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jueves, abril 07, 2011

UN CORAZÓN SE FORJA

(y XVIII)
Igual que el hierro al rojo vivo es golpeado una y otra vez sobre el yunque para forjar la espada y, siendo aún dúctil, con cada golpe va adquiriendo la forma, el filo y la resistencia, así Rea Silvia había recibido los primeros mazazos que habrían de forjar en ella un corazón valiente. No hubiera sido diferente su destino si, sometida a la prueba terrible del dolor, se hubiera convertido en una criatura débil, pues los hados siguen el camino trazado y no se tuercen. Así pues, fue mérito suyo afrontar los acontecimientos con coraje y crecerse en el sufrimiento sin malear su corazón ni endurecerlo.


Con ese temple caminó entre los esbirros de Amulio, la cabeza inclinada pero el paso firme, sin una lágrima, ni un grito, ni una queja, el día en que había sido destronado su padre, incinerado el cadáver de su único hermano y ella misma acusada de traición y amenazada con la pena de muerte. En el cortejo que desde la explanada de las incineraciones regresaba a Alba Longa, sólo los nuevos reyes, Amulio y Criseida, expresaban alegría. La multitud los seguía en silencio y tampoco los aclamaba el público agrupado a lo largo del camino.

Marchando tras ellos, la Vestal Máxima Camilia buscaba desesperadamente el modo de impedir la muerte de Rea, ese crimen brutal. Intuía que la ambición de Amulio, a diferencia de la de su esposa, tenía un freno: el temor a los dioses. Incluso para algo tan abyecto como destronar a su propio hermano, se había impuesto límites. Eso explicaría que, aun habiendo asesinado a su sobrino y tratado de matar su sobrina, no se hubiera atrevido a cometer un fratricidio, uno de los crímenes más horrendos a los ojos de los dioses y de los hombres. Para salvar a Rea Silvia, debía avivar los escrúpulos del rey. Pero ¿cómo? Estaba ya la comitiva cruzando el bosquecillo que crecía cerca de la puerta occidental de la muralla, cuando un grito la sacó de sus pensamientos.

- ¡Eh! ¿No ves que es un pico-verde? – gritaba un niño a otro que, encaramado a un árbol, hurgaba en un nido –. Es un pájaro protegido por Marte. ¡Si le haces algún daño, te castigará!

Un relámpago iluminó la mente de Camilia: ese niño le había dado una idea. No debatiría con la esposa de Amulio. Cualquier intento de rebatir sus argumentos estaba condenado al fracaso porque Criseida era demasiado lista y demasiado rápida, su capacidad para tergiversar las palabras y los hechos era tan grande como su maldad. Llevaría la discusión a otro terreno. Y los dioses le perdonarían que, para salvar a Rea, dijese una mentira. Con todo, debía administrar sus argumentos con cautela. Antes de llegar a la cabaña real, donde se decidiría la suerte de Rea Silvia, Camilia tenía un plan concreto.






El rey Amulio y Criseida presidían el semicírculo formado por los consejeros y la Vestal Máxima. A cada uno de sus extremos fueron sentados Aurelia y Númitor, aislados entre sí y separados de los demás, ya que habían quedado excluidos del Consejo. Rea Silvia fue situada al fondo de la sala, frente al rey. Por voluntad de éste, se había zanjado la discusión en la explanada para reanudarla formalmente en la cabaña real y decidir sobre el castigo a la joven, acusada de traición.

Pidió la palabra la Vestal Máxima y cuando sintió sobre sí los ojos angustiados de Aurelia, se llevó la mano al hombro derecho. Aún llevaba puesta la fíbula que se habían intercambiado el día anterior y se la acarició con el pulgar varias veces para darle a ella tranquilidad y a sí misma confianza. Poniéndose en pie, se dirigió al centro de la sala.

- Debo disculparme ante ti, rey Amulio. Hubiera debido informarte antes, pero quería esperar a tu nombramiento para brindártelo como regalo… Ayer mismo ofrecí a Rea Silvia a la diosa Vesta, prometiéndole que la consagraría a su servicio. Así pues, no es prudente juzgarla y mucho menos realizar acciones que priven a Vesta de su sierva.

Esta noticia dejó atónitos a los asistentes, pues cambiaba por completo la situación. Rea Silvia miró a Camilia y luego al rey Númitor, en cuyos ojos brilló una chispa que no supo interpretar.

- ¿Cómo te has atrevido…? – reaccionó, tras un instante de silencio, Criseida –. ¡Es el rey quien elige a las vestales!

- Rea Silvia no está consagrada, el rey la puede rechazar – respondió conciliadora la Vestal Máxima –. Sin embargo, no lo recomiendo. ¿Habéis pensado en lo que significa sustituir a un rey por otro, estando el primero con vida?

- ¡Aurelia así lo quiso y los augurios han sido favorables! – intervino un consejero.

- Así ha sido. Ahora bien, que los dioses hayan sido favorables al nombramiento de Amulio no nos exime de hacer cuanto esté en nuestras manos para propiciar a nuestras divinidades y pedirles que su reinado sea próspero y beneficioso – respondió Camilia, paseando su vista por los rostros de los asistentes –. ¿Acaso alguno de vosotros ha salido de su casa esta mañana sin hacer la ofrenda matutina en el altar doméstico? ¿No habéis pedido a los dioses que os protejan a vosotros y a los vuestros, como todos los días? ¡Cuánta más tutela y socorro necesita a diario una ciudad! Siendo Vesta la protectora de Alba Longa y de cada uno de sus hogares, ¿no juzgáis necesario congraciarnos con ella? Que el nuevo monarca le consagre la castidad de una virgen es el mejor modo de complacerla. Por eso le prometí a Rea Silvia.

Pese a que Criseida le hablaba al oído, no había rechazo en la actitud de Amulio. Varios consejeros tomaron la palabra. Ninguno habló de traición ni de castigos, sino que consideraron la propuesta de Camilia muy razonable. Y hasta necesaria, apuntó uno de ellos, teniendo en cuenta la amenaza de guerra que pendía sobre sus cabezas.

- De acuerdo, hemos de honrar a Vesta – concedió Criseida de mala gana y evidente enfado –. Pero no hay motivo para consagrarle a Rea Silvia. Elijamos a otra muchacha.

- Propongo entonces que la elegida sea Anto, tu noble hija – dijo rauda Camilia.

- ¡No metas a mi hija en esto!

- Las vestales han sido elegidas siempre de entre las familias de mayor rango y prestigio – respondió Camilia -¿No es así, señores del Consejo?

- Muchas jóvenes de buena familia reúnen los requisitos para ser vestales – rebatió ufana Criseida.

- Cierto. Pero no parece muy juicioso regatearle a Vesta la categoría de su sierva, como si se tratase de una diosa de poca importancia. Si el rey Amulio no quiere entregarle a su sobrina, que le ofrezca su hija. O a la inversa. Es lo que aconsejaría cualquier persona sensata.

Desde el fondo del salón, Númitor pidió la palabra y fue autorizado a hablar. Con voz desmayada declaró su conformidad para que Rea fuera consagrada a Vesta si así lo decidía el rey, congratulándose de poder ayudar de este modo a su hermano. Aurelia, que seguía el debate con una luz de esperanza en el corazón, confirmó la voluntad de su marido. Había aprobación en los gestos de los consejeros.

- Todo esto es una maniobra tuya, Vestal Máxima, para librar de su justo castigo a Rea Silvia – dijo Criseida con rabia apenas contenida. Sorprendió al Consejo la violencia de este ataque.

- Creí de buena fe que al rey Amulio le complacería consagrar a Rea Silvia. Y hubiera preferido no hablar abiertamente de lo que voy a decir, pero puesto que no lo comprendes por tí misma… – respondió la Vestal Máxima con un tono muy moderado –. Pensando en el bien de Alba Longa, juzgué necesario evitar que algún heredero de Númitor aspirase al trono en el futuro y se lo disputase a los herederos vuestros. Esa funesta posibilidad se evitaría si Rea Silvia permanece virgen. Y la manera más segura de conseguirlo es consagrarla como vestal. Ningún hombre podrá tocarla, bajo pena de muerte. Nadie se atrevería a violar su castidad.

No había argumentos que Criseida pudiera esgrimir ante el Consejo. Sin duda los consejeros habían considerado con preocupación el peligro de una guerra entre los descendientes de Amulio y los de Númitor para disputarse el trono. Y he aquí que la Vestal Máxima ofrecía una solución muy satisfactoria, pues eliminaba el problema de raíz. Así lo expresaron, con entusiasmo, uno tras otro, sin que el gesto de rabia de Criseida lograra silenciarlos.

- Sea. Mañana mismo celebrarás la ceremonia de consagración – concluyó Amulio. Se levantó de su asiento y puso fin a la reunión.

Muchas lágrimas se vertieron entonces, dentro de la cabaña real y fuera de ella donde, angustiados, esperaban su salida los amigos de Rea. Estalló el júbilo. Hizo sonar Palantea su melodía más alegre, creyó Espórtula abrazar otra vez a su amado, Énule y Amneris, aliviadas, se regocijaban con la doncella Tuccia, la vestal Adriana sonreía a su nueva compañera, Alec fue esa tarde el pordiosero más rico de Alba Longa, se mantenían aparte y satisfechas Kritubis y Celia. ¿Y habría en el mundo muestras suficientes de afecto para agradecer a Camilia que hubiese salvado la vida a Rea Silvia?


Cuentan las mujeres que aquella noche Divaida la misteriosa, la diosa Vesta y la enigmática Luna, se citaron en el bosque sagrado de Silana. Danzaron entre las encinas milenarias y al alba se conjuraron para proteger siempre a Rea Silvia. Naturalezas femeninas, quizá conocían los hados y sintieron piedad de ella. O quizá la amaban por la dulzura y entereza de su corazón, o quizá nos amaban ya a nosotros… Mas ¿quién conoce los motivos y las razones secretas de las deidades? Lo cierto es que Rea Silvia necesitaría de toda su protección.



NOTA 1.- Con este post, concluye la primera parte de la novela sobre la fundación de Roma. ¡Espero que haya sido de vuestro gusto!


NOTA 2.- Gracias a Antonia Romero por anunciar esta iniciativa en su blog.


NOTA 3.- El sábado 9 de abril estaré en la Feria del Libro de Valencia, firmando ejemplares de "Dido reina de Cartago" en la librería IDEAS, casetas 18 y 19, a partir de las 6 de la tarde.


lunes, abril 04, 2011

ANTE EL ABISMO

(XVII)

No pudo hacer nada Urbano Lacio para sujetar a Rea Silvia. La había socorrido sin conocerla y cuando ella gritó, avisando a su padre del peligro, no tuvo tiempo de reaccionar, pues la muchacha se soltó de su brazo y, con una fuerza inusitada, se lanzó al encuentro de Númitor. Las miradas de cuantos habían escuchado su grito acusatorio confluyeron en ella: en muchos rostros se reflejó el asombro y en otros, amenazante, la ira.

Entre estos últimos estaba el de Criseida que, si en un principio se había encendido de cólera, pronto se iluminó con regocijo. Era su oportunidad. Si sabía utilizarla hábilmente, se desharía de esa tonta que le amargaba el triunfo. Ya era reina. Ahora debía reforzar su poder despejando de obstáculos el porvenir: Númitor no tendría nietos que pudieran reclamar el trono. Para ello, Rea Silvia debía morir, como había planeado desde el principio. Y he aquí que ella misma le había puesto en bandeja un motivo para quitársela de en medio abiertamente, delante de todos, sin necesidad de recurrir a métodos más inseguros. Apretó los labios, fingió la indignación del ofendido y se preparó para dar rienda suelta a toda la rabia contenida.

Mientras los hombres de Amulio detenían el carro de Númitor a poca distancia de las autoridades, Pratex, que se había dado la vuelta al oír el grito de Rea y la veía llegar corriendo, salió a su encuentro con los brazos abiertos, como el amante que recibe a la amada, y la sujetó. Pese a los esfuerzos de la muchacha para zafarse de él, la levantó en el aire aferrándola por la cintura y, a grandes zancadas, la llevó hasta donde estaba el recién nombrado rey y la depositó en el suelo. Rea Silvia se arrojó a los pies de Amulio.

- ¡Tío, por favor, ayuda a mi padre! Ese hombre es un asesino, no permitas que se acerque a él. Fue uno de los que entró en mi casa, lo vi con mis propios ojos...

- Levántate - respondió secamente Amulio mirando con desprecio a su sobrina - Y no me llames tío, sino rey. ¡Aurelia! - añadió, dirigiéndose a su cuñada, que se había quedado pálida -, Dí a tu hija que sujete esa lengua. No voy a tolerar insultos ni falsas acusaciones contra un siervo mío.

- Pero tío - acertó a titubear Rea Silvia, que se había puesto en pie -. Lo que te digo es cierto. Lo vi, lo vi claramente. ¡Atacaba a mi hermano!

- ¿Estás acusando a tu rey? - espetó de pronto Criseida.

- Hija mía ¡calla, por favor! Discúlpala, rey Amulio, es muy joven y está aturdida - intervino Aurelia, acercándose a su hija. Un brazo de hierro se interpuso y le impidió avanzar.

- ¿Aturdida? Acaba de llamar asesino a su rey ¿y tu la excusas diciendo que está aturdida? Señores del Consejo - dijo Criseida girándose rauda como una fiera y señalando a Pratex -. Sabéis que este hombre ha entrado hace poco tiempo al servicio de vuestro rey. Es una persona leal y honesta. Sois testigos de que Rea Silvia lo ha acusado y, con ello, ha acusado a su señor, el rey Amulio. Estamos en un momento de máximo peligro, con una guerra no declarada que amenaza con destruir nuestra ciudad. ¡Y esta muchacha, cuyo padre ha debido renunciar al trono por su mala salud, se atreve a menoscabar la confianza de los albanos en su rey, acusándolo públicamente de un crimen horrible! No os dejéis engañar pensando que la mueve su juventud, como alega su madre. ¿No será, más bien, que ha hecho planes con nuestros enemigos? ¿No os parece sospechoso que sólo ella consiguiera huir de su casa? ¿No habrá urdido este plan para ser reina en lugar de su hermano? Sí, ha debido acordar su boda con un enemigo nuestro poniendo como dote Alba Longa y ahora trata de ocultar su delito acusando al rey Amulio...

- ¡No digas más barbaridades! - la interrumpió la Vestal Máxima.

- ...¡Ha traicionado a Alba Longa...! - continuaba Criseida.

- Criseida, te lo ruego, cálmate - exclamó Aurelia -. Mi hija no ha acusado al rey. Se ha confundido al ver a ese hombre, nada más...

- ... ¡Exijo que se la condene a muerte! Y que la pena se ejecute ya - sentenció Criseida.

- ¡No puedes hablar en serio! - replicó Camilia.

- ¡Ya basta! - exclamó Amulio. Y era tal la cólera contenida en su voz, que a su alrededor se produjo un silencio de muerte -. ¡Que venga aquí mi hermano!

- Señor - dijo enseguida uno de los siervos que lo había acompañado - apenas puede mantenerse en pie.

- Pues que venga arrastrándose. ¡Ahora!






¿Qué pensamientos cruzarían la mente de Rea? De pie, frente a su tío, su ánimo era vapuleado como nunca antes en su vida. A duras penas asimilaba las palabras de Criseida, porque su corazón se resistía a aceptar lo que su inteligencia le mostraba: que era objeto de un aborrecimiento atroz. El odio golpea, asombra, ofusca, desorienta, confunde. Deja sin armas y sin aliento. ¿Con qué argumentos rebatir un sentimiento ajeno a la razón, impermeable a las refutaciones y a la lógica, indestructible mientras respire la persona que lo suscita y, aún a veces, perdurable más allá de su muerte?

Esos extraños a quienes, desde que había aprendido a hablar, llamaba tíos; a quienes respetaba y amaba; padres de su prima Anto, la más querida de sus amigas, con la que había crecido y compartido juegos, alegrías y pesares; esos desconocidos en cuya casa entraba como en la suya propia, a quienes besaba a diario, habían matado a su hermano y a todos los siervos que componían su familia. Ya ahora la incriminaban a ella con falsas acusaciones y exigían su muerte. ¿Qué lugar de la mente o del corazón soportaría saber todo esto sin saltar en pedazos?

Posaba sus ojos incrédulos en los de su madre y sólo encontraba desesperación. Varias veces se volvió, desorientada, hacia el carro de su padre. Desde donde estaba detenido, Númitor no debía oir bien lo que se hablaba. Ella misma no alcanzaba a ver su rostro, porque se interponía entre ellos un hombre, pero su cuerpo parecía derrotado. A sus espaldas aún humeaban las piras funerarias, más funestas y fatídicas que cuando habían empezado a arder.




El público aguardaba, expectante, el fin de la ceremonia. La disputa que acababa de tener lugar en la explanda sólo había sido oída por quienes estaban cerca de las autoridades. Sin embargo, todos habían visto a Rea Silvia arrojarse a los pies de su tío, los gestos agresivos de Criseida, cómo impedían a Aurelia acercarse a su hija. Era penoso ver a Númitor, su antiguo señor, ser sacado del carro que lo había trasportado y, con los brazos colocados por encima de los hombros de dos siervos, ir arrastrando los pies hasta donde estaba su hermano, el rey Amulio. Éste le habló brevemente y Númitor se inclinó ante él. Luego Amulio avanzó unos pasos, levantó en el aire su escudo y su lanza y los agitó. Los soldados respondieron con el mismo gesto acompañándolo con gritos de guerra, tras lo cual el rey hizo una señal indicando que el acto había concluido y debían regresar a sus casas. Él mismo emprendió el regreso a Alba Longa seguido de las autoridades.

Urbano Lacio vio pasar ante él la comitiva: los nuevos reyes, la Vestal Máxima Camilia muy alterada, los consejeros, la reina Aurelia con el rostro desencajado apoyándose en el brazo de la vestal Adriana y, tras el augur Appius y sus ayudantes, Rea Silvia sujeta por dos esbirros. "Como un cordero de camino al sacrificio/ así fue conducida Rea Silvia./ Para inmolarla en el altar de la ambición/ no la adornaron con guirnaldas ni cintas/ sino que toscas manos impías la llevaban" diría años después Urbano Lacio en su crónica oral, y aún nos parece verla con la cabeza gacha y oír a sus amigos llorarla entre la multitud.

jueves, marzo 31, 2011

MAZAZO

(XVI)
Una vez se hubo separado de sus acompañantes deslizándose entre la multitud, Rea Silvia recibió un mazazo. Hasta ese momento, protegida por sus amigos y absorta en la contemplación de aquella pira donde se consumían los restos de su hermano, había permanecido ajena a cuanto le rodeaba. La decisión de correr al lado de su madre le había obligado a salir de su ensimismamiento. Debía ser precavida y fijarse en el gentío. Entonces, al pasar por delante de dos hombres y escuchar un comentario, supo brutalmente que su madre iba a renunciar al trono. Quedó paralizada. Al poco se arriesgó a pedir a un muchacho que se hallaba a su lado que le confirmase esa noticia.


- ¿Ves allí, junto a las autoridades, al augur Appius? – respondió el joven aludido –. Él se encargará de tomar los augurios y, sin son favorables, Amulio será proclamado rey.

- Pero ¿es que le ha pasado algo al rey Númitor? – preguntó Rea Silvia, con un hilo de voz. El muchacho se volvió a mirarla, extrañado. Debía ser la única persona en Alba Longa que no se había enterado de lo ocurrido desde el día anterior. Le pareció reconocerla, a pesar de llevar el rostro velado con el manto.


- Te he visto antes de ahora. ¿No estabas ayer en el mercado con una piara de cerdos?

Rea Silvia no contestó. Le temblaba el cuerpo entero y todo le daba vueltas. El muchacho, dándose cuenta de su malestar, la cogió del brazo y la sostuvo. Le aseguró que, hasta donde él sabía, el rey Númitor estaba ausente. Como su hijo había muerto y había peligro de guerra, la reina Aurelia había decidido ceder el trono a Amulio, hermano del rey.

Con los ojos cerrados, Rea Silvia se esforzaba por controlarse y recobrar la serenidad. Debía superar el pánico, apartar de su mente la idea de que su padre hubiera muerto. Pero ¿por qué otro motivo habría renunciado al trono su madre? No se le ocurría ninguno.


- ¿Quieres que te traiga agua o que te acompañe a algún sitio? – preguntó el muchacho. Ella afirmó con la cabeza.


- En cuanto se me pase el mareo, ayúdame a llegar a la explanada. Quiero ver de cerca esa ceremonia.




De muy mal humor regresaba Criseida al lugar donde esperaban las autoridades. Ya desde lejos se le veía el rostro crispado y una manera de andar casi furiosa. Había hecho el favor de acompañar a la tumba a las criadas de Aurelia, sin ninguna necesidad porque eran sólo escoria, y le había tocado sufrir los insultos de Celia y de Kritubis delante de todo el mundo. ¡Menuda profecía! Y una maldición estúpida, porque ella no cazaba: ni conejos, ni pájaros, ni corzas. Lo único que la compensaba de esa humillación pública era que los asistentes, gente ignorante y bobalicona, se habían creído a pies juntillas esas sandeces. Y eso le convenía. Mejor que la temieran y tuvieran claro que nada detendría a la próxima reina de Alba Longa.


A idéntica velocidad la seguía la vestal Adriana. Llegó muy agitada y, aprovechando que se estaban haciendo los preparativos para la lectura de los augurios, hizo un aparte con la Vestal Máxima y le contó lo ocurrido con Criseida en el momento del enterramiento.

- Cuando Celia le ha profetizado que los nietos de Númitor se vengarían de sus crímenes, Criseida ha dicho abiertamente que no permitiría que tuviera nietos – dijo Adriana –. ¡Yo pensaba que sólo querían apoderarse de Rea Silvia para doblegar a Aurelia y que, cuando consiguieran el trono, la dejarían en paz…! Estaba en un error. La matarán, como han hecho con su hermano. Tengo mucho miedo, Camilia.


- Serénate, Adriana. ¡No consienta la diosa Vesta que el hogar de Aurelia y Númitor se destruya por completo! Ahora calla y déjame pensar…

Aurelia miraba continuamente en dirección al camino por el que habría de venir el carro de Númitor. El sol estaba alcanzando su cénit, debía estar a punto de llegar. Ojalá estuviera allí ya. No porque pensase que con su presencia podría impedir a su hermano Amulio alzarse con el trono, eso lo consideraba un hecho inevitable, sino por la pura necesidad de compartir con él toda su angustia y su preocupación. Númitor sabría cómo proteger a Rea Silvia y conseguir que volviera con ellos sana y salva. ¡Ay, su hija! Se le partía el corazón pensando en cuánto estaría sufriendo, en cuánto se necesitaban mutuamente. Y aún debía agradecer a los dioses la ayuda de Camilia. Miraba otra vez el camino que se perdía cuesta abajo entre los castañares. No se veía ni siquiera una nube de polvo.



No era Aurelia la única intranquila por la espera. Así como los dioses han dotado a los seres humanos de la virtud de la paciencia, aunque distribuyéndola en desigual medida, la naturaleza ha repartido equitativamente la impaciencia. La sentía con intensidad Amulio. Deseoso de gozar cuanto antes del poder que le otorgaría la corona, con gusto hubiera mandado arrojar agua a las piras funerarias para acabar antes con ese fastidioso funeral. Y aún lo estaba crispando más el augur Appius, bajo cuya dirección se iba a colocar ya el altar del sacrificio y no hacía otra cosa que volverse aquí y allá buscando la mejor orientación para ubicarlo. ¡Y eso que le había mandado una advertencia para que se apresurase y leyera los buenos augurios sin dilación!

Los guerreros formados en torno a las piras también daban signos de cansancio. Al calor que aquellas arrojaban, se unía el del sol del mediodía que, aun siendo moderado, recalentaba los cascos de bronce. Los miembros del Consejo partidarios de Amulio no cesaban de moverse y hablar entre sí. Criseida aún les provocaba mayor desasosiego. Continuamente se quejaba en voz alta y, cuando no pedía empezar la ceremonia y coronarse de una buena vez, sugería abrir en canal al propio Appius si no se daba prisa.


Eso pedía a sus acompañantes el rey Númitor, a la vista de Alba Longa: que se dieran prisa, que azuzaran tanto como pudieran a los caballos pues veía, a lo lejos, en la explanada de las incineraciones, las columnas de humo que revelaban que ya no llegaría a tiempo de ver el cadáver de su hijo. La fiebre y el cansancio lo aturdían. El traqueteo del camino torturaba sus huesos, le desmadejaba el cuerpo. Pero lo peor de todo, lo más insufrible y angustioso era la incertidumbre sobre cuál habría sido la suerte de su hija y su esposa. ¿Se habría portado su hermano con lealtad o, como su corazón temía, habría aprovechado la ocasión en beneficio propio?


Appius había sacrificado ya el cordero y se disponía a examinar sus entrañas, cuando Rea Silvia se sintió lo suficientemente repuesta como para empezar a descender de la colina y acercarse a la explanada. Así se lo dijo al muchacho que la estaba ayudando y comenzaron a andar. Ladera arriba, entre el público, desesperados, sus amigos la buscaban. Palantea levantaba la cabeza para ver si podía identificarla por el manto, pero todos eran oscuros y no conseguía distinguirlo. Espórtula y Alec se movían con habilidad entre la gente, pero tampoco daban con ella y temían preguntar.


- ¡Los augurios son favorables! – exclamó con gran solemnidad el augur. El griterío de los guerreros impidió que se pudiera oír a la reina Aurelia pronunciar las palabras de su renuncia. Pero supieron que lo había hecho cuando Amulio levantó ambos brazos y recibió la aclamación de cuantos tenía a su alrededor.


En ese mismo instante el carro que traía a Númitor irrumpió en la explanada y se dirigió a donde estaban las autoridades. Al punto corrieron hacia él, interponiéndose en su camino, Pratex y los secuaces de Amulio. Cesó repentinamente el griterío. Y de entre el público se oyó un grito:


- ¡Padre! ¡Padre! ¡Cuidado! Ése es uno de los asesinos.

lunes, marzo 28, 2011

MALDICIÓN.

(XV)

Aurelia tenía los ojos clavados en la pira funeraria donde las llamas empezaban a consumir los despojos de su hijo. No hay una despedida más trágica y dolorosa para una madre, ni una hoguera donde su corazón se incendie más. Soportaba el sufrimiento sin un quejido, consciente de ser observada por los cientos de albanos que asistían al funeral y se dolían con ella. Este sería su último acto como reina de Alba Longa y, pese a tratarse de un despojamiento perpetrado de la manera más traicionera y odiosa, la proximidad de la renuncia la aliviaba: cuanto estaba en sus manos para impedirlo, había sido hecho. El resto dependía del designo de los hados.

Y los hados, sin duda, favorecían a Amulio. Los guerreros lo habían aclamado con entusiasmo, enardecidos por su llamamiento a defender la patria con sus propias vidas, poniendo como ejemplo de valor a los difuntos. Sus palabras habían sido más parecidas a una arenga que a una despedida fúnebre. No había vacilado en mentirles: debían estar preparados porque el siguiente ataque se produciría en cualquier momento. Esto aún los había inflamado más. Anunciado el peligro, no veían ante ellos el horror de las heridas, las mutilaciones o la muerte, sino la perspectiva de alcanzar honor y gloria, pues no la hay mayor para un hombre que morir en el campo de batalla.

Cuando el fuego de las piras hubo prendido por completo ocultando a la vista los contornos de los cadáveres, la multitud se relajó. Era el momento de hablar unos con otros, comentar lo ocurrido con el de al lado, recordar otras muertes, otras guerras. Junto a la reina y tras ella se produjeron murmullos y movimientos. Alguien dio un recado al oído de la Vestal Máxima y ésta, a su vez, acercó sus labios al de la reina Aurelia.

- Ha regresado mi mensajero. El rey Númitor debe estar ya en camino y llegará hacia el mediodía. Me advierte, sin embargo, que está muy enfermo.

La reina se esforzó en mantener impasible su semblante. Ojalá su marido llegara con bien. ¡Que los dioses pusieran alas a sus caballos y lo ocultaran a sus enemigos…! En ese instante la garra de su cuñado Amulio se cerró sobre su brazo y un mal presentimiento le oprimió el corazón.

- Las fosas están abiertas. Es hora de enterrar los cadáveres de tus criadas – dijo Amulio.

- Los voy a acompañar yo – respondió la reina –. Esperaremos a que se hayan consumido las piras.

- No esperaremos a nada, Aurelia. Son siervas y muchachos imberbes, no es preciso tratarlos con tanta consideración. Ordena que se los lleven.

- Son parte de mi familia y, por ahora, sigue siendo la familia real. Han muerto por nosotros. A mí me corresponde decidir cuántos honores y consideración merecen y digo, ante testigos, que los merecen todos.

La tensión era palpable y se propagó a su alrededor. Camilia argumentaba a favor de la reina y Criseida trataba de acallarla a su manera destemplada e irrespetuosa. Los consejeros estaban divididos. Unos, conscientes de la importancia de despedir a los difuntos de la manera adecuada para aplacar sus espíritus, le daban la razón a Aurelia; a otros los espoleaba la impaciencia y querían ganar tiempo: en cuanto se extinguiesen las llamas de las piras debían leerse los augurios y proclamar a Amulio rey. Dado el peligro, no era admisible más retraso. Al fin, el sacerdote de Júpiter Latiaris, temiendo que se enquistara la disputa, realizó una propuesta.



- ¡Menuda estupidez! – dijo airada Criseida, sin mirar a la vestal Adriana. Ésta, con mucha prudencia, fingía no oír las protestas de la esposa de Amulio. La solución ofrecida por el sacerdote de Júpiter había sido finalmente aceptada por todos: para no mermar la solemnidad y decoro de los funerales de los guerreros abandonando la explanada antes de tiempo, ni rebajar los de las mujeres y los imberbes, se había acordado que sus cadáveres fueran acompañados hasta las fosas por una representación al más alto nivel después de Aurelia. Y así, aun repugnándole a la reina ceder su lugar a quien había sido cómplice o instigadora de aquellas muertes, y no pudiendo oponerse sin hacer público aquel crimen, Criseida había sido designada para presidir esa parte del funeral en representación de la reina, acompañada por la vestal Adriana y la mitad de los consejeros.

Con cierta solemnidad se había vuelto a formar el cortejo con los músicos, los portadores de las ofrendas y del ajuar, y los siervos llevando los lechos fúnebres, tras los cuales caminaban ellas mismas. Bordeando la explanada, se dirigían hacia la necrópolis, en la parte superior de ladera. Las tumbas estaban ordenadas en estrechas terrazas a las cuales se accedía por una senda zigzagueante. Muchas personas se sumaron a la comitiva mientras otras se dirigían directamente al lugar del enterramiento, partiendo del punto desde el cual habían presenciado los ritos de despedida.

Una vez allí, los cadáveres fueron depositados uno a uno en fosas rectangulares y con ellos sus ajuares respectivos: recipientes de cerámica para comida y bebida y una fíbula para los jóvenes; en el caso de las mujeres, a la cerámica se añadieron pulseras de cuentas de vidrio, anillos de ámbar y broches, adornos que habían lucido las difuntas en vida. La vestal Adriana agregó un retorcedor al ajuar de la más anciana, como le había encomendado la reina. A punto ya de ser cubiertas de tierra, un grito rompió el silencio.

- ¡Eh, tú, Criseida! – se oyó decir. Todas las cabezas, fijas en las sepulturas, se levantaron para mirar en la dirección de donde procedía la voz. En la ladera, justo por encima de donde se hallaban abiertas las tumbas, envuelta en un manto oscuro y con el índice extendido señalando a la esposa de Amulio, se alzaba la figura de la adivina Celia. Mascaba hojas de laurel para estimular su inspiración. Cerró los ojos.

- Veo tu corazón oscuro ennegrecerse más. Y a ti cubierta de sangre, mujer malvada, fiera entre las fieras. Los espíritus de aquellos a quienes estás enterrando se revuelven de cólera a tus pies. Pero tus crímenes no quedarán sin castigo. La venganza vendrá de la mano de los nietos de Númitor.

- ¡Cállate ya, vieja mentirosa! – le respondió Criseida con una mueca de rabia –. Dedícate a otro oficio, porque no sirves como adivina. Númitor no tiene nietos ni los tendrá, porque yo misma me ocuparé de eso.

- No crees en los dioses ni en los hados, impía. Allá tú. Porque son tan ciertos como que al día le sigue la noche y a la noche el día. Y se cumplirán – sentenció la anciana.

- Vigila, Celia, no vaya a ser que un cliente estafado te rebane el cuello cuando menos lo esperes – casi escupió Criseida. La gente que estaba más próxima a las fosas, escuchó con asombro y espanto lo que dijeron la una y la otra, y no se atrevían a moverse ni a emitir un sonido. Sólo se oía el zumbido de los insectos y, allá abajo, el rugir del fuego que consumía las piras. A una señal de Adriana, los servidores comenzaron a echar tierra a las tumbas.

- ¡Mírame a mí! – se oyó decir de pronto a otra voz desde el extremo opuesto. No era un grito, pero había autoridad en la orden, un mandato imposible de desobedecer.

- Hablo en nombre de Divaida, divinidad protectora de las criaturas de los bosques y de las domésticas, de las acuáticas, de las que surcan el aire, de las nocturnas y las diurnas, de las que no conocemos ni hemos visto jamás, de las que han sido y de las que serán; guardiana de los seres sin malicia y de las doncellas. A ti, Criseida, que por ambición persigues a una corza protegida suya, yo, Kritubis, su sacerdotisa, te maldigo.

Una ráfaga de viento azotó la necrópolis, se agitaron túnicas y mantos, el sol palideció. Jamás se había escuchado en Alba Longa palabras tan terribles procedentes de bocas distintas: una profecía seguida de una maldición. Se estremeció Criseida, pero volvió la espalda altiva y emprendió el regreso. La vestal Adriana siguió sus pasos para dar cuenta inmediata de lo ocurrido a la Vestal Máxima. El público, sobrecogido, permanecía clavado en el suelo.

jueves, marzo 24, 2011

RITOS FUNERARIOS EN HONOR DEL HIJO DE NÚMITOR

(XIV)

A pocas personas les fue concedido descansar esa noche en Alba Longa. Quien más atrozmente padecía era la reina Aurelia que, acompañada únicamente de la sierva Tuccia y con el corazón abatido por la pena, velaba el cadáver de su hijo. Mientras derramaba lágrimas por él, no podía apartar de su mente los temores por los peligros que acechaban a su hija, tan joven, tan inocente e indefensa. Se lamentaba también de no haber preservado mejor el trono de su marido. ¿Qué explicación le daría, cómo se justificaría cuando él regresara? Y aún sentía más honda la punzada de dolor, porque ni siquiera podía afirmar que Númitor continuaba vivo.


El sueño huía de los ojos de Criseida, tizones encendidos por la ira. Debía haberse acostado ostentando el título de reina y he aquí que, por culpa de un lechón apestoso y un estúpido augur que bien podía haber simulado un augurio favorable, seguía siendo Criseida a secas. Apretaba los puños al pensar en su marido y sus escrúpulos. ¡Cuánto más fácil para todos habría sido que unos sicarios hubieran asesinado a Númitor en el camino fingiéndose ladrones…! De haber seguido su consejo, ahora, con buenos augurios o sin ellos, serían reyes. Ojalá Númitor hubiera reventado ya del mal de vientre que ella misma se había encargado de procurarle.

Tampoco Amulio dormía. La ceremonia de toma de los augurios se repetiría al día siguiente después del funeral. Le hubiera gustado presidir los ritos fúnebres investido con los poderes de monarca, pero lo más importante era que los guerreros lo reconocieran como su jefe natural. Y eso ya lo había conseguido. Además, había ordenado a los albanos presentarse armados para despedir con honores al hijo de Númitor y, al mismo tiempo, hacer una demostración de fuerza. Exhibir el mando de tantos guerreros armados persuadiría a los disconformes, incluidos los miembros del Consejo más reticentes, si el augur osaba titubear al interpretar la voluntad de los dioses.

La inquietud no daba tregua a la Vestal Máxima Camilia en la casa de las vestales . A causa del aislamiento que Amulio había impuesto a la reina, apenas había podido comunicarle el envío de un mensajero de confianza para avisar al rey Númitor y nada más. Y casi era mejor, porque se sentía angustiada y muy pesarosa de no poder darle noticias ciertas sobre Rea Silvia. Desde el principio de este drama había tratado de comprender las razones de la conducta de Amulio. Si quería ser rey ¿por qué no había matado a su hermano? Y si no quería mancharse las manos de sangre ¿por qué atacar tan brutalmente a su familia? Camilia intuía que para ayudar a Rea necesitaba hallar las respuestas a esas preguntas.


La aurora teñía de rosa el bosque y el santuario de Diana Nemorensis,
donde el rey Númitor de Alba Longa había pasado la noche inquieto. Cumpliendo su promesa, el sacerdote de Diana había sustituido por hombres de su confianza a los criados del rey y éste había dejado de vomitar, aunque su piel ardía, seguía sudando y se hallaba sumido en un agitado duermevela. Habían preparado un carro para transportarlo con el fondo de paja, una estera encima y espacio para que pudiera sentarse a su lado un acompañante. Lo acomodaron con mucho cuidado y el sacerdote despidió a la comitiva.

- No os detengáis por ningún motivo ni perdáis de vista al rey – advirtió–. Id tan rápido como os sea posible pues el trono de Númitor está en peligro. Y su vida también. Quieran los dioses que no sea demasiado tarde.


Rea Silvia se despertó sobresaltada con un vacío en el corazón. Su hermano. El dolor volvía con toda su agudeza tras haberse aplacado durante el sueño. A su lado Palantea dormía plácidamente, tendida de costado y con las manos juntas debajo de las mejillas. Se dio cuenta entonces, como si le arrojaran sobre el rostro un cuenco de agua fría, de la situación en que había quedado la pastorcilla por su causa: había perdido a los cerdos y ni siquiera había regresado a la cabaña de su ama desde el día anterior. ¡Kritubis podría castigarla muy severamente, e incluso reducirla a la esclavitud y venderla! La sola idea le produjo un escalofrío y aún se sintió más en deuda por su ayuda. Trataría de compensarla, impediría por todos los medios que a Palantea le ocurriera algo malo.

Al poco, una claridad difusa entró por los respiraderos de la cueva y anunció el nuevo día. Las muchachas se levantaron y llamaron a Espórtula, quien las hizo subir y beberse un caldo caliente. Tras una breve discusión, Rea Silvia impuso su voluntad por encima de la prudencia que le pedían sus amigos: asistiría al funeral de su hermano mezclada entre la multitud. No se tiznaría la cara, sino que iría lo más limpia y aseada posible, como señal de respeto, si bien se cubriría la cabeza y el rostro con un manto prestado por Espórtula. Con la atención puesta en los ritos, nadie del público se fijaría en ella.
El lugar de la ceremonia era una explanada próxima a la necrópolis, un ensanchamiento de la ladera situado a mayor altura que Alba Longa, fuera de la muralla. Bajo la guía de Alec, las tres mujeres, Rea Silvia, Espórtula y Palantea, caminaron por entre las cabañas de la zona más alta de la ciudad hasta llegar a las inmediaciones de la puerta occidental, por donde habrían de salir. Tantas personas marchaban en su misma dirección que, formando un enorme grupo, cruzaron sin dificultad la puerta de la muralla.



Depositaron los lechos fúnebres en el suelo y las autoridades ocuparon su sitio. Con la cimera de crin de caballo de su casco agitada por el viento, Amulio se adelantó unos pasos para dirigirse al público. Su estatura soberbia, su coraza de bronce labrada que destellaba cuando entre las nubes asomaba un rayo de sol, lo asemejaban a un dios. Desde donde estaban no se oían sus palabras, pero debían ser muy elocuentes porque los guerreros lo jaleaban con frecuencia haciendo chocar las lanzas contra los escudos.
Terminado el discurso, dejaron aparte a los difuntos que habrían de ser inhumados y colocaron sobre las piras funerarias a los guerreros. Tres veces los llamaron por sus nombres antes de aplicar las antorchas que prendieron el fuego. Viendo arder el cuerpo de su hermano, Rea Silvia se sentía extraña, avergonzada. Él había perdido la vida para defenderla. Y ella, en lugar de honrarlo como debía, ¿qué hacía ahí, entre el público, ocultando su parentesco, negando ser de la misma sangre? ¿Qué le impedía ir a donde estaba su madre y llorar con ella? Empezó a retroceder lentamente para separarse de sus acompañantes sin llamar su atención.


Allá abajo, sobre las aguas del lago Albano desfilaban las nubes empujadas por el soplo de Favonio. Los bosques de la orilla opuesta se estremecían reflejados en el temblor de las ondas. Como ellos, el corazón de Rea Silvia vivía una silenciosa agitación: la muerte de su hermano enturbiaba la hermosura de la primavera y oscurecía en su alma cualquier atisbo de alegría. Y algo más se movía por dentro, una inquietud sin nombre. Una y otra vez volvían a atenazarle las mismas dudas: ¿había obrado bien al huir? Rodeada de gente y a la luz del día, el miedo de la víspera le parecía carente de sentido. Todo era confusión y tristeza.

Seis piras funerarias se alzaban el centro de la explanada. Ocupando tres de sus lados, en formación, esperaban cientos de albanos con sus escudos y lanzas, cascos de bronce y petos de piel de buey. En el cuarto lado, frente a las piras, había un espacio reservado a las autoridades. El resto del público seguiría la ceremonia encaramado a las laderas. Desde la distancia vieron acercarse el cortejo fúnebre. Abría la comitiva un grupo de jóvenes vestidos con pieles de cordero. Portadores de ofrendas y flautistas precedían a los cadáveres tendidos sobre los lechos fúnebres. Tras ellos caminaba la reina Aurelia flanqueada por Criseida y Amulio. Al ver a su madre, Rea Silvia hubiera deseado correr a su encuentro y abrazarla. Los seguían Camilia y las demás vestales, el sacerdote del santuario de Júpiter Latiaris, los miembros del Consejo. A todos los conocía Rea desde la niñez. Y cada vez le resultaba más absurdo no estar allí con ellos.

lunes, marzo 21, 2011

DOBLE RESPIRO

(XIII)

Detenida en su carrera con brusquedad, Rea Silvia creyó haber caído en manos de sus perseguidores y forcejeó para zafarse de aquella garra. Pronto vio ante sí el rostro del pordiosero Alec que se golpeaba repetidamente los labios con el índice pidiéndole silencio. Palantea los vio a tiempo y se paró también. El hombre les hizo un gesto para indicar que lo siguieran y, volviéndose continuamente para asegurarse que iban tras él, las alejó de la puerta conduciéndolas entre un grupo de cabañas próximas a la muralla y acomodadas a su contorno. Caminaban deprisa, agachadas y sin hacer ruido, sorteando las irregularidades del suelo gracias a la luz de la luna, que brillaba espléndida sobre sus cabezas, aún sin haber cerrado la noche. A sus oídos llegaban, cada vez más lejanas, voces jadeantes y algunos gritos.

Al poco rato el terreno se hizo más abrupto, casi escarpado. Rea Silvia se dio cuenta de que habían alcanzado la parte más alta de Alba Longa y que a sus pies debían estar la puerta oriental de la muralla y el mercado. Alec se detuvo ante la que parecía ser la última cabaña, con la parte trasera adosada a la roca, y les indicó con la mano que entraran tras él.
- Mira a quién traigo – dijo cruzando el umbral. El interior estaba muy oscuro, la única luz provenía del fuego encendido en el centro de la cabaña, en el hogar sobre el cual humeaba un caldero. Espórtula levantó la cabeza y las llamas se reflejaron en sus ojos un instante, porque enseguida se puso de pie y acudió a la puerta a recibir a Rea.
- ¡Estás aquí! Doy gracias a los dioses. Pasad, pasad y sentaros junto al fuego. Os daré un caldo que os reconfortará – y ya estaba rebuscando en el fondo de la cabaña unos cuencos con los que volvió al hogar y los colocó sobre las piedras que delimitaban la hoguera.

Las jóvenes se habían sentado resoplantes y fatigadas, las piernas sin fuerzas para sostenerlas más. Con manos temblorosas sujetó Rea Silvia el cuenco que Espórtula le tendía. Las lágrimas comenzaron a correrle de nuevo.

- Estoy muy asustada. ¿Tan fácil soy de reconocer? – preguntó.
- Sí para alguien que, como yo, te daba puñados de habas secas antes de que tuvieras dientes – respondió la anciana –. Os vi en el mercado. Y Alec se quedó en la puerta de la muralla por si volvíais…
Palantea se bebió deprisa su caldo y, viendo que Rea Silvia aún temblaba, le echó el brazo sobre los hombros y la apretó.

- He visto, delante de la cabaña de mi tío Amulio, a uno de los hombres que han atacado esta mañana mi casa – dijo Rea Silvia sin dirigirse a nadie en particular –. En el mercado decían que me iban buscando. ¿A dónde podré ir? ¿Qué estará pasando con mi madre?

- Aquí estás a salvo – afirmó Espórtula.


- Pero pueden registrar las cabañas…

- ¡Qué registren! Os esconderé y no habrá quien os encuentre, créetelo. En cuanto a tu madre, está bien. Mañana, cuando haya pasado el funeral, trataré de ponerme en contacto con ella.

- ¿Es mañana el funeral? – se sobresaltó Rea Silvia – . ¡He de asistir!

- Es mejor que descanses ahora – dijo con firmeza Espórtula –. Mañana será otro día y ya veremos lo que conviene hacer. Vamos, tomad estas tortas de harina por si tenéis hambre luego y esta ropa para taparos y venid conmigo. Alec, tú quédate vigilando la puerta.

Mientras la anciana apartaba de la pared del fondo un banco de madera cubierto con una piel de oveja y unos cestos encima, Rea Silvia se acercó a Alec y le cogió las manos. En sus ojos brillaban las lágrimas y el agradecimiento. Lo abrazó antes de responder a Espórtula, que la llamaba apremiante.

Entre el suelo de la cabaña y la pared rocosa se abría un hueco oscuro. Con una lucerna, Espórtula iluminó unos escalones tallados en piedra viva. Descendieron por la estrecha escalera, y pronto se encontraron en el interior de una cueva espaciosa, aunque el techo no era mucho más alto que ellas. No se veía el final de la gruta pero debía tener algunos respiraderos, pues entraban finos haces de luz. Las paredes y el techo estaban cubiertos de trazos blancos que resaltaban contra la oscuridad de la piedra. La temperatura era cálida y reinaba allí una extraña paz.

- ¿Qué son esos dibujos? – preguntó Palantea, admirada de aquellos garabatos sin sentido que, sin embargo, resultaban armónicos. Espórtula pareció confusa y no respondió enseguida. Extendió en el suelo un par de esteras para que se tumbaran las muchachas y les anunció que les dejaría una lucerna encendida con carga para toda la noche.

- Es el retrato de mi amado – dijo de pronto –. El círculo más grande es la cara ¿veis? Y esa curva, la boca. La nariz es la raya recta del centro y las nueces de ambos lados son los ojos. A veces le pongo orejas, a veces no. Ahora nunca le pongo, porque me queda ya poco muy sitio para pintar.
Las muchachas la escuchaban atónitas. ¿Su amado? ¿Qué sería un amado? Le hicieron muchas preguntas atropelladas al mismo tiempo.
- Nuestros padres eran vecinos, así que crecimos juntos sin separarnos nunca. Cuando tuve vuestra edad, ¡el corazón y el cuerpo entero se me trastornaban sólo con que él me rozara…! No pensaba en nadie más, sólo en estar con él y a él le pasaba igual. Luego se fue a la guerra contra Lavinio y nunca regresó. Lo dibujo cada día para sentirlo cerca. Eso es un amado: alguien a quien se quiere tanto que la vida es imposible sin él.
Cuando Espórtula se marchó, las amigas se acostaron y hablaron de ese prodigio del que jamás habían tenido noticia. Amar a alguien de esa manera les parecía imposible y, al mismo tiempo, fascinante y muy misterioso.

- Me gustaría tener un amado – suspiró Rea Silvia - ¿A ti no?

Palantea, que siempre llevaba la siringa atada a su cinturón, la buscó entre sus ropas, se la llevó a los labios e hizo sonar una música tan tierna y hermosa que los ojos del amado de Espórtula parecían llorar.



El salón principal de la cabaña real se había iluminado con antorchas. Las sujetaban unos cuantos criados de pie, en semicírculo detrás del que formaban la reina, sus cuñados Amulio y Criseida, la Vestal Máxima y los diez miembros del Consejo. En el centro se había colocado un altar portátil: un grueso tronco de castaño cuyo interior había sido vaciado para aligerar su peso hacía las funciones de pie, y sobre él se sustentaba el ara, una piedra plana, ligeramente rebajada en el centro y con dos canalillos labrados en cada uno de los laterales. Sendos cuencos situados en el suelo, debajo de los canales, recogerían la sangre de la víctima.

Appius entró en el salón y tras él dos criados con el lechón que iba a ser sacrificado. El augur saludó con una inclinación de cabeza e inmediatamente se dirigió al altar. De espaldas a él, preguntó cuál iba a ser la consulta a los dioses. Respondió el varón más anciano del Consejo:

- Es voluntad de la reina Aurelia renunciar, en nombre de su marido, al trono de Alba Longa a favor de su cuñado, hijo menor del rey Procas, el noble Amulio. Siempre que esa renuncia cuente con el beneplácito de los dioses.
El augur volvió a saludar, les dio la espalda y ordenó a los criados colocar al lechón sobre el ara. El animal parecía aturdido y se dejó subir sin oponer resistencia. Appius elevó durante un instante los ojos hacia lo alto, recitó en voz baja las fórmulas requeridas, extrajo de una funda de cuero su cuchillo sacrificial y de un solo tajo degolló al cerdo, que se derrumbó sin un quejido. Abrió entonces al lechón en canal y un olor fétido, nauseabundo, inundó la estancia y obligó a todos a taparse la nariz. Appius metió las manos en la herida y separó las dos partes para examinar el interior. El estómago estaba tan hinchado que parecía a punto de reventar.

- Los augurios no son favorables – dijo dirigiéndose al anciano que había realizado la consulta. Y se creó un momento de gran confusión en la cabaña real.



Gracias a Cayetano por regalarnos una tinaja y anunciar esta iniciativa en su blog.