lunes, junio 03, 2013

AIRES DE TRAICIÓN




Rómulo se preparaba para acudir a Cenina a celebrar un sacrificio a la diosa Angerona el día 21 de diciembre, solsticio de invierno. Mientras, en el Palatino su madre Acca Larentia se lamentaba de que su hijo Remo no hubiera sido aceptado entre los adultos y siguiera en las laderas de la colina, al alcance de la venganza de los pastores del Aventino.

Desde el bosquecillo de laureles próximo a su cabaña, en el Aventino, Flora vio correr a lo lejos a Remo. Entre un millar de hombres lo hubiera reconocido. La elasticidad y armonía de sus movimientos, su ritmo constante y la aparente falta de esfuerzo lo singularizaban por encima de todos. Siempre iba el primero, radiante de luz, aun en los días más grises. ¡Cuánto deseaba tenerlo cerca, hablar con él, mirarse en sus ojos! Por un instante la inundó una profunda tristeza. No habían vuelto a verse desde el fatídico día en que Remo había dejado, junto al umbral de su cabaña, un montón de sal. Le parecía una eternidad, aunque sólo hubieran transcurrido diez días.
Durante ese tiempo su corazón, como el hilo en el telar, pasaba de un extremo a otro y tan pronto se entristecía como se alegraba según sus razonamientos le llevaran alternativamente a derecha e izquierda. El matrimonio con Remo era imposible; sin embargo, su padre podría ver en él una alianza ventajosa pues ¿no era hijo de Fáustulo, uno de los hombres más importantes del Septimontium e incluso de las riberas del Tíber?; no, no, su padre nunca perdonaría a Remo el habérsele enfrentado y matado a hombres suyos; pero había demostrado ser muy valiente y buen guerrero, fuerte como un buey, con un yerno así, su padre podría dormir tranquilo; pero ¿y si, después de lo ocurrido, él ya no quería casarse con ella? Al llegar a ese punto, las lágrimas acudían a sus ojos. Hacía esfuerzos para contenerlas mas no siempre lo conseguía. Amaba a ese muchacho por encima de todo, no imaginaba su futuro sin él. Remo tenía la hermosura de un dios, generaría hijos bellos y sanos, y esos hijos quería gestarlos ella en su vientre.
Se había disgustado mucho al saber lo sucedido en la fiesta Lupercalia; le dolía la humillación sufrida por Remo al no ser admitido en la sociedad de los adultos. Luego le encontró ventajas: seguiría durante otro año cerca de ella, en las laderas del Palatino, libre de obligaciones y trabajos y, por tanto, podrían encontrarse con frecuencia. Con ello, además, ganaban tiempo. Tarde o temprano a su padre se le olvidarían los agravios. Podía ocurrir, incluso, que hubiera empezado a olvidarlos ya, pues mientras escuchaban a un pastor del Palatino narrarles las hazañas de Remo en la fiesta de los lupercos su padre, lejos de enfurruñarse como hacía cuando algo lo contrariaba, había dado muestras de cierta satisfacción. Hasta le había levantado a ella la prohibición de salir de casa.
Flora suspiró. Vio a Remo girar a la altura del ara de Consus y meterse en el valle entre el Palatino y el Celio, seguido de lejos por varios jóvenes, pues siempre los aventajaba a todos. Pronto lo perdió de vista.
Ojala su padre le permitiera volver a la fuente de Fauno y Pico, donde Remo y ella solían encontrarse. Cerraba los ojos y con un dulce escalofrío imaginaba de nuevo su presencia y su aliento cálido, su voz renovándole las promesas de amor junto al oído. Le turbaba pensar en su proximidad, en su atracción poderosa, en los jugosos labios de Remo apretándose contra los suyos.
 


 Caius miró fijamente a su interlocutor. Estaban en el pobre refugio donde pernoctaban sus pastores cuando venían al mercado. Él mismo había encendido el fuego al llegar allí un poco antes, pero seguía estando helado. Demasiadas rendijas y ninguna piel para taparlas y transmitir algún calor. Se frotó las manos y tendió las palmas hacia la hoguera mientras observaba al muchacho sentado enfrente, al otro lado de la hoguera. Desconfiaba. ¿Por qué razón un joven del Palatino habría de ayudarlo? Menos todavía tratándose de Hortensio, el prometido de una hija de Faústulo. ¿No sería una trampa?
- Fáustulo se ha marchado ya hacia Cenina. En la cima del Palatino no queda hoy ni un hombre - dijo el joven.
- Bien - respondió Caius tras unos momentos de silencio -. De todos modos…
- ¿Desconfías?
- Ese muchacho es una fiera. Y de las fieras no te puedes fiar nunca - respondió el mayoral de Númitor, sin dejar entrever que también su interlocutor le suscitaba recelos.
- Yo diría que Remo es un animal doméstico. Fuerte, sí, pero fácil de manejar. ¿Acaso no has visto a los labriegos uncir los bueyes al yugo, pese a su cornamenta?
- No me parece un buey, sino un toro. Sabe usar los cuernos. En otro caso, no habría matado a varios de mis hombres ¿no te parece? - dijo Caius sin poder evitar cierta amargura.
- Eso es verdad - reconoció el joven -. Pero no temas, estará indefenso antes de caer en tus manos.
Caius añadió un tronco a la hoguera y, moviéndolo con una vara, lo acomodó sobre los anteriores. Saltaron chispas en todas direcciones y se acentuó el fulgor rojizo del hogar. Los rostros de los dos hombres quedaban en sombras.
- ¿Qué sacas tú de todo esto? - preguntó por fin Caius.
- Lo mismo que tú: quitar de en medio a un indeseable. Remo no me gusta. El Palatino y todo el Septimontium estarán mucho mejor sin él.
- ¿No temes que te descubran?
- Salvo que tú mismo me delates, lo veo imposible - respondió Hortensio -. He sido muy discreto, nadie me ha visto venir aquí. Y si me descubrieran, sabría defenderme.
De nuevo el refugio quedó en silencio, sólo se oía el crepitar del fuego y el soplo del viento entre la paja del tejado. El mayoral de Númitor dudaba. Ardía en deseos de vengarse de Remo, no pensaba en otra cosa desde hacía muchos días. Le resultaba insoportable que ese muchacho se hubiera atrevido a acercarse a su hija y por esa causa había lanzado a sus pastores contra él y su hermano gemelo provocando la pelea en el valle de Murcia. Todos los criados del rey Amulio eran enemigos suyos, como Amulio era enemigo de su señor, el noble Númitor. Por eso, para evitar mezclarse con ellos, Caius había mantenido a sus hombres al oeste del valle de Murcia durante muchos años. Sin embargo, el atrevimiento de Remo y los últimos acontecimientos hacían hervir su pecho de rencor e indignación.
Días atrás, el futuro yerno de Faústulo le había propuesto un plan para capturar a Remo. Quizá lo odiaba también por algún motivo. Era una idea acertada y fácil de ejecutar. Si ahora tenía dudas era porque su instinto le avisaba de un peligro, de una amenaza indeterminada pero cierta. O quizá era solamente efecto de la proximidad del solsticio de invierno, de esos días tan angustiosos durante los cuales la luz parecía a punto de apagarse para siempre y sumirlos en una oscuridad sin fin.
- Por mi parte estoy dispuesto a actuar - dijo Hotensio interrumpiendo sus reflexiones -. Si no quieres hacerlo, dílo abiertamente. Hay otras personas a quienes les gustaría tanto como a ti darle un escarmiento a Remo, quitarlo de en medio…
- Está bien - respondió Caius temiendo perder su oportunidad -. Tendré a mis hombres preparados, tal como me dijiste. Tres horas después del mediodía. ¡No me falles!
- Por el padre Fauno te aseguro que no te fallaré.


- ¿Está tu padre en casa?
Flora se volvió con un sobresalto al escuchar la voz. Había permanecido mirando al valle por donde acababa de desaparecer a la carrera Remo. Sumida en sus ensoñaciones no había oído acercarse al viejo Quinto, cuyos pasos no producían ruido sobre la tierra húmeda. Era anciano, no pesaba mucho y caminaba con lentitud. A Flora le extrañó verlo tan temprano y con tanto frío, aunque se arrebujaba en un manto de piel de oveja.
- Ha salido. Pero ven a esperarlo dentro de la cabaña, mi madre te dará algo caliente.
- ¿Tanto lo quieres? A ese muchacho, Remo - dijo Quinto sin responder al ofrecimiento -. Hace un momento tu cara estaba tan radiante como un día de primavera.
Flora bajó la vista, avergonzada. No había hablado con nadie de su amor por Remo. ¿Sería tan evidente?
- Si.
- Es comprensible - añadió Quinto -. Lo he visto por el valle desde niño, a él y a su hermano gemelo. Tienen algo especial. Una vez se escaparon del alcance de su madre y vinieron corriendo hacia el Aventino. Yo estaba recogiendo miel de los panales de Númitor y levanté un momento la cabeza. Entonces vi un águila abatirse sobre uno de ellos. De no haber sido por mí, que eché a correr enseguida para espantar al águila, y por los gritos de su madre, lo habría cogido con sus garras y habría servido de alimento a sus polluelos. No puedo decir qué significa, pero tiene un significado. Para lo bueno o para lo malo, los gemelos, todos los gemelos, están relacionados con los dioses.
- Su belleza es divina. - dijo la muchacha -. Lo he pensado muchas veces.
Asintió el viejo Quinto. Luego empezó a caminar hacia la cabaña de Caius y Flora se colocó al lado suyo.
- Fíjate en el dios Fauno - dijo el anciano de pronto -. Cuida de nuestros rebaños y los hace crecer; sin embargo también vuelve locos a quienes se duermen a mediodía debajo de un ciprés. Ampara a los pastores, mas a veces se divierte enviándoles horribles pesadillas o los castiga con severidad si han entrado en sus pastos sin pedirle permiso. ¿No te has preguntado nunca por qué brindamos a los dioses sacrificios y ofrendas para propiciarlos en favor nuestro?
Negó Flora moviendo la cabeza. Nunca había pensado en tal cosa, cumplía sus obligaciones siguiendo la costumbre y las enseñanzas de sus progenitores. Quinto se detuvo un momento y se miró los pies antes de volverse hacia la muchacha.
- En la naturaleza de las divinidades se encuentra el bien y el mal. No conviene olvidarlo.


Al regresar a su casa, Caius encontró a Quinto esperándolo. El anciano había entretenido el tiempo observando el trabajo de las mujeres y escuchándolas, porque él hablaba poco. Aceptó un poco de caldo y lo bebió en compañía de Caius, sentados ambos junto al hogar. Luego, se levantó trabajosamente y se despidió de Flora y su madre agradeciéndoles sus atenciones. Estaba cansado y quería volver a su cabaña. Caius se brindó a acompañarlo y a cargar con un saco mediano de grano de espelta, obsequio de su mujer al viejo pastor.
Cuando salieron, el cielo se había oscurecido más, el viento, sin ser muy frío, penetraba a través de las ropas y los laureles del camino se agitaban inquietos.
- Al amanecer un cuervo ha volado de oeste a este sobre tu cabaña - dijo Quinto a Caius, quien caminaba acompasando su paso al del anciano -. Ha completado un círculo por el aire y ha vuelto a pasar dos veces más. Luego, durante unos instantes, ha dejado de sonar el río. Son dos presagios y ninguno de ellos favorable.
Caius no respondió nada. La visita inesperada de Quinto le había hecho sospechar que quería hablar con él a solas. Sin embargo, lo inesperado de esas palabras le hacían mella. ¿Tendrían relación esos presagios con sus propias dudas? Caminó un rato en silencio. Apretó los dientes.
- Esta tarde me vengaré del hijo de Fáustulo - dijo al fin.
- No lo hagas.
- ¿Cómo quedaría mi honor delante de mis hombres, delante de nuestro propio amo Númitor, si un rapazuelo mata a cuatro de nuestros pastores y no soy capaz de vengarlos?
- Él solo no mató a nuestros compañeros. Participaron otros muchachos e incluso algunos pastores del Palatino. ¿Por qué te has negado a negociar un arreglo con Fáustulo, como te aconsejé? Ellos son más fuertes. Te enfrentas a muchos peligros sin necesidad.
- Tengo una buena ocasión. Hoy Remo no contará con la ayuda de los suyos, porque han ido todos a Cenina. En todo caso, estarán sus compañeros de iniciación, pero la mayoría acaban de empezar hace unos días, carecen de experiencia. No puede salirme mal.
- Cuando un hombre quiere perderse, encuentra mil caminos para ello.
- ¡Debo hacerlo, te lo he dicho!
- Un viejo inútil como yo no puede impedírtelo. Pero por nuestra antigua amistad y por el afecto que me unía a tu padre, hazme al menos una promesa.
- Dí cual.
- No le harás daño al muchacho.
- Eso es imposible - le cortó Caius.
- ¡Déjame hablar! Llévalo a Alba Longa, a presencia de nuestro amo Númitor, y explícale con detalle lo ocurrido - insistió Quinto, sin poder disimular cierto temblor en la voz -. Debe ser él quien decida cómo afrontar este asunto y quien aplique a Remo el castigo que considere adecuado. Tu obligación como mayoral y como buen siervo suyo llega hasta ahí: entregarle a uno de los culpables.
Caminaron un rato en silencio, hasta que volvió a romperlo el viejo Quinto.
- Para hacer una torta es preciso mezclar agua y harina. En cambio, el deber y los sentimientos propios no deben mezclarse jamás, porque no ligan entre sí y el resultado suele ser un error. Y al error le siguen sus funestas consecuencias.
Caius mantuvo un hosco mutismo. Cuando llegaron a la puerta de la cabaña de Quinto, el mayoral de Númitor se descargó del hombro el saco de grano y lo depositó en el suelo, junto al umbral. Ambos hombres se miraron un instante. Luego Caius volvió la espalda y se alejó con paso apresurado.


NOTA: Este ha sido el segundo capítulo de la 2ª parte de la historia de Remo y Rómulo.  Todas las fotos son mías.

15 comentarios:

yolanda carrasco dijo...

Es un capítulo magnífico, me ha encantado.Has descrito espléndidamente, los sentimientos de Flora, por no decir de que forma más magnífica vas creando la historia, que está más interesante que nunca,o por lo menos una de las veces que más interesante está, aunque la verdad siempre está muy interesante.Tú sabes muy bien que yo no soy crítica literaria ni mucho menos,pero te digo lo que opino y siento de todo corazón.El parrafo en que señalas que no se debe mezclar el deber con los sentimientos, no sólo es magnífico sino lleno de sabiduría, y hay tantos otros.En tus escritos hay mucha sabiduría también,como muy bien sabes.Muchas gracias.Un abrazo muy fuerte.

Alejandra Sotelo Faderland dijo...

Duro de entenderas el hombre, no quiere escuchar ni los presagios ni la voz que lo aconseja.
Aunque no cuenta con que Remo corre con ventaja por via paterna y de alguna forma va a salir de esta bien librado, mas tarde o mas temprano.

Bertha dijo...

Que ofuscado esta el padre de Flora no quiere avenirse a razones y escuchar los buenos consejos de Quintilo.

Un segundo capítulo que ya se va adentrando en el quid de esta hermosa historia.

Un abrazo Isabel

mariajesusparadela dijo...

Como siempre, temblando ante la continuación.

La Dame Masquée dijo...

Qué insensatez no hacer caso de los presagios!
Un capítulo precioso en el que es imposible no simpatizar con la pobre Flora.

Buenas noches, madame

Bisous

Dyhego dijo...

Siempre nos dejas con ganas de saber más...
Vale, Isabel.

virgi dijo...

Sabia y poderosa Maestra, los chicos han salido hermosos como los dioses, endiabladamente osados y carismáticos a tope.
Contigo es un lujazo continuo aprender, gracias, querida Isabel.
Una colina de besos

Cayetano dijo...

Ahora falta conocer si mi personaje Caius actuará con cabeza o se dejará llevar por sus impulsos más viscerales. Si lo hace será un irreflexivo, como el muchacho al que quiere escarmentar. En todo caso está en una encrucijada terrible de la que su propia hija forma parte.
Un saludo.

L. de Guereñu Polán dijo...

Admirable la personalidad de Flora.

Natàlia Tàrraco dijo...

Se ciernen malos augurios, las sombras amenazan la vida del hermoso e inconsciente Remo, ni el amor de la dulce Flora parece tener poder en el duro corazón de las voluntades tanto humanas como divinas. Sigues, amiga mía fascinándome con tus letras magistrales, llenas de intensidad y me quedo alerta, nerviosa.
Besito.

MARÍA LUISA ARNAIZ dijo...

Aun sin título y sin presagios, se respira el aire de conspiración. Aguardemos.

Carmen Cascón dijo...

Flora, enamorada, y su padre en contra de que se produzca el enlace entre ambos: dura historia es la que se avecina. Es imposible no dejarse conmover por los sentimientos de la pobre muchacha en un amor que parece del todo imposible, a priori. Pero, ¿cuántos amores imposibles no se han vuetlo realidad en la literatura? Esperemos entonces.
Un beso

dapazzi dijo...

Debe ser cosa de genero eso de utilizar a relentí las entendederas.
Saludos.

Patzy dijo...

Un relato lleno de suspenso, y tu manejo del recurso logra mantener la tensión desde el comienzo hasta el final del texto. Me ha gustado mucho el capítulo! Vamos por más. Saludos Isabel!

África dijo...

El suspense está servido. Qué hará finalmente Caius no lo sé, pero sí creo que si finalmente decide vengarse, le saldrá mal. La pobre Flora sí que está sufriendo las consecuencias de ambos hombres, el padre y el amado. Y no lo merece, pobrecita! :(


Besos