Al anochecer del día previo a la partida de Eneas, la reina Dido se asoma por enésima vez y escruta el cúmulo de objetos apilados cuidadosamente en el centro del patio. Después de su primer impulso de amontonar de cualquier modo las pertenencias de Eneas, por la tarde le ha asaltado el temor de que todos esos recuerdos lacerantes no ardieran bien y ha mandado añadir a la pira troncos y ramas. Debía asegurarse que los pasados meses, los más dichosos de su existencia, quedaban reducidos a cenizas. No merecían terminar de otro modo las ropas que él había dejado tras de sí, los muebles, todo cuando había tocado su mano y evocaba un amor no correspondido.

Eneas jamás la había amado, ahora lo comprendía. Nunca se le entregó en cuerpo y alma como se había entregado ella. El troyano abrigaba desde el principio la intención de marcharse, y ella fue como una fuente en el desierto a cuya orilla el viajero se detiene a beber antes de proseguir su ruta. Eso ha sido para él la reina de Cartago: un alto en el camino y nada más. Y quizá a Eneas ni siquiera le hubiera importado que el agua de la fuente fuera dulce o amarga, transparente o sucia. Barce lo intuyó desde el primer momento y la avisó. Pero de nada sirve lamentarse ahora. Eneas ha muerto para ella, y esa pira lo transformará en olvido.
- ¡Barce! – llama a la vieja nodriza, quien la sigue a todos lados desde esta mañana. – Prepárame un baño.
- Te has bañado ya tres veces, mi reina. Tu piel no lo resistirá.
- No me discutas. Necesito borrar de mí todas las huellas suyas. Y enciende también unas lucernas en el altar de Siqueo. ¡Qué estúpida fui al no mantenerme fiel a su memoria! Me engañé creyendo que Eneas me amaría más. ¿Donde está Morgana? Dile que venga y sane el aire con sus artes mágicas.
- Ya lo ha hecho, señora.

- Pues que lo vuelva a hacer. Aquí no se puede respirar. ¿No sientes el olor de Eneas, esa mezcla de salitre y romero? Es olor a cadáver. Te lo he dicho varias veces, el troyano está muerto para mí. ¡Muerto, muerto!
- No debes pensar en él. Mañana se irá y no volveremos a verlo, gracias a los dioses – dice Barce cogiéndole la mano –. Vamos, tranquilízate, mi reina. Sofonisba te ha preparado un caldo que te confortará y te ayudará a dormir.
- Guárdalo para otro momento. Ahora no me apetece.
El día ha transcurrido en un errático ir y venir por las estancias del palacio. Ni la vestal Crisea, ni la noble Diana, ni su propia hermana habían conseguido sacar a Dido de un estado que tan pronto caía en la indiferencia como en la excitación. No parecía oír sus palabras ni ver sus rostros, y toda su atención se centraba en la pira y en su afán por asegurarse que nada de Eneas se libraría del fuego. Varias veces ha subido a la terraza a contemplar Cartago. Una de ellas, Barce la ha oído murmurar entre dientes:
- Yarbas no será rey de esta ciudad.
Estas palabras, dichas con los puños prietos, han levantado el ánimo de la vieja nodriza. Reconoce en ellas la determinación propia de Dido, su voluntad de no dejarse vencer. También las demás mujeres, al saberlo, han recuperado la confianza. La reina ha sido siempre ejemplo de fortaleza y, puesta una vez más a prueba, demostrará su capacidad de resistir y su inventiva para sortear los peligros.

Es ya noche cerrada cuando Barce consigue convencer a la reina para que se retire a descansar. Apenas Dido entra en su cuarto, se le apodera un violento temblor. A gritos llama a los criados para que quiten de su vista el lecho que había compartido con Eneas y ordena que lo coloquen en la cúspide de la pira, como evidencia visible del amor traicionado. A este trastorno le sigue otro: debajo del tálamo aparece, envuelta en un lienzo, la espada que la reina había regalado a Eneas en señal de amistad entre sus pueblos. Un nuevo golpe, pues Dido siente en el abandono de su regalo un desprecio más.
Barce le cede su yacija para acostarse y, como en los tiempos de penuria, se tumba a sus pies, en el suelo. Cerca de ellas Mook, el perro de la reina, entorna sus ojos tristes. Ninguna de las dos duerme.
¿Qué corazón puede sostenerse a flote cuando lo anega la pena? Si hasta un escudo de bronce se hiende y se deforma por los golpes en medio de una batalla, ¿qué no ocurrirá cuando se penetra en ella a pecho descubierto? Y si al final del combate, con el cuerpo desgarrado de heridas, en vez de un refugio en el que descansar, al combatiente le aguardan nuevas violencias, ¿de qué modo se protegerá? ¿Cómo soportará dolor sobre dolor, herida sobre herida?

- Tráeme ahora el caldo que me ofreciste antes – dice de pronto Dido, sabiendo que Barce también está despierta.
Se levanta la anciana y se dirige a la cocina. Podemos seguir la luz de la lucerna oscilando en su mano temblorosa y atravesar con ella el patio. Salvo dos diminutas llamas en el altar de Siqueo, todo está oscuro y silencioso. Aún quedan brasas en los fogones y Barce pretende calentar el caldo sin molestar a nadie. Casi a tientas busca el puchero de barro. Y cuando lo tiene cogido por las asas, un repentino aullido, lastimero y agudo, pavoroso, la sobresalta. El puchero se estrella contra el suelo y el mundo se fragmenta en mil pedazos.