miércoles, abril 26, 2006

CIBELES Y ROMA ( II ).- La vestal Claudia Quinta



Cuando los primeros rayos de sol alcanzaron el templo de Vesta el día catorce de abril del año 204 a.C., Claudia Quinta esperaba junto a la puerta y, antes de participar en las ceremonias matinales del templo, pidió a la Vestal Máxima y a las otras cuatro vestales que le dieran su apoyo, que implorasen a la diosa por ella y la acompañaran a Ostia. Su rostro joven, fino y alargado, habitualmente sonriente, está alterado desde hace varios días. Alguna persona malintencionada, quizá un enemigo mortal de su familia, ha hecho circular por Roma un rumor insidioso: que ella tiene un amante. Claudia no descansaba, ni de noche ni de día, desde que llegó a sus oídos esa murmuración. La situación, sin embargo, se agravó ayer por la tarde cuando llegaron las nefastas noticias de que la nave de la diosa Cibeles había encallado y se encontraba en riesgo de naufragar. Aún no se han formulado cargos en su contra pero, de tomarse en cuenta y si ella no consigue defenderse con la eficacia necesaria, le costará la vida.
Claudia ha permanecido toda la noche en el templo de Vesta, un recinto pequeño, casi diminuto, que abraza con columnas un ara sencilla. Sobre ese altar arde incesantemente el fuego sagrado que garantiza la pervivencia de la ciudad y que ella, junto a las demás vestales, ha de mantener encendido. Fue consagrada a Vesta con ocho años recién cumplidos, hace ya doce inviernos, y no ha faltado jamás a sus obligaciones. Sin embargo, en los tiempos difíciles como los que vive Roma, los ciudadanos buscan explicación a sus desdichas y se preguntan si habrán ofendido de algún modo a los dioses. E invariablemente miran en dirección a las vestales, cuya virginidad se consagra a Vesta durante treinta años. Que una vestal falte a su castidad es un crimen de dimensiones extraordinarias que implica a toda la ciudad. Cuando eso ocurre, los dioses ocultan sus rostros y dejan a los romanos librados a su suerte.
Durante su vela nocturna, Claudia ha hecho los mayores esfuerzos por olvidar que ella misma entró como vestal para sustituir a Opimia, que se había quitado la vida al ser declarada culpable de impiedad. Eso ocurrió cuando, en Cannas, Aníbal aniquiló a más de cincuenta mil legionarios romanos y dejó a la república indefensa. Evita pensar en ella, acerca de cuya culpabilidad no está segura, y más todavía elude el recuerdo de Floronia, que en aquellas mismas fechas sufrió el espantoso castigo reservado a las vestales: ser enterrada viva. Ha intentado, con todas sus fuerzas, concentrar sus pensamientos en la diosa, en implorar su ayuda divina, en pedirle alguna luz que le marque el camino. Varias veces se ha sentido desfallecer, agitado su pecho por los latidos desbocados de su corazón. La muerte está rondando su puerta.
Cuando, al amanecer, han acudido al templo las demás vestales, Claudia, sin saber muy bien por qué, se ha arrojado a los pies de la Vestal Máxima y ha besado el borde de su túnica. Luego ha levantado hacia ella sus ojos nublados por las lágrimas y le ha jurado que es inocente y quiere probarlo. La anciana vestal la ha ayudado a levantarse del suelo. No alcanza a comprender para qué quiere ir a Ostia Claudia, pero confía plenamente en ella. Da órdenes a las esclavas de la Casa de las Vestales para que esté listo un carruaje dentro de una hora. Irán todas juntas: Claudia gozará de una oportunidad.
* Fotografía. Estatua de una virgen vestal.
** Fotografía. Templo de Vesta en el foro romano.

3 comentarios:

Manuel Tendero Gil dijo...

hola,soy susi la mujer de manolo.Me ha gustado mucho la historia de Claudia ¿como acabo?ya me lo cuentas.

Isabel Romana dijo...

Hola Susi. Gracias por tu interés. Voy a contar la historia de Claudia en dos "entregas" más, así que falta poco para el desenlace. No las quiero hacer demasiado largas.

mahaya dijo...

¿30 años?. :) eso no lo sabia