(X)
Valeria examinaba con mucha atención la fíbula de Rea Silvia a la luz de la lucerna. La sujetaba entre los dedos y la movía levemente a un lado y a otro buscando la posición más adecuada para que la luz resaltara los distintos detalles: los ojos cerrados de la serpiente, la forma y tamaño de sus escamas, su volumen.
- Es muy antigua – dijo de pronto Valeria levantando la vista –. Un trabajo excelente, digno de reyes
- ¿Podrás hacerlas igual? Necesito nueve. Aunque con una pequeña modificación: los ojos de la serpiente deben estar entrecerrados. Quiero que produzca la sensación de reposo, pero un reposo vigilante.
-Pondré en ello todo mi esfuerzo y mis conocimientos. Sería mucho más fácil si pudiera llevarme ésta…
Rea Silvia no contestó. Ya le había advertido a Valeria de la imposibilidad de dejarle su fíbula para hacer las copias. Se agarraba a ella como a una tabla de salvación. Esa plácida serpiente era la prenda y el testimonio de la promesa de ayuda hecha por la Vestal Máxima unos instantes antes de descubrir su embarazo. No la podía soltar. Había pertenecido a su madre, quien la había intercambiado con Camilia y ésta, a su vez, la había intercambiado con ella esa misma mañana. Desde que llevaba consigo esa pieza de bronce, percibía en su corazón y en su ánimo una fuerza muy intensa y, al mismo tiempo, una serenidad más necesaria que nunca. Por nada del mundo se separaría de ella. La cogió de manos de la orfebre y se la volvió a prender en el hombro para sujetar la túnica.
- Si me lo permites, mañana traeré cera para sacarle un molde. Cuando haya fundido la primera, vendré para compararla con ésta… – dijo Valeria tras un breve silencio, comprendiendo que Rea Silvia no cambiaría de opinión.La vestal hizo un gesto ambiguo con la cabeza. Debía estar pensando que quizá no habría oportunidad de mostrarle de nuevo la fíbula si la Vestal Máxima decidía denunciarla. Así interpretó ese gesto Tuccia que, desde la oscuridad del fondo del cuarto, la observaba en silencio. Era admirable la entereza y la tranquilidad que reflejaban los rasgos de la vestal, extrañamente dulcificados pese a que la proximidad de la lucerna creaba fuertes contrastes de luces y sombras sobre su rostro. ¿Cómo podía mantenerse tan firme y entera, sabiendo que su porvenir pendía de un hilo más invisible y sutil que el tejido por las arañas?
- Necesito otro trabajo – dijo Rea tras asegurarse de que estaba bien abrochada la fíbula –. Unos amuletos muy especiales. Me pareció oírte decir que estabas haciendo pruebas para unir, en un solo objeto, el amuleto y el adorno. ¿Has avanzado?- Tengo varias ideas, traídas de la ciudad etrusca donde aprendí mi oficio. Si quieres, puedo trabajar más intensamente en ello. Por lo demás, necesitaremos de ti alguna información…
Valeria hizo un gesto a su ayudante Aiara para que se acercase a la luz, pues se había mantenido discretamente callada y apartada, junto a Tuccia.
- Dime de qué quieres protegerte, vestal – dijo Aiara –, para que pueda prepararte los materiales y los conjuros necesarios.
- No son para mí – respondió Rea y calló repentinamente. Su rostro se tornó sombrío. De pronto le había asaltado la duda de si podría confiar o no en esas mujeres. Eran unas desconocidas, así que no se arriesgaría a decir nada más, no fuera a ocurrir que, en lugar de procurarse un bien, como era su propósito, una palabra indiscreta le reportase un mal.- Hazme las fíbulas, Valeria, y trabaja también en la idea del adorno-amuleto. Cuando el resultado sea de mi gusto, os daré los detalles. Respecto a la compensación ¿te parece bien la lana de un cordero adulto por cada fíbula?
La orfebre se manifestó conforme y, tras asegurarle a Rea que comenzaría a trabajar enseguida, ella y su ayudante se despidieron y abandonaron la casa de las vestales.
Desde la puerta de su cabaña, situada en la ladera del Aventino, Aurelia contemplaba los efectos de la puesta de sol en el paisaje. Una llanura rica en pastos y con pequeñas áreas cultivadas se extendía desde los pies de su colina hasta los montes Albanos, cuya silueta se imponía erizada de picos en el horizonte y había adquirido un color violáceo. Rebaños de ovejas pastaban diseminados aquí y allá. De vez en cuando, una ligera brisa arrastraba consigo sus balidos, proporcionando una impresión de vida en el silencio de esa inmensa soledad.
Las pequeñas tareas cotidianas que se imponía para hacer soportable su aislamiento, no habían conseguido distraerla ese día. La embargaba una gran desazón. Miraba los lejanos montes en cuyo seno crecía Alba Longa como si su mirada fuera capaz de atravesarlos. En su memoria reconstruía el lago, el humo ascendiendo desde las cabañas, las calles apretadas dentro de la muralla de adobe, el santuario de Júpiter Latiaris allá en lo alto, su pequeña Rea Silvia…Un latigazo de angustia la azotó. No conseguía apartar de su mente el sueño que, de madrugada, la había hecho saltar de su yacija sin aliento. Había visto una cabeza juvenil, de espaldas. La cinta de lana de las vírgenes se había soltado de su cabello y estaba a punto de caer. Ella acercaba sus manos para cogerla antes de que tocara el suelo y se manchase, pero no llegaba a tiempo. De pronto, tenía ante sí el rostro de Rea Silvia. Le decía algo a gritos, pero no entendía sus palabras. Con la mano le señalaba dos palmeras que crecían a una velocidad vertiginosa, arriba, arriba, proyectando una sombra cada vez más grande. Su cuñado Amulio aparecía entonces con una espada y las golpeaba para cortarlas. Se despertó asustada y empapada en sudor.
Le había resultado imposible volver a conciliar el sueño. No acertaba a adivinar el significado de esa pesadilla, pero todo su ser le gritaba que era un presagio, que su hija la necesitaba. ¿Qué estaría ocurriendo? ¿Cómo la podría ayudar? Desde que Amulio les había ordenado abandonar Alba Longa y no regresar jamás, no había vuelto a verla. Tenía noticias suyas de vez en cuando, a través de su mayoral o de los pastores que enviaba su marido a la ciudad para resolver los asuntos del ganado. Pero el mensaje era siempre el mismo: gozaba de buena salud y se encontraba bien en la casa de las vestales. Los últimos hablaban de una ligera indisposición. Nada importante.¡Cuántas veces nos arrepentimos de haber pedido a los dioses que nos concedieran ciertos deseos! Nada hay más natural que una madre quiera ver a su hija y, sin embargo, nada resultó más funesto para Rea Silvia. Pero ¿quién puede hacer reproches a Aurelia? ¿Qué madre habría actuado de otro modo? Aunque estas son preguntas ociosas, pues lo que había de ocurrir, ya estaba escrito.














