El ambiente en la casa de las Vestales era sombrío cuando llegó un mensajero de parte de Amulio: la Vestal Máxima debía acudir de inmediato a la cabaña real, porque se iba a reunir el Consejo. Camilia frunció el ceño. Consciente de las maniobras de Amulio para utilizar en su favor la irritación en las calles, sabía que la convocatoria del Consejo pretendía forzar la renuncia de Aurelia. Y lo que era peor: no veía el modo de impedirla.


La Vestal Máxima se cubrió la cabeza con su velo y salió. Las calles estaban abarrotadas de público, la inquietud era evidente. Muchos callaban al verla llegar y le abrían paso, pero no había sonrisas ni afabilidad en sus rostros. Tampoco ella sonreía: le pesaba mucho el no haber podido cumplir la promesa de proteger a Rea Silvia y ahora su amiga y reina Aurelia estaría más desamparada que nunca.
- Señora, este es un momento muy doloroso para todos nosotros – dijo poniéndose en pie el consejero de mayor edad, un hombre de pelo blanco –. La pérdida que ha sufrido tu casa se le ha infligido también a Alba Longa, pues tu hijo debía suceder en el trono a tu esposo Númitor. Era un gran guerrero y un joven muy amado. Nos condolemos contigo.
Hizo una pausa en su discurso mientras paseaba la vista por el rostro de la reina y los consejeros. Amulio miraba al suelo.
- Ignoramos de dónde ha venido ese ataque cruel – prosiguió –, y podría preceder a otro más extenso contra toda la ciudad. Está empezando la estación de la guerra y muchas ciudades ambicionan apoderarse de la nuestra. Debemos preparar nuestro ejército y poner al frente a quien lo pueda dirigir.
- Con más motivo, entonces, debemos actuar, puesto que nos enfrentamos a un peligro nuevo y desconocido – insistió el consejero, aunque a nadie le había pasado por alto la última frase de la reina.
A una leve señal de Amulio, uno de los criados que estaban en pie al fondo de la estancia hizo pasar a Catión, quien se deslizó en silencio y se colocó junto a la pared de manera que la reina lo viera bien. Aurelia comprendió perfectamente la amenaza de su cuñado de culparla a ella y no insistió en el argumento de la traición. Se inició un tenso debate. 
La luz que entraba por el hueco de ventilación abierto bajo la viga cumbrera se desplazaba lentamente por las paredes de la cabaña al avanzar la tarde y perdía intensidad. La discusión se prolongaba: unos consejeros abogaban por esperar el regreso de Númitor, mientras otros pedían la renuncia de Aurelia. Los razonamientos de unos y otros giraban obsesivamente en torno al peligro y la exigencia por parte los propios albanos de armar un ejército, hasta que Amulio rompió el estancamiento.
- Habías manifestado esta mañana, reina Aurelia que, temiendo por la salud delicada de tu marido y cómo podría afectarle esta desgracia, renunciarías al trono en su nombre – dijo Amulio –. Se lo dijiste a la Vestal Máxima delante de mí. No entiendo tu actitud ahora. ¿Ha cambiado algo desde entonces?
- Te dije que lo haría cuando estuviera aquí mi hija para acompañarme.
- ¿Dónde está tu hija? – preguntó rápidamente el segundo consejero.
- No lo sé – respondió despacio Aurelia. Y tuvo conciencia de haber caído en una trampa.
- Temo por ella, sí. Es una niña.
- Y estando tu hija en peligro, ¿te niegas a poner un rey al frente de los guerreros que, además, la buscarían y defenderían de inmediato? Con todo el respeto, señora, el dolor te ha alterado el juicio. Ni el rey Númitor ni ninguna madre de esta ciudad aprobará tu conducta – concluyó el consejero con aire de triunfo.
Los demás consejeros quedaron atónitos. Tampoco ellos entendían por qué estaban discutiendo si la reina estaba dispuesta a renunciar. Sin duda, algo le ocurría a esa mujer prudente. Arreciaron los argumentos para convencerla, ahora procedentes de todos los consejeros.
- ¿Quiénes son los asesinos, dices? – preguntó con amargura Aurelia – Si estuviera en mi poder, ya los habría castigado.
- Pues danos el instrumento para hacerles pagar su crimen: renuncia a favor de tu cuñado Amulio y todo se resolverá.
- Sea como me pedís – claudicó Aurelia, comprendiendo que la batalla estaba perdida. Su tentativa de ganar tiempo por si regresaba Númitor había fracasado. Pero no estaba todo perdido: confiaba en la Vestal Máxima y en su capacidad para proteger a Rea Silvia. Al menos, su hija estaría en estos momentos a salvo y eso era lo más importante para ella.
– Preparad lo necesario para formalizar la renuncia – añadió, mientras se ponía en pie con la mayor dignidad.
Los demás consejeros quedaron atónitos. Tampoco ellos entendían por qué estaban discutiendo si la reina estaba dispuesta a renunciar. Sin duda, algo le ocurría a esa mujer prudente. Arreciaron los argumentos para convencerla, ahora procedentes de todos los consejeros.
- La población se volverá contra ti, Aurelia si, por tu terquedad, sus hijos son atacados por sorpresa y mueren – concluyó el consejero más anciano –. Además, querrás averiguar quiénes son los asesinos de tu familia. Cuanto más tardemos, más ventajas les damos a ellos.
- ¿Quiénes son los asesinos, dices? – preguntó con amargura Aurelia – Si estuviera en mi poder, ya los habría castigado.
- Sea como me pedís – claudicó Aurelia, comprendiendo que la batalla estaba perdida. Su tentativa de ganar tiempo por si regresaba Númitor había fracasado. Pero no estaba todo perdido: confiaba en la Vestal Máxima y en su capacidad para proteger a Rea Silvia. Al menos, su hija estaría en estos momentos a salvo y eso era lo más importante para ella.
– Preparad lo necesario para formalizar la renuncia – añadió, mientras se ponía en pie con la mayor dignidad.
Dos amigas anuncian la escritura de esa novela en sus blogsmª Antonia moreno y la dame masquée . Gracias a ambas, su ayuda se agradece mucho.