben en una noche más vino que una legión romana en todo un año. ¡Con razón arman tanto jaleo para que estos ritos sean secretos…!

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Peristilo de la domus publica. Parte central, junto al altar de la Bona Dea.

La Vestal Máxima se coloca delante de altar y alza las manos. Las músicas, a su izquierda, cesan bruscamente la melodía y comienzan otra grave y solemne, a la cual adaptan sus movimientos las danzantes. Todas las asistentes, jóvenes y viejas, se ponen en pie, sujetando entre las manos sus cuencos.

"Oh, Bona Dea, protectora
de las matronas romanas,
te invocamos ahora
con tu nombre secreto,
el que nadie, salvo nosotras,
debe saber.
Molani, Molani, Molani,
bendice nuestros vientres
con numerosos hijos,
procúranos partos livianos
y con poca sangre,
cuida de Roma y de nosotras,
y nosotras te honraremos
siempre a ti."

La fíbula de bronce que sujeta la túnica de Antonia, se desprende y cae dentro de su cuenco de vino. Es un mal presagio y quienes están a su alrededor se espantan. La noble Aurelia lo ha visto y reacciona con rapidez: le quita de las manos el cuenco, lo desposita sobre el altar y pide a la Vestal Máxima que lo purifique. Sin perder tiempo, coge a Antonia de la mano y se la lleva consigo hacia su dormitorio, diciéndole que le va a proporcionar enseguida otra fíbula. Todo ocurre muy deprisa. Aurelia aparta la cortina que da paso a su dormitorio, y se encuentra casi de frente con una mujer desconocida. Ambas se sobresaltan y se miran. Aurelia se desconcierta al ver el rostro de la mujer demudado por el espanto. En ese mismo momento, Antonia grita:

- ¿Quién eres? ¿Y de dónde has sacado esa túnica dorada? ¡Es mía! – . Toda la irritación que ha contenido hasta ahora, estalla. Ciega de furia y vino, se lanza contra esa mujerzuela para recuperar su túnica.

Clodio hace esfuerzos desesperados para zafarse de las iras de Antonia. En el forcejeo, se le desgarra uno de los tirantes y cae al suelo una bola de tela, dejando al descubierto su pecho liso. Aurelia comprende enseguida la situación.

- ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! – grita con todas sus fuerzas. Y tiembla el peristilo de la domus publica.
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* Detalle de cabeza femenina, retrato de Antonia Menor. Museo Massimo alle Terme. Roma.
**Músicas. Detalle de un cuadro de L. Alma-Tadema.
***Dos damas. Detalle de un cuadro de L. Alma-Tadema.
****Detalle de una mujer danzando. Pintura mural en Pompeya.
*****Detalle de mosaico. Museo Massimo alle Terme. Roma.
******Detalle de escultura femenina. Decoración de la fachada del Museo del Prado. Madrid.
*******Detalle de relieve con una mujer danzando. Museo Massimo alle Terme. Roma.
********Figura femenina con una máscara. Museos Capitolinos. Roma.
*********Cielo nuboso sobre el Capitolio. Roma.

jueves, marzo 13, 2008

POMPEYA DA COMIENZO A LOS RITOS (13)




Peristilo de la domus publica del Foro. Fiesta de la Bona Dea.

La Vestal Máxima y la vestal Fabia han sido las últimas en llegar y se detienen en el atrio a charlar un poco con la noble Aurelia. Una circunstancia que su nuera Pompeya aprovecha hábilmente para salir huyendo. ¡Bastante ha hecho ya con recibir a todo el mundo al lado de su suegra y aguantar sus miraditas de advertencia o reproche! Se adentra en la casa deslizándose entre las matronas y repartiendo sonrisas, mientras busca con la mirada a Clodia.

En el peristilo no cabe un alma más. A regañadientes, ha de reconocer que Ojos de Sapo ha tenido una buena idea al hacer cubrir con una tarima de tablas el estanque del centro. De otro modo, hubiera sido difícil que cupiesen tantas matronas. Las de mayor edad ocupan los asientos bajo el porticado y charlan animadamente de sus achaques mientras de pie, aquí y allá, las más jóvenes forman pequeños grupos que se saludan y comentan las últimas noticias. En el gran triclinio*, situado al fondo del peristilo, hay adornadas varias mesas para colocar las viandas cuando llegue el momento de tomar un bocado. Mientras se abre paso para encontrar a su amiga, a los oídos de Pompeya llegan frases sueltas.

- ¡Te aseguro, querida, que ha sido una desdichada broma de Cicerón, ya sabes cuánto… – oye decir a una voz a sus espaldas, sin duda la deTerencia.

- … ha armado tal escándalo, que Antonia ha tenido que abrirle y dejarlo pasar! – está diciendo otra, más joven y risueña, procedente del grupo de al lado.

- Sí, si, hemos comprometido ya en matrimonio a mi Cecilia… – exclama en otro corrillo una dama madura, que al ver pasar a la anfitriona, la sujeta de las manos y la retiene – ¡Pompeya, querida! Déjame felicitarte. Nunca había visto tan bella la domus publica. Y tú estás, sencillamente, preciosa.

Pompeya corresponde devolviendo el cumplido y charla un poco con esas damas antes de preguntarles si han visto a Clodia. Desde luego que sí. Hace un momento estaba con ellas, pero se ha marchado diciendo que quería ver al grupo de músicas. Pompeya vuelve la vista hacia el rincón donde las ha colocado para que la música se oiga mejor, en el umbral del pequeño triclinio de verano. Sí, allí está Clodia.
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Fauces* (pasillo) de la domus publica. Clodio disfrazado de música sonadora de sistro.

Clodio se ha apresurado a cruzar el atrio antes de que la esclava de la puerta le haga más preguntas o lo observe con mayor detenimiento. Por un corredor estrecho, el único que lleva al interior de la casa, se asoma al peristilo. Está lleno de matronas, tal como preveía. El comedor, la cocina, los dormitorios y otras estancias están construidas en tres de los lados del peristilo y abren sus puertas a él. Tendrá que pasar por entre las matronas para ir al dormitorio de Pompeya, el sitio que con más ardor desea visitar. El inconveniente es que no sabe exactamente cuál es. Desde el pasillo donde está en este momento puede ver, en el lado derecho, una estancia completamente abierta al patio y sin cortinas. Ahí están las músicas y en ese mismo momento comienzan a tocar. Ojala las matronas presten atención a la música y se entretengan mirando en esa dirección.

- Mi hermano es un imbécil – dice de pronto una voz tan cerca de él, que Clodio se sobresalta y reacciona pegando la espalda a la pared –. ¡Le dejé bien claro que debía contratar cinco músicas…!

- Lo peor – responde con voz quejosa Pompeya – es que le dije a Ojos de Sapo que las había contratado yo misma. Y a ella no se le escapa ni una. Dentro de nada me buscará para pedirme una explicación. ¿Qué puedo hacer, Clodia?

- Lo mejor es empezar cuanto antes con los ritos sagrados. Eso contendrá a Aurelia y, con un poco de suerte, hasta mañana no te perseguirá.

- Pero le prometí a Antonia que la esperaríamos.

- ¿Prefieres quedar bien con Antonia o evitar a tu suegra? Vamos, allí veo a la Vestal Máxima y, por fortuna, Aurelia no está a la vista.

Clodio apenas puede contener los latidos de su corazón. Hace un rato esto le parecía un juego, no podía imaginarse que le causaría tanto nerviosismo. Hay muchas mujeres, demasiadas, y ahora mismo no ve claro cómo actuar. Puede quedarse un rato más en el pasillo, pero es muy arriesgado, porque alguien puede pasar y descubrirlo en cualquier momento. ¿Y qué explicación sería plausible, cuando el grupito de jóvenes músicas está ya haciendo sonar sus instrumentos?

La Vestal Máxima se dirige al centro del peristilo donde, sobre el entarimado de madera, se ha colocado un altar de mármol pulido y rematado con dos niveles a modo de escalones. En el más alto, una pequeña pirámide formada por ramitas de pino y de ciprés está lista para ser encendida. En el inferior, la superficie está tallada en forma de pila de escasa profundidad, cuyo contenido puede ser vaciado a través de un canalillo excavado en la piedra cuyo extremo termina en el lateral derecho del altar. A una señal, la vestal Fabia se acerca llevando en las manos unas tenazas que sujetan un tizón ardiente. Lo coloca cuidadosamente bajo las ramas y enseguida se eleva una finísima columna de humo.

Varias ánforas han sido traídas desde la cocina y colocadas cerca del triclinium. Las esclavas llevan grandes bandejas sobre las cuales, sorprendentemente, no hay copas, sino cuencos de un tipo vulgar, el mismo que se utiliza para beber la leche. La noble Aurelia da órdenes sin parar. En un momento, señala en dirección al suelo y dos muchachas se agachan para recoger y levantar un cesto.

Desde la distancia, Clodio mira estas operaciones fascinado. Las músicas se han acercado al altar y tocan una melodía sacra que él nunca había oído. Es crecientemente rápida y repetitiva, aguda, e involucra todos los sentidos. Él mismo experimenta una especie de turbación, una corriente trémula que le afloja las piernas y enardece su sexo. Pompeya se acerca a la Vestal con los brazos extendidos delante de ella y le ofrece algo. Clodio no puede ver bien qué es, porque se han apagado algunas lucernas. Con un movimiento rápido, la Vestal Máxima hace centellear un cuchillo y corta por la mitad aquello que Pompeya le ofrecía. Se alza un griterío al mismo tiempo que ella levanta ambas manos por encima de su cabeza y a Clodio lo sacude un escalofrío: se diría que la joven matrona lleva un pene en cada mano, de cuyas puntas brota un líquido que le escurre por los brazos. Con la misma rapidez los deposita sobre la pileta del altar y sólo entonces se da cuenta Clodio de que era una serpiente y aún se mueve… Corre la sangre por el canalillo y unas jóvenes la recogen en un cuenco.

- ¿Cómo que han empezado los ritos sin esperarme…? – dice la voz airada pero contenida de Antonia, embocando el pasillo en el que se oculta Clodio –. ¿Qué clase de amiga es Pompeya…? ¡Con semejante falta de consideración, no creo que este año la proteja la Bona Dea!
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* El triclinio es el nombre que recibe el comedor. Fauces, es el nombre que recibe el pasillo. El tablinum (que aparece dibujado en el plano) parece que sería una estancia abierta a las dos partes de la casa (atrio y peristilo) y se usaría por parte del dueño, quizá a modo de despacho. Se puede ampliar el plano (como el resto de las fotos) clicando sobre él, una acción simple pero necesaria para poder verlo bien.



NOTA IMPORTANTE. Los ritos de la Bona Dea eran secretos, por tanto, se desconoce en qué consistían. Sólo se sabe que las mujeres bebían vino – una bebida que tenían prohibida y, en esta época, se consumía de manera muy restringida y siempre rebajada con agua –. Al parecer, en esta fiesta al vino lo llamaban “leche” para burlar la prohibición y, además, lo bebían en los cuencos que habitualmente se utilizaban para tomar la leche y la miel (información de Charo Marco). Por tanto, lo que aquí se explica de este rito es invención de la autora. Igualmente es de su invención el plano de la domus pública que se incluye, inspirado en las características comunes de las domus romanas. Es cierto, en cambio, que la domus publica estaba al lado de la Casa de las Vestales y, probablemente, comunicada con ella.

* Detalle de relieve representando un banquete de vestales. Ara Pacis. Roma.
**Detalle de un estanque en una de las entradas al Foro Romano. Roma.
***Detalle de la estatua de una vestal. Tomada de una exposición en el Coliseo. Roma.
****Plano imaginario de la domus publica, según la imagina isabel romana.
*****Detalle de pintura con unas músicas. L,. Alma-Tadema.
******Detalle de pintura mural. Castel Sant'Angelo. Roma.
*******Detalle de escultura femenina, decoración de la fachada del Museo del Prado. Madrid.
********Detalle de un pasamanos en forma de serpiente. Casa de los Caballeros de Rodas en el Foro de Augusto. Roma.
*********Detalle de pintura mural. Castel Sant'Angelo. Roma.

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domingo, marzo 09, 2008

LA SUERTE ESTÁ ECHADA (12)



En la domus publica del Foro

La ornatrix de Pompeya da un paso atrás para contemplar mejor a su señora. Espléndida. Esa es la mejor palabra para describirla. Viste una túnica de color azul noche que resalta aún más, si cabe, la blancura marfileña de su piel y el oro de sus cabellos. Los hombros, altos y bien torneados, se embellecen con las dos fíbulas que sujetan la túnica y forman dos pequeñas cascadas de lapislázuli y oro. Una combinación preciosa que se repite en los pendientes. Pompeya ha insistido mucho en que se vieran bien, lo que ha obligado a cambiar un poco el peinado. Y ha sido una decisión afortunada, porque al acortar los rizos para dejar al descubierto los lóbulos de las orejas, se le aprecia mucho mejor ese pedacito de piel entre la mandíbula y el nacimiento del cuello, que tanto le gusta besar a su marido.

- Creo que si Cayo Julio César te viera, se declararía el marido más afortunado de Roma – dice la ornatrix con sincera admiración.

- Y espero que esté áun más satisfecho mañana, cuando todas esas matronas anticuadas y aburridas pregonen por todas partes que la fiesta ha sido un éxito – asegura Pompeya. Se acomoda mejor los pliegues de la túnica sobre el pecho y pide un espejo de plata bruñida para mirarse.

- Es una suerte que venga Antonia – añade –. Clodia y yo, mejor dicho, las tres, nos desternillamos de risa cuando nos cuenta sus desgracias domésticas. ¡Antonia nos salvará de una noche aburrida !

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De la vestal Fulvia en la Casa de las Vestales a su hermana, la noble Terencia, en su mansión del Palatino. Salud.

Ha ocurrido una cosa muy desagradable, hermana. Tu queridísimo Cicerón anda diciendo a todo el mundo que te has propuesto exterminar a los gatos. Hasta la Vestal Máxima me ha preguntado al respecto. La actitud de tu marido es insufrible, Terencia, y si no logras que sujete la lengua, sus chanzas y exageraciones terminarán por perjudicaros seriamente. Ven con mucha puntualidad a la fiesta y desmiéntelo rotundamente, porque muchas matronas están indignadas. No menciones el robo de la peluca y renuncia a castigar al gato: al fin y al cabo, vale más tu reputación que la vida de un minino.
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En la vía Sacra, junto a las columnas del templo de Jupiter Stator

La vía Sacra se ha convertido esta tarde en un hervidero, justo a la hora del crepúsculo en que las tiendas han cerrado y cesa el tránsito por las calles. Afluyen las literas hacia la domus publica y se forman atascos. Ninguna noble dama desciende de la suya hasta llegar ante la misma puerta, donde una esclava lleva el control de las invitadas. Hasta que una litera no se vacía de su preciosa carga, la siguiente no puede acercarse, y como llegan desde todas partes de la ciudad, es imposible mantener un orden y estallan muchas disputas entre los porteadores. Algunos llevan ya antorchas encendidas, y a su luz, se ven brillar los vestidos y las joyas de las matronas en el momento de entrar en la casa donde van a celebrarse los ritos de la Bona Dea.


A pocos pasos de allí, oculto detrás de una columna del templo de Júpiter Stator que se levanta al otro lado de la vía, Clodio observa todo ese movimiento. Su primer objetivo es entrar en la domus publica y, para ello, es necesario calibrar muy bien el momento de hacerlo. Es peligroso tratar de meterse entre dos matronas, y más todavía estando Aurelia y Pompeya recibiéndolas en el atrio. Por otra parte, entrar en solitario no es menos arriesgado, porque puede atraer demasiado la atención hacia su persona.

- Estás muy solita, guapa – dice de pronto una voz masculina, al lado suyo.

Clodio se sobresalta y siente el impulso de alejarse. No obstante, se contiene y permite que el hombre se le acerque y le diga unas cuantas obscenidades. En cierto modo, es una prueba de fuego: si el hombre no descubre su disfraz, es que Filis ha hecho su trabajo divinamente. Y una vez esté dentro de la casa ¿qué noble dama de Roma va a fijarse en una joven alquilada para tocar el sistro?

Una vez la ocupante de la última litera ha entrado en la domus publica, la esclava de la puerta se asoma a la vía para mirar si queda alguien más. Falta por llegar la noble Antonia, según su lista. Está a punto de cerrar cuando, de pronto, ve acercarse a pie, apresuradamente, a una mujer vestida con una vistosa túnica dorada. El cabello le cae sobre los hombros en amplios rizos y lo sujeta en la frente con una cinta a juego con la túnica. No es nada elegante caminando ni tiene buena figura: demasiado grandes los pechos, en su opinión, y unas caderas escandalosamente estrechas y escurridas.

- Disculpa mi tardanza – dice la joven al llegar a la puerta –. A última hora se me ha roto uno de los alambres del sistro y ha sido preciso arreglarlo. Supongo que llego a tiempo...

- ¿Y tú quién eres? – responde la esclava de la puerta.

- ¿No lo ves? – responde agitando ante su rostro el instrumento – Soy la música encargada de tocar el sistro. Vengo de parte de Galerio

- Tus compañeras, que por cierto llegaron hace ya mucho tiempo, me han dicho que sólo venían ellas cuatro.

- Pues ve a preguntar a tu señora, porque mi amo me ha ordenado presentarme aquí – dice la joven encogiéndose de hombros –. Por mí, mucho mejor si no tengo que tocar toda la noche…

La esclava de la puerta duda. Sin embargo, recuerda muy bien que la señora Pompeya ha dicho esta mañana que había contratado a cinco músicas, y la propia señora Aurelia le ha ordenado que lo anotara en la lista. Y éste no es buen momento para molestarlas.

- Pasa – dice.
Y en el mismo instante en que Clodio, disfrazado de mujer, cruza el umbral de la domus pública, queda marcado su futuro y el de Pompeya.
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NOTA: El sistro era un instrumento muy sencillo, quizá por eso lo elige Clodio. Viene a ser parecido a un sonajero, con forma de U, donde se colocan pequeñas chapas sujetas con alambres y, en ocasiones, cascabeles.
*Detalle de escultura femenina (Venus Esquilina). Museos Capitolinos. Roma.
**Detalle de cabeza de amazona. Museo Centrale Montemartino. Roma.
***Gato de Roma.
****Vista del Foro. Templo de Antonino y Faustina y, al lado, templo de Rómulo (de forma redonda), donde se supone que estaba ubicado el templo de Júpiter Stator. Donde está el grupo de árboles, aproximadamente, estaría la domus publica
***** Detalle de un cuadro de L. Alma-Tadema.
******Escultura Isis tocando el sistro. Imagen tomada de internet.
*******Detalle de mosaico. Museo Massimo alle Terme. Roma.

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viernes, marzo 07, 2008

DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA




Juntos podemos lograr que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres sea una realidad en todo el mundo.

*Detalle de relieve en una urna cineraria. Museo Termas de Diocleciano. Roma.

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martes, marzo 04, 2008

CLODIO TAMBIÉN SE PREPARA (11)


En la colina del Palatino

Mientras abandona la mansión de su hermana en el Palatino, Clodio sonríe satisfecho. Sus planes están saliendo como deseaba, no se puede pedir más. Lo que le interesa ahora es liquidar cuanto antes esa conversación con César e irse a casa de la cortesana Filis. Tiene mucha tarea por delante y el tiempo pasa volando.

Apenas comienza a descender por la Vía Nova que discurre justo detrás de la Casa de las Vestales, se encuentra de frente con Marco Tulio Cicerón quien, terminada la jornada en el foro, regresa a su casa, situada a poco más de un centenar de pasos de la mansión de Clodia. Se saludan con jovialidad, pues ambos simpatizan y se estiman. Clodio nunca ha ocultado su admiración por la brillante oratoria de Cicerón, del cual ha tomado clases y, por su parte, a éste le gusta rodearse de jóvenes inteligentes y capaces. Más todavía si pertenecen a lo más granado de la sociedad y tienen una hermana tan bella y seductora como Clodia.

Cicerón está de buen humor. Es muy ingenioso en las burlas, una agudeza que suscita risas e indignación a partes iguales, según quién sea el objetivo de sus chanzas Hoy, el blanco son las mujeres y su fiesta de la Bona Dea. Todas están alteradas y, a su juicio, insoportables. Su único alivio es que su mujer, Terencia, en lugar de emprenderla con él, ha iniciado una campaña de exterminio de gatos.

- Al parecer, uno de ellos le ha robado una peluca. Y para serte sincero, ¡no quisiera estar yo en el pellejo del pobre animal, si consigue cazarlo! No te imaginas lo cruel que Terencia puede llegar a ser.

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En la domus publica del Foro.

La noble Aurelia recorre la casa por última vez para asegurarse de que todo está en orden. Un gran toldo cubre el peristilo a fin de ponerlas a salvo de miradas indiscretas pues, desde la colina del Palatino, algún curioso podría tratar de espiar los ritos. En el centro, ha mandado colocar un pequeño altar de mármol, donde se encenderá el fuego sagrado y se realizarán las ofrendas y a sus pies, dentro de cuatro cestos de mimbre, dormitan varias serpientes. El resto del patio está libre para que las mujeres puedan caminar o estar de pie y bajo las arcadas, adosadas a las paredes, hay numerosos asientos y mesitas auxiliares. Las demás estancias de la domus, a excepción de los dormitorios, se han habilitado también para el uso de las invitadas y está previsto que se sirva comida en abundancia. Las lucernas, colgadas por todas partes y, algunas, alojadas en huecos practicados en los muros, rebosan de aceite perfumado y, entre una y otra, cuelgan guirnaldas de ramas de ciprés y laurel sujetas con lazos.

Mueve la cabeza con un gesto de aprobación. Así decorada, la domus publica resulta muy hermosa. A Cayo Julio le gustaría si pudiera verla. Y ahora que piensa en él, recuerda que debe conminar a todo el personal masculino a que abandone la casa una hora antes de la puesta del sol. Ni un solo varón debe quedar entre estas paredes cuando anochezca.

Se dirige por último a la cocina: allí siguen trabajando sin descanso las esclavas; las ánforas de leche*, llegadas directamente de Marsella la tarde anterior, están en un rincón agrupadas y dispuestas para escanciar con abundancia las copas; hay tortas de harina de sobra. Sí – piensa la anciana –, a pesar de lo poco que ha colaborado Pompeya, la fiesta saldrá bien. Está segura. Y mañana, antes de caer rendida en su lecho tras pasar toda la noche en vela honrando a la diosa, podrá enorgullecerse de su contribución al prestigio de su único hijo, Cayo Julio César.


De la noble Antonia en su mansión del Esquilino, a la noble Pompeya en la domus publica del Foro. Salud.

Pompeya querida, la fiesta de la Bona Dea de este año está siendo para mí muy desafortunada. Marco Antonio se ha presentado en casa y ha armado un escándalo, así que no he tenido más remedio que dejarlo entrar. Me he puesto tan agitada, que sin querer me he desgarrado el volante de la túnica verde que me has prestado y ahora debo mandar a buscar a mi modista para que venga a solucionar el desastre lo mejor posible. Voy a retrasarme un poco, pero te ruego que no empecéis los ritos sin mí.

En casa de Filis, la cortesana

Después de someterse a una dolorosa sesión de depilado, las piernas y los brazos de Clodio están lisos y suaves. Una esclava le masajea los muslos con aceite de almendras, mientras permanece tumbado sobre el lecho. Filis irrumpe en la estancia seguida de dos esclavas: la una trae una gran caja llena de afeites y la otra una túnica de color dorado.

- Se acabó el reposo, noble Clodio. Me llevará un buen rato prepararte, de modo que siéntate aquí – dice señalando una banqueta –. Y no muevas ni un músculo de la cara, salvo que te lo diga yo. Y aunque suene algo vulgar, te aseguro que voy a hacer contigo un trabajo tan perfecto, que no te reconocería ni tu propia madre.

- Eso espero. Hay cierta personita a quien quiero sorprender con mi virilidad oculta…

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NOTA: Se cree que en la fiesta de la Bona Dea, que se prolongaba durante toda la noche, las mujeres consumían gran cantidad de vino, al que denominaban, para ocultarlo, “leche”. Las serpientes estaban consagradas a la Bona Dea y estaban sueltas en el jardín que rodeaba el templo de esta diosa en la colina del Aventino.

* Vista de la Via Nova, entre el foro romano y el Palatino. Roma.
**Restos de un peristilo en Pompeya.
***Detalle de un altar labrado con relieves. Museo Termas de Diocleciano. Roma.
****Ánfora. Casa del Celio. Roma.
*****Detalle de cabeza femenina (Plautilla). Museo Massimo alle Terme. Roma.
******Detalle de platillos utilizados para afeites. Museo Massimo alle Terme. Roma.
*******Detalle de relieve en un sarcófago. Museo Termas de Diocleciano. Roma.

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