miércoles, junio 15, 2011

EN MEMORIA DE DANA




Te has ido, Dana, dejando tristeza en los corazones de tus amos.
Otros te han precedido en ese viaje a la luz:
el gato Sirio, que acompañó a la hermana de la reina Dido, la noble Anna;
Minus, que caminaba con su dueña por las brumosas tierras de Britania;
el alegre pajarillo de Lesbia y la perrita Isa que cantó Marcial.
Hay un hades gozoso para los animales. Allí estás.
Desde allí tu espíritu socorrerá a los gemelos
y desde ahora proclamo
que no se hubiera fundado Roma sin ti.

NOTA: Este texto está dedicado a la perrita Dana, de nuestro amigo Bagoas, que ha faltado el mismo día en que, en la cabaña de Acca Larentia, nacía a la ficción SEIUS. Pero ¿es realmente ficción? Seius es, desde ahora, la encarnación de Dana. Valga este recuerdo para los queridos animales que se citan y para aquellos que nos han hecho felices, aunque no consten aquí. Un abrazo enorme a sus amos/as que los han querido tanto.

Os dejo estos enlaces por si os apetece leer/releer los poemas A una perrita o este otro dedicado A un pajarillo

lunes, junio 13, 2011

LAS COLINAS JUNTO AL TÍBER




(XII)


Según afirman los antiguos, en aquella época remota las colinas que hoy ocupa Roma no eran visibles desde los montes Albanos. A medida que el caminante se acercaba, las veía surgir del llano abruptamente, aisladas entre sí y, a la vez, juntas y apretadas como las ubres rebosantes de leche de una loba. Eran colinas agrestes y salvajes, de laderas escabrosas. Cuando las aguas del Tíber bajaban revueltas y se salían de los límites del cauce, los valles entre ellas se inundaban. Entonces, asomando erguidas y singulares sobre el agua, aún se asemejaban más a las ubres de una hembra, senos nutricios y maternos, lugar de refugio y alimento frente al peligro.

De la palabra ruma, que en nuestra antigua lengua designaba por igual a la ubre y a la colina, le pudo venir el nombre a Roma. Un nombre para ocultar el verdadero, ya que éste es secreto y no debe pronunciarse jamás pues, si llegara a conocimiento de nuestros enemig
os, nos destruirían usando conjuros y maldiciones. Y, a mi entender, además de protegernos de ese peligro, Roma es un nombre benéfico inspirado por los dioses. Certifica nuestra unión con las fuerzas de la naturaleza, porque a través de la teta que nos amamanta permanecemos unidos a la madre y la madre se prolonga en los hijos; así nosotros, los romanos, estamos vinculados a esta ciudad como hijos suyos y ella vive en nosotros.
Mas no conviene adelantarse a los tiempos: en esa época la ciudad no existía. Y hemos de imaginar aquel paraje, al sur de la orilla del río, cubierto de verdes pastos, matorrales y charcas, alguna higuera aislada, bosquecillos de hayas y castaños en las cumbres de algunas colinas, mirto en los valles. Uno de ellos, alargado y estrecho, separaba dos de las colinas y llegaba hasta la orilla del Tíber, justo donde éste traza una gran curva. Divididas por el valle, la colina del Aventino queda al oeste y la del Palatino al este.

Desde que Amulio había destronado a su hermano, los criados de uno y otro se mantenían alejados para evitar conflictos y ese valle, que hoy llamamos valle de Murcia y ocupa en casi toda su extensión el circo Máximo, se había convertido en una tierra de nadie, una franja de separación. Y así, los rebaños de Amulio pacían en el Palatino y se extendían por colinas y valles al este y al sur, mientras los hatos de Númitor les daban la espalda triscando desde la cumbre del Aventino hacia el poniente siguiendo el curso del río.


Hacia el Aventino se dirigían Pratex y Catión en busca de la cabaña de Númitor. Éste se hallaba en la cumbre de la colina con uno de sus pastores. El dolor y la humillación por haber sido destronado y privado de los hijos no quiere compañía, sino soledad. Pues ¿cómo soportar la vergüenza, la impotencia ante lo ocurrido y, sobre todo, cómo perdonarse la torpeza de no haber sabido prevenir la ambición de su hermano, si es que había sido torpeza y no debilidad? Pero el ser humano necesita del bálsamo de la compañía y Númitor lo había encontrado en ese pastor, a quien buscaba con frecuencia: un hombre rústico y callado cuya mirada se perdía en el horizonte.
No le hacía preguntas nunca: dejaba que fuera Númitor quien hablase, ya de las abejas y sus costumbres, ya de sus recuerdos del hijo asesinado o de otros pesares de su corazón. Su silencio no se debía a la hosquedad, sino a su convicción del poder curativo de las palabras tanto como a la prudencia y el buen juicio. Poseía esa antigua sabiduría destilada a través de la observación de la naturaleza, la salvaje y la humana, y nunca pronunciaba palabras huecas. Por eso le apreciaba Númitor y pasa largas horas con él. Fue este pastor quien vio a los dos hombres avanzar por el camino y, al reconocer en ellos a los sicarios de Amulio, los señaló a su amo. Adivinando que iban a su casa, se apresuró Númitor a regresar para evitarle a su esposa un encuentro a solas con ellos.
Cuando llegó a la cabaña, los encontró en la puerta, hablando con Aurelia. El rostro de ella era una máscara que no acertaba a descifrar, pero sus ojos transmitían excitación, tal vez alegría. Ordenó a los criados que sacaran unos escabeles y, para protegerse del calor, los colocaran en el lateral donde la cabaña proyectaba la sombra, pues hacía rato que el sol había rebasado su cénit. Repitió entonces Pratex el encargo que llevaba: la invitación a asistir a los ritos del matrimonio de su sobrina Anto, que se celebrarían en Alba Longa cinco días más tarde.

- Mi salud es precaria – respondió Númitor con cautela, desconfiando de esa invitación –. Y el ascenso hasta Alba resulta muy penoso…

- Puedes hacerlo en carro. El rey Amulio considera indispensable vuestra presencia – apuntó Pratex secamente. Y añadió volviéndose hacia su acompañante: – Catión, tú oíste también al rey ¿me mandaba con una invitación o con una orden?
- Excúsanos un momento, por favor – intervino Aurelia. Se levantó y pidió a su marido que entrase con ella en la cabaña. Allí le habló muy alterada: debían asistir a la boda, era una buena oportunidad para ver a Rea Silva. Númitor pensaba de otra manera. No comprendía por qué su hermano y su cuñada querían verlos, cuando los odiaban tanto. ¿A qué venía esa invitación? ¿Acaso no les habían perjudicado todo lo posible? Y Aurelia respondía que, precisamente por esa razón, podían ir tranquilos, ¿qué más daño podía causarles Amulio? Ellos ya no eran nada en Alba Longa, no constituían para él un peligro, ni podían rivalizar en riquezas ni influencia. Quizá se proponía levantarles la prohibición de ir a la ciudad, suavizar un poco su extrañamiento. Y aunque así no fuera, podrían ver a Rea Silvia, estar con ella, verificar que se encontraba bien.
Se resistía Númitor: no estaba en la naturaleza de su hermano el ser generoso e intuía que le movía una mala intención. Aún confesando sus deseos de abrazar a su hija, le parecía imprudente aceptar. Y en esa resistencia demostró conocer a su hermano y su cuñada más que Aurelia. Pero ella, madre al fin, temerosa de la suerte de su hija por el presagio que había tenido en sueños, no reparaba en peligros ni riesgos, sino que anteponía sus deseos y su necesidad de verla y ayudarla. Y así, con la ceguera que a veces nos impone el amor, insistió con mil razonamientos, apeló al afecto por su hija y al temor de que pudieran vengarse en ella si rechazaban la invitación. Al fin consiguió convencer a su marido de aceptar, dando a entender que su hija debería asistir también. Y así se lo transmitieron al enviado de Amulio.

Para evitar ser vigilado al abandonar la cabaña de Númitor, Pratex continuó hasta la cumbre de la colina y descendió luego por la ladera más próxima al río con ánimo jubiloso, seguido de Catión. No había previsto que la misión fuera a resultar tan fácil ni tan breve. Incluso les daría tiempo de volver esa misma tarde a Alba Longa o quedarse a dormir en algún caserío al pie de los montes Albanos. Se solazaba pensando en la esclavita que le regalaría Criseida para él solo y a la cual pensaba enseñar de inmediato lo que era un hombre. ¡Una lección que muchas mujeres necesitaban recibir…!

- ¿No está cerca de aquí la cabaña de Fáustulo? – le preguntó a Catión cuando, tras alcanzar la ribera del Tíber, se disponían a entrar en el valle de Murcia para tomar de nuevo el camino a Alba Longa –. Podríamos hacerle una visita a su mujer…
- A esa no la encuentras en su casa… - dijo Catión riéndose y señalando en dirección al lado opuesto del valle, donde la ladera del Palatino ascendía con suavidad hasta los pies de un farallón rocoso. Una columna de humo surgía de entre los árboles que crecían colina arriba.

- ¡Probemos! ¡También ella tiene derecho a celebrar la boda de la hija del rey! – exclamó haciendo gestos groseros entre risotadas.

Aprovecharon el amparo de los bosquecillos que salpicaban el valle para aproximarse al Palatino. Una precaución innecesaria, pues no había pastores ni rebaños allí y sólo se oían los ruidos de la naturaleza. Escarabajos y lagartijas, ratoncillos y pájaros rebullían entre los matorrales, atentos a su supervivencia; zumbaban los insectos alrededor del remanso de agua que se formaba a los pies de la ladera palatina, cerca del río. En él se detuvieron los dos hombres para beber un sorbo cuando, al levantar la vista, vieron acercarse a una mujer con un recipiente de barro apoyado en la cadera. Se ocultaron.
El vientre de Acca Larentia estaba abultado. Le faltaba menos de cinco ciclos lunares para dar a luz, pero notaba ya cierta torpeza. Y si bajaba a por agua al remanso era porque la perra que había recogido el día de la fiesta de Júpiter Latiaris acababa de parir y no podía descender ella misma a beber agua. Y también porque su hijo Urco regresaba esa noche, tras haber cumplido un encargo de su padre, y quería que se lavara bien. Penetró entre los árboles, se acercó a la orilla y se agachó para llenar su recipiente.

De repente, unos gorriones salieron volando de un matorral y Acca Larentia percibió el peligro. Pero era demasiado tarde. La asaltaron brutalmente por la espalda y sus gritos sólo encontraron eco en los ladridos lejanos de su perra.


NOTA: El mapa con la localización de las cabañas de Acca Larentia y de Númitor representa la época arcaica de Roma, en el límite entre el final de la monarquía y el principio de la república, es decir, unos 350 años después de la fundación. Por tanto, hay que imaginar ese paraje más agreste y sin ese circo máximo que ya en él aparece señalado y sin vegetación. Y, por descontado, sin las casas y el puerto fluvial que se ven en él. Las localizaciones de las cabañas es imaginaria. El plano es de una maqueta que se encuentra en el Museo della Civiltà romana en Roma.

domingo, junio 12, 2011

LA EDAD DE ORO


El rey Evandro entonces, el que puso
el fundamento del romano alcázar,
“Indígenas” – le dijo – “de estas selvas
fueron Faunos y Ninfas, y un linaje
de hombres nacidos de los duros robles,
sin usos ni cultura, sin yugadas,
sin hacienda de acopio, sin ahorros,
sin más sustento que silvestres frutas
y el botín de la caza. Pero un día,
no resistiendo la agresión de Júpiter,
bajó Saturno del etéreo Olimpo
prófugo y destronado. Él a estos hombres
cerriles y en las selvas remontados
fue quien redujo a leyes el primero;
llamó a su tierra “Lacio” porque en ella
latente estuvo, a salvo en su retiro.
En tiempo de este rey fue el siglo de oro,
siglo de orden y paz para sus gentes;
pero muy pronto, su color perdiendo,
degeneró en un tiempo envilecido
por el furor guerrero la codicia.

VIRGILIO.- La Eneida.- Libro VIII


Traducción de Aurelio Espinosa Pólit


NOTA 1: Así, descendientes de ninfas y de faunos, fueron los personajes de nuestra novela sobre la fundación de Roma. Les enseñó la agricultura y la cultura el dios Saturno. En ellos nos reconocemos...


*Foto de Rafa Lillo.

jueves, junio 09, 2011

ARDO MÁS QUE CUALQUIER OTRA





“Ardo más que cualquier otra. Pero que yo arda, Cerinto,
me alegra si tú también te abrasas en mis llamas.”

SULPICIA, siglo I a.C. (Fragmento)

NOTA 1: Sulpicia fue contemporánea de Ovidio. Aunque no fue muy brillante, compuso algunos poemas cuando tenía aproximadamente 20 años. Se conservan de ella 6 elegías amorosas. El fragmento que he puesto lo he tomado de Sra B. Pomeroy, Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la antigüedad clásica. Traducción de Ricardo Lezcano Escudero.

NOTA 2: Os dejo la invitación a la presentación de la novela "Lucía o la fragilidad de las fuertes" de María García-Lliberós el próximo martes, 14 de junio a las 19.00 h. en la Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés, Av. Portal de l´Àngel, 19 de Barcelona.


¡No os la perdais! Es una novela excelente y os encantará escuchar a María. Ya va por la segunda edición...



martes, junio 07, 2011

UNA SOLUCIÓN


(XI)



Antes incluso de que el sol hubiera asomado su rostro por el horizonte, Alba Longa le daba la bienvenida lanzando altas espirales de humo desde las cabañas. La actividad se notaba en mil pequeños signos: el rebullir de los animales en los cercados, el llanto de un niño de pecho, el olor de las tortas de harina de espelta, las voces de los vecinos. Cerca de las puertas de la muralla se agrupaba la gente esperando a que los criados de Amulio las abrieran. Allí los campesinos que iban a sus campos se entremezclaban y charlaban animadamente con quienes iban a intercambiar productos en los mercados de los alrededores, las madres que llevaban la comida a sus hijos pastores cruzaban noticias con aquellas que iban por agua a los manantiales y la conversación se extendía a cuantas personas se aprestaban a salir de la ciudad.
Ese mismo amanecer hacía temblar el alma de Rea Silvia mientras se preparaba para escuchar el veredicto de la Vestal Máxima. Había dormido poco y mal, agitada por una mortal inquietud toda la noche. Igual que una barquichuela zarandeada por las olas en un día de tormenta, su corazón tan pronto alcanzaba una cresta de esperanza como se hundía en un abismo de temor y así, su horizonte cambiaba alternativamente: ora vislumbraba una lejana costa entre la bruma, ora una masa de agua amenazaba con sepultarla. Después de tan angustiosa travesía se había levantado con el rostro descompuesto. Tuccia la animó con buenas palabras, aunque ella misma no estaba mejor, y la ayudó a vestirse.

Terminada la ceremonia ritual matutina, Camilia le hizo un gesto para que la siguiera y se
dirigió a su habitación. Allí ofreció a Rea Silvia asiento a su lado, sobre la yacija.
- Te traigo aquí y no ante el altar de Vesta porque la diosa ya fue testigo de nuestra anterior conversación – comenzó Camilia –. Desde ayer, he pensado mucho y pedido ayuda no sólo a nuestra diosa, sino también a otras divinidades.

Rea Silvia tenía cruzadas las manos sobre el regazo y se las miraba. No se atrevía a alzar la vista para no torturarse tratando de adivinar la decisión en el rostro de la Vestal Máxima antes de escucharla de su boca.

- La diosa Divaida está a tu favor, según he sabido a través de Kritubis, su sacerdotisa, a quien he consultado discretamente. Por otra parte, el designio de los dioses ya quedó expresado en la profecía de Celia, a quien no he querido llamar para no levantar sospechas, pues hombres de Amulio nos vigilan. Y tu propia versión de los hechos, que narraste ante el altar de Vesta sin que la diosa manifestara en ningún momento su disgusto, también te avala. Te creo, Rea Silvia, creo en la inocencia de tu espíritu. Y sin embargo…
Por primera vez desde el inicio de la conversación, ambas mujeres se miraron. Camilia cogió entre las suyas las manos de Rea Silvia, que contenía la respiración y la miraba con los ojos empañados sin saber aún si las lágrimas que iba a verter serían de alegría o de dolor.

- Tengo miedo por ti, Rea – añadió Camila, besándole una mano –. Eres muy joven aún para soportar esta carga. No creas que los dioses te la han encomendado por crueldad, porque en su propia naturaleza sólo cabe la bondad y el bien. La crueldad es humana. Hubo un tiempo en que la Diosa Madre reinaba sobre todos y nos protegía por igual. Ella no pedía sacrificios humanos como tampoco ahora los pide Vesta. Pero, ¡ay! las mujeres hemos quedado sujetas a leyes terribles de las que no podemos zafarnos y en su nombre somos injustamente castigadas.

- Siento crecer la vida en mi vientre, Camilia, y sé que esa vida es un don muy superior a las leyes de los hombres y, al igual que el viento o la lluvia, no se sujeta a ellas – respondió Rea Silvia –. Mi tío Amulio no ha podido domar esa fuerza pese a haberlo intentado consagrándome como vestal. Eso lo hará aún más despiadado. Temo su castigo por mí misma y por mis hijos.
- De ningún modo debe saberlo tu tío. Nadie debe enterarse y por eso no puedes permanecer en la casa de las vestales, pues tarde o temprano cualquiera puede descubrirte y delatarte. La mejor solución sería, aduciendo tu mala salud de los últimos tiempos, solicitar permiso al rey para ir a curarte a casa de tus padres. Su cabaña está muy apartada y solitaria, allí podrás parir a tus hijos en secreto y tu madre los criaría por ti. Si alguien le preguntase, justificaría su crianza diciendo que son hijos de una sierva. ¿Qué te parece?

- ¡Es una gran idea! – exclamó Rea, abrazando a Camilia.

- Tranquilízate ahora – le decía la Vestal Máxima dándole golpecitos en la espalda, mientras Rea Silvia la inundaba con un torrente de lágrimas –. Avisaré a Énule para que ella y su hermana vayan a casa de tu madre mañana mismo. Es preciso que conozca tu situación y manifieste su conformidad o proponga otro plan. Quizá debería ser ella misma quien pidiera permiso al rey. En fin, ya veremos…


Entre quienes esperaban la apertura de las puertas de la muralla para salir, Pratex y Catión eran los más impacientes. El primero era hombre de pocos amigos, pues su solo aspecto era de una ferocidad poco común. El cronista oral Urbano Lacio lo definió como un “hombre bello en las facciones de su rostro, pero con la boca afeada por un rictus de maldad” y añadía que acumulaba “tanta furia en sus ojos cuando se enfadaba, que causaba pavor. Era alto, más que cualquier hombre, y con anchas espaldas”. Pero su rasgo más destacado era la crueldad y su gusto por avasallar a cualquiera que se encontrase en su camino y, así, “lejos de infundir el respeto adecuado a un servidor del rey, producía miedo, cuando no espanto”.

Con frecuencia se hacía acompañar por Catión, un hombrecillo cuya pobre apariencia y reconocida afición a beber vino antes producía jocosidad que desconfianza. Acostumbraba a exhortar a sus vecinos con largas peroratas sobre la honestidad, las buenas costumbres y las virtudes de los antiguos, mientras se tambaleaba peligrosamente. Los jóvenes se burlaban de él, haciendo cábalas sobre cuánto aguantaría de pie o hacia qué lado caería.
Y así, mientras los albanos lo juzgaban un necio inútil, Catión no ponía reparos a prestar toda clase de servicios rastreros a cambio de más vino. Pues tan grande era su vicio que ante su altar sacrificaba hasta el respeto a las más sagradas leyes y el temor a los dioses.

En una de sus escasas disquisiciones, reflexionaba Urbano Lacio acerca del error que cometemos al juzgar inofensivo lo risible pues, acostumbrados a identificar la simpleza con la ausencia de maldad, olvidamos que, a veces, la impiedad y las malas intenciones se disimulan bajo una apariencia inocua. Y aún señalaba, como algo pasmoso, que en algunos casos hayamos de alegrarnos de la existencia de sujetos como Catión. Pues ocurre que, a través suyo y muy a su pesar, se cumplen los designios divinos y la historia sigue el curso que conocemos y no otro diferente.
Esa mañana, cuando iban de camino hacia la puerta oriental de la muralla, Pratex y Catión habían pasado por delante de la casa de las vestales y el primero había escupido y lanzado contra la casa una mirada de odio. No olvidaba que Rea Silvia le había acusado de ser el asesino de su hermano delante de las autoridades de Alba Longa y esperaba el momento de vengarse. Afortunadamente, el rey Amulio y su esposa Criseida la aborrecían tanto como él y eso le permitía concebir la esperanza de resarcirse.

Se reía para sus adentros imaginando las caras de pánico que pondrían Númitor y Aurelia cuando le vieran aparecer en sus posesiones junto al Tíber. ¡A esas alturas debían pensar que Amulio los había olvidado! Sólo por disfrutar de ese placer merecía la pena darse una caminata que les ocuparía más de medio día, obligándoles a pasar la noche en aquellos parajes. Llevaba el encargo de transmitirles la invitación de Amulio para asistir a la boda de su hija Anto. Y tenía motivos para estar contento pues el éxito de su misión estaba asegurado.
Desconfiando el uno de la otra, sus amos le habían dado instrucciones contrarias: la reina Criseida le había prometido en secreto los servicios indefinidos de una esclava núbil si forzaba a Númitor y Aurelia a acudir a Alba Longa, valiéndose incluso de amenazas; por su parte, el rey Amulio le ofrecía un equipo de armamento nuevo si conseguía que su hermano y su cuñada no aparecieran por la boda, aceptándoles cualquier excusa por débil que fuese. Ya se encargarían luego de justificarla ante Criseida. De modo que Pratex afrontaba la jornada con tranquilidad. Que el resultado fuera uno u otro dependería del estado de ánimo en que encontrara a Númitor y Aurelia.

Aunque, claro, a él le gustaba más amenazar que persuadir y, desde luego, prefería la esclava.

lunes, junio 06, 2011

NO HAY DINERO PARA LOS ESCRITORES Y LOS POETAS




“Marcial, Juvenal y Plinio, todos ellos convienen en que “el escribir da renombre y nada más”. Tácito ni siquiera eso concede: “El versificar no da honor ni dinero – dice – . Aun la fama que tanto anhelan como único premio los poetas, a cambio de sus luchas y afanes, menos les sonríe a ellos que a los oradores públicos”.”

Como veis, amigos, el tema es bien antiguo y no cabe achacarlo a la crisis. Si ellos resistieron sin claudicar, ¿por qué no habríamos de resistir nosotros?

ALFONSO REYES. “Libros y libreros en la antigüedad”.

sábado, junio 04, 2011

DESTRUCCIÓN DE TROYA



¡Despierta, hijo! Vamos, en pie. ¡Troya arde por los cuatro costados! Coge los dioses penates y el fuego sagrado y huyamos. No hay salvación posible cuando la muerte viene del vientre de un caballo.

NOTA: La destrucción de Troya ocurrió un 4 de Junio. De ella se salvó el príncipe Eneas, padre de la nación latina.

jueves, junio 02, 2011

PRESAGIO


(X)
Valeria examinaba con mucha atención la fíbula de Rea Silvia a la luz de la lucerna. La sujetaba entre los dedos y la movía levemente a un lado y a otro buscando la posición más adecuada para que la luz resaltara los distintos detalles: los ojos cerrados de la serpiente, la forma y tamaño de sus escamas, su volumen.
En pie, a su lado, Rea Silvia también contemplaba la fíbula, fascinada por una perfección en la cual no se había fijado hasta ese momento. La redondez de la serpiente, la suave curva con la que tanto la cabeza como la cola se retraían para evitar tocarse, le transmitían sosiego.

- Es muy antigua – dijo de pronto Valeria levantando la vista –. Un trabajo excelente, digno de reyes

- ¿Podrás hacerlas igual? Necesito nueve. Aunque con una pequeña modificación: los ojos de la serpiente deben estar entrecerrados. Quiero que produzca la sensación de reposo, pero un reposo vigilante.

-Pondré en ello todo mi esfuerzo y mis conocimientos. Sería mucho más fácil si pudiera llevarme ésta…

Rea Silvia no contestó. Ya le había advertido a Valeria de la imposibilidad de dejarle su fíbula para hacer las copias. Se agarraba a ella como a una tabla de salvación. Esa plácida serpiente era la prenda y el testimonio de la promesa de ayuda hecha por la Vestal Máxima unos instantes antes de descubrir su embarazo. No la podía soltar. Había pertenecido a su madre, quien la había intercambiado con Camilia y ésta, a su vez, la había intercambiado con ella esa misma mañana. Desde que llevaba consigo esa pieza de bronce, percibía en su corazón y en su ánimo una fuerza muy intensa y, al mismo tiempo, una serenidad más necesaria que nunca. Por nada del mundo se separaría de ella. La cogió de manos de la orfebre y se la volvió a prender en el hombro para sujetar la túnica.
- Si me lo permites, mañana traeré cera para sacarle un molde. Cuando haya fundido la primera, vendré para compararla con ésta… – dijo Valeria tras un breve silencio, comprendiendo que Rea Silvia no cambiaría de opinión.

La vestal hizo un gesto ambiguo con la cabeza. Debía estar pensando que quizá no habría oportunidad de mostrarle de nuevo la fíbula si la Vestal Máxima decidía denunciarla. Así interpretó ese gesto Tuccia que, desde la oscuridad del fondo del cuarto, la observaba en silencio. Era admirable la entereza y la tranquilidad que reflejaban los rasgos de la vestal, extrañamente dulcificados pese a que la proximidad de la lucerna creaba fuertes contrastes de luces y sombras sobre su rostro. ¿Cómo podía mantenerse tan firme y entera, sabiendo que su porvenir pendía de un hilo más invisible y sutil que el tejido por las arañas?
- Necesito otro trabajo – dijo Rea tras asegurarse de que estaba bien abrochada la fíbula –. Unos amuletos muy especiales. Me pareció oírte decir que estabas haciendo pruebas para unir, en un solo objeto, el amuleto y el adorno. ¿Has avanzado?

- Tengo varias ideas, traídas de la ciudad etrusca donde aprendí mi oficio. Si quieres, puedo trabajar más intensamente en ello. Por lo demás, necesitaremos de ti alguna información…

Valeria hizo un gesto a su ayudante Aiara para que se acercase a la luz, pues se había mantenido discretamente callada y apartada, junto a Tuccia.

- Dime de qué quieres protegerte, vestal – dijo Aiara –, para que pueda prepararte los materiales y los conjuros necesarios.
- No son para mí – respondió Rea y calló repentinamente. Su rostro se tornó sombrío. De pronto le había asaltado la duda de si podría confiar o no en esas mujeres. Eran unas desconocidas, así que no se arriesgaría a decir nada más, no fuera a ocurrir que, en lugar de procurarse un bien, como era su propósito, una palabra indiscreta le reportase un mal.

- Hazme las fíbulas, Valeria, y trabaja también en la idea del adorno-amuleto. Cuando el resultado sea de mi gusto, os daré los detalles. Respecto a la compensación ¿te parece bien la lana de un cordero adulto por cada fíbula?

La orfebre se manifestó conforme y, tras asegurarle a Rea que comenzaría a trabajar enseguida, ella y su ayudante se despidieron y abandonaron la casa de las vestales.


Desde la puerta de su cabaña, situada en la ladera del Aventino, Aurelia contemplaba los efectos de la puesta de sol en el paisaje. Una llanura rica en pastos y con pequeñas áreas cultivadas se extendía desde los pies de su colina hasta los montes Albanos, cuya silueta se imponía erizada de picos en el horizonte y había adquirido un color violáceo. Rebaños de ovejas pastaban diseminados aquí y allá. De vez en cuando, una ligera brisa arrastraba consigo sus balidos, proporcionando una impresión de vida en el silencio de esa inmensa soledad.
Las pequeñas tareas cotidianas que se imponía para hacer soportable su aislamiento, no habían conseguido distraerla ese día. La embargaba una gran desazón. Miraba los lejanos montes en cuyo seno crecía Alba Longa como si su mirada fuera capaz de atravesarlos. En su memoria reconstruía el lago, el humo ascendiendo desde las cabañas, las calles apretadas dentro de la muralla de adobe, el santuario de Júpiter Latiaris allá en lo alto, su pequeña Rea Silvia…

Un latigazo de angustia la azotó. No conseguía apartar de su mente el sueño que, de madrugada, la había hecho saltar de su yacija sin aliento. Había visto una cabeza juvenil, de espaldas. La cinta de lana de las vírgenes se había soltado de su cabello y estaba a punto de caer. Ella acercaba sus manos para cogerla antes de que tocara el suelo y se manchase, pero no llegaba a tiempo. De pronto, tenía ante sí el rostro de Rea Silvia. Le decía algo a gritos, pero no entendía sus palabras. Con la mano le señalaba dos palmeras que crecían a una velocidad vertiginosa, arriba, arriba, proyectando una sombra cada vez más grande. Su cuñado Amulio aparecía entonces con una espada y las golpeaba para cortarlas. Se despertó asustada y empapada en sudor.
Le había resultado imposible volver a conciliar el sueño. No acertaba a adivinar el significado de esa pesadilla, pero todo su ser le gritaba que era un presagio, que su hija la necesitaba. ¿Qué estaría ocurriendo? ¿Cómo la podría ayudar? Desde que Amulio les había ordenado abandonar Alba Longa y no regresar jamás, no había vuelto a verla. Tenía noticias suyas de vez en cuando, a través de su mayoral o de los pastores que enviaba su marido a la ciudad para resolver los asuntos del ganado. Pero el mensaje era siempre el mismo: gozaba de buena salud y se encontraba bien en la casa de las vestales. Los últimos hablaban de una ligera indisposición. Nada importante.
Su corazón de madre no temía tanto a una enfermedad como a esa espada que blandía Amulio en su sueño. No le había contado nada a Númitor para no preocuparlo. Aunque la salud de su marido había mejorado, su espíritu no había logrado recuperarse del golpe de saber que su propio hermano había asesinado a su hijo y pretendido hacer lo mismo con su hija. De una cosa estaba cierta: necesitaba ver a Rea Silvia, cerciorarse de que estaba bien, darle su ayuda. Y debía ser pronto, cuanto antes. Como ya había hecho al amanecer, invocó a los dioses y, para lograr su favor, les ofrendó vino y harina.

¡Cuántas veces nos arrepentimos de haber pedido a los dioses que nos concedieran ciertos deseos! Nada hay más natural que una madre quiera ver a su hija y, sin embargo, nada resultó más funesto para Rea Silvia. Pero ¿quién puede hacer reproches a Aurelia? ¿Qué madre habría actuado de otro modo? Aunque estas son preguntas ociosas, pues lo que había de ocurrir, ya estaba escrito.








miércoles, junio 01, 2011

INVITACIÓN A UNA COPA DE VINO



- ¿A quién le interesan las historias viejas? – me dijiste –. Y siendo de mujeres, menos aún. Dedícate a otras cosas si no quieres malgastar tu tiempo.

- Hablar de mujeres nunca es perder el tiempo – te respondí entonces –: ya sean sabias o lerdas, ancianas o jóvenes, solteras, casadas, o viudas, de todas ellas se aprende.

Así pues, Marco, alégrate hoy conmigo, y ven a mi casa a tomar una copa de vino de mirto, en honor a nuestra madre Venus. Mi salón literario, que en tan poco valor tenías, ha recibido trescientas cincuenta veces mil visitas. ¡Más que todos los espectadores que abarrotan el Circo Máximo los días de carreras!



NOTA 1: Querid@s amig@s, este blog ha superado las 350.000 páginas vistas, según mi contador de webstats. Muchísimas gracias por venir, por estar ahí, por acompañar a estas Mujeres de Roma en su andadura actual. Espero seguir creciendo y compartiendo esta increíble experiencia con vosotr@s.


NOTA 2: El Circo Máximo de Roma tenía una capacidad para 250.000 espectadores en su momento de máximo esplendor.

lunes, mayo 30, 2011

INDECISIÓN

(IX)
Conmocionada ante el descubrimiento del estado de gravidez de Rea Silvia, la Vestal Máxima Camilia creyó necesario retirarse unos instantes para recuperar la serenidad. Era un golpe muy duro. Si se hubiera derrumbado el techo de la cabaña sobre ella, no se habría sentido más aturdida y confusa. Le parecía imposible que esa joven tan dulce, tan alegre y confiada, tan decidida también, hubiera entregado su castidad a un amante. Y, sin embargo, ella misma había tocado la redondez de su vientre y visto su seno hinchado, al que la naturaleza preparaba para amamantar.
Igual que una ola al romperse contra los escollos lanza espuma en todas direcciones, así sus pensamientos se disgregaban y salpicaban dolorosamente todos sus afectos y sus temores. Sentía un puñal en el corazón al pensar en su amiga Aurelia que, tras haber presenciado el asesinato de su hijo, tendría que sufrir el ajusticiamiento atroz de su hija Rea. Le repugnaba el solo recuerdo de Criseida y Amulio, cuyos ojos veía ya brillar de alegría y de triunfo ante la desgracia de su sobrina. Temía la venganza de la diosa Vesta, gravemente ofendida por la conducta de una vestal, y aún le era más penoso detenerse en Rea. Había sido consagrada a Vesta por empeño suyo, como la única forma posible de hurtarla a una muerte que sus infames tíos estaban a un paso de dictar. ¡Y pensar que aquella solución de la que se había sentido tan orgullosa, se convertiría ahora en la causa de su muerte…!
Esos pensamientos y otros muchos se entremezclaban en su corazón y su cabeza mientras se dirigía hacia la parte derecha de la cabaña, tras haber dejado a Rea Silvia junto al hogar. Aislada y protegida por un doble tabique de adobe, estaba la celda circular destinada al culto a la diosa. La imagen de Vesta, una piedra toscamente labrada, presidía el recinto desde una hornacina y ante ella, sobre un altar, ardía el fuego sagrado. Camilia entró en el recinto e indicó a la vestal que en ese momento lo custodiaba que saliera y esperase junto al umbral.

La oscuridad era casi absoluta y en el silencio envolvente sólo se oía el crepitar de las llamas de un pequeño fuego en el centro del ara. Diminutas lenguas rojas y amarillas danzaban elevándose hacia el techo y eran alcanzadas y engullidas por otras nuevas y éstas por otras, y éstas por otras más, y todas eran a la vez viejas y nuevas. Una danza hipnótica y eterna, inmutable en su variación, inagotable, fuente de calor y de vida. Un fuego sacrosanto, arrebatado a los dioses, cuyo dominio sólo los seres humanos poseían. Pero no era un dominio completo: el fuego en su estado natural, como el rayo, el trueno, el viento o la lluvia, era indomable.
Al igual que el fuego, la vida era para los humanos un dominio incompleto, sometido siempre a la voluntad de los dioses que tanto podían darla como aniquilarla. Y la voluntad divina era insobornable, pues en lo fundamental no se plegaba a los deseos ni a las demandas de los mortales sino que, siguiendo su propio curso y capricho, atendía a unos designios que sólo algunos privilegiados poseían el don de vislumbrar. Eso había hecho la adivina Celia, según recordó entonces Camilia, anunciando a Amulio una venganza a manos de los nietos de su hermano Númitor. Y esos nietos futuros sólo podían ser hijos de Rea Silvia. Así pues, si estaba en los planes divinos el que Rea Silvia fuera madre, ¿cómo oponerse a ellos u obstaculizarlos? ¿Cuál sería el camino a seguir? La turbación de Camilia iba en aumento. Su cometido como Vestal Máxima no la autorizaba a aventurar cuál sería la intención de los dioses, sino que le exigía ser leal con Vesta, la diosa a quien servía. Cerró los ojos y suplicó su ayuda.


El corazón de Rea Silvia retumbaba rítmico y sus latidos sonaban como la piel de un pandero al ser golpeada por una mano experta. Allí de pie, en el centro de la cabaña de las vestales, sin moverse un ápice del lugar donde la Vestal Máxima Camilia le había ordenado quedarse, aguardaba su regreso. Con ella vendría la luz o la oscuridad, pues sólo cabía esperar de Camilia dos respuestas: o su protección, o la denuncia a las autoridades de Alba Longa por sacrilegio.

En esa ansiedad se hallaba cuando su criada Tuccia, al ver que no regresaba a su cuarto, salió en su busca. Al encontrarla allí de pie, junto al hogar del centro de la cabaña, con el rostro demudado, se le acercó enseguida. Bastó un cruce de miradas entre ellas para que en la suya se reflejara el pánico.
- La Vestal Máxima lo sabe – dijo lacónicamente Rea. Tuccia corrió a traer un escabel e hizo que la vestal se sentara. Le llevó luego un cacillo con agua, y mientras bebía, se atrevió a preguntarle por la reacción de Camilia.

- Me ha ordenado no moverme de aquí. Creo que ha ido al altar de Vesta. No sé lo que puede pasar, Tuccia, aunque es muy probable que me denuncie. Urge que me hagas un recado – dijo Rea Silvia presa de una repentina agitación, como si hasta ese momento hubiera estado dormida o paralizada por el miedo –. Ve a donde la orfebre Valeria y dile que venga enseguida. Necesito hablar con ella cuanto antes, ahora mismo si puede ser. El tiempo corre en mi contra.


- La Vestal Máxima me manda decirte que te espera en el altar de Vesta. Debes ir ahora mismo – le dijo a Rea la compañera a quien le correspondía el turno de vigilar el fuego sagrado y había sido sustituida por la propia Camilia. No había inquietud ni sospecha en su voz.

Obedeció Rea Silvia con las piernas temblando. Penetró en el recinto consagrado a la diosa y, cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, vio a Camilia en pie a la izquierda del ara. Ésta, al verla entrar, le indicó con la mano que se colocase frente a ella, al otro lado del altar, de modo que entre ambas quedaba el fuego sacro.

- ¿Conoces la ley, Rea Silvia, hija de Númitor y Aurelia, consagrada a la diosa Vesta?

- La conozco, sí – respondió.

- ¿Sabes que faltar a tu castidad constituye un sacrilegio y sólo puede expiarse con tu muerte y la de tu amante?

- Sí, sé que el castigo es la muerte.

- No una muerte cualquiera, Rea. Una muerte con dolor, con deshonor y vergüenza, pues serás expuesta en la plaza pública y azotada con varas hasta expirar. Y el mismo fin le aguarda a tu amante.
Rea restó en silencio. Escuchaba las palabras de Camilia con una extraña serenidad, con una entereza que estaba lejos de sentir apenas dos meses antes, cuando había rechazado la oportunidad de deshacer su embarazo y ocultar lo ocurrido.

- Delante de Vesta, a quien estamos consagradas, dime ¿cómo es que has faltado a tu castidad? Y recuerda, antes de responderme, que no es posible engañar a la diosa.

- Vesta conoce mi inocencia – respondió –. Los hijos que llevo en mi vientre han sido engendrados por Marte estando yo dormida. Él mismo se identificó.

Explicó entonces la vestal cuanto le había ocurrido el día de la fiesta de Júpiter Latiaris. Su soledad al entrar en el bosque sagrado de Marte para purificar los instrumentos sacrificiales en su fuente; su repentino calor, su sueño y ese despertar aturdido cuando el propio dios le anunció que nacerían de ella dos varones superiores a los demás hombres y famosos por sus hechos. Camilia le hizo muchas preguntas y escuchó con atención las respuestas. Confesó Rea Silvia los nombres de las personas que estaban al corriente de lo sucedido y la habían ayudado, solicitando para ellas clemencia.
- Estás muy tranquila, Rea – observó Camilia, admirada de su fortaleza, tanto más llamativa por ser tan joven y por pender sobre su cabeza un castigo tan cruel.

- Tengo miedo, Camilia – confesó entonces la joven –. Sin embargo, he sido escogida por un dios para crear un nuevo linaje y no me siento avergonzada ni culpable de ello, antes bien estoy agradecida y orgullosa. Si lo he ocultado ha sido por temor a que no permitieran a mis hijos nacer. ¡Que nazcan! Y si luego he de pagar su vida con la mía, que así sea.

- Márchate ahora y no cuentes a nadie lo que hemos hablado – concluyó Camilia –. Mañana, al alba, te comunicaré mi decisión.




domingo, mayo 29, 2011

ANTES DE QUE MI AMOR POR TI


Así se expresa Virgilio:

“Antes se hará dulce lo amargo, blando lo duro, los ojos verán blanco lo negro, diestro lo izquierdo, emigrarán a otros ajenos los átomos de los cuerpos, antes de que mi amor por ti salga de mis médulas. Aunque seas fuego, aunque agua, siempre te amaré, pues siempre podré acordarme de mis gozos contigo.”


VIRGILIO.- Imprecaciones.



Traducción de Arturo Soler Ruiz.

jueves, mayo 26, 2011

NUEVOS O VIEJOS PLANES


(VIII)

¡Qué largos transcurrían los días en la casa de las vestales, sin ver la luz del sol, sin respirar aire puro ni perderse en el bullicio de las calles! El interior de las cabañas era oscuro, pues la claridad sólo entraba a través de la puerta y de dos respiraderos abiertos en lados opuestos junto al tejado. Todo lo demás quedaba en sombras, alumbrado apenas por el resplandor del fuego central. Y así, la prisión que voluntariamente se había impuesto Rea Silvia para no exponerse a las miradas de los albanos tenía como límite intangible un umbral de luz. Por la intensidad de ésta y por el movimiento de la sombra en el suelo la vestal percibía el paso de las horas.
Recibía a diario la visita de sus amigas y de su prima Anto, a la cual, pese al afecto que le profesaba, no le había hablado de su estado. Sí, en cambio, se había confiado a la vestal Adriana quien, tras la angustia y la conmoción que le produjo la noticia, se ofreció a sustituirla en la celebración de los ritos e incluso en el cuidado del altar de Vesta, de modo que sus faltas no llamaran demasiado la atención. Rea se envolvía en ese ambiente de penumbra casi permanente y pasaba mucho tiempo en su habitación, dificultando así que las demás vestales y las criadas apreciaran las transformaciones de su cuerpo.

Al entrar en el cuarto mes de gestación, desaparecieron los mareos y las náuseas y su aspecto mejoró.
- Hoy tienes mejor cara – le dijo la Vestal Máxima Camilia una mañana, tras oficiar los rituales –. Te haría bien salir y tomar el aire si te encuentras con ánimo. ¿Por qué no acompañas a Adriana a visitar a su madre? Prometió regalarnos una torta especial siguiendo una receta sabina y la va a cocer hoy.

Rechazó Rea Silvia la propuesta alegando haber dormido mal y, cuando ya se marchaba a su cuarto y Camilia a sus ocupaciones, la Vestal Máxima volvió sobre sus pasos y la detuvo.

- Espera un momento – dijo. Y entonces se llevó la mano al hombro izquierdo, se quitó la fíbula y se la mostró –. ¿La recuerdas? Es la fíbula de tu madre. La intercambiamos el día del asesinato de tu hermano. Ya sabes que solíamos hacerlo de niñas, eso de cambiarnos las fíbulas, cuando alguna de nosotras estaba en apuros. Era la manera de decirnos que nos ayudaríamos mutuamente, que estábamos dispuestas a compartir la carga.
Rea cogió la fíbula de las manos de Camilia y la contempló con afecto a la luz del fuego que ardía en el centro de la cabaña, junto a ellas. Claro que la recordaba. Era una serpiente de bronce muy finamente grabada que, con los ojos cerrados, parecía dormir. No se mordía la cola sino que, tras formar un círculo perfecto, cabeza y cola se acercaban sin tocarse, dejando entre ellas un espacio libre. El círculo respiraba. Permitía entrar y salir. Evocaba la redondez de un vientre: protegía y, a la vez, dejaba abierta la puerta que conducía al mundo y a la luz.

- Los acontecimientos se sucedieron con tanta rapidez, que no tuvimos tiempo de devolvernos nuestras fíbulas antes de que ella fuera obligada a abandonar Alba Longa… - explicó Camilia sacando a Rea Silvia de sus cavilaciones –. La he usado todo este tiempo. Pero creo que a tu madre le gustaría que ahora la tuvieras tú. Dame una tuya y hagamos el cambio – dijo, tendiendo su mano. Y con un matiz afectuoso, añadió: – Cualesquiera que sean tus preocupaciones o tus males, Rea Silvia, debes saber que no estás sola.
Y entonces, al quitarse Rea la fíbula con que se sujetaba la túnica en el hombro, no acertó a coger bien el extremo de la tela, y ésta cayó hacia delante dejando al descubierto su pecho. Camilia vio brillar, a la luz rojiza del fuego, un abultado seno con el pezón hinchado y la areola oscura destacando contra la piel blanca y tersa. Instintivamente, avanzó la mano y la posó sobre el vientre de Rea. La apartó como si le quemara, tras haber notado su redondez. Dio un paso atrás y, con rotundidad pero sin alzar la voz, le ordenó:

- No te muevas de aquí.



El rey Amulio y su esposa Criseida disputaban, una vez más, en el salón principal de la cabaña real. El motivo del desacuerdo era también antiguo: su sobrina, la vestal Rea Silvia. Ambos esposos rivalizaban en el odio que sentían contra ella, difiriendo en el modo de satisfacerlo. Criseida, más impaciente, deseaba para Rea una muerte rápida a través de un veneno; su marido, en cambio, se inclinaba por un asesinato menos evidente, una muerte justificada o aparentemente accidental. En Alba Longa no se habían apagado los rumores sobre el misterioso ataque a la familia de Númitor, incluida la muerte violenta de su hijo, y debían actuar con cautela para no avivarlos. La cuestión que los enfrentaba en ese momento era el empeño de su hija Anto en que invitaran al rito de su casamiento a Rea Silvia y a sus tíos Aurelia y Númitor.
- Deben venir – sostenía Criseida con energía –. Conviene vigilar de cerca a los enemigos, verlos de vez en cuando.

- ¿Verlos? Con las noticias que me envía mi mayoral Fáustulo tengo bastante, no necesito mortificarme. Mi hermano vaga por los campos como un perturbado. Dice estar componiendo un tratado sobre las abejas, una ocupación tan estúpida como inofensiva. No tengo ganas de encontrarme con él, y menos en una celebración tan importante.

- ¡Fáustulo, Fáustulo! ¿Acaso se trata de un buen guerrero o de un espía? Es un simple pastor y basta – replicó Criseida –. Yo sí que quiero ver a tu hermano con mis propios ojos, comprobar cuánto ha envejecido y si se ha recuperado de su enfermedad. Y, además, por nada del mundo me perdería la cara de Aurelia al entrar aquí, en la cabaña real, sabiendo que no volverá a ser su casa…
- Mezclas las cosas, mujer – respondió Amulio –. No voy a arriesgarme a que los albanos vean a Númitor y se acuerden de la blandura de su gobierno, sólo para darte el placer de humillar a Aurelia. ¿No les prohibimos pisar Alba Longa para evitar el contacto con sus antiguos súbditos?

- ¿Y qué, si lo ven? A la gente le da lo mismo quién sea su rey, igual que a nosotros nos da lo mismo la gente siempre que obedezca.

Se enzarzaron en una nueva discusión, mientras los criados avivaban el fuego en silencio. El salón no había cambiado mucho desde el año anterior. Habían limpiado de las paredes las manchas de sangre y una nueva capa de tierra bien apisonada había ocultado las del suelo, allí donde habían caído luchando el hijo de Númitor y todos sus criados. Un sacerdote había purificado la cabaña después de la masacre, expulsando cualquier espíritu que hubiera querido permanecer allí. El trono había sido sustituido por uno nuevo y sobre él se hallaba sentado Amulio, aunque al calor de la discusión se levantaba a veces y recorría la estancia.

- … Y otra cosa más a mi favor – decía Criseida –: A Rea Silvia la han visto durante todo el año y no ha pasado nada…

- Pero, ¿por qué te empeñas y se empeña tu hija en que venga aquí? ¿Queréis que nos amargue la fiesta esa boba?
- Anto la quiere mucho, ya lo sabes. ¡Y qué le vamos a hacer, si tu hija es aún más tonta que ella…! – respondió muy enojada la reina –. Con todo, hace tiempo que Rea Silvia no sale de la casa de las vestales. Cuando le pregunto a tu hija, me contesta que no le pasa nada importante, que sólo tiene molestias en el vientre. Pero no sé… Mi instinto me dice que es algo más.

- Ve a verla tú misma y compruébalo – dijo Amulio con sorna –. Se alegrará mucho de
tu visita.

- ¡Tonterías! En la casa de las vestales sólo la vería yo. En la boda, en cambio, habrá de mostrarse en público. Y si todo el mundo la ve desmejorada, ¿a quién le va a extrañar que se muera en breve? Además, conviene que los albanos crean que entre tu hermano y tú no hay enemistad. Celebrar juntos la boda de nuestra hija, como una familia bien avenida, acallará las habladurías.

Con ésta y otras consideraciones, para mal de Rea Silvia, el rey Amulio cedió. El propio soberano dio instrucciones a Pratex, su esbirro de confianza, para que al día siguiente partiera hacia las posesiones de Númitor en las riberas del Tíber. Debía transmitirle la orden terminante de asistir a los ritos del matrimonio de Anto, la única hija del matrimonio real.