(XI)
Apretadas la una contra la otra, no para protegerse del frescor de la noche, sino para alentarse mutuamente, Rea Silvia y Tuccia habían pasado la noche en vela hasta que, cerca del alba, se habían rendido al sueño. El sol estaba ya alto cuando sus rayos, abriéndose paso entre el follaje, se posó en sus rostros y reprodujo en ellos el contorno de las hojas, la sombra veloz de un ave.
Rea Silvia abrió los ojos y se incorporó despacio. A su lado, Tuccia aún dormía. Se puso de pie para desentumecer el cuerpo y miró a su alrededor. Se hallaban en un calvero de pequeñas dimensiones, apenas un ensanchamiento entre los troncos de las encinas, porque las ramas se extendían y se entrecruzaban sobre ella formando una
ligera bóveda. La dulzura que emanaba de la soledad y placidez de aquel lugar, le confirmó que seguían en el bosque sagrado de Silana. Trenzó una diminuta corona con ramas de un romero que crecía allí cerca. La dejó sobre una piedra como ofrenda a la ninfa mientras renovaba en voz baja la promesa que le había hecho al entrar en sus dominios la noche anterior.
Un grito lejano la sacó de su ensimismamiento. Breve y ronco. Quizá el gruñido de un animal salvaje. Y luego, casi enseguida, otro diferente, más agudo, perturbador. Tuccia se despertó al oírlo pero, al mismo tiempo, de la espesura les llegó un rumor de pasos y voces conocidas, un peligro inmediato. En dos saltos la doncella se colocó al lado de Rea Silvia. Esperaron en pie la llegada de sus guardianes, cogidas del brazo, aparentando entereza.
- ¿Qué han sido esos gritos? – preguntó Rea Silvia apenas vio asomar a Catión. El hombrecillo andaba titubeante, la sonrisa más torcida que de costumbre.
- Nada que deba preocuparte. A Prátex le gusta matar… animales – respondió. Y soltó una carcajada secundada por el individuo que llevaba los fardos la noche anterior. – Vamos, andad ligeras, que a vosotras no os queda mucho, pero este hombre y yo aún tenemos que volver a Alba Longa.
Con la angustia atenazándoles el pecho, se pusieron en marcha. Catión abría camino. No seguían ninguna senda, pero finalmente llegaron a un punto que Rea Silvia reconoció: era el fondo del bosque, el punto en que la ladera se empinaba tanto que no era factible continuar. Caminaron entonces en paralelo a ese terraplén y, al poco rato, notaron que el terreno se ensanchaba y descendía con suavidad. A través de los árboles vislumbraron la hondonada rodeada de paredes rocosas y, en el centro, la cabaña.
- Aquí vivirás hasta el fin de tus días – dijo Catión extendiendo los brazos en un gesto teatral –, es decir, poco tiempo.
A Rea le brillaban los ojos. Apretó la mano de Tuccia y ésta le respondió con la misma fuerza. Después del miedo pasado, aquello se les antojaba la salvación.
- Ninguna de las dos podrá moverse de aquí. Os traeremos agua y provisiones un día de cada siete. Si necesitáis algo más, tú – dijo Catión dirigiéndose a Tuccia – subirás por este camino hasta que te encuentres con uno de nosotros. Allí siempre habrá alguien de vigilancia, así que más os vale obedecer.
Sin dar más explicaciones, arrojaron los bultos al suelo, volvieron sobre sus pasos y se internaron de nuevo en el camino jalonado de encinas.
Cuando los perdieron de vista, las dos jóvenes se abrazaron y se echaron a reír. Gritaron, dieron vueltas alrededor de la cabaña, tocaron con las manos los murallones de piedra que la rodeaban, ciñeron con los brazos, uno a uno, los árboles más próximos a la cabaña y besaron sus cortezas
rugosas. Las lágrimas corrían por sus rostros, se miraban la una a la otra, sonreían y volvían a abrazarse. Al fin, vencidas por el hambre, trasladaron los bultos hasta un costado de la cabaña y los abrieron en busca de alimentos. Sacaron queso y tortas de harina de espelta y de ambas cosas hicieron una ofrenda a Silana. Comieron sentadas en el suelo, donde había huellas visibles del reciente trabajo: trozos de cuerda, astillas de madera en abundancia, varios montones de paja, martillos, un hacha y útiles de todo tipo. Quienesquiera que hubiesen trabajado allí, no se habían molestado en recoger las herramientas.
Antes de entrar en la cabaña, Rea Silvia quería realizar cuantos rituales estuvieran a su alcance para hacer de él un hogar seguro y propicio. No disponía de muchos medios: el agua que les habían dejado aquellos hombres no era pura, pues aunque procediera de la fuente sagrada de Silana, la habían tocado y acarreado sujetos impuros y violentos. Tampoco crecían laureles allí cerca, una planta necesaria para las lustraciones. ¿De dónde sacaría los pigmentos para trazar en las jambas y el dintel de la puerta símbolos que las protegieran? También precisarían grasa. Lejos de desanimarse por las dificultades, Rea Silvia se tomó tiempo para buscar soluciones.
Finalmente concluyó que debían adaptarse a las circunstancias y confiar en el valor de las palabras rituales. En primer lugar, consagró el umbral a la diosa Vesta, encomendándose a ella y rogándole que impidiera el paso a las fuerzas malignas. Luego, vertió agua de un recipiente a otro haciéndola pasar por las manos de Tuccia, como si fuera un tamiz. Esperaba que el corazón limpio de la doncella tuviera poder para purificar el líquido. Mojó en esa agua unas ramas de encina cargadas de hojas, entró en la cabaña saltando por encima del umbral, y con ellas asperjó el suelo y las paredes. Untaron a continuación los goznes de la puerta con unas gotas de aceite, a falta de grasa de lobo, y ataron a ellas un trozo de lana.
- ¿Cómo pintaremos las jambas? – preguntó Tuccia –. No sé de dónde podríamos sacar algún pigmento.
- Trae un cuenco y un cuchillo – respondió Rea. Tomó un puñado de tierra y lo redujo a polvo triturándolo en un mortero. Añadió agua poco a poco, hasta conseguir una pasta compacta.
- ¿No es el lobo el más feroz de los animales, el más eficaz para ahuyentar los peligros que vienen de fuera? ¿Y no está consagrado a Marte? Pues infinitamente más poderoso que el lobo es su Señor.
Y mientras decía esto, se cortó en la yema de un dedo con el cuchillo y vertió unas gotas de su sangre sobre la pasta de tierra y agua.
- Sirva mi sangre, que es la de mis hijos y los hijos de Marte, para repeler todos los maleficios, maldiciones, males de ojo, bebedizos, filtros de todo género, sortilegios, y cualquier otra clase de maldad que venga contra los habitantes de esta casa. Que lo dañino no cruce el umbral.
Con los dedos dibujaron entonces la silueta de dos lobos con las fauces abiertas, sinuosas serpientes y una cabeza de dragón. Terminado este rito, de inmediato se puso Rea Silvia a la tarea de encender el fuego sagrado de Vesta, colocarlo en un pequeño altar al lado de la puerta y, con una de sus brasas, prender la primera hoguera dentro de la cabaña. El anochecer las encontró exhaustas.
Por primera vez en muchos meses, Rea Silvia durmió esa noche libre de miedo.
- ¡Kritubis, Kritubis! – gritaba la pastorcilla Palantea acercándose a todo correr a la choza de su ama.
Ésta, al oír los gritos, salió a la puerta. Vio llegar a Palantea resoplando, sujetándose el costado con una mano y sin los cerdos. La muchacha se apoyó en la jamba y trató de recuperar el aliento.
- Vengo del bosque de Silana – dijo –. He encontrado al pordiosero Alec. Bueno, lo han encontrado los cerdos. El caso es que está malherido, sólo pide agua y no dice nada más… Parece que la copa de un árbol le ha caído encima, no me explico cómo, porque el resto del árbol no se ve…
- Deberíamos avisar a Énule. Puede ser peligroso moverlo – respondió Kritubis.
- No está en Alba Longa. Se marchó acompañando a Númitor y Aurelia.
Kritubis dudó un instante y miró el sol que corría veloz hacia el ocaso.
- Ya es tarde – dijo –. Ayúdame.
Se metieron en la cabaña y mientras Palantea llenaba de agua una calabaza y preparaba algunas provisiones, la sacerdotisa de Diviana sacaba vendas de lana de un rincón, acopiaba algunas hierbas, aceite, vinagre y tres o cuatro recipientes de barro. Lo envolvieron todo en un hatillo y salieron. Aún tuvo que regresar la pastorcilla a coger unas brasas y una tea, porque con las prisas las habían olvidado.
Hallaron el bosque de Silana silencioso. Las aves se habían retirado a sus nidos y los animales nocturnos no habían abandonado todavía sus madrigueras. Pidieron permiso a la ninfa para entrar y le rogaron que protegiera a Alec, un buen hombre siempre respetuoso con los dioses. “Si te ha ofendido cortando un árbol sin tu consentimiento, es justo que lo castigues, divina Silana” – dijo Kritubis –. “Es viejo, quizá se ha olvidado de las fórmulas
necesarias para obtener tu beneplácito. Pero si no te ha faltado en nada, sé compasiva y auxílialo”.
La oscuridad aumentaba a medida que se espesaba el bosque, tornándose tan intensa que Palantea se desorientó y temió no encontrar el lugar donde yacía el anciano. Por fortuna, la diosa Diviana, respondiendo a una súplica de Kritubis, hizo gruñir a los cerdos y ese sonido las guió. Alec estaba aturdido y no lograba articular palabra. Sin embargo, bebió con avidez el agua que le ofrecieron y, cerrando los ojos, se sometió a los cuidados de las dos mujeres.
NOTA: Os dejo un enlace para que conozcáis al verdadero Alec el pordiosero , que no es otro que nuestro amigo El Drac
Apretadas la una contra la otra, no para protegerse del frescor de la noche, sino para alentarse mutuamente, Rea Silvia y Tuccia habían pasado la noche en vela hasta que, cerca del alba, se habían rendido al sueño. El sol estaba ya alto cuando sus rayos, abriéndose paso entre el follaje, se posó en sus rostros y reprodujo en ellos el contorno de las hojas, la sombra veloz de un ave.
Rea Silvia abrió los ojos y se incorporó despacio. A su lado, Tuccia aún dormía. Se puso de pie para desentumecer el cuerpo y miró a su alrededor. Se hallaban en un calvero de pequeñas dimensiones, apenas un ensanchamiento entre los troncos de las encinas, porque las ramas se extendían y se entrecruzaban sobre ella formando una
Un grito lejano la sacó de su ensimismamiento. Breve y ronco. Quizá el gruñido de un animal salvaje. Y luego, casi enseguida, otro diferente, más agudo, perturbador. Tuccia se despertó al oírlo pero, al mismo tiempo, de la espesura les llegó un rumor de pasos y voces conocidas, un peligro inmediato. En dos saltos la doncella se colocó al lado de Rea Silvia. Esperaron en pie la llegada de sus guardianes, cogidas del brazo, aparentando entereza.
- ¿Qué han sido esos gritos? – preguntó Rea Silvia apenas vio asomar a Catión. El hombrecillo andaba titubeante, la sonrisa más torcida que de costumbre.
Con la angustia atenazándoles el pecho, se pusieron en marcha. Catión abría camino. No seguían ninguna senda, pero finalmente llegaron a un punto que Rea Silvia reconoció: era el fondo del bosque, el punto en que la ladera se empinaba tanto que no era factible continuar. Caminaron entonces en paralelo a ese terraplén y, al poco rato, notaron que el terreno se ensanchaba y descendía con suavidad. A través de los árboles vislumbraron la hondonada rodeada de paredes rocosas y, en el centro, la cabaña.
- Aquí vivirás hasta el fin de tus días – dijo Catión extendiendo los brazos en un gesto teatral –, es decir, poco tiempo.
- Ninguna de las dos podrá moverse de aquí. Os traeremos agua y provisiones un día de cada siete. Si necesitáis algo más, tú – dijo Catión dirigiéndose a Tuccia – subirás por este camino hasta que te encuentres con uno de nosotros. Allí siempre habrá alguien de vigilancia, así que más os vale obedecer.
Sin dar más explicaciones, arrojaron los bultos al suelo, volvieron sobre sus pasos y se internaron de nuevo en el camino jalonado de encinas.
Cuando los perdieron de vista, las dos jóvenes se abrazaron y se echaron a reír. Gritaron, dieron vueltas alrededor de la cabaña, tocaron con las manos los murallones de piedra que la rodeaban, ciñeron con los brazos, uno a uno, los árboles más próximos a la cabaña y besaron sus cortezas
Antes de entrar en la cabaña, Rea Silvia quería realizar cuantos rituales estuvieran a su alcance para hacer de él un hogar seguro y propicio. No disponía de muchos medios: el agua que les habían dejado aquellos hombres no era pura, pues aunque procediera de la fuente sagrada de Silana, la habían tocado y acarreado sujetos impuros y violentos. Tampoco crecían laureles allí cerca, una planta necesaria para las lustraciones. ¿De dónde sacaría los pigmentos para trazar en las jambas y el dintel de la puerta símbolos que las protegieran? También precisarían grasa. Lejos de desanimarse por las dificultades, Rea Silvia se tomó tiempo para buscar soluciones.
- ¿Cómo pintaremos las jambas? – preguntó Tuccia –. No sé de dónde podríamos sacar algún pigmento.
- ¿No es el lobo el más feroz de los animales, el más eficaz para ahuyentar los peligros que vienen de fuera? ¿Y no está consagrado a Marte? Pues infinitamente más poderoso que el lobo es su Señor.
Y mientras decía esto, se cortó en la yema de un dedo con el cuchillo y vertió unas gotas de su sangre sobre la pasta de tierra y agua.
Con los dedos dibujaron entonces la silueta de dos lobos con las fauces abiertas, sinuosas serpientes y una cabeza de dragón. Terminado este rito, de inmediato se puso Rea Silvia a la tarea de encender el fuego sagrado de Vesta, colocarlo en un pequeño altar al lado de la puerta y, con una de sus brasas, prender la primera hoguera dentro de la cabaña. El anochecer las encontró exhaustas.
Por primera vez en muchos meses, Rea Silvia durmió esa noche libre de miedo.
Ésta, al oír los gritos, salió a la puerta. Vio llegar a Palantea resoplando, sujetándose el costado con una mano y sin los cerdos. La muchacha se apoyó en la jamba y trató de recuperar el aliento.
- Vengo del bosque de Silana – dijo –. He encontrado al pordiosero Alec. Bueno, lo han encontrado los cerdos. El caso es que está malherido, sólo pide agua y no dice nada más… Parece que la copa de un árbol le ha caído encima, no me explico cómo, porque el resto del árbol no se ve…
- Deberíamos avisar a Énule. Puede ser peligroso moverlo – respondió Kritubis.
- No está en Alba Longa. Se marchó acompañando a Númitor y Aurelia.
Kritubis dudó un instante y miró el sol que corría veloz hacia el ocaso.
Se metieron en la cabaña y mientras Palantea llenaba de agua una calabaza y preparaba algunas provisiones, la sacerdotisa de Diviana sacaba vendas de lana de un rincón, acopiaba algunas hierbas, aceite, vinagre y tres o cuatro recipientes de barro. Lo envolvieron todo en un hatillo y salieron. Aún tuvo que regresar la pastorcilla a coger unas brasas y una tea, porque con las prisas las habían olvidado.
Hallaron el bosque de Silana silencioso. Las aves se habían retirado a sus nidos y los animales nocturnos no habían abandonado todavía sus madrigueras. Pidieron permiso a la ninfa para entrar y le rogaron que protegiera a Alec, un buen hombre siempre respetuoso con los dioses. “Si te ha ofendido cortando un árbol sin tu consentimiento, es justo que lo castigues, divina Silana” – dijo Kritubis –. “Es viejo, quizá se ha olvidado de las fórmulas
La oscuridad aumentaba a medida que se espesaba el bosque, tornándose tan intensa que Palantea se desorientó y temió no encontrar el lugar donde yacía el anciano. Por fortuna, la diosa Diviana, respondiendo a una súplica de Kritubis, hizo gruñir a los cerdos y ese sonido las guió. Alec estaba aturdido y no lograba articular palabra. Sin embargo, bebió con avidez el agua que le ofrecieron y, cerrando los ojos, se sometió a los cuidados de las dos mujeres.
NOTA: Os dejo un enlace para que conozcáis al verdadero Alec el pordiosero , que no es otro que nuestro amigo El Drac









