miércoles, mayo 02, 2012

UNA ACCIÓN DESESPERADA




(XXIII)



Prátex ha presentado una cesta con los gemelos al rey Amulio, en presencia de su hermano Númitor y la vestal Adriana. El rey, desoyendo las razones y las súplicas de su hermano, había ordenado arrojarlos al Tíber.
Así como en ciertos parajes surgen de las grietas del suelo vapores mefíticos que envenenan el aire, matan todo signo de vida y asfixian a quienes, ignorantes del peligro, se adentran en ese erial, así la ponzoña de la maldad impregnaba la cabaña real de Alba Longa. El odio es palpable muchas veces: se toca, se respira, golpea como un puño en pleno rostro, lacera. Adquiere tanta solidez que nadie deja de percibirlo, por mucho que se esfuerce o lo quiera negar.

Eso le ocurrió a Númitor cuando su hermano, el rey Amulio, sordo a sus súplicas de perdón para Rea Silvia, impuso de nuevo silencio y con una mirada torva lo clavó al suelo. Había en ella aborrecimiento y furor, una fuerza colosal, mortífera como la de los huracanes que arrancan árboles y diezman los rebaños de cabras despeñándolas por las rocas. Hieren más unos ojos que la punta de una lanza. Cuantos se hallaba presentes comprendieron, sobrecogidos, que nadie ni nada podría detener la animosidad de Amulio contra su hermano y su familia. Luego, sin volver a pronunciar una palabra, el rey ordenó con un gesto iracundo que se marcharan todos.

En el salón sólo quedaron él y la reina Criseida, cada cual rumiando sus propios rencores. La reina estaba furiosa y contenta a la vez. El fracaso de su plan para impedir que Rea Silvia pariese le había disgustado, pero el enfado había cedido ante la energía y autoridad con que Amulio había ordenado arrojar al río a esos niños contaminados por el sacrilegio. Sin embargo, persistía una inquietud: a la reina le preocupaba que no se hubiera fijado fecha para ajusticiar a Rea Silvia. Ni siquiera había quedado claro que su ejecución fuera a producirse en breve.

También Amulio pensaba en su sobrina. Hubiera dado cualquier cosa por presenciar el momento en que Prátex había irrumpido en la cabaña para quitarle a Rea Silvia su retoño. Esa farsante debió pensar que, por el hecho de haber conseguido otro niño para hacerlo pasar por gemelo del suyo, libraría a su hijo de la muerte. ¡Debió llevarse una sorpresa al ver que su engaño no servía de nada! Imaginar a esa estúpida arrastrándose por los suelos a los pies de un criado, implorando que la matase, le resultaba sumamente placentero. Debía estar muy desesperada para caer tan bajo. ¡Ella, que presumía de haber sido preñada por el dios Marte…! Sólo por la soberbia que demostraba tal pretensión, Rea se merecía un castigo muy severo. Y quizá la muerte era demasiado leve para tanta arrogancia.

- Ha sido muy acertado de tu parte mandar enseguida a Prátex a tirar la cesta con los mocosos al río – dijo Criseida, interrumpiendo sus pensamientos –. ¡Cuánto antes acabemos con este asunto, mucho mejor!

Como Amulio no contestaba, habló de nuevo:

- En cuanto a Rea, deberíamos ejecutarla ya. Así tu hermano podría regresar enseguida al Aventino, al lado de su esposa. Me han llegado rumores de que Aurelia se está muriendo. Yo, en su lugar, me moriría mucho más tranquila sabiendo que en Alba Longa se ha hecho justicia castigando un sacrilegio. Aunque la sacrílega hubiera sido mi propia hija, como es el caso de Aurelia.

- Nunca pensé que amases tanto a tu cuñada como para desearle una muerte tranquila – respondió con acritud Amulio.

- Me juzgas mal, marido. No soy en absoluto cruel, sino que busco tu bien y el de los nuestros. Conviene que nos deshagamos cuanto antes de tu sobrina. ¡Es tan zorra, que podría quedarse preñada de todos los dioses, uno tras otro!

-¡No digas barbaridades, Criseida! – respondió el rey riéndose por primera vez en muchos meses –. Mi sobrina, cuando sufre sus ataques de lujuria, confunde a los esclavos zarrapastrosos, malolientes y desdentados con auténticos dioses. ¡A saber cuál de ellos la preñó!

Con estas palabras impías y otras aún más odiosas y groseras, los monarcas se burlaban de las divinidades y de sus designios y se regocijaban con el sufrimiento de Rea. Amulio, con su jocosidad, había eludido responder a la propuesta de Criseida de ejecutarla enseguida.



“Un manto de negrura había descendido/ sobre el corazón y el rostro de Rea Silvia./ Desvanecida toda esperanza de salvar a sus hijos/ a gritos llamaba en su auxilio a la Parca:/ la descarnada muerte le parecía/ mil veces más piadosa que la vida”. Con ese patetismo resumió Urbano Lacio el estado en que hallaron a Rea cuando, a punto de alcanzar el sol su cénit, consiguieron llegar a las altas rocas que rodeaban la hondonada donde vivía en reclusión.

Al no recibir respuesta alguna a sus señales, el propio Urbano descendió apoyándose en las grietas, como había hecho el día anterior, y se acercó a la cabaña. No estaba atrancada la puerta, así que la abrió con facilidad. Y encontró dentro tanto dolor, un llanto tan desgarrador e incontenible, que supo que algo muy grave había ocurrido y salió de inmediato para solicitar el auxilio de sus amigas.

Sin tener en cuenta el riesgo de ser sorprendidos, improvisaron una escala con una cuerda y Énule bajó no sin esfuerzo. Las demás amigas, consternadas, esperaron en lo alto. Palantea arrancó de su siringa la música más suave y dulce que conocía, pero sonaba triste en la hondonada y en las selvas; las hojas de las encinas sacras de Silana permanecían inmóviles en señal de duelo; la naturaleza entera había quedado muda. Inesperadamente, el canto de una lechuza, lúgubre como un lamento, desgarró el aire. Se estremecieron las mujeres por lo inusual de escucharla a una hora en que esas rapaces duermen. Quizá Vesta quería, a través de su ave sagrada, manifestar su pesadumbre por Rea Silvia.

Empleando todos sus conocimientos y su capacidad de persuasión, Énule logró que la vestal bebiera un brebaje que la sumió en el sueño. Escuchó entonces de Tuccia el relato de lo sucedido: la llegada de Cora haciéndose pasar por partera, el nudo que ésta había hecho para impedir el parto, el nacimiento de los gemelos, la brutal agresión de Prátex que, ayudado por Catión y la cruel Cora, les había arrebatado a los recién nacidos. Se extrañó la experta sanadora de que Anto hubiera enviado a esa mujer, pero nada dijo. Se informó también del régimen de vida que llevaban allí. Al saber que, hasta aquella misma mañana, nunca los vigilantes de Amulio habían entrado en la cabaña ni se acercaban a ella, decidió quedarse al lado de Rea para cuidarla, al menos, uno o dos días.

- ¡Corres un gran riesgo! – dijo Tuccia –. Si vinieran y te encontrasen aquí, nadie te libraría de la muerte.

- Algún modo hallaremos de averiguar si se acercan – respondió ella –. Sabiéndolo con suficiente antelación, tendré tiempo de esconderme en la espesura.

Cavilando sobre cómo podrían resolver ese problema, se le ocurrió a Urbano Lacio que el mejor modo para avisar de la llegada de alguien era que se produjera un ruido. Como la hondonada sólo era practicable por la vereda que usaban los secuaces de Amulio, decidieron actuar allí. De unas ramas de encina que atravesaban parcialmente la senda, colgarían con una cuerda unos cuantos trozos de caña. Si alguien pasaba, tendría que apartar la rama con la mano y entonces las cañas chocarían entre sí, haciendo un ruido característico.

Enseguida Amnesis y Aiara partieron para buscar las cañas y cortarlas; Palantea se quedó de guardia sobre las rocas: si entretanto alguien se acercaba, haría sonar la siringa; Kritubis y Valeria irían a la casa de las vestales a informar a éstas y a Númitor de lo sucedido.



La desolación en la casa de las vestales era grande. Adriana había hecho pasar al interior a Númitor, lo había acomodado junto al fuego y dado órdenes de que los dejaran a solas. Un hombre menos fuerte que él no habría soportado tanto dolor sin quebrarse. Ver a sus nietos en el momento de ser presentados ante el rey Amulio y no poder impedir su muerte, era muy duro. Y mucho peor comprender que su hermano no perdonaría la vida de Rea Silvia. ¿Dónde hallar consuelo? ¿Cómo afrontar el futuro inmediato?

Estaba sumido en negras cavilaciones cuando llegó su sobrina Anto, avisada por un mensajero de Adriana. Ésta la puso rápidamente al corriente de las últimas noticias antes de permitirle acercarse a su tío. La joven casi cayó desvanecida cuando supo el papel que había jugado su criada Cora en la condena de los gemelos, al asegurar que ella sólo había visto nacer a un niño. ¿Qué hacía Cora al lado de Rea Silvia en el momento del parto? ¿Cómo había llegado allí? No le fue necesario pensar mucho para comprender que su madre había vuelto a tejer una intriga contra Rea. Tanta crueldad en sus progenitores le resultaba insoportable, abría un vacío muy profundo en su corazón. Procuró rehacerse antes de abrazar a su tío Númitor y llorar largamente con él.

Se apartó luego y le hizo una señal a Adriana para hablar con ella.

- Voy a presentarme ante mi padre – dijo, enjugándose las lágrimas –. Si su determinación es no perdonar a Rea Silvia, como Númitor y tú creéis, sólo nos queda insistir en mi plan. Trataré, de nuevo, de insuflarle la idea de que Rea Silvia sufrirá infinitamente más si sigue viva que si muerte. Y si es cierta la intuición de mi marido de que es el odio contra ella y contra Númitor el que guía las decisiones de Amulio, quizá podamos conseguir su salvación. Ruega a Vesta por mí, amiga mía. Pídele que inspire mis palabras.

Se echó el manto sobre los hombros y se dirigió a la cabaña real a través de una ciudad que parecía muerta. Poca gente transitaba por las calles, el cielo gris parecía a punto de caer sobre su cabeza como una piedra, la atmósfera era opresiva. Los criados armados de la puerta la dejaron entrar sin objeciones. Sólo había un mercader hablando con el rey y, mientras esperaba pacientemente a que terminara, Anto decidió que lo mejor para abordar a su padre era no nombrar a su prima ni contrariarlo hablando de gemelos. Apenas se marchó el visitante, se acercó hasta el trono y se arrodilló sus pies.

- En estos momentos hay personas que sufren – dijo sin más preámbulos –. Una de ellas soy yo, como bien sabes. Sin embargo, no he perdido a ningún hijo. Si así fuera, estaría desesperada. Cada vez que entrara aire en mi pecho, un cuchillo se clavaría en mis entrañas, porque respirar creyendo que mi hijo, por culpa mía, ya no respira, es más de lo una madre puede soportar. ¿Y si una fiera le estuviera arrancando a dentelladas una pierna en este mismo momento? ¿Y si, en cambio, estuviera muriendo de hambre y sed, o aterido bajo las garras del frío, como les ocurre a los polluelos privados del calor de su madre? Todos los horrores imaginables pasarían por mi cabeza, se aferrarían a mis pensamientos y a mi pecho y me torturarían de la manera más cruel. ¡Quizá se hayan salvado!, pensaría un instante. Y, al momento siguiente, la imagen de unas fauces atenazando una cabecita me arrancaría el corazón. ¡Cuántos más horrores acudirían a mi mente! Y así una hora, y otra hora, y otra más. ¿Durante cuántos días?

Anto hizo una pausa y levantó la vista. La actitud pensativa de su padre la alentaba. Aunque el día anterior le había prohibido volver a hablar de este asunto, lejos de enojarse, le prestaba atención.

- Si yo estuviera viviendo todo eso y tú tuvieras poder para acabar con mis sufrimientos, te suplicaría que me matases. Y tú, padre mío, si me vieras en tal estado, sabiendo que no hay remedio para mi dolor, pues nada podría devolverme al hijo perdido, tendrías piedad de mí y me enviarías al reino de las sombras a reunirme con él. Pues, de otro modo, cada día mi padecimiento sería mayor, más intolerable, más insufrible: crecería en mi alma un odio atroz contra mí misma y aborrecería hasta mi propio reflejo en el agua. Tú que me amas, padre, como me has demostrado tantas veces, no permitirías esto ni querrías tampoco prolongar tu propio sufrimiento al ver el mío.

Y viendo que su padre la escuchaba sin dar muestras de enfado ni de impaciencia, se enjugó una lágrima y concluyó de manera dramática.

- ¡Mátala ya, padre, mata a Rea Silvia! Te lo suplico: no te demores más.









NOTA: Queridos amigos, el próximo jueves 12 de abril, tendré el honor de acompañar a nuestro amigo Javier Pellicer en la presentación de su novela "EL ESPÍRITU DEL LINCE". Será en la Casa del Libro de Valencia, a las 19,30 horas. ¡OS ESPERAMOS!