viernes, septiembre 16, 2011

DOLOROSA DESPEDIDA

(III)

El mismo aire fresco que agitaba las encinas del bosque de Silana, descendía por la colina y se colaba por entre la paja de los tejados de las cabañas de Alba Longa produciendo un leve silbido. ¡Qué larga estaba siendo la noche y, al mismo tiempo, qué corta! La estrella de la mañana asomaba ya por el horizonte y su brillo anunciaba que la Aurora no tardaría en aparecer.
Sentadas en el suelo, con las espaldas apoyadas en la pared de una choza, las amigas de Rea Silvia esperaban sumidas en la oscuridad. Hacía rato que Palantea había dejado de tocar la siringa, inflamados los labios por el contacto permanente con las cañas y los brazos entumecidos de sostenerla en alto. De vez en cuando alguna de ellas se levantaba y daba unos pasos para espabilarse y estirar las piernas. ¿Dónde habría ido el pordiosero Alec? La doncella Tuccia miraba fijamente la puerta trasera de la cabaña real, a la espera de algún movimiento. Confiaba en hablar con los criados y obtener noticias. De pronto, Énule, que tenía apoyada contra su hombro la cabeza de su hermana Amnesis, la apartó con cuidado y se puso en pie.

- Me voy – dijo en voz baja, cogiendo la bolsa de hierbas que llevaba siempre consigo –. Aurelia va a necesitarme. Y creo que tú deberías regresar a la casa de las vestales, Tuccia.

- No me voy a mover de aquí – respondió ésta –. ¿Y si no han descubierto el embarazo? Sólo sabemos que Rea Silvia se ha desvanecido, nada más.
- ¿Olvidas que se han reunido los consejeros y han permanecido en la cabaña real casi toda la noche? ¿No has visto la cara de la Vestal Máxima, o las de Númitor y Aurelia al salir? ¿Acaso nos han permitido acercarnos a ellos? ¡Ay, Tuccia…! – dijo Amnesis cogiéndole la mano.

Las demás la miraron con tristeza. Comprendían su angustia y su resistencia a aceptar la gravedad de la situación. Deseaban que alguien desmintiese lo que sus corazones temían pero, al mismo tiempo, les espantaba saber. El paso de las horas convertía todo lo ocurrido en algo tan irreal y tan absurdo como un sueño, sus propias acciones les parecían sin sentido. En realidad, ya no sabían qué hacían allí, ni qué esperaban, ni qué socorro podrían prestar a Rea Silvia. Amnesis pensó que sería mucho mejor recabar información de las vestales y se levantó también, pero la silueta de su hermana se había perdido entre las sombras y no se atrevió a seguirla.



Muchas veces recordaría el pastor Fáustulo aquel amanecer, según confesó años más tarde al cronista oral Urbano Lacio. La tarde anterior había sido requerido por el rey Amulio para transportar en su carro a la vestal Rea Silvia que, yendo por la calle, había caído desmayada al suelo. Ya entonces percibió el enfado del rey y el miedo de Aurelia, una extraña tensión en el aire, pese a que había sido un día alegre, pues se habían celebrado los ritos del matrimonio de Anto.
Los rebaños de Amulio, cuya crianza y cuidados supervisaba Fáustulo como mayoral, lo habían mantenido siempre ocupado en las riberas del Tíber y alejado de las intrigas y crueldades de su señor. Prefería los campos a la ciudad y sólo acudía a Alba Longa para participar en las celebraciones importantes o cuando era requerido por su amo. No necesitaba mucho para subsistir, pues su modo de vida y el de su familia era sencillo y su comida frugal. Y así, más allá de cumplir con sus obligaciones, no buscaba el favor de su señor como hacían otros. Incluso cuando Amulio se convirtió en rey, su relación con él no había cambiado. Siguió siendo el hombre respetuoso y callado de siempre, el servidor discreto.
Cuando, siendo aún noche cerrada, Prátex lo había despertado sacudiéndolo por el hombro y le había transmitido el mensaje del rey, había obedecido sin hacer preguntas. Recordaba haber aparejado el carro en silencio y recorrido a pie y con premura la calle principal de Alba Longa, desierta a esas horas de la madrugada. La tierra del suelo estaba tan compacta que las ruedas del carro apenas levantaban polvo y el asno avanzaba sin dificultad, aunque el ruido del traqueteo se expandía por el aire y parecía atronador en el silencio de la noche. A la luz de las estrellas, los contornos de las cabañas se fundían en una masa negra y extensa.
Detuvo el carro delante de la casa del consejero más anciano, quien esa noche había dado alojamiento a Númitor y Aurelia, y se dispuso a esperar. No sería una espera larga, pues las órdenes del rey habían sido terminantes: su hermano y su cuñada debían abandonar Alba Longa antes de que la ciudad se despertara. Y el cometido que le había encomendado el rey a través de Prátex era ese: transportarlos en carro hasta el Aventino para asegurarse de que regresaban sin dilación a su cabaña.

Fáustulo buscó apoyo en los troncos de una cerca, pero se irguió cuando vio el resplandor de una antorcha acercarse en su dirección. Un criado alumbraba el camino a la Vestal Máxima Camilia, que andaba deprisa envuelta en un círculo de luz, seguida por la vestal Adriana y una sirviente. El grupo se detuvo a su lado y Fáustulo inclinó la cabeza a modo de saludo. Nadie dijo una palabra. Permanecieron de pie, quietos, frente a la puerta. Sólo la tea crepitaba al soplo del viento. Al poco rato se oyó el crujido del portón al girar sobre su eje.
Si en el exterior de la cabaña le hubiera esperado un verdugo para cortarle la cabeza, el rostro de Númitor no habría expresado tanto dolor. Cruzó el umbral apoyándose en las jambas y tras él, pálida pese al fulgor rojizo que la antorcha proyectaba en sus mejillas, apareció Aurelia. La Vestal Máxima Camilia se acercó, la cogió del brazo para ayudarla a salir y la abrazó. Ambas lloraron silenciosamente, sin gemidos, sin palabras. Esto conmovió a Fáustulo más que si hubieran gritado, como hubiera sido lo natural.

Estaba ya Aurelia subiendo al carro, con ayuda de las vestales, cuando se oyeron unos pasos apresurados y una voz sofocada.
- Esperad un instante, voy con vosotros – y como él se quedó en suspenso, sorprendido, la mujer añadió –: ¿Tú no eres Fáustulo, el marido de Acca Larentia? Soy Énule, entendida en hierbas y en el arte de la curación. Hace unos días traté a tu mujer de las heridas provocadas por un accidente y le prometí regresar para verla. No te preocupes – añadió al ver el rostro de sorpresa y preocupación del pastor – no ha sido nada grave, pero al estar encinta…

El mayoral dudó, pero Énule ya se había subido al carro y pedía a los dos pasajeros que le hicieran sitio. El rey Amulio no le había prohibido llevar a alguien más en el carro y, por otra parte, era natural que una curandera visitase a su mujer si estaba enferma.
Fue un viaje extraño. ¿Cuántas mañanas y noches, cuantas jornadas y lunas habría pasado Fáustulo a lo largo de su vida en completa soledad, perdido entre los prados o los montes, sin escuchar otro sonido que el balido de los corderos y los susurros de la naturaleza? Y, sin embargo, nunca le había pesado tanto el silencio. Eso fue lo que más le impresionó, lo que grabó ese día en su memoria: a los murmullos del campo, al crujido de sus propios pasos, al chirriar agudo de los ejes, se imponía, pesado como una roca, el silencio de los padres de Rea Silvia, un silencio que medía la hondura del dolor y su impotencia.
Comprendió que debían ser ciertos los comentarios que, durante esa pasada noche, habían corrido de boca en boca, en voz baja, entre los criados que servían en la cabaña real: la vestal Rea Silvia estaba embarazada del dios Marte, según ella decía, y su tío el rey Amulio hacía decidido darles muerte, a ella y a su criatura, tras el parto. Sintió compasión por la vestal, y también por Númitor y Aurelia. ¿Cómo podrían unos padres soportar un castigo tan grande? Pensó en sus propios hijos, los que vivían y los que habían muerto, y pensó en el que crecía en el vientre de Acca Larentia. ¿Qué haría ella, o qué haría él mismo si le anunciaran que su hijo habría de morir cruelmente apenas llegado a la vida? Su padre solía decir que, con frecuencia, los lobos eran menos feroces y más compasivos que algunos seres humanos.
Atravesaron con aquel punzante silencio los montes boscosos y la campiña que separaban Alba Longa de las orillas del Tíber. Durante el trayecto, dándose cuenta de la entereza y la dignidad con que el antiguo rey Númitor de Alba Longa y su esposa soportaban una pena tan grande, nació en el ánimo de Fáustulo un gran respeto por ellos, una estima que perduraría a lo largo de los años aunque habría de permanecer silenciada y oculta. Y cuando los hados hicieran girar la rueda de la Fortuna para colocar arriba lo que estaba abajo y precipitar al abismo lo que tocaba el cielo, esa estima y respeto tendrían una importancia decisiva.



28 comentarios:

Deb dijo...

Bienvenida.

Dolors Jimeno dijo...

Un buen giro este de dar protagonismo al mayoral. Muy interesante lo que empiezas a sugerir.
D.

mercedespinto dijo...

Te repito, estoy aprendiendo mucho contigo, pero lo mejor es lo que estoy sintiendo: ese Fáustulo, reflexionando sobre el destino de Rea Silvia, su futuro hijo y el dolor de sus padres... me ha conmovido.
La historia es fascinante, en gran parte gracias a tu manera de contarla.
Hasta la próxima.

virgi dijo...

Me asombra esa capacidad de tejer una urdimbre con tantos personajes, dándoles a cada uno su personalidad y físico peculiar. Logro imaginarlo y ya sé tanto de Alba Longa, que la próxima vez que visite Roma, iré de enterada total.
Angustiada me tienes, querida Isabel.
Seguimos a la espera.
Un fuerte abrazo

mariajesusparadela dijo...

Qué bien lo expresas...ciertamente ese silencioso dolor conmueve y se gana el respeto de quien lo observa.

GABU dijo...

Debe ser dolorosísimo mantener la cordura ante tanto dolor tan agudo!!!!

P.D.:Como padres saben que perderán a una hija y a sus inocentes nietos,¿existe acaso un pesar tan hondo para desear continuar viviendo?


Tus palabras me tienen en vilo en estos días tan difícil... ¡¡GRACIAS AMIGA!!!!

TE DEJO MI CARIÑO INTACTO
Y ya no puedo ingresar a mi casilla de Hotmail,no sé porque motivo,por eso mi nueva dirección es: mariagabu@gmail.com (es la misma que figura en los datos de mi perfil) :)

emejota dijo...

Me encanta el nuevo cariz que le estas dando a la historia. Tan emocionante. Beso.

CarmenBéjar dijo...

Nunca se puede saber dónde se va a encontrar a ese amigo que te ayudará en un momento decisivo. Puede ser cualquier ser cercano y desconocido, a veces mudo, con el que te cruzas por la calle, un ser anónimo... hasta que se revela como el fiel amigo que siempre necesitaste.
Besos

ANTONIO CAMPILLO dijo...

Intenso capítulo, Isabel.
Creo que será uno de los que deberemos releer de vez en cuando por su gran interés.
La narrativa en presente y pasado es impecable y muy importante para cada uno de los personajes.
La pulcritud al relatar los hechos es tan perfecta como elegante.

Un fuerte abrazo.

elena clásica dijo...

¡Qué maravilla! Tú sí que rozas el cielo con tu pluma y con la "Fundación", tengo la impresión de asistir a uno de esos momentos grandes de la literatura. Al haberme dilatado en los bosques de Silana y leer los últimos episodios he alcanzado las estrellas. Ya sabía yo que había algo que me hacía tener miedo a seguir las letras hasta descubrir el infortunio de Rea Silvia y los suyos, los de verdad. Por otro lado, el descubrimiento del disfraz y de la puesta en escena de Rea Silvia abre una posibilidad mucho más compleja literariamente en el fondo y en la forma. Los personajes, cuyo elenco es nutrido, forman esa urdimbre activa que menciona Virgi, y de repente todos a la vez son protagonistas que como arañitas tejen los hilos de la fundación de Roma. Todas las anécdotas anteriores, las vilezas o grandezas de cada uno de los personajes, la nobleza de algunos, el profundo sentimiento de amistad, la envidia de Amulio, el odio de Criseida... todos, todos a la par claman para que cada uno de sus hilos sea el que prevalezca sobre los demas, bien se encarga mi adorado Urbano Lacio de recordárnoslo. Así, la historia de la fundación de Roma alcanza dimensiones épicas por obra y gracia de tu pluma.
No tengo palabras suficientes, querida Isabel, la lectura de los últimos episodios me ha causado un intenso placer por su profundidad y la intensísima lírica que impregna el alma. Rozas la mística, cuando unes el futuro al pasado, el futuro de la narración y el futuro de la historia, el propio nuestro, como la trayectoria de Fáustulo hace notar. No digamos la rueda de la Fortuna, verdades tan profundas como las del auténtico esoterismo asoman. Llego al este episodio en una auténtica catarsis, he debido esperar un buen rato para arrancar a escribir y comentar.
Enhorabuena, mis palabras se quedan cortas.
Recibe un gran abrazo, Isabel querida, procuraré estar presente asiduamente, ya sabes de la épica más mundana en la que ahora estoy inmersa.

Elysa dijo...

Impresionante esta entrada resaltando a Fáustulo, sus pensamientos nos dejan ver toda la escena y haces que la vivamos con él.

Besitos, Isabel.

RGAlmazán dijo...

Esta Faústulo me parece que nos está saliendo rana. Espero que cumpla sin más, y luego ya veremos. Aquí los traidores serán castigados, ¡Faltaría más!
Rey Amulio

Isabel, amiga, me ha sabido a poco, espero tu próxima entrega. Un beso.

Salud y República

Alejandra Sotelo Faderland dijo...

Un viaje de aquellos por lo visto; ahora cuando Faustulo se entere de lo sucedido tenemos uno mas a nuestro favor.
Ademas ya sabemos a donde llevaran a Rea Silvia.

El Drac dijo...

Fascinante querida amiga Isabel, la lectura de tu prosa es realmente atrapante; imposible no ver reflajada nuestra propia vida reflejado en cada uno de tus episodios. Te envío un fuerte abrazo, que sigan los éxitos!!

La gata Roma dijo...

Muy cierto lo de los lobos y la compasión de los seres humanos…
Sigo expectante…

Kisses

ANTONIO MARTÍN ORTIZ. dijo...

Bien poco se puede añadir, después de haber leído el exquisito y exhaustivo comentario de Elena Clásica. Cuando Elena irrumpe en un foro, uno se siente más que incapaz de escribir algo que pueda resultar nuevo o interesante, si se compara con las exquisiteces que ella escribe.

Suscribo, como fiel plagiador, todo lo que dice Elena Clásica, y le envío desde aquí mi Felicitación ante tanta sabiduría, y a ti, Isabel, pues eso, que te felicito por tu fiel recreación de los albores de la Roma Antigua.

Un (dos) beso(s).

Antonio

Natàlia Tàrraco dijo...

Querida Isabel, este capítulo derrocha sensibilidad, expone la amistad entre mujeres, inquebrantable, cierta, segura. Un círculo cerrado en el cual caben desde sencillas esclavas a Ninfas Silanas, hechiceras, madres...
Se impone un compás de angustiada espera, clamando en voz baja, para no despertar a los malos espíritus ni a las malignas sierpes.
Confio, dulce Isabel, en la sencilla virtud de mi esposo Fáustulo, yo Acca me dispongo, aún sin saberlo, a intervenir si hace falta, en favor de Fortuna, convocando a la Mater que guarda la criatura que crece en mi vientre, para que proteja la vida de Rea y la de la simiente que Marte, indiferente, sembró dentro de ella.
¿Tendremos que ser la mujeres, tan denostadas, las que de nuevo actuemos bajo auspicios positivos? Así sea.
He sentido el traqueteo del carro en la oscuridad y en mi corazón, bajo un silencio que corta.
Besitos aguardando.

Isabel Romana dijo...

Muchas gracias, deb. Bien hallada... Besos.

Hola dolors jimeno, gracias por tu apoyo y tus ánimos contínuos. Besos.

Saludos merecedespinto, y gracias por acompañar a Fáustulo, ese pastor tan equilibrado que jugará un papel fundamental. Está bien que lo vayamos conociendo. Besos.

Isabel Romana dijo...

Hola virgi, la verdad es que sois vosotr@s quienes me habéis propuesto muchos personajes y mi principal estímulo y guía. Me gusta y me inspira el pensar en vosotros al escribir... Un abrazo, querida amiga.

Hola mariajesusparadela, creo que es un dolor que, por la fuerza de las circunstancias, tiene que ser sofocado. Y eso aún duele más. Besos.

Hola gabu, inevitablemente pienso en los padres sufrientes. Imagino que no puede haber un dolor más hondo ni más extenso que el que ellos sufren por las penas y las desgracias de los hijos. Tomo nota de tu nueva dirección. Un abrazo muy fuerte.

Isabel Romana dijo...

Hola emejota, veremos, veremos qué pasa ahora... Besitos.

Qué razón tienes, carmenBéjar, a veces recibimos la ayuda más inesperada y más valiosa de quien menos podemos imaginar... Ojalá seamos también capaces nosotros de prestar esa ayuda a quien no la imagina. Besos.

Hola antonio campillo, muchas gracias por tan buena valoración. Vuestros comentarios e interés constituyen un gran aliciente, porque surgen tantas y tantas dudas... Un abrazo.

Isabel Romana dijo...

Saludos elena clásica, me alegra que Silana, aunque se haya demorado un poco disfrutando de sus propios amores y entretenimientos y obligaciones propias de las ninfas (que son muchas más de lo que creemos)haya regresado en toda su esplendorosa divinidad al bosque que le está consagrado. Tiene ahí mucho trabajo que hacer. Ya en el primer capítulo de esta historia se hablaba de su benevolencia hacia los mortales, y lo acabas de demostrar en este comentario, tan afectuoso, tan estimulante para seguir y seguir narrando esta historia con su ayuda. Porque tienes toda la razón: la épica siempre se centra en un solo personaje, porque es necesario resumir todas las cualidades en una única persona que represetanta todos; pero nosotras estamos en otra línea, en la de recordar que todas las personas, grandes y chicas, han formado parte de la historia y sus actos han jugado su papel, por nimios que les parecieran a otros o a ellos mismos. Espero seguir recibiendo tu iluminación y, sobre todo, espero que sigas protegiendo a nuestra Rea Silvia, pues te necesita desesperadamente... Un abrazo muy fuerte, querida amiga.

Hola elysa, creo que Fáustulo nos ha ayudado mucho en este capítulo, sí. Es un hombre equilibrado y sensible. Un abrazo, guapa.

Hola rgalmazán, Fáustulo es uno de esos criados que no te darán problemas, como no te dan coba. Pero es hombre honesto y cabal, y esos a tí no te convienen para nada. ¡Pues te aguantas! No puedes ser un rey tan malísimo sin recibir alguna colleja... Un abrazo.

Isabel Romana dijo...

Hola alejandra sotelo faderland, seguro que Fáustulo se pone de nuestra parte, a su manera callada, claro. Un abrazo muy fuerte.

Saludos, el drac, me alegro de que estés disfrutando de esta historia. Esa es la razón que me impulsa a escribir, así que está plenamente justificada. Un abrazo muy fuerte.

Hola la gata Roma, ¡cuántas veces hemos comentado aquí que tenemos mucho que aprender de los animales! De eso sabes tú mucho. Un abrazo.

Isabel Romana dijo...

Saludos, antonio martín ortiz, conociendo tu feeling con elena clásica, no me extraña que suscribas sus palabras, pues tenéis sensibilidades parecidas. Si crees que el resultado está siendo interesante y nos aproxima a aquellos tiempos remotísimos, me doy por satisfecha. Un abrazo muy fuerte, querido amigo.

Hola nàtalia tarràco, creo que tú y tu esposo Fáustulo sois una pareja singular. Esa proximidad a la vida rural, a la vida campesina llena de dureza y de prenalidades pero también de sabiduría hace de vosotros personas solidarias. Una palabra moderna para referirse a un hecho antiguo, pues ¿cuántos seres anónimos no habrán ayudado a muchos otros a los largo de los siglos? Roma tenía también que nacer de ese prodigio que es el afecto desinteresado de los humanos. Besos, guapa.

Xibeliuss. dijo...

Que bien narrado el episodio, Isabel. Respira emoción por los cuatro costados.

Abrazos

Natàlia Tàrraco dijo...

ISABEL...ENVÍAME MAIL QUE HE PERDIDO EL TUYO...ASUNTO ENCUENTRO VALENCIA.
!!!NO PUEDES FALLAR!!!

Isabel dijo...

Curioso lo que Fáustulo recuerda que le dijo su padre sobre los lobos, me suena a premonición.
Sigo asombrada de tu buen hacer ante tremenda obra.

Un abrazo

África dijo...

Me ha gustado mucho conocer los pensamientos de Fáustulo. Ha dado serenidad y paz a la estampa tan triste de este capítulo. Sólo un buen corazón sabe reconocer la valía de otro, y ponerse en la piel de otro y comprender.


Un besito

Isabel Martínez Barquero dijo...

Qué grandísima dignidad la de mis padres. Sumidos en la desgracia, su nobleza de sentimientos brilla como el sol.
Me gusta Faustulus.
Continúo, que estoy picada.