jueves, marzo 10, 2011

DECEPCIONES Y ESPERANZAS

(X)
El ambiente en la casa de las Vestales era sombrío cuando llegó un mensajero de parte de Amulio: la Vestal Máxima debía acudir de inmediato a la cabaña real, porque se iba a reunir el Consejo. Camilia frunció el ceño. Consciente de las maniobras de Amulio para utilizar en su favor la irritación en las calles, sabía que la convocatoria del Consejo pretendía forzar la renuncia de Aurelia. Y lo que era peor: no veía el modo de impedirla.


Esta era su última preocupación, pues poco antes había recibido a las hermanas Énule y Amnesis, muy inquietas. No habían encontrado a Rea Silvia en el bosque de Silana, como esperaban, y temían, por algunos indicios, que hubiera regresado a Alba Longa seguida por los secuaces de Amulio. Camilia las había tranquilizado. Convenía salir en su busca enseguida, esconderla en su casa cuando dieran con ella y enviarle un recado con mucha discreción. La casa de las Vestales podría estar vigilada.

- Adriana, ve con uno de nuestros siervos al mercado y compra un lechón. Si Aurelia renuncia, será preciso tomar los augurios y lo necesitaremos – dijo Camilia a la vestal –. Encárgate también de avisar al augur Appius. Que acuda a la cabaña real y espere en la puerta a ser llamado.

La Vestal Máxima se cubrió la cabeza con su velo y salió. Las calles estaban abarrotadas de público, la inquietud era evidente. Muchos callaban al verla llegar y le abrían paso, pero no había sonrisas ni afabilidad en sus rostros. Tampoco ella sonreía: le pesaba mucho el no haber podido cumplir la promesa de proteger a Rea Silvia y ahora su amiga y reina Aurelia estaría más desamparada que nunca.


Los diez miembros del Consejo se hallaban ya en el salón de la cabaña real cuando llegó Camilia. Se pusieron en pie, la saludaron con una inclinación de cabeza y ella les devolvió de igual manera el saludo. La reina Aurelia estaba situada en el centro del semicírculo formado por los consejeros con su cuñado Amulio sentado a su diestra. A pesar de la penumbra, en el rostro de la reina se apreciaban las huellas del sufrimiento. Profundas ojeras apagaban la luz de sus ojos siempre animados y su tez empalidecía con las mandíbulas apretadas. Camilia se sentó a la izquierda de la reina.

- Señora, este es un momento muy doloroso para todos nosotros – dijo poniéndose en pie el consejero de mayor edad, un hombre de pelo blanco –. La pérdida que ha sufrido tu casa se le ha infligido también a Alba Longa, pues tu hijo debía suceder en el trono a tu esposo Númitor. Era un gran guerrero y un joven muy amado. Nos condolemos contigo.

- Así es, reina Aurelia – intervino un segundo consejero, más joven, cuando el anciano se sentó –. Tu hijo hubiera sido un buen rey, pues había recibido de sus progenitores las enseñanzas y el ejemplo necesarios para serlo. Apelamos a tu buen sentido y tu responsabilidad, tantas veces demostradas, para que renuncies al trono.

Hizo una pausa en su discurso mientras paseaba la vista por el rostro de la reina y los consejeros. Amulio miraba al suelo.

- Ignoramos de dónde ha venido ese ataque cruel – prosiguió –, y podría preceder a otro más extenso contra toda la ciudad. Está empezando la estación de la guerra y muchas ciudades ambicionan apoderarse de la nuestra. Debemos preparar nuestro ejército y poner al frente a quien lo pueda dirigir.

- Nadie nos ha declarado la guerra – respondió la reina –, ni he oído jamás que un pueblo atacase a otro sin haber cumplido los rituales, pedir el beneplácito de los dioses, ni avisar. Éste ha sido un ataque sorpresivo y vil. La traición no suele venir de fuera.

- Con más motivo, entonces, debemos actuar, puesto que nos enfrentamos a un peligro nuevo y desconocido – insistió el consejero, aunque a nadie le había pasado por alto la última frase de la reina.
A una leve señal de Amulio, uno de los criados que estaban en pie al fondo de la estancia hizo pasar a Catión, quien se deslizó en silencio y se colocó junto a la pared de manera que la reina lo viera bien. Aurelia comprendió perfectamente la amenaza de su cuñado de culparla a ella y no insistió en el argumento de la traición. Se inició un tenso debate.

La luz que entraba por el hueco de ventilación abierto bajo la viga cumbrera se desplazaba lentamente por las paredes de la cabaña al avanzar la tarde y perdía intensidad. La discusión se prolongaba: unos consejeros abogaban por esperar el regreso de Númitor, mientras otros pedían la renuncia de Aurelia. Los razonamientos de unos y otros giraban obsesivamente en torno al peligro y la exigencia por parte los propios albanos de armar un ejército, hasta que Amulio rompió el estancamiento.

- Habías manifestado esta mañana, reina Aurelia que, temiendo por la salud delicada de tu marido y cómo podría afectarle esta desgracia, renunciarías al trono en su nombre – dijo Amulio –. Se lo dijiste a la Vestal Máxima delante de mí. No entiendo tu actitud ahora. ¿Ha cambiado algo desde entonces?

- Te dije que lo haría cuando estuviera aquí mi hija para acompañarme.

- ¿Dónde está tu hija? – preguntó rápidamente el segundo consejero.

- No lo sé – respondió despacio Aurelia. Y tuvo conciencia de haber caído en una trampa.

- No sabes dónde está… – dijo el consejero – ¿Y no temes por su vida?

- Temo por ella, sí. Es una niña.

- Y estando tu hija en peligro, ¿te niegas a poner un rey al frente de los guerreros que, además, la buscarían y defenderían de inmediato? Con todo el respeto, señora, el dolor te ha alterado el juicio. Ni el rey Númitor ni ninguna madre de esta ciudad aprobará tu conducta – concluyó el consejero con aire de triunfo.

Los demás consejeros quedaron atónitos. Tampoco ellos entendían por qué estaban discutiendo si la reina estaba dispuesta a renunciar. Sin duda, algo le ocurría a esa mujer prudente. Arreciaron los argumentos para convencerla, ahora procedentes de todos los consejeros.

- La población se volverá contra ti, Aurelia si, por tu terquedad, sus hijos son atacados por sorpresa y mueren – concluyó el consejero más anciano –. Además, querrás averiguar quiénes son los asesinos de tu familia. Cuanto más tardemos, más ventajas les damos a ellos.


- ¿Quiénes son los asesinos, dices? – preguntó con amargura Aurelia – Si estuviera en mi poder, ya los habría castigado.

- Pues danos el instrumento para hacerles pagar su crimen: renuncia a favor de tu cuñado Amulio y todo se resolverá.

- Sea como me pedís – claudicó Aurelia, comprendiendo que la batalla estaba perdida. Su tentativa de ganar tiempo por si regresaba Númitor había fracasado. Pero no estaba todo perdido: confiaba en la Vestal Máxima y en su capacidad para proteger a Rea Silvia. Al menos, su hija estaría en estos momentos a salvo y eso era lo más importante para ella.

– Preparad lo necesario para formalizar la renuncia – añadió, mientras se ponía en pie con la mayor dignidad.


Dos amigas anuncian la escritura de esa novela en sus blogsmª Antonia moreno y la dame masquée . Gracias a ambas, su ayuda se agradece mucho.

lunes, marzo 07, 2011

NOTICIAS DEL REY NÚMITOR

(IX)

Los dioses prodigan a la juventud el don de la alegría y así, Rea Silvia y Palantea se habían reído mientras, escondidas detrás de la cabaña de Kritubis para que ésta no las viese, la pastorcilla trataba de dar apariencia de pastora a Rea. Le dio su propia túnica parduzca en sustitución de la que llevaba de color claro, un color sólo usado por las personas importantes, y ella misma se vistió con otra más vieja que le venía pequeña. Le recogió el cabello en dos trenzas muy juntas que ocultaban la blancura de su nuca antes de caerle por la espalda y luego trató de disimular la delicadeza de la piel de su rostro tiznándola con hollín: con el dedo índice le trazó una línea gruesa sobre las cejas y casi las unió en el centro; también estrechó la frente oscureciendo las sienes a ambos lados y, por último, la manchó un poco junto al nacimiento de las orejas.


Mientras lo hacía, de rodillas y frente a frente las dos, a Palantea se le escapaba la risa y Rea tampoco se podía contener, imaginándose su aspecto espantoso. Como nunca andaba descalza, le era imposible prescindir de las sandalias así que las rascaron con una piedra para deteriorar el cuero y, una vez se las hubo calzado de nuevo, las mancharon de barro, incluyendo los pies.

- Ahora viene lo más importante – dijo Palantea –: debes oler un poco a cerdo, porque de lo contrario nadie te tomaría por una pastora.

- Ya sé cómo lo haremos – anunció muy contenta Rea Silvia –: abrazaré a cada uno de tus cerdos y verás…

Siguieron muchas más risas, porque los cerdos no se dejaban atrapar y Rea dio con su cuerpo en el suelo tantas veces como lo intentó. Y así, entre la tierra y las hojuelas que se le habían adherido a las ropas y al cabello, el roce con los cerdos y el aspecto un tanto desastrado tras los revolcones, Rea pensó que podía regresar a Alba Longa sin riesgo de ser reconocida. Palantea entró en la cabaña, dejó las ropas de su amiga enrolladas junto a la pared, y dijo a su ama Kritubis que iría con los cerdos hacia la ciudad.

De camino se procuraron una vara larga a modo de cayado para Rea y la joven empezó a manejarla con torpeza. Sin embargo, su alegría se había apagado. Aún no le había dicho a la pastorcilla quién era, ni la razón de su huida, ni sus temores. Caminaba cabizbaja mientras Palantea, a su lado, la observaba de reojo. Al fin, cerca de una bifurcación de caminos donde debían elegir cuál de ellos tomar, la pastorcilla dijo:

- ¿Quieres ir directamente a tu casa?

- No, no – respondió Rea –. Antes quisiera saber si ha ocurrido algo importante en la ciudad y qué se cuenta por las calles.

- En tal caso – dijo Palantea – ¿Entramos por la puerta occidental y atravesamos la ciudad, o prefieres que bordeemos el exterior de la muralla hasta el mercado? Allí suele haber mucho público y se habla de todo...

- Según tú, ¿qué es mejor?

- Si atravesamos la ciudad nos cruzaremos con mucha gente y será más fácil que alguien te reconozca. Al mercado se va siguiendo este camino o, incluso, campo a través. Una vez allí, según las noticias que oigas, podremos entrar a la ciudad por la puerta de levante o volver atrás.

- Vayamos entonces campo a través – respondió Rea, admirándose del razonamiento de su amiga. Había sido una gran suerte encontrarse con ella. Abandonaron el camino, descendieron por la pendiente y se metieron en un espeso bosque de castaños, manteniendo el camino a la vista, por encima de ellas. La hora del día las favorecía, pues el sol se dirigía ya hacia el oeste y alargaba las sombras de los árboles ocultándolas con una suave penumbra.


Cerca del lago de Nemi y del bosque sagrado de Diana Nemorensis, el origen de cuyo culto se pierde en la oscuridad de los tiempos, había un pequeño poblado. De él nacería con los siglos la ciudad de Aricia, famosa en el Lacio, pero entonces sólo era un puñado de sombrías cabañas junto al camino que conducía a Corioles. Allí llegó a media tarde, tras haber cabalgado en una mula sin descanso desde el medio día, el mensajero enviado por Camilia, la Vestal Máxima, en busca del rey Númitor de Alba Longa.


Gracias a las amigas que han hablado de esta novela en sus blogs alexandra sotelo faderland , que se ofrece como envenenadora, isabel,del costurero como Marcia, una joven sabina y la pastorcita Palantea que no es otra que freia . Todos estos enlaces os encantarán.

Agotado por el esfuerzo, paró para descansar y beber agua y, por voluntad de los dioses que disponen los acontecimientos a su antojo, al decir que salía al encuentro de Númitor, los aldeanos le informaron que su rey había llegado dos días antes y, sintiéndose repentinamente enfermo, había quedado al cuidado del sacerdote de Diana. A ruegos suyos, lo condujeron hasta el santuario y, una vez allí, a la presencia del rey.

Sobre una yacija de paja, con el rostro ceniciento y empapado en sudor, Númitor parecía dormir. Le acompañaban algunos servidores: uno le colocaba paños húmedos sobre la frente; otro tenía en las manos una bacinilla, cuyo olor dejaba comprender que recogía sus vómitos; y los demás estaban sentados en el suelo. El mensajero, aunque conmovido al ver el estado del rey, preguntó si estaba despierto y podía hablarle. El propio rey abrió los ojos al oírle.

- Traigo una mala noticia, señor. Tu casa ha sufrido esta mañana un ataque por parte de desconocidos. Ha muerto tu hijo y con él todos tus siervos. La reina Aurelia está bien y tu hija Rea Silvia ha podido huir y ponerse a salvo. Me manda la Vestal Máxima a avisarte y pedirte que regreses cuanto antes, porque incluso tu trono está en peligro.

Númitor cerró los ojos. Y aún así, a través de sus párpados cerrados pudo notarse su sufrimiento, palparse su dolor. Al poco, con gran esfuerzo se apoyó sobre su codo izquierdo y se alzó levemente. Sus pupilas eran abismos cuando miró al mensajero.

- Regresa ahora mismo y di a la Vestal Máxima y a mi esposa que mañana al alba partiré. Viajaremos en carro, así que no llegaremos antes del mediodía. ¿Cuándo crees que podrás dar el mensaje?

- Mañana temprano, porque cabalgaré tan rápido como sea posible.

- Hazlo. Contigo va toda mi esperanza. Y vosotros, no perdáis tiempo – añadió dirigiéndose a sus siervos –, empezad a preparadlo todo. ¡Daos prisa, daos prisa! Si vuestro rey ha de morir, que sea en su propia tierra.

El mensajero salió de la estancia mal impresionado y con cierta inquietud. Había percibido algo extraño pero, hasta pasado un buen rato, no logró descubrir qué era. Todos los siervos de la casa de Númitor habían muerto y aquellos que acompañaban al rey ni siquiera habían preguntado cómo.

jueves, marzo 03, 2011

BÚSQUEDA INFRUCTUOSA

(VIII)

La tensión crecía en los alrededores de la cabaña real y muchas voces reclamaban una solución inmediata. El tiempo jugaba en contra de los albanos: cuanto más tardaran en reaccionar, tanto más crecerían las expectativas de sus enemigos. El propio Catión, uno de los hombres que más activamente estaban trabajando en la calle, fue a informar a Amulio. Su fama de bebedor favorecía la causa: si hasta un borrachín empedernido percibía la pasividad de la reina, ¿No iban a darse cuenta las ciudades vecinas? ¿Cuánto tardarían en armarse y atacar, siendo que acababa de empezar la primavera? De eso trataban cuando el cabecilla de los sicarios de Amulio llegó a la cabaña real y entró en el salón.

- No he encontrado aún a la muchacha, aunque mis hombres siguen registrando los caminos y bosques – informó Pratex –. Buscaremos discretamente en Alba Longa, por si hubiera vuelto aquí. Más pronto que tarde caerá en nuestras manos.
Criseida frunció el ceño y lo miró con desdén. Le parecía intolerable que Rea Silvia escapara a la persecución de soldados experimentados como Pratex. Apretó con fuerza los puños. Ese Pratex no debía ser tan bueno como creía su marido.


- Bien, que sigan con ello – dijo Amulio –. Ahora, sin embargo, he de concentrarme en otro asunto más importante. Vamos a convocar al Consejo.

- ¿Sin haber acabado con Rea Silvia? – se revolvió Criseida, con un matiz de recriminación en su tono.

- ¡No seas tan insistente, mujer! ¿Qué más da matarla hoy o mañana? La muerte se puede aplazar. Lo que no conviene atrasar es la renuncia de Aurelia. ¡Eso es lo urgente! Luego, cuando yo tenga la autoridad real, resolveré todo lo que haya quedado pendiente ahora.

-Te conozco muy bien, marido – dijo Criseida –. ¡Eres demasiado blando! Hemos hablado de esto muchas veces ¿ya no te acuerdas? Si Rea Silvia tuviera descendencia, sus hijos podrían reclamarte el trono. Y te aseguro que no lo consentiré. Han de ser mis nietos, los hijos de nuestra hija Tona, quienes hereden el trono.

- ¡Hablas como si ya los tuvieras!

- Los tendré. Y te juro por todos los dioses que no descansaré hasta ver enterrada a Rea Silvia.

- Cálmate, mujer – dijo Amulio, acercándose a ella con gesto conciliador –. ¿Crees que nuestro futuro no es importante para mí? Por eso hemos de aprovechar el momento: con la gente indignada y revuelta no seremos nosotros, sino todo el Consejo quien presione a Aurelia. Ante ellos no se atreverá a exigir la presencia de su hija y eso acelerará nuestros planes y nos dejará las manos libres. ¿No lo entiendes?

- No te confíes, Amulio – insistió Criseida –. Hasta ahora Rea Silvia se la ha librado. Y eso no me gusta.


Énule y Amnesis habían llegado con las provisiones al bosque sagrado de Silana. La niebla se había levantado y los rayos del sol penetraban entre las hojas dibujando en el sotobosque juegos de sombras y luces. Sobre una piedra plana quemaron para la ninfa una ramita olorosa y, solicitando su permiso para adentrarse en la espesura, se dirigieron a la caverna donde nacía su fuente. Era allí donde las dos hermanas estaban seguras de hallar a Rea Silvia. Pero la cueva estaba desierta.

Buscaron entre los troncos de las encinas y las ramas, por si se hubiera subido a una de ellas; registraron los arbustos mientras en voz baja la llamaban por su nombre; llegaron hasta los confines del bosque, allí donde el terreno se empinaba bruscamente y para continuar era preciso agarrarse con las manos a los matorrales. Nada. No había rastro de ella, ni tampoco habían apreciado signos de violencia. ¿Dónde se habría metido? Tendría hambre, estaría cansada. Quizá había decidido salir del bosque.

Con miedo creciente, pensaron en qué otro lugar podría haberse refugiado y al fin decidieron buscar por los alrededores. Cerca de allí estaba la cabaña de Kritubis, una mujer extraña que rehuía la sociedad de los demás, pero quizá podría haberla visto u oído. Aunque Énule la conocía, rara vez intercambiaban más palabras que un saludo. Les convenía, pues, ser muy cautas.

Kritubis estaba delante de la puerta de su cabaña. Era muy alta y solía andar erguida y sin hacer ruido, como si sus pies no tocaran el suelo. Nunca se sabía si estaba disgustada o alegre, porque su rostro no manifestaba ninguna emoción. Observó llegar a las hermanas sin moverse y respondió con un movimiento de cabeza a su saludo.

- ¿Podrías darnos un poco de agua, por favor? – pidió Énule.
Sin responder, Kritubis cruzó el umbral de la cabaña y volvió a salir al poco, con un cuenco de agua y un cacillo para beber.

- Venía con nosotras una muchacha y, sin darnos cuenta, nos hemos separado y la hemos perdido – dijo Amnesis mientras su hermana saciaba la sed –. ¿No la habrás visto por aquí?

- ¿Iba con vosotras…? Por lo visto, hoy todo el mundo va perdiendo muchachas – respondió con acritud la mujer. A las hermanas les dio un vuelco el corazón.

- ¿Ha preguntado por ella alguien más?

- Unos hombres. Y les he dicho lo mismo que os digo a vosotras: no sé quién es esa muchacha, ni la he visto, ni me importa. La única joven que hay por estos alrededores es mi sierva Palantea. Y esa no se pierde.

- ¿Podríamos hablar con ella? – preguntaron.

- No está. Y ahora, dejadme en paz. – respondió con sequedad Kritubis. Les arrebató de las manos el cuenco del agua y el cacillo y se metió en la cabaña.

A través del hueco de la puerta, Amnesis alcanzó a ver un bulto claro en el suelo, junto a la pared. ¿La engañaba la vista, o esas podían ser las ropas de Rea Silvia? ¿Qué significaría eso? Y se sobresaltó al pensar que esos sujetos desconocidos podrían haberlas visto también.



El post de arquehistoria sobre esta novela.

lunes, febrero 28, 2011

COMPÁS DE ESPERA

(VII)


El sol había alcanzado su cénit y, sin embargo, el tiempo parecía haberse detenido en la cabaña real. Ninguna orden había salido de ella para buscar y capturar a los culpables, ninguna medida de protección para la ciudad. Ignorantes de la situación de aislamiento e indefensión de Aurelia, los habitantes de Alba Longa no se explicaban la actitud de su reina y la inquietud crecía. Esa falta de acción irritaba a los parientes de los muertos, que clamaban justicia, y era la comidilla de los grupos de hombres que, enterados de lo sucedido, regresaban de los campos y se reunían espontáneamente.


Apenas le informaron del malestar en las calles, Amulio comprendió las ventajas de poner a la población en contra de la reina. Se ahorraría tener que seguir amenazando a esa terca si toda Alba Longa le exigía la renuncia al trono. ¿Cómo no lo había pensado antes? Rápidamente envió a sus servidores a atizar el descontento y el miedo. Nada une tanto a los hombres ni los vuelve tan ciegos como creer en un peligro inminente.

- ¡No podemos cruzarnos de brazos! – era una de las expresiones más repetidas por los agentes de Amulio –. Si asesinan al hijo del rey y nos quedamos quietos, nuestros rivales nos tacharán de cobardes y nos atacarán.

- ¡Es la ocasión que esperaban los de Lavinio! Se sienten agraviados desde que somos más importantes que ellos – confirmaba otro –. Se aprovecharán de nuestra debilidad. ¡Deberíamos prepararnos!

- Olvidaros de eso. La reina sólo piensa en llorar a su hijo. Y es natural… ¿Qué puede esperarse de una mujer? – añadía con sarcasmo un tercero.

- Está en juego nuestro honor y quizá nuestra propia ciudad. Alguien debería explicárselo a la reina – decían de buena fe algunas personas.

- No seas iluso. Por lo visto, Aurelia desvaría y está a punto de perder la razón. ¡Justo ahora, cuando acabamos de sufrir un ataque contra la casa real y necesitamos ser dirigidos por una mano firme y fuerte! En ausencia del rey Númitor, su hermano Amulio es el único legitimado para hacerlo.

Conversaciones como ésta se repetían por toda Alba Longa, se transmitían de unos grupos a otros y aumentaban la alarma. Y así, quienes al amanecer rogaban a los dioses para que Amulio nunca alcanzara el poder, al mediodía lo consideraban una tabla de salvación.


El corazón de Aurelia sangraba por todas partes. Habían trasladado los cadáveres desde el gran salón a una de las estancias de la cabaña y allí un grupo de siervos enviados por la Vestal Máxima, junto con Tuccia y la propia reina los estaban preparando para el funeral. Rompía el alma ver aquellas vidas truncadas con violencia, sin piedad ni razón. Que hubieran alzado las armas contra ancianas estremecía por su crueldad, cuando habrían merecido morir en sus yacijas rodeadas de cuidados y afecto. Y no dolía menos ver a los jóvenes segados en plena lozanía, hurtados a una vida que podía haber sido plena y útil a sus semejantes, padres y madres de hijos que no llegarían a nacer. Ese era el triste premio a su fidelidad, el pago por compartir la comida y la bebida, honrar a los mismos dioses domésticos, haber nacido y crecido en esa cabaña y ser la familia* del rey.

Un dolor que, siendo insoportable para cualquier ser humano, lo era aún más para Aurelia que había perdido también a su único hijo varón y sabía en peligro a su hija. Al pensarlo, todo su cuerpo se estremecía de pavor. ¿Dónde estaría Rea Silvia? ¿Conseguiría encontrarla y protegerla Camilia? Respecto a su marido, temblaba ante la idea de que su hermano lo hubiera asesinado.


- Solicito ver a la reina Aurelia – anunció la vestal Adriana entrando en la cabaña real. En el salón principal, Amulio y Criseida hablaban con varios de sus secuaces. Habían repuesto los muebles rotos y eliminado los signos de violencia. Todo parecía en orden, como si nada hubiera sucedido.

- Está muy ocupada – respondió Amulio mirando despectivamente a la joven vestal –. Dime qué quieres, y yo mismo se lo transmitiré.

- No es posible, señor. Traigo el ajuar para los ritos fúnebres – dijo señalando a dos siervos que venían tras ella con grandes cestos –. Visto que no puede confeccionarse aquí, he pedido a diversas familias que lo fabriquen. Estos hombres han de negociar el intercambio entre la reina y sus dueños. Ella misma debe hacerlo, pero puedes estar presente, si quieres.

No perdería el tiempo en cuestiones banales, pensó Amulio, ni tenía intención de ver a Aurelia. Prefería hacerlo en presencia del Consejo en el momento de la renuncia al trono. Mientras tanto, más valía que la reina se entretuviese en asuntos mujeriles y no pensara en nada más. Ordenó a uno de sus esbirros que acompañara a la vestal y se quedara allí.

La reina acogió a la vestal con una mirada de esperanza y, a la vez, de interrogación. Adriana se inclinó ante ella y le besó las manos.

- Estate tranquila, señora – murmuró –. Sabemos dónde se esconde Rea Silvia. A estas horas seguramente Énule estará ya con ella y creemos que a salvo. La protegeremos, ten confianza en nosotras.

Aurelia mantuvo el rostro impenetrable, pero las lágrimas asomaron a sus ojos. Se volvió luego hacia los criados que traían el ajuar funerario y pidió ayuda a Tuccia y a la propia vestal para elegirlo. Las mujeres y dos jóvenes imberbes serían inhumados y para ellos eligieron cuencos, vasos y otros recipientes de barro de tamaño común. La reina lloró al añadir un retorcedor para la anciana que hilaba la lana. Los varones que habían muerto luchando serían incinerados y su ajuar de mesa se haría en miniatura.

- Necesitaremos seis urnas de barro en forma de cabaña. ¿Os dará tiempo a modelarlas? – preguntó la reina. Los hombres respondieron que sí –. Las espadas, lanzas y escudos en miniatura los quiero de bronce para mis siervos y de noble hierro para mi hijo. Merecen gozar en el más allá de todo su prestigio guerrero.

Aurelia suspiró, como si haber expresado sus propios deseos la aliviara. De haber sabido entonces cuánto sufrimiento habría de soportar, quizá hubiera preferido estar tan muerta como ellos.




*Ya desde época arcaica, la noción de "familia" hacía referencia a todas aquellas personas que vivían bajo el mismo techo, incluidos siervos y esclavos. De ahí que Aurelia se ocupe de todos ellos, pues son su familia.

Si tenéis curiosidad, aquí viene la entrevista que me han hecho en la revista You coach!

jueves, febrero 24, 2011

ENCUENTRO EN EL BOSQUE

(VI)
Camilia aceleró el paso una vez hubo cruzado de nuevo por entre el gentío, de regreso a la cabaña de las vestales y el templo de Vesta, situados en el centro de la población. Unos instantes antes, desde la puerta de la cabaña real, había dado al público una sucinta explicación de lo ocurrido.
La multitud había quedado conmovida por un crimen despiadado y sin causa aparente. No se explicaba quién o por qué motivo habrían querido atacar con tal saña a la familia real. ¿Serían sicarios al servicio de alguna ciudad latina? Si era así, Alba Longa estaría en peligro y con su rey ausente. Y más allá de la desazón que embargaba sus ánimos, otra duda corría de boca en boca: puesto que el único hijo varón del rey había sucumbido sin descendencia, ¿quién heredaría el trono cuando Númitor muriese? Y pedían a los dioses que su salud resistiera hasta que Rea Silvia le hubiera dado un nieto pues, de lo contrario, sólo quedaría para heredar su hermano Amulio. Amulio, el odioso.



No menos preocupada estaba Camilia cuando llegó a la cabaña de las vestales, donde la esperaban Énule y Amnesis.

- Teníais razón – les dijo al verlas –. La situación es crítica. Y desde luego Amulio y su esposa están detrás de los asesinatos. Temo por Rea Silvia.

- ¿Has podido hablar con la reina? ¿Cómo está? – preguntó Énule. Desde hacía algún tiempo la reina recurría a sus servicios como experta conocedora de hierbas y remedios medicinales y se profesaban mutuo afecto.

- Esos dos, Amulio y Criseida, la tienen aislada y vigilada. Pese a todo, he podido comunicarme con ella – dijo mientras se llevaba la mano al hombro donde se había colocado la fíbula de Aurelia y con un dedo repasaba su contorno –. No en vano somos amigas desde la infancia. Cuando éramos pequeñas y alguna de nosotras tenía problemas, solíamos intercambiar nuestras fíbulas. Era como si cada una se pusiera en el lugar de la otra y compartiera su carga. Nos aliviaba mucho. Acabo de cambiarle su fíbula y ahora ya sabe que he comprendido la situación y tendrá mi ayuda.

Pero basta de cháchara: hemos de proteger a Rea Silvia. Os daremos provisiones y ropa de abrigo y se las llevaréis al bosque de Silana. Quedaos con ella. De ningún modo puede volver a Alba Longa, porque su vida aquí corre grave peligro. Y ahora, dispensadme, he de resolver muchos asuntos antes del mediodía.


El crujido de una rama sobresaltó a Rea Silvia. De nuevo su corazón inició un galope ciego, una carrera desenfrenada que la puso en pie de un salto y la hizo adherirse a la pared de la cueva en penumbra. No había podido apartar de su recuerdo la lucha a muerte que había visto en su propia casa, y el grito desesperado de su madre retumbaba en su cabeza. No debió haber huido, sino quedarse con su familia, ayudarlos en lugar de obedecer la orden de ponerse a salvo. Dudaba sobre la conveniencia de regresar a Alba Longa cuando ese ruido inesperado la había devuelto al bosque de Silana y la enfrentaba a su propio riesgo. Conteniendo la respiración aguzó el oído.

Entonces inundó el bosque una música liviana y suave semejante a la que Favonio provoca con su soplo cuando, al empezar la primavera, hace cantar las hojas de las encinas y los castaños y los incita a dar frutos: alegre como el aleteo de las mariposas y más dulce que la miel de las abejas. Evocaba también otros sonidos: el goteo del agua sobre una piedra, el chasquido de la hojarasca bajo las pisadas diminutas de las aves y su picoteo, el lento transcurrir del tiempo. Era tan hermosa aquella melodía que apaciguaba el espíritu y hacía olvidar los pesares. Sin darse cuenta, Rea Silvia se había ido acercando a la entrada de la cueva y, con cautela, miró al exterior.

Dándole la espalda, sentada sobre un viejo tocón entre la niebla, una muchacha tocaba la siringa. Vestía una túnica parda y dos trenzas castañas se anudaban por encima de su cabeza dejando la nuca desnuda. A su alrededor unos cuantos cerdos hocicaban en la espesura buscando las bellotas que tardíamente habían caído a tierra. Se quedó inmóvil escuchando mientras su corazón recuperaba el ritmo normal y se serenaba. Luego, despacio para no asustarla, se le acercó. La muchacha se sobresaltó y dejó de tocar.

- ¿Eres la ninfa Silana? – preguntó Rea Silvia, subyugada por aquella música divina. La joven le dirigió una mirada de asombro y se miró luego sus propias ropas y sus pies descalzos.

- Es la primera vez que le hacen esa pregunta a una pastora de cerdos – dijo sonriendo. Se le formaron dos hoyuelos en las mejillas y sus ojos parecían reír. – La neblina no te deja ver bien. Me llamo Palantea ¿y tú?

- ¿Vienes de Alba Longa?

- No. Vivo en una cabaña cerca de aquí – dijo. Y al ver el rostro de decepción de Rea Silvia, le hizo sitio en el tocón y con un gesto de la mano la invitó a sentarse.

- Siempre toco la siringa como ofrenda a Silana a cambio de su permiso para que pasten mis cerdos – dijo antes de empezar a tocar otra vez. Rea Silvia, sentada a su lado, la escuchó en silencio.

- Nunca te había visto – dijo Palantea dejando por fin la siringa sobre su regazo. – ¿Qué haces aquí? Y aún no me has dicho tu nombre.

- No puedo decírtelo. He huido de mi casa y quisiera volver a Alba Longa pero sin que nadie me reconozca.

Permanecieron un rato calladas, cada cual sumida en sus pensamientos. Luego Palantea se puso de pie, silbó para llamar a los cerdos y observó a la desconocida detenidamente. Debían tener una edad similar, aunque Rea era más alta. A juzgar por la albura de su piel, su túnica clara y sus sandalias, debía pertenecer a una familia rica. Sin embargo, no era engreída ni orgullosa. Incluso se había sentado a su lado.

- Mi padre decía que el mejor lugar para esconder una bellota era ponerla en un cesto de bellotas.

- ¿Qué quieres decir? – preguntó Rea Silvia, despertando de su ensimismamiento.

- Que si te vistieras y olieras como todas las pastoras, nadie se fijaría en ti. Así podrías volver a Alba Longa – respondió Palantea.

- ¿Me ayudarías? – preguntó Rea Silvia con el rostro iluminado –. Puede ser peligroso para ti.

- ¿Mas que vagar sola por los bosques, expuesta a los deseos de dioses y hombres? Vamos, mi casa está cerca.

Agradezco a las amigas Mayte e Isabel Martínez Barquero que se hayan hecho eco en sus blogs de esta iniciativa. Gracias a ambas.

lunes, febrero 21, 2011

UNA AYUDA INESPERADA

(V)
- ¡Llega la Vestal Máxima! – gritó hacia el interior uno de los hombres de vigilancia.

Amulio torció el gesto y se giró rápido hacia Aurelia.
- Dile que renuncias al trono.
- No sin tener a mi hija.
- ¡Te va la vida!
En el umbral apareció Camilia, Vestal Máxima de Alba Longa, acompañada por la vestal Adriana y dos sirvientas. La multitud le había abierto paso con un sentimiento general de aprobación y alivio. El prestigio de esta dama los tranquilizaba. Con ella presente, parecía menos grave cualquier cosa que hubiera podido suceder: no en vano era la suprema sacerdotisa de la diosa Vesta, protectora de su ciudad y de cada uno de sus hogares. A su altísima dignidad pública, la Vestal Máxima sumaba el ser una persona honesta y poco inclinada a andarse con secretos, más allá de los exigidos por el ejercicio de su sacerdocio.
Apenas su vista se adaptó a la penumbra del interior, le estremeció una escena espantosa: diez o doce cadáveres de hombres y mujeres yacían junto a una pared y, un poco separado de los demás, estaba el del hijo de Númitor. Las ropas desordenadas daban entender que habían sido arrastrados y dejados en ese lugar sin el menor cuidado ni respeto, sin atender a su dignidad, con los ojos abiertos y los rostros desencajados, cubiertos aún de sangre espesa, sucios. En el aire flotaba un olor casi irrespirable, mezcla de miedo y sangre, sudor y muerte.


Sentada en medio de la estancia estaba, imagen de la desolación, la reina Aurelia. Los ojos de Camilia se cruzaron con los de la reina y leyeron en ellos una señal de alerta, o una súplica o una demanda de contención. No le pasó desapercibida la actitud hostil de Amulio y su esposa, aunque esta última tenía una mano puesta sobre el hombro de su cuñada. Se dirigió hacia Aurelia y le tomó las manos:

- ¿Qué ha ocurrido, Aurelia? ¿Qué es todo esto?

- Una desgracia terrible, Vestal Máxima – intervino Amulio –. Como ves, mi sobrino ha muerto. Un quebranto para mi familia y para Alba Longa. Y no sé cómo se tomará mi hermano esta noticia. Mal, muy mal, seguramente. Tememos por su salud. Por ese motivo, la reina Aurelia quería hacer una declaración. Íbamos a llamarte.

- Voy a renunciar al trono en nombre de Númitor, Camilia. Estábamos esperando a que llegase mi hija para hacerlo – añadió Aurelia. Sintió los dedos de su cuñada clavársele con saña en el hombro. – Ya ves cómo se ha cebado la desgracia en nosotros. Y aún debo agradecer a los dioses que Rea Silvia haya logrado huir. ¡Quién sabe si a estas horas no estaría muerta ella también…!

- Pero ¿Quién ha hecho esto? ¿Cómo ha ocurrido?
- No sé cómo ha empezado, porque yo estaba terminando de vestirme en mi cuarto. Al oír gritos he acudido y me he encontrado en medio de una refriega. Mi pobre hijo me ha defendido con su propia vida… No he reconocido a ninguno de los atacantes. Por fortuna, ha llegado Amulio y han salido huyendo…

- ¿Has enviado a alguien en busca de Rea Silvia? ¿Y has avisado a Númitor? – preguntó la Vestal Máxima, tras unos instantes de silencio. Sentía las manos de Aurelia temblar entre las suyas.

- Todos mis criados están muertos, Camilia, ¿no lo ves? Te ruego que lo hagas tú.

- Lo haré. Y, por grande que sea tu dolor, Aurelia, es preciso actuar. El pueblo de Alba Longa debe saber lo ocurrido. Y no podéis estar aquí, los tres, sin hacer nada por dar a estos difuntos el trato digno que merecen. Hay que avisar a sus familias. Enviaré siervos para que los purifiquen y los preparen para las honras fúnebres.
Mi sierva Tuccia se quedará contigo, necesitas quien te acompañe y te ayude. Entiendo que tu hijo se merece el funeral de un guerrero y eso exige también algunos preparativos. Y tú misma, mi reina, debes sobreponerte. Anda, dame tu fíbula pues veo que se ha manchado y toma mientras ésta mía. Me encargaré de limpiártela. También en la apariencia y el vestido hay que buscar la dignidad adecuada al momento.

Mientras Camilia, con la ayuda de Tuccia, quitaba la fíbula de bronce que sujetaba la túnica de Aurelia en el hombro derecho y la sustituía por la suya, las lágrimas fluyeron de los ojos de la reina como un río.

- No conviene, dadas las circunstancias, que se retrase la renuncia de Aurelia – intervino Amulio conteniendo su rabia a duras penas –. Tú que tienes mucho sentido práctico, Camilia, comprenderás la necesidad de contar enseguida con una autoridad real que tome las riendas del gobierno, averigüe con exactitud lo ocurrido, busque a los culpables y los castigue – dijo, fijando los ojos en Aurelia –. No creo indispensable la presencia de Rea Silvia.
- No, no lo es – respondió Camilia –, pero sería cruel que su madre hubiera de afrontar todo esto sola.

- ¡Ay, yo solo espero que esos asesinos no la hayan perseguido y matado también a ella! – dijo con falsa compunción Criseida.

- ¿Y por qué habrían de hacerlo? – respondió rápida Camilia, girándose hacia Criseida –. ¿Sabes algo que los demás ignoramos? ¿Pretendes decir que ha sido un ataque deliberado y no un intento de robo que ha terminado de esta manera nefasta?

- No, no, Camilia. Es un temor infundado. Las madres solemos ser muy temerosas… – se apresuró a contestar. Pero en su rostro se reflejaba el odio, un rencor creciente hacia esa estúpida Vestal que se había presentado sin ser llamada y les estaba complicando los planes. Ojalá Prátex hubiera cumplido ya sus órdenes y hubiera tenido la prudencia de ocultar el cadáver de Rea Silvia.


Noticias acerca del comienzo de esta novela en algunos blogs amigos: Sobre poética. , mariajesúsparadela. , Rafa Almazán , Antonio Martín Ortiz , Javier Pellicer ¡GRACIAS A TODOS, AMIGOS

jueves, febrero 17, 2011

LA REINA AURELIA ANTE UN DILEMA

(IV)

Muchos creen, en nuestros días, que a los dioses no les interesan los asuntos humanos y nuestra suerte les es indiferente. Sin embargo, en tiempos más antiguos los seres humanos y los divinos se unían y se entremezclaban con frecuencia. Ocupaban los mismos espacios: los campos anchurosos, los pastos y los labrantíos, las selvas, el aire, los riachuelos. Allí donde se dirigiese la vista había una deidad y, bajo su protección, crecían los rebaños y las cosechas aumentaban; se conocía que un dios o una diosa andaba cerca porque se estremecían las hojas de los árboles y las cañas emitían un lamento dulce. El ser humano sabía reconocer la divinidad allí donde se hallara y le rendía tributo. A su vez, los dioses recompensaban a sus protegidos concediéndoles una descendencia gloriosa. Porque mortales e inmortales compartían, también, pasiones idénticas.

“Silana, levantando un espeso muro de niebla,/ impidió a los perseguidores de Rea Silvia el acceso a su bosque./ No salvó de sus espadas a una virgen/ sino a toda la estirpe de Marte/ que de ella desciende”. Así relataba Urbano Lacio en su crónica oral parte de lo sucedido durante las primeras horas de aquel día nefasto. Y afirmaba, porque era muy minucioso, haber tomado ese testimonio de la joven Énule, que aquella famosa mañana recogía hierbas medicinales para sus remedios cuando Rea Silvia, que siempre se mostraba tranquila, había pasado por su lado corriendo con el pánico reflejado en el rostro y había penetrado en el bosque de Silana. Vio llegar poco después a unos desconocidos que parecían perseguirla e hicieron intento de entrar en esa misma arboleda. Con sus propios ojos observó cómo, en un instante, el encinar hasta entonces despejado y franco, se había cubierto de una niebla tan espesa que era imposible ver más allá de dos pasos. Tras un par de intentos, los desconocidos desistieron de buscar allí y tomaron otra dirección.


Sabiendo a Rea Silvia resguardada en el bosque, Énule se cargó al hombro su bolsa de esparto con las hierbas y regresó a Alba Longa para hacer averiguaciones. Le había parecido todo muy extraño y tampoco le había pasado desapercibido el color cárdeno del cielo. Buscó a su hermana Amnesis y ambas se dirigieron al ensanchamiento, situado al pie nororiental de la muralla, donde campesinos y pastores intercambiaban sus productos. No había en Alba Longa un lugar mejor para enterarse de las noticias, pues en el mercado siempre corrían de boca en boca los últimos sucesos, las habladurías y los rumores.

Ese día todo el mundo tenía algo que contar: desde el pordiosero Alec que, como cada mañana, había ido a la cabaña real a por su torta de espelta y se había encontrado la cocina más vacía que su vientre, hasta Espórtula, cuya lengua temía todo el mundo. A voz en grito despotricaba contra la jefa de cocina de la reina Aurelia, porque, después de haberle encargado el día anterior un saco de coles, esa mañana había ido a llevárselo y se había hartado de esperarla en la calle sin que ni ella ni ninguna otra persona se hubieran dignado salir a recogerlo.

Sumadas las quejas y comentarios de unos y otros, resultó que quienes frecuentaban la cabaña del rey Númitor se habían encontrado ese día una situación anómala: no habían visto a ninguna de las personas que vivían allí; no se oían ruidos ni se apreciaba movimiento alguno, hecho desusado en una cabaña donde siempre había actividad y siervos entrando y saliendo; de los guardias de la puerta no había señales. Sin embargo, su lugar lo habían ocupado hombres de Amulio y no permitían la entrada. La inquietud era creciente. Quienquiera que pretendiera ocultar algún secreto, había fracasado. ¿Desde cuándo podía pasar inadvertido algo tan extraño en una ciudad de mil cabañas?

Alrededor de la vivienda de Númitor se había congregado una multitud. Énule y Amnesis acudieron allí, se mezclaron entre el público y escucharon. Había versiones muy contradictorias: algunos afirmaban que el rey Númitor había muerto en Corioles y estaban preparando un viaje para ir a recoger su cuerpo. Otros, que una enfermedad misteriosa había atacado a los moradores de la cabaña. Mucha gente opinaba que, cualquier desgracia que hubiera ocurrido, no sería ajena a las maquinaciones de Criseida, malvada entre las malvadas. También se decía que Amulio quería comprar el trono a su cuñada y ante ese rumor muchos torcían el gesto. Nadie, entre todos los reunidos, pensó que tanto misterio se debiese a algo bueno. Las noticias felices vuelan como las palomas y las desgraciadas reptan igual que las serpientes.

- Ya hemos oído bastante – dijo Énule a su hermana –. Vámonos. Nos conviene actuar aprovechando este momento.

Ajena a la multitud que aguardaba a las puertas, la reina Aurelia hacía esfuerzos sobrehumanos para mantenerse firme y no hundirse en la desesperación. En apenas unas horas, la casa de Númitor se había venido abajo: su hijo vilmente asesinado; su hija en peligro de sufrir la misma suerte; aniquilada la servidumbre, personas queridas a quienes conocía casi desde su nacimiento. ¡Qué bien habían sabido los usurpadores planearlo todo, aprovecharse de la ausencia de Númitor! La habían dejado sola, aislada, sin nadie que pudiera ayudarla. Temía por Rea Silvia, por esos catorce años de inocencia que su propio tío quería truncar. Necesitaba protegerla. Y, así, se negaba obstinadamente a la pretensión de Amulio de renunciar al trono si antes no le devolvían a su hija sana y salva.

– Se ha acabado el tiempo, Aurelia –. Criseida le lanzó una mirada encendida de odio y desprecio –. ¡Escúchame bien, porque no te lo repetiré! Si no renuncias al trono inmediatamente, te acusaremos de haber sido tú misma quien ha provocado estas muertes. Diré que tu hijo te ha sorprendido con un criado en el lecho y, ante sus amenazas de descubrir tu infidelidad y denunciarte, has ordenado a tu amante asesinarlo. ¡Serás una reina adúltera y parricida! ¿No pedías morir hace un momento? Pues sigue negándote a hacer lo que te pedimos y ya lo creo que morirás: ajusticiada, repudiada por tu marido y maldita en toda la tierra. No habrá sepultura para tus huesos.

- Quiero aquí a Rea Silvia – acertó a repetir con voz exánime Aurelia, con la mente ofuscada y sobrecogida por el mazazo de esta nueva amenaza.

- No hay tiempo para eso. Decídete ya.

- ¿Me das a elegir, entonces, entre la vida de mi hija y la mía? – preguntó al fin.

- ¡No tienes esa suerte!: has de elegir únicamente cual de las dos morirá antes.

Un silencio mortal descendió sobre la cabaña.