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Tampoco la hija de Claudio lleva armas, pero no repara en ello. Deja que se adelante el carro y de un salto prodigioso se encarama a él por detrás. Sus compañeras ven cómo se inclina hacia delante y se agarra a su padre para recuperar el equilibrio, justo en el momento en que la cuadriga pasa por delante de la tribuna. A nadie de los que aguardan a lo largo de la vía Sacra le importa ya el desfile. Todos los corazones están pendientes de la lucha que se desarrolla sobre el carro triunfal: Claudia empuja con todas sus fuerzas la cabeza del agresor; él se resiste, ruge de ira y patea con la pierna que cuelga fuera del carro; Claudio, superada la sorpresa por la rápida intervención de su hija, controla a los caballos y pasa un brazo por la cintura de ella para que no se caiga.
- ¡Sigue adelante, padre, sigue! – grita la vestal, con voz entrecortada por el esfuerzo.
El grito de pánico que había proferido la multitud hace unos instantes, al producirse el asalto, se intensifica y se transforma. Son ahora gritos de asombro y de admiración, de ánimo a Claudia para que no se rinda y persevere en mantener a ese hombre malvado alejado de su padre. Queda muy poco trecho para que alcance su meta y merece llegar a ella con vida.
El carro ha emprendido el ascenso de la colina del Capitolio por la pendiente que conduce al templo de Júpiter Optimus Maximus. Claudia está exhausta, pero su nervio la mantiene firme, la boca apretada y los brazos en tensión, toda ella entregada a la tarea de salvar a su padre. No consentirá que ese hombre le haga daño, antes tendrá que matarla a ella. Tanto lo ama. Tanto está dispuesta a hacer por él.
Marco Vicinio pierde energía. Lo empinado de la cuesta añade dificultad a su propósito y apenas puede sostenerse ya. Mira un instante a Claudia. Las ocho trenzas de su peinado de vestal han perdido los lazos que las sujetaban en la parte superior de la cabeza y caen, desgreñadas, en todas direcciones. Parecen serpientes iracundas, prestas a dar su dentellada mortal. “Así deben ser las Furias”, piensa. Sólo que a la vestal no la anima el deseo de venganza, sino un sentimiento amoroso que él no provocará jamás. Hasta en eso ha tenido suerte el bastardo de Claudio. Si aún le quedara saliva en la boca, le escupiría. Pero no lo puede hacer. De un tirón brutal libera el brazo del mordisco de Claudia, desliza la pierna con la que se sujetaba al carro mediante un movimiento rápido y se deja caer al suelo cuando ya coronaban la cuesta. Rueda por la pendiente y los legionarios lo apartan de su camino a patadas.
El público celebra con un delirio de lágrimas y gritos este desenlace. Ensalzan a Claudio como general y lo bendicen por haber engendrado una hija semejante.
Claudio detiene los caballos en la explanada que precede al templo y se gira para abrazar a su hija. No es costumbre manifestar afecto en público, pero sería inhumano no hacerlo en este momento. Claudia tiene un aspecto deplorable: el velo de color naranja le cae por la espalda hecho jirones, está despeinada y sudorosa y apenas puede controlar el temblor de las manos y las piernas. Pero ha vencido. Y su victoria vale más que la belleza de todas las Helenas de Troya.
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Entretanto, el primipilum ha improvisado una nueva letra que cantan enfervorizados los soldados romanos y se repetirá después por las calles, las mesas del banquete, los prostíbulos y los figones:
Nadie se burle de Claudio porque no haya engendrado hijos varones.
No habrían destruido Roma los feroces galos
de haber existido entonces la Claudia que parió su mujer .