(VI)
- Lo siento, noble Anto, no puedes pasar – dijo uno de los criados armados que custodiaba la puerta de la cabaña real –. Tu madre, la reina, ha sido muy estricta en sus instrucciones: nadie puede entrar hasta nueva orden.
Se metió por entre unas cabañas y, dando un rodeo para sustraerse a la vigilancia del criado de guardia, se dirigió al prado que se extendía detrás de la cabaña real para entrar por la puerta de la cocina. Al llegar allí se llevó una sorpresa: su madre estaba sentada en un banco a la sombra de un bosquecillo de arces que cerraba uno de los extremos del prado. Apenas la vio, la reina Criseida se levantó y se dirigió a su encuentro con los brazos abiertos.
- ¡Hija querida! – dijo a modo de saludo. La abrazó con fuerza y enseguida se separó de ella y la observó de arriba abajo – ¡Déjame verte! Estás preciosa, preciosa. El matrimonio te ha sentado de maravilla. ¿Se ha portado Nipace como debe hacerlo un hombre? Sí, se ve enseguida que sí… Mira qué piel tan lustrosa se te ha puesto. Ay, hija ¡cuántos recuerdos me ha traído tu boda...!
- ¡No digas tonterías, Anto! Casarse y tener hijos es un deber para cualquiera, pero mayor aún para la hija de un rey. Tu padre necesita herederos de su propia sangre, ya lo sabes –. Y golpeando con la mano la superficie del banco, la invitó a sentarse.
- ¿Quieres que tenga hijos para negarles la entrada a tu casa?
- A veces resultas insufrible, hija mía – respondió Criseida haciendo un gesto de desagrado con la boca –. ¿No me ves a mí misma aquí afuera? Nuestras criadas han ido a por agua y por leña porque hoy harán la comida en el prado. De momento, nadie puede entrar en la cabaña real.
- ¿Ni siquiera mi padre? – preguntó Anto con sequedad.
Anto hizo un gran esfuerzo para mantenerse firme y distante, una actitud que contrariaba su carácter dulce y afectuoso. Temía las argucias de Criseida y su habilidad para eludir las cuestiones que no le gustaban, así que decidió ser directa.
- Madre, dime qué pasa.
La reina Criseida hizo un gesto vago con la mano y rehuyó mirar a su hija.
- No ocurre nada. Estamos esperando que venga el sacerdote de Júpiter para purificar la cabaña, nada más. Está viejo y realiza los rituales con mucha lentitud, hija. Contando, además, con que se equivoque más de una vez, algo que ocurre con frecuencia, y haya de repetir los ritos desde el principio, he calculado que caerá la tarde antes de que podamos volver a entrar.
Azorada, la reina bajó la cabeza, pareció concentrarse en examinar las palmas de sus manos, y luego volvió los ojos hacia su hija con mirada cándida.
- Tienes razón, Anto. No quería disgustarte, pues sé cuanto quieres a tu prima Rea Silvia. Sin embargo, comprendo que ocultarte los sinsabores de la vida está ya fuera de lugar. Perdóname. No le reproches a tu madre que quisiera ahorrarte una pesadumbre justo en tu primer día de casada – y mientras decía estas palabras, se enjugaba con un dedo una fingida lágrima. Al verla tan afectada, Anto se sintió conmovida y la abrazó.
- Perdóname tú a mí, madre. Y no me tengas en ascuas, dime qué le ha ocurrido a mi prima.
Anto había seguido el relato con angustia creciente, percatándose de la gravedad de lo ocurrido. El pesar que manifestaba su propia madre le daba la medida de la tragedia.
- Quiero ver a mi prima y escuchar sus explicaciones – dijo al fin, con voz temblorosa y los ojos hinchados de llorar.
Redobló su llanto la joven. Las palabras de ánimo y consuelo que le prodigó su madre no le procuraron ningún alivio. Le dolía no haber hablado con Rea Silvia. Quizá si se hubiera apresurado a venir a la cabaña real en lugar de entretenerse en el lecho con su marido, habría llegado a tiempo de verla. Anto sentía su pecho oprimido por un puño. Al fin, pese a los ruegos de su madre para que se quedase, se despidió de ella y se marchó.
Cuando Anto desapareció de su vista, Criseida suspiró con satisfacción. ¡Le había costado un gran esfuerzo derramar tantas lágrimas y balbucear como una tonta, pero había merecido la pena! Se enorgullecía de esa
En cuanto volviera de cazar el rey, su marido, le urgiría para que se la llevara esa misma noche. No toleraría que la sacrílega permaneciera en su casa ni un día más. ¡Que se pudriera sola, aislada, enterrada en vida en ese lugar tan secreto que Amulio ni siquiera había querido revelarle a ella, su propia esposa! El recuerdo de la desconfianza de su marido la enfureció por un instante, pero pronto se tranquilizó: si ella no sabía dónde ocultarían a Rea Silvia, ningún otro ser humano lo podría averiguar.
- Rea Silvia no está en la cabaña real – logró decir entre sollozos –. Se la han llevado ya.
Esta noticia causó una tremenda conmoción. Puesto que Rea iba a ser conducida a un lugar secreto, la única esperanza de sus amigas había sido conseguir averiguar a dónde la llevaban. Toda la noche habían vigilado los alrededores de la cabaña real, sin dormir, atentas a cualquier movimiento. Esperaban detectar su salida y seguirla sin ser vistas aprovechando el amparo de la noche. Y he aquí que su plan había fracasado. Quizá la habían sacado por la puerta trasera, o en un momento en que ellas estaban distraídas o confusas por el agotamiento.
Y así, a causa del error o de la credulidad de quienes querían ayudarla, Rea Silvia quedó por completo a merced de sus enemigos. “Como un náufrago en medio del mar/ azotado por el viento y las tormentas/ sin ayuda, sin consuelo ni resguardo:/ así el destino zarandeaba a Rea Silvia/ mientras permanecía recluida en la cabaña real”. No cabe una descripción mejor que la de Urbano Lacio.



