lunes, febrero 04, 2013

ALGUNOS CONSEJOS





 La gruta de Orison era profunda y oscura. Pellejos de oveja y de otros animales tapizaban la pared del fondo, donde se amontonaban bancos, cestos, ropas y muchos enseres y donde, seguramente, sus habitantes tendían sus esteras para dormir. Orison era más rico que los pastores gracias a sus rapiñas, por eso, aunque su alojamiento fuera propio de animales, resultaba mucho más seguro que una choza: allí nadie podría sorprenderlo por la espalda, ni prender fuego al tejado.
El hogar ubicado en el centro de la caverna era el territorio sobre el cual imperaba la madre del bandido, a cuyo encuentro había acudido Acca Larentia en busca de ayuda.  Mientras servía un poco de caldo en dos recipientes, la anciana Elia escuchó los temores y preocupaciones de Acca. No eran nuevos. Sin embargo, cuando el día anterior la voz inesperada de su hija Fausta había pronunciado un presagio nefasto, el miedo la había asaltado con mayor violencia que otras veces. Elia la dejó hablar. Luego sorbieron trago a trago la sopa, calentándose al mismo tiempo las manos en las escudillas.
Al terminar, Elia pidió ayuda a Acca Larentia para apartar el caldero del fuego. Con un gancho especial ensartaron una de las anillas de la cadena que lo sostenía colgado del techo, tiraron de él y sujetaron el extremo opuesto a una argolla fija en la pared. El caldero siguió colgando, pero no sobre el rodal de piedras que rodeaba el hogar. Éste quedó libre, con un par de leños casi consumidos en el centro. La anciana se retiró al fondo de la cueva y volvió enseguida con un saquito en las manos y un bastón de madera de arce.
En cuclillas, Elia atrajo hacia sí unas cuantas brasas con el bastón y las removió mientras recitaba una salmodia. Las observó fijamente antes de repetir la operación. Tres veces lo hizo y las tres veces su rostro se mantuvo impasible.
-          Hay mucha oscuridad alrededor de tus hijos.
Acca acusó el golpe. Apretó más las manos contra el pecho y esperó.
- ¿No dices nada? – preguntó Elia, mirándola a los ojos –. Bien, es cosa tuya si no quieres hablar. 
Abrió entonces el saquito que tenía sobre el halda, sacó un puñado de semillas de adormidera y lo arrojó sobre los tizones encendidos. Enseguida empezaron a quemarse. De dos ascuas muy unidas y rojas ascendía una doble columna de humo fina y recta que, al alcanzar la altura de un palmo, se volvía sinuosa y trazaba amplias volutas. Una humareda densa y oscura procedente de otras brasas se mezcló con el humo claro de las volutas y las tornaba negras y asfixiantes conforme subían hacía el techo. Tras haber contemplado el movimiento del humo y sus cambios, Elia cerró los ojos y lo respiró.
- Fuerzas muy poderosas amenazan a tus hijos, Acca – dijo –. De dónde proceden quizá lo sepas tú, pues el humo no lo revela como tampoco permite saber quién vencerá. Algo oculto, quizá un viejo secreto, lucha por salir a la luz. Es algo resplandeciente y peligroso a la vez. Eso es todo cuanto puedo decirte.
Acca Larentia ocultó un momento la cara entre las manos.
- Me voy con mayor pesar del que he traído, amiga Elia. Con todo, dime a qué dios o diosa debería propiciar en favor de mis gemelos – suplicó con voz trémula.
- Al viejo Jano. Tiene mucho poder y custodia todos los pasajes – respondió la anciana sin dudar –. Los comienzos y los finales son asunto suyo.


Como todos los días, el pastor Quinto contemplaba el horizonte desde la cumbre del Aventino cuando vio a lo lejos al mayoral de los rebaños de Númitor. Caius, por expreso deseo de su amo, se había instalado con su familia en la antigua cabaña del rey destronado, situada en la parte baja de la colina, junto a un bosquecillo de robles. Le llamó la atención la manera de caminar apresurada de Caius, la fuerza con que apoyaba en el suelo el cayado, símbolo de su autoridad. Desapareció un momento de su vista, oculto por la propia cabaña, para reaparecer enseguida, mirar a su alrededor y tomar la senda en dirección a la cima de la colina, donde él mismo estaba.
Al llegar a su altura, el mayoral lo saludó haciendo el gesto de levantar rápidamente la barbilla. La expresión del rostro era seria y sombría.
- ¿Has visto a mi hija Flora?
El anciano negó con la cabeza. Hombre curtido y de pocas palabras, era dueño de una sabiduría conquistada a lo largo de los años y de su capacidad para observar y escuchar. Númitor lo tenía en gran estima, había sido para él un compañero silencioso y casi imprescindible durante su dura etapa de destierro en el Aventino, tras haber sufrido el destronamiento y la expulsión de Alba Longa por orden de su hermano Amulio.
También Caius sentía respeto por el viejo pastor y apreciaba mucho su saber. Su encuentro no era casual. Se sentó al lado de Quinto, sobre una piedra, y deslizó la mirada por el declive de hierba a lo largo del cual perdía altura la colina antes de remontarla de nuevo en el monte Murcus. Los dos hombres permanecieron en silencio mientras la tarde avanzaba hacia el ocaso.
- Ayer nos mataron una oveja - dijo al fin Caius -. Fueron los criados del rey Amulio.
- Di mejor los muchachos del Palatino que están realizando su iniciación - respondió Quinto tras una pausa -. ¿Quién de nosotros no hizo otro tanto en su momento?
- ¿Los viste tú?
- Yo veo muchas cosas y no todas me gustan. Sin embargo, conviene distinguir.
- Uno de ellos, hijo de Fáustulo, ronda a mi hija y le habla cuando va a la fuente de Fauno - dijo con enfado no disimulado Caius -. Hasta hace dos días esos muchachuelos se limitaban a cruzar la linde cuando y como querían, molestando a nuestros pastores y al ganado. Ahora nos han matado una oveja y, para mayor escarnio, ese gañán la exhibe como un trofeo delante de mi hija.
- ¿Te lo ha dicho Flora? - preguntó con cautela Quinto. Y ante el silencio de Caius, continuó -. Yerra quien se deja llevar por las murmuraciones de otros.
- Es fácil para ti hablar así. No has sido padre y ello te ha librado de muchas preocupaciones, aunque ahora pagues esa comodidad viviendo solo como un perro - contestó Caius -. No permitirías a un indeseable acercarse a una hija tuya. Menos aún cuando es casi un enemigo.
- Mantengamos la paz entre las dos colinas, Caius. Númitor ya ha sufrido mucho y no necesita atraer aún más la hostilidad de su hermano el rey Amulio. Haz un sacrificio a Fauno y pídele protección para nuestros rebaños.
- No busco problemas ni deseo ofender a los dioses enemistándonos más con nuestros vecinos. – respondió Caius tras unos instantes de reflexión –. Sin embargo estoy obligado tanto a proteger los rebaños de Númitor como a velar por mi propia hija. Flora no volverá a la fuente de Fauno. En cuanto a esos muchachos, ordenaré a los pastores que les tiren piedras para ahuyentarlos si entran en territorio del Aventino o se acercan a nuestros animales. Eso los detendrá.
Quinto movió la cabeza con un gesto de duda.
-Puede surtir efecto para proteger al ganado. En cuanto a tu hija y ese muchacho… La naturaleza misma excita el deseo carnal, pues es necesario para renovar el mundo. No es sabio usar piedras contra una fuerza que hasta a los propios dioses enloquece.
Con un gesto brusco, Caius se puso en pie para marcharse. Quinto no se levantó, pues era demasiado esfuerzo para su edad. Ya no pastoreaba, sino que se ocupaba en verano de las colmenas de Númitor y sólo le rendía cuentas a éste. Observó al mayoral descender por el declive y luego levantó la vista hasta los contornos azules, ya desvaídos, de los montes Albanos. Parecían hallarse muy lejos.


- ¡Eh, Rómulo! - llamó Urco poniendo ambas manos a los lados de la boca para dirigir su voz sin gritar demasiado, pues no era conveniente hablar ni relacionarse con los muchachos durante su iniciación - ¡Eh! ¡Estoy aquí!
Llamaba desde uno de los embarcaderos de invierno, al pie y a la izquierda de la escalera de Caco. Pese a la escasez de luz, Rómulo se entrenaba lanzando cuchillos contra un saco atado al tronco de una encina. Al oír a su hermano, dejó los cuchillos y bajó a todo correr.
- ¿Tienes buenas noticias? - le preguntó, aun resoplando.
- Muy buenas, si - respondió Urco exhibiendo una sonrisa -. El rey Amulio ha aceptado la petición de padre para que yo lo sustituya como mayoral de sus rebaños la próxima primavera, en la fiesta de Júpiter Latiaris.
- ¿Se lo has dicho a madre? - dijo Rómulo con la misma alegría.
- Darle esa satisfacción le corresponde al viejo Fáustulo, ¿no crees? Estoy muy orgulloso, hermano - afirmó Urco pasándole un brazo sobre los hombros -. Remo y tú vendréis conmigo, os llevaré a conocer todos los pastos y a todos los pastores del rey, quizá en el futuro uno de vosotros me sustituya a mí. ¡Y verás qué muchachas hay en Alba Longa!
- No creo que madre nos deje ir.
- Pero ¿qué dices? - exclamó Urco echando hacia atrás la cabeza y lanzando una risa sonora -. ¿Vais a estar toda la vida agarrados a su túnica? ¡Vamos, muchacho, nuestra vieja Acca Larentia tendrá que dejar libres a sus niñitos! Os tiene tan atados porque sois los pequeños. Los demás íbamos a todas partes desde que aprendimos a andar. Mira, cuando estabais a punto de nacer, en medio de una tormenta espantosa y con el río desbordado, me hizo llevarme al difunto Cepio y a Fausta a la cabaña del viejo Cornelio y desde allí mandarle aviso a padre. ¡Y no tendría yo más de nueve años!
Hablaron de los nuevos planes durante un rato. Urco pensaba contar también con la ayuda de Hortensio, el prometido de su hermana Fausta. Era bien recibido en todas partes por su carácter alegre y conversador, siempre dispuesto a la broma y además, según acababa de descubrir con sorpresa, estaba bien relacionado en Alba Longa, lo conocía mucha gente. Estas cualidades les serían muy útiles.
Felicitándose por tan buenas expectativas, los dos hermanos se despidieron con ánimo alegre. Urco subió por la escalera de Caco hacia la cumbre del Palatino. Tras los primeros escalones avanzó sin prisas. Había enviudado hacia casi un año y su cabaña se le antojaba un lugar triste, así que retardaba el momento de llegar incluso en un día dichoso como aquel. Desde la escalera oyó hablar a los muchachos.
- Yo no pienso decírselo a Rómulo - dijo una voz
- Pues es tan valiente como cualquiera de nosotros, - respondió Gordio Quintili -, sólo que no le gusta el Aventino.
- ¡Callad! - dijo otro - Aquí viene.
Urco se quedó disgustado. Le sorprendió desagradablemente esa conversación. Algo no iba bien para Rómulo. Y el muchacho debía haberla oído.

*A excepción de la foto de la cueva, sacada de internet, las demás fotos son mías.

35 comentarios:

Cayetano dijo...

Desvelos propios de un padre consecuente con sus obligaciones que teme que su hija elija mal, sobre todo si el elegido es un mozalbete un poco gamberrete.
Un saludo.

Aarón dijo...

Tanto la preocupación de la madre como del padre que aparecen en este fragmento parece que han sido sacadas de una historia de hoy mismo. Me gusta por esto mismo, porque aunque recrea la vida de hace siglos es tan cercana que hace que conectes enseguida.
Saludos Isabel.

Freia dijo...

Hace bien Caius en tener preocupación por Remo, Urco en hacer lo mismo con Rómulo, y Acca Larentia en estar preocupada por los dos.
Otra vez los malos augurios parecen marcar el destino de los protagonistas.
¡Qué bien! La intriga está ya servida.
Y bravo por esas fotos, Romana. Me encantan.
Un beso enorme.
PS Espero que esos temas personales y familiares que te han mantenido alejada de la blogocosa, sean buenos o muy buenos.

MARÍA LUISA ARNAIZ dijo...

¡Qué no haría la Lupa por sus hijos! Ay, esas semillas de adormidera me preocupan.
Besos.

Bertha dijo...

-Quinto: un hombre sabio al hacerle ver a Caius, que con piedras no se calmaría esa llama que enciende el amor...(La naturaleza mísma excita el deseo carnal...no es sabio usar las piedras contra una fuerza que hasta los propios dioses enloquecen).Una verdad cómo un templo...

Preciosa narración.

Un abrazo Isabel

Isabel Martínez Barquero dijo...

Me echo a temblar con Amulio en perspectiva.
Ojalá Acca no deje ir a mis gemelos, aunque el resto de sus hijos piensen que es una exagerada. Todo cuidado es poco y su vida la deben a la prudencia de ella.

Ya vas lanzada, querida Isabel. ¡Me alegro!
Un abrazo, que bien pronto te daré en persona.

Noris Marcia dijo...

Preciosa entrada, Isabel, me ha conmovido tu texto. Bellisimo.
Un abrazo,

Dyhego dijo...

Da gusto leerte, Isabel.
Vale.

Dolors Jimeno dijo...

Vas dosificando muy bien la acción y la intriga. Ya nos tienes esperando la próxima. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Nuevo capítulo y nuevos problemas. Fenomenal la ambientación de la cueva. Esperando con ilusión mas.
Rafa

Hyperion dijo...

¡Cuántos caminos! Es un universo de personajes, lugares, acciones que se van cruzando... y hasta el olor del humos llega hasta mí. La luz que entra por la puerta que estás abriendo en este nuevo inicio es maravillosa y puedes -también los gemelos- contar con mi presencia. Nada será fácil pero veo una larga, compleja y fecunda historia. Contigo.

Natàlia Tàrraco dijo...

Me tienes con el corazón en un puño, acudo a magas, a dioses, temo por mis niños que ya no lo son tanto.
En estos lugares me siento como si los viera y los viviera, los viví hace tanto.
Besitos inquietos.

PACO HIDALGO dijo...

Ya esta toda la trama en pleno apogeo: esa preocupación de los padres por el destino de sus hijos, que no lo ven claro: muy importante el tema del destino inexorable en el mundo clásico. A mi también me ha impactado la escena de la cueva, Isabel. Esperaremos acontecimientos. Abrazos.

África dijo...

Pensar en que los gemelos puedan ir a Alba Longa me pone los pelos de punta. El rey malvado está allí...y Acca lo sabe.
No me extraña su preocupación, igual que la que nos dejas a nosotros!
:)


Un besito

La Dame Masquée dijo...

Ya empezamos a sufrir por esos chicos, y esto acaba de comenzar. Yo también temo que aguardan grandes peligros y terribles enemigos.

Feliz día, madame

Bisous

Xibeliuss Jar dijo...

La escena en la cueva tiene una gran fuerza, Isabel. Se sienten los nubarrones de tormenta y la preocupación de la madre, como si fuese propia.
Abrazos

virgi dijo...

Nos metes de lleno, Isabel, sin esfuerzo.
Veo la cueva, el bosque, la famosa escalera. siento el frío de la noche o el calor de las escudillas.
Huelo la intriga, el peligro.

Sigamos, es un placer.
Besos y besos

RGAlmazán dijo...

Querida, ¡qué nivel!, como siempre me transporta a Roma y me veo entre los hermanos, aunque sea trasquilando ovejas. Me gusta.
Besos

Salud y República

Isabel Barceló Chico dijo...

Ay cayetano, qué puesto estás en tu papel de padre... Es comprensible, sí, pero a veces los padres también se equivocan. Besazos.

Saludos, aarón, creo que los sentimientos y las pasiones, aunque cambien en su aspecto o en su manera de ser expresadas, son las mismas a través de los siglos. Eso es lo que nos hace reconocerlas/nos. Besazos.

Isabel Barceló Chico dijo...

Hola freia, es casi inevitable que nos preocupemos por nuestros gemelos, y sus allegados aún más, pues todo lo que es oscuro reclama luz y esa luz traerá consigo otras obligaciones y peligros. Ay. Besazos.

Saludos, maria luisa arnaiz, desde luego las semillas de adormidera señalan un peligro y no pequeño. Ojalá Elia haya acertado al alertar a Acca. Besitos.

Isabel Barceló Chico dijo...

Hola Bertha, creo que Quinto es persona de mucho seso y entendimiento. Seguir su consejo sería lo mejor... Besotes.

Hola isabel martínez barquero, las madres siempre somos temerosas y nos cuesta aceptar que los hijos han de enfrentar sus propios problemas. Pero ay, a estos gemelos los queremos mucho y sabemos cuáles son las amenazas. Besos y hasta muy pronto, querida amiga.

Isabel Barceló Chico dijo...

Hola noris marcia, muchas gracias por tus palabras. Creo que compartimos muchas emociones con las mujeres que nos precedieron, conectamos bien con ellas. Un abrazo.

Gracias, dhyego. Un besazo.

Saludos, dolors jimeno, eso de dosificar la intriga es a veces dificultoso. Pero me gusta hacerlo, sí. Besos.

CarmenBéjar dijo...

El enemigo anda agazapado cual lobo detrás de cualquier matorral del bosque. espero que Rómulo y Remo sepan detectarlo a tiempo.
Un beso

Isabel Barceló Chico dijo...

Hola Rafa, gracias por tus ánimos. Esperemos seguir acertando. Besos.

Saludos hyperion, padre Jano, tú sacaste del caos el universo y eres el único en conocer el pasado y el porvenir. Y, puedes, además, respirarlo, pisarlo, evocarlo cada día desde tu propio templo y desde tu amor por Roma. ¡Ay, cuánto debemos a estos gemelos! Besos, querido amigo.

Isabel Barceló Chico dijo...

Hola natalia tarraco, madre preocupada y generosa, mujer intuitiva, libre, capaz de todo por su prole. No tendrás paz, al menos de momento, pues tu instinto no te falla. Un abrazo muy fuerte.

Hola paco hidalgo, desde luego el destino se cumplirá, pero como ya vimos con la historia de la Vestal de Alba Longa, nadie sabe exactamente cómo va a ser cumplido. Yo también me estoy mordiendo las uñas. Besazos.

Isabel Barceló Chico dijo...

Hola áfrica, Alba Longa está muy lejos, los problemas están aquí, en el Aventino y el Palatino, en el amor y en la enemistad, en el enfado, en la venganza. Para nuestros gemelos nada hay más allá de las riberas del padre Tíber. Besazos.

Hola la dame masquée, usted bien sabe que el destino se cumplirá aunque ignore por completo cómo y cuando. Pero vaya si lo sabe... Beso su mano.

Isabel Barceló Chico dijo...

Hola xibelius jarr, si Acca Larentia no hubiera vivido tantos años y no conociera el mundo, seguramente no tendría miedo. Pero algo intuye, es evidente, y sabe en lo más profundo de su corazón que no podrá retener a sus hijos. Besos.

Hola virgi, gracias por acompañarnos en la cueva y en esos parajes maravillosos, solitarios y rústicos. Hasta en el lugar más inesperado surge la sorpresa. Besazos.

Hola rgalmazán, no te veo yo trasquilando ovejas, que tú eres el rey Amulio y esas labores no te van. Lo tuyo es el poder y, si acaso, la intriga. El curro para los demás. Besazos, majestad.

Isabel Barceló Chico dijo...

Hola carmenBéjar, no sé, estos muchachos están tan ocupados en sus asuntos amorosos y "guerreros" que no sé si se darán cuenta de ese lobo agazapado... Bueno, ellos mismos son un poco lobunos. Besazos.

profedegriego dijo...

Querida Isabel, espléndida esa escena de adivinación; los dioses avisan de un turbio futuro, pero los muchachos, llevados por la fuerza de su juventud, se arriesgarán a todo. Lógica, pues, la preocupación de la madre por sus hijos. ¡ Qué Jano les sea favorable!
Sigo expectante los próximos acontecimientos.
mil biquiños, cara.

María Antonia Moreno dijo...

Termino de leer la última entrega y la atmósfera está perfecta, querida Isabel. Problemas para los jóvenes, me temo.

Veremos... Besotes

elena clásica dijo...

Ocurre que cuando se avecina la presencia de Amulio, todos queremos proteger a los niños, ya lo salvó Acca Larentia y recurre a Elia en esta maravillosa escena de videncia. Pero regresa con mayor pesar del que traía, esas palabras nos dejan traspasados de angustia, la del destino que ha de ser cumplido. Volvemos nuestras voces al viejo Jano, aunque el recuerdo de Rea Silvia aún nos atormenta.

A ver qué nos cuenta Urco, que nos importa y mucho.

Ay, pero qué bonito, querida. Un abrazo, Isabelita, guapa.

Isabel dijo...

Sí que han crecido rápido estos niños. Al fin me he puesto al día para seguir las aventuras que les depara tu fina pluma.

Abrazos.

Isabel Barceló Chico dijo...

Hola, profedegriego, no es difícil comprender a esa madre, sobre todo si pensamos que ella sabe más de lo que dice... Besazos.

Hola maria antonia moreno, sí se olfatean problemas para los muchachos. ¡Ay la juventud! ¡Ay el hado...! Besos, querida amiga.

Isabel Barceló Chico dijo...

Hola elena clásica, tenemos un instinto protector muy fuerte, claro que lo hemos practicado a fondo con Rea Silvia y nos sentimos muy, muy implicados en el devenir de cuantas personas tienen que ver con ella. Veremos, sí, qué dice Urbano Lacio y cuándo lo dice. Besos, querida amiga.

Saludos, isabel. Los niños crecen a mucha velocidad, casi un soplo. Cuando queremos darnos cuenta son ya unos adolescentes. Una etapa difícil... Besotes, guapa.

Elysa dijo...

Ya se van viendo más personajes y conociendo un poco más a algunos. Com siempre: enganchas querida Isabel.

Besitos